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martes, 15 de agosto de 2023

BESOS DE MUERTE Y VIDA

 


“Madrid, a 14 de abril de 1877.

Querido Sebastián: ante todo, espero que todos estaréis bien, tu encantadora esposa y tus preciosos hijos un permanente motivo de alegría. Lamenté mucho enterarme de la enfermedad y posterior muerte de tu padre, a quien Dios tenga en su gloria, sobre todo cuando pienso que, de haber sucedido tan solo seis meses más tarde, tan luctuoso acontecimiento podría no haberse producido. Ya me conoces, tengo un espíritu muy abierto, en consonancia con nuestro siglo, y por eso creo que podría haberte ayudado. Cáncer, esa maldita palabra, que si viene asociada a un órgano interno como el páncreas, equivale a una condena a muerte. Aunque hay gente capaz de predecirla y, si se confirman los rumores, también de prolongar la vida…

Pero mejor comencemos por el principio, por el origen de una historia que bien podría ser una de esas leyendas de nuestro querido Gustavo Adolfo Bécquer, recientemente fallecido. Que, a fin de cuentas, los siete años que han pasado desde el día de su muerte no han hecho sino reafirmar su bien merecida fama como mago de las palabras… y en ocasiones, como augur de otros tiempos.

Todo comenzó cuando, a finales de marzo y de forma puramente casual, escuché los primeros rumores sobre un “ángel de bondad”, que dedicaba buena parte de las mañanas al alivio de los más pobres entre los pobres, aportándoles grandes dosis de caridad cristiana y favoreciendo su paso al otro mundo. Dicho “ángel” acudía sobre todo al Hospital Clínico de San Carlos (dependiente de la Facultad de Medicina), junto a la Estación del Mediodía, pero también en el Hospital de la Princesa, que fue inaugurado hace apenas veinte años, y a varios hospicios para infantes y casas para mujeres descarriadas. Dicha dama se había ganado una bien merecida fama de persona cabal y misericordiosa además de buena cristiana, pero al mismo tiempo se rumoreaba que podía predecir la muerte, y que sus intuiciones eran poco menos que infalibles.

¿Te preguntarás qué relación tiene el poder vaticinar el paso a mejor vida de otros seres humanos, con lo contrario, con haber salvado a tu padre de tan cruel enfermedad? Te pido un poco de paciencia, mi querido amigo, puesto que ni yo mismo lo sabía hasta hace escasas horas.

Como bien sabes, mi querido Sebastián, el tema del paso al otro mundo siempre me ha intrigado, y aunque de momento tengo la conciencia bien tranquila, soy por otra parte un espíritu inquieto, a quien le atraen los misterios. Y el de la existencia de una persona capaz de predecir la muerte de otros seres humanos no podía dejar de despertar mi interés.

Por ello, me decidí a investigar el asunto. Lo más sencillo, y como buen periodista, era acudir a las fuentes, en este caso a los propios médicos del centro universitario, al considerar que serían los más abiertos a hablar de este interesante caso. ¡Cual no sería mi sorpresa, al encontrarme con una firme negativa! El mismísimo Doctor Olías, jefe del departamento de medicina interna del San Carlos, me dijo, de muy malos modos: “Aquí estamos hablando de una cosa muy seria, de la vida y de la muerte, pero esto es ciencia, muy señor mío. No creemos en augures, en lectores de manos, decidores de buena fortuna ni en comunicaciones con el otro mundo. Y menos aún estoy dispuesto a tolerar cualquier tipo de infundios o de calumnias contra una de nuestras benefactoras, que destina buena parte de su tiempo en aportar cristiano consuelo a los dolientes. Doña Ana es poco menos que una santa. Así que, váyase usted de nuestras instalaciones, o me veré obligado a pedir que le expulsen.”

Ante semejante negativa, mi interés no pudo hacer otra cosa que verse reforzado, y de todas formas mi visita no había sido infructuosa, puesto que ya tenía el nombre de la misteriosa benefactora. Estuve investigando, hablando con otros médicos y pacientes más receptivos, y al final averigüé su identidad. Doña Ana de Matesanz y Monteagudo, viuda de un importante comerciante de telas, y que residía en la calle Mayor. Normalmente, la dilecta señora salía por las mañanas, apenas terminada la primera misa en la parroquia cercana a su domicilio, y empezaba su ronda, primero por el Hospital Clínico San Carlos, luego por el de la Princesa, y más tarde por varias inclusas y centros para niños abandonados y mujeres de mala vida. Y en todos ellos se destacaba por su gran caridad cristiana, por su capacidad para consolar a los afligidos con las palabras adecuadas, y por ir dejando tras ella lo que muchos denominaron como “aroma de santidad”, y que no era otro que una colonia especial que le elaboraban con ingredientes y esencias naturales en la farmacia Reina Madre, de la calle Mayor, dato este que me fue confirmado por su sirvienta a cambio de una módica suma.

Dicen que su presencia era siempre agradecida por los pacientes y sus familiares, y era doña Ana en todo caso siempre bienvenida, por su caridad cristiana y por la ayuda económica en forma de limosnas, pero con cierta reticencia. Sus manos, sus castos besos, que antes se consideraban un regalo de Dios y la mejor cura para los males del alma, se convirtieron en una maldición. Al menos eso pude averiguar hasta la tarde del pasado día 3, cuando me llegó la confirmación de una entrevista con dama tan principal.

Me perdonarás que te deje abandonado en este momento, pero es preciso que lo haga, puesto que dentro de una hora he de reunirme con la mismísima doña Ana de Matesanz para una reunión entre amigos en una sala privada del Casino Militar, y espero poder contarte más novedades sobre tan peculiar experiencia.

Tuyo afectísimo, Bartolomé Veracruz.”

 

“Madrid, a 20 de abril de 1877.

Querido Sebastián: he necesitado un par de días, para escribirte esta nueva carta, tan grande fue el asombro que generó en mi interior la “reunión entre amigos” del pasado día 14, por llamarla de alguna manera. Es un evento que me ha generado una enorme tensión emocional, y ganas tengo de explicártelo todo, pero es necesario hacerlo con orden. Así que sigamos con la historia de mi primera visita a doña Ana de Matesanz hace dos semanas, el 4 de abril. Quizás por el hecho de su trayectoria benéfica (según ciertos testimonios, se remonta a principios de los años setenta), yo me esperaba a la típica señora de cierta edad, con la espalda encorvada por el paso del tiempo, la mirada marchita y las manos temblorosas, en todo caso un personaje sabio y venerable.

Y cuál no sería mi sorpresa cuando llegué a la puerta de su domicilio, ubicado en el número 7 de la calle Mayor, en el primer piso, principal. Aprovechando las bondades del clima de nuestra ciudad, había ido caminando desde mi domicilio, que como bien sabes se encuentra en el 13 de la calle del Arenal, hasta dicha vivienda. Un portero, con deslucida librea, me franqueó el paso y, después de identificarme con una tarjeta de visita, me indicó la escalera principal. Llamé a la puerta, dotada de una misteriosa aldaba de bronce que reproducía la forma de una mano humana casi de tamaño natural que impactaba sobre un plato del mismo material, adornado con símbolos cabalísticos, que me pareció un poco fuera de lugar en casa tan importante. A los pocos instantes, dicha puerta se abrió, apareciendo un mayordomo de mediana edad, vestido con elegancia casi de otros tiempos, quien me pidió el bastón, los guantes y el abrigo y me acompañó hasta el salón, donde en penumbras me esperaba doña Ana…

 Como ya te dije antes, por su larga trayectoria en la Beneficencia, me había hecho una imagen mental de una venerable anciana, de espalda ligeramente encorvada, pelo entrecano y marchita belleza… No puedes imaginar mi sorpresa al distinguir entre las sombras de la habitación un rostro joven y terso, de mirada vivaz e inteligente y piel blanca, pero con la lozanía de una joven. Su cuello era largo y bien proporcionado, y cuando se puso en pie para recibirme, pude observar que su cuerpo menudo, a pesar de las discretas ropas de luto, se mantenía joven y flexible. Afectuosamente, me tendió una mano, enguantada de satén negro, y me la estrechó con singular fuerza y de manera un tanto masculina al saludarme. En la otra mano portaba mi tarjeta, así que las presentaciones fueron completadas en escasos minutos.

“Don Bartolomé, he de admitir que despertó usted mi curiosidad, cuando el mayordomo me entregó su tarjeta hace un par de días, solicitándome una entrevista. Pues no comprendo el interés que puede generar en todo un periodista de El Imparcial una pobre viuda como yo, dedicada a obras de caridad…”, me dijo doña Ana, con una voz tersa y suave.

