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miércoles, 16 de agosto de 2023

LUCIEN. HISTORIA DE UN ASESINO

 


Aquí, en El Café Cibeles, ese reducto de las letras, esa mezcla extraña de café, club de lectura y antro clandestino de categoría, me conocen por El Francés, incluso algunos amigos me llaman Lucien Flambard García, identidad que escogí al poco tiempo de emigrar a España. Pero mi nombre es François Mattey Jiménez, aunque eso ya lo sabes, querida. Barman a tiempo parcial, traficante de opio, dueño de un par de fumaderos, proxeneta… y asesino. Supongo que esto último te habrá sorprendido bastante, nunca pensé que alguien se tomaría la pena de buscarme con tanto ahínco, a pesar de los años que han pasado desde la muerte de Madame la Duchesse de la Cafétière. Claro que tampoco podía contar con su amistad con el señor Battaille, creador de la primera agencia internacional de detectives de toda Europa. A pesar de las pistas falsas ¿seguro que te ha costado mucho seguirme el rastro después de Barcelona, verdad? Lo has conseguido. Así que muchas felicidades, querida… ¿Fleur Delacour? ¿De verdad ese es tu nombre? Pensé que serías un poquito más original, pero en todo caso es el que figura en tu documento de identidad… morirás bajo ese nombre, en breves minutos, el tiempo justo para responder a un par de preguntas tuyas, y para que termine de contarte mi historia. Quizás de esa manera me comprendas mejor, incluso te contaré lo que pasará finalmente con tu hermoso cuerpo…

 

Lo bueno de ser un excelente barman es que conoces combinaciones de sabores, de elementos naturales y artificiales, y puedes crear cócteles increíbles, como el famoso Muerte Blanca, que tanto solicitan los señores de bien, para contribuir a quitarles la timidez a sus amantes ocasionales… Ya sabes, Madrid en el año 1922, no hay mejor lugar donde vivir. Pero volviendo a los cócteles, otro muy solicitado es Secretos de Confesión, con ese toque de angostura y su aspecto levemente burbujeante. Aunque a ti te he dado a probar el más especial de todos, Noche de Pecado, y lleva un cierto tiempo corriendo por tus venas. No, tranquila, que no voy a hacerte nada. No me gustan las mujeres tan delgadas, ni con el pelo negro y cortado “à la garçon” como dicen los franceses, y menos las fumadoras, es un vicio bastante asqueroso. Me atraen más las mujeres algo rellenitas, claramente españolas, como Matilde, la encargada del guardarropa. Con ella sí que he tenido alguna aventura, pero nuestra relación ahora mismo está de capa caída, quizás haya llegado el momento de cambiar. Pero claro, evidentemente no he escogido matarte, y mucho menos en mi puesto de trabajo, sin tener un motivo de peso… como preservar mi nueva identidad, y continuar en un sitio en el que me siento a gusto.

 

¿Sabes lo más curioso? Si no te hubieras tomado también un Noches de la Alhambra, no te habría pasado nada. Los ingredientes alucinógenos, extraídos de unos champiñones especiales que tan sólo se encuentran en los bosques de Irati, en el País Vasco, combinados con la raíz de bergamota, son inocuos. Pero si las combinas con otra sustancia, presente en el último cóctel, producen un efecto paralizante progresivo: primero algo de somnolencia, luego pierdes el control de las manos, de los brazos; luego te cuesta tragar, notas un hormigueo por todo el cuerpo, y termina atacando los pulmones. La muerte por asfixia dicen que es bastante rápida y placentera, ya me lo contarás desde la otra vida, si es que la hay y nos encontramos en ella. De todas formas, ya es muy tarde, y estamos a punto de cerrar La Cueva del Clan Destino, el local secreto que se encuentra en los bajos del Café Cibeles. Llevas en él un ratito, así que no hace falta que te lo describa. Espero que el sofá te resulte cómodo pese a tu rigidez dentro del pequeño reservado. Ese ambiente canalla, que tanto le gusta a los niños pera; la posibilidad de disfrutar de una amplia variedad de cócteles, y de otras sustancias; las noches de lectura y poesía, pero también de encendidos debates políticos; los prácticos reservados en las esquinas, donde se realizan otro tipo de actividades placenteras la de señoritas que han perdido allí la virginidad y la honra es algo incalculable–.

 

¿Quieres que te desvele un secreto? Soy uno de los dueños del Café Cibeles desde hace un año, cuando el propietario buscó un socio capitalista para realizar la gran reforma de la que habló toda la prensa de la época. En algo tenía que invertir los capitales que conseguí en Francia y en Montecarlo… Y nunca está de más el poseer un negocio legal y rentable, ya que de ese modo puedo justificar mis otros ingresos de cara a la Hacienda pública. Pero me estoy yendo por las ramas. ¿Te apetece saber algo más de mis inicios, dónde me crie? Venga, parpadea una vez. Ten en cuenta que de esa manera se te pasará mejor el escaso tiempo que te queda de vida, y soy un buen narrador.

 

Todo empezó en París, el veintitrés de mayo de 1890, con mi nacimiento en el seno de una familia de clase trabajadora. Mi padre era carnicero en el mercado de Les Halles, el auténtico corazón de la ciudad, pero también su estómago. Michel, se llamaba, el típico corso, fuerte, alto, que llegó a la capital siendo adolescente para buscar su lugar en el mundo. Nunca quiso ser carnicero, pero al mismo tiempo notaba una especial querencia hacia la sangre, su sabor metálico y su color. De él he sacado muchas cosas, y no solamente mi físico. Mi madre era una cupletista, Manolita Jiménez, su sueño era ser conocida dentro del ambiente un tanto sórdido que rodeaba el barrio de Montmartre. Nunca llegó a actuar en el famoso Follie Bergères, pero se quedó cerca, muy cerca. Era muy joven cuando me tuvo a mí, poco más de dieciséis años. De hecho, mis padres se casaron por mi culpa, ya que comprenderás que no queda demasiado bien, ni siquiera en el ambiente liberal parisino, el ser madre soltera. Luego tuvo un par de embarazos más, así nacieron mis hermanas Julie y Christine, pero ellas son normales, las típicas francesitas aburguesadas que han conseguido un cierto prestigio en la escala social: la primera es costurera, la segunda dependienta, y me han dado un par de sobrinos de lo más simpáticos.

 

Hasta ahora, todo de lo más normal, ¿verdad? Bueno, quizás el anormal sea yo… y en muchos sentidos, se lo debo a mi querida madre. Ella supo ver todo mi potencial, porque ya desde los trece años destacaba por mi apostura, mi belleza si quieres llamarlo así. Ella se dio cuenta de cómo me miraban algunas de sus compañeras de profesión, ese ansia ciega, y esa necesidad de apoderarse del cuerpo de alguien, y si es casi un niño también, de su alma y de su inocencia. Es el atractivo de lo prohibido. De repente, empezaron a fijarse más en mí, yo era alto para mi edad, casi alcanzaba el metro ochenta, y gracias al trabajo con mi padre en el mercado, tenía una musculatura bien definida, y estos ojos verdes y el hoyuelo en la barbilla me ayudaban. El caso es que a mi querida madre se le metió en la cabeza el rifar mi virginidad entre su grupo de amigas… Clotilde Mazzarin se llamaba, una vedette en decadencia del Café Florien, pero supongo que tuve suerte: a pesar de sus casi sesenta años, y si quitamos sus pechos caídos y su abdomen dilatado por sus varios embarazos de hecho, tenía un hijo casi de mi edad, fue bastante paciente conmigo, entonces aprendí que una buena boca, una lengua y unos labios bien entrenados pueden hacer maravillas en el cuerpo de un hombre. Pagó una cantidad escandalosamente alta por ser mi introductora en el ámbito sexual, y siguió reclamando mis favores durante una temporada. Luego, por supuesto, hubo otras, casi todas dentro del ámbito de la farándula, me enseñaron muchas cosas, incluso le acabé cogiendo algo de afición al sexo previo pago y sin compromiso.

