sábado, 26 de diciembre de 2015

EL TRIBUTO DEL FUEGO


Lo que menos podía suponer Mathew era que la desgracia cruzaría el umbral de su casa aquella ventosa madrugada del tres de marzo… y que él la cargaría entre sus brazos…
Era un escenario como tantos otros. Una casita adosada, como tantas otras, en la periferia de lo que hace años había sido un buen barrio. Una familia venida a menos, con todos los miembros de la familia en el paro, y viviendo de la pensión del abuelo. Un incendio devorador, que había empezado en el cuarto de los niños. Tres muertos, el hijo menor, la madre y el abuelo.
-        “Todo parece indicar que el acontecimiento empezó en el cuarto de juegos, cerca de la pared del fondo”, -dijo Richard, con su peculiar acento- “y que no hubo causas externas. Aunque la autopsia tendrá que confirmarlo, solo el niño murió alcanzado por las llamas, los demás perecieron por inhalación de gases.”
-        “Muy bien, dijo Mathew. Ahora dejen el escenario tal y como está, que ya bastante daño han hecho los bomberos. Necesito un poco de espacio y de tranquilidad…”
Eso equivalía al principio de un breve pero intenso ritual, pues no en vano Mathew era el mejor fotógrafo forense de la Brigada Anti Incendios de la ciudad de San Diego. Lo primero de todo era la música, una suave combinación de éxitos de Café del Mar en el ipod, los filtros nasales para potenciar los olores y las gafas desechables de color de rosa que él usaba por razones para todos desconocidas (según su peculiar sentido del humor, para tratar de ver la vida “como los demás mortales”). A pesar de su aspecto ligeramente desastrado (pelo largo y no muy limpio, camiseta de Pink Floyd, vaqueros bastante desgastados sobre un bóxer de la Rana Gustavo, calcetines de deporte grises y botas de combate excedentes del ejército), él era un profesional minucioso y bien considerado. Armado con su cámara Nikon de gran angular, y su Yashika con teleobjetivo, empezó a recorrer la casa desde la entrada principal, cuya puerta pendía de los goznes reventados y por la que entraron los bomberos.
-        “¿Nadie ha dado la voz de alarma?”, preguntó Mathew.
-        “Nadie, fueron los propios padres quienes se despertaron por el humo. El padre salió de la casa con el hijo mayor en brazos, y la madre posiblemente se despistó por culpa del humo cuando intentó salir del cuarto de juegos, donde encontramos al hijo menor. El abuelo murió por culpa del humo en su habitación”, respondió Richard.
-        “Muy bien”, dijo Mathew, olvidándose de momento de las causas del incendio mientras seguía haciendo múltiples fotos de las demás habitaciones hasta llegar al cuarto de juegos.
Allí, en una esquina, junto a la ventana reventada  por la que entraba el aire de la noche sin conseguir despejar el aroma a carne quemada, se encontraba el cuerpo del menor: un pequeño cadáver retorcido, con las manos como queriendo abrazar un objeto invisible…
-        “Triste, muy triste”, comentó Mathew al aire de la noche… “Yo tengo una hija de seis años, no sé lo que haría si la perdiera de esa manera…”
-        “¿Perdone?”, respondió Richard.
-        “Nada, solo estaba pensando en el futuro de ese niño, de ese padre…”, murmuró para sí mismo mientras seguía recorriendo las habitaciones de la casa, fotografiando los estragos del agua y del fuego.

