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jueves, 19 de octubre de 2023

POSESIÓN…

 

¿Notas mi mirada en el espejo, amor? ¿Notas cómo mis ojos recorren tu menudo cuerpo?

¿Notas cómo mis labios te acarician y te besan? ¿Notas mis manos sobre tus pechos de ninfa? ¿Notas mi presencia a tu alrededor? ¿Notas mi suave aliento en tu cuello?

Porque estoy allí, contigo, mirándote. De vez en cuando, me dejo ver, me asomo desde el fondo de tus ojos a la realidad. A pesar del tiempo, de la distancia, de la vida, te acompaño, siempre… Donde tú estés siempre estaré yo, velándote, acompañándote…

Tal vez, porque en la muerte no hay barreras… Y para mí, morir no fue una liberación:

estar contigo era lo que más deseaba en esta vida. Y se me ha concedido ese don. Nunca más estarás sola, ni cuando lo desees… Nunca más estaré lejos de ti, mientras vivas…

Siempre estaré a tu lado, amor… siempre…

MUJER EN LA NIEVE.

 

Cae la nieve, lentamente, en mi jardín. Los restos de hierba congelados se yerguen, como diminutas torres de fiera vida, antes de desaparecer, tragados por el frío. Las ultimas hojas del castaño, del tilo, se estremecen, en la gélida brisa, intentan permanecer agarradas a su amigo, pero el tiempo, y la gravedad, vencen...

Un leve manto blanco se apodera de la tierra, se deposita sobre los bancos de madera, y en las gruesas piedras decorativas, alguien ha dejado un osito de peluche... Y, por supuesto, también está ella. Su pelo, largo, negro, como la noche, se esparce, a su alrededor, una corona, arropando levemente parte de su cuello, y derramándose sobre su vestido rojo...

Última noche del año, la magia en el aire, antiguos conjuros, viejas presencias, sacrificios.

Que desvelan que el vestido no era rojo, sino blanco; es la sangre quien lo va tiñendo, despacio. Sus ojos, tan negros como la nada, miran, sin verlas, miríadas de estrellas. La nieve la cubre con su gélido manto.

Soy el único destinatario de su irreal belleza...




Y casi lamento haberla matado....

miércoles, 16 de agosto de 2023

LUCIEN. HISTORIA DE UN ASESINO

 


Aquí, en El Café Cibeles, ese reducto de las letras, esa mezcla extraña de café, club de lectura y antro clandestino de categoría, me conocen por El Francés, incluso algunos amigos me llaman Lucien Flambard García, identidad que escogí al poco tiempo de emigrar a España. Pero mi nombre es François Mattey Jiménez, aunque eso ya lo sabes, querida. Barman a tiempo parcial, traficante de opio, dueño de un par de fumaderos, proxeneta… y asesino. Supongo que esto último te habrá sorprendido bastante, nunca pensé que alguien se tomaría la pena de buscarme con tanto ahínco, a pesar de los años que han pasado desde la muerte de Madame la Duchesse de la Cafétière. Claro que tampoco podía contar con su amistad con el señor Battaille, creador de la primera agencia internacional de detectives de toda Europa. A pesar de las pistas falsas ¿seguro que te ha costado mucho seguirme el rastro después de Barcelona, verdad? Lo has conseguido. Así que muchas felicidades, querida… ¿Fleur Delacour? ¿De verdad ese es tu nombre? Pensé que serías un poquito más original, pero en todo caso es el que figura en tu documento de identidad… morirás bajo ese nombre, en breves minutos, el tiempo justo para responder a un par de preguntas tuyas, y para que termine de contarte mi historia. Quizás de esa manera me comprendas mejor, incluso te contaré lo que pasará finalmente con tu hermoso cuerpo…

 

Lo bueno de ser un excelente barman es que conoces combinaciones de sabores, de elementos naturales y artificiales, y puedes crear cócteles increíbles, como el famoso Muerte Blanca, que tanto solicitan los señores de bien, para contribuir a quitarles la timidez a sus amantes ocasionales… Ya sabes, Madrid en el año 1922, no hay mejor lugar donde vivir. Pero volviendo a los cócteles, otro muy solicitado es Secretos de Confesión, con ese toque de angostura y su aspecto levemente burbujeante. Aunque a ti te he dado a probar el más especial de todos, Noche de Pecado, y lleva un cierto tiempo corriendo por tus venas. No, tranquila, que no voy a hacerte nada. No me gustan las mujeres tan delgadas, ni con el pelo negro y cortado “à la garçon” como dicen los franceses, y menos las fumadoras, es un vicio bastante asqueroso. Me atraen más las mujeres algo rellenitas, claramente españolas, como Matilde, la encargada del guardarropa. Con ella sí que he tenido alguna aventura, pero nuestra relación ahora mismo está de capa caída, quizás haya llegado el momento de cambiar. Pero claro, evidentemente no he escogido matarte, y mucho menos en mi puesto de trabajo, sin tener un motivo de peso… como preservar mi nueva identidad, y continuar en un sitio en el que me siento a gusto.

 

¿Sabes lo más curioso? Si no te hubieras tomado también un Noches de la Alhambra, no te habría pasado nada. Los ingredientes alucinógenos, extraídos de unos champiñones especiales que tan sólo se encuentran en los bosques de Irati, en el País Vasco, combinados con la raíz de bergamota, son inocuos. Pero si las combinas con otra sustancia, presente en el último cóctel, producen un efecto paralizante progresivo: primero algo de somnolencia, luego pierdes el control de las manos, de los brazos; luego te cuesta tragar, notas un hormigueo por todo el cuerpo, y termina atacando los pulmones. La muerte por asfixia dicen que es bastante rápida y placentera, ya me lo contarás desde la otra vida, si es que la hay y nos encontramos en ella. De todas formas, ya es muy tarde, y estamos a punto de cerrar La Cueva del Clan Destino, el local secreto que se encuentra en los bajos del Café Cibeles. Llevas en él un ratito, así que no hace falta que te lo describa. Espero que el sofá te resulte cómodo pese a tu rigidez dentro del pequeño reservado. Ese ambiente canalla, que tanto le gusta a los niños pera; la posibilidad de disfrutar de una amplia variedad de cócteles, y de otras sustancias; las noches de lectura y poesía, pero también de encendidos debates políticos; los prácticos reservados en las esquinas, donde se realizan otro tipo de actividades placenteras la de señoritas que han perdido allí la virginidad y la honra es algo incalculable–.

 

¿Quieres que te desvele un secreto? Soy uno de los dueños del Café Cibeles desde hace un año, cuando el propietario buscó un socio capitalista para realizar la gran reforma de la que habló toda la prensa de la época. En algo tenía que invertir los capitales que conseguí en Francia y en Montecarlo… Y nunca está de más el poseer un negocio legal y rentable, ya que de ese modo puedo justificar mis otros ingresos de cara a la Hacienda pública. Pero me estoy yendo por las ramas. ¿Te apetece saber algo más de mis inicios, dónde me crie? Venga, parpadea una vez. Ten en cuenta que de esa manera se te pasará mejor el escaso tiempo que te queda de vida, y soy un buen narrador.

 

Todo empezó en París, el veintitrés de mayo de 1890, con mi nacimiento en el seno de una familia de clase trabajadora. Mi padre era carnicero en el mercado de Les Halles, el auténtico corazón de la ciudad, pero también su estómago. Michel, se llamaba, el típico corso, fuerte, alto, que llegó a la capital siendo adolescente para buscar su lugar en el mundo. Nunca quiso ser carnicero, pero al mismo tiempo notaba una especial querencia hacia la sangre, su sabor metálico y su color. De él he sacado muchas cosas, y no solamente mi físico. Mi madre era una cupletista, Manolita Jiménez, su sueño era ser conocida dentro del ambiente un tanto sórdido que rodeaba el barrio de Montmartre. Nunca llegó a actuar en el famoso Follie Bergères, pero se quedó cerca, muy cerca. Era muy joven cuando me tuvo a mí, poco más de dieciséis años. De hecho, mis padres se casaron por mi culpa, ya que comprenderás que no queda demasiado bien, ni siquiera en el ambiente liberal parisino, el ser madre soltera. Luego tuvo un par de embarazos más, así nacieron mis hermanas Julie y Christine, pero ellas son normales, las típicas francesitas aburguesadas que han conseguido un cierto prestigio en la escala social: la primera es costurera, la segunda dependienta, y me han dado un par de sobrinos de lo más simpáticos.