 

Pero a los dieciséis años, mi madre decidió que había llegado el momento de aspirar a lo más alto, y vender mis favores en otros ámbitos sociales más, ¿cómo decirlo? Más refinados. Nunca olvidaré a la Condesa de la Chevalière: a pesar de su juventud, poco más de treinta años, se empeñó en ser mi “protectora”, y en dotarme de una educación lo bastante refinada para poder presentarme en sociedad, con pleno conocimiento de su marido, un famoso homosexual de casi sesenta años, con quien se casó por interés. Gracias a ella aprendí retórica, algo de filosofía, bastantes matemáticas, y por supuesto nuevas técnicas amatorias, venidas de Oriente, con las que tanto éxito he tenido estos últimos años. Y pasó el tiempo, estuve con ella de los dieciséis a los diecinueve años.

 

París era una fiesta, el famoso “fin de siècle”, esa ansia por descubrir nuevos inventos, esos ambientes bohemios, las nuevas corrientes pictóricas y de pensamiento que fui conociendo gracias a la Condesa de la Chevalière no los olvidaré jamás. Por desgracia, murió en mitad de una de nuestras sesiones amatorias y yo me quedé sin protectora. Y sin saber hacer otra cosa más que vivir a costa de las mujeres de la clase alta parisina. A los veinticuatro, me tuve que incorporar a las filas, tuve una decena de amantes, incluso un par de hombres bien situados fueron mis parejas durante algún tiempo, como Monsieur de la Ratatouille. Él se convirtió en mi maestro, se encargó de perfeccionar mis conocimientos de filosofía, de música, y por supuesto, sexuales. Pero mejor cambiamos de tema, que ya veo, querida Fleur, que es algo que te molesta. Aunque sin embargo, es necesario que lo recuerdes, porque tendrá su importancia más adelante, cuando entre en escena Madame la Duchesse de la Cafétière, la causa que de hayas llegado hasta mí, siguiéndome la pista, y de que vayas a morir.

 

Ya empiezas a notar ese hormigueo tan molesto en los brazos y en las manos, ¿verdad? Bueno, tranquila, se te irá pasando. De todas formas, voy a contarte un secreto: fue durante la primera guerra mundial que me convertí en asesino. Lo más curioso es que por aquél entonces estaba bien visto matar, se trataba del enemigo, y nosotros estábamos defendiendo nuestra Patria, nuestras “Costumbres”, nuestras “Sagradas Tradiciones”, y por encima de todo ello, nuestras “Familias”. Durante las seis primeras semanas, cuando nos llevaron a todos los nuevos reclutas al campamento ubicado en las cercanías del Bois de Boulogne, en ocasiones tuve miedo de no ser capaz de convertirme en un soldado. La misma idea de exterminar a un semejante poco me importaba que fuera disparándole a distancia o con un cuchillo, me daba náuseas. Y aunque me había familiarizado con el olor y el sabor de la sangre gracias a mis años de trabajo con mi padre, el arrancar una vida humana me escandalizaba. Claro que se me pasó la tontería, y los escrúpulos, la primera vez que dispararon sobre mí desde las trincheras del otro lado del frente. Ahí empecé a odiar al enemigo, a los alemanes, esas fieras traicioneras, que devoraban a los niños y rajaban el vientre de las madres, que quemaban nuestras iglesias y vejaban a las venerables abuelas.

 

Nunca olvidaré a mi primer camarada muerto, se llamaba Julien, y como yo, acababa de llegar a la primera fila. Fue todo muy rápido, alzó la cabeza durante una de las pausas de la batalla, y un francotirador enemigo le voló media cara. Se cayó encima de mí. Terminé cubierto por su sangre y sus sesos, y a falta de agua limpia, me froté las manos y la cara con ese barro rojo y maloliente que se forma en el fondo de las trincheras. Pero al mismo tiempo, despertó en mí el ansia de venganza.

 

Pocos días después, a las órdenes de un cabo se hacía llamar Monsieur Fleuri, participé en mi primer asalto. Corrimos como locos, zigzagueando, hasta alcanzar las posiciones enemigas. Las balas silbaban a mi alrededor, como mosquitos a toda velocidad, la ametralladora sonaba en mis oídos, pero yo no tenía miedo: me habían poseído las ansias de matar. Salté dentro del refugio enemigo, un hombre surgió delante de mí de entre la niebla y le clavé la bayoneta. Como se quedó enganchada entre sus costillas, al siguiente le golpeé con la culata del fusil, una vez, dos, tres, hasta dejar su cara reducida a una pulpa sanguinolenta. Salió un tercer enemigo, estrellé mi casco en su cuello, le rompí la tráquea, y se ahogó en su propia sangre. Ni tan siquiera escuché el sonido de los silbatos que nos llamaba de nuevo a nuestras posiciones. Uno de mis compañeros tuvo que cogerme del brazo, para hacerme salir de ese estado de enajenación.

 

Durante las seis semanas que estuve en el frente, participé en varias expediciones similares, algunas de ellas de noche, y mis hazañas bélicas no pasaron desapercibidas para Monsieur Fleuri ni para mi teniente. ¡Incluso fui propuesto y obtuve una Croix de Guerre! Y me gané un apodo, Le sanguinaire, el sanguinario. Nos mandaron a descansar a la retaguardia durante una semana, pero preferí no volver a París: me gustaba esa vida tan organizada, tan militar, tan diferente de la que me esperaba cuando regresase a la capital. Un año después de mi ingreso en el ejército, ya a finales de 1915, y con una sólida reputación como asesino, sucedió lo impensable: durante un ataque con gases, mientras defendía mi posición dentro de un agujero creado por los obuses, mi máscara falló, y aspiré varias bocanadas de ese veneno. Dos enfermeros que estaban por la zona me trasladaron con urgencia a la retaguardia. Ingresé en un hospital, con los pulmones medio abrasados, y estuve allí durante casi tres meses, hasta que me recuperé lo suficiente para recibir el alta. Sin embargo, me quedé allí, a las órdenes del capitán médico Claude Michelet, y gracias a él, y a su afición por conocer los efectos de diferentes sustancias en el cuerpo humano hicimos experimentos con soldados enemigos moribundos, nadie sospechó nada, aprendí muchas cosas. Fue entonces cuando me convertí en un experto envenenador, siempre estaré en deuda con él. Y en junio de 1916, con la Croix de Guerre prendida en la chaqueta del uniforme, y honrosamente licenciado y con derecho a pensión vitalicia, regresé a París, a esa vida tan distinta que me había estado esperando durante tantos años.

 

Para descubrir que, en el fondo, y a pesar de esa ronquera derivada de los gases que algunas mujeres encuentran tan atractiva, nada había cambiado. Necesitaba dinero, con urgencia, mi madre por aquél entonces ya había muerto de tuberculosis, y la única manera fue el seguir explotando mi físico privilegiado: admitirás que con mi metro noventa de estatura y mi cuerpo bien desarrollado, soy un buen partido. El aura que me rodeaba de veterano de guerra fue de gran ayuda. Pero no quería verme sometido a los caprichos de una sola amante, ya había llegado el momento de ser más selectivo, y empezar a obtener algo de todo el placer que era capaz de generar en esas mujeres viejas y aburridas. Por eso me fui introduciendo en círculos cada vez más selectos… hasta alcanzar los niveles más altos de la prostitución masculina.

 

Me estoy refiriendo, por supuesto a Madame la Duchesse de la Cafétière. Como bien sabes, ya que trabajas para su marido, esta buena señora, a pesar de su edad, más de setenta años bien cumplidos, tiene una libido de lo más desarrollada, y cierta querencia hacia los jovencitos. Fíjate que a mi edad, con mis escasos veintiséis años, ya estaba a punto de quedar fuera de su ámbito de interés, pero sin duda mis buenas referencias contribuyeron a mi elección. Al principio, se trataba de juegos inocentes, como por ejemplo a las cartas, o al billar, algo de lo que era muy aficionada, sin olvidarnos por supuesto de las interminables sesiones de sexo. Afortunadamente, mi querido capitán médico el señor Michelet, además de adentrarme en siempre interesante mundo de los venenos, me enseñó a elaborar compuestos químicos que me aseguraban unas erecciones considerables. ¡Pero vamos, no me dirás que ahora te escandalizas, mi querida Fleur! Y sobre todo, por mucho tiempo, lo cual me garantizaba el éxito en ciertos ambientes y ante ciertos retos, como la señora Duquesa. Parece mentira, tanta pulsión sexual dentro de un cuerpo tan francamente repugnante. El caso es que aguantamos casi dos años de relaciones semanales, y que tenía tiempo para mis otras amantes, de pago la mayor parte de ellas.

