sábado, 26 de diciembre de 2015

EL TRIBUTO DEL FUEGO


Lo que menos podía suponer Mathew era que la desgracia cruzaría el umbral de su casa aquella ventosa madrugada del tres de marzo… y que él la cargaría entre sus brazos…
Era un escenario como tantos otros. Una casita adosada, como tantas otras, en la periferia de lo que hace años había sido un buen barrio. Una familia venida a menos, con todos los miembros de la familia en el paro, y viviendo de la pensión del abuelo. Un incendio devorador, que había empezado en el cuarto de los niños. Tres muertos, el hijo menor, la madre y el abuelo.
-        “Todo parece indicar que el acontecimiento empezó en el cuarto de juegos, cerca de la pared del fondo”, -dijo Richard, con su peculiar acento- “y que no hubo causas externas. Aunque la autopsia tendrá que confirmarlo, solo el niño murió alcanzado por las llamas, los demás perecieron por inhalación de gases.”
-        “Muy bien, dijo Mathew. Ahora dejen el escenario tal y como está, que ya bastante daño han hecho los bomberos. Necesito un poco de espacio y de tranquilidad…”
Eso equivalía al principio de un breve pero intenso ritual, pues no en vano Mathew era el mejor fotógrafo forense de la Brigada Anti Incendios de la ciudad de San Diego. Lo primero de todo era la música, una suave combinación de éxitos de Café del Mar en el ipod, los filtros nasales para potenciar los olores y las gafas desechables de color de rosa que él usaba por razones para todos desconocidas (según su peculiar sentido del humor, para tratar de ver la vida “como los demás mortales”). A pesar de su aspecto ligeramente desastrado (pelo largo y no muy limpio, camiseta de Pink Floyd, vaqueros bastante desgastados sobre un bóxer de la Rana Gustavo, calcetines de deporte grises y botas de combate excedentes del ejército), él era un profesional minucioso y bien considerado. Armado con su cámara Nikon de gran angular, y su Yashika con teleobjetivo, empezó a recorrer la casa desde la entrada principal, cuya puerta pendía de los goznes reventados y por la que entraron los bomberos.
-        “¿Nadie ha dado la voz de alarma?”, preguntó Mathew.
-        “Nadie, fueron los propios padres quienes se despertaron por el humo. El padre salió de la casa con el hijo mayor en brazos, y la madre posiblemente se despistó por culpa del humo cuando intentó salir del cuarto de juegos, donde encontramos al hijo menor. El abuelo murió por culpa del humo en su habitación”, respondió Richard.
-        “Muy bien”, dijo Mathew, olvidándose de momento de las causas del incendio mientras seguía haciendo múltiples fotos de las demás habitaciones hasta llegar al cuarto de juegos.
Allí, en una esquina, junto a la ventana reventada  por la que entraba el aire de la noche sin conseguir despejar el aroma a carne quemada, se encontraba el cuerpo del menor: un pequeño cadáver retorcido, con las manos como queriendo abrazar un objeto invisible…
-        “Triste, muy triste”, comentó Mathew al aire de la noche… “Yo tengo una hija de seis años, no sé lo que haría si la perdiera de esa manera…”
-        “¿Perdone?”, respondió Richard.
-        “Nada, solo estaba pensando en el futuro de ese niño, de ese padre…”, murmuró para sí mismo mientras seguía recorriendo las habitaciones de la casa, fotografiando los estragos del agua y del fuego.

Eran las dos y media de la tarde cuando Mathew, recogiendo el equipo, se despidió de Richard, su compañero de la Brigada, y ya estaba a punto de subirse a su coche (un Ford Mustang de ocho años), cuando lo vio: un reflejo rojizo en la base de unos arbustos que conformaban la valla de la casa vecina. Agachándose con curiosidad, metió la mano entre las ramas. Aunque una de ellas le provocó una pequeña herida, logró extraer del escondite un pequeño Teddy Bear, de los clásicos, parcialmente chamuscado por el fuego. Estuvo a punto de volver a dejarlo en su escondite, o de entregarlo a los bomberos, y de esa forma su historia habría cambiado, pero escogió llevárselo a su casa.
