jueves, 19 de octubre de 2023

POSESIÓN…

 

¿Notas mi mirada en el espejo, amor? ¿Notas cómo mis ojos recorren tu menudo cuerpo?

¿Notas cómo mis labios te acarician y te besan? ¿Notas mis manos sobre tus pechos de ninfa? ¿Notas mi presencia a tu alrededor? ¿Notas mi suave aliento en tu cuello?

Porque estoy allí, contigo, mirándote. De vez en cuando, me dejo ver, me asomo desde el fondo de tus ojos a la realidad. A pesar del tiempo, de la distancia, de la vida, te acompaño, siempre… Donde tú estés siempre estaré yo, velándote, acompañándote…

Tal vez, porque en la muerte no hay barreras… Y para mí, morir no fue una liberación:

estar contigo era lo que más deseaba en esta vida. Y se me ha concedido ese don. Nunca más estarás sola, ni cuando lo desees… Nunca más estaré lejos de ti, mientras vivas…

Siempre estaré a tu lado, amor… siempre…

MUJER EN LA NIEVE.

 

Cae la nieve, lentamente, en mi jardín. Los restos de hierba congelados se yerguen, como diminutas torres de fiera vida, antes de desaparecer, tragados por el frío. Las ultimas hojas del castaño, del tilo, se estremecen, en la gélida brisa, intentan permanecer agarradas a su amigo, pero el tiempo, y la gravedad, vencen...

Un leve manto blanco se apodera de la tierra, se deposita sobre los bancos de madera, y en las gruesas piedras decorativas, alguien ha dejado un osito de peluche... Y, por supuesto, también está ella. Su pelo, largo, negro, como la noche, se esparce, a su alrededor, una corona, arropando levemente parte de su cuello, y derramándose sobre su vestido rojo...

Última noche del año, la magia en el aire, antiguos conjuros, viejas presencias, sacrificios.

Que desvelan que el vestido no era rojo, sino blanco; es la sangre quien lo va tiñendo, despacio. Sus ojos, tan negros como la nada, miran, sin verlas, miríadas de estrellas. La nieve la cubre con su gélido manto.

Soy el único destinatario de su irreal belleza...




Y casi lamento haberla matado....

miércoles, 16 de agosto de 2023

LUCIEN. HISTORIA DE UN ASESINO

 


Aquí, en El Café Cibeles, ese reducto de las letras, esa mezcla extraña de café, club de lectura y antro clandestino de categoría, me conocen por El Francés, incluso algunos amigos me llaman Lucien Flambard García, identidad que escogí al poco tiempo de emigrar a España. Pero mi nombre es François Mattey Jiménez, aunque eso ya lo sabes, querida. Barman a tiempo parcial, traficante de opio, dueño de un par de fumaderos, proxeneta… y asesino. Supongo que esto último te habrá sorprendido bastante, nunca pensé que alguien se tomaría la pena de buscarme con tanto ahínco, a pesar de los años que han pasado desde la muerte de Madame la Duchesse de la Cafétière. Claro que tampoco podía contar con su amistad con el señor Battaille, creador de la primera agencia internacional de detectives de toda Europa. A pesar de las pistas falsas ¿seguro que te ha costado mucho seguirme el rastro después de Barcelona, verdad? Lo has conseguido. Así que muchas felicidades, querida… ¿Fleur Delacour? ¿De verdad ese es tu nombre? Pensé que serías un poquito más original, pero en todo caso es el que figura en tu documento de identidad… morirás bajo ese nombre, en breves minutos, el tiempo justo para responder a un par de preguntas tuyas, y para que termine de contarte mi historia. Quizás de esa manera me comprendas mejor, incluso te contaré lo que pasará finalmente con tu hermoso cuerpo…

 

Lo bueno de ser un excelente barman es que conoces combinaciones de sabores, de elementos naturales y artificiales, y puedes crear cócteles increíbles, como el famoso Muerte Blanca, que tanto solicitan los señores de bien, para contribuir a quitarles la timidez a sus amantes ocasionales… Ya sabes, Madrid en el año 1922, no hay mejor lugar donde vivir. Pero volviendo a los cócteles, otro muy solicitado es Secretos de Confesión, con ese toque de angostura y su aspecto levemente burbujeante. Aunque a ti te he dado a probar el más especial de todos, Noche de Pecado, y lleva un cierto tiempo corriendo por tus venas. No, tranquila, que no voy a hacerte nada. No me gustan las mujeres tan delgadas, ni con el pelo negro y cortado “à la garçon” como dicen los franceses, y menos las fumadoras, es un vicio bastante asqueroso. Me atraen más las mujeres algo rellenitas, claramente españolas, como Matilde, la encargada del guardarropa. Con ella sí que he tenido alguna aventura, pero nuestra relación ahora mismo está de capa caída, quizás haya llegado el momento de cambiar. Pero claro, evidentemente no he escogido matarte, y mucho menos en mi puesto de trabajo, sin tener un motivo de peso… como preservar mi nueva identidad, y continuar en un sitio en el que me siento a gusto.

 

¿Sabes lo más curioso? Si no te hubieras tomado también un Noches de la Alhambra, no te habría pasado nada. Los ingredientes alucinógenos, extraídos de unos champiñones especiales que tan sólo se encuentran en los bosques de Irati, en el País Vasco, combinados con la raíz de bergamota, son inocuos. Pero si las combinas con otra sustancia, presente en el último cóctel, producen un efecto paralizante progresivo: primero algo de somnolencia, luego pierdes el control de las manos, de los brazos; luego te cuesta tragar, notas un hormigueo por todo el cuerpo, y termina atacando los pulmones. La muerte por asfixia dicen que es bastante rápida y placentera, ya me lo contarás desde la otra vida, si es que la hay y nos encontramos en ella. De todas formas, ya es muy tarde, y estamos a punto de cerrar La Cueva del Clan Destino, el local secreto que se encuentra en los bajos del Café Cibeles. Llevas en él un ratito, así que no hace falta que te lo describa. Espero que el sofá te resulte cómodo pese a tu rigidez dentro del pequeño reservado. Ese ambiente canalla, que tanto le gusta a los niños pera; la posibilidad de disfrutar de una amplia variedad de cócteles, y de otras sustancias; las noches de lectura y poesía, pero también de encendidos debates políticos; los prácticos reservados en las esquinas, donde se realizan otro tipo de actividades placenteras la de señoritas que han perdido allí la virginidad y la honra es algo incalculable–.

 

¿Quieres que te desvele un secreto? Soy uno de los dueños del Café Cibeles desde hace un año, cuando el propietario buscó un socio capitalista para realizar la gran reforma de la que habló toda la prensa de la época. En algo tenía que invertir los capitales que conseguí en Francia y en Montecarlo… Y nunca está de más el poseer un negocio legal y rentable, ya que de ese modo puedo justificar mis otros ingresos de cara a la Hacienda pública. Pero me estoy yendo por las ramas. ¿Te apetece saber algo más de mis inicios, dónde me crie? Venga, parpadea una vez. Ten en cuenta que de esa manera se te pasará mejor el escaso tiempo que te queda de vida, y soy un buen narrador.

 

Todo empezó en París, el veintitrés de mayo de 1890, con mi nacimiento en el seno de una familia de clase trabajadora. Mi padre era carnicero en el mercado de Les Halles, el auténtico corazón de la ciudad, pero también su estómago. Michel, se llamaba, el típico corso, fuerte, alto, que llegó a la capital siendo adolescente para buscar su lugar en el mundo. Nunca quiso ser carnicero, pero al mismo tiempo notaba una especial querencia hacia la sangre, su sabor metálico y su color. De él he sacado muchas cosas, y no solamente mi físico. Mi madre era una cupletista, Manolita Jiménez, su sueño era ser conocida dentro del ambiente un tanto sórdido que rodeaba el barrio de Montmartre. Nunca llegó a actuar en el famoso Follie Bergères, pero se quedó cerca, muy cerca. Era muy joven cuando me tuvo a mí, poco más de dieciséis años. De hecho, mis padres se casaron por mi culpa, ya que comprenderás que no queda demasiado bien, ni siquiera en el ambiente liberal parisino, el ser madre soltera. Luego tuvo un par de embarazos más, así nacieron mis hermanas Julie y Christine, pero ellas son normales, las típicas francesitas aburguesadas que han conseguido un cierto prestigio en la escala social: la primera es costurera, la segunda dependienta, y me han dado un par de sobrinos de lo más simpáticos.

 

Hasta ahora, todo de lo más normal, ¿verdad? Bueno, quizás el anormal sea yo… y en muchos sentidos, se lo debo a mi querida madre. Ella supo ver todo mi potencial, porque ya desde los trece años destacaba por mi apostura, mi belleza si quieres llamarlo así. Ella se dio cuenta de cómo me miraban algunas de sus compañeras de profesión, ese ansia ciega, y esa necesidad de apoderarse del cuerpo de alguien, y si es casi un niño también, de su alma y de su inocencia. Es el atractivo de lo prohibido. De repente, empezaron a fijarse más en mí, yo era alto para mi edad, casi alcanzaba el metro ochenta, y gracias al trabajo con mi padre en el mercado, tenía una musculatura bien definida, y estos ojos verdes y el hoyuelo en la barbilla me ayudaban. El caso es que a mi querida madre se le metió en la cabeza el rifar mi virginidad entre su grupo de amigas… Clotilde Mazzarin se llamaba, una vedette en decadencia del Café Florien, pero supongo que tuve suerte: a pesar de sus casi sesenta años, y si quitamos sus pechos caídos y su abdomen dilatado por sus varios embarazos de hecho, tenía un hijo casi de mi edad, fue bastante paciente conmigo, entonces aprendí que una buena boca, una lengua y unos labios bien entrenados pueden hacer maravillas en el cuerpo de un hombre. Pagó una cantidad escandalosamente alta por ser mi introductora en el ámbito sexual, y siguió reclamando mis favores durante una temporada. Luego, por supuesto, hubo otras, casi todas dentro del ámbito de la farándula, me enseñaron muchas cosas, incluso le acabé cogiendo algo de afición al sexo previo pago y sin compromiso.