“En estos momentos estoy preparando un artículo sobre la atención a los niños y a las mujeres descarriadas en la ciudad”, improvisé con escasa convicción, “y diversas personas me la han recomendado por su piedad y su obra social. Por ello, me gustaría hacerle algunas preguntas para establecer su trayectoria, y contar sus vivencias…”

“Pues en verdad, creo que es algo que siempre he llevado en mi interior, el deseo de hacer el bien a mis semejantes, sobre todo a los más débiles y necesitados, como son los niños, las pobres mujeres… Como usted sabrá, me casé muy joven, con un caballero de mediana edad, don Ignacio de Matesanz. Su mayor deseo era tener descendencia lo antes posible, y tardé poco tiempo en quedarme embarazada por primera vez, mas perdí a la criatura. Otras dos veces estuve esperando tan feliz acontecimiento, el último de ellos incluso llegó a respirar durante dos semanas, pero murió por causas misteriosas mientras dormía. Mi marido no pudo soportar la pena por el fallecimiento de su heredero, un varón a quien llamábamos cariñosamente Huguito, y se fue consumiendo en la melancolía. Tres meses más tarde, falleció, el 12 de octubre de 1872. En total, estuvimos casados cinco años, me quedé embarazada tres veces, y al final me encontré de nuevo sola (soy huérfana desde muy temprana edad). Por suerte, mi esposo tenía un cierto capital, sabiamente invertido en varias compañías comerciales y de importación, y por ello no necesito trabajar ni dedicarme a otras actividades. Pero yo sentía la necesidad de ayudar al prójimo, a los pobres, a los necesitados. Algo con lo que colmar mis días y mis noches, que se iban sucediendo monótonas y sin utilidad. Y fue entonces cuando conocí a un grupo de piadosas señoras, la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, a través de doña Mercedes Rodríguez, una querida amiga. Y fue ella quien me habló de su misión, de su labor social, tan pionera, tan acorde con nuestro tiempo y tan devota a la par.”

“¿Y cómo funciona dicha asociación?”, le pregunté, barruntando como poco una historia de tinte social en estas confidencias.

“Es muy sencillo. En una modesta vivienda facilitada por Doña María de la Encarnación Sotomayor y Monteancho, a quien sin duda conocerá, hemos establecido un santuario mariano, para la adoración perpetua de una imagen de la Inmaculada. Nos turnamos para rezar, día y noche, un grupo de damas de lo más heterogéneo, pero todas ellas de gran piedad. Respetamos escrupulosamente nuestros turnos, y cuando hemos terminado con estas devociones sagradas, recorremos los hospitales y hospicios e inclusas, para aportar la paz de Cristo a los más necesitados. Nos dirige, fortalece, asesora, consuela e inspira un sacerdote dominico, el Hermano Salvador. Y ahora, si me perdona el atrevimiento, he de dejarle, pues debo cumplir con mi turno de oración y recogimiento… A no ser que usted prefiera acompañarme hasta la puerta de nuestro santuario. Está muy próximo, podemos llegar dando un pequeño paseo.”

Movido por la curiosidad, acepté la invitación, y fuimos caminando en silencio hasta una vivienda situada en las cercanías del Palacio Real. No pude ver gran cosa, tan solo un corto pasillo en penumbra, y al fondo, un salón en el cual se encontraba ubicado un altar de considerables proporciones, con una imagen de la Virgen de inquietante realismo. Delante de él, dos reclinatorios componían el único mobiliario. Cuando entramos, doña Ana me presentó a las otras dos adoratrices, cuyo nombre he olvidado, y a quien sería su compañera durante las siguientes horas de oración y recogimiento, doña María de las Mercedes Ortiz.

“Doña Ana, con sus palabras, ha despertado mi curiosidad, y me gustaría poder acompañarla en alguna de sus rondas caritativas, para darle más detalles a los lectores sobre su función en los distintos asilos…”, le dije, deseando mantener el mayor tiempo posible la atención de aquellos ojos azules que me tenían completamente hechizado.

“Me parece perfecto, don Bartolomé. Si lo desea, podemos quedar a las ocho de la mañana, en la puerta de mi vivienda, que usted ya conoce. Espero que no le moleste madrugar, y caminar un poco…”

“Allí estaré”, le dije. Nos despedimos, otra vez, con un fuerte apretón de manos, y volví andando hasta mi casa. Me enfrentaba a sentimientos contradictorios: por una parte, respetaba a aquella mujer, con indudable halo de santidad, me llamaba mucho la atención su actividad religiosa, pero por otra, no me sentía orgulloso del engaño del que me había valido para entrar en contacto con ella… Y en tercer lugar, aunque eso estaba muy lejos de admitirlo, me sentía indudablemente atraído por esa melena negra, esos ojos azules y esa boca de grana, además de por ese menudo cuerpo cuyas formas apenas distorsionaba el vestido de luto riguroso…

Por todo ello, y para tranquilizar mi conciencia, fui a hablar con don José Altabella, el director del periódico, y le propuse la escritura de un artículo sobre la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, doña Ana y las otras señoras, además de su labor social, obteniendo su beneplácito: “Siempre es de agradecer un poco de caridad cristiana, vivimos unos tiempos duros, y un artículo de interés humano como este podrá reforzar nuestra imagen de cara al núcleo más tradicional de nuestros lectores.” Confortado secretamente por las palabras del director, estuve un par de horas en la redacción, hablando con otros compañeros, y me fui a mi casa. Mi madre me recibió con afecto, y cenamos juntos. He de admitir que Sabina, la cocinera a quien ya conoces, hace las mejores croquetas de todo Madrid, y que la sopa de fideos aquella noche me supo deliciosa, por lo que me acosté con la mejor disposición de ánimo para lo que me esperaba el día siguiente…

Y con esto llegamos al día 5 de abril. Nervioso como un enamorado en su primera cita, me levanté con las primeras luces, antes incluso de que el sereno diera su ronda de las seis, me dirigí al cuarto de baño y me lavé lo mejor posible, poniendo especial cuidado en afeitarme y perfumarme (ya sabes que siempre uso Álvarez Gómez), para vestirme como todo un caballero. La noche anterior lo había dejado todo listo, y fiel Sabina ya me tenía listo el desayuno. El caso es que a las siete y cuarto de la mañana ya estaba saliendo de mi casa, y a las ocho menos veinte ya me encontraba en la puerta de doña Ana. A la hora en punto, ella salió, y me saludó afectuosamente, con ese apretón de manos un tanto masculino pero que tan bien le sentaba. Vestía, como la víspera, de luto riguroso, con el cabello recogido en un moño y tocado por un airoso sombrerito del mismo color, y llevaba sus guantes de satén. Calzaban sus pies unos prácticos botines. Aquella mañana nos movimos sobre todo por la zona centro de Madrid, visitando en primer lugar una casa de infantes. Allí estaban una veintena de niños, desde las pocas semanas hasta los cuatro años, atendidos por dos monjas y cuatro seglares.

“Nuestra función”, me dijo doña Ana, “es muy sencilla, aportar un poco de consuelo a estas pobres almas. Estos niños en su mayor parte han sido abandonados por sus madres, y necesitan de nuestro cariño. Nunca menosprecie usted el valor de un abrazo, del afecto de una madre, incluso de un beso, en estos pequeños: está científicamente demostrado que el índice de mortandad se dispara entre quienes carecen de estas muestras de cariño. Por eso, siempre dedicamos un tiempo, como usted verá, a jugar con ellos, a asistirlos cuando los bañan, o simplemente cogerlos en brazos musitando una canción…”

Y pude observar, en un discreto segundo plano, cómo se inclinaba sobre las cunas, alzando a algunos niños, acunándolos contra su pecho, o simplemente haciendo monerías para conseguir que sus risas cristalinas se adueñaran del aire.

