Lo que menos podía suponer Mathew era que la desgracia cruzaría el umbral
de su casa aquella ventosa madrugada del tres de marzo… y que él la cargaría
entre sus brazos…
Era un escenario como tantos otros. Una casita adosada, como tantas otras,
en la periferia de lo que hace años había sido un buen barrio. Una familia
venida a menos, con todos los miembros de la familia en el paro, y viviendo de
la pensión del abuelo. Un incendio devorador, que había empezado en el cuarto
de los niños. Tres muertos, el hijo menor, la madre y el abuelo.
- “Todo parece indicar que el acontecimiento empezó en el cuarto de juegos,
cerca de la pared del fondo”, -dijo Richard, con su peculiar acento- “y que no
hubo causas externas. Aunque la autopsia tendrá que confirmarlo, solo el niño
murió alcanzado por las llamas, los demás perecieron por inhalación de gases.”
- “Muy bien, dijo Mathew. Ahora dejen el escenario tal y como está, que ya
bastante daño han hecho los bomberos. Necesito un poco de espacio y de
tranquilidad…”
Eso equivalía al principio de un breve pero intenso ritual, pues no en vano
Mathew era el mejor fotógrafo forense de la Brigada Anti Incendios de la ciudad
de San Diego. Lo primero de todo era la música, una suave combinación de éxitos
de Café del Mar en el ipod, los filtros nasales para potenciar los olores y las
gafas desechables de color de rosa que él usaba por razones para todos
desconocidas (según su peculiar sentido del humor, para tratar de ver la vida
“como los demás mortales”). A pesar de su aspecto ligeramente desastrado (pelo
largo y no muy limpio, camiseta de Pink Floyd, vaqueros bastante desgastados
sobre un bóxer de la Rana Gustavo, calcetines de deporte grises y botas de
combate excedentes del ejército), él era un profesional minucioso y bien
considerado. Armado con su cámara Nikon de gran angular, y su Yashika con
teleobjetivo, empezó a recorrer la casa desde la entrada principal, cuya puerta
pendía de los goznes reventados y por la que entraron los bomberos.
- “¿Nadie ha dado la voz de alarma?”, preguntó Mathew.
- “Nadie, fueron los propios padres quienes se despertaron por el humo. El
padre salió de la casa con el hijo mayor en brazos, y la madre posiblemente se
despistó por culpa del humo cuando intentó salir del cuarto de juegos, donde
encontramos al hijo menor. El abuelo murió por culpa del humo en su
habitación”, respondió Richard.
- “Muy bien”, dijo Mathew, olvidándose de momento de las causas del incendio
mientras seguía haciendo múltiples fotos de las demás habitaciones hasta llegar
al cuarto de juegos.
Allí, en una esquina, junto a la ventana reventada por la que entraba
el aire de la noche sin conseguir despejar el aroma a carne quemada, se
encontraba el cuerpo del menor: un pequeño cadáver retorcido, con las manos
como queriendo abrazar un objeto invisible…
- “Triste, muy triste”, comentó Mathew al aire de la noche… “Yo tengo una
hija de seis años, no sé lo que haría si la perdiera de esa manera…”
- “¿Perdone?”, respondió Richard.
- “Nada, solo estaba pensando en el futuro de ese niño, de ese padre…”,
murmuró para sí mismo mientras seguía recorriendo las habitaciones de la casa,
fotografiando los estragos del agua y del fuego.
Eran las dos y media de la tarde cuando Mathew, recogiendo el equipo, se
despidió de Richard, su compañero de la Brigada, y ya estaba a punto de subirse
a su coche (un Ford Mustang de ocho años), cuando lo vio: un reflejo rojizo en
la base de unos arbustos que conformaban la valla de la casa vecina.
Agachándose con curiosidad, metió la mano entre las ramas. Aunque una de ellas
le provocó una pequeña herida, logró extraer del escondite un pequeño Teddy
Bear, de los clásicos, parcialmente chamuscado por el fuego. Estuvo a punto de
volver a dejarlo en su escondite, o de entregarlo a los bomberos, y de esa
forma su historia habría cambiado, pero escogió llevárselo a su casa.