 

Pero a los dieciséis años, mi madre decidió que había llegado el momento de aspirar a lo más alto, y vender mis favores en otros ámbitos sociales más, ¿cómo decirlo? Más refinados. Nunca olvidaré a la Condesa de la Chevalière: a pesar de su juventud, poco más de treinta años, se empeñó en ser mi “protectora”, y en dotarme de una educación lo bastante refinada para poder presentarme en sociedad, con pleno conocimiento de su marido, un famoso homosexual de casi sesenta años, con quien se casó por interés. Gracias a ella aprendí retórica, algo de filosofía, bastantes matemáticas, y por supuesto nuevas técnicas amatorias, venidas de Oriente, con las que tanto éxito he tenido estos últimos años. Y pasó el tiempo, estuve con ella de los dieciséis a los diecinueve años.

 

París era una fiesta, el famoso “fin de siècle”, esa ansia por descubrir nuevos inventos, esos ambientes bohemios, las nuevas corrientes pictóricas y de pensamiento que fui conociendo gracias a la Condesa de la Chevalière no los olvidaré jamás. Por desgracia, murió en mitad de una de nuestras sesiones amatorias y yo me quedé sin protectora. Y sin saber hacer otra cosa más que vivir a costa de las mujeres de la clase alta parisina. A los veinticuatro, me tuve que incorporar a las filas, tuve una decena de amantes, incluso un par de hombres bien situados fueron mis parejas durante algún tiempo, como Monsieur de la Ratatouille. Él se convirtió en mi maestro, se encargó de perfeccionar mis conocimientos de filosofía, de música, y por supuesto, sexuales. Pero mejor cambiamos de tema, que ya veo, querida Fleur, que es algo que te molesta. Aunque sin embargo, es necesario que lo recuerdes, porque tendrá su importancia más adelante, cuando entre en escena Madame la Duchesse de la Cafétière, la causa que de hayas llegado hasta mí, siguiéndome la pista, y de que vayas a morir.

 

Ya empiezas a notar ese hormigueo tan molesto en los brazos y en las manos, ¿verdad? Bueno, tranquila, se te irá pasando. De todas formas, voy a contarte un secreto: fue durante la primera guerra mundial que me convertí en asesino. Lo más curioso es que por aquél entonces estaba bien visto matar, se trataba del enemigo, y nosotros estábamos defendiendo nuestra Patria, nuestras “Costumbres”, nuestras “Sagradas Tradiciones”, y por encima de todo ello, nuestras “Familias”. Durante las seis primeras semanas, cuando nos llevaron a todos los nuevos reclutas al campamento ubicado en las cercanías del Bois de Boulogne, en ocasiones tuve miedo de no ser capaz de convertirme en un soldado. La misma idea de exterminar a un semejante poco me importaba que fuera disparándole a distancia o con un cuchillo, me daba náuseas. Y aunque me había familiarizado con el olor y el sabor de la sangre gracias a mis años de trabajo con mi padre, el arrancar una vida humana me escandalizaba. Claro que se me pasó la tontería, y los escrúpulos, la primera vez que dispararon sobre mí desde las trincheras del otro lado del frente. Ahí empecé a odiar al enemigo, a los alemanes, esas fieras traicioneras, que devoraban a los niños y rajaban el vientre de las madres, que quemaban nuestras iglesias y vejaban a las venerables abuelas.

 

Nunca olvidaré a mi primer camarada muerto, se llamaba Julien, y como yo, acababa de llegar a la primera fila. Fue todo muy rápido, alzó la cabeza durante una de las pausas de la batalla, y un francotirador enemigo le voló media cara. Se cayó encima de mí. Terminé cubierto por su sangre y sus sesos, y a falta de agua limpia, me froté las manos y la cara con ese barro rojo y maloliente que se forma en el fondo de las trincheras. Pero al mismo tiempo, despertó en mí el ansia de venganza.

 

Pocos días después, a las órdenes de un cabo se hacía llamar Monsieur Fleuri, participé en mi primer asalto. Corrimos como locos, zigzagueando, hasta alcanzar las posiciones enemigas. Las balas silbaban a mi alrededor, como mosquitos a toda velocidad, la ametralladora sonaba en mis oídos, pero yo no tenía miedo: me habían poseído las ansias de matar. Salté dentro del refugio enemigo, un hombre surgió delante de mí de entre la niebla y le clavé la bayoneta. Como se quedó enganchada entre sus costillas, al siguiente le golpeé con la culata del fusil, una vez, dos, tres, hasta dejar su cara reducida a una pulpa sanguinolenta. Salió un tercer enemigo, estrellé mi casco en su cuello, le rompí la tráquea, y se ahogó en su propia sangre. Ni tan siquiera escuché el sonido de los silbatos que nos llamaba de nuevo a nuestras posiciones. Uno de mis compañeros tuvo que cogerme del brazo, para hacerme salir de ese estado de enajenación.

 

Durante las seis semanas que estuve en el frente, participé en varias expediciones similares, algunas de ellas de noche, y mis hazañas bélicas no pasaron desapercibidas para Monsieur Fleuri ni para mi teniente. ¡Incluso fui propuesto y obtuve una Croix de Guerre! Y me gané un apodo, Le sanguinaire, el sanguinario. Nos mandaron a descansar a la retaguardia durante una semana, pero preferí no volver a París: me gustaba esa vida tan organizada, tan militar, tan diferente de la que me esperaba cuando regresase a la capital. Un año después de mi ingreso en el ejército, ya a finales de 1915, y con una sólida reputación como asesino, sucedió lo impensable: durante un ataque con gases, mientras defendía mi posición dentro de un agujero creado por los obuses, mi máscara falló, y aspiré varias bocanadas de ese veneno. Dos enfermeros que estaban por la zona me trasladaron con urgencia a la retaguardia. Ingresé en un hospital, con los pulmones medio abrasados, y estuve allí durante casi tres meses, hasta que me recuperé lo suficiente para recibir el alta. Sin embargo, me quedé allí, a las órdenes del capitán médico Claude Michelet, y gracias a él, y a su afición por conocer los efectos de diferentes sustancias en el cuerpo humano hicimos experimentos con soldados enemigos moribundos, nadie sospechó nada, aprendí muchas cosas. Fue entonces cuando me convertí en un experto envenenador, siempre estaré en deuda con él. Y en junio de 1916, con la Croix de Guerre prendida en la chaqueta del uniforme, y honrosamente licenciado y con derecho a pensión vitalicia, regresé a París, a esa vida tan distinta que me había estado esperando durante tantos años.

 

Para descubrir que, en el fondo, y a pesar de esa ronquera derivada de los gases que algunas mujeres encuentran tan atractiva, nada había cambiado. Necesitaba dinero, con urgencia, mi madre por aquél entonces ya había muerto de tuberculosis, y la única manera fue el seguir explotando mi físico privilegiado: admitirás que con mi metro noventa de estatura y mi cuerpo bien desarrollado, soy un buen partido. El aura que me rodeaba de veterano de guerra fue de gran ayuda. Pero no quería verme sometido a los caprichos de una sola amante, ya había llegado el momento de ser más selectivo, y empezar a obtener algo de todo el placer que era capaz de generar en esas mujeres viejas y aburridas. Por eso me fui introduciendo en círculos cada vez más selectos… hasta alcanzar los niveles más altos de la prostitución masculina.

 

Me estoy refiriendo, por supuesto a Madame la Duchesse de la Cafétière. Como bien sabes, ya que trabajas para su marido, esta buena señora, a pesar de su edad, más de setenta años bien cumplidos, tiene una libido de lo más desarrollada, y cierta querencia hacia los jovencitos. Fíjate que a mi edad, con mis escasos veintiséis años, ya estaba a punto de quedar fuera de su ámbito de interés, pero sin duda mis buenas referencias contribuyeron a mi elección. Al principio, se trataba de juegos inocentes, como por ejemplo a las cartas, o al billar, algo de lo que era muy aficionada, sin olvidarnos por supuesto de las interminables sesiones de sexo. Afortunadamente, mi querido capitán médico el señor Michelet, además de adentrarme en siempre interesante mundo de los venenos, me enseñó a elaborar compuestos químicos que me aseguraban unas erecciones considerables. ¡Pero vamos, no me dirás que ahora te escandalizas, mi querida Fleur! Y sobre todo, por mucho tiempo, lo cual me garantizaba el éxito en ciertos ambientes y ante ciertos retos, como la señora Duquesa. Parece mentira, tanta pulsión sexual dentro de un cuerpo tan francamente repugnante. El caso es que aguantamos casi dos años de relaciones semanales, y que tenía tiempo para mis otras amantes, de pago la mayor parte de ellas.

 

Porque sí hubo una mujer de la que me enamoré, la dulce Claudine Pasquier, que trabajaba de criada con la Duquesa ¿no te importa que castellanice el rango, verdad?. Era una cría de lo más tierna y dulce, de poco menos de catorce años, ojos rasgados, verdes, inmensos, y pechos pequeños pero exquisitamente bien formados, como terminaría descubriendo después de varios meses de paciente cortejo. Lo único malo es que era pobre como las ratas, ya que enviaba buena parte del salario a su madre, una costurera de Nantes que se estaba quedando ciega. Vale, tú pensarás que me aprovechaba de ella y de su inocencia, pero si incluso le dejaba dinero en la mesilla de noche de su miserable habitación cada vez que hacíamos el amor. Ojo, que es la única vez que me escucharás usar ese término, con las otras mujeres, simplemente follo. Pero se conoce que justamente este detalle, el dinero, la hacía sentir incómoda, sucia, humillada. Yo intenté explicarle que era por el mero cariño que le tenía… pero ella no lo entendió de esa manera, y menos cuando se quedó embarazada. Así que regresó a su casa, con mi hijo en las entrañas, a finales de 1917. Y yo me quedé solo, bueno, más bien con mis múltiples amantes, pero desde la pequeña Claudine, ninguna de ellas me hizo sentir bien, entero, limpio…

 

Aguanté todo lo que pude con la señora Duquesa, pero el asco que me inspiraba ese cuerpo viejo e insaciable iba creciendo de mes en mes. Y así surgió la idea de matarla, de vengarme en ella de todas las mujeres que me estaban utilizando como instrumento para satisfacer sus ansias sexuales. Empecé a administrarle pequeñas dosis de los mismos compuestos que te he dado a ti en la bebida, y de esa manera comenzó su declinar su salud. No quería dar pistas, ni mucho menos que se descubriera el envenenamiento. El catorce de julio de 1918, coincidiendo con la fiesta nacional, le administré la última dosis. La muerte fue plácida. Pero aquello con lo que yo no podía contar era con los celos del marido, que hasta ese punto se había mostrado tan complaciente y comprensivo, y que incluso, en varias ocasiones, me había invitado a fumar con él un cigarro habano en el gabinete después de alguna de las sesiones de sexo con su mujer. El caso es que sospechó, ya que por lo demás, la buena señora se encontraba en un estado físico envidiable, y al producirse el óbito, requirió los servicios de un amigo suyo, que se acababa de establecer en la ciudad, y que poseía unos conocimientos médicos de lo más avanzados.

