Siempre he sabido que había monstruos escondidos bajo la cama... Siempre... Desde la primera noche que tuve que dormir sola en la casa nueva... No eran normales, aquellos crujidos, aquellos ruidos que surgían en las profundidades del armario no se debían "a la condensación de la humedad residual en el ambiente", como mi padre se empeñaba en explicarme.... Ni tampoco eran "los pasos de las hadas que velan tu sueño", aquella era la teoría favorita de mi madre... Mi abuela, más realista, pensaba que "con ponerte tapones en los oídos, basta"... Y mi querido hermano mayor... pero "mayor" por tres minutos, pues somos mellizos, hablaba de "cosas malas que vienen del espacio interplanetario"... Graciñas por tantos comentarios, tan inteligentes... Que en el fondo, no lograban tranquilizarme, puesto que yo dormía sola, en aquella tenebrosa habitación del final del pasillo... junto a la cocina, y al cuarto de baño... "Lo hacemos por tu bien, para que tengas intimidad", aquellas fueran sus palabras... y las repitieron hasta la saciedad, quizás incluso para creerlo ellos mismos... Pero siempre supe el motivo: no querían tenerme cerca... Porque yo siempre he oído cosas que los demás no podían oír... y he tenido sensaciones "extrañas"... Voces esquivas en el viento de la noche, la lúgubre canción de la luna a través del cristal, el crepitar de las estrellas en la distancia... Muchas cosas, demasiadas, por la noche...
La primera semana en mi nuevo cuarto, no pude dormir más de tres o cuatro horas... Me tapaba con las sábanas, las mantas, escondía el cuerpo contra la pared más alejada del borde... No quería acercarme al borde de la cama, ni aunque me estuviera haciendo pis... Por eso estuve mojando la cama durante tantos años... Prefería afrontar la vergüenza cotidiana de llevar los pañalitos, o que mi madre pusiera a tender las sábanas en las cuerdas del baño, antes que arriesgarme... Hasta los doce años... Según iban pasando las horas, la vieja casa exhalaba un suspiro tras otro, con la malevolencia de las décadas de abandono... o de uso continuado... Suelos de parqué, con demasiados acuchillados, tabiques de panderete que hacían difícil la intimidad con una misma, altos techos que no llevan a ninguna parte, las ventanas viejas de aluminio que nadie se ha molestado en cambiar, porque se trata de un edificio de renta antigua, en el corazón de Madrid, que constituye la mayor parte del patrimonio de unas monjitas de clausura...
Las capas de papel pintado superpuestas... la única vez en casi quince años de alquiler que nos dejaron, "a su costa", sanear el piso, quitamos trece capas... Me quedé con un trocito de cada una, como recuerdo... Yo tendría por aquél entonces once años, y me hacía ilusión que mi padre nos permitiera ayudarle con las tareas de limpieza... Aunque era periodista, siempre le gustaban los trabajos manuales, y tardamos un puente largo en preparar las paredes... Sin embargo, la casa dio un giro de ciento ochenta grados, en cuanto terminamos... Aquellas paredes, blanqueadas, parecían prolongar hasta el infinito...y más allá... el pasillo, que terminaba con la puerta de mi dormitorio, también pintada de blanco... Mi casa era una ele mayúscula, ya sabes, "L", y se organizaba en torno a dos pasillos, con un recibidor, tres dormitorios, dos cuartos de baño y un comedor... En la "zona noble" dormían mis padres y mi hermano; en el pasillo corto de la letra; y yo utilizaba el antiguo dormitorio de la criada, junto a la cocina...