 

Hasta ahora, todo de lo más normal, ¿verdad? Bueno, quizás el anormal sea yo… y en muchos sentidos, se lo debo a mi querida madre. Ella supo ver todo mi potencial, porque ya desde los trece años destacaba por mi apostura, mi belleza si quieres llamarlo así. Ella se dio cuenta de cómo me miraban algunas de sus compañeras de profesión, ese ansia ciega, y esa necesidad de apoderarse del cuerpo de alguien, y si es casi un niño también, de su alma y de su inocencia. Es el atractivo de lo prohibido. De repente, empezaron a fijarse más en mí, yo era alto para mi edad, casi alcanzaba el metro ochenta, y gracias al trabajo con mi padre en el mercado, tenía una musculatura bien definida, y estos ojos verdes y el hoyuelo en la barbilla me ayudaban. El caso es que a mi querida madre se le metió en la cabeza el rifar mi virginidad entre su grupo de amigas… Clotilde Mazzarin se llamaba, una vedette en decadencia del Café Florien, pero supongo que tuve suerte: a pesar de sus casi sesenta años, y si quitamos sus pechos caídos y su abdomen dilatado por sus varios embarazos de hecho, tenía un hijo casi de mi edad, fue bastante paciente conmigo, entonces aprendí que una buena boca, una lengua y unos labios bien entrenados pueden hacer maravillas en el cuerpo de un hombre. Pagó una cantidad escandalosamente alta por ser mi introductora en el ámbito sexual, y siguió reclamando mis favores durante una temporada. Luego, por supuesto, hubo otras, casi todas dentro del ámbito de la farándula, me enseñaron muchas cosas, incluso le acabé cogiendo algo de afición al sexo previo pago y sin compromiso.

 

Pero a los dieciséis años, mi madre decidió que había llegado el momento de aspirar a lo más alto, y vender mis favores en otros ámbitos sociales más, ¿cómo decirlo? Más refinados. Nunca olvidaré a la Condesa de la Chevalière: a pesar de su juventud, poco más de treinta años, se empeñó en ser mi “protectora”, y en dotarme de una educación lo bastante refinada para poder presentarme en sociedad, con pleno conocimiento de su marido, un famoso homosexual de casi sesenta años, con quien se casó por interés. Gracias a ella aprendí retórica, algo de filosofía, bastantes matemáticas, y por supuesto nuevas técnicas amatorias, venidas de Oriente, con las que tanto éxito he tenido estos últimos años. Y pasó el tiempo, estuve con ella de los dieciséis a los diecinueve años.

 

París era una fiesta, el famoso “fin de siècle”, esa ansia por descubrir nuevos inventos, esos ambientes bohemios, las nuevas corrientes pictóricas y de pensamiento que fui conociendo gracias a la Condesa de la Chevalière no los olvidaré jamás. Por desgracia, murió en mitad de una de nuestras sesiones amatorias y yo me quedé sin protectora. Y sin saber hacer otra cosa más que vivir a costa de las mujeres de la clase alta parisina. A los veinticuatro, me tuve que incorporar a las filas, tuve una decena de amantes, incluso un par de hombres bien situados fueron mis parejas durante algún tiempo, como Monsieur de la Ratatouille. Él se convirtió en mi maestro, se encargó de perfeccionar mis conocimientos de filosofía, de música, y por supuesto, sexuales. Pero mejor cambiamos de tema, que ya veo, querida Fleur, que es algo que te molesta. Aunque sin embargo, es necesario que lo recuerdes, porque tendrá su importancia más adelante, cuando entre en escena Madame la Duchesse de la Cafétière, la causa que de hayas llegado hasta mí, siguiéndome la pista, y de que vayas a morir.

 

Ya empiezas a notar ese hormigueo tan molesto en los brazos y en las manos, ¿verdad? Bueno, tranquila, se te irá pasando. De todas formas, voy a contarte un secreto: fue durante la primera guerra mundial que me convertí en asesino. Lo más curioso es que por aquél entonces estaba bien visto matar, se trataba del enemigo, y nosotros estábamos defendiendo nuestra Patria, nuestras “Costumbres”, nuestras “Sagradas Tradiciones”, y por encima de todo ello, nuestras “Familias”. Durante las seis primeras semanas, cuando nos llevaron a todos los nuevos reclutas al campamento ubicado en las cercanías del Bois de Boulogne, en ocasiones tuve miedo de no ser capaz de convertirme en un soldado. La misma idea de exterminar a un semejante poco me importaba que fuera disparándole a distancia o con un cuchillo, me daba náuseas. Y aunque me había familiarizado con el olor y el sabor de la sangre gracias a mis años de trabajo con mi padre, el arrancar una vida humana me escandalizaba. Claro que se me pasó la tontería, y los escrúpulos, la primera vez que dispararon sobre mí desde las trincheras del otro lado del frente. Ahí empecé a odiar al enemigo, a los alemanes, esas fieras traicioneras, que devoraban a los niños y rajaban el vientre de las madres, que quemaban nuestras iglesias y vejaban a las venerables abuelas.

 

Nunca olvidaré a mi primer camarada muerto, se llamaba Julien, y como yo, acababa de llegar a la primera fila. Fue todo muy rápido, alzó la cabeza durante una de las pausas de la batalla, y un francotirador enemigo le voló media cara. Se cayó encima de mí. Terminé cubierto por su sangre y sus sesos, y a falta de agua limpia, me froté las manos y la cara con ese barro rojo y maloliente que se forma en el fondo de las trincheras. Pero al mismo tiempo, despertó en mí el ansia de venganza.

 

Pocos días después, a las órdenes de un cabo se hacía llamar Monsieur Fleuri, participé en mi primer asalto. Corrimos como locos, zigzagueando, hasta alcanzar las posiciones enemigas. Las balas silbaban a mi alrededor, como mosquitos a toda velocidad, la ametralladora sonaba en mis oídos, pero yo no tenía miedo: me habían poseído las ansias de matar. Salté dentro del refugio enemigo, un hombre surgió delante de mí de entre la niebla y le clavé la bayoneta. Como se quedó enganchada entre sus costillas, al siguiente le golpeé con la culata del fusil, una vez, dos, tres, hasta dejar su cara reducida a una pulpa sanguinolenta. Salió un tercer enemigo, estrellé mi casco en su cuello, le rompí la tráquea, y se ahogó en su propia sangre. Ni tan siquiera escuché el sonido de los silbatos que nos llamaba de nuevo a nuestras posiciones. Uno de mis compañeros tuvo que cogerme del brazo, para hacerme salir de ese estado de enajenación.

 

Durante las seis semanas que estuve en el frente, participé en varias expediciones similares, algunas de ellas de noche, y mis hazañas bélicas no pasaron desapercibidas para Monsieur Fleuri ni para mi teniente. ¡Incluso fui propuesto y obtuve una Croix de Guerre! Y me gané un apodo, Le sanguinaire, el sanguinario. Nos mandaron a descansar a la retaguardia durante una semana, pero preferí no volver a París: me gustaba esa vida tan organizada, tan militar, tan diferente de la que me esperaba cuando regresase a la capital. Un año después de mi ingreso en el ejército, ya a finales de 1915, y con una sólida reputación como asesino, sucedió lo impensable: durante un ataque con gases, mientras defendía mi posición dentro de un agujero creado por los obuses, mi máscara falló, y aspiré varias bocanadas de ese veneno. Dos enfermeros que estaban por la zona me trasladaron con urgencia a la retaguardia. Ingresé en un hospital, con los pulmones medio abrasados, y estuve allí durante casi tres meses, hasta que me recuperé lo suficiente para recibir el alta. Sin embargo, me quedé allí, a las órdenes del capitán médico Claude Michelet, y gracias a él, y a su afición por conocer los efectos de diferentes sustancias en el cuerpo humano hicimos experimentos con soldados enemigos moribundos, nadie sospechó nada, aprendí muchas cosas. Fue entonces cuando me convertí en un experto envenenador, siempre estaré en deuda con él. Y en junio de 1916, con la Croix de Guerre prendida en la chaqueta del uniforme, y honrosamente licenciado y con derecho a pensión vitalicia, regresé a París, a esa vida tan distinta que me había estado esperando durante tantos años.

 

Para descubrir que, en el fondo, y a pesar de esa ronquera derivada de los gases que algunas mujeres encuentran tan atractiva, nada había cambiado. Necesitaba dinero, con urgencia, mi madre por aquél entonces ya había muerto de tuberculosis, y la única manera fue el seguir explotando mi físico privilegiado: admitirás que con mi metro noventa de estatura y mi cuerpo bien desarrollado, soy un buen partido. El aura que me rodeaba de veterano de guerra fue de gran ayuda. Pero no quería verme sometido a los caprichos de una sola amante, ya había llegado el momento de ser más selectivo, y empezar a obtener algo de todo el placer que era capaz de generar en esas mujeres viejas y aburridas. Por eso me fui introduciendo en círculos cada vez más selectos… hasta alcanzar los niveles más altos de la prostitución masculina.