 

¿Y adivinas de quién se trataba, mi querida Fleur? Pues del mismísimo capitán médico militar, el señor Claude Michelet, que me inició en el mundo de los venenos. Aquella fue mi desgracia, puesto que ambos compuestos generan un brillante y hermoso enrojecimiento de las papilas gustativas en la parte inferior de la lengua. Y claro, él no podía hacer menos que descubrirlo… y decírselo a su querido amigo. Afortunadamente, y en prevención de algún hecho semejante, yo tenía una cantidad de dinero en efectivo nada desdeñable, además de un juego de papeles falsos en un maletín junto a la cama, así que pude emprender la huida hacia territorios más cálidos e inexplorados, por lo que me instalé en Montecarlo.

 

Aquel año de 1919 fue una locura para mí. Recién llegado a una ciudad que vivía por y para el juego, el placer y la satisfacción de todo tipo de pasiones, era el lugar soñado. Tardé poco tiempo en convertirme en una presencia habitual del Casino, primero solo, luego como acompañante ocasional de una serie de damas de la alta sociedad a quienes sus maridos dejaban abandonadas en las mesas de la ruleta o en las terrazas, y que preferían dedicarse al juego. En un par de ocasiones estuve a punto de ser descubierto por maridos celosos, pero fui moderadamente feliz, al mismo tiempo que mi patrimonio se incrementaba gracias por una parte a los donativos de mis amantes, y por otra a una endemoniada racha de suerte en el juego, que me duró casi doce días consecutivos, y que me permitió obtener una pequeña fortuna que me permitiría instalarme en cualquier parte.

 

Por supuesto, con lo que no podía contar es con las ansias de venganza del querido cornudo, el Duque de la Bergamotte, quien contrató a una famosa agencia de detectives, de la que tú formas parte, para darme caza por toda Francia e incluso por el extranjero si era necesario. En el mes de febrero de 1920, descubrí a uno de tus compañeros que me miraba de manera extraña en la mesa de bacarrá, y que comprobaba una pequeña foto: aquél fue mi error principal, no llevarme el camafeo que le había regalado a la Duquesa. Por suerte, durante aquél año de desenfreno en el Principado de Mónaco había descubierto la utilidad de relacionarme con un grupo de facinerosos, de los que esperan en las inmediaciones del Casino a los afortunados ganadores para llevarse todo su dinero, y a quienes no asusta la violencia. Como tu compañero era tan torpe, no me costó demasiado seguirle fuera del Casino, y depositarlo en las amorosas manos de Monsieur Cheval y su banda… De todas formas, y por mera precaución, decidí cruzar la frontera e instalarme en la siempre cálida y acogedora España…

 

Al principio, me dediqué a vivir de las rentas, y a dejarme ver por la siempre cosmopolita y adelantada Barcelona. ¡Qué ciudad! Y ese ambiente de nuevos ricos, de burgueses que sólo respetan el dinero, y a quienes no preocupa su origen. Además, bajo mi identidad falsa, me sentía seguro… Aunque no podía contar con la tenacidad de tu agencia, tardaron poco más de seis meses en localizarme, y una vez más, tuve que matar para cubrir mis huellas lo abandoné en ese laberinto de calles que es el Raval. En esa ocasión utilicé un cuchillo, no me gustó nada la experiencia. Me trajo recuerdos de la Gran Guerra.

 

Y cambié de vida, de ciudad, me mudé a Madrid. Aunque tenía cierto capital, era necesario invertirlo con prudencia y, al mismo tiempo, sentía la necesidad de vengarme de las mujeres, por haber sido durante tantos años un mero entretenimiento, un juguete sexual… No se me ocurrió mejor idea que, aprovechando mi instinto de cazador y mis dotes de seducción, montar un burdel, no muy lejos de aquí. No te engañes, se trata de un sitio con clase, con estilo, administrado con mimo por María de las Mercedes. Si fueras hombre, te llevaría allí, para que las conocieras, seguro que disfrutabas con la experiencia, como hacen muchos de los más distinguidos clientes La Cueva del Clan Destino, ya sabes, la parte más secreta del Café Cibeles. Incluso hubieras sido una buena adquisición entre mis pupilas. Pero claro, te quedan unos cuantos minutos de vida, y tengo que terminar mi historia. Cierto es que había otro gran negocio en el que me apetecía introducirme: los fumaderos de opio. De ellos se encarga el señor FunLin, tengo dos instalados no muy lejos de aquí, ya sabes que en Madrid se puede encontrar de todo en el Barrio de las Letras.

 

No es algo que nunca me ha llamado la atención personalmente, ni las drogas, ni el tabaco, ni el alcohol: tan sólo pruebo este último para comprobar el buen sabor de mis nuevos combinados y cócteles, por los que he adquirido una fama bien merecida. El último negocio en el que me he metido es la hostelería: soy uno de los tres dueños de este maravilloso local, y trabajo, realmente, porque me divierte mucho conseguir que la gente se relaje, se olvide de los problemas, e incluso me cuente sus aburridas historias, hacen que vea mi propia vida mucho más interesante.

 

Y ahora llegamos al final: a cómo supe quién eras… y a lo que te pasará después de muerta. ¡Venga, ánimo Fleur, que ya estamos llegando al final de la partida! Al principio, es decir, hace un par de horas, pensé que eras una de tantas clientas despistadas y liberales, que han llegado al local por casualidad. ¿Pero sabes qué te delató? Tu manera de mirarme, como viendo más allá del disfraz, de mi pelo teñido de negro, y sobre todo del parche de terciopelo negro que cubre mi ojo derecho. Tranquila, que al ojo no le pasa nada, es solamente un pequeño disfraz. Bueno, eso por no hablar del camafeo, el mismo que le entregué a la Duquesa, y que tantos problemas me ha causado. Lo he visto en tu bolso, mientras ibas al baño lo has dejado sobre la barra. No te imaginas hasta qué punto me ha sorprendido, y no muy gratamente. Pero vamos, estoy casi seguro, por tu comportamiento, de que tu entrada en el local y el hecho de encontrarme,  ha sido una triste casualidad, ¿no es cierto? Parpadea dos veces si es así.

 

Buena chica Si no hubieras seguido representando tu papel de jovenzuela rebelde y un poco alocada, para así poder observarme mejor y comprobar si tu corazonada era cierta, quizás te habrías salvado. Pero tu indudable profesionalidad ha sido tu perdición. Por eso te he envenenado. Dentro de diez minutos, cierra El Café Cibeles, y encontrarás tu destino, entre las amorosas manos y cuchillos del querido Macario, el carnicero que tiene su negocio tres puertas más abajo. Le ayudaré a llevarte hasta su local por el pasadizo subterráneo al que se accede desde los servicios de caballeros. Lo hemos hecho en varias ocasiones durante los dos últimos años, dos desgraciados violadores y una mujer han conocido el filo de sus cuchillos.

 

Porque él es un excelente carnicero, aunque lo que haga con tu cadáver en la trastienda de su negocio antes de trincharte y de convertirte en excelentes filetes es algo que no me concierne. Luego, es simple cuestión de tiempo, tres o cuatro horas a lo sumo. El tuyo será un cadáver de lo más exquisito, porque el veneno se acumula en el hígado, el riñón y los intestinos, pero el resto del cuerpo sigue siendo plenamente comestible.

 

“Y las señoritingas de las casas más principales del viejo Madrid cantarán tus alabanzas, cuando prueben esos sabrosos guisos, con esa carne tan especial que, de vez en cuando, consiguen sus cocineras en la carnicería del Macario en el Barrio de Las Letras, cerca del Café Cibeles…”

 

Así que, dulce muerte para ti… Mon amour.

 

Fernando Codina

martes, 15 de agosto de 2023

CON UN RACIMO DE CERVEZAS

 


Nada como una reunión de colegas, que llevan mucho tiempo metidos en esto de la seguridad, para que, acompañadas por unos cuantos cubatas, empiecen a surgir historias de misterios… Y más si allí afuera brilla la luna llena. Porque fantasmas, aparecidos, espectros, da igual cómo los llames, están allí, al otro lado de la realidad, esperando, quizás, el momento más oportuno para hacerte llegar sus mensajes, y quizás incluso, prevenirte.

Uno de los primeros en hablar fue Esteban, quien nos contó sus experiencias con esas figuras negras que de vez en cuando aparecen a los pies de la cama, o se materializan en los rincones oscuros de la habitación…

“Quizás siempre tuve miedo de la oscuridad. De pequeño y cuando mis padres apagaban la luz de la habitación que compartía con mi hermana, hacía todo lo posible por no mirar en dirección hacia la puerta, que se encontraba en la más completa oscuridad. Me daba miedo incluso ir al baño, y me refugiaba entre las patas de mi enorme (por aquél entonces abultaba más que yo) león de peluche, que fue mi regalo de bienvenida a este mundo de una compañera de trabajo de mi madre. Todavía hoy, más de cincuenta años después, sigue cumpliendo su misión desde una silla en mi dormitorio.