 

Porque sí hubo una mujer de la que me enamoré, la dulce Claudine Pasquier, que trabajaba de criada con la Duquesa ¿no te importa que castellanice el rango, verdad?. Era una cría de lo más tierna y dulce, de poco menos de catorce años, ojos rasgados, verdes, inmensos, y pechos pequeños pero exquisitamente bien formados, como terminaría descubriendo después de varios meses de paciente cortejo. Lo único malo es que era pobre como las ratas, ya que enviaba buena parte del salario a su madre, una costurera de Nantes que se estaba quedando ciega. Vale, tú pensarás que me aprovechaba de ella y de su inocencia, pero si incluso le dejaba dinero en la mesilla de noche de su miserable habitación cada vez que hacíamos el amor. Ojo, que es la única vez que me escucharás usar ese término, con las otras mujeres, simplemente follo. Pero se conoce que justamente este detalle, el dinero, la hacía sentir incómoda, sucia, humillada. Yo intenté explicarle que era por el mero cariño que le tenía… pero ella no lo entendió de esa manera, y menos cuando se quedó embarazada. Así que regresó a su casa, con mi hijo en las entrañas, a finales de 1917. Y yo me quedé solo, bueno, más bien con mis múltiples amantes, pero desde la pequeña Claudine, ninguna de ellas me hizo sentir bien, entero, limpio…

 

Aguanté todo lo que pude con la señora Duquesa, pero el asco que me inspiraba ese cuerpo viejo e insaciable iba creciendo de mes en mes. Y así surgió la idea de matarla, de vengarme en ella de todas las mujeres que me estaban utilizando como instrumento para satisfacer sus ansias sexuales. Empecé a administrarle pequeñas dosis de los mismos compuestos que te he dado a ti en la bebida, y de esa manera comenzó su declinar su salud. No quería dar pistas, ni mucho menos que se descubriera el envenenamiento. El catorce de julio de 1918, coincidiendo con la fiesta nacional, le administré la última dosis. La muerte fue plácida. Pero aquello con lo que yo no podía contar era con los celos del marido, que hasta ese punto se había mostrado tan complaciente y comprensivo, y que incluso, en varias ocasiones, me había invitado a fumar con él un cigarro habano en el gabinete después de alguna de las sesiones de sexo con su mujer. El caso es que sospechó, ya que por lo demás, la buena señora se encontraba en un estado físico envidiable, y al producirse el óbito, requirió los servicios de un amigo suyo, que se acababa de establecer en la ciudad, y que poseía unos conocimientos médicos de lo más avanzados.

 

¿Y adivinas de quién se trataba, mi querida Fleur? Pues del mismísimo capitán médico militar, el señor Claude Michelet, que me inició en el mundo de los venenos. Aquella fue mi desgracia, puesto que ambos compuestos generan un brillante y hermoso enrojecimiento de las papilas gustativas en la parte inferior de la lengua. Y claro, él no podía hacer menos que descubrirlo… y decírselo a su querido amigo. Afortunadamente, y en prevención de algún hecho semejante, yo tenía una cantidad de dinero en efectivo nada desdeñable, además de un juego de papeles falsos en un maletín junto a la cama, así que pude emprender la huida hacia territorios más cálidos e inexplorados, por lo que me instalé en Montecarlo.

 

Aquel año de 1919 fue una locura para mí. Recién llegado a una ciudad que vivía por y para el juego, el placer y la satisfacción de todo tipo de pasiones, era el lugar soñado. Tardé poco tiempo en convertirme en una presencia habitual del Casino, primero solo, luego como acompañante ocasional de una serie de damas de la alta sociedad a quienes sus maridos dejaban abandonadas en las mesas de la ruleta o en las terrazas, y que preferían dedicarse al juego. En un par de ocasiones estuve a punto de ser descubierto por maridos celosos, pero fui moderadamente feliz, al mismo tiempo que mi patrimonio se incrementaba gracias por una parte a los donativos de mis amantes, y por otra a una endemoniada racha de suerte en el juego, que me duró casi doce días consecutivos, y que me permitió obtener una pequeña fortuna que me permitiría instalarme en cualquier parte.

 

Por supuesto, con lo que no podía contar es con las ansias de venganza del querido cornudo, el Duque de la Bergamotte, quien contrató a una famosa agencia de detectives, de la que tú formas parte, para darme caza por toda Francia e incluso por el extranjero si era necesario. En el mes de febrero de 1920, descubrí a uno de tus compañeros que me miraba de manera extraña en la mesa de bacarrá, y que comprobaba una pequeña foto: aquél fue mi error principal, no llevarme el camafeo que le había regalado a la Duquesa. Por suerte, durante aquél año de desenfreno en el Principado de Mónaco había descubierto la utilidad de relacionarme con un grupo de facinerosos, de los que esperan en las inmediaciones del Casino a los afortunados ganadores para llevarse todo su dinero, y a quienes no asusta la violencia. Como tu compañero era tan torpe, no me costó demasiado seguirle fuera del Casino, y depositarlo en las amorosas manos de Monsieur Cheval y su banda… De todas formas, y por mera precaución, decidí cruzar la frontera e instalarme en la siempre cálida y acogedora España…

 

Al principio, me dediqué a vivir de las rentas, y a dejarme ver por la siempre cosmopolita y adelantada Barcelona. ¡Qué ciudad! Y ese ambiente de nuevos ricos, de burgueses que sólo respetan el dinero, y a quienes no preocupa su origen. Además, bajo mi identidad falsa, me sentía seguro… Aunque no podía contar con la tenacidad de tu agencia, tardaron poco más de seis meses en localizarme, y una vez más, tuve que matar para cubrir mis huellas lo abandoné en ese laberinto de calles que es el Raval. En esa ocasión utilicé un cuchillo, no me gustó nada la experiencia. Me trajo recuerdos de la Gran Guerra.

 

Y cambié de vida, de ciudad, me mudé a Madrid. Aunque tenía cierto capital, era necesario invertirlo con prudencia y, al mismo tiempo, sentía la necesidad de vengarme de las mujeres, por haber sido durante tantos años un mero entretenimiento, un juguete sexual… No se me ocurrió mejor idea que, aprovechando mi instinto de cazador y mis dotes de seducción, montar un burdel, no muy lejos de aquí. No te engañes, se trata de un sitio con clase, con estilo, administrado con mimo por María de las Mercedes. Si fueras hombre, te llevaría allí, para que las conocieras, seguro que disfrutabas con la experiencia, como hacen muchos de los más distinguidos clientes La Cueva del Clan Destino, ya sabes, la parte más secreta del Café Cibeles. Incluso hubieras sido una buena adquisición entre mis pupilas. Pero claro, te quedan unos cuantos minutos de vida, y tengo que terminar mi historia. Cierto es que había otro gran negocio en el que me apetecía introducirme: los fumaderos de opio. De ellos se encarga el señor FunLin, tengo dos instalados no muy lejos de aquí, ya sabes que en Madrid se puede encontrar de todo en el Barrio de las Letras.

 

No es algo que nunca me ha llamado la atención personalmente, ni las drogas, ni el tabaco, ni el alcohol: tan sólo pruebo este último para comprobar el buen sabor de mis nuevos combinados y cócteles, por los que he adquirido una fama bien merecida. El último negocio en el que me he metido es la hostelería: soy uno de los tres dueños de este maravilloso local, y trabajo, realmente, porque me divierte mucho conseguir que la gente se relaje, se olvide de los problemas, e incluso me cuente sus aburridas historias, hacen que vea mi propia vida mucho más interesante.

 

Y ahora llegamos al final: a cómo supe quién eras… y a lo que te pasará después de muerta. ¡Venga, ánimo Fleur, que ya estamos llegando al final de la partida! Al principio, es decir, hace un par de horas, pensé que eras una de tantas clientas despistadas y liberales, que han llegado al local por casualidad. ¿Pero sabes qué te delató? Tu manera de mirarme, como viendo más allá del disfraz, de mi pelo teñido de negro, y sobre todo del parche de terciopelo negro que cubre mi ojo derecho. Tranquila, que al ojo no le pasa nada, es solamente un pequeño disfraz. Bueno, eso por no hablar del camafeo, el mismo que le entregué a la Duquesa, y que tantos problemas me ha causado. Lo he visto en tu bolso, mientras ibas al baño lo has dejado sobre la barra. No te imaginas hasta qué punto me ha sorprendido, y no muy gratamente. Pero vamos, estoy casi seguro, por tu comportamiento, de que tu entrada en el local y el hecho de encontrarme,  ha sido una triste casualidad, ¿no es cierto? Parpadea dos veces si es así.