Eran las dos y media de la tarde cuando Mathew, recogiendo el equipo, se despidió de Richard, su compañero de la Brigada, y ya estaba a punto de subirse a su coche (un Ford Mustang de ocho años), cuando lo vio: un reflejo rojizo en la base de unos arbustos que conformaban la valla de la casa vecina. Agachándose con curiosidad, metió la mano entre las ramas. Aunque una de ellas le provocó una pequeña herida, logró extraer del escondite un pequeño Teddy Bear, de los clásicos, parcialmente chamuscado por el fuego. Estuvo a punto de volver a dejarlo en su escondite, o de entregarlo a los bomberos, y de esa forma su historia habría cambiado, pero escogió llevárselo a su casa.
A las cuatro y quince, después de pasarse media hora en un atasco, y con el cansancio físico y mental de la investigación en curso, a Mathew lo que menos le preocupaba era el bienestar inmediato de su nuevo amigo de peluche, por lo que se limitó a dejarlo sobre la mesa del umbrío garaje. A esas horas, su mujer, Elisabeth, estaba saliendo del trabajo; y su hija, Lucie, dormía la siesta en casa de una amiga. Por lo que nadie asistió a la llegada de la mala suerte al número 50 de Sycamore Road.
Los primeros días no pasó nada, la vida siguió en la casa de Mathew, sin contar algunos problemas con el aire acondicionado nuevo, que empezó a echar agua de manera misteriosa en el despacho de Elisabeth, o unas décimas de fiebre de Lucie… Él se pasaba el día completo analizando sus casos en curso, y el incendio de Evergreen Terrace se convirtió en uno de tantos, mientras que el osito de peluche seguía esperándole fiel y abandonado sobre la mesa del garaje.
Luego empezaron las pesadillas. Cada noche más intensas, más complejas. La peor fue la del jueves. Avanzaba por un pasillo desconocido, pero a la vez no tan extraño. La casa estaba llena de humo, y él tanteaba las paredes, el suelo, buscando una salida, pero todas las puertas estaban cerradas. En algún lugar resonaban los gritos de una niña, de Lucie… Su única prioridad era encontrarla, mientras se ahogaba en medio del humo… Se despertó de repente, conteniendo a duras penas un grito que habría despertado a Elisabeth, y lo primero que hizo fue ir a ver a Lucie, que dormía tranquilamente en su pequeña cama, a quien sin embargo le gustaban más los posters de Pink Floyd que los de Justin Beaver… Unos libros al pie de la cama, otros sobre la mesa, la lectura era el principal pasatiempo de su hija, a veces se olvidaba incluso de jugar con sus amigas… Sin hacer un solo ruido, Mathew la besó suavemente en la mejilla, y ya desvelado, se fue a la cocina, a tomarse el primer café de la jornada…
Al volver a casa desde el laboratorio, se acordó de repente del osito de peluche. “Qué raro, se dijo, juraría que estaba más dañado cuando lo traje a casa. Bueno, mejor, así tendré menos trabajo antes de regalárselo a Elisabeth”. Porque esa era la gran pasión de Mathew, reparar casi todo tipo de juguetes clásicos, y su garaje se había convertido en su laboratorio: en las estanterías esperaban numerosos tarros con pinturas, ojos, brazos, mecanismos de viejos muñecos, cajas con relleno de crin y algodón para peluches, fibra y pelo artificial para muñecas y todo tipo de accesorios que conformaban el taller de un profesional en la materia. El osito de peluche le esperaba sobre la mesa. Vale, es cierto que tenía un lado de la cabeza parcialmente quemado, un brazo le colgaba de cuatro hilos mal contados, y uno de los parches de la pata izquierda estaba parcialmente arrancado, pero para ser un osito rescatado del escenario de un incendio, tampoco se encontraba tan mal. Aprovechando que tenía un par de horas libres antes de la cena, se puso a trabajar con paciencia y meticulosidad de relojero.
-        “Mathew, a cenar”, dijo Elisabeth, asomando la cabeza por la puerta del garaje.
-        “Enseguida voy, mi hermosa dama”, respondió él, mientras se limpiaba las manos cuidadosamente de los productos que había utilizado para restaurar la cabeza del osezno, que ya había empezado a llamar Teddy.
Aquella noche, las pesadillas fueron mucho más violentas que la anterior. Visiones de fuego y muerte, los gritos de Lucie, un pasillo interminable, el humo omnipresente, la sensación de impotencia, fueron tan intensos, que Mathew agradeció que le despertase “La cabalgata de las Walkirias”, el sonido de su teléfono que identificaba las llamadas de la Brigada. “Sí, ahora voy”, le respondió a Richard. Fue el comienzo de una larga jornada, un sábado lleno de humo y dolor (un incendio en un centro comercial, con decenas de heridos, y por desgracia ocho muertos)… Y al volver a casa, Mathew se volvió a olvidar del peluche durante varios días. Y las noches fueron tranquilas.
Las pesadillas volvieron con fuerza la noche del viernes. Pero esta vez, los gritos no cesaron al despertar. Era la voz de Lucie, y en su voz se notaba el miedo.
-        “¡Papá, Papá! ¡Ven pronto!”
-        “¡Ya voy, tranquila!”, gritó Mathew desde el pasillo.
-        “¡Papá!¡Fuego, fuego!¡El osito!”
-        “Ya estoy, Lucie, tranquila, era solo una pesadilla…”
Costó mucho volver a dormirla aquella noche: no paraba de hablar del fuego, del osito, de las llamas, del humo. Lucie era mucho más adulta que otros niños de seis años, pero estaba tan aterrorizada que incluso tartamudeaba. Elisabeth vino unos minutos después, tenía el sueño profundo, pero trajo el remedio universal: un buen vaso de leche bien fría. La niña se lo tomó con ansia, y al poco tiempo se quedó de nuevo dormida, no sin coger fuertemente entre sus pequeñas manos la de su padre. Ya era bien entrada la madrugada cuando Mathew se pudo acostar por fin, dando gracias porque fuera fin de semana y no tener que ir al despacho, aunque tenía pendiente la investigación del incendio en el centro comercial.