Por ejemplo, llamaba muy bajito a mi abuelo, que dormía con la puerta abierta, para que me trajera un vaso de agua o me acompañase al baño. Nunca le molestó, quizás él también le tenía miedo a la oscuridad desde su paso por las cárceles franquistas una vez terminada la Guerra Civil. Era teniente del servicio de inteligencia militar del ejército, además de comunista y masón, tres buenos motivos para ser condenado primero a muerte, luego a treinta años de prisión, de los que cumplió siete, pero eso es otra historia.

Volviendo a mis miedos infantiles, más de una vez observé materializaciones en el rincón oscuro de la puerta del dormitorio. Zonas de sombra que se convertían en figuras, altas y amenazadoras, aunque distantes. Por suerte, no venían todas las noches, quizás una o dos veces al mes durante dos años, y casi siempre en las noches de luna llena, por lo que eran más sencillas de ver, tanto para mi hermana como para mí. Años más tarde, vi una película de dibujos animados, “El señor de los anillos”, y los jinetes de la oscuridad se materializaban en el dormitorio de los hobbits en la posada del Pony Pisador de la misma manera. Se quedaban allí, mirándome fijamente un cierto tiempo (no tenía reloj, así que ignoro si eran diez minutos, media hora, o solo un parpadeo). No hacían nada, ni siquiera se acercaban a nuestras camas, pero el caso es que incluso profundamente dormido, me despertaba cuando ellos entraban en la habitación. Ahora me sigue pasando: despierto en mitad de la noche, y están allí, nunca más de dos figuras, altas, a los pies de la cama. Se quedan unos minutos, observándome, y ni siquiera me atrevo a moverme para encender la luz. Podrás decirme que como miope, igual confundo las propias sombras de la habitación, mas sé que no me equivoco, y están allí, quizás simplemente vigilando mi sueño. Pero ya no me inspiran tanto miedo, y suelo volver a dormirme.”

Miguel también tiene sus miedos particulares, cuando se ha ocultado el sol, y son los espejos, sobre todo los del cuarto de baño…

“Por un problema de próstata, los años que no pasan en balde, yo tenía que ir con frecuencia al cuarto de baño durante la noche, y procuraba encender siempre la luz. Quizás porque hace algunos años vi reflejado en el azogue un movimiento a la luz de la luna: allí no estaba el cuarto de baño en el que me encontraba, sino las columnas de un local abandonado y bastante sucio, con un suelo adamascado en blanco y negro. Tampoco veía mi imagen, sino la de una persona desconocida, de cara arrugada, bastante más alto que yo, que me hacía gestos como invitándome a pasar al otro lado. Salí corriendo del baño, y desde aquella noche opté por no mirar nunca más al espejo, y por supuesto no ponerme las gafas para ir al cuarto de baño, presidido por un gran espejo, en el que prefiero pensar que no se encuentra la puerta hacia otra realidad. Con mis ojos de miope, sería toda una hazaña poder distinguir algo, pero, aunque no creo en las meigas (especie de brujas de la mitología gallega), haberlas hailas…”

Sebastián comparte con Miguel esa curiosa fobia, y no solamente cuando ha oscurecido…

“El  ver cosas raras, o que directamente no deberían estar allí en los espejos, me ha pasado también en la penumbra de ciertos locales nocturnos. La más inquietante fue a los dieciséis años, en un bar de la ciudad inglesa de Bournemouth, en la que estuve haciendo un curso de inglés de dos meses, pagado por mis padres. Vi cómo se transformaba la realidad de lo que estaba detrás de mí en el reflejo del espejo, desaparecieron todas las personas que me rodeaban, el garito se quedó vacío, y en vez de los cuerpos, había manchas borrosas, hechas de un humo negro y movedizo. La experiencia no duró más allá de unos segundos, pero sé lo que vi… Era la Nada, así con mayúsculas, quizás recordando las imágenes de la película “La historia interminable”, que lo devoraba todo a mi alrededor. Aquella vez tuve bastante miedo, y durante el resto de mi estancia en la ciudad, evité volver a ese club, aunque era uno de los más frecuentados por el grupo de estudiantes de la academia…”

Pero la experiencia más curiosa, sin duda alguna, es la de Andrés, cuando tuvo una experiencia cercana a la muerte, y las secuelas que le dejó… Fue uno de los relatos más largos de aquella noche, mientras tomábamos cubatas en el “Whisky Jazz Club”, y por eso la transcribo en su totalidad, en vez de resumirla.

“Fue durante el verano de mil novecientos ochenta y siete: yo era alumno del Instituto Italiano de Cultura de Madrid. Coincidiendo con el segundo año de formación, los directores otorgaban una beca de estudios al alumno más destacado, y tuve la suerte de conseguirla. Me pagaron un mes de clases en una pequeña academia de la periferia de Roma, y también me consiguieron una plaza a precio reducido en un piso de estudiantes. A mediados de agosto, vi el anuncio de un crucero a vela en un pequeño barco para ir a la isla de Ventotene, un lugar muy turístico, y junto con otras dos estudiantes alemanas, lo organizamos todo para participar. Fuimos en tren hasta el puerto de Ostia, y llegamos al muelle a primera hora de la mañana. El patrón era el típico lobo de mar, no le faltaba ni la gorra, ni la camisa medio desabrochada de dudoso blanco, ni la pipa en la comisura de la boca mientras hablaba. Ni una hija pequeña, de unos doce años llamada Isabella, a quien le apasionaba la navegación. Cuando zarpamos, el mar estaba tranquilo, el cielo era una enorme extensión azul con algunas pequeñas nubes. Navegamos hasta la hora de comer, cuando el patrón (se llamaba Piero) nos animó a darnos un buen baño. El agua era cristalina, tanto que se veían perfectamente las conchas, las piedras, y la arena del fondo. Parecía que estaba muy cerca, y yo, que soy un poco fantasma, decidí que era un buen momento para intentar coger una de las grandes conchas que, según Piero, eran famosas entre los turistas. Me ajusté las gafas de buceo (por aquél entonces llevaba lentillas), y me lancé de cabeza. Bajar fue muy sencillo, cogí la dichosa concha para Isabella, pero más o menos a mitad de la ascensión, noté un fuerte dolor en los oídos, abrí la boca para compensar la presión, y me quedé sin aire a más de siete metros de profundidad. Me puse a patalear como un loco, pero el patrón tuvo que lanzarse a su vez, y remolcarme hasta el barco. Me depositó en el puente, yo estaba casi ahogado, y perdí el sentido, mientras sangraba con abundancia por la nariz y los oídos. Quizás fuera más que un simple desvanecimiento, porque a partir de entonces, empecé a sentir “cosas”  o presencias que no estaban a este lado de la realidad… Terminando con la historia, alcanzamos la famosa isla cuando la noche ya estaba cayendo, bajamos a cenar y a dar una vuelta, y dormimos en el barco. Marjolein, la más joven de las estudiantes pasó la noche con Piero, mientras que Isabella dormía en el otro camarote de la proa, y Helen y yo estuvimos hablando un buen rato en la cabina principal, donde se habían improvisado dos camas en los bancos corridos.

Al día siguiente, rodeamos la isla con el velero, hicimos turismo (es un lugar precioso) y pasamos la segunda noche fondeados en el puerto. A media mañana del domingo, emprendimos la navegación, y alcanzamos el puerto de Ostia sobre las nueve de la noche.

Y desde aquél ahogamiento felizmente superado, comenzaron los problemas… porque empecé a sentir cosas que no estaban allí, presencias extrañas, llámalo intuiciones… Una semana más tarde, y acompañado por una amiga, hicimos una escapada a la ciudad de Pompeya, en las faldas del monte Vesubio. Como hacía un calor infernal, el yacimiento arqueológico estaba prácticamente vacío, y en un momento dado, me perdí en medio de los callejones, creo que incluso entré en una zona prohibida, pero lo más curioso es que no me sentía solo: había gente a mi alrededor, huyendo de las oleadas de cenizas, respirando con dificultad, asfixiándose lentamente. Yo estaba solo en el callejón, pero había sombras a mi alrededor, las veía por el rabillo del ojo, pero sobre todo percibía su angustia, su miedo, notaba su pavor cuando caían en medio de la masa de gente, siendo pisoteada, muriendo lentamente, sofocados por las cenizas, abrasados por el calor de la lava… La experiencia duró varios minutos, y me sacaron de ella las voces de uno de los vigilantes, diciéndome que estaba en una zona prohibida, y pude ver en medio de la calle y junto a las paredes de algunas de las casas las famosas huellas, los moldes de cuerpos quemados rellenos de escayola, mudos testimonios del horror…

Desde entonces, me convertí en un sensitivo. No es lo mismo que un médium, generalmente no podemos ver los fantasmas que nos rodean, pero sí sabemos cuando en algún lugar hay una presencia maligna, un espíritu, porque podemos sentirlos, intuirlos… Pasa lo mismo cuando se trata de un espíritu bueno, nos embarga una sensación de paz y de sosiego, pero eso sucede las menos veces. ¿No te ha pasado alguna vez que entras en un sitio, e intuyes que allí ha pasado algo malo, te dan escalofríos, incluso te ahogas? Bien, pues eso me pasa con mucha frecuencia, Madrid es una ciudad que está construida sobre otra más antigua, y que ha sido devastada en numerosas ocasiones. En los sitios donde ha muerto mucha gente, se sigue percibiendo el dolor, el sufrimiento… Por eso, entre otras cosas, dejé de ir a los Cines Acteón, que durante años fueron todo un referente del cine de palomitas, en plena calle de la Montera. Antes, en aquél mismo lugar, se alzaban los Almacenes Arias, en los que se produjo un pavoroso incendio, y allí murieron ocho bomberos al hundirse el edificio. Sus almas todavía siguen prisioneras, moviéndose en la oscuridad de las salas… Hace un par de años, derrumbaron los cines, y en su lugar están construyendo un hotel… En el teatro que se alza sobre lo que en los años ochenta fue la discoteca Alcalá 20, en cuyo incendio perecieron decenas de personas… He ido en un par de ocasiones, y lo he pasado fatal, ese dolor, esa sensación de ahogo, esos cuerpos que se amontonan unos sobre otros, y se van quemando lentamente o perecen aplastados… Todavía siguen allí… Por siempre…”