Todas las mañanas, de los seis a los once años, lo único que me permitía vencer los terrores de la noche, de aquellas cosas raras que acechaban en las sombras, murmurando, gimiendo a lo largo del pasillo, era la certeza de despertarme con el olor a café recién hecho, y saber que él estaría allí, antes de las siete, desayunando tranquilo y leyendo el periódico del día anterior... Su olor a espuma de afeitar, a colonia fresquita, ese tipo de cosas que dan seguridad a una niña... Él siempre tenía un minuto para mí, para darme un beso de buenos días, llamarme "mi princesita", y acariciarme la mejilla suavemente... Durante todo aquél tiempo, nuestros desayunos se convirtieron en tradición, y me temo que él me inició en los mundos del café con leche...
A veces comentaba con mi hermano los pasos que escuchaba en el pasillo, en mitad de la noche, los extraños susurros, reconocía ante él que tenía miedo de la oscuridad, y comentaba con las compañeras del cole algunos "remedios infalibles contra el monstruo que vive debajo de la cama"... El más efectivo parecía ser llenar todo el espacio posible con cajas de todos los tamaños, para que el monstruo no pudiera entrar... La leche agria tampoco fallaba, un platito debajo, y a partir de la tercera noche, tampoco le gusta el olor.... bueno, y a mí tampoco... Luego, cuando te haces "mayor" y tienes la primera regla, los remedios cambian... la sangre menstrual contenida en una compresa, debajo del colchón...
A los doce años, descubrí que los peores monstruos no viven, precisamente, debajo de la cama... Mis padres se separaron... decían que por mi bien... pero creo que se dejaron de querer... Mi padre se fue de casa, compartimos antes de aquél momento el último café con leche, con dosis de adulto... "No te preocupes, mi amor... estarás bien... tu madre te cuidará... y tu hermano te protegerá... incluso contra los monstruos que viven bajo el armario... Y podrás venir a verme un fin de semana al mes... Estaremos juntos... y haremos lo que más te apetezca..."
Así fue, decía la verdad... Los fines de semana a su lado (mi hermano prefería que le llevase al fútbol), eran siempre mágicos... Tenía tiempo para mí, me escuchaba, íbamos de compras... Pero sobre todo, estaba lejos del "tito Berni"... Es decir, del novio de mi madre... Se conocieron en el gimnasio, practicando "full contact", y luego, un par de veces, entrenaron juntos en la sala de pesas... Entendámonos: mi padre es un hombre normal, con un poco de barriguita cervecera, cierta tendencia a quedarse calvo, el tono de piel de quien no ve demasiado la luz del sol, y poco más de un metro setenta de estatura, pero con una densa cultura interior... Mi madre es una rubia de bote espectacular, con labios y pómulos (y pechos) retocados, que se gana la vida como "personal shopper" y asesora de imagen para varias empresas árabes, todo ello comprendido en un cuerpo que roza el metro ochenta... Y el "tito Berni" (Bernardo, para los amigos) es un mostrenco de un metro noventa, todo fibra y músculo, que se está labrando un futuro (que nunca llega) como luchador... y que ejerce de portero de discoteca...
Mi padre siempre ha defendido a mi madre, diciendo que ella era la persona más adecuada para estar conmigo, que yo necesitaba la estabilidad de una madre en casa, y que no tendría problemas con mi hermano Sebastián, pues el siempre me protegería... Yo sabía que él se equivocaba, que mi madre le estaba poniendo los cuernos con el "tito Bernie" un par de años antes de su separación (les pillé en la cama), pero que seríamos felices todos nosotros... Evidentemente, no fue así...
Yo siempre he sido una niña guapa, alta, con los ojos super verdes, y la melena super larga y negra... Lo que no habría sido un gran problema, si además no hubiera sido la más sensible, la más necesitada de cariño, de aprecio, y con un corazón que se me salía del pecho... "Empatía", la capacidad de ponerse en el lugar del otro: ese era mi problema... La necesidad de ser aceptada... Con la adolescencia, cambié... Mis rasgos se suavizaron un poquito más, mis pechos crecieron lo justo (una 95 B), mis brazos y mis piernas se alargaron... Pero, aunque para mi padre yo seguía siendo "su princesita", algunas personas habían empezado a mirarme de otra manera...