El sábado transcurrió con normalidad, hasta que llegó la noche. Esta vez fue Elisabeth quien se despertó gritando, angustiada, el nombre de Lucie. Él tardó un buen rato en tranquilizarla, y al comparar los detalles del sueño, comprobaron que básicamente era el mismo: la casa, el pasillo, el humo, el fuego, la niña. El domingo hubo un pequeño conato de incendio en el garaje, en la zona del taller de juguetes cuando Mathew estaba en la cocina. Bastó con un cubo de agua bien dirigido para apagar los rellenos de ositos de peluche. “Qué raro, no recordaba haber trabajado tanto en el bueno de Teddy”, comentó para sí mismo. De todas formas, como ya estaba casi terminado y reluciente, le cosió el último parche de la pata izquierda, lo limpió un poco con espuma seca y, poniéndole un gran lazo rojo, lo dejó sobre el lado derecho de la cama de matrimonio. Elisabeth había ido a dar un paseo con la niña, y le hizo mucha ilusión verlo aquella noche.
De madrugada, volvieron los gritos, las pesadillas: no hubo forma de volver a dormir a Lucie hasta el alba, y a los pocos minutos se volvió a despertar gritando, por lo que Elisabeth tuvo que acostarse con ella en su pequeña cama, y Mathew preparó el “desayuno especial” para tranquilizarla un poco antes de llevarla al cole.
Desde aquella noche, las pesadillas de toda la familia fueron mucho peores, más intensas y con más frecuencia. Más o menos los mismos detalles, el pasillo, el humo, las puertas cerradas, los gritos de Lucie. Pero la del miércoles fue distinta. Al entrar en el dormitorio, el incendio estaba en todo su apogeo, y las llamas devoraban la cama de su hija… y ella estaba dentro, abrazada al nuevo osito de peluche. Pero él no conseguía llegar a su lado. Y los ojos de Teddy parecían brillar con más fuerza. Michael se despertó bañado en sudor, y allí estaba, mirándole fijamente desde el sillón de orejas, el osito de peluche de ojos rojos y brillantes.
¿Se puede tener miedo de un muñeco? Mathew no lo sabía, pero a partir de ese momento el oso aparecía en sus pesadillas, que cada noche se volvían más intensas, más desgarradoras, puesto que terminaba asistiendo impotente a la muerte de su hija. Aquella noche del veintitrés de septiembre el osito parecía mirarlo con especial malevolencia al despertar sobresaltado, pero cuando fue a cogerlo, empezó a irradiar calor, sus fauces se abrieron en un grito mudo y de sus ojos empezó a manar fuego líquido. Mathew se despertó gritando, esta vez de verdad, y no pudo evitar un suspiro de alivio. ¡Qué tontería, asustarse de un osito de peluche! Y sin embargo, al levantarse para ir al baño, procuró no acercarse al sillón de orejas…
Desde aquella madrugada, las pesadillas fueron mucho más violentas, aunque Elisabeth dejó de tenerlas a primeros de octubre. El osito cobró protagonismo en ellas, como si fuera un objeto maldito o una criatura infernal… Más de una vez Mathew pensó en deshacerse de él, pero ante la insistencia de Elisabeth, que le había tomado un cariño muy especial (la verdad es que estaba cada día más hermoso, mejor incluso que nuevo), se limitó a sacarlo del dormitorio y meterlo en el despacho de su mujer en la planta baja.
La noche del primero de noviembre Mathew tuvo una pesadilla especialmente intensa… Y soñó con el osito de peluche. Salvo que no era un osito normal y corriente, en su interior habitaba un demonio del fuego. Por eso soñaban con incendios, y con muertes. Y la única manera de deshacerse de él era con un sacrificio. Alguien tenía que morir entre las llamas para que se cerrase el ciclo, era algo inevitable, igual que había pasado en el incidente de Evergreen Terrace del mes de julio.
A la mañana siguiente, Mathew empezó a investigar un poco sobre los demonios del fuego… Nadie sabía demasiado bien cual era su origen, pero descubrió en internet que a lo largo de la historia existían antecedentes de objetos relacionados con los demonios del fuego. Unos dicen que eran objetos normales y corrientes en los que se introducía el demonio; otros que los propios demonios adoptaban la forma de objetos comunes. Podían llegar a la vida de la gente normal en cualquier momento, aunque mostraban cierta tendencia a involucrarse en la existencia de personas relacionadas con el fuego (el abuelo de Evergreen Terrace había sido bombero). Su objetivo era provocar la muerte y la destrucción, y era imposible deshacerse de ellos. Solo saldrían de la vida de sus víctimas cuando se hubieran cobrado su peaje en vidas humanas y en fuego… A partir de aquella mañana profética del mes de noviembre, Mathew intentó deshacerse del peluche maldito en varias ocasiones. Lo puso dentro de la barbacoa en el jardín trasero y le prendió fuego; lo roció con gasolina y lo embutió entre palés desechados en un descampado; incluso lo golpeó con un hacha y le arrancó las tripas antes de enterrarlo; pero un par de días más tarde el osito, en perfectas condiciones, volvía a aparecer en el despacho de Elisabeth… Y las pesadillas no cesaban, cada vez eran más violentas, más extremas, hasta tal punto que apenas si conciliaban un par de horas de sueño cada noche…
¿Acaso no existía ninguna manera de librarse de  un demonio del fuego encarnado? Todo parecía indicar que no, al menos eso fue lo que les pasó a los Davidianos: murieron enloquecidos y calcinados por las llamas. Los demonios siempre triunfaban. Tenía que haber una solución. Y entonces recibieron la carta del “abuelo” Leonard, invitándoles a pasar las navidades en su cabaña de las afueras. Era un hombre mayor, sin familia conocida, antiguo bombero, todo un as de los años setenta… Y relacionado con el fuego… Mathew y su familia acudieron a la cabaña, y al regresar se dejaron “olvidado” el peluche en el desván. Las pesadillas desaparecieron.
El catorce de marzo, un pavoroso incendio destruyó la cabaña del “abuelo” Leonard. Murió calcinado. El demonio del fuego se había cobrado su tributo. Mathew y su familia estaban libres de nuevo. Y él procuró que no le asignasen aquél caso…     

