Escuché
sus pasos. Rápidos. Veloces. ¿Dos o más personas? No lo sé. Rápido. Más rápido.
Sin pensar. Sin respirar.
La
cabeza me dolía. Hacía media hora, tuvieron suerte. Un solo disparo. En la
cabeza. La bala de poco calibre, posiblemente un 22, resbaló al impactar contra
el hueso. Me llevé la mano a la cabeza. Sangre. En la mano. En el pelo. El
dolor fue intenso. Sólo más tarde comprendí que ese extraño estornudo era el
sonido del disparo con un silenciador.
Me estaban
persiguiendo. Y sé que no pararían hasta silenciarme.
Abandoné
a mi contacto de madrugada, en la calle Génova, en el bar “El último suspiro”.
Nunca creí en las premoniciones. Pero para él lo fue. Dos disparos en el pecho,
mientras estábamos en la barra. Las putas salieron corriendo. Los clientes se hicieron
a un lado. Entonces vi a los matones reflejados en el espejo de la barra. Matón
número uno tendría unos cuarenta años, recio, alto, ojos grises, vestido con un
traje gris barato y sin corbata. Matón número dos, más bajo, más joven, ropa
pantalón vaquero y camiseta sin mangas a pesar del frío.
Dos
rosas de sangre en el pecho de Adrián. Salí corriendo. Ellos salieron detrás.
Toda la calle Génova para abajo, pasando por delante de la sede del Partido
Popular. Aporreé las puertas, estoy afiliado. Qué menos que ayudarme. El
segurata me miró con mala cara, pero no abrió.
Seguí
corriendo. De repente, ese extraño ladrido. Me paré. La sangre corriendo por mi
cuero cabelludo. Miré atrás. Solo unos cincuenta metros de ventaja.
¿Qué
hacía un periodista, con una pistola en el bolsillo, corriendo por el centro de
Madrid? Estaba siguiendo una pista sobre el Partido Popular (fondos reservados,
tarjetas black, y sobre todo la amante del Presidente del Gobierno). Mis
últimas investigaciones me habían llevado hasta Adrián Peñuelas, que me tenía
que dar un pen drive con las fotos comprometedoras y las pruebas documentales
del desvío de fondos para pagar un ático en la Castellana a la amante. Tenía el
archivo en el bolsillo derecho, y en el izquierdo la pistola.
Hacía
ya años que la compré en la armería de mi barrio, después de conseguir la
licencia. Aunque era bastante bueno en el campo de tiro, nunca había disparado
contra un ser humano. ¿Los perros salvajes no cuentan verdad? Era una Sig Sauer
de nueve milímetros, tan hermosa como letal. No pesaba casi nada.
Llegando
a la Plaza de Colón, me di la vuelta, encañoné a los perseguidores, y disparé
sin apuntar demasiado. Tuve suerte. Matón número uno se detuvo en seco, y se
llevó una mano a la pierna derecha. Matón número dos también aprovechó mi
detención para volver a disparar. Sin suerte. La bala pasó silbando cerca de mi
oreja derecha.
A esas
alturas no había casi tráfico en la Castellana. Seguí corriendo. Tenía que
llegar como fuera a la redacción del periódico. Las pruebas contra el
Presidente del Gobierno eran demoledoras. Falsedad documental. Desvío de fondos
públicos. Y por si fuera poco, adulterio.
Eso
sin contar con que la redacción estaba protegida por guardias de seguridad
armados. Las veinticuatro horas.
Me
despisté. De repente, un frenazo en seco. Miré a la derecha. Un taxi ha estado
a punto de atropellarme. Está libre. Escondiendo la pistola de nuevo en el
bolsillo de la chaqueta, me planté en medio de la calzada, haciéndole señas
para que se parase, abrí la puerta, y le di la dirección del periódico.
¡Rápido, más rápido!
El
matón número dos aprovechó mi detención para disparar de nuevo. Esta vez con
más suerte. Noté una punzada en el abdomen. El taxista se asustó, y salió
corriendo. Conmigo a bordo afortunadamente.
-
¿Me lleva a la calle Miguel Yuste 16?
-
Sí, claro. ¿Qué ha sido ese ruido?
-
No se preocupe. Siga conduciendo.
Cerré
la mano sobre mi abdomen. La bala me había atravesado limpiamente. Seguro que
requerirá unos cuantos puntos, pero el médico de guardia podrá atenderme, y
luego iré al hospital. Miré atrás. Allí estaba, en medio de la Castellana, y
con la pistola en la mano, el matón número dos, intentando parar un coche.
Mi
taxista tenía prisa, al prometerle veinte euros de propina si me llevaba a mi
destino en quince minutos, rebasaba los semáforos en ámbar, incluso se saltó
varios en rojo. Llegamos a la puerta principal del periódico. Mientras pagaba
al taxista, escuché el ruido de unos frenos torturados, luego un choque. Por el
impacto, el taxi se estrelló contra los maceteros anti terroristas.
Logré
salir del taxi, sin más daños que una contusión. El matón número dos salió del
Ford Fiesta (más tarde me enteré que robado a punta de pistola en la
Castellana). Me encañonó con la pistola. Me preparé para el impacto. Dos
rápidas detonaciones. Salió despedido hacia detrás.
Los
vigilantes de seguridad se habían dado cuenta de la situación. Nunca más
volveré a llamarles seguratas. El matón cayó al suelo. El taxista salió del
coche, se acercó al matón, y le dio un par de patadas, al grito de
“¡Desgraciado, me has arruinado el coche!”
Los
vigilantes se acercaron a nosotros corriendo, uno de ellos ya había llamado a
la Policía, y el segundo a una ambulancia. Luego esposaron al matón.
Me
desmayé por la pérdida de sangre. La herida del abdomen era más grave de lo que
pensaba.
He
despertado hace diez minutos, sobre una camilla, en el área de recuperación
quirúrgica del Doce de Octubre. Desde el periódico, han enviado a una reportera
para cubrir la noticia. Cuando pedí hablar con el Redactor Jefe de Nacional, me
pasaron con él rápidamente. En la bolsa de plástico con mis pertenencias seguía
estando el pen drive.
La
historia de la amante y los fondos reservados saldrá a la luz en la edición de
mañana. Mientras le dictaba la noticia a la redactora, pensé que esta noche he
vivido intensamente el periodismo.
Y me
gustó.