“Además, esto me sirve de consuelo, puesto que pienso en mi querido Huguito, en lo mucho que me habría gustado que viviera, poder cuidarlo, mimarlo, igual que hago con estos hijos del pecado y de la tristeza…”

“¿Acaso nunca ha pensado en volver a casarse?”, le pregunté, temiendo un poco la respuesta…

“No puedo hacerlo. Firmé un compromiso prematrimonial, y si vuelvo a casarme, perderé todo mi patrimonio, y eso es algo que no puedo permitirme, ni siquiera a cambio de un hijo propio… Pero esa es otra historia, a fin de cuentas, soy una mujer de mi tiempo, y hago lo posible por disfrutarla. ¿Le importa sostener a este niño, mientras aviso a la hermana Anunciación? Me parece que Luisito no se encuentra del todo bien…”

Y efectivamente no lo estaba, puesto que minutos después me vomitó copiosamente sobre el abrigo. Menos mal que las hermanas tenían a mano una palangana, con agua caliente y jabón, y pudieron resolver el problema. Seguimos la ronda por aquella institución, y luego por otras tres más, y en todas ellas se repetía la misma maniobra: abrazos, caricias a los infantes, juegos, buenas palabras para las jóvenes madres. Observé que no se había quitado los guantes durante todo el tiempo, pero que de vez en cuando, cogía en brazos a algunos de los niños y, después de mirarlos con lástima infinita, les acariciaba la frente, los pequeños brazos o las piernas con ternura antes de depositarlo de nuevo en la cuna, en brazos de la madre o de una de las hermanas. En aquella ronda de visitas, lo hizo en un par de ocasiones, el último de ellos fue un niño rubio, de unos cuatro años, a quien sostuvo en brazos y dio varios cariñosos y prolongados besos. “Se llama Pedrito, y es muy listo. Tiene muchas ganas de aprender sus primeras letras… es una lástima…”, me dijo, ensimismada, al salir del último hogar de acogida. “¿Le importa si nos refugiamos en aquél café? Ya son las once de la mañana, y empiezo a estar cansada”.

Y eso hicimos, entramos en un pequeño café de la calle Atocha, nuestra última visita del día sería al San Carlos. “De vez en cuando, me olvido de mi edad, que no en vano estoy a punto de cumplir veintiséis años… ¿Le sorprende acaso que admita mi juventud?”

“Quizás un poco sí, doña Ana”, le respondí, notando que empezaba a enrojecer, y por cambiar de tema, le pregunté: “¿Por qué dice que es una lástima lo de Pedrito?”

Y ella me respondió: “Porque morirá antes de una semana…”

Me quedé estupefacto, cambié de tema, creo que hablamos del tiempo. Hicimos la última visita al San Carlos, donde fue acogida con cariño por muchas de las madres y perseguida por una turba de niños, aunque me di cuenta de que no besaba a ninguno de ellos. A la una de la tarde, al verla muy pálida, le propuse coger un carruaje para volver hasta su casa, y nos despedimos en el zaguán.

“¿Cree usted que ya tiene suficiente material para su artículo, mi querido amigo?”

“Me parece que sí… Aunque es cierto que me complacería verla en otra ocasión, por ejemplo, el día en que lo publique, para observar su reacción. O quizás incluso acompañarla en otra de sus visitas”, le respondí, un poco avergonzado por mi osadía…

“Me parece perfecto, querido amigo. Si usted me hace llegar un ejemplar de El Imparcial, tendré un gran placer en leerlo, e invitarle a un café en mi casa.”

Y eso hice precisamente: al salir publicado mi artículo, el pasado 10 de abril, le envié un ejemplar a doña Ana, a quien no había vuelto a ver desde el día 5, lo que me parecía una eternidad de tiempo, así como una caja de bombones de una prestigiosa pastelería, para agradecerle su atención. El cochero me trajo su respuesta, una pequeña tarjeta en la que me invitaba a tomar el té en su casa aquella misma tarde. Estuvimos hablando de muchas cosas, me sorprendió muy gratamente su nivel cultural, su independencia, su frescura, y a las ocho la acompañé a la sede de la Adoración, puesto que debía realizar su turno, no sin antes quedar con ella para una nueva ronda de visitas el día siguiente, con el pretexto de interesarme por aquellos rapaces a los que había conocido la otra vez. Ella accedió a mis pretensiones, aunque pude notar, o eso me pareció, algo de tristeza en sus ojos.

El día 11 de abril realizamos la visita… Pero en este momento, he de dejarte, querido Sebastián, y mañana prometo contarte el final de la aventura.

Tuyo afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”

 

“Madrid, 21 de abril de 1877.

Querido Sebastián, procedo a contarte el resto de la historia. No seas demasiado cruel conmigo al recibir estas letras, puesto que ya sabes que de toda la vida he sido muy enamoradizo, y nadie puede culparme por ello.

El caso es que el 11 de abril realizamos la misma visita que la vez anterior, recorriendo los hospicios, hospitales y casas de acogida. Pude ver de nuevo el cariño de las Hermanas, del personal auxiliar, de las madres, hacia doña Ana. Cuando llegamos a la casa de la calle Comendadoras, recordé al bueno de Pedrito, ese niño de cuatro años y cabello dorado con tantas ganas de aprender. Me extrañó mucho no verle, así que le pregunté a una de las cuidadoras. “¡Señor, qué gran desgracia! Apenas dos días después de la visita de doña Ana en la que usted la acompañó, el pobrecito dejó de respirar durante el sueño, y murió. ¡Una lástima, todos le queríamos tanto!” En ese momento, miré a mi acompañante, y detecté en el fondo de su mirada azul algo que no me gustó, una oscuridad primigenia, ancestral. Duró solamente un instante, el tiempo que tardó en asomar a sus ojos una lágrima, para la cual le ofrecí raudo y veloz mi pañuelo. Ella estuvo llorando unos minutos, luego logró dominarse, se secó los ojos y me devolvió mi pañuelo de hilo de Escocia (que todavía conservo). Terminada nuestra ronda en el San Carlos (aquella fue la última parada), nos tomamos un café juntos, y la acompañé de nuevo a su casa. Tres días más tarde, el 14 de este mes me invitó a “una reunión de amigos en el Casino Militar. Se ruega asistir de negro riguroso.”

Quedamos en la puerta de tan noble institución a las nueve de la noche. Doña Ana en esta ocasión vino en un carruaje, el cochero la ayudó a bajar. “Querido amigo”, me dijo, “considero necesario el que usted me acompañe en esta reunión, porque de lo contrario, no podrá usted comprenderme ni aceptar lo que le ofrezco… Le ruego que sea discreto, y que espere al final de la ceremonia, junto a los demás invitados…”

Y tras esto, entramos en el Casino. La amplia habitación apenas si estaba iluminada por los faroles de gas. Nos pusimos en círculo, una decena de sombras oscuras, y esperamos en silencio. Las luces se atenuaron incluso más, y dos enfermeras, vestidas de blanco, entraron, empujando una silla de ruedas. En ella se encontraba un anciano, de rostro y cuerpo consumido, que respiraba con dificultad. Se hizo el silencio más absoluto. En ese momento, entraron en la habitación seis figuras, con holgadas túnicas de capucha negras. Sonó una extraña música. Las figuras se acercaron, y dejaron caer los ropajes. Reconocí a una de ellas, era doña Ana. Vestidas con un lienzo de blancura inmaculada, se fueron aproximando a la silla de ruedas. Levantaron entre varias al anciano, y lo tumbaron sobre una especie de cama en el centro de la habitación. Le despojaron de toda su ropa. Y empezaron a besarlo, en la boca, en la frente, en el pecho, por todo el cuerpo, incluyendo el miembro viril, como si estuvieran adorando algo sagrado o realizando una ceremonia pagana. Y sucedió. Poco a poco, entre los besos y las caricias de las mujeres, el hombre fue cambiando, recuperando la juventud, hasta que, convertido en un adolescente de singular belleza, bajó de la mesa, besó con pasión a cada una de las mujeres y, vestido con una túnica roja que le pusieron ellas, se alejó en medio de un silencio sepulcral, que fue interrumpido por una salva de aplausos. ¿Qué era lo que había visto?

Esperé a Doña Ana en la puerta del Casino, tal y como habíamos quedado. La acompañé a un café cercano, y ella empezó a hablar…

“Lo que ha visto, es una ceremonia de vida. Somos las Servidoras de un Príncipe Oscuro. Tenemos el don y la obligación de quitar la vida a los Inocentes, le ofrecí la de mi propio hijo, el mayor sacrificio y compromiso de una madre, para devolvérsela a nuestro Señor, un antiguo Mago, de edad desconocida. Robamos la vida de los niños mediante un beso (por eso mueren unos días después, les hemos quitado toda la fuerza vital), y la conservamos en nuestro interior, para transferirla a nuestro Señor mediante otro beso. A cambio de ser las Mensajeras de la Muerte, conservamos la juventud eterna. Es lo que soy, una asesina de niños, mi querido amigo… Nacida en Bilbao en 1584, hija de una familia de hidalgos, le he seguido con su Corte itinerante por media España, y le he sido fiel. Cada pocos años, cambiamos de ciudad, incluso de país, nos camuflamos entre las personas normales. Dentro de diez días saldremos hacia París, para no volver… Pero al mismo tiempo, soy una pobre mujer de casi 300 años, que se ha enamorado de un mortal… No puedo dejar de seguir matando inocentes con un beso, ni dejar de servir a mi Amo… Pero te ofrezco compartir la inmortalidad, si la aceptas…”

Y acepté, mi querido Sebastián. Con un beso de doña Ana se habría podido salvar la vida de tu padre, pero sería a cambio del óbito de otro niño inocente. ¿Es acaso un precio demasiado elevado por huir de la muerte, y estar con la mujer amada, al servicio de un Señor Oscuro? Yo escogí libremente, abandonarlo todo y seguirla a ella… Doña Ana… y la inmortalidad…

Tuyo afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”

lunes, 15 de febrero de 2016

LA SED...