Marcial es el típico aragonés, valiente y fanfarrón, pero su historia también nos dio bastante miedo…

“Yo estaba en segundo año de carrera, Periodismo para más señas, y la hija del mejor amigo de mi padre, Ruth, venía a Madrid para estudiar en una prestigiosa universidad privada, y se alojaba en una residencia de estudiantes cercana. En varias ocasiones, me invitó a cenar en su apartamento, y aquél primer año, no noté nada. Compartía piso con Natalia, una compañera de clase, y yo me llevaba muy bien con ambas (además de estar perdidamente enamorado de Ruth). En segundo de carrera, cambiaron de apartamento, y me llamaron bastante asustadas, porque sucedían cosas extrañas. Cajones que se abrían solos. Grifos que empezaban a gotear. Y no se sentían a gusto: temían que hubiera pasado algo malo. La mesa del comedor era completamente nueva, de hecho, ni siquiera habían terminado de desembalarla, y eso me pareció muy raro. En ese apartamento, se notaba algo muy raro, una presencia, acechante, oscura, y peligrosa… para ellas y para cualquiera que se alojase allí. Se me ocurrió probar un truco, hacer unos ejercicios de relajación y de meditación sentado en uno de los sofás, para comprender lo que pasaba allí. Y entonces lo supe: en aquél lugar, se había celebrado una misa negra, incluyendo el dibujo de un pentagrama invertido, velas negras, incluso un sacrificio de un gatito callejero. Habían utilizado la mesa como altar, trazando sobre ella el símbolo de la invocación de Satán, (ese aspecto fue confirmado días más tarde por el encargado de mantenimiento del edificio) y uno de sus espíritus había acudido al llamamiento, quedándose confinado entre esas paredes, lo que representaba un peligro para mis amigas. Y la única forma de sacarlo de allí era ofreciéndole un receptáculo humano…

Yo me presté voluntario, realicé mi propia invocación, y noté cómo entraba en mi interior aquella presencia. Me despedí enseguida de Ruth y de Natalia, y cogí el coche, para volver a mi casa, dándole vueltas a cómo deshacerme de aquél espíritu impuro. Casi me cuesta la vida, porque a mitad de camino, pude ver cómo en la parte trasera del coche se iba materializando poco a poco una sombra, oscura, corpórea pero de forma difusa. Repetí la invocación, pero no sirvió de nada: de repente, se hizo la oscuridad absoluta dentro del coche, no veía absolutamente nada, y estuve a punto de salirme de la carretera. Frené en seco, por suerte a aquellas horas la carretera estaba desierta, y me detuve en el arcén un rato, mientras seguía con mi invocación, por supuesto a las potencias de la luz… La oscuridad fue desapareciendo lentamente… y pude regresar a salvo a mi casa, pero notaba que en mi interior seguía habiendo algo muy peligroso.

Dos días después, fui a ver a una amiga Lorena, una bruja blanca, y no hizo falta que le contase nada… “Tienes algo muy malo y muy peligroso en tu interior, pero no te preocupes, que podemos expulsarlo”. Hicimos una ceremonia de limpieza y sanación en su casa, con minerales, velas e invocaciones, la oscuridad salió de mi interior, y pude respirar aliviado. Una semana después, volví a casa de Ruth y de Natalia, realizamos una ceremonia de limpieza de toda la casa, y no volvieron a pasar cosas extrañas.

Fue después de esta experiencia cuando, con la ayuda de Lorena, decidí cerrar por completo mis sentidos a cualquier presencia, ya fuera positiva o negativa. Quería dejar de ser un sensitivo, y durante muchos años, lo conseguí. Se trataba de alzar unas barreras mentales, o una especie de escudo, que me protegiera… Y durante muchos años funcionó. Incluso cuando durante el servicio militar estuve alojado en un barracón que tenía fama de encantado, sobre todo la biblioteca, por el espíritu de un teniente, que se suicidó al tener la prueba de que su mujer le estaba siendo infiel. No lo vi, no soy de esos, pero lo sentí en varias ocasiones, pero no pude hacer nada por él: era un espíritu muy confundido, y muy triste.”

A veces, las cosas no salen como uno desearía, y la presencia de otra persona puede alterar el equilibrio, tan necesario cuando se trata del otro lado. Al menos eso le pasó a Antonio, quien era médium desde los catorce años. Y fue a enamorarse y a casarse con Isabel, que también lo era, aunque no tenía completamente desarrollado ese poder... ni tampoco lo deseaba.

“Estando a su lado, mis escudos, mis barreras, se resquebrajaban, y en varias ocasiones, pude sentir cosas que no eran de este mundo, o como poco de esta dimensión. Por suerte, un par de años después de venir a estudiar a Madrid, se cambió de piso, y una de las primeras cosas que hizo fue adoptar a Chiqui, un gatazo negro. ¿Todos conocemos la función de los mininos como guardianes y como protectores espirituales verdad? El caso es que, durante varios años, solo tuvimos dos o tres experiencias difíciles de explicar, como la ocasión en la que, en nuestro primer viaje hacia Asturias, tuvimos que parar en un pueblo semi abandonado para estirar las piernas y ponerle agua al gato. Estábamos junto a una iglesia, y los tres sentimos claramente que había una presencia tremendamente negativa al acecho, y salimos rápidamente de allí…

O bien la primera noche que dormí en casa de sus padres, en un pueblo de Soria, y me cedieron su habitación, por ser la más luminosa y dar a la calle. Pero allí había estado descansando su abuela, durante toda su enfermedad (cáncer de huesos), y su dolor insoportable se había quedado impregnado entre aquellas paredes. Su espíritu también estaba preso allí, y no pude pegar ojo, entre grandes dolores. Habían pasado varios meses desde su fallecimiento, pero ella seguía presa y confusa entre aquellas cuatro paredes. La noche siguiente, pretextando que no me dejaban descansar los ruidos de la calle, me cambiaron de habitación, y un par de días más tarde, aprovechando que sus padres estaban fuera de casa haciendo la compra, realizamos una completa ceremonia de limpieza tanto de la habitación como de la casa, y pude sentir claramente que su espíritu abandonaba la vivienda, aspecto que fue confirmado por mi novia.”

Pero la historia de Arancha también tenía miga, ella era la única compañera femenina en nuestra reunión de vigilantes. Y sus fantasmas familiares eran su abuelo, y su padre.

“Mi abuelo murió, y durante un tiempo, su espíritu, un alma buena y pura, estuvo vagando por casa de mis padres. Sentía su presencia a mi lado, cuando me inclinaba sobre el teclado para escribir mis primeras historias, casi incluso sus caricias, y podía escuchar su voz, prometiéndome que todo me iba a salir bien… Murió en el año dos mil. Todavía sigue rondando por mi casa, de vez en cuando lo sigo sintiendo… Tuve un par de experiencias más, al visitar el Museo del Ejército, en el Casón del Buen Retiro, aspecto que me ha sido confirmado por varias fuentes, la presencia de varios fantasmas en las instalaciones.

En el año dos mil uno, mi padre enfermó. Un maldito cáncer de lengua páncreas se lo llevó en poco más de cinco meses. Los ciclos de quimioterapia y de radioterapia no hicieron ningún efecto, y murió en casa, entre fortísimos dolores y con la cabeza perdida, cuarenta y cinco días después de nuestra boda. Pero su espíritu no se quedó encerrado entre las cuatro paredes del hogar familiar… El caso es que nos siguió…  Juan Carlos y yo nos fuimos a vivir a un pisito que nos prestó mi madre, en la calle Espíritu Santo, en pleno corazón de Malasaña. Y un buen día, él me contó que la tarde anterior, mi padre se había materializado en la puerta de nuestra casa. Lo había visto con claridad: con el sudario que le pusieron en el Tanatorio de la M-30, aunque su cuerpo se desvanecía a la altura de las rodillas. Y le habló, le dijo claramente: “Déjame entrar”. Pero evidentemente, no le dejó, días más tarde realizamos un conjuro de limpieza y protección de toda la casa, y durante un tiempo, parece que funcionó.

La primera y única ocasión en la que he visto un fantasma con claridad fue a mi padre, un par de años después de su muerte, en un vagón del metro, de la línea dos para ser más concretos. Yo estaba leyendo un libro, cuando sentí esa fuerte opresión del corazón y de los pulmones, que me indica cuándo hay una presencia maligna a mi alrededor. Observé algo raro, una especie de sombra por encima de los pantalones de mi vecino de enfrente, alcé la mirada, y allí estaba, pálido y demacrado como en los últimos meses de su enfermedad, mi padre, con la cara y el cuerpo (incluido el sudario) superpuestos sobre el cuerpo de aquél desconocido, al mismo tiempo que escuchaba en mi cabeza una voz: “Déjame ir contigo”. Por supuesto que no le dejé, alcé de nuevo todos los escudos, al mismo tiempo que pronunciaba una oración, y al mirar de nuevo frente a mí, su imagen había desaparecido.

Pasaron un par de años, nos volvimos a cambiar de casa, en este caso a un bajo en la Alameda de Osuna… Y una tarde del mes de marzo, mientras estaba durmiendo la siesta, noté claramente cómo alguien se subía a la cama, y se apoyaba junto a mi pierna izquierda. Pensé que sería el gato, Berlioz, así que no le presté mayor atención. Pero el gato entró minutos después, y se apoyó en mi pierna derecha. Pasaron varios días, y yo seguía notando esa presencia que me acompañaba a la hora de la siesta, en el lado izquierdo de mi cuerpo. En varias ocasiones pude verlo, tenía la forma de un gato negro, semi-transparente, un fantasma felino, y no le di demasiado importancia. ¿Qué peligro podía representar el espíritu de un minino, aunque es cierto que cada día iba volviéndose más nítido? También es cierto que una sensación de hormigueo, de pérdida de calor, se apoderaba de mi costado, subiendo a lo largo de mi cuerpo, con cada visita… Unos días más tarde, se lo comenté a Mar, mi compañera de trabajo, que también creía en el misterio. Ella a su vez se lo dijo a un amigo, médium y espiritista, que se preocupó bastante… Me llamó a casa, y me dijo que debía de tener mucho cuidado, porque ese gato fantasma no era exactamente lo que parecía… Era un caballo de Troya, la forma en que mi padre, convertido en espíritu atormentado y peligroso, había adoptado para volverse corpóreo y tomar posesión de mí, justo lo que no le dejamos hacer en la otra casa… Me aconsejó que hiciera una limpieza en profundidad de la casa y de nuestros propios cuerpos, para conseguir echarle, ya que representaba un peligro y estaba alcanzando cada día más poder, a costa de mi energía. Lo definió como un vampiro espiritual. El gato fantasma desapareció, y desde entonces no le hemos vuelto a ver ni a sentir.”