EN EL SILENCIO.


Una sola gota de agua, repicando sobre el azulejo blanco.

“Plic, plic, plic”. Y de vez en cuando, “ploc”, cuando la cantidad es suficiente para generar un pequeño charco.

Nada más.

Paredes y suelo de azulejo blanco. Y techo pintado de blanco. Igual que la puerta de acero con gruesos remaches.

Soledad. Y silencio. Por fin.

Atrás quedan las preguntas. Siempre las mismas. “¿Dónde está ella? ¿Qué has hecho con el cuerpo?”
Y de vez en cuando, otra voz. “¿Sigue con vida?”

Pero no respondo. En mi país no habrían sido tan simpáticos. Habrían utilizado otros medios. La bañera. Los puños americanos (aunque allí los llaman “puños de Stalin”). Los electrodos. Las uñas arrancadas. La bañera.

Cualquier método es bueno para conseguir las respuestas. Pero aquí me protegen las palabras. “Derechos humanos”. “Constitución”. “Democracia”. “Trato justo al preso”. Y si utilizasen la violencia, se sabría. Mi abogado (un voluntario sin experiencia) lo vería. La tortura siempre deja marcas. Y organizaría una comparecencia ante los medios, en la misma escalinata de los juzgados, denunciando los malos tratos, soliviantando a los defensores de los derechos humanos, y pidiendo la cabeza del sheriff.

Pero mientras tanto pasa el tiempo. El mío.

Y se acaba el suyo. Quizás a estas horas ya esté muerta. O puede que no. Depende del miedo que tenga. De su forma de respirar. Y de lo prieta que en esta ocasión esté la tierra. La puedo imaginar perfectamente. Encerrada en la oscuridad dentro de una caja de pino. Atada de pies y manos. Amordazada. Y muy asustada.

Pero tenía que hacerlo. Lo supe en cuanto la vi bajarse del coche en el parking de los juzgados. Con su melena rubia al viento. Y los reflejos del sol poniente. Su traje de ejecutiva gris marengo, y sus zapatos “cómodos pero elegantes”. Me acerqué a ella tranquilamente, y no tuvo miedo. Los uniformes inspiran confianza. Y le dije que “teníamos un pequeño problema con su acreditación. Si no le importa acompañarme a la oficina…”

Una vez dentro fue muy fácil. Un pañuelo empapado de cloroformo sobre nariz y boca. Y luego una dosis de anestesia. Y desde allí, directa al maletero de mi coche, aprovechando los ángulos muertos de las cámaras. La anestesia me da tiempo suficiente para terminar el turno.

Y al bosque. A esas dos hectáreas heredadas de mi padre. Por si acaso la ato en la caseta, mientras termino de cavar la fosa. Tanta práctica ayuda, aunque a veces me cuesta encontrar terreno libre en el claro del bosque, mi punto favorito. Cuando he terminado, meto el ataúd casero en la fosa, luego vuelvo a la caseta, la tomo en brazos, y la llevo a su última morada. Se despierta en ese momento, y me mira a la cara, aterrada. Intenta debatirse, pero soy más fuerte que ella y la deposito en la caja. Intenta gritar, pero se lo impide la mordaza. Imagino su terror al clavar la tapa. O cuando escucha las paletadas de tierra.

Ahora todo está terminado.

Cometí dos errores. Ayer instalaron una nueva cámara de seguridad para vigilar la puerta de nuestra garita, pero no la conectaron a nuestro monitor, sino directamente al ordenador del jefe de seguridad. Y resultó que ella era la más joven y prometedora fiscal del distrito de Columbia. Y tenía una cita importante.

Me vieron cargar el cuerpo desde la garita al revisar las grabaciones del parking. Por eso me interrogan. Pero el tiempo ya se está terminando. Y las gotas de agua lo marcan.