A las cuatro y quince, después de pasarse media hora en un atasco, y con el cansancio físico y mental de la investigación en curso, a Mathew lo que menos le preocupaba era el bienestar inmediato de su nuevo amigo de peluche, por lo que se limitó a dejarlo sobre la mesa del umbrío garaje. A esas horas, su mujer, Elisabeth, estaba saliendo del trabajo; y su hija, Lucie, dormía la siesta en casa de una amiga. Por lo que nadie asistió a la llegada de la mala suerte al número 50 de Sycamore Road.
Los primeros días no pasó nada, la vida siguió en la casa de Mathew, sin contar algunos problemas con el aire acondicionado nuevo, que empezó a echar agua de manera misteriosa en el despacho de Elisabeth, o unas décimas de fiebre de Lucie… Él se pasaba el día completo analizando sus casos en curso, y el incendio de Evergreen Terrace se convirtió en uno de tantos, mientras que el osito de peluche seguía esperándole fiel y abandonado sobre la mesa del garaje.
Luego empezaron las pesadillas. Cada noche más intensas, más complejas. La peor fue la del jueves. Avanzaba por un pasillo desconocido, pero a la vez no tan extraño. La casa estaba llena de humo, y él tanteaba las paredes, el suelo, buscando una salida, pero todas las puertas estaban cerradas. En algún lugar resonaban los gritos de una niña, de Lucie… Su única prioridad era encontrarla, mientras se ahogaba en medio del humo… Se despertó de repente, conteniendo a duras penas un grito que habría despertado a Elisabeth, y lo primero que hizo fue ir a ver a Lucie, que dormía tranquilamente en su pequeña cama, a quien sin embargo le gustaban más los posters de Pink Floyd que los de Justin Beaver… Unos libros al pie de la cama, otros sobre la mesa, la lectura era el principal pasatiempo de su hija, a veces se olvidaba incluso de jugar con sus amigas… Sin hacer un solo ruido, Mathew la besó suavemente en la mejilla, y ya desvelado, se fue a la cocina, a tomarse el primer café de la jornada…
Al volver a casa desde el laboratorio, se acordó de repente del osito de peluche. “Qué raro, se dijo, juraría que estaba más dañado cuando lo traje a casa. Bueno, mejor, así tendré menos trabajo antes de regalárselo a Elisabeth”. Porque esa era la gran pasión de Mathew, reparar casi todo tipo de juguetes clásicos, y su garaje se había convertido en su laboratorio: en las estanterías esperaban numerosos tarros con pinturas, ojos, brazos, mecanismos de viejos muñecos, cajas con relleno de crin y algodón para peluches, fibra y pelo artificial para muñecas y todo tipo de accesorios que conformaban el taller de un profesional en la materia. El osito de peluche le esperaba sobre la mesa. Vale, es cierto que tenía un lado de la cabeza parcialmente quemado, un brazo le colgaba de cuatro hilos mal contados, y uno de los parches de la pata izquierda estaba parcialmente arrancado, pero para ser un osito rescatado del escenario de un incendio, tampoco se encontraba tan mal. Aprovechando que tenía un par de horas libres antes de la cena, se puso a trabajar con paciencia y meticulosidad de relojero.
-        “Mathew, a cenar”, dijo Elisabeth, asomando la cabeza por la puerta del garaje.
-        “Enseguida voy, mi hermosa dama”, respondió él, mientras se limpiaba las manos cuidadosamente de los productos que había utilizado para restaurar la cabeza del osezno, que ya había empezado a llamar Teddy.
Aquella noche, las pesadillas fueron mucho más violentas que la anterior. Visiones de fuego y muerte, los gritos de Lucie, un pasillo interminable, el humo omnipresente, la sensación de impotencia, fueron tan intensos, que Mathew agradeció que le despertase “La cabalgata de las Walkirias”, el sonido de su teléfono que identificaba las llamadas de la Brigada. “Sí, ahora voy”, le respondió a Richard. Fue el comienzo de una larga jornada, un sábado lleno de humo y dolor (un incendio en un centro comercial, con decenas de heridos, y por desgracia ocho muertos)… Y al volver a casa, Mathew se volvió a olvidar del peluche durante varios días. Y las noches fueron tranquilas.
Las pesadillas volvieron con fuerza la noche del viernes. Pero esta vez, los gritos no cesaron al despertar. Era la voz de Lucie, y en su voz se notaba el miedo.
-        “¡Papá, Papá! ¡Ven pronto!”
-        “¡Ya voy, tranquila!”, gritó Mathew desde el pasillo.
-        “¡Papá!¡Fuego, fuego!¡El osito!”
-        “Ya estoy, Lucie, tranquila, era solo una pesadilla…”
Costó mucho volver a dormirla aquella noche: no paraba de hablar del fuego, del osito, de las llamas, del humo. Lucie era mucho más adulta que otros niños de seis años, pero estaba tan aterrorizada que incluso tartamudeaba. Elisabeth vino unos minutos después, tenía el sueño profundo, pero trajo el remedio universal: un buen vaso de leche bien fría. La niña se lo tomó con ansia, y al poco tiempo se quedó de nuevo dormida, no sin coger fuertemente entre sus pequeñas manos la de su padre. Ya era bien entrada la madrugada cuando Mathew se pudo acostar por fin, dando gracias porque fuera fin de semana y no tener que ir al despacho, aunque tenía pendiente la investigación del incendio en el centro comercial.
El sábado transcurrió con normalidad, hasta que llegó la noche. Esta vez fue Elisabeth quien se despertó gritando, angustiada, el nombre de Lucie. Él tardó un buen rato en tranquilizarla, y al comparar los detalles del sueño, comprobaron que básicamente era el mismo: la casa, el pasillo, el humo, el fuego, la niña. El domingo hubo un pequeño conato de incendio en el garaje, en la zona del taller de juguetes cuando Mathew estaba en la cocina. Bastó con un cubo de agua bien dirigido para apagar los rellenos de ositos de peluche. “Qué raro, no recordaba haber trabajado tanto en el bueno de Teddy”, comentó para sí mismo. De todas formas, como ya estaba casi terminado y reluciente, le cosió el último parche de la pata izquierda, lo limpió un poco con espuma seca y, poniéndole un gran lazo rojo, lo dejó sobre el lado derecho de la cama de matrimonio. Elisabeth había ido a dar un paseo con la niña, y le hizo mucha ilusión verlo aquella noche.
De madrugada, volvieron los gritos, las pesadillas: no hubo forma de volver a dormir a Lucie hasta el alba, y a los pocos minutos se volvió a despertar gritando, por lo que Elisabeth tuvo que acostarse con ella en su pequeña cama, y Mathew preparó el “desayuno especial” para tranquilizarla un poco antes de llevarla al cole.
Desde aquella noche, las pesadillas de toda la familia fueron mucho peores, más intensas y con más frecuencia. Más o menos los mismos detalles, el pasillo, el humo, las puertas cerradas, los gritos de Lucie. Pero la del miércoles fue distinta. Al entrar en el dormitorio, el incendio estaba en todo su apogeo, y las llamas devoraban la cama de su hija… y ella estaba dentro, abrazada al nuevo osito de peluche. Pero él no conseguía llegar a su lado. Y los ojos de Teddy parecían brillar con más fuerza. Michael se despertó bañado en sudor, y allí estaba, mirándole fijamente desde el sillón de orejas, el osito de peluche de ojos rojos y brillantes.
