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viernes, 3 de agosto de 2018

EN LA MADRUGADA


Escuché sus pasos. Rápidos. Veloces. ¿Dos o más personas? No lo sé. Rápido. Más rápido. Sin pensar. Sin respirar.
La cabeza me dolía. Hacía media hora, tuvieron suerte. Un solo disparo. En la cabeza. La bala de poco calibre, posiblemente un 22, resbaló al impactar contra el hueso. Me llevé la mano a la cabeza. Sangre. En la mano. En el pelo. El dolor fue intenso. Sólo más tarde comprendí que ese extraño estornudo era el sonido del disparo con un silenciador.
Me estaban persiguiendo. Y sé que no pararían hasta silenciarme.
Abandoné a mi contacto de madrugada, en la calle Génova, en el bar “El último suspiro”. Nunca creí en las premoniciones. Pero para él lo fue. Dos disparos en el pecho, mientras estábamos en la barra. Las putas salieron corriendo. Los clientes se hicieron a un lado. Entonces vi a los matones reflejados en el espejo de la barra. Matón número uno tendría unos cuarenta años, recio, alto, ojos grises, vestido con un traje gris barato y sin corbata. Matón número dos, más bajo, más joven, ropa pantalón vaquero y camiseta sin mangas a pesar del frío.
Dos rosas de sangre en el pecho de Adrián. Salí corriendo. Ellos salieron detrás. Toda la calle Génova para abajo, pasando por delante de la sede del Partido Popular. Aporreé las puertas, estoy afiliado. Qué menos que ayudarme. El segurata me miró con mala cara, pero no abrió.
Seguí corriendo. De repente, ese extraño ladrido. Me paré. La sangre corriendo por mi cuero cabelludo. Miré atrás. Solo unos cincuenta metros de ventaja.
¿Qué hacía un periodista, con una pistola en el bolsillo, corriendo por el centro de Madrid? Estaba siguiendo una pista sobre el Partido Popular (fondos reservados, tarjetas black, y sobre todo la amante del Presidente del Gobierno). Mis últimas investigaciones me habían llevado hasta Adrián Peñuelas, que me tenía que dar un pen drive con las fotos comprometedoras y las pruebas documentales del desvío de fondos para pagar un ático en la Castellana a la amante. Tenía el archivo en el bolsillo derecho, y en el izquierdo la pistola.
Hacía ya años que la compré en la armería de mi barrio, después de conseguir la licencia. Aunque era bastante bueno en el campo de tiro, nunca había disparado contra un ser humano. ¿Los perros salvajes no cuentan verdad? Era una Sig Sauer de nueve milímetros, tan hermosa como letal. No pesaba casi nada.
Llegando a la Plaza de Colón, me di la vuelta, encañoné a los perseguidores, y disparé sin apuntar demasiado. Tuve suerte. Matón número uno se detuvo en seco, y se llevó una mano a la pierna derecha. Matón número dos también aprovechó mi detención para volver a disparar. Sin suerte. La bala pasó silbando cerca de mi oreja derecha.
A esas alturas no había casi tráfico en la Castellana. Seguí corriendo. Tenía que llegar como fuera a la redacción del periódico. Las pruebas contra el Presidente del Gobierno eran demoledoras. Falsedad documental. Desvío de fondos públicos. Y por si fuera poco, adulterio.
Eso sin contar con que la redacción estaba protegida por guardias de seguridad armados. Las veinticuatro horas.
Me despisté. De repente, un frenazo en seco. Miré a la derecha. Un taxi ha estado a punto de atropellarme. Está libre. Escondiendo la pistola de nuevo en el bolsillo de la chaqueta, me planté en medio de la calzada, haciéndole señas para que se parase, abrí la puerta, y le di la dirección del periódico. ¡Rápido, más rápido!
El matón número dos aprovechó mi detención para disparar de nuevo. Esta vez con más suerte. Noté una punzada en el abdomen. El taxista se asustó, y salió corriendo. Conmigo a bordo afortunadamente.
-          ¿Me lleva a la calle Miguel Yuste 16?
-          Sí, claro. ¿Qué ha sido ese ruido?
-          No se preocupe. Siga conduciendo.
Cerré la mano sobre mi abdomen. La bala me había atravesado limpiamente. Seguro que requerirá unos cuantos puntos, pero el médico de guardia podrá atenderme, y luego iré al hospital. Miré atrás. Allí estaba, en medio de la Castellana, y con la pistola en la mano, el matón número dos, intentando parar un coche.
Mi taxista tenía prisa, al prometerle veinte euros de propina si me llevaba a mi destino en quince minutos, rebasaba los semáforos en ámbar, incluso se saltó varios en rojo. Llegamos a la puerta principal del periódico. Mientras pagaba al taxista, escuché el ruido de unos frenos torturados, luego un choque. Por el impacto, el taxi se estrelló contra los maceteros anti terroristas.
Logré salir del taxi, sin más daños que una contusión. El matón número dos salió del Ford Fiesta (más tarde me enteré que robado a punta de pistola en la Castellana). Me encañonó con la pistola. Me preparé para el impacto. Dos rápidas detonaciones. Salió despedido hacia detrás.
Los vigilantes de seguridad se habían dado cuenta de la situación. Nunca más volveré a llamarles seguratas. El matón cayó al suelo. El taxista salió del coche, se acercó al matón, y le dio un par de patadas, al grito de “¡Desgraciado, me has arruinado el coche!”
Los vigilantes se acercaron a nosotros corriendo, uno de ellos ya había llamado a la Policía, y el segundo a una ambulancia. Luego esposaron al matón.
Me desmayé por la pérdida de sangre. La herida del abdomen era más grave de lo que pensaba.
He despertado hace diez minutos, sobre una camilla, en el área de recuperación quirúrgica del Doce de Octubre. Desde el periódico, han enviado a una reportera para cubrir la noticia. Cuando pedí hablar con el Redactor Jefe de Nacional, me pasaron con él rápidamente. En la bolsa de plástico con mis pertenencias seguía estando el pen drive.
La historia de la amante y los fondos reservados saldrá a la luz en la edición de mañana. Mientras le dictaba la noticia a la redactora, pensé que esta noche he vivido intensamente el periodismo.
Y me gustó.