“Madrid,
a 14 de abril de 1877.
Querido
Sebastián: ante todo, espero que todos estaréis bien, tu encantadora esposa y
tus preciosos hijos un permanente motivo de alegría. Lamenté mucho enterarme de
la enfermedad y posterior muerte de tu padre, a quien Dios tenga en su gloria,
sobre todo cuando pienso que, de haber sucedido tan solo seis meses más tarde,
tan luctuoso acontecimiento podría no haberse producido. Ya me conoces, tengo
un espíritu muy abierto, en consonancia con nuestro siglo, y por eso creo que
podría haberte ayudado. Cáncer, esa maldita palabra, que si viene asociada a un
órgano interno como el páncreas, equivale a una condena a muerte. Aunque hay
gente capaz de predecirla y, si se confirman los rumores, también de prolongar
la vida…
Pero
mejor comencemos por el principio, por el origen de una historia que bien
podría ser una de esas leyendas de nuestro querido Gustavo Adolfo Bécquer,
recientemente fallecido. Que, a fin de cuentas, los siete años que han pasado
desde el día de su muerte no han hecho sino reafirmar su bien merecida fama
como mago de las palabras… y en ocasiones, como augur de otros tiempos.
Todo
comenzó cuando, a finales de marzo y de forma puramente casual, escuché los
primeros rumores sobre un “ángel de bondad”, que dedicaba buena parte de las
mañanas al alivio de los más pobres entre los pobres, aportándoles grandes
dosis de caridad cristiana y favoreciendo su paso al otro mundo. Dicho “ángel”
acudía sobre todo al Hospital Clínico de San Carlos (dependiente de la Facultad
de Medicina), junto a la Estación del Mediodía, pero también en el Hospital de
la Princesa, que fue inaugurado hace apenas veinte años, y a varios hospicios
para infantes y casas para mujeres descarriadas. Dicha dama se había ganado una
bien merecida fama de persona cabal y misericordiosa además de buena cristiana,
pero al mismo tiempo se rumoreaba que podía predecir la muerte, y que sus
intuiciones eran poco menos que infalibles.
¿Te
preguntarás qué relación tiene el poder vaticinar el paso a mejor vida de otros
seres humanos, con lo contrario, con haber salvado a tu padre de tan cruel
enfermedad? Te pido un poco de paciencia, mi querido amigo, puesto que ni yo
mismo lo sabía hasta hace escasas horas.
Como
bien sabes, mi querido Sebastián, el tema del paso al otro mundo siempre me ha
intrigado, y aunque de momento tengo la conciencia bien tranquila, soy por otra
parte un espíritu inquieto, a quien le atraen los misterios. Y el de la
existencia de una persona capaz de predecir la muerte de otros seres humanos no
podía dejar de despertar mi interés.
Por
ello, me decidí a investigar el asunto. Lo más sencillo, y como buen
periodista, era acudir a las fuentes, en este caso a los propios médicos del
centro universitario, al considerar que serían los más abiertos a hablar de
este interesante caso. ¡Cual no sería mi sorpresa, al encontrarme con una firme
negativa! El mismísimo Doctor Olías, jefe del departamento de medicina interna
del San Carlos, me dijo, de muy malos modos: “Aquí estamos hablando de una cosa
muy seria, de la vida y de la muerte, pero esto es ciencia, muy señor mío. No
creemos en augures, en lectores de manos, decidores de buena fortuna ni en
comunicaciones con el otro mundo. Y menos aún estoy dispuesto a tolerar
cualquier tipo de infundios o de calumnias contra una de nuestras benefactoras,
que destina buena parte de su tiempo en aportar cristiano consuelo a los
dolientes. Doña Ana es poco menos que una santa. Así que, váyase usted de
nuestras instalaciones, o me veré obligado a pedir que le expulsen.”