Hacía ya varias noches que escuchaba murmullos, incluso algún jadeo entrecortado, en el pasillo... Aquellas maderas de pino, cuya voz conocía tan bien, me avisaban de que había alguien allí fuera... Al acecho... En varias ocasiones, la luz de la luna que se colaba por la parte inferior de la puerta me mostraba la sombra de los pies de alguien... y no se trataba de una fantasía de la infancia... ni de terrores nocturnos... No entendía lo que estaba pasando... Porque se estaban produciendo algunos pequeños cambios en mi entorno... Algunas de mis camisetas estaban desordenadas en el cajón del armario... Mis sujetadores no estaban precisamente en el mismo orden... O bien me faltaba algunos de mis tangas (empecé a usarlos a los trece, porque me quedaban muy bien)...
El "tito Berni" llevaba casi ocho meses viviendo con nosotros, sobre todo para ahorrarse el alquiler, y algunas noches que mi madre tenía que viajar fuera de Madrid, o no volvía por cualquier asunto de negocios, él pedía días libres, y se quedaba cuidando de nosotros... Es cierto, su idea de cuidar se reducía a pedir una pizza, beberse un par de cervezas con mi hermano, y ver una peli de guerra... Yo no participaba en sus ceremonias, me limitaba a coger un par de trozos de pizza, y sentarme en el sillón de mi padre... Parecía no existir para ellos... Pero las cosas cambiaron...
Varias noches por semana, desde que cumplí los trece, el "tito Berni" mostraba más interés por mí comodidad, por si tenía los músculos de los hombros muy cargados después de tantas horas estudiando, y me daba un masaje... o si tenía las piernas doloridas después del partido de fútbol, y me daba otro masaje... o si me dolían las lumbares, y me daba otro masaje... Lo cierto es que sus masajes eran fantásticos, pero me extrañaba un poco que casi siempre me los diera cuando no estaba mi madre en casa...
Fue un cuatro de abril, cuando por primera vez se empeñó en darme un "masaje relajante total", en la intimidad de mi habitación... Me hizo tumbarme boca abajo sobre la cama, con mi pijama de "Mafalda"... Esta vez, se puso algún tipo de aceite en la manos, y me preguntó si me importaba quitarme la camiseta, y volver a tumbarme en la cama, para que le fuera más sencillo... prometiendo no mirar... Se subió a horcajadas sobre mi culo, y comenzó la labor... Era muy placentero, sentir de esa manera el peso de su cuerpo, el tacto de sus manos, tan cuidadas, la leve capa de aceite que iba esparciendo... Es cierto, de vez en cuando, se le iba la mano, y me rozaba el costado de un pecho, pero eso era normal, ¿verdad? En un momento dado, noté que me estaba dando el masaje con una sola mano, mientras con la otra se tocaba...
Hubo muchos masajes integrales entre los catorce y los quince años... Yo no sabía gran cosa de sexo en aquella época, algunos comentarios con las amigas, y carecía de elementos de comparación, para comprender el comportamiento del "tito"... En varias ocasiones, durante aquellos dos años, él me había tocado demasiado... A base de mucho insistir, de vez en cuando le dejaba que me diera un leve masaje en los senos, sobre todo para tenerle contento, "porque el tito Berni está siendo muy bueno contigo, y verás lo bonitos que se te ponen los pechos con mis masajes"... Admitamoslo: él era un hombre guapo, muy guapo, incluso... y a partir de cierta edad, no me importaba tanto el sentir sus manos sobre mi cuerpo... Fantasías de adolescente... Siempre fue muy gentil, muy tierno, muy dulce... Hasta aquella noche de viernes...