Lo peor de todo es la sed…

Ser un vampiro tiene muy poco que ver con el glamour de Stephenie Meyer. No hay fascinación ni atracción física ni luces en medio de la mañana. Es cierto que puedes experimentar ciertos cambios, pero en esencia sigues llevando el mismo tipo de vida.

Si eres un “Adonis-que-se-come-el mundo” antes de la transformación, lo seguirás siendo después. Si te pareces más a Alfredo Landa ligando con las alemanas, pues ya sabes lo que te espera.

Yo, sin parecerme demasiado al dilecto cómico, disto bastante del semi dios… Soy bajito (uno setenta y dos no es gran cosa), un poquito gordo (esa maldita barriga cervecera), y no tengo demasiado pelo en la cabeza (y mira que yo pensaba que esto cambiaría, total, una media melena la puede tener cualquier vampiro que se precie). Me gusta leer, escribir, ir al cine, soñar, comer bien, dormir… En eso, no he cambiado demasiado con la transformación, ni esta ha sido tan profunda. Me siguen gustando las mismas cosas, y la mayor parte de ellas las sigo haciendo…

Bueno, menos comer. Mi estómago, de la noche a la mañana, ha dejado de aceptar cualquier tipo de alimento que no sea sangre humana. ¡Y de eso tampoco te avisan al convertirte!

En las películas parece todo de lo más sencillo. Eres un vampiro. Tienes hambre. Te vas de caza. Las mujeres sucumben a tus encantos. Las atacas en los callejones, en los cuartos de baño. En los ascensores. En su propia casa. Y lo único que te dicen es “¡Muérdeme, chato!” Y encima si te gustan de verdad, las puedes convertir en tus vampíricas amantes inmortales, y acabas teniendo un harén de criaturas agradecidas, que están dispuestas a ir de caza por ti, vamos en plan león.

Y una mierda.

Si eres bajito y un poquito gordo, ese será el aspecto que presentarás ante tus futuras y presuntas víctimas. Tu mirada no se vuelve magnética ni altamente seductora. Ni las hermosas mozas caen rendidas a tus pies. Ni mucho menos arquean el cuello de manera deliciosamente seductora para presentarte el mejor lado de su yugular. Y por supuesto, si no tienes experiencia como ligón, no la vas a adquirir de repente gracias a un mordisco.

Parece mentira el daño que han hecho las películas de “Crepúsculo”, y no hablemos ya de “Blade” o similares.

Se me ocurrió pensar que el mejor coto de caza serían los bares de solteras de los alrededores del Bernabéu, ya sabes, llenos de secretarias divorciadas, directivas maduras y alguna que otra mujer despechada ansiosa de diversión. Me puse mis mejores galas (es decir, mi único traje decente), me peiné con esmero (en mi caso, me rapé la cabeza al dos) y, metiendo barriga y perfumado con Hugo Boss, decidí jugarme el todo por el todo.

Y tanto que me lo jugué. Porque la primera vez que lo intenté, solo obtuve un bofetón. La segunda, un bolsazo. La tercera, una patada en los huevos. Y la cuarta, primero una paliza, y segundo me mordieron los de la competencia. No basta con tener buena planta y ciertos conocimientos de comunicación no verbal. Si quieres cazar tienes que ser muy especial…

Cuando salí del hospital después de la paliza (la nariz rota, lo que me faltaba, y un doloroso desgarro en la yugular, pues se dieron cuenta demasiado tarde que era uno de los suyos, “¡Ostras macho, lo sentimos mucho!” me dijeron y todo), decidí cambiar de táctica y de lugar.

Dispuesto a cambiar mi suerte, y tras una cuidadosa selección de lugares alternativos a través de internet (¡San Google Bendito!), decidí cambiar por completo de aspecto, es decir, vestirme de negro y maquillarme a lo Marilyn Manson, y dirigirme a los bajos de Moncloa. Pensé que sería bastante sencillo, sobre todo porque en esa zona hay un club de supuestos amantes de los vampiros, llamado “El último mordisco”, al que acuden un puñado de góticos y de tribus similares, fascinadas por lo vampírico y lo alternativo.

Se visten de negro, con vuelos y encajes. Se maquillan de blanco. Se pintan los labios de negro. Se dejan crecer las uñas, y algunos incluso se afilan los dientes. No hacen más que hablar de “los inmortales”, “los nuevos dioses”, “los no muertos” y, sobre todo, de “la vida eterna”. Escuchan músicas oscuras. Beben cosas raras. Se hacen los interesantes, pero en el fondo no saben nada. Si conocieran de verdad la sed, no se andarían con tantas tonterías.

No sé muy bien cómo, pero coincidí con Amalia en una esquina de la barra la tercera noche. Yo estaba bebiendo un zumo de tomate (curiosamente no me hace daño), y ella se puso a mi lado.
-         
“- ¿Así que te gustan los vampiros?”, me preguntó.
-  -    “Me interesan bastante. Desde hace un par de semanas”, le respondí, haciéndome el interesante.
-     -    “¿Y eso?”
-        -   “Desde que me mordieron…”
-          - “¡Qué interesante! ¿Y cómo te sientes?”
-          - “¡Hecho mierda jajajaja! No puedo comer casi nada, todo me sienta mal, y encima siempre tengo sed. De sangre. No paro de pensar en ella, veo a la gente a mi alrededor, y solo pienso en morderles, en desgarrar sus cuellos, para alimentarme…”
-          - “¡Qué guay! ¡De verdad me morderías hasta matarme solo para alimentarte?”
-          - “No lo sé… Soy novato en estas cosas… Y no he tenido mucho éxito hasta ahora…”
-       -   “Pues la verdad, para ser un vampiro, eres de lo más civilizado… ¿Te apetece acompañarme a mi casa, y seguimos hablando?”

Y nos fuimos a su casa. Amalia vive en un estudio, de unos cuarenta metros, en la calle Espíritu Santo. Trabaja de tele-operadora en una empresa de asistencia en carretera, y comparte el piso con Boris, su gatazo enorme, atigrado y consentido. La decoración es de lo más normal, hay estanterías con libros por todas partes, algunos paisajes estilo “new age”, y le gusta quemar incienso.

Apenas llegamos a la casa, me sirve un zumo de tomate bien frío, y me pide permiso para ponerse cómoda. Unos minutos más tarde, sale de la habitación con uno de esos chandals de felpa de mercadillo de color gris, y unas zapatillas de piel vuelta. Una vez que se ha quitado toda la parafernalia gótica, resulta ser una chica de lo más normal… pero tremendamente atractiva…