Y en lo que a mí respecta, también he tenido experiencias difíciles de explicar…

“Cuando estuve trabajando en el Ministerio de Justicia, en dos de sus sedes de la calle de San Bernardo, en ambas pasan cosas raras… En el Palacio de Parcent, sigue atrapado el espíritu de la última Duquesa, confinado entre las cuatro paredes de lo que antaño fuera su dormitorio, y da señales de vida con la medianoche. Hay ráfagas de aire a pesar de estar cerradas todas las ventanas, se oyen pasos en la habitación desierta, y más de un vigilante la ha visto, con su camisón y con su bata, al mismo tiempo que le pregunta si ya está lista su cama. Los compañeros evitan entrar en ese despacho a medianoche durante la ronda, unos la adelantan, otros la atrasan (yo soy de esos últimos), cualquier cosa con tal de no cruzarse con ese espíritu triste y melancólico. En el número 45 de aquella calle hay otro edificio, en el que también pasan cosas extrañas. En la antigua sala de archivos de la planta baja, junto a las dependencias donde se tramitan los certificados de penales, hay un fantasma, el de una niña vestida de blanco, que se aparece con frecuencia, y se acerca a los vigilantes (tampoco tiene piernas), y les susurra: “¿Me puedes dar un abrazo?” Durante los meses que estuve trabajando allí, nunca entré en esas dependencias, pero de vez en cuando se paseaba por la planta baja, y la sentí… Y en los sótanos de ese mismo edificio, que fue utilizado como centro de interrogatorio y de tortura durante la Guerra Civil, donde estaban ubicadas las antiguas duchas, pueden verse (en mi caso, sentirse y oírse) los fantasmas de dos de los torturadores y una de sus víctimas, que perecieron cuando cayó una bomba en mitad de un interrogatorio… Solo bajé una vez, porque es demasiado el dolor que me genera entrar en esas habitaciones, y sé que los demás compañeros también notan cosas extrañas allí.

Durante tres meses, estuve trabajando también en el campus de una empresa de informática, junto a la estación de Príncipe Pío, y allí también pasan cosas raras… Lo sé porque las he visto… Según me comentó el compañero del turno de noche, Luis Miguel, se oyen pasos bajando por la escalera de madera desde la segunda planta, y lo mejor es no levantar la mirada. Y luego, al hacer la ronda de medianoche, en los despachos al fondo de la tercera planta, no es de extrañar que se enciendan todas las luces en secuencia creciente, aunque no haya nadie allí. Da miedo, es como en las películas de fantasmas, cuando todas las luces, que tienen un sensor de presencia, se encienden en secuencia y te alcanzan. El edificio, una antigua fábrica de ladrillos rehabilitada a principios de los años dos mil, también fue un centro de detención durante la Guerra, y que las almas de dos de los asesinados siguen rondando por allí. Sólo estuve allí noventa días, y no hice más de cuatro o cinco noches, pero procuré seguir al pie de la letra las recomendaciones del compañero del turno de noche…”

Son historias que se cuentan entre bastidores,  de ese colectivo que tantas cosas ve, porque a fin de cuentas son quienes mejor conocen los edificios de Madrid… Casi siempre pasamos desapercibidos para algunos clientes, somos un mueble más, muchas veces un requisito de la compañía de seguros. Dentro de los uniformes se encuentra un ser humano, que habla, respira, imagina y siente. Somos los olvidados. Pero también la memoria vida de muchos lugares, su nexo con la realidad, con esta dimensión. Mientras sigamos viendo y sintiendo cosas raras, surgirán nuevos relatos, otras leyendas urbanas, de fantasmas, aparecidos, brujas y demonios.

BESOS DE MUERTE Y VIDA

 


“Madrid, a 14 de abril de 1877.

Querido Sebastián: ante todo, espero que todos estaréis bien, tu encantadora esposa y tus preciosos hijos un permanente motivo de alegría. Lamenté mucho enterarme de la enfermedad y posterior muerte de tu padre, a quien Dios tenga en su gloria, sobre todo cuando pienso que, de haber sucedido tan solo seis meses más tarde, tan luctuoso acontecimiento podría no haberse producido. Ya me conoces, tengo un espíritu muy abierto, en consonancia con nuestro siglo, y por eso creo que podría haberte ayudado. Cáncer, esa maldita palabra, que si viene asociada a un órgano interno como el páncreas, equivale a una condena a muerte. Aunque hay gente capaz de predecirla y, si se confirman los rumores, también de prolongar la vida…

Pero mejor comencemos por el principio, por el origen de una historia que bien podría ser una de esas leyendas de nuestro querido Gustavo Adolfo Bécquer, recientemente fallecido. Que, a fin de cuentas, los siete años que han pasado desde el día de su muerte no han hecho sino reafirmar su bien merecida fama como mago de las palabras… y en ocasiones, como augur de otros tiempos.

Todo comenzó cuando, a finales de marzo y de forma puramente casual, escuché los primeros rumores sobre un “ángel de bondad”, que dedicaba buena parte de las mañanas al alivio de los más pobres entre los pobres, aportándoles grandes dosis de caridad cristiana y favoreciendo su paso al otro mundo. Dicho “ángel” acudía sobre todo al Hospital Clínico de San Carlos (dependiente de la Facultad de Medicina), junto a la Estación del Mediodía, pero también en el Hospital de la Princesa, que fue inaugurado hace apenas veinte años, y a varios hospicios para infantes y casas para mujeres descarriadas. Dicha dama se había ganado una bien merecida fama de persona cabal y misericordiosa además de buena cristiana, pero al mismo tiempo se rumoreaba que podía predecir la muerte, y que sus intuiciones eran poco menos que infalibles.

¿Te preguntarás qué relación tiene el poder vaticinar el paso a mejor vida de otros seres humanos, con lo contrario, con haber salvado a tu padre de tan cruel enfermedad? Te pido un poco de paciencia, mi querido amigo, puesto que ni yo mismo lo sabía hasta hace escasas horas.

Como bien sabes, mi querido Sebastián, el tema del paso al otro mundo siempre me ha intrigado, y aunque de momento tengo la conciencia bien tranquila, soy por otra parte un espíritu inquieto, a quien le atraen los misterios. Y el de la existencia de una persona capaz de predecir la muerte de otros seres humanos no podía dejar de despertar mi interés.

Por ello, me decidí a investigar el asunto. Lo más sencillo, y como buen periodista, era acudir a las fuentes, en este caso a los propios médicos del centro universitario, al considerar que serían los más abiertos a hablar de este interesante caso. ¡Cual no sería mi sorpresa, al encontrarme con una firme negativa! El mismísimo Doctor Olías, jefe del departamento de medicina interna del San Carlos, me dijo, de muy malos modos: “Aquí estamos hablando de una cosa muy seria, de la vida y de la muerte, pero esto es ciencia, muy señor mío. No creemos en augures, en lectores de manos, decidores de buena fortuna ni en comunicaciones con el otro mundo. Y menos aún estoy dispuesto a tolerar cualquier tipo de infundios o de calumnias contra una de nuestras benefactoras, que destina buena parte de su tiempo en aportar cristiano consuelo a los dolientes. Doña Ana es poco menos que una santa. Así que, váyase usted de nuestras instalaciones, o me veré obligado a pedir que le expulsen.”

Ante semejante negativa, mi interés no pudo hacer otra cosa que verse reforzado, y de todas formas mi visita no había sido infructuosa, puesto que ya tenía el nombre de la misteriosa benefactora. Estuve investigando, hablando con otros médicos y pacientes más receptivos, y al final averigüé su identidad. Doña Ana de Matesanz y Monteagudo, viuda de un importante comerciante de telas, y que residía en la calle Mayor. Normalmente, la dilecta señora salía por las mañanas, apenas terminada la primera misa en la parroquia cercana a su domicilio, y empezaba su ronda, primero por el Hospital Clínico San Carlos, luego por el de la Princesa, y más tarde por varias inclusas y centros para niños abandonados y mujeres de mala vida. Y en todos ellos se destacaba por su gran caridad cristiana, por su capacidad para consolar a los afligidos con las palabras adecuadas, y por ir dejando tras ella lo que muchos denominaron como “aroma de santidad”, y que no era otro que una colonia especial que le elaboraban con ingredientes y esencias naturales en la farmacia Reina Madre, de la calle Mayor, dato este que me fue confirmado por su sirvienta a cambio de una módica suma.

Dicen que su presencia era siempre agradecida por los pacientes y sus familiares, y era doña Ana en todo caso siempre bienvenida, por su caridad cristiana y por la ayuda económica en forma de limosnas, pero con cierta reticencia. Sus manos, sus castos besos, que antes se consideraban un regalo de Dios y la mejor cura para los males del alma, se convirtieron en una maldición. Al menos eso pude averiguar hasta la tarde del pasado día 3, cuando me llegó la confirmación de una entrevista con dama tan principal.

Me perdonarás que te deje abandonado en este momento, pero es preciso que lo haga, puesto que dentro de una hora he de reunirme con la mismísima doña Ana de Matesanz para una reunión entre amigos en una sala privada del Casino Militar, y espero poder contarte más novedades sobre tan peculiar experiencia.

Tuyo afectísimo, Bartolomé Veracruz.”

 

“Madrid, a 20 de abril de 1877.