Mi madre estaba fuera de casa, de viaje de negocios... Mi hermano estaba pasando el finde con mi padre... Y yo me quedé sola con el "tito Beni"... Yo estaba muy cansada, habíamos jugado un partido de fútbol muy duro aquella tarde (ganamos)... y cuando él me propuso darme otro masaje, me pareció algo normal... pero las cosas cambiaron... ya no me importaba mucho que me viera en ropa interior, que no en vano llevábamos dos años de convivencia, y cuando yo comentaba el tema con mi madre, ella me respondía que "tienes mucha suerte, Beatrice, de que el tito sea tan bueno contigo, y sepa darte esos masajes en el cuello y en los hombros...", mientras sonreía de oreja a oreja... y él sonreía también... Si mi madre supiera hasta qué punto habíamos intimado... No lo sé, es posible que yo no fuera más que una niña malcriada, que está siendo el objeto de la atención de un extraño, quizás incluso está descubriendo territorios desconocidos para cualquier otra adolescente de catorce años, y tampoco le daba mucha importancia... Pero aquella noche, él quería darme un premio muy especial por mi triunfo... y terminó el masaje escalando mi monte de Venus... Lo digo así, porque una chica de catorce años sepa lo que significa un "cunilingus"... y lo único que me importaba era... que no parase... que hiciera conmigo lo que quisiera, pero que su lengua no dejase de excitarme...
Aquella noche no pasó nada más... yo me sentía culpable... por haber gozado tanto... por estar descubriendo de esa manera algunos secretos del sexo, con él... La noche del sábado, me pidió que le hiciera un francés... y accedí... Insisto, me parecía lo más normal, él llevaba dos años preparando el terreno, ampliando territorios, conociéndonos poco a poco... y no dejaba de complacerme su interés... Es cierto, nunca he sido idiota: desde la primera vez que insistió en darme un masaje sin camiseta comprendí su intención... pero mientras yo marcase los límites, los tiempos... y sobre todo, recordando el pacto...
Pasaron tres semanas... mi padre y mi hermano se fueron de acampada... mi madre, a Londres, con un cliente... y yo, a falta de pocos días para mi decimoquinto cumpleaños, descubrí el sexo... pleno... compartido... ¿Que si lo estaba deseando? Es posible, que fantasease con él... con cabalgarlo... hasta que se corriera dentro de mí... con sentirme llena... Y así fue... No me arrepiento de lo sucedido... Pero él... quizás sí lo esté...
¿Recuerdas que existen los monstruos debajo de la cama, y los que se agazapan en el armario?¿Recuerdas que existen otros mundos, otras dimensiones, y otras realidades, interconectadas?¿Y que yo he sido siempre una chica con mucha empatía? Bien...
Hace ya algunos años, al poco tiempo de mudarnos a esta casa que nos alquilan las monjitas, conseguí hablar con el monstruo que vivía debajo de la cama... Y le propuse un pacto de sangre... Él me protejería en los sueños, jamás tendría pesadillas, y mis noches serían todas azules, con pequeñas nubes blancas de esperanza... No tendría problemas con otros monstruos de distintas ubicaciones, ni en mi casa, ni fuera de ella... ni siquiera con el leviatán que se guarece dentro del plinto del gimnasio, o el de la taquilla número trece... Y a cambio, le prometí una sola cosa: que se podría llevar de esta dimensión a la primera persona con la que follase... para hacer con ella lo que quisiera...
Dentro de escasos minutos, lo sé, mi querido "tito Beni" vendrá a mi pequeña habitación, iluminado por la luna llena, para que repitamos la jugada... puesto que para hacer el amor, le gusta tener tiempo... y espacio... Estoy deseando comprobar su mirada... cuando descubra que sí hay monstruos debajo de las camas...
Todas las mañanas, de los seis a los once años, lo único que me permitía vencer los terrores de la noche, de aquellas cosas raras que acechaban en las sombras, murmurando, gimiendo a lo largo del pasillo, era la certeza de despertarme con el olor a café recién hecho, y saber que él estaría allí, antes de las siete, desayunando tranquilo y leyendo el periódico del día anterior... Su olor a espuma de afeitar, a colonia fresquita, ese tipo de cosas que dan seguridad a una niña... Él siempre tenía un minuto para mí, para darme un beso de buenos días, llamarme "mi princesita", y acariciarme la mejilla suavemente... Durante todo aquél tiempo, nuestros desayunos se convirtieron en tradición, y me temo que él me inició en los mundos del café con leche...