 

Buena chica Si no hubieras seguido representando tu papel de jovenzuela rebelde y un poco alocada, para así poder observarme mejor y comprobar si tu corazonada era cierta, quizás te habrías salvado. Pero tu indudable profesionalidad ha sido tu perdición. Por eso te he envenenado. Dentro de diez minutos, cierra El Café Cibeles, y encontrarás tu destino, entre las amorosas manos y cuchillos del querido Macario, el carnicero que tiene su negocio tres puertas más abajo. Le ayudaré a llevarte hasta su local por el pasadizo subterráneo al que se accede desde los servicios de caballeros. Lo hemos hecho en varias ocasiones durante los dos últimos años, dos desgraciados violadores y una mujer han conocido el filo de sus cuchillos.

 

Porque él es un excelente carnicero, aunque lo que haga con tu cadáver en la trastienda de su negocio antes de trincharte y de convertirte en excelentes filetes es algo que no me concierne. Luego, es simple cuestión de tiempo, tres o cuatro horas a lo sumo. El tuyo será un cadáver de lo más exquisito, porque el veneno se acumula en el hígado, el riñón y los intestinos, pero el resto del cuerpo sigue siendo plenamente comestible.

 

“Y las señoritingas de las casas más principales del viejo Madrid cantarán tus alabanzas, cuando prueben esos sabrosos guisos, con esa carne tan especial que, de vez en cuando, consiguen sus cocineras en la carnicería del Macario en el Barrio de Las Letras, cerca del Café Cibeles…”

 

Así que, dulce muerte para ti… Mon amour.

 

Fernando Codina

jueves, 24 de enero de 2019

LA VENGANZA DE GRETEL



Tranquilo, Hansel, no te preocupes. Tendrás tu venganza, aunque sea desde la tumba…
Todo empezó para nosotros el año pasado, cuando nuestro padre, un honrado leñador se juntó con la curandera del pueblo. Se habían conocido hace algún tiempo, fue ella quien ayudó a morir a nuestra madre, que tenía un cáncer de senos que los conocimientos médicos de nuestra época no permitían curar, y la pobre se había ido pudriendo poco a poco, mes tras mes, en medio de impresionantes dolores. Hasta que llegó un día en que nuestro padre, desesperado, fue a pedirle ayuda a Hermione: “Dame algo, que le quite los dolores a mi mujer”, le pidió desesperado. Y ella le respondió: “Puedo hacerte un cocimiento de hierbas y otros elementos, que le quitarán todos los dolores, pero también la vida.” Y nuestro padre aceptó.

Hermione se desplazó desde su casita en el centro del pueblo, hasta nuestra explotación maderera; se fue al bosque para recoger los elementos, volvió a media tarde, y empezó a preparar la poción. “Raíz de eléboro, cardamomo, grosella fresca para el sabor, un poco de ajenjo, estricnina, y una buena dosis de mi ingrediente secreto deberían bastar”, le dijo a nuestro padre, “pero tendrás que vigilar la cocción durante toda la noche, para que no llegue a hervir por completo, y con el amanecer se la das.”

Y nuestro padre le hizo caso, ¿lo recuerdas, Hansel? Nuestra madre murió a mediodía, simplemente se fue quedando dormida, y en un momento dado, dejó de respirar. Yo pensaba que una vez desempeñada su misión, Hermione se iría de nuestra casa, pero no fue así. Empezó a venir cada pocos días a nuestra casa, para consolar a nuestro padre, trayéndole distintas pociones, caldos y sopas, abrazos y cariño, hasta que dos semanas después de la muerte de nuestra madre, la malvada Hermione se presentó en nuestra casa, con un carro cargado hasta los topes y una mula vieja tirando de él. “He venido a estar con vosotros, porque vuestro padre me necesita”, nos dijo. Luego nos enteramos de que había vendido su casucha en las lindes del pueblo, y de que su traslado sería permanente.

Los primeros meses no estuvieron mal del todo, ¿verdad, Hansel?, nuestro padre parecía incluso bastante feliz con los cuidados de la bella Hermione: tenía esa sonrisa curiosa cuando ella estaba cerca, comíamos sus sabrosos guisos, y ella se ocupaba de darle a menudo su famoso “tónico reconstituyente”. También se metió en los negocios de la familia, y empezó a despedir a los leñadores de la serrería, argumentando que “para eso tienes dos hijos como dos soles, que no hacen nada más que estudiar y leer. Ya va siendo hora de que se integren en el negocio familiar.”

Al principio no nos molestó cambiar los libros y los cuadernos por el manejo de las hachas y las sierras, a nadie le desagrada un poquito de deporte, aunque tú echabas de menos las lecciones de matemáticas del pueblo, quizás por la belleza de la maestra, y yo las prácticas de veterinaria, siempre se me habían dado bien los animales, las pociones… Pero fueron pasando los meses, hasta que llegó un momento en el que nosotros no teníamos las fuerzas necesarias para cortar los árboles y preparar la madera, y Hermione se negaba a contratar a más empleados. Al final, estábamos solamente el viejo Sebastian y Paulus, el aprendiz. 

También fueron disminuyendo los encargos del pueblo, puesto que se corrió la voz de que no éramos capaces de atenderlos. En poco más de un año, Hermione había trastocado por completo nuestras vidas, estábamos en la ruina, y nuestro padre, completamente rendido a sus encantos.

Pero ella quería más, quería su alma: una noche, la seguimos hasta el corazón del bosque, y allí, en medio de un claro, se encontró con un ser extraño, mitad hombre, mitad cabra, al que le prometió el alma de nuestro padre, y las nuestras, para conseguir la belleza y el poder inmortal. Nosotros volvimos corriendo a casa, y se lo contamos a nuestro padre, pero él no nos creyó; y Hermione se ocupó de borrar en su mente el recuerdo con una nueva poción. Desde aquella noche, no nos cupo duda alguna de que estábamos en manos de una bruja.

Dos días después, un buhonero, que se detuvo en nuestra casa, nos habló de una mujer sabia, que vivía en lo más profundo del Bosque de las Siete Colinas, ubicado en el reino vecino, que nos podría ayudar a romper el encantamiento y a derrotar a Hermione. “Tenéis que seguir el rumbo sud-sudeste durante una semana a buen paso, para llegar a la casa de Lady Macbeth, pero mucho cuidado de no perder el camino”, nos advirtió.

Al día siguiente, nos despedimos de nuestro padre y de Hermione, con la promesa de volver en un mes con la solución para todos nuestros problemas. Para no perdernos, fuimos dejando un rastro de piedras lo más recto posible teniendo en cuenta la posición del sol al amanecer, pero nos perdimos, y volvimos al mismo punto de salida, después de haber caminado todo el día en vano. Hermione nos miró con mala cara, y con una extraña sonrisa en la mirada. Descansamos un poco, y el siguiente amanecer nos pilló en ruta. Dejamos un nuevo rastro, esta vez con migas de pan, para no confundirnos, pero los pájaros se las comieron, y nos encontramos de nuevo en la serrería.

Entonces se te ocurrió la idea de visitar al viejo profesor de matemáticas, que en sus tiempos había sido un famoso explorador, y este nos dio su brújula, y nos enseñó a manejarla, para que no nos perdiésemos. Al amanecer del cuarto día, emprendimos de nuevo el camino, y Hermione nos saludó cariñosamente desde la puerta de la serrería. “¡Buen viaje, queridos niños! ¡Que mis bendiciones os acompañen!”

Durante una semana entera, fuimos caminando, primer por nuestro bosque, y luego por el de las Siete Colinas, siguiendo el rumbo indicado. Atravesamos ríos, escalamos montañas, descendimos valles y colinas, siempre en la dirección marcada por la brújula, mientras iban disminuyendo las provisiones que habíamos cogido en casa y teníamos que cazar pequeños animales para alimentarnos. Y al final, en el corazón del bosque, tal y como nos había dicho el buhonero, encontramos la casa. Era una edificación extraña, toda de piedra, de dos plantas, con rejas en las ventanas, tejado de dos aguas y un curioso buzón con forma de perro donde ponía Lady Macbeth. Daba un poco de miedo, pero al menos habíamos llegado a nuestro destino.

