Nunca he
creído en los fantasmas, en los aparecidos, las almas en pena, los dioses ni
los mismos demonios. Y, sin embargo, solamente recurriendo a términos parecidos
puedo tratar de describir lo que vi ayer por la tarde, en el campo de batalla.
Los
combates comenzaron muy pronto. Al amanecer, desde las trincheras enemigas, se
escucharon los primeros toques de corneta. Después de tanto tiempo, te los
acabas aprendiendo. Uno solo, hora de despertarse; dos toques, a formar para la
revista; tres, la comida está lista; cuatro, empezamos el ataque.
Levábamos
dos días casi sin dormir, puesto que el cañoneo no se interrumpía ni siquiera
por la noche. Al menos dos veces por hora, los ingleses hacían rugir sus
obuses, lanzándolos a ciegas, con la esperanza de hacerlos caer en nuestras
trincheras. Unas veces eran simples cargas explosivas, pero otras, los
proyectiles estaban rellenos de gas mostaza. Claro que nosotros, siguiendo las
órdenes del káiser, hacíamos lo mismo.
La guerra
ya no era un oficio de caballeros, tal vez en los combates aéreos (podíamos
verlos sobre nuestras cabezas al amanecer) las normas fueran distintas; pero
para los soldados de infantería, era una cuestión de vida o muerte el estar
pendiente de las rachas de viento, de su caprichoso deambular por el campo de
batalla.
Los tres
toques de corneta ya habían sonado, y nuestros propios cocineros ya estaban
recogiendo ollas y cacerolas (hoy habíamos desayunado algo parecido a un café
con leche aguado, una porción de margarina y otra de pan negro), cuando el
viento empezó a soplar con fuerza en nuestra dirección. El ataque era
inminente.
Yo estaba
de guardia en la primera línea de defensa, en el puesto de observación. Frente
a mí se extendía la tierra de nadie, plagada de muertos, de caballos
eviscerados, proyectiles sin estallar, agujeros de obuses, restos de carros,
alguna ametralladora y una mezcla de objetos difíciles de identificar, que poco
a poco iban sumergiéndose en el barro de las llanuras del Somme. Las trincheras
del enemigo estaban a pocos centenares de metros, pero podrían haber estado al
otro lado del mundo. Solamente las ratas sacaban partido de tanta muerte, los
cuerpos de los caídos se movían en los agujeros de los obuses, y algunas de
ellas habían alcanzado el tamaño de perros pequeños. Y el olor a podredumbre lo
invadía todo.
Matar o
ser matado, ese es el único objetivo del soldado en el campo de batalla. Nunca
te planteas a quién estás disparando, ni siquiera por qué lo haces. Hay que
cumplir un objetivo militar, obedecer a los jefes, luchar por nuestro káiser,
por nuestro país. Los sargentos, como Kroipmen y Shulze, nos hablaban siempre
del honor, de la patria, pero cómodamente refugiados en el búnker de
intendencia, bien lejos de la primera línea de combate y del azote de la
muerte. Era una manera de motivarnos menos efectiva que prometernos los quince
minutos de gloria con las hermosas taberneras, especialistas en satisfacer a
los sedientos soldados en más de un sentido. Pero a mí ya no se me levantaba,
ni siquiera con las atenciones de la cariñosa Laura. Había visto demasiada
muerte, demasiada destrucción.
Con los
nervios en tensión, miraba las trincheras del enemigo, esperando a que sonaran
los cuatro toques de corneta y diera comienzo el ataque. Sonaron. Las grandes
ametralladoras y los morteros abrieron fuego, para proteger nuestro avance;
incluso los cañones de campaña escupieron sus grandes proyectiles cargados de
gas mostaza sobre el terreno del enemigo. Las balas rebotaban en las piedras,
se hundían en el barro, en los cuerpos de los caídos, incluso algunos cadáveres
se alzaban en el aire al ser alcanzados por las bombas de mano. Durante diez
minutos se prolongó la tormenta de fuego. Y después, el capitán Von Braun dio
la orden de ataque.
Siempre
me había gustado ese oficial: lo suyo era dar ejemplo, era de los primeros en
salir de las trincheras, empuñando la pistola con la diestra, y una granada de
mano en la izquierda. Le poseía el ardor guerrero, y era capaz de transmitirlo
a sus soldados. Gritando órdenes. Animando. Luchando. Agitando la pistola
adelante y atrás, mientras buscaba al enemigo.
Y éste
respondía al ataque. En medio de una lluvia de balas, nuestra patrulla avanzaba
hacia las otras trincheras, atravesando a la carrera la tierra de nadie. El
resto del batallón nos seguía a escasa distancia, lo sé porque oía sus gritos,
y de vez en cuando giraba la cabeza para comprobarlo: esa extraña sensación de
aislamiento que te invade en medio de la batalla. Como si el tiempo se
detuviera.
Y
entonces, sucedió.
Sonó una
gran explosión, caí al suelo, dentro del cráter de un obús. Me quedé paralizado
unos minutos. Me dolía todo el cuerpo. Flexioné los dedos de la mano izquierda,
de la derecha, sacudí la cabeza, pero estaba sordo por la explosión. Como pude,
me arrastré fuera del orificio, y allí estaba el capitán Von Raum. Parecía
estar ileso. El resto de la patrulla había sido aniquilada, solamente
quedábamos nosotros dos en pie. Por señas, le indiqué que se pusiera la máscara
anti gas, cosa que no tardó en hacer a pesar del aturdimiento.
Y
entonces la vi surgir entre los gases. Una niña pequeña, de unos siete años de
edad, descalza, vestida con un camisón blanco. Tenía el pelo largo y rubio,
rizado, que le caía en cascada sobre los hombros. Y llevaba un osito de peluche
arrastrando por el suelo. Su brazo izquierdo estaba lleno de sangre.
Medio
asfixiándome a pesar de la máscara, me detuve delante de ella, le puse los
brazos sobre los hombros, y le pregunté quién era y qué hacía allí, en medio del
campo de batalla. No me respondió, supongo que estaba en estado de shock por el
miedo, por las explosiones o por la herida. Von Raum también la vio, vino
corriendo hacia donde estábamos los dos y, quitándose la guerrera, se la puso
sobre los hombros a la niña. La cogí entre mis brazos, colgando mi fusil de mi hombro derecho, y emprendimos
el regreso hacia nuestras trincheras, llevando a la niña como si fuera una
preciosa carga. Los gases se estaban despejando a nuestro alrededor, el enemigo
seguía disparando, veíamos rebotar las balas por todas partes, pero aquella
mañana del seis de junio de 1917 ninguna de ellas nos alcanzó.
A
nosotros.
¿Quién
era esa niña, de dónde había salido? Nunca lo supimos. Cuando ya estábamos a
punto de alcanzar nuestras líneas, noté cómo la niña se estremecía entre mis
brazos. Una bala perdida se había incrustado en su nívea frente, terminando con
su vida.
La
enterramos en retaguardia, bajo una cruz de madera.