A veces comentaba con mi hermano los pasos que escuchaba en el pasillo, en mitad de la noche, los extraños susurros, reconocía ante él que tenía miedo de la oscuridad, y comentaba con las compañeras del cole algunos "remedios infalibles contra el monstruo que vive debajo de la cama"... El más efectivo parecía ser llenar todo el espacio posible con cajas de todos los tamaños, para que el monstruo no pudiera entrar... La leche agria tampoco fallaba, un platito debajo, y a partir de la tercera noche, tampoco le gusta el olor.... bueno, y a mí tampoco... Luego, cuando te haces "mayor" y tienes la primera regla, los remedios cambian... la sangre menstrual contenida en una compresa, debajo del colchón...
A los doce años, descubrí que los peores monstruos no viven, precisamente, debajo de la cama... Mis padres se separaron... decían que por mi bien... pero creo que se dejaron de querer... Mi padre se fue de casa, compartimos antes de aquél momento el último café con leche, con dosis de adulto... "No te preocupes, mi amor... estarás bien... tu madre te cuidará... y tu hermano te protegerá... incluso contra los monstruos que viven bajo el armario... Y podrás venir a verme un fin de semana al mes... Estaremos juntos... y haremos lo que más te apetezca..."
Así fue, decía la verdad... Los fines de semana a su lado (mi hermano prefería que le llevase al fútbol), eran siempre mágicos... Tenía tiempo para mí, me escuchaba, íbamos de compras... Pero sobre todo, estaba lejos del "tito Berni"... Es decir, del novio de mi madre... Se conocieron en el gimnasio, practicando "full contact", y luego, un par de veces, entrenaron juntos en la sala de pesas... Entendámonos: mi padre es un hombre normal, con un poco de barriguita cervecera, cierta tendencia a quedarse calvo, el tono de piel de quien no ve demasiado la luz del sol, y poco más de un metro setenta de estatura, pero con una densa cultura interior... Mi madre es una rubia de bote espectacular, con labios y pómulos (y pechos) retocados, que se gana la vida como "personal shopper" y asesora de imagen para varias empresas árabes, todo ello comprendido en un cuerpo que roza el metro ochenta... Y el "tito Berni" (Bernardo, para los amigos) es un mostrenco de un metro noventa, todo fibra y músculo, que se está labrando un futuro (que nunca llega) como luchador... y que ejerce de portero de discoteca...
Mi padre siempre ha defendido a mi madre, diciendo que ella era la persona más adecuada para estar conmigo, que yo necesitaba la estabilidad de una madre en casa, y que no tendría problemas con mi hermano Sebastián, pues el siempre me protegería... Yo sabía que él se equivocaba, que mi madre le estaba poniendo los cuernos con el "tito Bernie" un par de años antes de su separación (les pillé en la cama), pero que seríamos felices todos nosotros... Evidentemente, no fue así...
Yo siempre he sido una niña guapa, alta, con los ojos super verdes, y la melena super larga y negra... Lo que no habría sido un gran problema, si además no hubiera sido la más sensible, la más necesitada de cariño, de aprecio, y con un corazón que se me salía del pecho... "Empatía", la capacidad de ponerse en el lugar del otro: ese era mi problema... La necesidad de ser aceptada... Con la adolescencia, cambié... Mis rasgos se suavizaron un poquito más, mis pechos crecieron lo justo (una 95 B), mis brazos y mis piernas se alargaron... Pero, aunque para mi padre yo seguía siendo "su princesita", algunas personas habían empezado a mirarme de otra manera...
