lunes, 15 de febrero de 2016

LA SED...

Lo peor de todo es la sed…

Ser un vampiro tiene muy poco que ver con el glamour de Stephenie Meyer. No hay fascinación ni atracción física ni luces en medio de la mañana. Es cierto que puedes experimentar ciertos cambios, pero en esencia sigues llevando el mismo tipo de vida.

Si eres un “Adonis-que-se-come-el mundo” antes de la transformación, lo seguirás siendo después. Si te pareces más a Alfredo Landa ligando con las alemanas, pues ya sabes lo que te espera.

Yo, sin parecerme demasiado al dilecto cómico, disto bastante del semi dios… Soy bajito (uno setenta y dos no es gran cosa), un poquito gordo (esa maldita barriga cervecera), y no tengo demasiado pelo en la cabeza (y mira que yo pensaba que esto cambiaría, total, una media melena la puede tener cualquier vampiro que se precie). Me gusta leer, escribir, ir al cine, soñar, comer bien, dormir… En eso, no he cambiado demasiado con la transformación, ni esta ha sido tan profunda. Me siguen gustando las mismas cosas, y la mayor parte de ellas las sigo haciendo…

Bueno, menos comer. Mi estómago, de la noche a la mañana, ha dejado de aceptar cualquier tipo de alimento que no sea sangre humana. ¡Y de eso tampoco te avisan al convertirte!

En las películas parece todo de lo más sencillo. Eres un vampiro. Tienes hambre. Te vas de caza. Las mujeres sucumben a tus encantos. Las atacas en los callejones, en los cuartos de baño. En los ascensores. En su propia casa. Y lo único que te dicen es “¡Muérdeme, chato!” Y encima si te gustan de verdad, las puedes convertir en tus vampíricas amantes inmortales, y acabas teniendo un harén de criaturas agradecidas, que están dispuestas a ir de caza por ti, vamos en plan león.

Y una mierda.

Si eres bajito y un poquito gordo, ese será el aspecto que presentarás ante tus futuras y presuntas víctimas. Tu mirada no se vuelve magnética ni altamente seductora. Ni las hermosas mozas caen rendidas a tus pies. Ni mucho menos arquean el cuello de manera deliciosamente seductora para presentarte el mejor lado de su yugular. Y por supuesto, si no tienes experiencia como ligón, no la vas a adquirir de repente gracias a un mordisco.

Parece mentira el daño que han hecho las películas de “Crepúsculo”, y no hablemos ya de “Blade” o similares.

Se me ocurrió pensar que el mejor coto de caza serían los bares de solteras de los alrededores del Bernabéu, ya sabes, llenos de secretarias divorciadas, directivas maduras y alguna que otra mujer despechada ansiosa de diversión. Me puse mis mejores galas (es decir, mi único traje decente), me peiné con esmero (en mi caso, me rapé la cabeza al dos) y, metiendo barriga y perfumado con Hugo Boss, decidí jugarme el todo por el todo.

Y tanto que me lo jugué. Porque la primera vez que lo intenté, solo obtuve un bofetón. La segunda, un bolsazo. La tercera, una patada en los huevos. Y la cuarta, primero una paliza, y segundo me mordieron los de la competencia. No basta con tener buena planta y ciertos conocimientos de comunicación no verbal. Si quieres cazar tienes que ser muy especial…

Cuando salí del hospital después de la paliza (la nariz rota, lo que me faltaba, y un doloroso desgarro en la yugular, pues se dieron cuenta demasiado tarde que era uno de los suyos, “¡Ostras macho, lo sentimos mucho!” me dijeron y todo), decidí cambiar de táctica y de lugar.

Dispuesto a cambiar mi suerte, y tras una cuidadosa selección de lugares alternativos a través de internet (¡San Google Bendito!), decidí cambiar por completo de aspecto, es decir, vestirme de negro y maquillarme a lo Marilyn Manson, y dirigirme a los bajos de Moncloa. Pensé que sería bastante sencillo, sobre todo porque en esa zona hay un club de supuestos amantes de los vampiros, llamado “El último mordisco”, al que acuden un puñado de góticos y de tribus similares, fascinadas por lo vampírico y lo alternativo.