 

Me estoy refiriendo, por supuesto a Madame la Duchesse de la Cafétière. Como bien sabes, ya que trabajas para su marido, esta buena señora, a pesar de su edad, más de setenta años bien cumplidos, tiene una libido de lo más desarrollada, y cierta querencia hacia los jovencitos. Fíjate que a mi edad, con mis escasos veintiséis años, ya estaba a punto de quedar fuera de su ámbito de interés, pero sin duda mis buenas referencias contribuyeron a mi elección. Al principio, se trataba de juegos inocentes, como por ejemplo a las cartas, o al billar, algo de lo que era muy aficionada, sin olvidarnos por supuesto de las interminables sesiones de sexo. Afortunadamente, mi querido capitán médico el señor Michelet, además de adentrarme en siempre interesante mundo de los venenos, me enseñó a elaborar compuestos químicos que me aseguraban unas erecciones considerables. ¡Pero vamos, no me dirás que ahora te escandalizas, mi querida Fleur! Y sobre todo, por mucho tiempo, lo cual me garantizaba el éxito en ciertos ambientes y ante ciertos retos, como la señora Duquesa. Parece mentira, tanta pulsión sexual dentro de un cuerpo tan francamente repugnante. El caso es que aguantamos casi dos años de relaciones semanales, y que tenía tiempo para mis otras amantes, de pago la mayor parte de ellas.

 

Porque sí hubo una mujer de la que me enamoré, la dulce Claudine Pasquier, que trabajaba de criada con la Duquesa ¿no te importa que castellanice el rango, verdad?. Era una cría de lo más tierna y dulce, de poco menos de catorce años, ojos rasgados, verdes, inmensos, y pechos pequeños pero exquisitamente bien formados, como terminaría descubriendo después de varios meses de paciente cortejo. Lo único malo es que era pobre como las ratas, ya que enviaba buena parte del salario a su madre, una costurera de Nantes que se estaba quedando ciega. Vale, tú pensarás que me aprovechaba de ella y de su inocencia, pero si incluso le dejaba dinero en la mesilla de noche de su miserable habitación cada vez que hacíamos el amor. Ojo, que es la única vez que me escucharás usar ese término, con las otras mujeres, simplemente follo. Pero se conoce que justamente este detalle, el dinero, la hacía sentir incómoda, sucia, humillada. Yo intenté explicarle que era por el mero cariño que le tenía… pero ella no lo entendió de esa manera, y menos cuando se quedó embarazada. Así que regresó a su casa, con mi hijo en las entrañas, a finales de 1917. Y yo me quedé solo, bueno, más bien con mis múltiples amantes, pero desde la pequeña Claudine, ninguna de ellas me hizo sentir bien, entero, limpio…

 

Aguanté todo lo que pude con la señora Duquesa, pero el asco que me inspiraba ese cuerpo viejo e insaciable iba creciendo de mes en mes. Y así surgió la idea de matarla, de vengarme en ella de todas las mujeres que me estaban utilizando como instrumento para satisfacer sus ansias sexuales. Empecé a administrarle pequeñas dosis de los mismos compuestos que te he dado a ti en la bebida, y de esa manera comenzó su declinar su salud. No quería dar pistas, ni mucho menos que se descubriera el envenenamiento. El catorce de julio de 1918, coincidiendo con la fiesta nacional, le administré la última dosis. La muerte fue plácida. Pero aquello con lo que yo no podía contar era con los celos del marido, que hasta ese punto se había mostrado tan complaciente y comprensivo, y que incluso, en varias ocasiones, me había invitado a fumar con él un cigarro habano en el gabinete después de alguna de las sesiones de sexo con su mujer. El caso es que sospechó, ya que por lo demás, la buena señora se encontraba en un estado físico envidiable, y al producirse el óbito, requirió los servicios de un amigo suyo, que se acababa de establecer en la ciudad, y que poseía unos conocimientos médicos de lo más avanzados.

 

¿Y adivinas de quién se trataba, mi querida Fleur? Pues del mismísimo capitán médico militar, el señor Claude Michelet, que me inició en el mundo de los venenos. Aquella fue mi desgracia, puesto que ambos compuestos generan un brillante y hermoso enrojecimiento de las papilas gustativas en la parte inferior de la lengua. Y claro, él no podía hacer menos que descubrirlo… y decírselo a su querido amigo. Afortunadamente, y en prevención de algún hecho semejante, yo tenía una cantidad de dinero en efectivo nada desdeñable, además de un juego de papeles falsos en un maletín junto a la cama, así que pude emprender la huida hacia territorios más cálidos e inexplorados, por lo que me instalé en Montecarlo.

 

Aquel año de 1919 fue una locura para mí. Recién llegado a una ciudad que vivía por y para el juego, el placer y la satisfacción de todo tipo de pasiones, era el lugar soñado. Tardé poco tiempo en convertirme en una presencia habitual del Casino, primero solo, luego como acompañante ocasional de una serie de damas de la alta sociedad a quienes sus maridos dejaban abandonadas en las mesas de la ruleta o en las terrazas, y que preferían dedicarse al juego. En un par de ocasiones estuve a punto de ser descubierto por maridos celosos, pero fui moderadamente feliz, al mismo tiempo que mi patrimonio se incrementaba gracias por una parte a los donativos de mis amantes, y por otra a una endemoniada racha de suerte en el juego, que me duró casi doce días consecutivos, y que me permitió obtener una pequeña fortuna que me permitiría instalarme en cualquier parte.

 

Por supuesto, con lo que no podía contar es con las ansias de venganza del querido cornudo, el Duque de la Bergamotte, quien contrató a una famosa agencia de detectives, de la que tú formas parte, para darme caza por toda Francia e incluso por el extranjero si era necesario. En el mes de febrero de 1920, descubrí a uno de tus compañeros que me miraba de manera extraña en la mesa de bacarrá, y que comprobaba una pequeña foto: aquél fue mi error principal, no llevarme el camafeo que le había regalado a la Duquesa. Por suerte, durante aquél año de desenfreno en el Principado de Mónaco había descubierto la utilidad de relacionarme con un grupo de facinerosos, de los que esperan en las inmediaciones del Casino a los afortunados ganadores para llevarse todo su dinero, y a quienes no asusta la violencia. Como tu compañero era tan torpe, no me costó demasiado seguirle fuera del Casino, y depositarlo en las amorosas manos de Monsieur Cheval y su banda… De todas formas, y por mera precaución, decidí cruzar la frontera e instalarme en la siempre cálida y acogedora España…

 

Al principio, me dediqué a vivir de las rentas, y a dejarme ver por la siempre cosmopolita y adelantada Barcelona. ¡Qué ciudad! Y ese ambiente de nuevos ricos, de burgueses que sólo respetan el dinero, y a quienes no preocupa su origen. Además, bajo mi identidad falsa, me sentía seguro… Aunque no podía contar con la tenacidad de tu agencia, tardaron poco más de seis meses en localizarme, y una vez más, tuve que matar para cubrir mis huellas lo abandoné en ese laberinto de calles que es el Raval. En esa ocasión utilicé un cuchillo, no me gustó nada la experiencia. Me trajo recuerdos de la Gran Guerra.

 

Y cambié de vida, de ciudad, me mudé a Madrid. Aunque tenía cierto capital, era necesario invertirlo con prudencia y, al mismo tiempo, sentía la necesidad de vengarme de las mujeres, por haber sido durante tantos años un mero entretenimiento, un juguete sexual… No se me ocurrió mejor idea que, aprovechando mi instinto de cazador y mis dotes de seducción, montar un burdel, no muy lejos de aquí. No te engañes, se trata de un sitio con clase, con estilo, administrado con mimo por María de las Mercedes. Si fueras hombre, te llevaría allí, para que las conocieras, seguro que disfrutabas con la experiencia, como hacen muchos de los más distinguidos clientes La Cueva del Clan Destino, ya sabes, la parte más secreta del Café Cibeles. Incluso hubieras sido una buena adquisición entre mis pupilas. Pero claro, te quedan unos cuantos minutos de vida, y tengo que terminar mi historia. Cierto es que había otro gran negocio en el que me apetecía introducirme: los fumaderos de opio. De ellos se encarga el señor FunLin, tengo dos instalados no muy lejos de aquí, ya sabes que en Madrid se puede encontrar de todo en el Barrio de las Letras.

 

No es algo que nunca me ha llamado la atención personalmente, ni las drogas, ni el tabaco, ni el alcohol: tan sólo pruebo este último para comprobar el buen sabor de mis nuevos combinados y cócteles, por los que he adquirido una fama bien merecida. El último negocio en el que me he metido es la hostelería: soy uno de los tres dueños de este maravilloso local, y trabajo, realmente, porque me divierte mucho conseguir que la gente se relaje, se olvide de los problemas, e incluso me cuente sus aburridas historias, hacen que vea mi propia vida mucho más interesante.