No diré una palabra. Salvo mi nombre. Iván Kirilenko. Vigilante de Seguridad.

lunes, 2 de febrero de 2015

UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD por Javier Núñez


Correctora: Bea Magaña

Rafaela se encontraba sentada ante una pequeña mesa de madera ajada, llena de vetas y nudos oscuros, jugando una partida de solitario con una baraja española. Las cartas dispuestas sobre la superficie gastada estaban combadas y llenas de dobleces. Cogió una  del montón que sostenía boca abajo en la mano izquierda, le dio la vuelta y la examinó. Comprobó que se trataba del cuatro de espadas y la dispuso en la parte inferior de una de las hileras. Pese a moverse con gestos lentos y pesados, no necesitó detenerse a pensar dónde ponerla. Había jugado tantas veces aquellas partidas. Tantas miles de veces…
Alzó la vista y miró hacia el pequeño bulto que yacía tendido en la cama, inmóvil frente a ella. El armazón de esta era de un hierro tan deslustrado que ni siquiera la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana era capaz de arrancarle un destello. El hombre que se encontraba bajo las mantas estaba recostado sobre el lado izquierdo, de cara a la suerte de puerta de que disponía la habitación, y permanecía inmóvil durante tanto tiempo que podía inducir a pensar que estaba muerto. Solo que no era así. No allí. La realidad era que se hallaba tan débil que apenas era capaz de mover una ínfima parte de su propio peso.
Rafaela regresó a su partida de solitario. Al agachar la cabeza comprobó que, por sí misma, su mano derecha ya había comenzado a depositar una sota de bastos en la parte inferior de otra de las hileras. El resultado no era importante para ella. Le daba igual si completaba o no el solitario, pero la decisión de seguir jugando no le pertenecía. Continuaba haciéndolo porque no tenía alternativa. Arrojar las cartas contra el suelo y cruzarse de brazos no constituía una opción válida. Su margen de movimientos no podía ser más reducido. Con excepción de algunas pequeñas modificaciones conductuales sin importancia, todo escapaba a su control. Todo estaba escrito, y quien lo hizo había usado tinta indeleble. De la que perduraba en el tiempo, sin siquiera emborronarse.

El As de copas, la siguiente carta, no encajaba en ninguna de las siete hileras, así que la devolvió al montón y cogió otra. Jugó durante un rato más. Hasta que, poco a poco, el montón fue disminuyendo de grosor, y se quedó con menos de una docena de cartas en la mano. Colocó un tres de oros al final de la tercera hilera empezando por la izquierda antes de que la partida entrara en una fase de bloqueo insalvable y no le quedara más remedio que darla por finalizada. Las soltó boca arriba, sobre la mesa, y comenzó a recogerlas para empezar una nueva.
Aunque, en realidad, no tenía nada de nueva.
No necesitaba jugarla para saber que la próxima también la perdería. Pero, aun así, debía hacerlo. Debía jugarla. Como todas las anteriores, y como todas las que vendrían después.
Cuando volvió a quedarse bloqueada —esta vez con solo cuatro cartas en la mano—, retiró la silla de madera hacia atrás y se levantó. La anea entrelazada crujió cuando despegó el trasero del asiento. Se alisó la falda y se acercó al hueco abierto en la pared que hacía las veces de ventana. Al otro lado de los listones de madera que la delimitaban, el cielo era de un color gris ceniza a causa de las numerosas nubes que lo cubrían —incluso bajo ellos; como si la habitación flotara en el espacio—. A través de estas, el sol pugnaba por abrirse paso como un aguerrido soldado en medio del fragor de la batalla. Cuando lo lograba, sus rayos diluían la penumbra en que se hallaba sumida la habitación e iluminaban vagamente sus contornos. Al mismo tiempo, los rasgos de Rafaela mutaban y se transformaban en un cúmulo entremezclado de luces y sombras en su rostro surcado de arrugas.
La última vez que había examinado su reflejo en un espejo tenía el pelo entrecano, y sabía que eso no había cambiado. Ni ninguna otra de las características de su apariencia o condición física. Seguía teniendo una acentuada red de varices en las piernas, la verruga con forma de lágrima del párpado izquierdo, molestias en la parte baja de la espalda como resultado de toda una vida de duro trabajo. Porque en aquel sitio las cosas no variaban. No mejoraban ni empeoraban. Ya que allí el tiempo —y todo cuanto pudiera guardar relación con él— no ejercía la menor influencia. De hecho, literalmente, no existía.
Al cabo de un rato se volvió, atravesó la habitación y se detuvo ante la cabecera de la cama. La cabeza del hombre yacía apoyada sobre una fina almohada. Tenía los carnosos párpados caídos sobre los pómulos, el pelo corto, negro y despeinado, y una barba desaliñada que se amontaba en torno a sus mejillas y bajo su barbilla como un ovillo de lana después de que un niño hubiera estado jugando con él. Bajo esta se adivinaban con claridad unas mejillas hundidas, que hacían que los pómulos parecieran más prominentes y los ojos más hundidos en sus cuencas. Su nariz era ancha y estaba sepultada bajo un aluvión de venitas rotas: un rasgo muy común entre los alcohólicos.
Rafaela no tenía ni idea de cómo se llamaba. De igual manera que no sabía por qué compartía esa habitación con ella. Por su aspecto, daba la impresión de que había llevado una vida desordenada y poco saludable. Y el hecho de que hubiera terminado allí añadía un nuevo elemento a la ecuación: no había sido una buena persona. Como ella, al parecer. Por eso permanecían atrapados en una burbuja que no estallaba y que todo apuntaba a que nunca lo haría.
Sus intentos de entablar conversación con el hombre habían pinchado en hueso. Era consciente de la presencia de Rafaela, pero hablar resultaba ser una tarea demasiado ardua para él. Rafaela pensaba que, para terminar en ese estado, debía haber hecho mucho daño y dejado tras de sí mucho dolor durante el tiempo que su corazón había bombeado sangre a todos los rincones de su organismo.
El hecho de que no solo hubiera terminado allí, sino que su castigo fuese permanecer inconsciente la mayor parte del tiempo, le había encogido el alma. Pero eso solo había sucedido al principio. Los primeros días, por así decirlo. Luego había concluido que existían varios preceptos inviolables, cuyo quebrantamiento le hacían a uno acabar allí. Y que el hombre debía haberse llevado unos cuantos por delante, como un obstáculo en medio de las vías al paso de un tren de mercancías. Varios peldaños por encima de los que quiera que se le atribuyesen a ella, en todo caso.
El hombre sufrió el esperado ataque de tos y Rafaela lo recibió con tranquilidad, inclinándose sobre él y rodeándole el cuerpo con los brazos. Bajo los huesudos omóplatos, su piel estaba blanda y correosa, y despedía un tufo agrio semejante al de la leche de un brick olvidado en el fondo de la nevera, detrás de un bote extragrande de mostaza. Tiró de él y lo incorporó sin dificultad. La manta con que se cubría cayó sobre su regazo, dejando a la vista un torso descarnado que era poco más que pellejo, en el que destacaban dos gruesos pezones sonrosados rodeados de una mata de oscuro pelo largo y rizado.
Estuvo dándole palmaditas en la espalda, sin preocuparse por que le tosiera en la cara, hasta que se le pasó. Seguía resultándole tan desagradable como la primera vez, pero hacía mucho que había dejado de atender a remilgos. Cuando el cuerpo del hombre empezó a relajarse, Rafaela lo apartó de sí y lo recostó nuevamente sobre el colchón. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes amarillentos y picados, y un reguero de baba le rodeaba la boca y se le escurría por entre la barba. Boqueó varias veces, como un pez fuera del agua. Entonces, entreabrió los ojos y articuló un inaudible «gracias».
Rafaela no contestó. El simple hecho de que aquel hombre estuviera allí le despertaba un profundo sentimiento de animadversión.
¿Cuál era la historia de su vida? ¿Qué era aquello tan horrible que le había hecho terminar en ese lugar?
Aunque, si lo odiaba, ¿lo justo no sería que se odiara también a sí misma? No recordaba nada de su vida anterior. Todo su pasado se había borrado de su cabeza como una foto velada. Así que no podía saber qué acción o acciones la habían condenado a quedar atrapada en aquel sitio. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Un mero detalle sin importancia, porque recordarlo no cambiaría nada, partiendo de la base de que el pasado era inalterable.
El hombre había vuelto a dormirse, y Rafaela se giró hacia la puerta que tenía a su espalda. O la apariencia de puerta, más bien, puesto que carecía de picaporte, cerradura y bisagras. Al principio de estar allí —fuera cuando eso fuese— la había aporreado y pedido ayuda a gritos, pero nunca acudió nadie. Y era demasiado robusta para una mujer de sesenta y tres años con problemas de circulación en las piernas y artrosis en las articulaciones. No podría tirarla abajo ni aunque fuese de cartón prensado.
Fuera, el cielo seguía siendo de un gris plomizo, pero el sol había ido desplazándose hacia el oeste hasta desaparecer del campo de visión que le ofrecía la ventana, sumiendo a la habitación en una penumbra aún más intensa de lo que había habido hasta entonces. Volvió sobre sus pasos y encendió la pequeña lamparita metálica que había sobre la mesa. La bombilla de escasa potencia iluminó un círculo de unos tres metros de diámetro que confirió un aire ominoso a la habitación.
Cuando el hombre encamado sufrió un nuevo ataque de tos —la tos de un fumador de toda la vida—, Rafaela volvió a incorporarlo y lo mantuvo sentado hasta que se le pasó. Esta vez, el hombre no le dio las gracias. Quizá porque se había quedado definitivamente sin fuerzas. Al cabo, lo recostó con cuidado y lo arropó con la sábana hasta el pecho.
—No soy una mala persona —dijo, elevando una protesta a la habitación vacía de oyentes.
Cada vez que llegaba aquel momento exacto abría la boca y las palabras brotaban del fondo de su garganta, estranguladas por la angustia. No siempre decía lo mismo. A veces, la queja variaba. Solo que no sabía si estaba diciendo la verdad o únicamente algo que se empeñaba en creer. Muy probablemente lo segundo, habida cuenta de los resultados.
Regresó a la mesa de madera desnuda y cogió la baraja. Al principio pensaba que, al menos, su castigador había tenido la deferencia de concederle algo con lo que distraerse. Entonces, en cierto momento del ciclo, se le había ocurrido que los naipes eran el pretexto perfecto para todo lo contrario. Dado que allí no existía el tiempo, las partidas de solitario eran su referencia respecto a cómo este transcurría subrepticiamente, igual que un sosegado río subterráneo que discurriera bajo sus pies. A cómo avanzaba en una dirección para, de pronto, trazar un giro brusco y regresar al punto de partida, desde donde volver a empezar.
Mientras barajaba sentía los últimos rayos de luz en la espalda. Ya no calentaban, y apenas lucían. El día tocaba a su fin para dar paso a la oscuridad de la noche. La extraña sensación de no comer nada había quedado atrás en algún punto del camino. No tenía hambre ni sueño, porque allí no existían esas dos cosas. Siempre tenía el estómago satisfecho y el cerebro despierto. Como máquinas autosuficientes.
Cuando terminó de barajar dispuso siete cartas sobre la mesa y comenzó una nueva partida, pese a que aun antes de hacerlo ya sabía que iba a perderla. Y la racha se prolongaría durante cuatro partidas más. Otras siete y tendría que volver a levantarse para incorporar al hombre después de que este sufriera otro ataque de tos. Diecinueve antes de verse obligada a interrumpir el juego para hacerlo de nuevo. Veintiséis antes del que llegaría a continuación. En torno a ciento cuarenta antes de que el sol volviera a despuntar por el horizonte.
Entre tanto, la noche transcurriría silenciosamente a su espalda, salpicada de estrellas y con la luna desplazándose en el mar de brea en que se había convertido el cielo. Acabó la partida que estaba jugando y, con la mente en blanco, recogió las cartas y se puso a barajarlas mientras su mirada yacía perdida en un punto de la pared situado por encima de la cama del hombre al que le había sido encomendado cuidar.
Dispuso otras siete sobre la mesa y dio inicio a una nueva partida.
Había pensado mucho y detenidamente qué era aquel lugar antes de llegar a una conclusión. La detestaba, pero era la explicación más razonable de cuantas había valorado.
Estaba en lo que, en Occidente, se hacía llamar Infierno.
No había fuego ni olor a azufre por ninguna parte. Tampoco llantos desconsolados, gritos de dolor o súplicas, pidiendo misericordia. Nada de eso. Tan solo una habitación de la que no podía salir, con un hombre enfermo en una cama, unos naipes y una ventana que le mostraba el circuito cerrado de luz y oscuridad, de día y noche en que se hallaba atrapada.
Como una aguja de tocadiscos atascada en los primeros segundos de una canción, repitiendo la misma parte una y otra vez.
Repitiéndolos por toda la eternidad.
-FIN-