Se visten de negro, con vuelos y encajes. Se maquillan de blanco. Se pintan los labios de negro. Se dejan crecer las uñas, y algunos incluso se afilan los dientes. No hacen más que hablar de “los inmortales”, “los nuevos dioses”, “los no muertos” y, sobre todo, de “la vida eterna”. Escuchan músicas oscuras. Beben cosas raras. Se hacen los interesantes, pero en el fondo no saben nada. Si conocieran de verdad la sed, no se andarían con tantas tonterías.

No sé muy bien cómo, pero coincidí con Amalia en una esquina de la barra la tercera noche. Yo estaba bebiendo un zumo de tomate (curiosamente no me hace daño), y ella se puso a mi lado.
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“- ¿Así que te gustan los vampiros?”, me preguntó.
-  -    “Me interesan bastante. Desde hace un par de semanas”, le respondí, haciéndome el interesante.
-     -    “¿Y eso?”
-        -   “Desde que me mordieron…”
-          - “¡Qué interesante! ¿Y cómo te sientes?”
-          - “¡Hecho mierda jajajaja! No puedo comer casi nada, todo me sienta mal, y encima siempre tengo sed. De sangre. No paro de pensar en ella, veo a la gente a mi alrededor, y solo pienso en morderles, en desgarrar sus cuellos, para alimentarme…”
-          - “¡Qué guay! ¡De verdad me morderías hasta matarme solo para alimentarte?”
-          - “No lo sé… Soy novato en estas cosas… Y no he tenido mucho éxito hasta ahora…”
-       -   “Pues la verdad, para ser un vampiro, eres de lo más civilizado… ¿Te apetece acompañarme a mi casa, y seguimos hablando?”

Y nos fuimos a su casa. Amalia vive en un estudio, de unos cuarenta metros, en la calle Espíritu Santo. Trabaja de tele-operadora en una empresa de asistencia en carretera, y comparte el piso con Boris, su gatazo enorme, atigrado y consentido. La decoración es de lo más normal, hay estanterías con libros por todas partes, algunos paisajes estilo “new age”, y le gusta quemar incienso.

Apenas llegamos a la casa, me sirve un zumo de tomate bien frío, y me pide permiso para ponerse cómoda. Unos minutos más tarde, sale de la habitación con uno de esos chandals de felpa de mercadillo de color gris, y unas zapatillas de piel vuelta. Una vez que se ha quitado toda la parafernalia gótica, resulta ser una chica de lo más normal… pero tremendamente atractiva…

Nos sentamos en el sofá, y Boris se tumba en mi regazo (más tarde me enteraría de que esa era la famosa prueba del gato: si Boris no me aceptaba, me iba a la calle). Y seguimos hablando. De cómo me convertí en vampiro, casi por error. Lo típico, chico conoce chica en Facebook; chico viaja hasta la ciudad de la chica; chica resulta ser vampira y le muerde en la primera cita; chico vuelve a Madrid hecho migas, con el corazón roto y convertido en un “no muerto”…
-         
- “Menos mal que vivo solo, porque de lo contrario habría sido muy difícil explicar lo que me estaba pasando…”
-   -        “¿Y eso?”
-    -      “Menos mal que estaba de vacaciones, porque los primeros tres días, cuando me transformé, fueron espantosos. Tumbado en la cama, sin poder moverme, notando cómo mi organismo cambiaba lentamente. El segundo día me puse a vomitar. Al tercero la comida me daba nauseas solo de pensar en ella. El cuarto pude levantarme, y como no tenía nada de sangre en casa (como es normal), pero me sentía demasiado débil para ir de caza, llamé a mi amigo Manolo, que trabaja en el matadero, para que me guardase un par de litros de sangre de cerdo, con la excusa de hacer morcillas de arroz con la receta que me dio mi abuela…”
-       -    “¿Y qué pasó?”
-      -     “Una catástrofe. Como la sangre cruda me daba mucho asco, le puse unas gotitas de tabasco y un chorrito de vodka, y me la tomé como si fuera un bloody mary (nunca mejor dicho el nombre jajaja). Como no me sentía demasiado bien, me fui a la cama, y cuando me desperté, estaba totalmente hinchado, como el muñeco de Michelín… Lo pasé fatal… Y encima recibí el mensaje…”
-         -  “¿Qué mensaje? ¿De quién?”
-          - “De Yolanda, ya sabes, la chica que me convirtió en vampiro… “Bajo ningún concepto bebas sangre de cerdo, te sentará mal”. Un poco tarde para el aviso. Luego encima empezaba con los consejitos: “solo puedes tomar sangre humana, no hagas experimentos”. “Los primeros días te sentirás fatal”. “Prueba con el zumo de tomate y Micebrina, te vendrá bien”. “No procures transformar a nadie hasta que no hayan pasado varios años”. Y cosas por el estilo. Todas ellas de gran utilidad…”
-          - “Ya veo… ¿Y ni siquiera te pidió perdón por haberte transformado?”
-          - “¡Qué va! Le echó la culpa al cha-cha-chá, a la luna llena, a la emoción del primer momento… Pero nada de nada… Y encima después de esos primeros mensajes no ha vuelto a hablar conmigo… Total, para lo que me iba a contar…”
-          - “¿Has buscado ayuda? ¿En internet?”
-       -    “Nada de nada. No hay páginas de auto ayuda para vampiros tímidos y principiantes… Y solo me queda la sed… Cada vez mayor… Y aquí me tienes, hablando contigo, de madrugada, sin poder apartar la vista de tu yugular…”
-       -    “Tranquilo Adrián, creo que puedo ayudarte… ¿Te apetece un traguito de cero negativo? Creo que todavía tengo un par de bolsitas en la nevera…”