 

Y ahora llegamos al final: a cómo supe quién eras… y a lo que te pasará después de muerta. ¡Venga, ánimo Fleur, que ya estamos llegando al final de la partida! Al principio, es decir, hace un par de horas, pensé que eras una de tantas clientas despistadas y liberales, que han llegado al local por casualidad. ¿Pero sabes qué te delató? Tu manera de mirarme, como viendo más allá del disfraz, de mi pelo teñido de negro, y sobre todo del parche de terciopelo negro que cubre mi ojo derecho. Tranquila, que al ojo no le pasa nada, es solamente un pequeño disfraz. Bueno, eso por no hablar del camafeo, el mismo que le entregué a la Duquesa, y que tantos problemas me ha causado. Lo he visto en tu bolso, mientras ibas al baño lo has dejado sobre la barra. No te imaginas hasta qué punto me ha sorprendido, y no muy gratamente. Pero vamos, estoy casi seguro, por tu comportamiento, de que tu entrada en el local y el hecho de encontrarme,  ha sido una triste casualidad, ¿no es cierto? Parpadea dos veces si es así.

 

Buena chica Si no hubieras seguido representando tu papel de jovenzuela rebelde y un poco alocada, para así poder observarme mejor y comprobar si tu corazonada era cierta, quizás te habrías salvado. Pero tu indudable profesionalidad ha sido tu perdición. Por eso te he envenenado. Dentro de diez minutos, cierra El Café Cibeles, y encontrarás tu destino, entre las amorosas manos y cuchillos del querido Macario, el carnicero que tiene su negocio tres puertas más abajo. Le ayudaré a llevarte hasta su local por el pasadizo subterráneo al que se accede desde los servicios de caballeros. Lo hemos hecho en varias ocasiones durante los dos últimos años, dos desgraciados violadores y una mujer han conocido el filo de sus cuchillos.

 

Porque él es un excelente carnicero, aunque lo que haga con tu cadáver en la trastienda de su negocio antes de trincharte y de convertirte en excelentes filetes es algo que no me concierne. Luego, es simple cuestión de tiempo, tres o cuatro horas a lo sumo. El tuyo será un cadáver de lo más exquisito, porque el veneno se acumula en el hígado, el riñón y los intestinos, pero el resto del cuerpo sigue siendo plenamente comestible.

 

“Y las señoritingas de las casas más principales del viejo Madrid cantarán tus alabanzas, cuando prueben esos sabrosos guisos, con esa carne tan especial que, de vez en cuando, consiguen sus cocineras en la carnicería del Macario en el Barrio de Las Letras, cerca del Café Cibeles…”

 

Así que, dulce muerte para ti… Mon amour.

 

Fernando Codina

martes, 15 de agosto de 2023

BESOS DE MUERTE Y VIDA

 


“Madrid, a 14 de abril de 1877.

Querido Sebastián: ante todo, espero que todos estaréis bien, tu encantadora esposa y tus preciosos hijos un permanente motivo de alegría. Lamenté mucho enterarme de la enfermedad y posterior muerte de tu padre, a quien Dios tenga en su gloria, sobre todo cuando pienso que, de haber sucedido tan solo seis meses más tarde, tan luctuoso acontecimiento podría no haberse producido. Ya me conoces, tengo un espíritu muy abierto, en consonancia con nuestro siglo, y por eso creo que podría haberte ayudado. Cáncer, esa maldita palabra, que si viene asociada a un órgano interno como el páncreas, equivale a una condena a muerte. Aunque hay gente capaz de predecirla y, si se confirman los rumores, también de prolongar la vida…

Pero mejor comencemos por el principio, por el origen de una historia que bien podría ser una de esas leyendas de nuestro querido Gustavo Adolfo Bécquer, recientemente fallecido. Que, a fin de cuentas, los siete años que han pasado desde el día de su muerte no han hecho sino reafirmar su bien merecida fama como mago de las palabras… y en ocasiones, como augur de otros tiempos.

Todo comenzó cuando, a finales de marzo y de forma puramente casual, escuché los primeros rumores sobre un “ángel de bondad”, que dedicaba buena parte de las mañanas al alivio de los más pobres entre los pobres, aportándoles grandes dosis de caridad cristiana y favoreciendo su paso al otro mundo. Dicho “ángel” acudía sobre todo al Hospital Clínico de San Carlos (dependiente de la Facultad de Medicina), junto a la Estación del Mediodía, pero también en el Hospital de la Princesa, que fue inaugurado hace apenas veinte años, y a varios hospicios para infantes y casas para mujeres descarriadas. Dicha dama se había ganado una bien merecida fama de persona cabal y misericordiosa además de buena cristiana, pero al mismo tiempo se rumoreaba que podía predecir la muerte, y que sus intuiciones eran poco menos que infalibles.

¿Te preguntarás qué relación tiene el poder vaticinar el paso a mejor vida de otros seres humanos, con lo contrario, con haber salvado a tu padre de tan cruel enfermedad? Te pido un poco de paciencia, mi querido amigo, puesto que ni yo mismo lo sabía hasta hace escasas horas.

Como bien sabes, mi querido Sebastián, el tema del paso al otro mundo siempre me ha intrigado, y aunque de momento tengo la conciencia bien tranquila, soy por otra parte un espíritu inquieto, a quien le atraen los misterios. Y el de la existencia de una persona capaz de predecir la muerte de otros seres humanos no podía dejar de despertar mi interés.

Por ello, me decidí a investigar el asunto. Lo más sencillo, y como buen periodista, era acudir a las fuentes, en este caso a los propios médicos del centro universitario, al considerar que serían los más abiertos a hablar de este interesante caso. ¡Cual no sería mi sorpresa, al encontrarme con una firme negativa! El mismísimo Doctor Olías, jefe del departamento de medicina interna del San Carlos, me dijo, de muy malos modos: “Aquí estamos hablando de una cosa muy seria, de la vida y de la muerte, pero esto es ciencia, muy señor mío. No creemos en augures, en lectores de manos, decidores de buena fortuna ni en comunicaciones con el otro mundo. Y menos aún estoy dispuesto a tolerar cualquier tipo de infundios o de calumnias contra una de nuestras benefactoras, que destina buena parte de su tiempo en aportar cristiano consuelo a los dolientes. Doña Ana es poco menos que una santa. Así que, váyase usted de nuestras instalaciones, o me veré obligado a pedir que le expulsen.”

Ante semejante negativa, mi interés no pudo hacer otra cosa que verse reforzado, y de todas formas mi visita no había sido infructuosa, puesto que ya tenía el nombre de la misteriosa benefactora. Estuve investigando, hablando con otros médicos y pacientes más receptivos, y al final averigüé su identidad. Doña Ana de Matesanz y Monteagudo, viuda de un importante comerciante de telas, y que residía en la calle Mayor. Normalmente, la dilecta señora salía por las mañanas, apenas terminada la primera misa en la parroquia cercana a su domicilio, y empezaba su ronda, primero por el Hospital Clínico San Carlos, luego por el de la Princesa, y más tarde por varias inclusas y centros para niños abandonados y mujeres de mala vida. Y en todos ellos se destacaba por su gran caridad cristiana, por su capacidad para consolar a los afligidos con las palabras adecuadas, y por ir dejando tras ella lo que muchos denominaron como “aroma de santidad”, y que no era otro que una colonia especial que le elaboraban con ingredientes y esencias naturales en la farmacia Reina Madre, de la calle Mayor, dato este que me fue confirmado por su sirvienta a cambio de una módica suma.

Dicen que su presencia era siempre agradecida por los pacientes y sus familiares, y era doña Ana en todo caso siempre bienvenida, por su caridad cristiana y por la ayuda económica en forma de limosnas, pero con cierta reticencia. Sus manos, sus castos besos, que antes se consideraban un regalo de Dios y la mejor cura para los males del alma, se convirtieron en una maldición. Al menos eso pude averiguar hasta la tarde del pasado día 3, cuando me llegó la confirmación de una entrevista con dama tan principal.

Me perdonarás que te deje abandonado en este momento, pero es preciso que lo haga, puesto que dentro de una hora he de reunirme con la mismísima doña Ana de Matesanz para una reunión entre amigos en una sala privada del Casino Militar, y espero poder contarte más novedades sobre tan peculiar experiencia.

Tuyo afectísimo, Bartolomé Veracruz.”

 

“Madrid, a 20 de abril de 1877.

Querido Sebastián: he necesitado un par de días, para escribirte esta nueva carta, tan grande fue el asombro que generó en mi interior la “reunión entre amigos” del pasado día 14, por llamarla de alguna manera. Es un evento que me ha generado una enorme tensión emocional, y ganas tengo de explicártelo todo, pero es necesario hacerlo con orden. Así que sigamos con la historia de mi primera visita a doña Ana de Matesanz hace dos semanas, el 4 de abril. Quizás por el hecho de su trayectoria benéfica (según ciertos testimonios, se remonta a principios de los años setenta), yo me esperaba a la típica señora de cierta edad, con la espalda encorvada por el paso del tiempo, la mirada marchita y las manos temblorosas, en todo caso un personaje sabio y venerable.