Ante
semejante negativa, mi interés no pudo hacer otra cosa que verse reforzado, y
de todas formas mi visita no había sido infructuosa, puesto que ya tenía el
nombre de la misteriosa benefactora. Estuve investigando, hablando con otros
médicos y pacientes más receptivos, y al final averigüé su identidad. Doña Ana
de Matesanz y Monteagudo, viuda de un importante comerciante de telas, y que
residía en la calle Mayor. Normalmente, la dilecta señora salía por las
mañanas, apenas terminada la primera misa en la parroquia cercana a su
domicilio, y empezaba su ronda, primero por el Hospital Clínico San Carlos,
luego por el de la Princesa, y más tarde por varias inclusas y centros para
niños abandonados y mujeres de mala vida. Y en todos ellos se destacaba por su
gran caridad cristiana, por su capacidad para consolar a los afligidos con las
palabras adecuadas, y por ir dejando tras ella lo que muchos denominaron como
“aroma de santidad”, y que no era otro que una colonia especial que le
elaboraban con ingredientes y esencias naturales en la farmacia Reina Madre, de
la calle Mayor, dato este que me fue confirmado por su sirvienta a cambio de
una módica suma.
Dicen
que su presencia era siempre agradecida por los pacientes y sus familiares, y
era doña Ana en todo caso siempre bienvenida, por su caridad cristiana y por la
ayuda económica en forma de limosnas, pero con cierta reticencia. Sus manos, sus
castos besos, que antes se consideraban un regalo de Dios y la mejor cura para
los males del alma, se convirtieron en una maldición. Al menos eso pude averiguar
hasta la tarde del pasado día 3, cuando me llegó la confirmación de una
entrevista con dama tan principal.
Me
perdonarás que te deje abandonado en este momento, pero es preciso que lo haga,
puesto que dentro de una hora he de reunirme con la mismísima doña Ana de
Matesanz para una reunión entre amigos en una sala privada del Casino Militar,
y espero poder contarte más novedades sobre tan peculiar experiencia.
Tuyo
afectísimo, Bartolomé Veracruz.”
“Madrid,
a 20 de abril de 1877.
Querido
Sebastián: he necesitado un par de días, para escribirte esta nueva carta, tan
grande fue el asombro que generó en mi interior la “reunión entre amigos” del
pasado día 14, por llamarla de alguna manera. Es un evento que me ha generado
una enorme tensión emocional, y ganas tengo de explicártelo todo, pero es
necesario hacerlo con orden. Así que sigamos con la historia de mi primera
visita a doña Ana de Matesanz hace dos semanas, el 4 de abril. Quizás por el
hecho de su trayectoria benéfica (según ciertos testimonios, se remonta a principios
de los años setenta), yo me esperaba a la típica señora de cierta edad, con la
espalda encorvada por el paso del tiempo, la mirada marchita y las manos
temblorosas, en todo caso un personaje sabio y venerable.
Y
cuál no sería mi sorpresa cuando llegué a la puerta de su domicilio, ubicado en
el número 7 de la calle Mayor, en el primer piso, principal. Aprovechando las
bondades del clima de nuestra ciudad, había ido caminando desde mi domicilio,
que como bien sabes se encuentra en el 13 de la calle del Arenal, hasta dicha
vivienda. Un portero, con deslucida librea, me franqueó el paso y, después de
identificarme con una tarjeta de visita, me indicó la escalera principal. Llamé
a la puerta, dotada de una misteriosa aldaba de bronce que reproducía la forma
de una mano humana casi de tamaño natural que impactaba sobre un plato del
mismo material, adornado con símbolos cabalísticos, que me pareció un poco
fuera de lugar en casa tan importante. A los pocos instantes, dicha puerta se
abrió, apareciendo un mayordomo de mediana edad, vestido con elegancia casi de
otros tiempos, quien me pidió el bastón, los guantes y el abrigo y me acompañó
hasta el salón, donde en penumbras me esperaba doña Ana…
Como ya te dije antes, por su larga
trayectoria en la Beneficencia, me había hecho una imagen mental de una
venerable anciana, de espalda ligeramente encorvada, pelo entrecano y marchita
belleza… No puedes imaginar mi sorpresa al distinguir entre las sombras de la
habitación un rostro joven y terso, de mirada vivaz e inteligente y piel
blanca, pero con la lozanía de una joven. Su cuello era largo y bien
proporcionado, y cuando se puso en pie para recibirme, pude observar que su
cuerpo menudo, a pesar de las discretas ropas de luto, se mantenía joven y
flexible. Afectuosamente, me tendió una mano, enguantada de satén negro, y me
la estrechó con singular fuerza y de manera un tanto masculina al saludarme. En
la otra mano portaba mi tarjeta, así que las presentaciones fueron completadas
en escasos minutos.