Y así terminó todo, Sentado en el sofá de Amalia. Con Boris en el regazo. Saboreando por fin, intensamente, mi primera dosis de sangre…

¿Ah, que quieres saber por qué Amalia tenía sangre humana en la nevera? Resulta que la dulce Amalia y su novia (tremendo chasco para mi autoestima) habían montado hace algunos años una red de apoyo para vampiros principiantes, al comprobar el incremento de “chupa sangres” perdidos por Madrid. “El último mordisco” y otros locales similares eran la mejor tapadera para esta novedosa ONGD, y según ella resultaba muy fácil distinguirnos de los aficionados por un “especial brillo en la mirada”... En cuanto a la sangre, la proporcionaban contactos de Cruz Roja Española “por razones humanitarias”…


Así que aquí estoy, formando parte de una ONGD, orientando a nuevos vampiros como tú, y compaginando mis actividades nocturnas con mi trabajo de periodista… Y por cierto, se me está quedando un tipín impresionante… Resulta que comer solamente sangre adelgaza…

PALOMAS EN LA AZOTEA



-          Diez –

Un golpe sordo… Y se termina todo. Una vida contra el asfalto. La gravedad y sus leyes inmutables. Pero… ¿Acaso es el final?

-          Uno –

La vida de Adrián Cienfuegos, también conocido como Fueguito, era de lo más sencilla. Porque, de todas formas, ¿qué problemas puede tener un chaval de siete años? Bien, pues alguno que otro tenía. Sobre todo por su extraña capacidad para leer la mente de las personas.
-          “Me vas a pegar dentro de dos minutos”, le dijo a su compañero de clase el segundo día del curso, “pero vas a tener problemas con la mancha de sangre, y tu madre te va a regañar”.

Efectivamente, el pequeño Fernando Àlvarez le pegó, con tan mala suerte que le reventó el labio superior, manchándose de sangre el jersey nuevo, lo cual le valió una buena bronca por parte de su madre, porque todo el mundo sabe “que la sangre se limpia muy mal de un jersey blanco, niño del demonio”, le dijo medio segundo antes de darle un soberbio zapatillazo.

Ni que decir tiene que, a partir del siguiente día, Adrián y Fernando se convirtieron en los mejores amigos del mundo, siendo el segundo el protector de Adrián durante toda su estancia en el jardín de infancia…

-          Dos-

Pero Fueguito creció, cumpliéndose de aquél modo una de las leyes esenciales de la naturaleza, y con su entrada en el Instituto Galileo Galilei descubrió un nuevo poder: era capaz de predecir lo que iba a suceder en los dos siguientes minutos. Lo cual le ayudaba a evitar los golpes de los abusones de la clase, pero también a prever cuando se pasaría por el patio el profesor de turno, incluso a saber antes que nadie cuándo habría un examen sorpresa, lo que añadido a su capacidad creciente de leer la mente del docente le permitía obtener unos resultados brillantes sin demasiado esfuerzo.