Gracias por leerlo. Espero que te haya gustado.
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lunes, 5 de enero de 2015

LA CENA DE LOS REYES MAGOS



Muchas veces, hay que mantenerse alejado de ciertos lugares oscuros… de ciertas casas… donde suceden “cosas malas”… y hacer caso del sentido común, de los carteles, de las señales…

Todo el mundo sabía, en la pequeña ciudad, que era mejor no acercarse al umbral de esa casa,  que pasaban "cosas raras" a quien traspasaba el jardín de cipreses y encinas, de rosales retorcidos, el camino de losas negras y blancas, o blancas y negras, las verjas de forja, retorcidas y ominosas, las fronteras de aquella casa extraña, oscura, que se alzaba entre la estación y el cementerio, entre los vapores del pantano y la nada de la jara...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Tres hombres malvados, tres rufianes siniestros, de esos que escupen en la acera, beben cerveza, eructan con fuerza, juran por "la tumba de mi mare" que ellos no han robado las monedas del cepillo parroquial, pero sueltan todo tipo de improperios, y empujan a las viejas, tres malvados, que respondían a los nombres de “Cara Cortada", "el Gitano Tano" y, el peor de todos ellos, el más maléfico del terceto, "el Nenuco Cagón", deciden acercarse a robar en aquella casa, en la noche previa de Reyes, esa noche tan especial, esperando hacer buen botín, en casa tan señorial...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

"Cara Cortada", con su angelical belleza destrozada de un machetazo, desde la sien derecha a la barbilla, lleva una maza de peón caminero, negra de cabeza, larga de mango, que "encontró" junto a la vieja Estación del tren de tercera...