Nos sentamos en el sofá, y Boris se tumba en mi regazo (más tarde me enteraría de que esa era la famosa prueba del gato: si Boris no me aceptaba, me iba a la calle). Y seguimos hablando. De cómo me convertí en vampiro, casi por error. Lo típico, chico conoce chica en Facebook; chico viaja hasta la ciudad de la chica; chica resulta ser vampira y le muerde en la primera cita; chico vuelve a Madrid hecho migas, con el corazón roto y convertido en un “no muerto”…
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- “Menos mal que vivo solo, porque de lo contrario habría sido muy difícil explicar lo que me estaba pasando…”
-   -        “¿Y eso?”
-    -      “Menos mal que estaba de vacaciones, porque los primeros tres días, cuando me transformé, fueron espantosos. Tumbado en la cama, sin poder moverme, notando cómo mi organismo cambiaba lentamente. El segundo día me puse a vomitar. Al tercero la comida me daba nauseas solo de pensar en ella. El cuarto pude levantarme, y como no tenía nada de sangre en casa (como es normal), pero me sentía demasiado débil para ir de caza, llamé a mi amigo Manolo, que trabaja en el matadero, para que me guardase un par de litros de sangre de cerdo, con la excusa de hacer morcillas de arroz con la receta que me dio mi abuela…”
-       -    “¿Y qué pasó?”
-      -     “Una catástrofe. Como la sangre cruda me daba mucho asco, le puse unas gotitas de tabasco y un chorrito de vodka, y me la tomé como si fuera un bloody mary (nunca mejor dicho el nombre jajaja). Como no me sentía demasiado bien, me fui a la cama, y cuando me desperté, estaba totalmente hinchado, como el muñeco de Michelín… Lo pasé fatal… Y encima recibí el mensaje…”
-         -  “¿Qué mensaje? ¿De quién?”
-          - “De Yolanda, ya sabes, la chica que me convirtió en vampiro… “Bajo ningún concepto bebas sangre de cerdo, te sentará mal”. Un poco tarde para el aviso. Luego encima empezaba con los consejitos: “solo puedes tomar sangre humana, no hagas experimentos”. “Los primeros días te sentirás fatal”. “Prueba con el zumo de tomate y Micebrina, te vendrá bien”. “No procures transformar a nadie hasta que no hayan pasado varios años”. Y cosas por el estilo. Todas ellas de gran utilidad…”
-          - “Ya veo… ¿Y ni siquiera te pidió perdón por haberte transformado?”
-          - “¡Qué va! Le echó la culpa al cha-cha-chá, a la luna llena, a la emoción del primer momento… Pero nada de nada… Y encima después de esos primeros mensajes no ha vuelto a hablar conmigo… Total, para lo que me iba a contar…”
-          - “¿Has buscado ayuda? ¿En internet?”
-       -    “Nada de nada. No hay páginas de auto ayuda para vampiros tímidos y principiantes… Y solo me queda la sed… Cada vez mayor… Y aquí me tienes, hablando contigo, de madrugada, sin poder apartar la vista de tu yugular…”
-       -    “Tranquilo Adrián, creo que puedo ayudarte… ¿Te apetece un traguito de cero negativo? Creo que todavía tengo un par de bolsitas en la nevera…”

Y así terminó todo, Sentado en el sofá de Amalia. Con Boris en el regazo. Saboreando por fin, intensamente, mi primera dosis de sangre…

¿Ah, que quieres saber por qué Amalia tenía sangre humana en la nevera? Resulta que la dulce Amalia y su novia (tremendo chasco para mi autoestima) habían montado hace algunos años una red de apoyo para vampiros principiantes, al comprobar el incremento de “chupa sangres” perdidos por Madrid. “El último mordisco” y otros locales similares eran la mejor tapadera para esta novedosa ONGD, y según ella resultaba muy fácil distinguirnos de los aficionados por un “especial brillo en la mirada”... En cuanto a la sangre, la proporcionaban contactos de Cruz Roja Española “por razones humanitarias”…


Así que aquí estoy, formando parte de una ONGD, orientando a nuevos vampiros como tú, y compaginando mis actividades nocturnas con mi trabajo de periodista… Y por cierto, se me está quedando un tipín impresionante… Resulta que comer solamente sangre adelgaza…

jueves, 28 de enero de 2010

PREDICCIONES DEL APOCALIPSIS (p.o.)


CONTROL: MÚSICA DE ENTRADA, "CARMINA BURANA" (20 segundos y fondo)



LOC: "Y se abrirán los cielos, y desde las alturas, manará la sangre, y anegará la tierra, y morirán primero todos los seres que se arrastran sobre la tierra, y dejarán de vivir cucarachas y escalopendras, gusanos y orugas, y hormigas, mas subirá la sangre, y perecerán los pequeños animales, los conejos y lasliebres, los topos y las ratas, los ciervos y sus parejas, los perros y los gatos... y al final, incluso los caballos, las vacas y los toros... Subirá la sangre, y la sangre de los inocentes derrumbará los cimientos de barro, y los de piedra quedarán tan impregnados, que se derrumbarán sobre sus ocupantes, y morirán sepultados entre las ruinas... Y la sangre destrozará las cosechas, y convertirá los campos en cenagales rojos... Y nada continuará vivo sobre la tierra, ni los peces, ni las aves... Y se habrá cumplido la venganza del Señor..." (Morlaquías, 12:27).



CONTROL: RAFAGA 10 seg., y bajar.



LOC:"Y los humanos que sobrevivan verán cambiados para siempre los hábitos... Y la sangre contaminada arruinará el agua que quede, la del suelo y la del cielo... y las criaturas que se hubieran refugiado en lo alto, se verán asediadas por su hedor y su corrupción... Y los hijos se rebelarán contra los padres, y los matarán, primero a los más viejos, para beber su sangre... Y crearán así una nueva raza: los vampiros..." (Axágoras, 19:22,5)



CONTROL: RÁFAGA 10 seg. y bajar.


LOC: "Y se alzará hasta los cielos el llanto, y aparecerán preñadas las tierras por el hambre, la peste, la corrupción, la muerte... Y surgirán nuevos animales, mutaciones de los primeros, vacas de seis patas y cascos hundidos, caballos de dos cabezas, perros de dos rabos, y gatos de dos metros, y todos ellos beberán sangre, y comerán carne..." (Proeto, 23:6)



CONTROL: RÁFAGA 10 seg. y bajar.


LOC: "Y las plantas, y los árboles, se marchitarán y no darán frutos, y si los dieran, estos serán venenosos, y quien los comiera, sufra transformación y pierda el alma, pues será más bestia que las bestias, y se arrastrará en la pobredumbre, y comerá fango, y devorará a su progenie, y procreará sin parar, y su miembro viril se le caerá a pedazos, y sufrirá horrenda muerte..." (Nequitur, 18:01).



CONTROL: RÁFAGA 10 seg. y bajar.


LOC: "Y reinará el mal sobre la tierra, y todo el mundo sabrá que Dios ha muerto, pues verá su sangre esparcida por doquier, y olerá el pestazo de su cuerpo al corromperse, y su fétido aliento matará a ciudades enteras, y los gases de su corrupto vientre harán que estalle, y arrasará paises enteros, y corromperá las aguas, y los carroñeros humanos y los otros se alimentarán de su cuerpo, haciendo bueno lo de este es mi cuerpo, tomad y comed todos de él..." (Astareth, 45:12)



CONTROL: RÁFAGA 10 seg. y bajar.



LOC: Interesantes perspectivas sobre el fin del mundo, o como decían en aquellos años oscuros, del fin del Hombre... Mucha imagen cocambolesca, mucha imaginación, mucho empeño con la sangre de los hijos, de los padres y de Dios... Sin embargo, todos ellos se quedaron cortos, cuando hace dos meses, una extraña mutación se produjo en toda el agua, la dulce y la salada, la natural y la embotellada, del planeta... Producto de las erupciones solares dicen unos, de la contaminación masiva dicen los otros... Pero ya no queda agua en el planeta...



CONTROL: RAFAGA 10 seg. y bajar.



LOC: Ni tan siquiera en los sueros salinos, los zumos envasados, las bebidas preparadas (como la Coca-Cola, Fanta...), incluso las más famosas botellas de vino Gran Reserva aparecieron, de la noche a la mañana, contaminadas por las extrañas algas... Nadie recuerda muy bien de dónde surgió la idea de beber sangre humana para sobrevivir, y son varias las ciudades que se disputan este privilegio: Madrid, Londres, Roma, Nueva York... Ni tampoco existen datos fiables sobre la forma en que se difundió la idea... Pero ahora, solamente la sangre asegura la supervivencia... La sangre humana de preferencia, aunque también sirve la de cualquier animal lo bastante grande para haber conservado la vida... ¡Bienvenidos a la Era de la Sangre! ¡Bienvenidos a la Edad del Vampiro! Y que siempre corra la sangre por vuestras gargantas...



CONTROL: SUBE A Primer Plano y mantener hasta final corte...

RECICLAJE EXTREMO: ¡¡NOS LOS COMEMOS!!!


Macabro descubrimiento en un restaurante chino

Un grupo de inspectores de Sanidad, escoltados por diversas unidades de la Policía Nacional, de la Policía Municipal, y con la colaboración de varios forenses, que ya colaboraron en la investigación del 11-M, han irrumpido esta mañana en el local del señor Wei Lun, ubicado en la calle Divino Pastorcito, y en una pequeña nave industrial del polígono de Las Mercedarias. La preocupación de una madre por lo que comían sus hijos fuera de casa ha destapado una espeluznante trama, digna de cualquier novela de Robin Cook, donde la realidad supera la ficción. Los cuerpos de seguridad y las unidades forenses no descartan realizar nuevos hallazgos en Madrid, Barcelona, Sevilla y otras ciudades españolas.