Tampoco tardó demasiado tiempo en hacerse amigo del abusón de turno, puesto que parecía tener también la capacidad de despertar ansias de protección entre los alumnos más peligrosos de cada clase por la que iba pasando.

-          Tres –

A los trece años, descubrió su capacidad para matar sin dejar huellas, manipulando discretamente a las personas de su entorno. Y su padre, un borracho y maltratador, fue la primera persona en “aprovecharse” de tan inusual talento.

Cierto es que se lo merecía, según todos los parámetros convencionales, puesto que era muy aficionado a pegar a su madre donde no hubiera huellas visibles (es decir, en todas aquellas partes que quedaban cubiertas por sus largos vestidos de blonda), en el estómago, en el pecho y en la espalda (nunca en la cara, eso sí).

Pero aquella tarde de sábado, también quiso pegar a Adrián… cuando de repente le entraron unas ansias irresistibles de subir a la azotea del edificio de siete plantas, para dar de comer a las palomas, luego una cosa llevó a la otra, y terminó precipitándose al vacío, ante los ojos aterrados de su “desgraciado hijo, que en aquél momento estaba mirando por la ventana del salón”, según rezaba en el atestado policial.

No hubo flores sobre su tumba. Ni en aquél entonces, ni después.



-          Cuatro-

A los catorce años descubrió de manera accidental el sexo, puesto que pilló a su hermana mayor montándoselo en la cama de su madre con su novio de turno, y le pareció una experiencia interesante, y sin duda alguna divertida. Con su capacidad, cada día más desarrollada, de influir en los pensamientos de los demás, no le costó demasiado convencer a Laurita, su vecina del cuarto A, a que viniera a su casa una tarde del mes de abril, mientras que su madre estaba en el cine con su novio de turno.


Cierto es que en todo momento se comportó como un caballero, incluso le ofreció una Coca Cola bien fresca y una bolsa de patatas fritas como recompensa, y que también utilizó un preservativo robado de la mesilla de noche de su madre.  Y que la experiencia se repitió casi cada semana, durante el resto del año.

Laurita nunca se quejó, y es más, alardeaba entre sus amistades de tener “un novio muy atento”. Años más tarde, siendo una mujer casada y con hijos, todavía le costaba comprender cómo se había entregado a Adrián, es decir, al típico “empollón de gafas redondas, bajito y de mirada triste, cuando había otros muchos pretendientes”.

-          Cinco –

Y por fin, la Universidad.

Con el final de la adolescencia, sus poderes se intensificaron. Era capaz de leer la mente incluso  mientras hablaba por teléfono. Sus predicciones eran siempre acertadas. Seguía siendo capaz de matar a distancia (aunque durante aquellos años no tuvo demasiados motivos). Y podía influir en el “libre albedrío” de los demás.

Allí, en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, fue intensamente feliz: un alumno brillante, bien considerado por los profesores, levemente envidiado por los alumnos, y con aquella mirada especial, “que parece traspasarte” según decía Estefanía Rodríguez, su “coñito de cabecera” (aunque Adrián se guardaba mucho de llamarla así en su presencia) durante los tres primeros años.

Todo iba bien, “nihil novo sub solem” (nada nuevo bajo el sol), hasta que llegó el momento del viaje del paso de ecuador, tradición que por otra parte le encantaba. Él quería ir a Rusia, y realizar un tour por los antiguos países bálticos. El líder de la clase prefería ir a Ibiza. Adrián intentó persuadirle… Y por primera vez en su vida fue incapaz de conseguirlo. Era como si un muro mental le protegiera de todo tipo de influencia. Así fue como conoció a los “oscuros” (por lo menos así les llamaba), es decir, aquellas personas inmunes a sus poderes.

La votación fue prácticamente testimonial, y la clase entera disfrutó de seis días de juerga ininterrumpida en Ibiza. Allí fue donde Adrián descubrió dos cosas importantes que le influirían el resto de su vida: que algunas drogas de diseño (concretamente las meta anfetaminas) expandían sus poderes; y que sería el sicario perfecto.
-          “¿Tú qué buscas, niñato? ¿Una hostia?”, le preguntó el guardaespaldas de la discoteca en la que estaba bailando con sus compañeros de clase, cuando se acercó al dueño, un conocido mafioso…
-          “Si no te apartas de mí y me sueltas de inmediato, tu muerte.”