Llamamos a la puerta, y salió a recibirnos el ama de llaves: “Bienvenidos, viajeros. Lady Macbeth vendrá enseguida a atenderos, pero quizás antes os apetezca tomar una infusión y unas pastas, para quitaros el frío del cuerpo.” Nos sentamos a ambos lados de una mesa, comimos unas cuantas pastas, y nos bebimos el té… Y no recuerdo nada más. Oí tus gritos, hermano, cuando te metían en la pequeña jaula del sótano; a mí me estaban vistiendo de criada, y explicándome mis labores en la casa, si quería que te perdonaran la vida. Conocí a Lady Macbeth, una mujer que enseguida me recordó a nuestra madrastra. Más tarde me enteré de que todo había sido un engaño, las dos eran hermanas, y el buhonero uno de sus sirvientes.

Y pasaron las semanas. Todas las mañanas, Lady Macbeth se acercaba a tu jaula, y te pedía que sacaras un dedo, para ver si habías engordado lo suficiente; pero tú preferías no comer y morirte de hambre, antes que servirle de alimento. Intentaste engañarla con un hueso de pollo, pero se dio cuenta enseguida. Y hace dos días, te moriste ante mis ojos, y Lady Macbeth se hizo una sopa con tu cuerpo. Todos los empleados de la casa la comieron.

Y todos ellos murieron, por las semillas de acónito y otras hierbas que había recogido en el bosque aquella última mañana. No pude salvarte la vida, querido Hansel, pero al menos he empezado a vengar tu muerte. Mañana volveré a casa, con tu cabeza metida dentro de un saco, para enterrarla junto a la tumba de nuestra madre.

Y obtendré mi venganza, cuando antes de matarla, le enseñe a Hermione la cabeza de Lady Macbeth, que llevo en otro saco…


miércoles, 21 de septiembre de 2011

AHORA, NO ESTÁS SOLA...

Sé que me estás esperando, mi niña... y por eso, me dirijo hacia ti, despacio... la niebla me rodea, es densa, húmeda, no veo casi nada... pero sigo caminando... Los recuerdos se amontonan a mi alrededor, y muchos de ellos no son buenos... Quizás, en otro momento, Denise, si no supiera que estás allí, en el alféizar de la ventana, resguardada pero al mismo tiempo expuesta, habría optado por volver a casa o, por lo menos, esperar a que levantase un poco la niebla... Son nubes bajas, lo sé... No hay nada extraño en ellas, ni cosas con largos tentáculos, ni licántropos (entre otras cosas, se supone que es mediodía...), ni a los vampiros... ni, en este momento, a los humanos.... Puesto que yo mismo soy una de las personas más peligrosas con las que me pudiera encontrar...

Crees conocerme bien... y estás convencida de que a lo largo de estos meses, entre nosotros se ha generado una corriente de complicidad, de afecto, y quizás incluso, de amor... Y no lo dudo... Si yo fuera capaz de sentir algo (positivo, se entiende) por un ser humano, te escogería a ti, mi niña... igual que decidí no matarte, aunque aquella era, precisamente, mi misión... No suelo admitir encargos que impliquen la "solución final" para adolescentes, y sin embargo...

El 28 de septiembre recibí, en una de mis direcciones de mail "profesionales" la sugerencia para un encargo, a través de mi "agente" Fausto G... "Se precisa operación de limpieza en seco. Máxima urgencia. Tarifa especial de lujo", además de un enlace hacia otra web, donde aparecían una dirección en las afueras de Madrid, un número de teléfono, y una foto... Es cierto, me llamó mucho la atención tu cara, no aparentabas más de 15 años y, sin embargo... alguien estaba dispuesto a pagarme 30.000 euros por matarte, y un suplemento de 10.000 euros si utilizaba tu cuerpo para dejar un mensaje...

Ante todo, soy un profesional... y no me importan las motivaciones de mis "patrocinadores"... Eran demasiadas las cosas que me llamaban la atención de tu caso... Por eso, decidí investigar un poco... antes de aceptar el encargo (todos los sicarios solemos tomarnos 24 horas para estudiar los detalles)... Con tu nombre, apellidos y dirección, y un buen conocimiento de internet, no tardé más que un par de horas en reconstruir tu historia...

Hace dos años, mientras cursabas tus estudios de 3º de la ESO en un instituto madrileño de la zona centro, y con la intermediación de dos de tus profesores, fuiste captada para un exclusivo "club de amigos de la infancia"... en el que, extrañamente, las adolescentes, ninguna de ellas mayor de 17 años, se reunían para "hablar de sus cosas" con unos señores muy amables... que a cambio de pequeños regalos se terminan ganando tu voluntad... O al menos, consiguen que vayas accediendo a sus caricias, sus mimos... ¿Qué niña de 13 años puede resistirse a tantos regalos, tantos detalles, cuando a cambio le piden cosas tan pequeñas, como dejarse tocar un pecho, una pierna, el pelo...? Y sobre todo, cuando son unos señores tan amables, tan bien vestidos, con tanto estilo y "savoir faire"...

Para ti, algunas palabras no tenían mucho sentido, como "lolita", "cierva", "francés"... Y no estabas dispuesta a renunciar tan fácilmente a todas aquellas pequeñas cosas que te habían dado... incluyendo algunas drogas y pastillas para relajarte... En teoría, dos tardes por semana ibas a actividades extra-escolares con terapia de gestión del estrés y de reubicación espacio-temporal, que habían sido recomendadas por el orientador escolar del centro... Durante un año y medio, dos tardes por semana, tus "queridos amigos" iban ganando terreno sobre tu cuerpo, y te acostumbraban a nuevas experiencias, como el permanecer desnuda sobre una cama mientras te miraban varios señores... o el ser acariciada y besada por todo el cuerpo... Es posible que incluso te acabase gustando...

Supongo que la primera vez que te penetraron, después de haberte sometido a un nuevo reconocimiento médico para comprobar que hasta aquél momento seguías siendo virgen, estabas demasiado nerviosa, o demasiado relajada, para darte entender lo que te estaba pasando... El señor fue muy amable, y estaba muy satisfecho de haberte "desflorado"... por lo que abonó sin rechistar la tarifa "especial de la casa"... Y después de él vinieron unos pocos más...

Con lo que no podían contar... era con tu prodigiosa memoria... y que serías capaz de reconocer en un programa de televisión a la persona que te había violado... Ni que identificarías también a una decena de los "invitados" al club de actividades extra-escolares.... Pero... ¿quién va a creer a una adolescente de 15 años, muy hermosa, bien vestida, con numerosos regalos escondidos en el armario, y una "doble vida"? Al principio, ni siquiera tu madre te creía, Denise... "¿Me estás diciendo que el orientador de tu instituto trabaja con una agencia de "señoritas de compañía"? ¿Y que Él, precisamente Él, fue quien te penetró la primera vez? ¿Y que conoces a todas esas personas, porque son clientes asiduos del centro?"

Ni tu madre te creía al principio... pero la revisión ginecológica... y el examen médico en profundidad que te realizaron (supervisado por tu madre), no dejaba lugar a dudas... Y tú siempre decías, Denise, que "te habías acostumbrado"... que "casi siempre eran muy amables"... que "te sentías muy querida por todos ellos"... ¡Dios, lo fácil que es manipular a una adolescente! Tu madre, después de tantas pruebas, te creyó... y se decidió a llevar el caso ante los tribunales... con la máxima cautela, por el altísimo nivel social del "beneficiario de la rosa"... y de los demás personajes de la "jet-set"...

Por supuesto, ni tu madre, ni vuestro abogado, podían contar con un pequeño detalle: uno de los socios del bufete te había reconocido, puesto que también era cliente... y accedió a los detalles preliminares del caso... La siguiente etapa fue decírselo a los implicados, sobre todo a Él... cuyo abogado puso precio a tu cabeza... a la de tu madre... y a tus otras compañeras...

Ellas, tu madre, tus cuatro compañeras, murieron hace algunos meses... Tú conseguiste esconderte, en una pequeña masía, lejos de todo y de todos... Y solamente tu abogado conoce tu paradero... Conocía... Yo no maté a tu madre, ni a tus compañeras... pero me han contratado para matarte a ti...