Querido Sebastián: he necesitado un par de días, para escribirte esta nueva carta, tan grande fue el asombro que generó en mi interior la “reunión entre amigos” del pasado día 14, por llamarla de alguna manera. Es un evento que me ha generado una enorme tensión emocional, y ganas tengo de explicártelo todo, pero es necesario hacerlo con orden. Así que sigamos con la historia de mi primera visita a doña Ana de Matesanz hace dos semanas, el 4 de abril. Quizás por el hecho de su trayectoria benéfica (según ciertos testimonios, se remonta a principios de los años setenta), yo me esperaba a la típica señora de cierta edad, con la espalda encorvada por el paso del tiempo, la mirada marchita y las manos temblorosas, en todo caso un personaje sabio y venerable.

Y cuál no sería mi sorpresa cuando llegué a la puerta de su domicilio, ubicado en el número 7 de la calle Mayor, en el primer piso, principal. Aprovechando las bondades del clima de nuestra ciudad, había ido caminando desde mi domicilio, que como bien sabes se encuentra en el 13 de la calle del Arenal, hasta dicha vivienda. Un portero, con deslucida librea, me franqueó el paso y, después de identificarme con una tarjeta de visita, me indicó la escalera principal. Llamé a la puerta, dotada de una misteriosa aldaba de bronce que reproducía la forma de una mano humana casi de tamaño natural que impactaba sobre un plato del mismo material, adornado con símbolos cabalísticos, que me pareció un poco fuera de lugar en casa tan importante. A los pocos instantes, dicha puerta se abrió, apareciendo un mayordomo de mediana edad, vestido con elegancia casi de otros tiempos, quien me pidió el bastón, los guantes y el abrigo y me acompañó hasta el salón, donde en penumbras me esperaba doña Ana…

 Como ya te dije antes, por su larga trayectoria en la Beneficencia, me había hecho una imagen mental de una venerable anciana, de espalda ligeramente encorvada, pelo entrecano y marchita belleza… No puedes imaginar mi sorpresa al distinguir entre las sombras de la habitación un rostro joven y terso, de mirada vivaz e inteligente y piel blanca, pero con la lozanía de una joven. Su cuello era largo y bien proporcionado, y cuando se puso en pie para recibirme, pude observar que su cuerpo menudo, a pesar de las discretas ropas de luto, se mantenía joven y flexible. Afectuosamente, me tendió una mano, enguantada de satén negro, y me la estrechó con singular fuerza y de manera un tanto masculina al saludarme. En la otra mano portaba mi tarjeta, así que las presentaciones fueron completadas en escasos minutos.

“Don Bartolomé, he de admitir que despertó usted mi curiosidad, cuando el mayordomo me entregó su tarjeta hace un par de días, solicitándome una entrevista. Pues no comprendo el interés que puede generar en todo un periodista de El Imparcial una pobre viuda como yo, dedicada a obras de caridad…”, me dijo doña Ana, con una voz tersa y suave.

“En estos momentos estoy preparando un artículo sobre la atención a los niños y a las mujeres descarriadas en la ciudad”, improvisé con escasa convicción, “y diversas personas me la han recomendado por su piedad y su obra social. Por ello, me gustaría hacerle algunas preguntas para establecer su trayectoria, y contar sus vivencias…”

“Pues en verdad, creo que es algo que siempre he llevado en mi interior, el deseo de hacer el bien a mis semejantes, sobre todo a los más débiles y necesitados, como son los niños, las pobres mujeres… Como usted sabrá, me casé muy joven, con un caballero de mediana edad, don Ignacio de Matesanz. Su mayor deseo era tener descendencia lo antes posible, y tardé poco tiempo en quedarme embarazada por primera vez, mas perdí a la criatura. Otras dos veces estuve esperando tan feliz acontecimiento, el último de ellos incluso llegó a respirar durante dos semanas, pero murió por causas misteriosas mientras dormía. Mi marido no pudo soportar la pena por el fallecimiento de su heredero, un varón a quien llamábamos cariñosamente Huguito, y se fue consumiendo en la melancolía. Tres meses más tarde, falleció, el 12 de octubre de 1872. En total, estuvimos casados cinco años, me quedé embarazada tres veces, y al final me encontré de nuevo sola (soy huérfana desde muy temprana edad). Por suerte, mi esposo tenía un cierto capital, sabiamente invertido en varias compañías comerciales y de importación, y por ello no necesito trabajar ni dedicarme a otras actividades. Pero yo sentía la necesidad de ayudar al prójimo, a los pobres, a los necesitados. Algo con lo que colmar mis días y mis noches, que se iban sucediendo monótonas y sin utilidad. Y fue entonces cuando conocí a un grupo de piadosas señoras, la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, a través de doña Mercedes Rodríguez, una querida amiga. Y fue ella quien me habló de su misión, de su labor social, tan pionera, tan acorde con nuestro tiempo y tan devota a la par.”

“¿Y cómo funciona dicha asociación?”, le pregunté, barruntando como poco una historia de tinte social en estas confidencias.

“Es muy sencillo. En una modesta vivienda facilitada por Doña María de la Encarnación Sotomayor y Monteancho, a quien sin duda conocerá, hemos establecido un santuario mariano, para la adoración perpetua de una imagen de la Inmaculada. Nos turnamos para rezar, día y noche, un grupo de damas de lo más heterogéneo, pero todas ellas de gran piedad. Respetamos escrupulosamente nuestros turnos, y cuando hemos terminado con estas devociones sagradas, recorremos los hospitales y hospicios e inclusas, para aportar la paz de Cristo a los más necesitados. Nos dirige, fortalece, asesora, consuela e inspira un sacerdote dominico, el Hermano Salvador. Y ahora, si me perdona el atrevimiento, he de dejarle, pues debo cumplir con mi turno de oración y recogimiento… A no ser que usted prefiera acompañarme hasta la puerta de nuestro santuario. Está muy próximo, podemos llegar dando un pequeño paseo.”

Movido por la curiosidad, acepté la invitación, y fuimos caminando en silencio hasta una vivienda situada en las cercanías del Palacio Real. No pude ver gran cosa, tan solo un corto pasillo en penumbra, y al fondo, un salón en el cual se encontraba ubicado un altar de considerables proporciones, con una imagen de la Virgen de inquietante realismo. Delante de él, dos reclinatorios componían el único mobiliario. Cuando entramos, doña Ana me presentó a las otras dos adoratrices, cuyo nombre he olvidado, y a quien sería su compañera durante las siguientes horas de oración y recogimiento, doña María de las Mercedes Ortiz.

“Doña Ana, con sus palabras, ha despertado mi curiosidad, y me gustaría poder acompañarla en alguna de sus rondas caritativas, para darle más detalles a los lectores sobre su función en los distintos asilos…”, le dije, deseando mantener el mayor tiempo posible la atención de aquellos ojos azules que me tenían completamente hechizado.

“Me parece perfecto, don Bartolomé. Si lo desea, podemos quedar a las ocho de la mañana, en la puerta de mi vivienda, que usted ya conoce. Espero que no le moleste madrugar, y caminar un poco…”

“Allí estaré”, le dije. Nos despedimos, otra vez, con un fuerte apretón de manos, y volví andando hasta mi casa. Me enfrentaba a sentimientos contradictorios: por una parte, respetaba a aquella mujer, con indudable halo de santidad, me llamaba mucho la atención su actividad religiosa, pero por otra, no me sentía orgulloso del engaño del que me había valido para entrar en contacto con ella… Y en tercer lugar, aunque eso estaba muy lejos de admitirlo, me sentía indudablemente atraído por esa melena negra, esos ojos azules y esa boca de grana, además de por ese menudo cuerpo cuyas formas apenas distorsionaba el vestido de luto riguroso…

Por todo ello, y para tranquilizar mi conciencia, fui a hablar con don José Altabella, el director del periódico, y le propuse la escritura de un artículo sobre la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, doña Ana y las otras señoras, además de su labor social, obteniendo su beneplácito: “Siempre es de agradecer un poco de caridad cristiana, vivimos unos tiempos duros, y un artículo de interés humano como este podrá reforzar nuestra imagen de cara al núcleo más tradicional de nuestros lectores.” Confortado secretamente por las palabras del director, estuve un par de horas en la redacción, hablando con otros compañeros, y me fui a mi casa. Mi madre me recibió con afecto, y cenamos juntos. He de admitir que Sabina, la cocinera a quien ya conoces, hace las mejores croquetas de todo Madrid, y que la sopa de fideos aquella noche me supo deliciosa, por lo que me acosté con la mejor disposición de ánimo para lo que me esperaba el día siguiente…

Y con esto llegamos al día 5 de abril. Nervioso como un enamorado en su primera cita, me levanté con las primeras luces, antes incluso de que el sereno diera su ronda de las seis, me dirigí al cuarto de baño y me lavé lo mejor posible, poniendo especial cuidado en afeitarme y perfumarme (ya sabes que siempre uso Álvarez Gómez), para vestirme como todo un caballero. La noche anterior lo había dejado todo listo, y fiel Sabina ya me tenía listo el desayuno. El caso es que a las siete y cuarto de la mañana ya estaba saliendo de mi casa, y a las ocho menos veinte ya me encontraba en la puerta de doña Ana. A la hora en punto, ella salió, y me saludó afectuosamente, con ese apretón de manos un tanto masculino pero que tan bien le sentaba. Vestía, como la víspera, de luto riguroso, con el cabello recogido en un moño y tocado por un airoso sombrerito del mismo color, y llevaba sus guantes de satén. Calzaban sus pies unos prácticos botines. Aquella mañana nos movimos sobre todo por la zona centro de Madrid, visitando en primer lugar una casa de infantes. Allí estaban una veintena de niños, desde las pocas semanas hasta los cuatro años, atendidos por dos monjas y cuatro seglares.

“Nuestra función”, me dijo doña Ana, “es muy sencilla, aportar un poco de consuelo a estas pobres almas. Estos niños en su mayor parte han sido abandonados por sus madres, y necesitan de nuestro cariño. Nunca menosprecie usted el valor de un abrazo, del afecto de una madre, incluso de un beso, en estos pequeños: está científicamente demostrado que el índice de mortandad se dispara entre quienes carecen de estas muestras de cariño. Por eso, siempre dedicamos un tiempo, como usted verá, a jugar con ellos, a asistirlos cuando los bañan, o simplemente cogerlos en brazos musitando una canción…”

Y pude observar, en un discreto segundo plano, cómo se inclinaba sobre las cunas, alzando a algunos niños, acunándolos contra su pecho, o simplemente haciendo monerías para conseguir que sus risas cristalinas se adueñaran del aire.