El matón cometió el error de no hacerle caso, y de repente tuvo unas ansias tremendas de meterse el cañón del revolver en la garganta, y disparar. Todo esto en el despacho de su patrón.

Mientras un equipo de limpieza especial se encargaba de arreglar el estropicio, Adrián mantuvo una charla de lo más interesante con Don Camilo Badalamenti. Y desde aquella tarde, Adrián tuvo que compaginar sus estudios con una serie de encargos bien remunerados, que le llevaron en primer lugar por diversas ciudades de las Islas, y luego por el resto de España. Nunca está de más disponer de un asesino tan eficaz y misterioso que ni siquiera necesita armas, o mejor dicho, al que le sobra con su capacidad de persuasión para cometer, una y otra vez, el crimen perfecto y salir impune.

A los veinticuatro años terminó los estudios de Periodismo, y consiguió, utilizando sus poderes de persuasión, un contrato como “free lance” para el grupo Prisa. Era la cobertura perfecta para sus actividades “extra curriculares”, y al mismo tiempo una excelente manera de blanquear parte de los ingresos de sus otras actividades, con el viejo truco de las facturas falsas emitidas por reportajes nunca entregados. La vida le sonreía…

Hasta que se enamoró. Perdidamente. Irremisiblemente. Inconmesurablemente. De una “oscura”. Con tantas mujeres normales y accesibles, plenamente capaces de someterse a sus deseos más oscuros, y carentes del libre albedrío, tuvo que enamorarse de una de las pocas que eran inmunes a su talento. Y que encima estaba enamorada de su mejor amigo.

Pues sí, Adrián Cienfuegos, reputado periodista “free lance” e igualmente eficaz como sicario de los principales cárteles de la droga latino-americanos, era capaz de tener amigos, cosa en verdad difícil de imaginar. Pablo Gutierrez se llamaba.

Conviene insistir en el “llamaba”. Puesto que a los veintisiete años tuvo el impulso de salir a nadar una noche de luna llena mientras estaban celebrando el solsticio de verano con su mejor amigo, su novia y tres colegas de la redacción, y nunca volvió a la orilla. Encontraron su cadáver varado en la playa de Gandía tres días más tarde.

Noelia García estaba inconsolable. Pero Adrián descubrió en su interior un nuevo poder… La magia de sus manos. Capaces de curar dolores, de sanar incluso al corazón más destruido mediante la concentración y la focalización. Fue entonces cuando dio sus primeros pasos en el reiki, y no tardó demasiado en ser nombrado maestro. Incluso se planteó durante un tiempo el dedicarse a ello de manera profesional, pero sus compromisos anteriores se lo impedían. No en vano era uno de los asesinos más implacables y eficaces del mundo, y sus servicios eran requeridos incluso por algunas agencias de seguridad americanas de dudosa legalidad. La vida, por lo tanto, le sonreía.

-          Seis -

Pero Adrián tenía un punto débil: su dependencia de Noelia. Ella era su refugio, su puerto seguro, la persona que le permitía ser realmente feliz y libre, puesto que era inmune a sus talentos. Al principio fue prudente, y su relación era básicamente clandestina. Sobre todo porque era capaz de mantener separadas sus distintas facetas profesionales: su ascendente carrera como periodista; y sus oscuros trabajos de sicario.

Ocasionalmente, y solo por no perder la costumbre, entre trabajo y trabajo se dedicaba a “limpiar las calles de elementos asociales”. Es decir, de mendigos alcohólicos, de drogadictos y de prostitutas toxicómanas, pues nada había más fácil para él que meterse en sus mentes e impulsarles a suicidarse, muy a menudo ante sus ojos, para que fuera capaz de disfrutar con sus muertes.

Ya ni siquiera necesitaba entender lo que estaban pensando, y de aquella manera quedaba superada la barrera del idioma; y su manera preferida de matarles era que se arrojases delante de un tren o de un  metro. Por desgracia, nadie valoraba en su justa medida su preocupación por la limpieza de las ciudades.

No obstante, toda su otra vida de criminal quedaba olvidada cuando por fin se reunía con Noelia. Entonces todo era dulzura, buenos sentimientos, ternura y planes de futuro, mientras su carrera profesional alcanzaba cotas insospechadas.