“Don
Bartolomé, he de admitir que despertó usted mi curiosidad, cuando el mayordomo
me entregó su tarjeta hace un par de días, solicitándome una entrevista. Pues
no comprendo el interés que puede generar en todo un periodista de El Imparcial
una pobre viuda como yo, dedicada a obras de caridad…”, me dijo doña Ana, con
una voz tersa y suave.
“En
estos momentos estoy preparando un artículo sobre la atención a los niños y a
las mujeres descarriadas en la ciudad”, improvisé con escasa convicción, “y
diversas personas me la han recomendado por su piedad y su obra social. Por
ello, me gustaría hacerle algunas preguntas para establecer su trayectoria, y
contar sus vivencias…”
“Pues
en verdad, creo que es algo que siempre he llevado en mi interior, el deseo de
hacer el bien a mis semejantes, sobre todo a los más débiles y necesitados,
como son los niños, las pobres mujeres… Como usted sabrá, me casé muy joven,
con un caballero de mediana edad, don Ignacio de Matesanz. Su mayor deseo era
tener descendencia lo antes posible, y tardé poco tiempo en quedarme embarazada
por primera vez, mas perdí a la criatura. Otras dos veces estuve esperando tan
feliz acontecimiento, el último de ellos incluso llegó a respirar durante dos
semanas, pero murió por causas misteriosas mientras dormía. Mi marido no pudo
soportar la pena por el fallecimiento de su heredero, un varón a quien
llamábamos cariñosamente Huguito, y se fue consumiendo en la melancolía. Tres
meses más tarde, falleció, el 12 de octubre de 1872. En total, estuvimos
casados cinco años, me quedé embarazada tres veces, y al final me encontré de
nuevo sola (soy huérfana desde muy temprana edad). Por suerte, mi esposo tenía
un cierto capital, sabiamente invertido en varias compañías comerciales y de
importación, y por ello no necesito trabajar ni dedicarme a otras actividades.
Pero yo sentía la necesidad de ayudar al prójimo, a los pobres, a los
necesitados. Algo con lo que colmar mis días y mis noches, que se iban
sucediendo monótonas y sin utilidad. Y fue entonces cuando conocí a un grupo de
piadosas señoras, la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, a través de
doña Mercedes Rodríguez, una querida amiga. Y fue ella quien me habló de su
misión, de su labor social, tan pionera, tan acorde con nuestro tiempo y tan
devota a la par.”
“¿Y
cómo funciona dicha asociación?”, le pregunté, barruntando como poco una
historia de tinte social en estas confidencias.
“Es
muy sencillo. En una modesta vivienda facilitada por Doña María de la
Encarnación Sotomayor y Monteancho, a quien sin duda conocerá, hemos
establecido un santuario mariano, para la adoración perpetua de una imagen de
la Inmaculada. Nos turnamos para rezar, día y noche, un grupo de damas de lo
más heterogéneo, pero todas ellas de gran piedad. Respetamos escrupulosamente
nuestros turnos, y cuando hemos terminado con estas devociones sagradas,
recorremos los hospitales y hospicios e inclusas, para aportar la paz de Cristo
a los más necesitados. Nos dirige, fortalece, asesora, consuela e inspira un
sacerdote dominico, el Hermano Salvador. Y ahora, si me perdona el
atrevimiento, he de dejarle, pues debo cumplir con mi turno de oración y
recogimiento… A no ser que usted prefiera acompañarme hasta la puerta de
nuestro santuario. Está muy próximo, podemos llegar dando un pequeño paseo.”
Movido
por la curiosidad, acepté la invitación, y fuimos caminando en silencio hasta
una vivienda situada en las cercanías del Palacio Real. No pude ver gran cosa,
tan solo un corto pasillo en penumbra, y al fondo, un salón en el cual se
encontraba ubicado un altar de considerables proporciones, con una imagen de la
Virgen de inquietante realismo. Delante de él, dos reclinatorios componían el
único mobiliario. Cuando entramos, doña Ana me presentó a las otras dos
adoratrices, cuyo nombre he olvidado, y a quien sería su compañera durante las
siguientes horas de oración y recogimiento, doña María de las Mercedes Ortiz.