Y una vez más, me acerco a tu ventana, entre la niebla... Sé que me estás esperando... Que me ves como si fuera tu hermana mayor... alguien con quien te encuentras extrañamente protegida, a salvo, en quien confías de manera peculiar... A quien entiendes muy bien... Y que también te comprende... quizás porque yo también sufrí la misma experiencia, con otros "señores" de otro club similar... no hace muchos años...

He necesitado un poco más de 24 horas para conocer toda tu historia, Denise... y decidir que no aceptaría el contrato... Si creyera en el sistema judicial español, quien sabe, lo mismo me decidía a colaborar en serio con tu abogado, para elaborar la acusación, aportar pruebas... Pero sé que Él siempre se librará de cualquier acusación... su lugar en la pirámide del poder es demasiado elevado...

Por eso, estoy ultimando los detalles... para la ejecución...


Ahora, no estás sola, Denise... No estás sola...

sábado, 10 de septiembre de 2011

LOS PECADOS DE LOS PADRES

Cuando se hace de noche tan rápido en la montaña, y sobre todo, después de una jornada tan larga, nada mejor que compartir una buena sopa y otras viandas con los amigos... y escuchar un relato interesante, alrededor de la hoguera... En situaciones extremas, cuando la supervivencia está en juego, no siempre rige la ley del más fuerte... Pero mejor empiezo por el principio...



Primera jornada: 23 de agosto 2035.


¿Alguno de vosotros recuerda la gran tormenta de nieve, que cayó en el Pirineo Aragonés, en agosto de 2035? Ninguno de nosotros lo esperaba, por supuesto, y quizás por mera casualidad, aquél 15 de agosto fue el día escogido por la empresa, "Creative Management Solutions. S.A.", para terminar su tradicional semana de convivencia con los empleados... Por una vez, los directivos salieron de sus despachos, se obligaron a sí mismos a participar, con sus subordinados, en la habitual serie de pruebas y concursos como el gran clásico de comerse una manzana dentro de un barril lleno de agua, las carreras por relevos con un huevo duro en una cuchara sopera, o la inevitable y patética construcción de una cabaña para pasar la noche en medio del bosque, utilizando solamente un machete, y elementos naturales... Cualquiera le explicaba al auditor recién llegado de Alemania que una funda para hacer vivac de último modelo no era precisamente un elemento natural...



A pesar de las evidentes diferencias en el trato, y las consideraciones que todos teníamos con los de mayor poder, fueron unos días agradables... Pero al final, cuando todo estaba dispuesto para volver a la civilización, es decir, a los cuartos de baño con agua corriente (y no una letrina, o una zanja), a poder abrir el grifo para saciar tu sed (y no tener que acarrear agua desde el riachuelo), o algo tan simple como darte una ducha-con-agua-caliente (el agua fría tonifica.. pero no es lo mismo), y cuando estábamos a punto de subir todas nuestras cosas a los camiones, el Director del Departamento de Riesgo, un auténtico fanático de la supervivencia, que siempre alardeaba de sus conocimientos de experto montañero, antiguo Boina Verde y afamado senderista, anuncia la última atracción: efectuar una marcha de dos días, incluyendo técnicas de orientación nocturnas, para culminar con la ascensión por la cara Norte del Aneto...


Nos apuntamos siete personas... Dieter, del departamento de Riesgo... Fredo, de contabilidad... Luis y León, de la Plataforma Técnica... Amador, de Precontencioso... Claudia, la hermosa y bellísima Claudia, de RRHH... y vuestro humilde servidor y recepcionista, Marcial... Bueno, y a última hora, se apuntó Heinrich, el consultor alemán... Mientras nos saludaban desde los camiones, ninguno de ellos imaginaba que no nos volverían a ver a todos, al menos, con vida... LLevabamos el equipo imprescindible: tres pequeñas tiendas, raciones de supervivencia del Ejército para tres días, un litro de agua por persona en cómodas cantimploras, una sudadera y una gorra con el logo de la empresa, un saco de dormir, además de la habitual parafernalia: linterna, mapa, brújula, un machete, un pequeño botiquín, y poco más... Total, para cuarenta y ocho horas de aventura...



La primera fase se desarrolló con tranquilidad: recorrimos unos cuarenta kilómetros, admirando el paisaje, disfrutando del aire puro, de la naturaleza, de la compañía... bueno, sobre todo en mi caso, puesto que de manera consciente, entablé conversación con Claudia, y descubrí que teníamos muchas más cosas en común de lo que pensábamos... el gusto por la lectura, por el cine... Mientras el sol se reflejaba en su cabello castaño, iluminando suavemente el contorno de sus labios y el profundo abismo de sus ojos oscuros, pensé que igual esa excursión realmente podía sentar las bases de una amistad, o quizás de algo más...


Aunque todavía quedaban algunas horas de sol, nuestro líder nos dijo que teníamos que cenar pronto, para abordar la ascensión con las primeras luces del amanecer... A las diez de la noche, ya estábamos todos metidos en las tiendas... Yo monté la nuestra, y esperé, amablemente, hasta que Claudia se puso cómoda para la noche, y comprobé que también estaba espectacularmente hermosa a la luz de la luna, con una camiseta de Mafalda, y supongo que poco más... Sí, aquella noche compartimos tienda... pero no saco (no seáis malpensados)... Y además, los ronquidos de Heinrich le restaban cualquier ápice de romanticismo a la situación...

Segunda jornada: 24 de agosto 2035.



Alrededor de las cinco de la mañana, escuchamos un fuerte tumulto, procedente del exterior... y, cuando conseguimos abrir la cremallera de la tienda, una montaña de nieve nos sepultó: había estado nevando toda la noche, sin importar ni la altura, ni la época (era el 23 de agosto)... Tardamos casi una hora en despejar el acceso lo suficiente como para poder salir del habitáculo, excavando un túnel de casi tres metros de largo hasta alcanzar la superficie...


Con las manos absolutamente congeladas, y con la escasa y poco adecuada equipación esparcida a nuestro alrededor, nos pusimos a buscar a los demás integrantes de nuestro grupo: recordábamos que habíamos plantado los iglús en semicírculo, y el nuestro estaba en el extremo izquierdo, el central estaba ocupado por Luis, Amador y León, mientras que el derecho lo compartían Dieter y Fredo... Extrañamente, no había indicios de actividad en la tienda triple, por lo que nos pusimos a excavar en la nieve, para despejar un pasadizo lo bastante ancho y profundo para intentar echarles una mano... Un horrendo grito, proveniente de algún lugar bajo la superficie, nos impulsó a cavar con más fuerza...

Tardamos cuarenta y cinco minutos en alcanzar la tienda, descorrer la cremallera... y quedarnos completamente paralizados, pues de los tres hombres, solo uno de ellos seguía con vida: Amador... Los otros dos habían sido decapitados... y además, sus cabezas no estaban en ningún sitio dentro de la tienda...



Sin medios para llevarnos los cuerpos, pero al mismo tiempo conscientes de que no podíamos dejarlos donde estaban, optamos por dejarlos dentro de los sacos, cerrar de nuevo la tienda ensangrentada, y cegar de nuevo el pasadizo... Tampoco podíamos perder mucho más tiempo allí, puesto que también comprobamos que alguien había destrozado el único teléfono Inmarsat, y ni nuestras provisiones, ni nuestro equipamiento, y ni siquiera nuestra experiencia en temas de montañismo, nos permitían ser demasiado optimistas sobre nuestro futuro inmediato... Por lo tanto, era imprescindible ponerse en marcha inmediatamente, para regresar a la civilización lo antes posible...



Desmontamos pues las dos tiendas que nos quedaban, y nos pusimos en marcha... La enorme profundidad de la capa de nieve complicaba muchísimo nuestro avance, pues nos hundíamos casi hasta las rodillas con cada paso; por lo que a media mañana habíamos recorrido solamente unos tres o cuatro kilómetros... y por si fuera poco, empezó a nevar otra vez... A la una y media, al amparo de unas rocas que sobresalían, nos sentamos a descansar... Estábamos completamente perdidos, el mapa no abarcaba la totalidad del parque natural, y de todas formas, resultó que los conocimientos de Dieter eran bastante limitados, y con la fuerte ventisca que estaba cayendo, tampoco teníamos la certeza del rumbo a tomar... Pero al mismo tiempo, era evidente que no nos podíamos quedar parados, pues moriríamos congelados...