Y cuál no sería mi sorpresa cuando llegué a la puerta de su domicilio, ubicado en el número 7 de la calle Mayor, en el primer piso, principal. Aprovechando las bondades del clima de nuestra ciudad, había ido caminando desde mi domicilio, que como bien sabes se encuentra en el 13 de la calle del Arenal, hasta dicha vivienda. Un portero, con deslucida librea, me franqueó el paso y, después de identificarme con una tarjeta de visita, me indicó la escalera principal. Llamé a la puerta, dotada de una misteriosa aldaba de bronce que reproducía la forma de una mano humana casi de tamaño natural que impactaba sobre un plato del mismo material, adornado con símbolos cabalísticos, que me pareció un poco fuera de lugar en casa tan importante. A los pocos instantes, dicha puerta se abrió, apareciendo un mayordomo de mediana edad, vestido con elegancia casi de otros tiempos, quien me pidió el bastón, los guantes y el abrigo y me acompañó hasta el salón, donde en penumbras me esperaba doña Ana…

 Como ya te dije antes, por su larga trayectoria en la Beneficencia, me había hecho una imagen mental de una venerable anciana, de espalda ligeramente encorvada, pelo entrecano y marchita belleza… No puedes imaginar mi sorpresa al distinguir entre las sombras de la habitación un rostro joven y terso, de mirada vivaz e inteligente y piel blanca, pero con la lozanía de una joven. Su cuello era largo y bien proporcionado, y cuando se puso en pie para recibirme, pude observar que su cuerpo menudo, a pesar de las discretas ropas de luto, se mantenía joven y flexible. Afectuosamente, me tendió una mano, enguantada de satén negro, y me la estrechó con singular fuerza y de manera un tanto masculina al saludarme. En la otra mano portaba mi tarjeta, así que las presentaciones fueron completadas en escasos minutos.

“Don Bartolomé, he de admitir que despertó usted mi curiosidad, cuando el mayordomo me entregó su tarjeta hace un par de días, solicitándome una entrevista. Pues no comprendo el interés que puede generar en todo un periodista de El Imparcial una pobre viuda como yo, dedicada a obras de caridad…”, me dijo doña Ana, con una voz tersa y suave.

“En estos momentos estoy preparando un artículo sobre la atención a los niños y a las mujeres descarriadas en la ciudad”, improvisé con escasa convicción, “y diversas personas me la han recomendado por su piedad y su obra social. Por ello, me gustaría hacerle algunas preguntas para establecer su trayectoria, y contar sus vivencias…”

“Pues en verdad, creo que es algo que siempre he llevado en mi interior, el deseo de hacer el bien a mis semejantes, sobre todo a los más débiles y necesitados, como son los niños, las pobres mujeres… Como usted sabrá, me casé muy joven, con un caballero de mediana edad, don Ignacio de Matesanz. Su mayor deseo era tener descendencia lo antes posible, y tardé poco tiempo en quedarme embarazada por primera vez, mas perdí a la criatura. Otras dos veces estuve esperando tan feliz acontecimiento, el último de ellos incluso llegó a respirar durante dos semanas, pero murió por causas misteriosas mientras dormía. Mi marido no pudo soportar la pena por el fallecimiento de su heredero, un varón a quien llamábamos cariñosamente Huguito, y se fue consumiendo en la melancolía. Tres meses más tarde, falleció, el 12 de octubre de 1872. En total, estuvimos casados cinco años, me quedé embarazada tres veces, y al final me encontré de nuevo sola (soy huérfana desde muy temprana edad). Por suerte, mi esposo tenía un cierto capital, sabiamente invertido en varias compañías comerciales y de importación, y por ello no necesito trabajar ni dedicarme a otras actividades. Pero yo sentía la necesidad de ayudar al prójimo, a los pobres, a los necesitados. Algo con lo que colmar mis días y mis noches, que se iban sucediendo monótonas y sin utilidad. Y fue entonces cuando conocí a un grupo de piadosas señoras, la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, a través de doña Mercedes Rodríguez, una querida amiga. Y fue ella quien me habló de su misión, de su labor social, tan pionera, tan acorde con nuestro tiempo y tan devota a la par.”

“¿Y cómo funciona dicha asociación?”, le pregunté, barruntando como poco una historia de tinte social en estas confidencias.

“Es muy sencillo. En una modesta vivienda facilitada por Doña María de la Encarnación Sotomayor y Monteancho, a quien sin duda conocerá, hemos establecido un santuario mariano, para la adoración perpetua de una imagen de la Inmaculada. Nos turnamos para rezar, día y noche, un grupo de damas de lo más heterogéneo, pero todas ellas de gran piedad. Respetamos escrupulosamente nuestros turnos, y cuando hemos terminado con estas devociones sagradas, recorremos los hospitales y hospicios e inclusas, para aportar la paz de Cristo a los más necesitados. Nos dirige, fortalece, asesora, consuela e inspira un sacerdote dominico, el Hermano Salvador. Y ahora, si me perdona el atrevimiento, he de dejarle, pues debo cumplir con mi turno de oración y recogimiento… A no ser que usted prefiera acompañarme hasta la puerta de nuestro santuario. Está muy próximo, podemos llegar dando un pequeño paseo.”

Movido por la curiosidad, acepté la invitación, y fuimos caminando en silencio hasta una vivienda situada en las cercanías del Palacio Real. No pude ver gran cosa, tan solo un corto pasillo en penumbra, y al fondo, un salón en el cual se encontraba ubicado un altar de considerables proporciones, con una imagen de la Virgen de inquietante realismo. Delante de él, dos reclinatorios componían el único mobiliario. Cuando entramos, doña Ana me presentó a las otras dos adoratrices, cuyo nombre he olvidado, y a quien sería su compañera durante las siguientes horas de oración y recogimiento, doña María de las Mercedes Ortiz.

“Doña Ana, con sus palabras, ha despertado mi curiosidad, y me gustaría poder acompañarla en alguna de sus rondas caritativas, para darle más detalles a los lectores sobre su función en los distintos asilos…”, le dije, deseando mantener el mayor tiempo posible la atención de aquellos ojos azules que me tenían completamente hechizado.

“Me parece perfecto, don Bartolomé. Si lo desea, podemos quedar a las ocho de la mañana, en la puerta de mi vivienda, que usted ya conoce. Espero que no le moleste madrugar, y caminar un poco…”

“Allí estaré”, le dije. Nos despedimos, otra vez, con un fuerte apretón de manos, y volví andando hasta mi casa. Me enfrentaba a sentimientos contradictorios: por una parte, respetaba a aquella mujer, con indudable halo de santidad, me llamaba mucho la atención su actividad religiosa, pero por otra, no me sentía orgulloso del engaño del que me había valido para entrar en contacto con ella… Y en tercer lugar, aunque eso estaba muy lejos de admitirlo, me sentía indudablemente atraído por esa melena negra, esos ojos azules y esa boca de grana, además de por ese menudo cuerpo cuyas formas apenas distorsionaba el vestido de luto riguroso…

Por todo ello, y para tranquilizar mi conciencia, fui a hablar con don José Altabella, el director del periódico, y le propuse la escritura de un artículo sobre la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, doña Ana y las otras señoras, además de su labor social, obteniendo su beneplácito: “Siempre es de agradecer un poco de caridad cristiana, vivimos unos tiempos duros, y un artículo de interés humano como este podrá reforzar nuestra imagen de cara al núcleo más tradicional de nuestros lectores.” Confortado secretamente por las palabras del director, estuve un par de horas en la redacción, hablando con otros compañeros, y me fui a mi casa. Mi madre me recibió con afecto, y cenamos juntos. He de admitir que Sabina, la cocinera a quien ya conoces, hace las mejores croquetas de todo Madrid, y que la sopa de fideos aquella noche me supo deliciosa, por lo que me acosté con la mejor disposición de ánimo para lo que me esperaba el día siguiente…

Y con esto llegamos al día 5 de abril. Nervioso como un enamorado en su primera cita, me levanté con las primeras luces, antes incluso de que el sereno diera su ronda de las seis, me dirigí al cuarto de baño y me lavé lo mejor posible, poniendo especial cuidado en afeitarme y perfumarme (ya sabes que siempre uso Álvarez Gómez), para vestirme como todo un caballero. La noche anterior lo había dejado todo listo, y fiel Sabina ya me tenía listo el desayuno. El caso es que a las siete y cuarto de la mañana ya estaba saliendo de mi casa, y a las ocho menos veinte ya me encontraba en la puerta de doña Ana. A la hora en punto, ella salió, y me saludó afectuosamente, con ese apretón de manos un tanto masculino pero que tan bien le sentaba. Vestía, como la víspera, de luto riguroso, con el cabello recogido en un moño y tocado por un airoso sombrerito del mismo color, y llevaba sus guantes de satén. Calzaban sus pies unos prácticos botines. Aquella mañana nos movimos sobre todo por la zona centro de Madrid, visitando en primer lugar una casa de infantes. Allí estaban una veintena de niños, desde las pocas semanas hasta los cuatro años, atendidos por dos monjas y cuatro seglares.