La preocupación de una madre. En sus primeras declaraciones ante la Policía, Mar C. explicaba de esta manera lo sucedido: "A mi familia, siempre nos ha gustado mucho la comida china, y por eso, solemos comer en el restaurante Palacio de Hokaido casi todas las semanas. Y como nos gusta mucho el cerdo en salsa agridulce y la ternera con pimientos, bueno, la pedimos siempre... Lo que empezó a extrañarme, fue lo diferente que era la carne de una semana para la otra: unas veces, blanca y jugosa; otras, rosada y entreverada; otras, más bien seca... ¿No es extraño que la misma comida, tenga unas texturas y sabores tan distintos?" Seguro que a todos nos ha pasado algo parecido. Pero Mar C. decidió ir un poco más lejos, cuando unos análisis de sangre detectaron en su hijo de 6 años una sustancia, el ácido fluzosico condensado, que solamente se utiliza para tratar determinados casos de cirrosis hepática en los ancianos. "Tanto el analista, como el médico y el personal de laboratorio no podían comprender aquellos resultados. Se repitieron las pruebas, con otros marcadores (como el de la diabetes melitus o el del dengue), y también dieron positivos. Por precaución, nos hicieron las pruebas a mi marido y a mí, y hemos dado positivo en otras patologías. Mi hija pequeña, que todavía toma papillas y biberón, está sana."

Buscando coincidencias. Mar C. sigue explicando que "nosotros llevamos un régimen de vida un poco extraño, sobre todo de comidas, pues mi marido, que trabaja en un laboratorio de genética, y yo nos solapamos para que la pequeña Andrea no esté sola en casa, y mi hijo Pablo come casi siempre en el colegio. Sin embargo, algo debemos tener en común, para que todos presentemos el mismo cuadro..." Y efectivamente, tras varios días de reflexión, ha surgido un punto, una coincidencia: los tres comen siempre en el mismo restaurante chino, y salvo pequeñas variaciones, repiten el menú. Rodrigo G., el marido, dice lo siguiente: "Siempre pensé que lo de los chinos era solamente una leyenda urbana, que no era posible que hubieran muerto solamente 8 chinos en Madrid desde el año 89, que eso de que jamás hay perros ni gatos en las cercanías de un restaurante oriental era una mentira, pero ahora... no estoy tan seguro..." Para intentar comprender lo que les estaba sucediendo, incluso se pusieron a experimentar con distintas recetas de comida china, que sacaron directamente de internet, pero independientemente del cuidado que pusieron en respetar las dosis, pesar los ingredientes, e incluso macerar previamente la carne, nunca sabía igual que en el restaurante Palacio de Hokaido.

Por fin, una prueba tangible. "Mi niño se había pasado casi dos semanas en Observación del Hospital de la Princesa, y lentamente, con diversos procedimientos químicos, consiguieron disminuir primero, y eliminar después, todas aquellas toxinas extrañas de su organismo. Con mi marido y conmigo, fue más sencillo..." Se imponía hacer algo concreto para despejar las dudas, y como todo apuntaba al restaurante (hoy clausurado), Mar y Rodrigo volvieron a comer allí una vez por semana, como siempre... aunque ya no se comían toda la ternera ni el cerdo, y en cada ocasión guardaban diversas muestras en pequeños tubos de ensayo, que posteriormente Rodrigo analizaba en su trabajo. "Se trataba, explica Rodrigo, de aprovechar mis conocimientos y las instalaciones del laboratorio en el que trabajo para localizar los marcadores específicos del ácido fluzosico, que resulta muy perjudicial para los niños. Pero nos encontramos con algo muy diferente: la clave no estaba en los marcadores, sino en el origen de la carne."
Hacia la carne. Rodrigo sigue explicando su investigación: "Durante tres meses, no obtuvimos resultados concluyentes... si bien es cierto que comprobamos que la carne que nos vendían como cerdo y ternera, no era precisamente de aquellos animales, más o menos en un 45 % de las muestras, encontramos marcadores genéticos de perro, gato, rata y caballo. Esto podría ser un problema para Sanidad y Consumo, pero no explicaba la enfermedad de nuestro hijo." Sin embargo, hace quince días, los marcadores del ácido fluzosico y de otras sustancias, como las benzodiacepinas, y otras derivados farmacéuticos dieron positivo. Llevados por la curiosidad, y sobre todo por que no parecía tener la misma textura que los otros tipos de carne analizados, Rodrigo decide buscar los marcadores genéticos de otra especie distinta: la Humana. Y el resultado de las tres últimas muestras obtenidas es positivo. "Casi me faltó tiempo para tapar las muestras y guardarlas en la nevera del laboratorio, unas incontenibles arcadas me hicieron vomitar en la misma pila. ¡Habíamos estado comiendo carne humana!"

Comunicado a la Brigada Especial. Comer carne humana en un restaurante chino, como si fuera cerdo o ternera (lo de las ratas, perros y gatos no fue ninguna sorpresa): otra leyenda urbana que aparentemente se cumple. El problema era demostrarlo a las autoridades. Por eso el matrimonio acude al Sargento Aníbal Bueno, de la Brigada Especial, compañero del equipo de bolos La Mostoleña. "Al principio, pensé que me estaban gastando una broma. ¿Carne humana en un restaurante chino? ¡Menuda leyenda urbana! Pero claro, conociendo a Ricardo desde hace tantos años... El caso es que decidí realizar una nueva prueba en nuestro laboratorio genético... y también ha dado positiva en los marcadores pertinentes, y la prueba de ADN ha sido taxativa: se trata de carne humana, de un varón, de entre 60 y 70 años, que padecía un proceso canceroso en fase terminal." El doctor Moreno, que ha realizado la prueba, se muestra tajante: "Es la confirmación de una leyenda urbana... Ahora, tenemos que localizar y detener a los culpables, cueste lo que cueste."

Las primeras investigaciones. Sí, una de las muestras ha dado positivo, pero al no haber sido tomada siguiendo los protocolos de custodia de las pruebas, era necesario investigar, y obtener más datos en el Palacio de Hokaido. Y hacerlo sin despertar sospechas. Por ello, se piden refuerzos a diversas Comisarías alejadas de Móstoles, pues se trata de someter por una parte al local a un seguimiento continuado, y por eso es tan importante que haya caras nuevas, pero no tantas como para despertar sospechas. "Normalmente, explica el Sargento Aníbal Bueno, procuramos que haya siempre cuatro o cinco policías, comiendo solos o por parejas. Las muestras se etiquetan bajo la mesa, con los nombres de los agentes, el plato que han tomado, y son transportadas por un motorista al laboratorio de la Brigada. En las dos semanas que llevamos trabajando, hemos encontrado los tipos de carne habituales, incluyendo serpiente en los rollitos primavera, y rana en la familia feliz". La falta de resultados, combinada con una fuerte acidez, y el miedo a estarse comiendo a un semejante, hace mella en el equipo de investigación. Uno de los miembros abandona el grupo por motivos de conciencia, otro descubre el veganismo como alternativa vital (y su salud mejora considerablemente), y un tercero pone tanto cuidado en apartar todas las partículas de carne de su plato, que pone en serio peligro la operación. "Es un infierno, pensar que te puedes estar comiendo a otra persona, afirma Claudia Marquez, en cuanto terminaba de comer, me metía los dedos en la garganta, para vomitarlo todo... Nunca más volveré a comer en un chino".

28/X/2009: Los primeros resultados. Por fin llega el momento que todos temen y esperan a la vez: las muestras de la ternera con pimientos son indudablemente humanas, la Brigada puede proceder. Son las seis de la tarde cuando, pertrechados con una orden de registro firmada por el Juez Herrero, diez agentes y tres forenses asaltan el local, por las dos puertas a la vez. En su interior, solamente se encuentran con un viejo cocinero chino bastante sucio, y la hija del propietario. Ninguno de ellos habla español, por lo que interviene el intérprete de la embajada, que ha sido convocado esa misma tarde. Al principio, la conversación es amistosa, pero en cuanto se menciona el tema de la carne, el cocinero, identificado como Wei Tan, se pone visiblemente nervioso, e intenta impedir el acceso de los agentes a la cocina y a la despensa. Aparentemente, todo está en orden en la cocina... pero en la despensa, una nevera, ubicada detrás de la puerta y disimulada por varias cajas de verduras, encontramos lo que parece ser carne humana deshuesada. "Enseguida hacemos las fotos. La carne se encuentra en malas condiciones, pues la nevera no funciona demasiado bien, y presenta varias zonas medio descompuestas. En el acto, procedemos a detener al cocinero y a la hija del propietario, y los trasladamos a la Brigada." Mientras tanto, los forenses que han trabajado "in situ" ofrecen un primer diagnóstico concluyente, facilitado por el hallazgo de una mano, parcialmente roída, en el congelador. Posteriores análisis en el Laboratorio confirman los datos preliminares: en el restaurante Palacio de Hokaido se sirve a los clientes carne humana.