A las ocho de la tarde, sin tener idea de dónde estábamos concretamente, nos detuvimos para montar las dos tiendas, al abrigo de una depresión en el terreno, aunque esta vez dormiríamos de tres en tres... No teníamos casi nada de comida, pues no se nos ocurrió recoger las raciones de supervivencia de Luis y León... Yo repetí con Claudia y Heinrich... En mitad de la noche, me pareció ver que el consultor salía de la tienda, pero me dormí antes de que volviera...



Tercera jornada: 25 de agosto2035.



Nos despertamos con el sol, y en cuanto Claudia estuvo lista, salimos de nuevo a la ventisca, cuando terminamos de despejar el acceso... El frío era brutal, el viento soplaba con gran violencia... Tal vez por eso no vimos el cadáver: estaba tumbado boca abajo, en el extremo más alejado del campamento...



Cierto, le faltaba la cabeza, como a los otros dos... pero también le habían acuchillado en la ingle, con saña... Curiosamente, no tenía heridas defensivas de ningún tipo... Como tampoco podíamos hacer gran cosa por él, señalizamos el cadáver lo mejor posible con un pequeño túmulo de piedras, marcamos su situación aproximada en el mapa, y proseguimos nuestro camino, sin perder tiempo para desayunar... entre otras cosas, porque no nos quedaba comida...



Con tres personas muertas, en dos noches, y sobre todo, con el misterio de las cabezas cortadas, nuestro estado de ánimo no podía ser peor... o al menos, eso es lo que pensábamos, pues a media mañana, Fredo dio un traspiés sobre una placa de hielo, resbaló por la ladera, en ese momento estábamos cresteando un canchal, avanzando muy despacio por culpa de la nevada que parecía no acabarse nunca... Todos nos lanzamos a socorrerle... bueno, todos menos nuestro aguerrido guía, quien estaba demostrando ser tan fantasma en la montaña, como lo era tras las paredes de la empresa... Por un instante, Claudia consiguió sujetarlo por la mochila... pero finalmente, la ley de la gravedad, el cansancio y lo resbaladizo del terreno desempeñaron su fatal labor... y los correajes de la mochila cedieron... En aquél punto, la pendiente terminaba en un barranco de más de cincuenta metros de profundidad, y toda la ladera estaba formada por lajas de pizarra y rocas de mediano tamaño, por lo que ni nos planteamos el rescate...



Sin embargo, al abrir la mochila de Fredo, nos llevamos una tremenda sorpresa: en su interior encontramos las tres cabezas perdidas, por lo que secretamente, me sentí bastante más seguro... Horas después, comprendería la extensión de mi error... Sin poder hacer otra cosa, decidimos seguir transportando aquél macabro recuerdo, para tener al menos algo que entregar a las familias cuando se celebrasen los funerales... ¿Y adivináis a quien le correspondió tamaño honor? Justo, al siempre fiel Marcial...



Con el ánimo bastante lastimado, igual que el orgullo, Dieter, nuestro aguerrido paladín y Director del Departamento de Riesgo, cedió el puesto de guía, la brújula (completamente inútil si no sabes leerla) y el plano, que se limitaba a la zona inicialmente prevista para la excursión, al compañero Amador... Por supuesto, de nada servía este tipo de liderazgo, pero al menos, teníamos la certeza de no estar caminando en círculo, ¿no?



Pues no... Cuando empezaba a caer el sol, ya habíamos pasado dos veces por el mismo montón de rocas, pero, aprovechando que nevaba mucho menos, decidimos continuar la marcha un par de horas más, usando las linternas...



Agotados, localizamos un antiguo refugio de pastores, en el cual además encontramos un par de viejas mantas, algo de ropa seca (unos pantalones y una camisa de franela a cuadros, que gentilmente cedimos a Claudia), y sobre todo, un par de velas y un pequeño montón de madera seca, que nos permitiría pasar la noche con algo de calidad... Con la certeza casi absoluta de poder dormir a salvo, pues todos recordábamos el macabro contenido de la mochila de Fredo, estiramos nuestros sacos lo más cerca posible de la hoguera, y nos dispusimos a dormir... Aunque el ambiente no se prestaba demasiado al romanticismo, no pude evitar la tentación de acariciar con un dedo la mejilla de Claudia, que estaba medio dormida en su saco, ella, entonces, abrió los ojos, y me susurró un "Buenas noches" que me hizo sentir, a pesar del hambre y del frío y del cansancio, como un auténtico paladín...



Cuarta jornada: 26 de agosto 2035.



Un nuevo amanecer... que se saldó con la aparición de otro cadáver: Amador, de Precontencioso, se había suicidado durante la noche, colgándose de la única viga lo bastante fuerte para soportar sus casi cien kilos de peso... Una vez más, no había señales de lucha... Solo quedábamos tres personas: Dieter, Claudia y yo... Lo mejor posible, descolgamos el cuerpo, y lo depositamos delante de la hoguera... Por el calor y la humedad del ambiente (fuera seguía nevando), empezó a humear, y después de tres días enteros a base de agua con sales minerales, y bocados de nieve, pero sobre todo, sin comer absolutamente nada... los tres tuvimos la misma idea: ¿se notaría mucho si le dábamos unos mordisquitos de nada, lo justo para quitarnos de encima el hambre?



He de reconocer que Claudia me sorprendió muchísimo, pues no solamente empezó a razonar que de todas formas, esa carne se iba a estropear, que era absurdo dejar que se corrompiera, que el Amador que todos apreciábamos por su buen carácter y su generosidad estaría contento de quitarnos al menos el hambre... mientras lentamente, le iba quitando la cazadora corporativa, y miraba su brazo izquierdo con cara de hambre... Y fue Dieter quien, por primera vez desde que comenzamos la malhadada expedición, hizo algo útil con su enorme cuchillo de monte, con dientes de sierra en un lado: se lo dio a Claudia, para que ella realizase la amputación del miembro, tarea que por cierto, realizó sin la menor vacilación... Por lo tanto, teníamos un brazo recién cortado, un fuego de leños, una laja de pizarra, y un cadáver que dejamos en la parte posterior de la cabaña...



Creo que fue entonces cuando empecé a sospechar de ella... pero la perspectiva de comer hasta saciarme, sin importar que fuera carne humana, me nubló el sentido... A falta de sartén, usamos una laja de pizarra, y empezamos a poner distintos trozos, no demasiado grandes, sobre la pizarra... Al cabo de unos minutos, el aroma a carne asada era tan fuerte, que nos hacía salivar... No, la carne humana no sabe a pollo, es más bien, como el avestruz, o como el corzo: recia, algo correosa al principio, pero cuando tienes hambre atrasada...



Con la tripa llena, a salvo, en un lugar cálido y en buena compañía (evidentemente, me refiero a Claudia), creo que me adormilé... Pero unas voces se iban adentrando lentamente en mi cerebro... Al principio, las escuchaba de manera casual, pero según iba progresando la historia, fue el terror, y la curiosidad morbosa por un desenlace que de ninguna manera me esperaba, las que me impidieron participar en el desenlace de una historia, que de todas formas se había escrito muchos años antes... No se oía muy bien, a veces parecían estar hablando al oído... pero los mismos fragmentos eran escalofriantes...



Quinta jornada: recordando el 2025.



Claudia: "... a una tal Magnolia, que trabajaba en tu Departamento de Riesgo, que incluso fue tu mano derecha durante casi cinco años, pues se encargaba de hacer casi todo tu trabajo, controlando y motivando al equipo, mientras tú te tocabas las pelotas a dos manos? Veo que la recuerdas: una chica muy guapa, de larga melena rubia, profundos ojos azules, labios increíbles, un maravilloso cuerpo de adolescente... ¡Qué poco tiempo tardaste, pedazo hijo de puta, en comenzar el acoso!"



Dieter: "¡Pero si yo nunca la toqué!" (suena una bofetada)



Claudia: "¿Que nunca la tocaste, pedazo cabrón? ¿Que nunca la tocaste? ¿Que no la acosaste? ¡Y entonces, cómo le llamas a obligarla a entrar a tu despacho, cuando los demás empleados se habían marchado a comer! ¡Qué me dices, de la forma en que siempre te las arreglabas para estar en medio, cuando tenía que colocar un archivador, de forma que inevitablemente se rozaba contigo! ¡O cuando empezaste, de manera más descarada, a exigir que se pusiera traje de chaqueta, vale, pero con falda corta, cuyo largo supervisabas, para conseguir que sus hermosas piernas quedasen al descubierto! ¿Eso no es acoso, eh?"