“Nuestra función”, me dijo doña Ana, “es muy sencilla, aportar un poco de consuelo a estas pobres almas. Estos niños en su mayor parte han sido abandonados por sus madres, y necesitan de nuestro cariño. Nunca menosprecie usted el valor de un abrazo, del afecto de una madre, incluso de un beso, en estos pequeños: está científicamente demostrado que el índice de mortandad se dispara entre quienes carecen de estas muestras de cariño. Por eso, siempre dedicamos un tiempo, como usted verá, a jugar con ellos, a asistirlos cuando los bañan, o simplemente cogerlos en brazos musitando una canción…”

Y pude observar, en un discreto segundo plano, cómo se inclinaba sobre las cunas, alzando a algunos niños, acunándolos contra su pecho, o simplemente haciendo monerías para conseguir que sus risas cristalinas se adueñaran del aire.

“Además, esto me sirve de consuelo, puesto que pienso en mi querido Huguito, en lo mucho que me habría gustado que viviera, poder cuidarlo, mimarlo, igual que hago con estos hijos del pecado y de la tristeza…”

“¿Acaso nunca ha pensado en volver a casarse?”, le pregunté, temiendo un poco la respuesta…

“No puedo hacerlo. Firmé un compromiso prematrimonial, y si vuelvo a casarme, perderé todo mi patrimonio, y eso es algo que no puedo permitirme, ni siquiera a cambio de un hijo propio… Pero esa es otra historia, a fin de cuentas, soy una mujer de mi tiempo, y hago lo posible por disfrutarla. ¿Le importa sostener a este niño, mientras aviso a la hermana Anunciación? Me parece que Luisito no se encuentra del todo bien…”

Y efectivamente no lo estaba, puesto que minutos después me vomitó copiosamente sobre el abrigo. Menos mal que las hermanas tenían a mano una palangana, con agua caliente y jabón, y pudieron resolver el problema. Seguimos la ronda por aquella institución, y luego por otras tres más, y en todas ellas se repetía la misma maniobra: abrazos, caricias a los infantes, juegos, buenas palabras para las jóvenes madres. Observé que no se había quitado los guantes durante todo el tiempo, pero que de vez en cuando, cogía en brazos a algunos de los niños y, después de mirarlos con lástima infinita, les acariciaba la frente, los pequeños brazos o las piernas con ternura antes de depositarlo de nuevo en la cuna, en brazos de la madre o de una de las hermanas. En aquella ronda de visitas, lo hizo en un par de ocasiones, el último de ellos fue un niño rubio, de unos cuatro años, a quien sostuvo en brazos y dio varios cariñosos y prolongados besos. “Se llama Pedrito, y es muy listo. Tiene muchas ganas de aprender sus primeras letras… es una lástima…”, me dijo, ensimismada, al salir del último hogar de acogida. “¿Le importa si nos refugiamos en aquél café? Ya son las once de la mañana, y empiezo a estar cansada”.

Y eso hicimos, entramos en un pequeño café de la calle Atocha, nuestra última visita del día sería al San Carlos. “De vez en cuando, me olvido de mi edad, que no en vano estoy a punto de cumplir veintiséis años… ¿Le sorprende acaso que admita mi juventud?”

“Quizás un poco sí, doña Ana”, le respondí, notando que empezaba a enrojecer, y por cambiar de tema, le pregunté: “¿Por qué dice que es una lástima lo de Pedrito?”

Y ella me respondió: “Porque morirá antes de una semana…”

Me quedé estupefacto, cambié de tema, creo que hablamos del tiempo. Hicimos la última visita al San Carlos, donde fue acogida con cariño por muchas de las madres y perseguida por una turba de niños, aunque me di cuenta de que no besaba a ninguno de ellos. A la una de la tarde, al verla muy pálida, le propuse coger un carruaje para volver hasta su casa, y nos despedimos en el zaguán.

“¿Cree usted que ya tiene suficiente material para su artículo, mi querido amigo?”

“Me parece que sí… Aunque es cierto que me complacería verla en otra ocasión, por ejemplo, el día en que lo publique, para observar su reacción. O quizás incluso acompañarla en otra de sus visitas”, le respondí, un poco avergonzado por mi osadía…

“Me parece perfecto, querido amigo. Si usted me hace llegar un ejemplar de El Imparcial, tendré un gran placer en leerlo, e invitarle a un café en mi casa.”

Y eso hice precisamente: al salir publicado mi artículo, el pasado 10 de abril, le envié un ejemplar a doña Ana, a quien no había vuelto a ver desde el día 5, lo que me parecía una eternidad de tiempo, así como una caja de bombones de una prestigiosa pastelería, para agradecerle su atención. El cochero me trajo su respuesta, una pequeña tarjeta en la que me invitaba a tomar el té en su casa aquella misma tarde. Estuvimos hablando de muchas cosas, me sorprendió muy gratamente su nivel cultural, su independencia, su frescura, y a las ocho la acompañé a la sede de la Adoración, puesto que debía realizar su turno, no sin antes quedar con ella para una nueva ronda de visitas el día siguiente, con el pretexto de interesarme por aquellos rapaces a los que había conocido la otra vez. Ella accedió a mis pretensiones, aunque pude notar, o eso me pareció, algo de tristeza en sus ojos.

El día 11 de abril realizamos la visita… Pero en este momento, he de dejarte, querido Sebastián, y mañana prometo contarte el final de la aventura.

Tuyo afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”

 

“Madrid, 21 de abril de 1877.

Querido Sebastián, procedo a contarte el resto de la historia. No seas demasiado cruel conmigo al recibir estas letras, puesto que ya sabes que de toda la vida he sido muy enamoradizo, y nadie puede culparme por ello.

El caso es que el 11 de abril realizamos la misma visita que la vez anterior, recorriendo los hospicios, hospitales y casas de acogida. Pude ver de nuevo el cariño de las Hermanas, del personal auxiliar, de las madres, hacia doña Ana. Cuando llegamos a la casa de la calle Comendadoras, recordé al bueno de Pedrito, ese niño de cuatro años y cabello dorado con tantas ganas de aprender. Me extrañó mucho no verle, así que le pregunté a una de las cuidadoras. “¡Señor, qué gran desgracia! Apenas dos días después de la visita de doña Ana en la que usted la acompañó, el pobrecito dejó de respirar durante el sueño, y murió. ¡Una lástima, todos le queríamos tanto!” En ese momento, miré a mi acompañante, y detecté en el fondo de su mirada azul algo que no me gustó, una oscuridad primigenia, ancestral. Duró solamente un instante, el tiempo que tardó en asomar a sus ojos una lágrima, para la cual le ofrecí raudo y veloz mi pañuelo. Ella estuvo llorando unos minutos, luego logró dominarse, se secó los ojos y me devolvió mi pañuelo de hilo de Escocia (que todavía conservo). Terminada nuestra ronda en el San Carlos (aquella fue la última parada), nos tomamos un café juntos, y la acompañé de nuevo a su casa. Tres días más tarde, el 14 de este mes me invitó a “una reunión de amigos en el Casino Militar. Se ruega asistir de negro riguroso.”

Quedamos en la puerta de tan noble institución a las nueve de la noche. Doña Ana en esta ocasión vino en un carruaje, el cochero la ayudó a bajar. “Querido amigo”, me dijo, “considero necesario el que usted me acompañe en esta reunión, porque de lo contrario, no podrá usted comprenderme ni aceptar lo que le ofrezco… Le ruego que sea discreto, y que espere al final de la ceremonia, junto a los demás invitados…”

Y tras esto, entramos en el Casino. La amplia habitación apenas si estaba iluminada por los faroles de gas. Nos pusimos en círculo, una decena de sombras oscuras, y esperamos en silencio. Las luces se atenuaron incluso más, y dos enfermeras, vestidas de blanco, entraron, empujando una silla de ruedas. En ella se encontraba un anciano, de rostro y cuerpo consumido, que respiraba con dificultad. Se hizo el silencio más absoluto. En ese momento, entraron en la habitación seis figuras, con holgadas túnicas de capucha negras. Sonó una extraña música. Las figuras se acercaron, y dejaron caer los ropajes. Reconocí a una de ellas, era doña Ana. Vestidas con un lienzo de blancura inmaculada, se fueron aproximando a la silla de ruedas. Levantaron entre varias al anciano, y lo tumbaron sobre una especie de cama en el centro de la habitación. Le despojaron de toda su ropa. Y empezaron a besarlo, en la boca, en la frente, en el pecho, por todo el cuerpo, incluyendo el miembro viril, como si estuvieran adorando algo sagrado o realizando una ceremonia pagana. Y sucedió. Poco a poco, entre los besos y las caricias de las mujeres, el hombre fue cambiando, recuperando la juventud, hasta que, convertido en un adolescente de singular belleza, bajó de la mesa, besó con pasión a cada una de las mujeres y, vestido con una túnica roja que le pusieron ellas, se alejó en medio de un silencio sepulcral, que fue interrumpido por una salva de aplausos. ¿Qué era lo que había visto?