Hacía ya varias noches que escuchaba murmullos, incluso algún jadeo entrecortado, en el pasillo... Aquellas maderas de pino, cuya voz conocía tan bien, me avisaban de que había alguien allí fuera... Al acecho... En varias ocasiones, la luz de la luna que se colaba por la parte inferior de la puerta me mostraba la sombra de los pies de alguien... y no se trataba de una fantasía de la infancia... ni de terrores nocturnos... No entendía lo que estaba pasando... Porque se estaban produciendo algunos pequeños cambios en mi entorno... Algunas de mis camisetas estaban desordenadas en el cajón del armario... Mis sujetadores no estaban precisamente en el mismo orden... O bien me faltaba algunos de mis tangas (empecé a usarlos a los trece, porque me quedaban muy bien)...
El "tito Berni" llevaba casi ocho meses viviendo con nosotros, sobre todo para ahorrarse el alquiler, y algunas noches que mi madre tenía que viajar fuera de Madrid, o no volvía por cualquier asunto de negocios, él pedía días libres, y se quedaba cuidando de nosotros... Es cierto, su idea de cuidar se reducía a pedir una pizza, beberse un par de cervezas con mi hermano, y ver una peli de guerra... Yo no participaba en sus ceremonias, me limitaba a coger un par de trozos de pizza, y sentarme en el sillón de mi padre... Parecía no existir para ellos... Pero las cosas cambiaron...
Varias noches por semana, desde que cumplí los trece, el "tito Berni" mostraba más interés por mí comodidad, por si tenía los músculos de los hombros muy cargados después de tantas horas estudiando, y me daba un masaje... o si tenía las piernas doloridas después del partido de fútbol, y me daba otro masaje... o si me dolían las lumbares, y me daba otro masaje... Lo cierto es que sus masajes eran fantásticos, pero me extrañaba un poco que casi siempre me los diera cuando no estaba mi madre en casa...
Fue un cuatro de abril, cuando por primera vez se empeñó en darme un "masaje relajante total", en la intimidad de mi habitación... Me hizo tumbarme boca abajo sobre la cama, con mi pijama de "Mafalda"... Esta vez, se puso algún tipo de aceite en la manos, y me preguntó si me importaba quitarme la camiseta, y volver a tumbarme en la cama, para que le fuera más sencillo... prometiendo no mirar... Se subió a horcajadas sobre mi culo, y comenzó la labor... Era muy placentero, sentir de esa manera el peso de su cuerpo, el tacto de sus manos, tan cuidadas, la leve capa de aceite que iba esparciendo... Es cierto, de vez en cuando, se le iba la mano, y me rozaba el costado de un pecho, pero eso era normal, ¿verdad? En un momento dado, noté que me estaba dando el masaje con una sola mano, mientras con la otra se tocaba...
Hubo muchos masajes integrales entre los catorce y los quince años... Yo no sabía gran cosa de sexo en aquella época, algunos comentarios con las amigas, y carecía de elementos de comparación, para comprender el comportamiento del "tito"... En varias ocasiones, durante aquellos dos años, él me había tocado demasiado... A base de mucho insistir, de vez en cuando le dejaba que me diera un leve masaje en los senos, sobre todo para tenerle contento, "porque el tito Berni está siendo muy bueno contigo, y verás lo bonitos que se te ponen los pechos con mis masajes"... Admitamoslo: él era un hombre guapo, muy guapo, incluso... y a partir de cierta edad, no me importaba tanto el sentir sus manos sobre mi cuerpo... Fantasías de adolescente... Siempre fue muy gentil, muy tierno, muy dulce... Hasta aquella noche de viernes...