Teorías y explicaciones de la embajada. Por el temor de que no sea un caso aislado, el Juez Herrero decide decretar el secreto de sumario, detener a todos los implicados (el cocinero, la hija del dueño, el dueño, su hermano, su nuera y su cuñado) y sustituir a todo el personal del local por agentes especiales. Al no disponer ni de cámaras frigoríficas ni de sala de despiece, resulta evidente que la carne humana proviene de otro lugar, y el descubrirlo se convierte en la máxima prioridad. Una de las cosas que más ha llamado la atención al equipo es que, "desde 1988, solamente hayan muerto en Madrid 8 ciudadanos chinos, cuando teniendo solamente en cuenta el tamaño de la población oriental, las estadísticas calculan que en dicho periodo tendrían que haber fallecido como poco 140 personas. ¿Dónde están esos cuerpos? ¿Por qué los chinos solamente se mueren por accidentes de tráfico, o bien en los hospitales? ¿Dónde están sus tumbas?". Contactamos telefónicamente con la Embajada China, Liu-Pi, el asesor cultural nos atiende, pero sus explicaciones no son convincentes: "nuestra raza está acostumbrada a volver a morir a nuestro país, por eso, cuando se notan enfermos o viejos, ellos mismos, o la familia, les pagan el último viaje, para que puedan reposar en la tierra de nuestros ancestros." Cuando le preguntamos sobre por qué no hay chinos de edad avanzada en Madrid, la respuesta es ambigua: "es nuestra elección como raza seguir los ritos de nuestro país". Sobre los problemas con la documentación, alegaba: "somos muy parecidos, es cierto, pero todos nosotros tenemos papeles. Muchas veces, cuando llevamos diez años o más en el país, nos cambiamos el nombre, por otros más sencillos de pronunciar, y por eso en los cementerios hay muchos Pepe López, que en verdad son chinos con otro nombre. Eso explica la aparente baja tasa de mortalidad."

El confidente y la nave de despiece. A estas alturas de la investigación, lo más importante era localizar la sala de despiece, y desmantelar la red, labor muy complicada por el hermetismo de la sociedad china. Era necesario encontrar un confidente, en este caso, el dueño del restaurante, Wang Ma, se prestó a colaborar con nosotros, y nos permitió encontrar una pequeña nave industrial, en la localidad de Azuqueca de Henares, que se dedicaba a hacer sopas chinas de sobre y pienso para mascotas. Los efectivos de la Policía Nacional rodean todo el perímetro, estableciendo un cordón de seguridad eficaz. Después de atravesar la pequeña oficina, donde nos atiende el gerente, llegamos a la zona de elaboración de los alimentos. Veinte operarios, con máscaras, batas, gorros y guantes estériles, apenas si levantan la mirada mientras nos dirigimos a la parte posterior. Dentro de la última sala, nos espera una visión que parece rescatada de cualquier Círculo del Infierno de Dante. En el centro, una mesa de autopsias, con su sistema de desagüe, y con rastros de sangre, parece ocupar toda la estancia. Una serie de cubos de plástico duro, de tamaño comunidad, ocultan en su interior un macabro secreto: el primero está lleno de zapatos de mujer, el segundo, de hombre; el tercero, de ropa de mujer, el cuarto, de hombre; el quinto, de manos y pies cortados; el sexto, de entrañas lavadas; el séptimo, cabezas cortadas; el octavo, de pelo humano.

Confesiones y resultados. Ante la extrema crueldad de los hallazgos, varias unidades del forense se desplazan a la nave, al mismo tiempo que diversos furgones policiales son utilizados para llevarse a todo el personal de la empresa, en cuanto terminen los interrogatorios. Al haberse conectado los inhibidores de frecuencia desde el primer momento, y con el corte de la línea telefónica, la nave ha quedado completamente aislada, y los investigadores realizan su labor. Al principio, nadie sabe nada de lo que pasa en la sala del fondo, ni lo que hacen varias noches por semana, ni comprenden los cambios en el color y la textura de las sopas, o la función de los cubos... pero al final, el gerente confiesa: "Casi siempre, recibimos los cuerpos por la noche, entre las dos y las tres de la madrugada. Generalmente, son tres o cuatro cadáveres al mes, pero con la proliferación de los trabajadores esclavos, hay que busca alguna manera de deshacerse de los cadáveres... y al mismo tiempo, obtener un cierto beneficio económico... Aquí lo aprovechamos todo: las ropas, se lavan, arreglan y esterilizan, las que están bien, se venden, las otras, para los esclavos. Los zapatos, lo mismo, aunque en las fábricas clandestinas, no necesitan zapatos. El pelo es muy interesante, pues permite multitud de aplicaciones creativas, pero sobre todo, lo teñimos, y lo usamos para forrar los Furbises falsos." Como el Sargento precisa más datos, le pregunta por el uso de los cuerpos :"Las cabezas, los pies y las manos, primero los hervimos, para sacar todo el jugo, y luego los trituramos, los mezclamos con algas, hierbas y restos de las sopas, para elaborar piensos para mascotas, son muy alimenticios..." Teniendo en cuenta que se trata de una instalación relativamente pequeña, es fundamental organizarse bien: "Lo más importante es la rapidez, pues aunque la carne la pongamos a macerar durante diez días antes de distribuirla, hay que deshuesarlos previamente, y para eso hace falta ser un consumado descuartizador/cirujano." Y, por supuesto, no toda la carne es igual: "Los cadáveres se dividen en varias categorías, fijándonos sobre todo en la edad y el sexo. Para algunos rollitos primavera, lo mejor son los senos de mujer; para la ternera con pimientos, los muslos de hombre; para algunas sopas, las tripas bien lavadas y maceradas son perfectas; si se trata de plato de la casa, cualquier carne sirve; el pato con piña o a la naranja no se puede falsificar; pero cualquier otro plato que lleve, por ejemplo, pollo, normalmente se obtiene del brazo... Cuanta más edad, más barata es la carne. Por eso, precisamente, la adobamos con muchas especias, para ocultar su sabor... Y con los huesos, una vez descarnados, los trituramos, y mezclados con grasa de los mismos cuerpos, se obtiene la famosa Pomada del Tigre..."

Las investigaciones continúan. Dos meses después de la primera redada, las investigaciones siguen su curso, puesto que la existencia de esta pequeña red no justifica la tasa ridícula de defunciones de ciudadanos chinos en Madrid y en España. La Brigada Especial sigue al mando, pero recibiendo la plena colaboración de los restantes Cuerpos de Seguridad. De momento, se han desmantelado otras dos redes en Madrid, una en Barcelona, y tres en Sevilla. Diversos inspectores de Sanidad están realizando análisis de ADN en los principales restaurantes chinos, y aproximadamente en el 30 por ciento de los casos se ha detectado carne humana en el menú. La mayor preocupación que se plantea es de tipo sanitario, pues no se ha discriminado entre cuerpos sanos y enfermos, por lo que se pueden descartar que aparezcan determinadas patologías asociadas a la edad o a las enfermedades de los difuntos en los consumidores. Se ha decretado, por lo tanto, una alerta sanitaria nacional, y se ruega a las personas que hayan comido en restaurantes chinos u orientales, que se realicen las pruebas pertinentes en los Centros de Salud. La situación es preocupante, pues en diversos restos se han encontrado trazas de Yersinia Pestis y de viruela, y no existen datos actualizados sobre la posibilidad de transmisión de ambas enfermedades mediante la ingesta de carne humana contaminada. Las investigaciones de la Brigada siguen su curso.








EVIDENTEMENTE, CUALQUIER PARECIDO ENTRE LOS NOMBRES, LOS LUGARES, LAS TÁCTICAS DE DESPIECE O EL RECICLAJE DE LOS CUERPOS CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA. SIMPLEMENTE, HE DADO OTRA VUELTA DE TUERCA A UNA LEYENDA URBANA... Y YO COMO MUCHO EN EL CHINO DE MI BARRIO...


HELENA Y LOS STRIGOI



Dentro de 10 minutos estallará la bomba... El tiempo justo para contarte lo que me ha pasado en los últimos nueve días... Por eso te mando este correo, para que estés avisado... para que avises a los demás... y para que creas.. Son las últimas palabras de un moribundo, y lo único que deseo es llevarme conmigo a todos los que pueda... y devolverlos al Infierno...