Esperé a Doña Ana en la puerta del Casino, tal y como habíamos quedado. La acompañé a un café cercano, y ella empezó a hablar…

“Lo que ha visto, es una ceremonia de vida. Somos las Servidoras de un Príncipe Oscuro. Tenemos el don y la obligación de quitar la vida a los Inocentes, le ofrecí la de mi propio hijo, el mayor sacrificio y compromiso de una madre, para devolvérsela a nuestro Señor, un antiguo Mago, de edad desconocida. Robamos la vida de los niños mediante un beso (por eso mueren unos días después, les hemos quitado toda la fuerza vital), y la conservamos en nuestro interior, para transferirla a nuestro Señor mediante otro beso. A cambio de ser las Mensajeras de la Muerte, conservamos la juventud eterna. Es lo que soy, una asesina de niños, mi querido amigo… Nacida en Bilbao en 1584, hija de una familia de hidalgos, le he seguido con su Corte itinerante por media España, y le he sido fiel. Cada pocos años, cambiamos de ciudad, incluso de país, nos camuflamos entre las personas normales. Dentro de diez días saldremos hacia París, para no volver… Pero al mismo tiempo, soy una pobre mujer de casi 300 años, que se ha enamorado de un mortal… No puedo dejar de seguir matando inocentes con un beso, ni dejar de servir a mi Amo… Pero te ofrezco compartir la inmortalidad, si la aceptas…”

Y acepté, mi querido Sebastián. Con un beso de doña Ana se habría podido salvar la vida de tu padre, pero sería a cambio del óbito de otro niño inocente. ¿Es acaso un precio demasiado elevado por huir de la muerte, y estar con la mujer amada, al servicio de un Señor Oscuro? Yo escogí libremente, abandonarlo todo y seguirla a ella… Doña Ana… y la inmortalidad…

Tuyo afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”

jueves, 24 de enero de 2019

LA VENGANZA DE GRETEL



Tranquilo, Hansel, no te preocupes. Tendrás tu venganza, aunque sea desde la tumba…
Todo empezó para nosotros el año pasado, cuando nuestro padre, un honrado leñador se juntó con la curandera del pueblo. Se habían conocido hace algún tiempo, fue ella quien ayudó a morir a nuestra madre, que tenía un cáncer de senos que los conocimientos médicos de nuestra época no permitían curar, y la pobre se había ido pudriendo poco a poco, mes tras mes, en medio de impresionantes dolores. Hasta que llegó un día en que nuestro padre, desesperado, fue a pedirle ayuda a Hermione: “Dame algo, que le quite los dolores a mi mujer”, le pidió desesperado. Y ella le respondió: “Puedo hacerte un cocimiento de hierbas y otros elementos, que le quitarán todos los dolores, pero también la vida.” Y nuestro padre aceptó.

Hermione se desplazó desde su casita en el centro del pueblo, hasta nuestra explotación maderera; se fue al bosque para recoger los elementos, volvió a media tarde, y empezó a preparar la poción. “Raíz de eléboro, cardamomo, grosella fresca para el sabor, un poco de ajenjo, estricnina, y una buena dosis de mi ingrediente secreto deberían bastar”, le dijo a nuestro padre, “pero tendrás que vigilar la cocción durante toda la noche, para que no llegue a hervir por completo, y con el amanecer se la das.”

Y nuestro padre le hizo caso, ¿lo recuerdas, Hansel? Nuestra madre murió a mediodía, simplemente se fue quedando dormida, y en un momento dado, dejó de respirar. Yo pensaba que una vez desempeñada su misión, Hermione se iría de nuestra casa, pero no fue así. Empezó a venir cada pocos días a nuestra casa, para consolar a nuestro padre, trayéndole distintas pociones, caldos y sopas, abrazos y cariño, hasta que dos semanas después de la muerte de nuestra madre, la malvada Hermione se presentó en nuestra casa, con un carro cargado hasta los topes y una mula vieja tirando de él. “He venido a estar con vosotros, porque vuestro padre me necesita”, nos dijo. Luego nos enteramos de que había vendido su casucha en las lindes del pueblo, y de que su traslado sería permanente.

Los primeros meses no estuvieron mal del todo, ¿verdad, Hansel?, nuestro padre parecía incluso bastante feliz con los cuidados de la bella Hermione: tenía esa sonrisa curiosa cuando ella estaba cerca, comíamos sus sabrosos guisos, y ella se ocupaba de darle a menudo su famoso “tónico reconstituyente”. También se metió en los negocios de la familia, y empezó a despedir a los leñadores de la serrería, argumentando que “para eso tienes dos hijos como dos soles, que no hacen nada más que estudiar y leer. Ya va siendo hora de que se integren en el negocio familiar.”

Al principio no nos molestó cambiar los libros y los cuadernos por el manejo de las hachas y las sierras, a nadie le desagrada un poquito de deporte, aunque tú echabas de menos las lecciones de matemáticas del pueblo, quizás por la belleza de la maestra, y yo las prácticas de veterinaria, siempre se me habían dado bien los animales, las pociones… Pero fueron pasando los meses, hasta que llegó un momento en el que nosotros no teníamos las fuerzas necesarias para cortar los árboles y preparar la madera, y Hermione se negaba a contratar a más empleados. Al final, estábamos solamente el viejo Sebastian y Paulus, el aprendiz. 

También fueron disminuyendo los encargos del pueblo, puesto que se corrió la voz de que no éramos capaces de atenderlos. En poco más de un año, Hermione había trastocado por completo nuestras vidas, estábamos en la ruina, y nuestro padre, completamente rendido a sus encantos.

Pero ella quería más, quería su alma: una noche, la seguimos hasta el corazón del bosque, y allí, en medio de un claro, se encontró con un ser extraño, mitad hombre, mitad cabra, al que le prometió el alma de nuestro padre, y las nuestras, para conseguir la belleza y el poder inmortal. Nosotros volvimos corriendo a casa, y se lo contamos a nuestro padre, pero él no nos creyó; y Hermione se ocupó de borrar en su mente el recuerdo con una nueva poción. Desde aquella noche, no nos cupo duda alguna de que estábamos en manos de una bruja.

Dos días después, un buhonero, que se detuvo en nuestra casa, nos habló de una mujer sabia, que vivía en lo más profundo del Bosque de las Siete Colinas, ubicado en el reino vecino, que nos podría ayudar a romper el encantamiento y a derrotar a Hermione. “Tenéis que seguir el rumbo sud-sudeste durante una semana a buen paso, para llegar a la casa de Lady Macbeth, pero mucho cuidado de no perder el camino”, nos advirtió.

Al día siguiente, nos despedimos de nuestro padre y de Hermione, con la promesa de volver en un mes con la solución para todos nuestros problemas. Para no perdernos, fuimos dejando un rastro de piedras lo más recto posible teniendo en cuenta la posición del sol al amanecer, pero nos perdimos, y volvimos al mismo punto de salida, después de haber caminado todo el día en vano. Hermione nos miró con mala cara, y con una extraña sonrisa en la mirada. Descansamos un poco, y el siguiente amanecer nos pilló en ruta. Dejamos un nuevo rastro, esta vez con migas de pan, para no confundirnos, pero los pájaros se las comieron, y nos encontramos de nuevo en la serrería.

Entonces se te ocurrió la idea de visitar al viejo profesor de matemáticas, que en sus tiempos había sido un famoso explorador, y este nos dio su brújula, y nos enseñó a manejarla, para que no nos perdiésemos. Al amanecer del cuarto día, emprendimos de nuevo el camino, y Hermione nos saludó cariñosamente desde la puerta de la serrería. “¡Buen viaje, queridos niños! ¡Que mis bendiciones os acompañen!”

Durante una semana entera, fuimos caminando, primer por nuestro bosque, y luego por el de las Siete Colinas, siguiendo el rumbo indicado. Atravesamos ríos, escalamos montañas, descendimos valles y colinas, siempre en la dirección marcada por la brújula, mientras iban disminuyendo las provisiones que habíamos cogido en casa y teníamos que cazar pequeños animales para alimentarnos. Y al final, en el corazón del bosque, tal y como nos había dicho el buhonero, encontramos la casa. Era una edificación extraña, toda de piedra, de dos plantas, con rejas en las ventanas, tejado de dos aguas y un curioso buzón con forma de perro donde ponía Lady Macbeth. Daba un poco de miedo, pero al menos habíamos llegado a nuestro destino.

Llamamos a la puerta, y salió a recibirnos el ama de llaves: “Bienvenidos, viajeros. Lady Macbeth vendrá enseguida a atenderos, pero quizás antes os apetezca tomar una infusión y unas pastas, para quitaros el frío del cuerpo.” Nos sentamos a ambos lados de una mesa, comimos unas cuantas pastas, y nos bebimos el té… Y no recuerdo nada más. Oí tus gritos, hermano, cuando te metían en la pequeña jaula del sótano; a mí me estaban vistiendo de criada, y explicándome mis labores en la casa, si quería que te perdonaran la vida. Conocí a Lady Macbeth, una mujer que enseguida me recordó a nuestra madrastra. Más tarde me enteré de que todo había sido un engaño, las dos eran hermanas, y el buhonero uno de sus sirvientes.

Y pasaron las semanas. Todas las mañanas, Lady Macbeth se acercaba a tu jaula, y te pedía que sacaras un dedo, para ver si habías engordado lo suficiente; pero tú preferías no comer y morirte de hambre, antes que servirle de alimento. Intentaste engañarla con un hueso de pollo, pero se dio cuenta enseguida. Y hace dos días, te moriste ante mis ojos, y Lady Macbeth se hizo una sopa con tu cuerpo. Todos los empleados de la casa la comieron.

Y todos ellos murieron, por las semillas de acónito y otras hierbas que había recogido en el bosque aquella última mañana. No pude salvarte la vida, querido Hansel, pero al menos he empezado a vengar tu muerte. Mañana volveré a casa, con tu cabeza metida dentro de un saco, para enterrarla junto a la tumba de nuestra madre.

Y obtendré mi venganza, cuando antes de matarla, le enseñe a Hermione la cabeza de Lady Macbeth, que llevo en otro saco…


miércoles, 14 de noviembre de 2018

UNA CRUZ DE MADERA



Nunca he creído en los fantasmas, en los aparecidos, las almas en pena, los dioses ni los mismos demonios. Y, sin embargo, solamente recurriendo a términos parecidos puedo tratar de describir lo que vi ayer por la tarde, en el campo de batalla.

Los combates comenzaron muy pronto. Al amanecer, desde las trincheras enemigas, se escucharon los primeros toques de corneta. Después de tanto tiempo, te los acabas aprendiendo. Uno solo, hora de despertarse; dos toques, a formar para la revista; tres, la comida está lista; cuatro, empezamos el ataque.

Levábamos dos días casi sin dormir, puesto que el cañoneo no se interrumpía ni siquiera por la noche. Al menos dos veces por hora, los ingleses hacían rugir sus obuses, lanzándolos a ciegas, con la esperanza de hacerlos caer en nuestras trincheras. Unas veces eran simples cargas explosivas, pero otras, los proyectiles estaban rellenos de gas mostaza. Claro que nosotros, siguiendo las órdenes del káiser, hacíamos lo mismo.

La guerra ya no era un oficio de caballeros, tal vez en los combates aéreos (podíamos verlos sobre nuestras cabezas al amanecer) las normas fueran distintas; pero para los soldados de infantería, era una cuestión de vida o muerte el estar pendiente de las rachas de viento, de su caprichoso deambular por el campo de batalla.

Los tres toques de corneta ya habían sonado, y nuestros propios cocineros ya estaban recogiendo ollas y cacerolas (hoy habíamos desayunado algo parecido a un café con leche aguado, una porción de margarina y otra de pan negro), cuando el viento empezó a soplar con fuerza en nuestra dirección. El ataque era inminente.

Yo estaba de guardia en la primera línea de defensa, en el puesto de observación. Frente a mí se extendía la tierra de nadie, plagada de muertos, de caballos eviscerados, proyectiles sin estallar, agujeros de obuses, restos de carros, alguna ametralladora y una mezcla de objetos difíciles de identificar, que poco a poco iban sumergiéndose en el barro de las llanuras del Somme. Las trincheras del enemigo estaban a pocos centenares de metros, pero podrían haber estado al otro lado del mundo. Solamente las ratas sacaban partido de tanta muerte, los cuerpos de los caídos se movían en los agujeros de los obuses, y algunas de ellas habían alcanzado el tamaño de perros pequeños. Y el olor a podredumbre lo invadía todo.

Matar o ser matado, ese es el único objetivo del soldado en el campo de batalla. Nunca te planteas a quién estás disparando, ni siquiera por qué lo haces. Hay que cumplir un objetivo militar, obedecer a los jefes, luchar por nuestro káiser, por nuestro país. Los sargentos, como Kroipmen y Shulze, nos hablaban siempre del honor, de la patria, pero cómodamente refugiados en el búnker de intendencia, bien lejos de la primera línea de combate y del azote de la muerte. Era una manera de motivarnos menos efectiva que prometernos los quince minutos de gloria con las hermosas taberneras, especialistas en satisfacer a los sedientos soldados en más de un sentido. Pero a mí ya no se me levantaba, ni siquiera con las atenciones de la cariñosa Laura. Había visto demasiada muerte, demasiada destrucción.

Con los nervios en tensión, miraba las trincheras del enemigo, esperando a que sonaran los cuatro toques de corneta y diera comienzo el ataque. Sonaron. Las grandes ametralladoras y los morteros abrieron fuego, para proteger nuestro avance; incluso los cañones de campaña escupieron sus grandes proyectiles cargados de gas mostaza sobre el terreno del enemigo. Las balas rebotaban en las piedras, se hundían en el barro, en los cuerpos de los caídos, incluso algunos cadáveres se alzaban en el aire al ser alcanzados por las bombas de mano. Durante diez minutos se prolongó la tormenta de fuego. Y después, el capitán Von Braun dio la orden de ataque.

Siempre me había gustado ese oficial: lo suyo era dar ejemplo, era de los primeros en salir de las trincheras, empuñando la pistola con la diestra, y una granada de mano en la izquierda. Le poseía el ardor guerrero, y era capaz de transmitirlo a sus soldados. Gritando órdenes. Animando. Luchando. Agitando la pistola adelante y atrás, mientras buscaba al enemigo.

Y éste respondía al ataque. En medio de una lluvia de balas, nuestra patrulla avanzaba hacia las otras trincheras, atravesando a la carrera la tierra de nadie. El resto del batallón nos seguía a escasa distancia, lo sé porque oía sus gritos, y de vez en cuando giraba la cabeza para comprobarlo: esa extraña sensación de aislamiento que te invade en medio de la batalla. Como si el tiempo se detuviera.

Y entonces, sucedió.

Sonó una gran explosión, caí al suelo, dentro del cráter de un obús. Me quedé paralizado unos minutos. Me dolía todo el cuerpo. Flexioné los dedos de la mano izquierda, de la derecha, sacudí la cabeza, pero estaba sordo por la explosión. Como pude, me arrastré fuera del orificio, y allí estaba el capitán Von Raum. Parecía estar ileso. El resto de la patrulla había sido aniquilada, solamente quedábamos nosotros dos en pie. Por señas, le indiqué que se pusiera la máscara anti gas, cosa que no tardó en hacer a pesar del aturdimiento.

Y entonces la vi surgir entre los gases. Una niña pequeña, de unos siete años de edad, descalza, vestida con un camisón blanco. Tenía el pelo largo y rubio, rizado, que le caía en cascada sobre los hombros. Y llevaba un osito de peluche arrastrando por el suelo. Su brazo izquierdo estaba lleno de sangre.

Medio asfixiándome a pesar de la máscara, me detuve delante de ella, le puse los brazos sobre los hombros, y le pregunté quién era y qué hacía allí, en medio del campo de batalla. No me respondió, supongo que estaba en estado de shock por el miedo, por las explosiones o por la herida. Von Raum también la vio, vino corriendo hacia donde estábamos los dos y, quitándose la guerrera, se la puso sobre los hombros a la niña. La cogí entre mis brazos, colgando  mi fusil de mi hombro derecho, y emprendimos el regreso hacia nuestras trincheras, llevando a la niña como si fuera una preciosa carga. Los gases se estaban despejando a nuestro alrededor, el enemigo seguía disparando, veíamos rebotar las balas por todas partes, pero aquella mañana del seis de junio de 1917 ninguna de ellas nos alcanzó.

A nosotros.

¿Quién era esa niña, de dónde había salido? Nunca lo supimos. Cuando ya estábamos a punto de alcanzar nuestras líneas, noté cómo la niña se estremecía entre mis brazos. Una bala perdida se había incrustado en su nívea frente, terminando con su vida.

La enterramos en retaguardia, bajo una cruz de madera.