El catorce de abril de dos mil trece se casaron. Y nueve meses después llegó la cigüeña, puntual y procedente de París. Fueguito tenía por fin un descendiente, una niña llamada Elvira, que los llenaba a ambos de felicidad. Igual que la madre, era una “oscura”, que sin embargo lo conseguía todo de su padre, con una simple sonrisa o un oportuno puchero. Y Adrián se sentía enormemente feliz. Incluso empezaba a pesarle su doble vida. Por lo que tomó una decisión radical.

-          Siete-

Y Adrián se jubiló. En el momento culminante de su carrera como sicario, cuando incluso tenía lista de espera, y le llovían las propuestas de contratos de toda Europa, decidió abandonarlo todo, y consagrarse exclusivamente a su familia.

Porque ya no sentía ansias de matar. Además su carrera oficial como periodista le aportaba suficientes ingresos para cuidar a su familia (Noelia había abandonado temporalmente su trabajo como redactora en La Razón para ocuparse de la pequeña Elvira). Incluso estaba dando sus primeros pasos en el mundo de las letras, con un libro de viajes estilo Pérez Reverte.

Pero a veces los fantasmas del pasado regresan con fuerza. Y Don Camilo Badalamenti le pidió un último favor: eliminar a un intruso que se estaba apoderando de las redes de distribución de drogas en Ibiza.

-          Ocho –

Las cosas se complicaron. Wilbur Smith no estaba solo en el negocio de la droga, aquello no era más que la punta de lanza de una poderosa organización con diversos intereses, que agrupaban la prostitución y el tráfico de armas. Sus sicarios estaban perfectamente entrenados, y Adrián necesitó de sus poderes más que nunca, para abrirse paso hasta su objetivo.

Es cierto que Adrián cumplió el trabajo. Pero en aquella noche de tormenta y sangre, cometió un error que con el tiempo se revelaría fatal: dejó con vida al hijo del mafioso, un chaval tímido y con gafas, que de alguna manera le recordaba a su propia infancia. Y regresó a su vida, ordenada, tranquila, con Noelia, Elvira y el pequeño Julián.

-          Nueve –

Y pasaron los años. Y aquél adolescente, el hijo de Willbur Smith, creció para buscar venganza, al asesino de su padre.

Mientras tanto, Adrián se convirtió en una persona pública, un prestigioso periodista de investigación, sin descuidar su faceta como escritor.

Sus caminos se cruzaron de nuevo en una firma de libros en la FNAC de Callao. “¿Para quién es este libro?”, le preguntó Adrián, confiado, a aquél adolescente desgarbado y con gafas que le observaba desde el otro lado de la mesa. “Para mi padre, Willbur Smith”

Al escuchar aquél nombre, recién salido de un lejano pasado que prefería olvidar, Adrián notó cómo un escalofrío le recorría la espalda. ¿Sería acaso el hijo de su última víctima? Intentó sondear su mente de manera disimulada, pero no pudo lograrlo: él también era un “oscuro”;  y por primera vez Adrián se sintió desnudo, impotente, pues en aquellos ojos leía una tremenda sed de venganza.

Dos días más tarde, en mitad de la madrugada, sonó el teléfono. “Tú mataste a mi padre”, escuchó, “y ya va llegando el momento de que pagues tu deuda…”

Diez minutos más tarde, sonó el móvil, con el mismo resultado.

El día después, empezaron a llegar las rosas negras. Siempre con la misma tarjeta. Y el mismo mensaje. “Penitengiate pecatoribus”. Solo por curiosidad, Adrián contactó con uno de sus antiguos profesores del instituto, que enseñaba latín. “Arrepentíos pecadores, haced penitencia”.

Hasta que, transcurrida una semana desde de la primera llamada, y a pesar de haber cambiado de número de móvil tres veces (el fijo lo tenía desconectado), llegó el mensaje definitivo. “Sólo una vida sirve de moneda para otra. Si no quieres que me tome la venganza por mi mano sobre tu querida familia, ya sabes lo que tienes que hacer”.

No había negociación posible.

Y por eso, confrontado a los poderes de un “oscuro”, Adrián tomó la única decisión posible… Y emulando el último salto de su padre, tuvo el irresistible impulso de ver a las palomas en la azotea…



UN, DOS, TRES… AL ESCONDITE INGLÉS.