“Doña
Ana, con sus palabras, ha despertado mi curiosidad, y me gustaría poder
acompañarla en alguna de sus rondas caritativas, para darle más detalles a los
lectores sobre su función en los distintos asilos…”, le dije, deseando mantener
el mayor tiempo posible la atención de aquellos ojos azules que me tenían
completamente hechizado.
“Me
parece perfecto, don Bartolomé. Si lo desea, podemos quedar a las ocho de la
mañana, en la puerta de mi vivienda, que usted ya conoce. Espero que no le
moleste madrugar, y caminar un poco…”
“Allí
estaré”, le dije. Nos despedimos, otra vez, con un fuerte apretón de manos, y
volví andando hasta mi casa. Me enfrentaba a sentimientos contradictorios: por
una parte, respetaba a aquella mujer, con indudable halo de santidad, me
llamaba mucho la atención su actividad religiosa, pero por otra, no me sentía
orgulloso del engaño del que me había valido para entrar en contacto con ella…
Y en tercer lugar, aunque eso estaba muy lejos de admitirlo, me sentía
indudablemente atraído por esa melena negra, esos ojos azules y esa boca de
grana, además de por ese menudo cuerpo cuyas formas apenas distorsionaba el
vestido de luto riguroso…
Por
todo ello, y para tranquilizar mi conciencia, fui a hablar con don José
Altabella, el director del periódico, y le propuse la escritura de un artículo
sobre la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, doña Ana y las otras
señoras, además de su labor social, obteniendo su beneplácito: “Siempre es de
agradecer un poco de caridad cristiana, vivimos unos tiempos duros, y un
artículo de interés humano como este podrá reforzar nuestra imagen de cara al
núcleo más tradicional de nuestros lectores.” Confortado secretamente por las
palabras del director, estuve un par de horas en la redacción, hablando con
otros compañeros, y me fui a mi casa. Mi madre me recibió con afecto, y cenamos
juntos. He de admitir que Sabina, la cocinera a quien ya conoces, hace las
mejores croquetas de todo Madrid, y que la sopa de fideos aquella noche me supo
deliciosa, por lo que me acosté con la mejor disposición de ánimo para lo que
me esperaba el día siguiente…
Y
con esto llegamos al día 5 de abril. Nervioso como un enamorado en su primera
cita, me levanté con las primeras luces, antes incluso de que el sereno diera
su ronda de las seis, me dirigí al cuarto de baño y me lavé lo mejor posible,
poniendo especial cuidado en afeitarme y perfumarme (ya sabes que siempre uso
Álvarez Gómez), para vestirme como todo un caballero. La noche anterior lo
había dejado todo listo, y fiel Sabina ya me tenía listo el desayuno. El caso
es que a las siete y cuarto de la mañana ya estaba saliendo de mi casa, y a las
ocho menos veinte ya me encontraba en la puerta de doña Ana. A la hora en
punto, ella salió, y me saludó afectuosamente, con ese apretón de manos un
tanto masculino pero que tan bien le sentaba. Vestía, como la víspera, de luto
riguroso, con el cabello recogido en un moño y tocado por un airoso sombrerito
del mismo color, y llevaba sus guantes de satén. Calzaban sus pies unos
prácticos botines. Aquella mañana nos movimos sobre todo por la zona centro de
Madrid, visitando en primer lugar una casa de infantes. Allí estaban una
veintena de niños, desde las pocas semanas hasta los cuatro años, atendidos por
dos monjas y cuatro seglares.
“Nuestra
función”, me dijo doña Ana, “es muy sencilla, aportar un poco de consuelo a
estas pobres almas. Estos niños en su mayor parte han sido abandonados por sus
madres, y necesitan de nuestro cariño. Nunca menosprecie usted el valor de un
abrazo, del afecto de una madre, incluso de un beso, en estos pequeños: está
científicamente demostrado que el índice de mortandad se dispara entre quienes carecen
de estas muestras de cariño. Por eso, siempre dedicamos un tiempo, como usted
verá, a jugar con ellos, a asistirlos cuando los bañan, o simplemente cogerlos
en brazos musitando una canción…”
Y
pude observar, en un discreto segundo plano, cómo se inclinaba sobre las cunas,
alzando a algunos niños, acunándolos contra su pecho, o simplemente haciendo
monerías para conseguir que sus risas cristalinas se adueñaran del aire.