Todo comienza hace nueve días, cuando por culpa de un accidente en la M-40, me quedo atrapada en mitad de un atasco monumental. En la radio dicen que se ha producido un choque brutal entre un autobús escolar y un camión que transportaba vigas de acero a una obra cercana. Como la carga estaba mal asegurada, las vigas han salido despedidas, atravesando muchas de ellas el autobús como si fuera mantequilla... "Todavía no hay datos oficiales sobre la causa del accidente, repite el locutor con su voz cansada, pero se cree que el autobús no ha respetado el límite de velocidad, por lo que se ha estrellado contra el camión, que se había detenido bruscamente al invadir su carril otro vehículo. Aunque tampoco se conoce el número definitivo de víctimas mortales, se teme que superen la veintena, incluyendo al conductor. La M-40 permanecerá otra hora más cortada, puesto que el transporte escolar se ha quedado atravesado en la calzada. Los cuerpos de Bomberos, Policía Nacional y Guardia Civil han desplazado numerosos efectivos a la zona del accidente..."

En ese momento, aburrida de escuchar por tercera vez en diez minutos las mismas noticias, y completamente parada en una marea de coches por la que se abren paso, a duras penas, las ambulancias, cambio de emisora, encuentro una de música clásica, y me pongo a observar a quienes me rodean. Entonces los veo, primero es una persona aislada, detenida en el arcén, luego llega otra, y luego otra, y otra más... y según nos vamos acercando al lugar del accidente, su número crece... Creo haber visto más de 30 personas, y me pregunto cómo han llegado a ese punto tan aislado de la carretera... adonde no llegan ni el metro, ni los autobuses... Aunque son personas normales, como tú y como yo, noto algo extraño en ellos... ¿Será por sus ropas? ¿Por su forma de mirar fijamente los restos del autobús? Cuando por fin rebaso el lugar del accidente, suspiro aliviada, puesto que, por unos momentos, me ha parecido que uno de ellos alzaba la mirada y la clavaba en mi coche...

Dos días más tarde, un chico ha saltado a la vía del metro delante de mí. El convoy entraba en ese momento en la estación, y el conductor no ha tenido tiempo de frenar. El impacto le ha cortado ambas piernas, y también le ha triturado un brazo (el derecho, creo). El dolor es espantoso, y no le pueden sacar de debajo de las ruedas hasta que no llegue una grúa especial. La circulación está interrumpida en la línea 5, en Núñez de Balboa. Con esa curiosidad morbosa que todos los humanos tenemos hacia el sufrimiento ajeno, me pongo a observar a mi alrededor... Entonces los veo... Es un grupo un poco más pequeño que en el accidente de la M-40, pero allí están, con sus ropas de colores apagados, como si fueran el negativo de una vieja foto... Sobre todo, le reconozco a él: alto (casi dos metros), muy rubio, con los ojos azules muy pálidos, labios que parecen esbozar una sonrisa cruel... Durante unos minutos, nuestras miradas se cruzan, y me parece ver en ella un sentimiento extraño... ¿hambre? ¿ansias? ¿empatía? ¿dolor? No consigo identificarlo, y de repente, con un último fulgor verde, interrumpe el contacto visual, y se concentra en lo que está pasando en las vías, y deja de mirarme... Respiro aliviada, y decido ir al trabajo en autobús, pues necesito aire fresco después de semejante experiencia...

Al día siguiente, le veo. Está allí, detenido al pie de la Torre de Colón, mirando al cielo con aire ausente, como esperando que pase algo... Nunca hemos estado más cerca, y de manera inconsciente, pienso en la ropa que llevo puesta: un traje de chaqueta azul oscuro con raya diplomática, blusa de seda blanca, zapatos negros de tacón, y gabardina Burbery... y por supuesto, sin pulseras ni collares ni anillos, tan solo unos pequeños pendientes con diamantes engarzados... Por el rabillo del ojo, compruebo que la sonrisa del desconocido se vuelve más sincera, al mismo tiempo que mira hacia arriba... Inconscientemente, imito sus gestos, y eso me salva la vida... pues un cuerpo se estrella en la acera, a escasos centímetros de donde yo estaba... Por la altura, el cadáver parece rebotar contra el suelo, y la cabeza estalla con un ruido sordo, y la sangre me salpica los pantalones... Cuando miro a mi alrededor, compruebo que el desconocido ya no está solo, otras veinte o treinta personas nos rodean, con la misma mirada ausente, y un extraño brillo verdoso en los ojos... Durante unos segundos, todos se vuelven hacia mí, con la mirada perdida, y me parece que incluso sonríen, pero quizás todo ha sido un producto de mi imaginación... Una vez más, se repite el ritual: forense, sanitarios, policías, servicio de limpieza... me toman declaración como testigo... Busco al resto del grupo del Rubio (así le llamo), pero todos han desaparecido...
Las desgracias parecen acumularse a mi alrededor... el miércoles voy a las fiestas de mi barrio, y subo a la noria... se queda parada en lo más alto... y desde ese lugar privilegiado, veo lo que sucede en la Montaña Rusa... Un convoy, por exceso de velocidad, por el mal estado de las vías (es la atracción más veterana), o por haberla montado sin las debidas precauciones, se sale del carril, y se estrella contra el suelo , como si fuera un episodio de CSI... En ese momento, compruebo que no estoy sola en la barca de la noria: el Rubio aparece a mi lado, y me llevo un susto de muerte... sobre todo porque sabe cómo me llamo... y porque escucho su voz en mi cabeza, sin que él mueva los labios...
"No te asustes, Helena, puesto que si quisiera matarte, ya llevarías muchos meses muerta... Esa es nuestra función, nuestro pequeño vicio: nos alimentamos de la muerte, del dolor, de los sentimientos extremos que preceden el segundo final... Nunca matamos directamente... pero estamos allí en las grandes y en las pequeñas tragedias, y cuanto mayor sea el sufrimiento, más alimento... Normalmente, no nos veis, pero de vez en cuando, cuando nuestro número disminuye en una ciudad o en un país, nos dejamos sorprender... Pues necesitamos a otro... Por eso te escogimos a ti, Helena... Por la oscuridad que late en tu corazón... Por la manera en que te fascina la muerte, cada vez que se cruza en tu camino... Ni siquiera has pestañeado, cuando has visto que los vagones se estrellaban contra el suelo, ni cuando la cabeza de la niña ha quedado aplastada por el cuerpo de la madre, ni tampoco al ver las manchas de sangre negra que se esparcían por el suelo, salpicando a la gente... Tú eres como nosotros, te puedes convertir en un "strigoi" del sufrimiento, creo que en tu cultura nos llaman "vampiros", pero solamente nos alimentamos del dolor, de las emociones negativas, del sufrimiento... Tal y como tú has hecho ahora... Tienes dos días para pensártelo, aunque nos seguiremos viendo antes de tu inevitable transformación... Allí nos veremos todos, para darte la bienvenida, a las siete de la tarde..."

Acto seguido, desapareció... y con él, toda su corte... Es cierto, nos hemos vuelto a ver, la primera en una residencia de ancianos, donde vive mi abuela, que ha salido ardiendo, y donde han muerto seis personas, mientras que otras 20 han resultado intoxicadas con el humo... Allí estaba el Rubio, con toda su gente... Ayer, un limpia ventanas sin contrato se precipitó al vacío desde un octavo piso en Alcobendas, cercas de mi trabajo, y también le vi caer... Ya son las siete menos dos minutos, he quedado con el Rubio en esta gasolinera... Tanto conocimiento de los humanos, tanta experiencia, tanto afirmar su superioridad... ¿y no es capaz de darse cuenta del dolor de una madre? Sí, es cierto, la niña cuya cabeza reventó contra el asfalto al despeñarse la Montaña Rusa era mi hija, pero las dosis masivas de tranquilizantes que estoy tomando para superar la separación de mi marido me ayudan a permanecer tranquila, impasible, frente a la adversidad...

Lo mismo no sirve de nada lo que voy a hacer ahora, el volarlos con un artefacto casero, el haber añadido otras cargas en los pilares de la gasolinera, igual es una pérdida de tiempo... Pero tengo que intentarlo, porque me parece inmoral que este tipo de "strigoi" se alimente de nuestro dolor, de nuestro sufrimiento, tal y como vi a uno de ellos alimentarse con la agonía de mi hija... Si tengo un poco de suerte, y la tendré, comenzaré mi viaje y mi caza... ¿Soy la única que puede verlos, escucharlos? No lo creo... Una experiencia tan cercana a la muerte como la mía, el intento de suicidio con barbitúricos y alcohol, me permite descubrirlos... Aquí empieza mi viaje...