Abro los ojos…

Todo lo que me rodea es extraño, mas, al mismo tiempo, extrañamente familiar… Las formas, los colores, los sonidos, se van agrupando en mi mente, resbalando por mi piel, y poco a poco, recuerdo, o vuelvo a vivir…

Es una mañana de otoño. Las hojas tardías de los arboles se resisten a caer de las ramas, y sin embargo, muchas han formado ya una alfombra multicolor. Las ruedas del gran triciclo, de esos que antiguamente se alquilaban por horas en el Parque del Retiro, esparcen en su estela pedacitos de hojas muertas; y al aplastarlas, un olor peculiar a tierra, musgo y humedad se eleva a mi alrededor. Vuelvo a tener de nuevo seis años, tal vez siete, y mientras mi hermana y yo jugamos con los triciclos, mi abuelo nos mira, sentado en un banco, y sonríe. Esa sensación de libertad, con el viento en la cara y los últimos rayos del sol de una tarde de otoño en los ojos, forma parte de uno de los recuerdos más felices de mi infancia…

Por un momento, creo que voy a poder detener el tiempo, me gustaría tanto quedarme allí, protegido del mundo por la mirada mágica de mi abuelo, escuchando la risa de mi hermana… pero tengo que continuar el viaje.

Cierro los ojos…

Y los abro de nuevo. O al menos eso creo. Puesto que a mi alrededor, solamente hay oscuridad, y silencio. Un leve murmullo, como una respiración en sordina, me permite orientarme. No estoy solo, o tal vez sea el producto de mi miedo. Porque estoy aterrado. Es una sensación que no me es del todo desconocida, muchas veces he tenido miedo, a lo desconocido, a los ambientes cerrados. Y me cuesta respirar. Lentamente, empiezo a estirarme. Tengo la espalda rígida. Me duele muchísimo el cuello. Intento moverme muy despacio, porque la cabeza me da vueltas, pero unas ataduras en los brazos y las piernas me lo impiden. ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado? Intento hablar, pero unos tubos en mi nariz y mi garganta me lo impiden. Me pongo nervioso, y empieza a escucharse un pitido bastante molesto. Me cuesta respirar. No puedo levantarme. Y entonces escucho una voz. “No se mueva, señor, ha sufrido un accidente…” ¿Accidente? ¿Por qué no recuerdo nada? ¿Dónde estoy? De repente, noto un líquido frío derramándose por mis venas desde la maño izquierda (¿me habrán puesto una vía? ¿Estoy en un hospital?), y de nuevo, cierro los ojos…

Y me despierto de nuevo. Debajo del agua.

Intento respirar. Los pulmones se me llenan de agua, pero en vez de ahogarme, noto su frescor, su sabor levemente salado, las partículas de oxígeno que van entrando en mi cuerpo. No necesito respirar, al menos no de la manera convencional. Al instante, me acuerdo de Harry Potter, con sus branquias temporales, y comprendo que me ha pasado algo similar. Mis manos también están ligeramente palmeadas, y al mirar hacia mis pies, me doy cuenta de que los he perdido: tengo una especie de cola, recubierta enteramente de escamas. Como si me hubiera convertido en una sirena. Aprovechando la refracción de los rayos del sol, exploro mis nuevos dominios. Muy cerca de mí, a unos cincuenta metros, se encuentra el fondo de la laguna, cubierto de lo que podrían ser las ruinas de una ciudad perdida. Braceando vigorosamente, me acerco a mis nuevos dominios, sintiendo la libertad de mi nuevo estado. Voy “sobrevolando” una antigua calzada romana, cruzo por debajo de un arco soberbiamente conservado, y me adentro por las calles desiertas…

Y entonces, despierto de nuevo. En mi cama. El olor a incienso y la luz de las velas me permiten orientarme brevemente. Estoy en casa. Es la noche del veintiuno de enero. Y estoy haciendo un experimento de relajación y meditación. Para hacerle frente a lo que me espera mañana. Todavía no han terminado los viajes. Me queda como poco un nuevo destino.