¿Se puede tener miedo de un muñeco? Mathew no lo sabía, pero a partir de ese momento el oso aparecía en sus pesadillas, que cada noche se volvían más intensas, más desgarradoras, puesto que terminaba asistiendo impotente a la muerte de su hija. Aquella noche del veintitrés de septiembre el osito parecía mirarlo con especial malevolencia al despertar sobresaltado, pero cuando fue a cogerlo, empezó a irradiar calor, sus fauces se abrieron en un grito mudo y de sus ojos empezó a manar fuego líquido. Mathew se despertó gritando, esta vez de verdad, y no pudo evitar un suspiro de alivio. ¡Qué tontería, asustarse de un osito de peluche! Y sin embargo, al levantarse para ir al baño, procuró no acercarse al sillón de orejas…
Desde aquella madrugada, las pesadillas fueron mucho más violentas, aunque Elisabeth dejó de tenerlas a primeros de octubre. El osito cobró protagonismo en ellas, como si fuera un objeto maldito o una criatura infernal… Más de una vez Mathew pensó en deshacerse de él, pero ante la insistencia de Elisabeth, que le había tomado un cariño muy especial (la verdad es que estaba cada día más hermoso, mejor incluso que nuevo), se limitó a sacarlo del dormitorio y meterlo en el despacho de su mujer en la planta baja.
La noche del primero de noviembre Mathew tuvo una pesadilla especialmente intensa… Y soñó con el osito de peluche. Salvo que no era un osito normal y corriente, en su interior habitaba un demonio del fuego. Por eso soñaban con incendios, y con muertes. Y la única manera de deshacerse de él era con un sacrificio. Alguien tenía que morir entre las llamas para que se cerrase el ciclo, era algo inevitable, igual que había pasado en el incidente de Evergreen Terrace del mes de julio.
A la mañana siguiente, Mathew empezó a investigar un poco sobre los demonios del fuego… Nadie sabía demasiado bien cual era su origen, pero descubrió en internet que a lo largo de la historia existían antecedentes de objetos relacionados con los demonios del fuego. Unos dicen que eran objetos normales y corrientes en los que se introducía el demonio; otros que los propios demonios adoptaban la forma de objetos comunes. Podían llegar a la vida de la gente normal en cualquier momento, aunque mostraban cierta tendencia a involucrarse en la existencia de personas relacionadas con el fuego (el abuelo de Evergreen Terrace había sido bombero). Su objetivo era provocar la muerte y la destrucción, y era imposible deshacerse de ellos. Solo saldrían de la vida de sus víctimas cuando se hubieran cobrado su peaje en vidas humanas y en fuego… A partir de aquella mañana profética del mes de noviembre, Mathew intentó deshacerse del peluche maldito en varias ocasiones. Lo puso dentro de la barbacoa en el jardín trasero y le prendió fuego; lo roció con gasolina y lo embutió entre palés desechados en un descampado; incluso lo golpeó con un hacha y le arrancó las tripas antes de enterrarlo; pero un par de días más tarde el osito, en perfectas condiciones, volvía a aparecer en el despacho de Elisabeth… Y las pesadillas no cesaban, cada vez eran más violentas, más extremas, hasta tal punto que apenas si conciliaban un par de horas de sueño cada noche…
¿Acaso no existía ninguna manera de librarse de  un demonio del fuego encarnado? Todo parecía indicar que no, al menos eso fue lo que les pasó a los Davidianos: murieron enloquecidos y calcinados por las llamas. Los demonios siempre triunfaban. Tenía que haber una solución. Y entonces recibieron la carta del “abuelo” Leonard, invitándoles a pasar las navidades en su cabaña de las afueras. Era un hombre mayor, sin familia conocida, antiguo bombero, todo un as de los años setenta… Y relacionado con el fuego… Mathew y su familia acudieron a la cabaña, y al regresar se dejaron “olvidado” el peluche en el desván. Las pesadillas desaparecieron.
El catorce de marzo, un pavoroso incendio destruyó la cabaña del “abuelo” Leonard. Murió calcinado. El demonio del fuego se había cobrado su tributo. Mathew y su familia estaban libres de nuevo. Y él procuró que no le asignasen aquél caso…     

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