Mi madre estaba fuera de casa, de viaje de negocios... Mi hermano estaba pasando el finde con mi padre... Y yo me quedé sola con el "tito Beni"... Yo estaba muy cansada, habíamos jugado un partido de fútbol muy duro aquella tarde (ganamos)... y cuando él me propuso darme otro masaje, me pareció algo normal... pero las cosas cambiaron... ya no me importaba mucho que me viera en ropa interior, que no en vano llevábamos dos años de convivencia, y cuando yo comentaba el tema con mi madre, ella me respondía que "tienes mucha suerte, Beatrice, de que el tito sea tan bueno contigo, y sepa darte esos masajes en el cuello y en los hombros...", mientras sonreía de oreja a oreja... y él sonreía también... Si mi madre supiera hasta qué punto habíamos intimado... No lo sé, es posible que yo no fuera más que una niña malcriada, que está siendo el objeto de la atención de un extraño, quizás incluso está descubriendo territorios desconocidos para cualquier otra adolescente de catorce años, y tampoco le daba mucha importancia... Pero aquella noche, él quería darme un premio muy especial por mi triunfo... y terminó el masaje escalando mi monte de Venus... Lo digo así, porque una chica de catorce años sepa lo que significa un "cunilingus"... y lo único que me importaba era... que no parase... que hiciera conmigo lo que quisiera, pero que su lengua no dejase de excitarme...
Aquella noche no pasó nada más... yo me sentía culpable... por haber gozado tanto... por estar descubriendo de esa manera algunos secretos del sexo, con él... La noche del sábado, me pidió que le hiciera un francés... y accedí... Insisto, me parecía lo más normal, él llevaba dos años preparando el terreno, ampliando territorios, conociéndonos poco a poco... y no dejaba de complacerme su interés... Es cierto, nunca he sido idiota: desde la primera vez que insistió en darme un masaje sin camiseta comprendí su intención... pero mientras yo marcase los límites, los tiempos... y sobre todo, recordando el pacto...
Pasaron tres semanas... mi padre y mi hermano se fueron de acampada... mi madre, a Londres, con un cliente... y yo, a falta de pocos días para mi decimoquinto cumpleaños, descubrí el sexo... pleno... compartido... ¿Que si lo estaba deseando? Es posible, que fantasease con él... con cabalgarlo... hasta que se corriera dentro de mí... con sentirme llena... Y así fue... No me arrepiento de lo sucedido... Pero él... quizás sí lo esté...
¿Recuerdas que existen los monstruos debajo de la cama, y los que se agazapan en el armario?¿Recuerdas que existen otros mundos, otras dimensiones, y otras realidades, interconectadas?¿Y que yo he sido siempre una chica con mucha empatía? Bien...
Hace ya algunos años, al poco tiempo de mudarnos a esta casa que nos alquilan las monjitas, conseguí hablar con el monstruo que vivía debajo de la cama... Y le propuse un pacto de sangre... Él me protejería en los sueños, jamás tendría pesadillas, y mis noches serían todas azules, con pequeñas nubes blancas de esperanza... No tendría problemas con otros monstruos de distintas ubicaciones, ni en mi casa, ni fuera de ella... ni siquiera con el leviatán que se guarece dentro del plinto del gimnasio, o el de la taquilla número trece... Y a cambio, le prometí una sola cosa: que se podría llevar de esta dimensión a la primera persona con la que follase... para hacer con ella lo que quisiera...
Dentro de escasos minutos, lo sé, mi querido "tito Beni" vendrá a mi pequeña habitación, iluminado por la luna llena, para que repitamos la jugada... puesto que para hacer el amor, le gusta tener tiempo... y espacio... Estoy deseando comprobar su mirada... cuando descubra que sí hay monstruos debajo de las camas...

Me parece muy interesante lo que públicas, encontré tu blog gracias a los comentarios que hiciste en un blog que sigo.
ResponderEliminarNo he terminado de leer esto, pero prometo pasarme con más tiempo y terminarlo.
Te sigo ;)
algunas veces, Yarit, el juego está en sugerir, en mezclar los géneros, en llegar hasta el líite de la imaginación... Bienvenido seas, a este blog (te recomiendo "La persona equivocada", creo que te gustará... y por supuesto, a "hombresdetinta.blogspot.com"... cordiales maullidos desde Madrid...
ResponderEliminar