“Además, esto me sirve de consuelo, puesto que pienso en mi querido Huguito, en lo mucho que me habría gustado que viviera, poder cuidarlo, mimarlo, igual que hago con estos hijos del pecado y de la tristeza…”

“¿Acaso nunca ha pensado en volver a casarse?”, le pregunté, temiendo un poco la respuesta…

“No puedo hacerlo. Firmé un compromiso prematrimonial, y si vuelvo a casarme, perderé todo mi patrimonio, y eso es algo que no puedo permitirme, ni siquiera a cambio de un hijo propio… Pero esa es otra historia, a fin de cuentas, soy una mujer de mi tiempo, y hago lo posible por disfrutarla. ¿Le importa sostener a este niño, mientras aviso a la hermana Anunciación? Me parece que Luisito no se encuentra del todo bien…”

Y efectivamente no lo estaba, puesto que minutos después me vomitó copiosamente sobre el abrigo. Menos mal que las hermanas tenían a mano una palangana, con agua caliente y jabón, y pudieron resolver el problema. Seguimos la ronda por aquella institución, y luego por otras tres más, y en todas ellas se repetía la misma maniobra: abrazos, caricias a los infantes, juegos, buenas palabras para las jóvenes madres. Observé que no se había quitado los guantes durante todo el tiempo, pero que de vez en cuando, cogía en brazos a algunos de los niños y, después de mirarlos con lástima infinita, les acariciaba la frente, los pequeños brazos o las piernas con ternura antes de depositarlo de nuevo en la cuna, en brazos de la madre o de una de las hermanas. En aquella ronda de visitas, lo hizo en un par de ocasiones, el último de ellos fue un niño rubio, de unos cuatro años, a quien sostuvo en brazos y dio varios cariñosos y prolongados besos. “Se llama Pedrito, y es muy listo. Tiene muchas ganas de aprender sus primeras letras… es una lástima…”, me dijo, ensimismada, al salir del último hogar de acogida. “¿Le importa si nos refugiamos en aquél café? Ya son las once de la mañana, y empiezo a estar cansada”.

Y eso hicimos, entramos en un pequeño café de la calle Atocha, nuestra última visita del día sería al San Carlos. “De vez en cuando, me olvido de mi edad, que no en vano estoy a punto de cumplir veintiséis años… ¿Le sorprende acaso que admita mi juventud?”

“Quizás un poco sí, doña Ana”, le respondí, notando que empezaba a enrojecer, y por cambiar de tema, le pregunté: “¿Por qué dice que es una lástima lo de Pedrito?”

Y ella me respondió: “Porque morirá antes de una semana…”

Me quedé estupefacto, cambié de tema, creo que hablamos del tiempo. Hicimos la última visita al San Carlos, donde fue acogida con cariño por muchas de las madres y perseguida por una turba de niños, aunque me di cuenta de que no besaba a ninguno de ellos. A la una de la tarde, al verla muy pálida, le propuse coger un carruaje para volver hasta su casa, y nos despedimos en el zaguán.

“¿Cree usted que ya tiene suficiente material para su artículo, mi querido amigo?”

“Me parece que sí… Aunque es cierto que me complacería verla en otra ocasión, por ejemplo, el día en que lo publique, para observar su reacción. O quizás incluso acompañarla en otra de sus visitas”, le respondí, un poco avergonzado por mi osadía…

“Me parece perfecto, querido amigo. Si usted me hace llegar un ejemplar de El Imparcial, tendré un gran placer en leerlo, e invitarle a un café en mi casa.”

Y eso hice precisamente: al salir publicado mi artículo, el pasado 10 de abril, le envié un ejemplar a doña Ana, a quien no había vuelto a ver desde el día 5, lo que me parecía una eternidad de tiempo, así como una caja de bombones de una prestigiosa pastelería, para agradecerle su atención. El cochero me trajo su respuesta, una pequeña tarjeta en la que me invitaba a tomar el té en su casa aquella misma tarde. Estuvimos hablando de muchas cosas, me sorprendió muy gratamente su nivel cultural, su independencia, su frescura, y a las ocho la acompañé a la sede de la Adoración, puesto que debía realizar su turno, no sin antes quedar con ella para una nueva ronda de visitas el día siguiente, con el pretexto de interesarme por aquellos rapaces a los que había conocido la otra vez. Ella accedió a mis pretensiones, aunque pude notar, o eso me pareció, algo de tristeza en sus ojos.

El día 11 de abril realizamos la visita… Pero en este momento, he de dejarte, querido Sebastián, y mañana prometo contarte el final de la aventura.

Tuyo afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”

 

“Madrid, 21 de abril de 1877.

Querido Sebastián, procedo a contarte el resto de la historia. No seas demasiado cruel conmigo al recibir estas letras, puesto que ya sabes que de toda la vida he sido muy enamoradizo, y nadie puede culparme por ello.

El caso es que el 11 de abril realizamos la misma visita que la vez anterior, recorriendo los hospicios, hospitales y casas de acogida. Pude ver de nuevo el cariño de las Hermanas, del personal auxiliar, de las madres, hacia doña Ana. Cuando llegamos a la casa de la calle Comendadoras, recordé al bueno de Pedrito, ese niño de cuatro años y cabello dorado con tantas ganas de aprender. Me extrañó mucho no verle, así que le pregunté a una de las cuidadoras. “¡Señor, qué gran desgracia! Apenas dos días después de la visita de doña Ana en la que usted la acompañó, el pobrecito dejó de respirar durante el sueño, y murió. ¡Una lástima, todos le queríamos tanto!” En ese momento, miré a mi acompañante, y detecté en el fondo de su mirada azul algo que no me gustó, una oscuridad primigenia, ancestral. Duró solamente un instante, el tiempo que tardó en asomar a sus ojos una lágrima, para la cual le ofrecí raudo y veloz mi pañuelo. Ella estuvo llorando unos minutos, luego logró dominarse, se secó los ojos y me devolvió mi pañuelo de hilo de Escocia (que todavía conservo). Terminada nuestra ronda en el San Carlos (aquella fue la última parada), nos tomamos un café juntos, y la acompañé de nuevo a su casa. Tres días más tarde, el 14 de este mes me invitó a “una reunión de amigos en el Casino Militar. Se ruega asistir de negro riguroso.”

Quedamos en la puerta de tan noble institución a las nueve de la noche. Doña Ana en esta ocasión vino en un carruaje, el cochero la ayudó a bajar. “Querido amigo”, me dijo, “considero necesario el que usted me acompañe en esta reunión, porque de lo contrario, no podrá usted comprenderme ni aceptar lo que le ofrezco… Le ruego que sea discreto, y que espere al final de la ceremonia, junto a los demás invitados…”

Y tras esto, entramos en el Casino. La amplia habitación apenas si estaba iluminada por los faroles de gas. Nos pusimos en círculo, una decena de sombras oscuras, y esperamos en silencio. Las luces se atenuaron incluso más, y dos enfermeras, vestidas de blanco, entraron, empujando una silla de ruedas. En ella se encontraba un anciano, de rostro y cuerpo consumido, que respiraba con dificultad. Se hizo el silencio más absoluto. En ese momento, entraron en la habitación seis figuras, con holgadas túnicas de capucha negras. Sonó una extraña música. Las figuras se acercaron, y dejaron caer los ropajes. Reconocí a una de ellas, era doña Ana. Vestidas con un lienzo de blancura inmaculada, se fueron aproximando a la silla de ruedas. Levantaron entre varias al anciano, y lo tumbaron sobre una especie de cama en el centro de la habitación. Le despojaron de toda su ropa. Y empezaron a besarlo, en la boca, en la frente, en el pecho, por todo el cuerpo, incluyendo el miembro viril, como si estuvieran adorando algo sagrado o realizando una ceremonia pagana. Y sucedió. Poco a poco, entre los besos y las caricias de las mujeres, el hombre fue cambiando, recuperando la juventud, hasta que, convertido en un adolescente de singular belleza, bajó de la mesa, besó con pasión a cada una de las mujeres y, vestido con una túnica roja que le pusieron ellas, se alejó en medio de un silencio sepulcral, que fue interrumpido por una salva de aplausos. ¿Qué era lo que había visto?

Esperé a Doña Ana en la puerta del Casino, tal y como habíamos quedado. La acompañé a un café cercano, y ella empezó a hablar…

“Lo que ha visto, es una ceremonia de vida. Somos las Servidoras de un Príncipe Oscuro. Tenemos el don y la obligación de quitar la vida a los Inocentes, le ofrecí la de mi propio hijo, el mayor sacrificio y compromiso de una madre, para devolvérsela a nuestro Señor, un antiguo Mago, de edad desconocida. Robamos la vida de los niños mediante un beso (por eso mueren unos días después, les hemos quitado toda la fuerza vital), y la conservamos en nuestro interior, para transferirla a nuestro Señor mediante otro beso. A cambio de ser las Mensajeras de la Muerte, conservamos la juventud eterna. Es lo que soy, una asesina de niños, mi querido amigo… Nacida en Bilbao en 1584, hija de una familia de hidalgos, le he seguido con su Corte itinerante por media España, y le he sido fiel. Cada pocos años, cambiamos de ciudad, incluso de país, nos camuflamos entre las personas normales. Dentro de diez días saldremos hacia París, para no volver… Pero al mismo tiempo, soy una pobre mujer de casi 300 años, que se ha enamorado de un mortal… No puedo dejar de seguir matando inocentes con un beso, ni dejar de servir a mi Amo… Pero te ofrezco compartir la inmortalidad, si la aceptas…”

Y acepté, mi querido Sebastián. Con un beso de doña Ana se habría podido salvar la vida de tu padre, pero sería a cambio del óbito de otro niño inocente. ¿Es acaso un precio demasiado elevado por huir de la muerte, y estar con la mujer amada, al servicio de un Señor Oscuro? Yo escogí libremente, abandonarlo todo y seguirla a ella… Doña Ana… y la inmortalidad…

Tuyo afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”