"El Gitano Tano", haciendo honor a su nombre, esconde en la manga una navaja, de Albacete, con medio metro  de hoja, afilada y reluciente, y que tiene grabada en las cachas la cabeza de una cabra...

El "Nenuco Cagón", un armario de dos metros veinte por casi dos metros, con un tonel por barriga, brazos de Orco y modales de Troll, no necesita nada que no sean sus músculos y sus puños para causar pavor...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Los tres rufianes se acercan a la casa, tan aislada, tan oscura, y señorial, en mitad de la noche, de las sombras, con la luna oculta por las nubes, sus pisadas mitigadas por la espesa niebla, ignorando el cartel de letras rojas, donde sin embargo, estaba escrita una Gran Verdad: "Lasciate ogni speranza voi che intrate", o para quien no domine la lengua de Petrarca, de Cicerón, más pequeño, repetía la misma frase, en español: "Abandonad toda esperanza quienes traspasen este umbral"...

Por supuesto, no hicieron caso, y el "Nenuco Cagón" casi lo parte, de un puñetazo, riendo cual borracho en aquellas extrañas horas de la noche...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Entran los tres rufianes por la fuerza, derribando la puerta de un patadón, y se quedan parados, en medio del hall, observando, con la boca abierta y la mandíbula colgante las alfombras oscuras, negras y espesas, la enorme araña de cristal, apagada, las paredes de madera, los cuadros de personas solemnes, la imponente mesa de mármol verde y granate con patas de garras de león, la escalera de caracol, amplia, majestuosa, que enlaza con los dos pisos superiores, oscuros, que permanecen en silencio, a pesar de su entrada triunfal...

A través de la quinta puerta, cuando no pueden creer su fortuna, por haber entrado en la casa, por tener tanta riqueza, por alcanzar tanta suerte en su noche de acción... Por aquella puerta, os digo, aparece Ella...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Con su largo vestido negro, de encajes y puntilla, como de otro tiempo, y su pequeño porte, pues es menuda, como salida de un cuento, de larga melena castaña oscura, que se extiende en oleadas hasta media espalda, sus cejas perfiladas, sus profundos ojos negros, sus hermosos y turgentes labios, sus pequeños senos...

Algo hay en Ella, que sin embargo, causa pavor... De haber conocido las palabras, quizás habrían pensado en una Princesa, en una Diosa, en algo hermoso... pero estos tres patanes, estos rufianes, os digo, solamente se llevaron la lengua a los labios, pensando: "Somos tres contra una, la noche se pone interesante por momentos... y aquí no hay nadie para escuchar sus gritos..."

Y casi se rifan el honor de violarla primero, de probar su carne....

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Ella les mira, y les sonríe, y enseñando sus hermosos y blancos dientes, les dice, con voz suave, incitante y sensual: "Caballeros, tomen lo que quieran de esta casa... pero por favor no despierten a mis hijos..."

Los tres brutos no se lo piensan dos veces, no... Y se acercan a ella, pensando que de todas formas, si no hay más peligro en la casa, salvo una débil mujer, primero pueden saquearlo todo, luego disfrutar con ella, y marcharse, ricos, satisfechos, poderosos....

Ya están casi subiendo, de todas formas, la escalera, cuando ella les dice: "No pierdan el tiempo arriba, estimados señores... en este tipo de casas, lo de más valor se expone directamente a la luz de la luna, a la luz del sol, en el invernadero... Síganme,  por favor, que les muestro el camino...."

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Y la siguen, atravesando el hall y el pasillo, por la cocina en penumbras, y salen al jardín, algo siniestro, por el sendero de piedras negras y blancas, hacia la estructura de cristal... Ella abre las puertas, les deja entrar, les acompaña al centro, se detiene...

Los tres rufianes perciben un extraño movimiento, algo, una multitud les rodea entre las sombras, seres bajitos, muy blancos, de inmensos ojos negros, los rodean por todas partes... "El Gitano Tano" exclama, aliviado:"¡Pero si son niños! ¡Nos hemos asustado de unos putos niños!¡Nosotros, tan grandes, tan fuertes, y tan malos!"…

Y se acercan a Ella, quien con la misma voz melodiosa, les dice: "Les pedí que no despertaran a mis niños... Queridos míos, aquí tenéis vuestra cena de reyes..."

Todo pasa muy rápido, se abre el cielo, la luna derrama sus rayos sobre los niños, cambiándolos, y en cuestión de segundos, aparecen los licántropos, desproporcionadamente grandes para su anterior  tamaño de niños… Hambrientos, se abalanzan sobre los tres rufianes, triturando, desgarrando, machacando, masticando, en un festín sangriento...

Mientras ella, complacida, los observa, y se lame, meticulosa, una gota de sangre...


Jamás te acerques a la casa en mitad de la nada, ni de día ni de noche, y mucho menos si hay luna  llena...Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...