Y cierro los ojos…

IDENTIDAD


Cuando despierto, nada, o quizás todo, ha cambiado. Estoy sentado en la típica silla incómoda de despacho de diseño. Un foco de luz crea luces y sombras sobre la mesa, dejando el resto de la habitación en penumbra. La mesa tampoco es nada del otro mundo: funcional, de color claro, patas metálicas. Todavía tengo la mente algo confusa cuando, desde algún lugar detrás de mí, me hablan. 
Como todo lo que me rodea, es fría, impersonal…
-          “Supongo que ya estará familiarizado con estos procedimientos de identificación. Ante usted se encuentran una serie de objetos, de varios tipos. Pero solamente dos de ellos pertenecen al auténtico Tom Riddle. Cualquier duda, cualquier vacilación, toda identificación errónea será penada con la muerte.”

Así que me llamo Tom Riddle, y por alguna extraña razón tengo que demostrar mi identidad si quiero seguir vivo. Es cierto que no me han puesto ninguna pistola contra la sien, pero de alguna manera intuyo que será su próxima acción si no consigo pasar la prueba. Si al menos fuera capaz de recordar…

Paseo la mirada sobre los objetos que se encuentran sobre la mesa: un libro de bolsillo, una batidora de cocina, un álbum de fotos, una gorra de pana, un par de calcetines rojos a rayas verdes, una máquina de fotos antigua, una pistola (¿Colt 45?), un peine, un par de botas de escalada y lo que parece ser un mando de la videoconsola. Y solamente dos de ellos me pertenecen. Un veinte por ciento de posibilidades de acertar. Pero todo parece indicar que es mi vida la que está en juego. Y no quiero perderla.

-“¿Puedo tocarlos?”, pregunto, mientras pienso que de alguna manera aquellos objetos desparejados pueden despertar en mí los recuerdos.

- “Proceda –me responde la misma voz impersonal. Dispone de tres minutos”.

Voy tocándolos de uno en uno, y descarto de manera intuitiva unos cuantos. La pistola, los calcetines rojos a rayas verdes, el peine (tengo la cabeza rapada), las botas de escalada, la batidora de cocina, porque no me envían las vibraciones. ¿Desde cuándo creo en los rastros sensoriales de los objetos? Algo me dice que desde siempre. La video consola tampoco me es familiar, y la máquina de fotos tampoco… El álbum de fotos me lleva un poco más de tiempo, pero por lógica sería uno de los objetos más fáciles de falsificar, sobre todo si tenemos en cuenta que no recuerdo mi aspecto.

Sin embargo, el libro empieza a despertar recuerdos. De una tarde de verano al borde de un lago. El sonido de los pájaros en la distancia. El rielar del sol en el agua mansa. Incluso me parece recordar algo de la historia, una de esas de ciencia ficción que de repente parece ser que son las que más me gustan. El olor del bosque de coníferas. El piar de los pájaros. Paso las páginas de manera distraída, hasta llegar a un párrafo subrayado en rojo: “¿Para que sirve la religión si en la hora de las calamidades no presta ningún socorro?”. Curiosa cita para tratarse de La Guerra de los Mundos, de HG Wells… El caso es que identifico el libro como mío. Y mientras lo manipulo, adquiero una mayor certeza, porque incluso recuerdo quién estaba a mi lado.

La gorra de pana no debería estar allí, porque realmente no me pertenece. Es algo que intuyo, es de ella, de mi hermosa dama, cuya cara voy empezando a recordar lentamente. Su melena, roja y salvaje. Sus ojitos marrones, pequeños y soñadores. Sus labios, dulces y amorosos. Su nariz, pequeña y algo respingona. Su largo y níveo cuello. Su manera de arreglarse el pelo, para que le quedase a su gusto. Sí, sin duda alguna es de ella. Aunque no logro entender qué hace encima de la mesa.

            -“El libro y la gorra”, respondo, sin albergar ya ninguna duda.

-“Felicidades, señor Riddle, ha superado usted la prueba. De todas formas era la única manera de confirmar su identidad. Y forma parte del procedimiento habitual para quienes han cruzado el límite de los territorios exteriores…”

Intuyo que deben ser datos muy interesantes… Pero ahora lo único que me importa es encontrarla a ella. Y matarla antes de que desvele el engaño. Porque solo ella, que me conoce íntimamente, podría desvelar la falsedad, y descubrir que soy uno de los tan temidos imitadores.