A las cuatro y quince, después de pasarse media hora en un atasco, y con el
cansancio físico y mental de la investigación en curso, a Mathew lo que menos
le preocupaba era el bienestar inmediato de su nuevo amigo de peluche, por lo
que se limitó a dejarlo sobre la mesa del umbrío garaje. A esas horas, su
mujer, Elisabeth, estaba saliendo del trabajo; y su hija, Lucie, dormía la
siesta en casa de una amiga. Por lo que nadie asistió a la llegada de la mala
suerte al número 50 de Sycamore Road.
Los primeros días no pasó nada, la vida siguió en la casa de Mathew, sin
contar algunos problemas con el aire acondicionado nuevo, que empezó a echar
agua de manera misteriosa en el despacho de Elisabeth, o unas décimas de fiebre
de Lucie… Él se pasaba el día completo analizando sus casos en curso, y el
incendio de Evergreen Terrace se convirtió en uno de tantos, mientras que el
osito de peluche seguía esperándole fiel y abandonado sobre la mesa del garaje.
Luego empezaron las pesadillas. Cada noche más intensas, más complejas. La
peor fue la del jueves. Avanzaba por un pasillo desconocido, pero a la vez no
tan extraño. La casa estaba llena de humo, y él tanteaba las paredes, el suelo,
buscando una salida, pero todas las puertas estaban cerradas. En algún lugar
resonaban los gritos de una niña, de Lucie… Su única prioridad era encontrarla,
mientras se ahogaba en medio del humo… Se despertó de repente, conteniendo a
duras penas un grito que habría despertado a Elisabeth, y lo primero que hizo
fue ir a ver a Lucie, que dormía tranquilamente en su pequeña cama, a quien sin
embargo le gustaban más los posters de Pink Floyd que los de Justin Beaver…
Unos libros al pie de la cama, otros sobre la mesa, la lectura era el principal
pasatiempo de su hija, a veces se olvidaba incluso de jugar con sus amigas… Sin
hacer un solo ruido, Mathew la besó suavemente en la mejilla, y ya desvelado,
se fue a la cocina, a tomarse el primer café de la jornada…
Al volver a casa desde el laboratorio, se acordó de repente del osito de
peluche. “Qué raro, se dijo, juraría que estaba más dañado cuando lo traje a
casa. Bueno, mejor, así tendré menos trabajo antes de regalárselo a Elisabeth”.
Porque esa era la gran pasión de Mathew, reparar casi todo tipo de juguetes
clásicos, y su garaje se había convertido en su laboratorio: en las estanterías
esperaban numerosos tarros con pinturas, ojos, brazos, mecanismos de viejos
muñecos, cajas con relleno de crin y algodón para peluches, fibra y pelo
artificial para muñecas y todo tipo de accesorios que conformaban el taller de
un profesional en la materia. El osito de peluche le esperaba sobre la mesa.
Vale, es cierto que tenía un lado de la cabeza parcialmente quemado, un brazo
le colgaba de cuatro hilos mal contados, y uno de los parches de la pata
izquierda estaba parcialmente arrancado, pero para ser un osito rescatado del
escenario de un incendio, tampoco se encontraba tan mal. Aprovechando que tenía
un par de horas libres antes de la cena, se puso a trabajar con paciencia y
meticulosidad de relojero.
- “Mathew, a cenar”, dijo Elisabeth, asomando la cabeza por la puerta del
garaje.
- “Enseguida voy, mi hermosa dama”, respondió él, mientras se limpiaba las
manos cuidadosamente de los productos que había utilizado para restaurar la
cabeza del osezno, que ya había empezado a llamar Teddy.
Aquella noche, las pesadillas fueron mucho más violentas que la anterior.
Visiones de fuego y muerte, los gritos de Lucie, un pasillo interminable, el
humo omnipresente, la sensación de impotencia, fueron tan intensos, que Mathew
agradeció que le despertase “La cabalgata de las Walkirias”, el sonido de su
teléfono que identificaba las llamadas de la Brigada. “Sí, ahora voy”, le
respondió a Richard. Fue el comienzo de una larga jornada, un sábado lleno de
humo y dolor (un incendio en un centro comercial, con decenas de heridos, y por
desgracia ocho muertos)… Y al volver a casa, Mathew se volvió a olvidar del
peluche durante varios días. Y las noches fueron tranquilas.
Las pesadillas volvieron con fuerza la noche del viernes. Pero esta vez,
los gritos no cesaron al despertar. Era la voz de Lucie, y en su voz se notaba
el miedo.
- “¡Papá, Papá! ¡Ven pronto!”
- “¡Ya voy, tranquila!”, gritó Mathew desde el pasillo.
- “¡Papá!¡Fuego, fuego!¡El osito!”
- “Ya estoy, Lucie, tranquila, era solo una pesadilla…”
Costó mucho volver a dormirla aquella noche: no paraba de hablar del fuego,
del osito, de las llamas, del humo. Lucie era mucho más adulta que otros niños
de seis años, pero estaba tan aterrorizada que incluso tartamudeaba. Elisabeth
vino unos minutos después, tenía el sueño profundo, pero trajo el remedio
universal: un buen vaso de leche bien fría. La niña se lo tomó con ansia, y al
poco tiempo se quedó de nuevo dormida, no sin coger fuertemente entre sus
pequeñas manos la de su padre. Ya era bien entrada la madrugada cuando Mathew
se pudo acostar por fin, dando gracias porque fuera fin de semana y no tener
que ir al despacho, aunque tenía pendiente la investigación del incendio en el
centro comercial.
El sábado transcurrió con normalidad, hasta que llegó la noche. Esta vez
fue Elisabeth quien se despertó gritando, angustiada, el nombre de Lucie. Él
tardó un buen rato en tranquilizarla, y al comparar los detalles del sueño,
comprobaron que básicamente era el mismo: la casa, el pasillo, el humo, el
fuego, la niña. El domingo hubo un pequeño conato de incendio en el garaje, en
la zona del taller de juguetes cuando Mathew estaba en la cocina. Bastó con un
cubo de agua bien dirigido para apagar los rellenos de ositos de peluche. “Qué
raro, no recordaba haber trabajado tanto en el bueno de Teddy”, comentó para sí
mismo. De todas formas, como ya estaba casi terminado y reluciente, le cosió el
último parche de la pata izquierda, lo limpió un poco con espuma seca y,
poniéndole un gran lazo rojo, lo dejó sobre el lado derecho de la cama de
matrimonio. Elisabeth había ido a dar un paseo con la niña, y le hizo mucha
ilusión verlo aquella noche.
De madrugada, volvieron los gritos, las pesadillas: no hubo forma de volver
a dormir a Lucie hasta el alba, y a los pocos minutos se volvió a despertar
gritando, por lo que Elisabeth tuvo que acostarse con ella en su pequeña cama,
y Mathew preparó el “desayuno especial” para tranquilizarla un poco antes de
llevarla al cole.
Desde aquella noche, las pesadillas de toda la familia fueron mucho peores,
más intensas y con más frecuencia. Más o menos los mismos detalles, el pasillo,
el humo, las puertas cerradas, los gritos de Lucie. Pero la del miércoles fue
distinta. Al entrar en el dormitorio, el incendio estaba en todo su apogeo, y las
llamas devoraban la cama de su hija… y ella estaba dentro, abrazada al nuevo
osito de peluche. Pero él no conseguía llegar a su lado. Y los ojos de Teddy
parecían brillar con más fuerza. Michael se despertó bañado en sudor, y allí
estaba, mirándole fijamente desde el sillón de orejas, el osito de peluche de
ojos rojos y brillantes.
