Trece pasos, no hay más, entre el cielo y el infierno, si es que existen... pero ya, ni siquiera de eso estoy seguro... Paredes blancas, por todas partes, un suelo de terrazo, fácil de limpiar con la manguera, y los muebles, donde siempre han estado: la cama, enfrente de la puerta; una pequeña mesa y una silla cerca de la ventana, y poco más... Un gran crucifijo, con el que hablo muchas noches de insomnio...
Trece pasos, a veces diez si tengo prisa por llegar... otros dieciocho, pero jamás he llegado a veinte en todos estos años... Dejémoslo, pues, en trece... Los muebles, aunque me olvido el pequeño armario, nunca han sido un problema en mis paseos... Pero juraría que ya se han grabado a fuego en el suelo los surcos de mis alpargatas, el único calzado que nos dejan llevar...
Trece pasos entre cielo e invierno... La mesa está orientada al Este, junto a la ventana, y conseguí que me cambiaran la cama de sitio, pegándola a la misma pared, después de muchas negociaciones con Don Marcial, el director... y así, mi camino de los paseos ha quedado libre... ¿Cuántos kilómetros he recorrido? Según el atlas que consulté en la biblioteca, los suficientes para viajar a Nueva York, caminando sobre las aguas...
Ahora estoy mucho más tranquilo, tal vez por los fármacos, los psicotrópicos, o las dichosas pastillas rojas que me hacen tragar seis veces al día... Pero, incluso drogado, sigo leyendo, recordando en mi mente sus cartas, la forma en que me hablaba, las cosas que me contaba... Las paredes Norte y Sur, en apariencia, están vacías, pintadas de blanco hospitalario; cuando los celadores entran para cambiarme las sábanas, yo me quedo muy quieto, mirando la pared Sur... mirando el cielo... Después de unos minutos concentrándome, aparece su imagen... Magnolia, en el esplendor de sus veintipocos años, mirándome con amor, quizás incluso con deseo, aunque el paso del tiempo ha ido difuminando los detalles, sólo recuerdo su vestido de verano, con pequeñas rosas entrelazadas en el dobladillo y en las mangas, y el sombrero de paja que sujeta en la mano derecha, mientras me sonríe... Fueron los años más felices de toda mi vida, y aquél es el mejor recuerdo, la tarde que pasamos en La Rosaleda...
Cuando me canso de mirarla, o si me duele demasiado, me doy la vuelta, olvidándome de ella por unos minutos, y camino hacia la pared Sur, mi infierno personal y eterno... Con los minutos, aparece, surgiendo de la pared, la última foto suya, la que hicieron los policías, antes del levantamiento del cadáver... Pobrecita, parece dormida, en el suelo del pasillo, si no fuera por las marcas de estrangulamiento en su cuello de garza... No sufrió, al menos, de eso estoy seguro... La maté, es cierto, pero incluso ahora, tantos años después, no logro recordar el motivo... Llamé al 091 desde el teléfono inalámbrico, mientras acariciaba su melena rubia; yo mismo le abrí la puerta a los agentes, y les llevé hasta el cadáver, que estaba empezando a hincharse... Tras leerme mis derechos, me esposaron, y me llevaron a la comisaría...
Dicen que estoy loco, que actué de forma irreflexiva, que era un asesinato sin premeditación ni alevosía... y la condena fue reclusión de por vida en un psiquiátrico... Tras algunos "incidentes", decretaron el confinamiento en solitario, tengo incluso una pequeña ducha junto a la puerta, al lado del retrete... No abren la puerta más que dos veces al mes, para el corte de pelo, y entran también dos guardianes con sus porras... y saben usarlas... ya no quieren correr más riesgos conmigo, sobre todo después de lo que pasó en el comedor... Y aquí sigo, paseando por mi habitación del psiquiátrico, sin cesar, con grilletes y cadena en los tobillos, y cuando entra alguien a verme, un psiquiatra, mi abogado, algún periodista, también me atan las muñecas a la mesa, y los pies a la silla... que cierta periodista también se llevó un recuerdo permanente de nuestra amable charla... Dopado por las pastillas, recordándola siempre, dormido y despierto, los trece pasos, ahora he dado catorce, ando un poco cansado... Viajando sin cesar entre el cielo y el infierno...
Y conservando, para mí, un secreto... La maté, porque al besarla vi en sus ojos la imagen de otro hombre... A veces, me planteo si mis carceleros existen de verdad, si yo mismo existo... Y si estoy muerto o vivo... Quién sabe, igual estoy en el purgatorio, mientras trazo los surcos de la soledad y la desesperación en el suelo de mi habitación...
Trece pasos... para recordarla...

Me ha gustado mas que el anterior, muy bueno, tienes un estilo muy fresco (dejado por un cuervo encantador)
ResponderEliminarIm-pre-sio-nan-te, genial plasplasplas (dejado por Chavela)
ResponderEliminarSorprendente, me encanta, y me lo llevo al patio, gracias Fernando y sigue regalándonos tanto y tan bueno (dejado por Isabel)
ResponderEliminarEs la primera vez que leo algo tuyo, y me a encantado. Es sorprenderte y espero seguir leyendo sobre tus historias
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