miércoles, 14 de noviembre de 2018

UNA CRUZ DE MADERA



Nunca he creído en los fantasmas, en los aparecidos, las almas en pena, los dioses ni los mismos demonios. Y, sin embargo, solamente recurriendo a términos parecidos puedo tratar de describir lo que vi ayer por la tarde, en el campo de batalla.

Los combates comenzaron muy pronto. Al amanecer, desde las trincheras enemigas, se escucharon los primeros toques de corneta. Después de tanto tiempo, te los acabas aprendiendo. Uno solo, hora de despertarse; dos toques, a formar para la revista; tres, la comida está lista; cuatro, empezamos el ataque.

Levábamos dos días casi sin dormir, puesto que el cañoneo no se interrumpía ni siquiera por la noche. Al menos dos veces por hora, los ingleses hacían rugir sus obuses, lanzándolos a ciegas, con la esperanza de hacerlos caer en nuestras trincheras. Unas veces eran simples cargas explosivas, pero otras, los proyectiles estaban rellenos de gas mostaza. Claro que nosotros, siguiendo las órdenes del káiser, hacíamos lo mismo.

La guerra ya no era un oficio de caballeros, tal vez en los combates aéreos (podíamos verlos sobre nuestras cabezas al amanecer) las normas fueran distintas; pero para los soldados de infantería, era una cuestión de vida o muerte el estar pendiente de las rachas de viento, de su caprichoso deambular por el campo de batalla.

Los tres toques de corneta ya habían sonado, y nuestros propios cocineros ya estaban recogiendo ollas y cacerolas (hoy habíamos desayunado algo parecido a un café con leche aguado, una porción de margarina y otra de pan negro), cuando el viento empezó a soplar con fuerza en nuestra dirección. El ataque era inminente.

Yo estaba de guardia en la primera línea de defensa, en el puesto de observación. Frente a mí se extendía la tierra de nadie, plagada de muertos, de caballos eviscerados, proyectiles sin estallar, agujeros de obuses, restos de carros, alguna ametralladora y una mezcla de objetos difíciles de identificar, que poco a poco iban sumergiéndose en el barro de las llanuras del Somme. Las trincheras del enemigo estaban a pocos centenares de metros, pero podrían haber estado al otro lado del mundo. Solamente las ratas sacaban partido de tanta muerte, los cuerpos de los caídos se movían en los agujeros de los obuses, y algunas de ellas habían alcanzado el tamaño de perros pequeños. Y el olor a podredumbre lo invadía todo.

Matar o ser matado, ese es el único objetivo del soldado en el campo de batalla. Nunca te planteas a quién estás disparando, ni siquiera por qué lo haces. Hay que cumplir un objetivo militar, obedecer a los jefes, luchar por nuestro káiser, por nuestro país. Los sargentos, como Kroipmen y Shulze, nos hablaban siempre del honor, de la patria, pero cómodamente refugiados en el búnker de intendencia, bien lejos de la primera línea de combate y del azote de la muerte. Era una manera de motivarnos menos efectiva que prometernos los quince minutos de gloria con las hermosas taberneras, especialistas en satisfacer a los sedientos soldados en más de un sentido. Pero a mí ya no se me levantaba, ni siquiera con las atenciones de la cariñosa Laura. Había visto demasiada muerte, demasiada destrucción.

Con los nervios en tensión, miraba las trincheras del enemigo, esperando a que sonaran los cuatro toques de corneta y diera comienzo el ataque. Sonaron. Las grandes ametralladoras y los morteros abrieron fuego, para proteger nuestro avance; incluso los cañones de campaña escupieron sus grandes proyectiles cargados de gas mostaza sobre el terreno del enemigo. Las balas rebotaban en las piedras, se hundían en el barro, en los cuerpos de los caídos, incluso algunos cadáveres se alzaban en el aire al ser alcanzados por las bombas de mano. Durante diez minutos se prolongó la tormenta de fuego. Y después, el capitán Von Braun dio la orden de ataque.

Siempre me había gustado ese oficial: lo suyo era dar ejemplo, era de los primeros en salir de las trincheras, empuñando la pistola con la diestra, y una granada de mano en la izquierda. Le poseía el ardor guerrero, y era capaz de transmitirlo a sus soldados. Gritando órdenes. Animando. Luchando. Agitando la pistola adelante y atrás, mientras buscaba al enemigo.

Y éste respondía al ataque. En medio de una lluvia de balas, nuestra patrulla avanzaba hacia las otras trincheras, atravesando a la carrera la tierra de nadie. El resto del batallón nos seguía a escasa distancia, lo sé porque oía sus gritos, y de vez en cuando giraba la cabeza para comprobarlo: esa extraña sensación de aislamiento que te invade en medio de la batalla. Como si el tiempo se detuviera.

Y entonces, sucedió.

Sonó una gran explosión, caí al suelo, dentro del cráter de un obús. Me quedé paralizado unos minutos. Me dolía todo el cuerpo. Flexioné los dedos de la mano izquierda, de la derecha, sacudí la cabeza, pero estaba sordo por la explosión. Como pude, me arrastré fuera del orificio, y allí estaba el capitán Von Raum. Parecía estar ileso. El resto de la patrulla había sido aniquilada, solamente quedábamos nosotros dos en pie. Por señas, le indiqué que se pusiera la máscara anti gas, cosa que no tardó en hacer a pesar del aturdimiento.

Y entonces la vi surgir entre los gases. Una niña pequeña, de unos siete años de edad, descalza, vestida con un camisón blanco. Tenía el pelo largo y rubio, rizado, que le caía en cascada sobre los hombros. Y llevaba un osito de peluche arrastrando por el suelo. Su brazo izquierdo estaba lleno de sangre.

Medio asfixiándome a pesar de la máscara, me detuve delante de ella, le puse los brazos sobre los hombros, y le pregunté quién era y qué hacía allí, en medio del campo de batalla. No me respondió, supongo que estaba en estado de shock por el miedo, por las explosiones o por la herida. Von Raum también la vio, vino corriendo hacia donde estábamos los dos y, quitándose la guerrera, se la puso sobre los hombros a la niña. La cogí entre mis brazos, colgando  mi fusil de mi hombro derecho, y emprendimos el regreso hacia nuestras trincheras, llevando a la niña como si fuera una preciosa carga. Los gases se estaban despejando a nuestro alrededor, el enemigo seguía disparando, veíamos rebotar las balas por todas partes, pero aquella mañana del seis de junio de 1917 ninguna de ellas nos alcanzó.

A nosotros.

¿Quién era esa niña, de dónde había salido? Nunca lo supimos. Cuando ya estábamos a punto de alcanzar nuestras líneas, noté cómo la niña se estremecía entre mis brazos. Una bala perdida se había incrustado en su nívea frente, terminando con su vida.

La enterramos en retaguardia, bajo una cruz de madera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario