Lo peor de todo es
la sed…
Ser un vampiro
tiene muy poco que ver con el glamour de Stephenie Meyer. No hay fascinación ni
atracción física ni luces en medio de la mañana. Es cierto que puedes
experimentar ciertos cambios, pero en esencia sigues llevando el mismo tipo de
vida.
Si eres un
“Adonis-que-se-come-el mundo” antes de la transformación, lo seguirás siendo
después. Si te pareces más a Alfredo Landa ligando con las alemanas, pues ya
sabes lo que te espera.
Yo, sin parecerme
demasiado al dilecto cómico, disto bastante del semi dios… Soy bajito (uno
setenta y dos no es gran cosa), un poquito gordo (esa maldita barriga
cervecera), y no tengo demasiado pelo en la cabeza (y mira que yo pensaba que
esto cambiaría, total, una media melena la puede tener cualquier vampiro que se
precie). Me gusta leer, escribir, ir al cine, soñar, comer bien, dormir… En
eso, no he cambiado demasiado con la transformación, ni esta ha sido tan
profunda. Me siguen gustando las mismas cosas, y la mayor parte de ellas las
sigo haciendo…
Bueno, menos
comer. Mi estómago, de la noche a la mañana, ha dejado de aceptar cualquier
tipo de alimento que no sea sangre humana. ¡Y de eso tampoco te avisan al
convertirte!
En las películas
parece todo de lo más sencillo. Eres un vampiro. Tienes hambre. Te vas de caza.
Las mujeres sucumben a tus encantos. Las atacas en los callejones, en los
cuartos de baño. En los ascensores. En su propia casa. Y lo único que te dicen
es “¡Muérdeme, chato!” Y encima si te gustan de verdad, las puedes convertir en
tus vampíricas amantes inmortales, y acabas teniendo un harén de criaturas
agradecidas, que están dispuestas a ir de caza por ti, vamos en plan león.
Y una mierda.
Si eres bajito y
un poquito gordo, ese será el aspecto que presentarás ante tus futuras y
presuntas víctimas. Tu mirada no se vuelve magnética ni altamente seductora. Ni
las hermosas mozas caen rendidas a tus pies. Ni mucho menos arquean el cuello
de manera deliciosamente seductora para presentarte el mejor lado de su
yugular. Y por supuesto, si no tienes experiencia como ligón, no la vas a
adquirir de repente gracias a un mordisco.
Parece mentira el
daño que han hecho las películas de “Crepúsculo”, y no hablemos ya de “Blade” o
similares.
Se me ocurrió
pensar que el mejor coto de caza serían los bares de solteras de los
alrededores del Bernabéu, ya sabes, llenos de secretarias divorciadas,
directivas maduras y alguna que otra mujer despechada ansiosa de diversión. Me
puse mis mejores galas (es decir, mi único traje decente), me peiné con esmero
(en mi caso, me rapé la cabeza al dos) y, metiendo barriga y perfumado con Hugo
Boss, decidí jugarme el todo por el todo.
Y tanto que me lo
jugué. Porque la primera vez que lo intenté, solo obtuve un bofetón. La
segunda, un bolsazo. La tercera, una patada en los huevos. Y la cuarta, primero
una paliza, y segundo me mordieron los de la competencia. No basta con tener
buena planta y ciertos conocimientos de comunicación no verbal. Si quieres
cazar tienes que ser muy especial…
Cuando salí del
hospital después de la paliza (la nariz rota, lo que me faltaba, y un doloroso
desgarro en la yugular, pues se dieron cuenta demasiado tarde que era uno de
los suyos, “¡Ostras macho, lo sentimos mucho!” me dijeron y todo), decidí cambiar
de táctica y de lugar.
Dispuesto a
cambiar mi suerte, y tras una cuidadosa selección de lugares alternativos a
través de internet (¡San Google Bendito!), decidí cambiar por completo de
aspecto, es decir, vestirme de negro y maquillarme a lo Marilyn Manson, y
dirigirme a los bajos de Moncloa. Pensé que sería bastante sencillo, sobre todo
porque en esa zona hay un club de supuestos amantes de los vampiros, llamado
“El último mordisco”, al que acuden un puñado de góticos y de tribus similares,
fascinadas por lo vampírico y lo alternativo.
Se visten de
negro, con vuelos y encajes. Se maquillan de blanco. Se pintan los labios de
negro. Se dejan crecer las uñas, y algunos incluso se afilan los dientes. No
hacen más que hablar de “los inmortales”, “los nuevos dioses”, “los no muertos”
y, sobre todo, de “la vida eterna”. Escuchan músicas oscuras. Beben cosas
raras. Se hacen los interesantes, pero en el fondo no saben nada. Si conocieran
de verdad la sed, no se andarían con tantas tonterías.
No sé muy bien
cómo, pero coincidí con Amalia en una esquina de la barra la tercera noche. Yo
estaba bebiendo un zumo de tomate (curiosamente no me hace daño), y ella se
puso a mi lado.
-
“- ¿Así
que te gustan los vampiros?”, me preguntó.
- - “Me
interesan bastante. Desde hace un par de semanas”, le respondí, haciéndome el
interesante.
- - “¿Y
eso?”
- - “Desde
que me mordieron…”
- - “¡Qué
interesante! ¿Y cómo te sientes?”
- - “¡Hecho
mierda jajajaja! No puedo comer casi nada, todo me sienta mal, y encima siempre
tengo sed. De sangre. No paro de pensar en ella, veo a la gente a mi alrededor,
y solo pienso en morderles, en desgarrar sus cuellos, para alimentarme…”
- - “¡Qué
guay! ¡De verdad me morderías hasta matarme solo para alimentarte?”
- - “No
lo sé… Soy novato en estas cosas… Y no he tenido mucho éxito hasta ahora…”
- - “Pues
la verdad, para ser un vampiro, eres de lo más civilizado… ¿Te apetece
acompañarme a mi casa, y seguimos hablando?”
Y nos fuimos a su
casa. Amalia vive en un estudio, de unos cuarenta metros, en la calle Espíritu
Santo. Trabaja de tele-operadora en una empresa de asistencia en carretera, y
comparte el piso con Boris, su gatazo enorme, atigrado y consentido. La decoración
es de lo más normal, hay estanterías con libros por todas partes, algunos
paisajes estilo “new age”, y le gusta quemar incienso.
Apenas llegamos a
la casa, me sirve un zumo de tomate bien frío, y me pide permiso para ponerse
cómoda. Unos minutos más tarde, sale de la habitación con uno de esos chandals
de felpa de mercadillo de color gris, y unas zapatillas de piel vuelta. Una vez
que se ha quitado toda la parafernalia gótica, resulta ser una chica de lo más
normal… pero tremendamente atractiva…
Nos sentamos en el
sofá, y Boris se tumba en mi regazo (más tarde me enteraría de que esa era la
famosa prueba del gato: si Boris no me aceptaba, me iba a la calle). Y seguimos
hablando. De cómo me convertí en vampiro, casi por error. Lo típico, chico
conoce chica en Facebook; chico viaja hasta la ciudad de la chica; chica
resulta ser vampira y le muerde en la primera cita; chico vuelve a Madrid hecho
migas, con el corazón roto y convertido en un “no muerto”…
-
- “Menos
mal que vivo solo, porque de lo contrario habría sido muy difícil explicar lo
que me estaba pasando…”
- - “¿Y
eso?”
- - “Menos
mal que estaba de vacaciones, porque los primeros tres días, cuando me
transformé, fueron espantosos. Tumbado en la cama, sin poder moverme, notando
cómo mi organismo cambiaba lentamente. El segundo día me puse a vomitar. Al
tercero la comida me daba nauseas solo de pensar en ella. El cuarto pude
levantarme, y como no tenía nada de sangre en casa (como es normal), pero me
sentía demasiado débil para ir de caza, llamé a mi amigo Manolo, que trabaja en
el matadero, para que me guardase un par de litros de sangre de cerdo, con la
excusa de hacer morcillas de arroz con la receta que me dio mi abuela…”
- - “¿Y
qué pasó?”
- - “Una
catástrofe. Como la sangre cruda me daba mucho asco, le puse unas gotitas de
tabasco y un chorrito de vodka, y me la tomé como si fuera un bloody mary
(nunca mejor dicho el nombre jajaja). Como no me sentía demasiado bien, me fui
a la cama, y cuando me desperté, estaba totalmente hinchado, como el muñeco de
Michelín… Lo pasé fatal… Y encima recibí el mensaje…”
- - “¿Qué
mensaje? ¿De quién?”
- - “De
Yolanda, ya sabes, la chica que me convirtió en vampiro… “Bajo ningún concepto
bebas sangre de cerdo, te sentará mal”. Un poco tarde para el aviso. Luego
encima empezaba con los consejitos: “solo puedes tomar sangre humana, no hagas
experimentos”. “Los primeros días te sentirás fatal”. “Prueba con el zumo de
tomate y Micebrina, te vendrá bien”. “No procures transformar a nadie hasta que
no hayan pasado varios años”. Y cosas por el estilo. Todas ellas de gran
utilidad…”
- - “Ya
veo… ¿Y ni siquiera te pidió perdón por haberte transformado?”
- - “¡Qué
va! Le echó la culpa al cha-cha-chá, a la luna llena, a la emoción del primer
momento… Pero nada de nada… Y encima después de esos primeros mensajes no ha
vuelto a hablar conmigo… Total, para lo que me iba a contar…”
- - “¿Has
buscado ayuda? ¿En internet?”
- - “Nada
de nada. No hay páginas de auto ayuda para vampiros tímidos y principiantes… Y
solo me queda la sed… Cada vez mayor… Y aquí me tienes, hablando contigo, de
madrugada, sin poder apartar la vista de tu yugular…”
- - “Tranquilo
Adrián, creo que puedo ayudarte… ¿Te apetece un traguito de cero negativo? Creo
que todavía tengo un par de bolsitas en la nevera…”
Y así terminó
todo, Sentado en el sofá de Amalia. Con Boris en el regazo. Saboreando por fin,
intensamente, mi primera dosis de sangre…
¿Ah, que quieres
saber por qué Amalia tenía sangre humana en la nevera? Resulta que la dulce
Amalia y su novia (tremendo chasco para mi autoestima) habían montado hace
algunos años una red de apoyo para vampiros principiantes, al comprobar el
incremento de “chupa sangres” perdidos por Madrid. “El último mordisco” y otros
locales similares eran la mejor tapadera para esta novedosa ONGD, y según ella
resultaba muy fácil distinguirnos de los aficionados por un “especial brillo en
la mirada”... En cuanto a la sangre, la proporcionaban contactos de Cruz Roja
Española “por razones humanitarias”…
Así que aquí
estoy, formando parte de una ONGD, orientando a nuevos vampiros como tú, y
compaginando mis actividades nocturnas con mi trabajo de periodista… Y por
cierto, se me está quedando un tipín impresionante… Resulta que comer solamente
sangre adelgaza…