¿Se puede tener miedo de un muñeco? Mathew no lo sabía, pero a partir de
ese momento el oso aparecía en sus pesadillas, que cada noche se volvían más
intensas, más desgarradoras, puesto que terminaba asistiendo impotente a la
muerte de su hija. Aquella noche del veintitrés de septiembre el osito parecía
mirarlo con especial malevolencia al despertar sobresaltado, pero cuando fue a
cogerlo, empezó a irradiar calor, sus fauces se abrieron en un grito mudo y de
sus ojos empezó a manar fuego líquido. Mathew se despertó gritando, esta vez de
verdad, y no pudo evitar un suspiro de alivio. ¡Qué tontería, asustarse de un
osito de peluche! Y sin embargo, al levantarse para ir al baño, procuró no
acercarse al sillón de orejas…
Desde aquella madrugada, las pesadillas fueron mucho más violentas, aunque
Elisabeth dejó de tenerlas a primeros de octubre. El osito cobró protagonismo
en ellas, como si fuera un objeto maldito o una criatura infernal… Más de una
vez Mathew pensó en deshacerse de él, pero ante la insistencia de Elisabeth,
que le había tomado un cariño muy especial (la verdad es que estaba cada día
más hermoso, mejor incluso que nuevo), se limitó a sacarlo del dormitorio y
meterlo en el despacho de su mujer en la planta baja.
La noche del primero de noviembre Mathew tuvo una pesadilla especialmente
intensa… Y soñó con el osito de peluche. Salvo que no era un osito normal y
corriente, en su interior habitaba un demonio del fuego. Por eso soñaban con
incendios, y con muertes. Y la única manera de deshacerse de él era con un
sacrificio. Alguien tenía que morir entre las llamas para que se cerrase el
ciclo, era algo inevitable, igual que había pasado en el incidente de Evergreen
Terrace del mes de julio.
A la mañana siguiente, Mathew empezó a investigar un poco sobre los
demonios del fuego… Nadie sabía demasiado bien cual era su origen, pero
descubrió en internet que a lo largo de la historia existían antecedentes de
objetos relacionados con los demonios del fuego. Unos dicen que eran objetos
normales y corrientes en los que se introducía el demonio; otros que los
propios demonios adoptaban la forma de objetos comunes. Podían llegar a la vida
de la gente normal en cualquier momento, aunque mostraban cierta tendencia a
involucrarse en la existencia de personas relacionadas con el fuego (el abuelo
de Evergreen Terrace había sido bombero). Su objetivo era provocar la muerte y
la destrucción, y era imposible deshacerse de ellos. Solo saldrían de la vida
de sus víctimas cuando se hubieran cobrado su peaje en vidas humanas y en
fuego… A partir de aquella mañana profética del mes de noviembre, Mathew
intentó deshacerse del peluche maldito en varias ocasiones. Lo puso dentro de
la barbacoa en el jardín trasero y le prendió fuego; lo roció con gasolina y lo
embutió entre palés desechados en un descampado; incluso lo golpeó con un hacha
y le arrancó las tripas antes de enterrarlo; pero un par de días más tarde el
osito, en perfectas condiciones, volvía a aparecer en el despacho de Elisabeth…
Y las pesadillas no cesaban, cada vez eran más violentas, más extremas, hasta
tal punto que apenas si conciliaban un par de horas de sueño cada noche…
¿Acaso no existía ninguna manera de librarse de un demonio del fuego
encarnado? Todo parecía indicar que no, al menos eso fue lo que les pasó a los
Davidianos: murieron enloquecidos y calcinados por las llamas. Los demonios
siempre triunfaban. Tenía que haber una solución. Y entonces recibieron la
carta del “abuelo” Leonard, invitándoles a pasar las navidades en su cabaña de
las afueras. Era un hombre mayor, sin familia conocida, antiguo bombero, todo
un as de los años setenta… Y relacionado con el fuego… Mathew y su familia
acudieron a la cabaña, y al regresar se dejaron “olvidado” el peluche en el
desván. Las pesadillas desaparecieron.
El catorce de marzo, un pavoroso incendio destruyó la cabaña del “abuelo”
Leonard. Murió calcinado. El demonio del fuego se había cobrado su tributo.
Mathew y su familia estaban libres de nuevo. Y él procuró que no le asignasen
aquél caso…