Dieter: "¡Si te he dicho que nunca la toqué! Soy un honrado padre de familia, casado y con dos hijos, y me dedico a navegar cuando tengo tiempo..." (Otra bofetada, seguida del llanto de una nenaza).



Claudia: "¡Cállate, hijoputa! ¡Cállate, o te mato lentamente! Porque vas a morir de todas formas, eso te lo garantizo... ¿Y tampoco era acoso cuando la invitaste a acompañarte a la reunión de delegados de Riesgo en Valladolid, verdad? (otra bofetada) Y sigue sin ser acoso, cuando comprobasteis que, por error, os habían concedido una habitación con cama de matrimonio "king size", pero de todas formas, para una sola noche, no hacía falta más... Por supuesto, tú dormirías en el sofá, y ella en la cama... Pero te aseguraste de hacerla beber un "zumo de buenas noches", en el que disolviste una pastilla del olvido (Rohipnol), para favorecer tus planes... Y de madrugada, cuando calculaste que estaría completamente dormida, te faltó tiempo para subirle la camiseta por encima de la cabeza, arrancarle el tanga, y violarla... ¡Puto cabrón! ¡Ella tenía solamente 19 años, y jamás te dio ningún tipo de muestra de interés por ti! Pero lo que realmente la hizo sentir despreciada, fue tu comentario, después de correrte en su interior: "espero que la muy zorra estará tomando la píldora..." Ni siquiera te molestaste en volver a taparla, antes de ir de nuevo al sofá, donde terminaste la noche... mientras ella lloraba... Y al día siguiente, tuviste los huevos de preguntarle si había dormido bien, porque te despertaste un par de veces, y la viste dar vueltas y vueltas en la cama..."



Dieter: "¡Eso es completamente falso, y lo puedo demostrar!" (suena otra fuerte bofetada).



Claudia: "¡Cabrón! ¡Cerdo mariconazo de mierda! Tu mayor preocupación al llegar a Madrid, fue obligarla a tomar la píldora del día después, al mismo tiempo que la ibas sometiendo a un acoso cada vez mayor, pues de todas formas, ya que follabais con cierta regularidad, eso te otorgaba todos los derechos... Y por eso, en pocos meses, Magnolia perdió las ganas de vivir, las energías, la fuerza... Pero todavía le faltaba otra humillación, ¿verdad? Por eso la obligaste a venir a la puta fiesta anual de la empresa, hace diez años... Y os juntasteis los mismo que hoy: Fredo, Luis, León, Heinrich... y ella, Magnolia... Y la marcha fue mucho más corta, mejor organizada, pues de lo que realmente se trataba era de hacerle sufrir la mayor humillación: convertirla en vuestro juguete sexual durante una orgía salvaje, en esta misma cabaña... Entre las sustancias alucinógenas pero ecológicas consumidas (mezcal, peyote, mariguana, alguna seta...), la bebida... nadie sabe muy bien lo que sucedió aquí aquella noche... Bueno, salvo Magnolia y tú..."



Dieter: "¿Pero si todo esto fue por ese acontecimiento, por qué has matado a Luis y a León? ¡Si todo el mundo sabe que son homosexuales!"



Claudia: "Menos esa noche... Decidieron probar el lado salvaje de la vida... Y aunque no fuera de ese modo, tampoco hicieron nada por evitarlo, mientras la sujetabais a las argollas de hierro para el ganado... Por eso fueron los primeros en morir: ¿quién va a sospechar de una mosquita muerta, por muy guapa que sea, de RRHH? Fue tanta su sorpresa, que ni siquiera tuve que taparles la boca cuando les corté el cuello... El desgraciado de Amador no se enteró de nada, pues le puse la misma pastilla del olvido... Heinrich sospechaba algo... pero no le di tiempo: era un puto salido, como tú... Así que le atraje fuera con la promesa de un polvo rápido, pero se encontró con mi machete..."



Dieter: "¿Y Fredo, eh, y Fredo? ¡Si ni siquiera estaba trabajando para nosotros en aquellas fechas!"



Claudia: "Lo de Fredo es un trágico error... Se confundió con mi mochila en la última pausa... y las cabezas empezaron a chorrear sangre al subir la temperatura... Estaba a punto de delatarme... por eso le empujé por los canchales, rescatando en el último momento mi mochila, para terminar de incriminarle... Matar a Amador fue algo más sencillo: nunca se perdonó su pasividad durante la "fiesta", por eso, él mismo se colgó de la viga... aunque yo le sostuve los pies durante más de una hora, en mitad de la noche, para que muriera lentamente..."



Dieter: "Entonces me vas a matar, a mí primero, y luego a Marcial, supongo... ¿Porque ese es tu brillante plan, cierto? No dejar testigos, afirmar que fui yo el que mató a todos, y luego sufro un trágico accidente..."



Claudia: "Tienes razón en parte... A ti te voy a matar, pero no sufrirás demasiado... ¡Marcial! ¡Deja ya de hacerte el dormido, que si quisiera matarte, lo habría hecho hace tiempo! Además, te necesito..."



Sexta jornada: 27 de agosto de 2040.



Marcial: Y con esto termina la historia.... ¿Cómo, que queréis más detalles? Sí, Claudia y yo matamos a Dieter, como castigo por sus actos... Y no sufrió demasiado, sobre todo porque en teoría se cayó en el Paso del Moro, y su cuerpo quedó estrellado contra las rocas...



Los hermanos: "¿Y las cabezas? ¿Y las cabezas?"



Marcial: "Las cabezas supongo que estarán, todas menos la de Dieter y la de Fredo, en la repisa que está en la parte posterior de la cabaña... Uno de vosotros puede ir a comprobarlo, si queréis..." (suena un grito de horror) Os lo dije, están sobre la repisa..."



Los hermanos: "Pero, si nuestro padre era tan malo, tan mala persona, si la acosaba tanto y la obligaba a follar con él... ¿Por qué Magnolia no se resistió más?"



Marcial: "Lo hizo por proteger a sus compañeras de trabajo, pues tenía varias de ellas que estaban empezando a despertar el interés de Dieter... y de todas formas, después de la violación en Valladolid, y de las fiestecillas en su despacho a última hora de la jornada, poco le importaba... De todas formas, estaba convencida de que nunca conseguiría hacerle algo peor... Y por eso, prefirió callarse, salir de la empresa por la puerta pequeña, casi de la noche a la mañana, cuando sin embargo era una persona super querida..."



Los hermanos: "¿Y qué pinta Claudia en todo esto? No le veo ninguna relación..."



Marcial: "Bueno, mejor que os lo cuente ella... De todas formas, está detrás de vosotros..."



Los hermanos: ( gritan al darse la vuelta)



Claudia: "Magnolia era mi tía... Ahora está destrozada, física y anímicamente, pues ha comprendido que su silencio, al final, solo ha contribuido a que vuestro padre haya seguido acosando y violando a más chicas, a más mujeres... Se ha ido creciendo con los años, seguro de su impunidad..."



Los hermanos: "¿Y cómo conseguisteis salir con bien de tanta muerte?"



Marcial: "Yo se lo cuento, querida... Por casualidad... y con mucho trabajo... No fue nada fácil arrastrar a vuestro padre, con casi todos los huesos partidos después de casi dos horas de eficaz tortura, hasta el Paso del Moro... Pero gracias al geolocalizador por GPS, encontramos el camino incluso en la ventisca...Luego, escondimos las cabezas, comimos algún trozo más de Amador, y nos metimos entre los sacos de dormir... Aquella espera resultó muy agradable..."



Los hermanos: "¿Y por qué nos habéis traído aquí de excursión? De momento, conocemos todos los datos de cinco asesinatos..."



Claudia: "Todos no, queridos... todos no... Además, nadie sabe que habéis venido aquí, verdad? Marcial os abordó fuera de la estación de esquí, para ofreceros un agradable paseo y una buena historia... Sobre todo porque necesito otras dos cabezas más, las vuestras, para completar la colección... Sonreíd mientras se acerca el machete..."



Marcial: "Que los pecados de los padres recaigan sobre los hijos", dice el Señor..."