“Además,
esto me sirve de consuelo, puesto que pienso en mi querido Huguito, en lo mucho
que me habría gustado que viviera, poder cuidarlo, mimarlo, igual que hago con
estos hijos del pecado y de la tristeza…”
“¿Acaso
nunca ha pensado en volver a casarse?”, le pregunté, temiendo un poco la
respuesta…
“No
puedo hacerlo. Firmé un compromiso prematrimonial, y si vuelvo a casarme,
perderé todo mi patrimonio, y eso es algo que no puedo permitirme, ni siquiera
a cambio de un hijo propio… Pero esa es otra historia, a fin de cuentas, soy
una mujer de mi tiempo, y hago lo posible por disfrutarla. ¿Le importa sostener
a este niño, mientras aviso a la hermana Anunciación? Me parece que Luisito no
se encuentra del todo bien…”
Y
efectivamente no lo estaba, puesto que minutos después me vomitó copiosamente
sobre el abrigo. Menos mal que las hermanas tenían a mano una palangana, con
agua caliente y jabón, y pudieron resolver el problema. Seguimos la ronda por
aquella institución, y luego por otras tres más, y en todas ellas se repetía la
misma maniobra: abrazos, caricias a los infantes, juegos, buenas palabras para
las jóvenes madres. Observé que no se había quitado los guantes durante todo el
tiempo, pero que de vez en cuando, cogía en brazos a algunos de los niños y,
después de mirarlos con lástima infinita, les acariciaba la frente, los
pequeños brazos o las piernas con ternura antes de depositarlo de nuevo en la
cuna, en brazos de la madre o de una de las hermanas. En aquella ronda de
visitas, lo hizo en un par de ocasiones, el último de ellos fue un niño rubio,
de unos cuatro años, a quien sostuvo en brazos y dio varios cariñosos y
prolongados besos. “Se llama Pedrito, y es muy listo. Tiene muchas ganas de
aprender sus primeras letras… es una lástima…”, me dijo, ensimismada, al salir
del último hogar de acogida. “¿Le importa si nos refugiamos en aquél café? Ya
son las once de la mañana, y empiezo a estar cansada”.
Y
eso hicimos, entramos en un pequeño café de la calle Atocha, nuestra última
visita del día sería al San Carlos. “De vez en cuando, me olvido de mi edad,
que no en vano estoy a punto de cumplir veintiséis años… ¿Le sorprende acaso
que admita mi juventud?”
“Quizás
un poco sí, doña Ana”, le respondí, notando que empezaba a enrojecer, y por
cambiar de tema, le pregunté: “¿Por qué dice que es una lástima lo de Pedrito?”
Y
ella me respondió: “Porque morirá antes de una semana…”
Me
quedé estupefacto, cambié de tema, creo que hablamos del tiempo. Hicimos la
última visita al San Carlos, donde fue acogida con cariño por muchas de las
madres y perseguida por una turba de niños, aunque me di cuenta de que no
besaba a ninguno de ellos. A la una de la tarde, al verla muy pálida, le
propuse coger un carruaje para volver hasta su casa, y nos despedimos en el
zaguán.
“¿Cree
usted que ya tiene suficiente material para su artículo, mi querido amigo?”
“Me
parece que sí… Aunque es cierto que me complacería verla en otra ocasión, por
ejemplo, el día en que lo publique, para observar su reacción. O quizás incluso
acompañarla en otra de sus visitas”, le respondí, un poco avergonzado por mi
osadía…
“Me
parece perfecto, querido amigo. Si usted me hace llegar un ejemplar de El
Imparcial, tendré un gran placer en leerlo, e invitarle a un café en mi casa.”
Y
eso hice precisamente: al salir publicado mi artículo, el pasado 10 de abril,
le envié un ejemplar a doña Ana, a quien no había vuelto a ver desde el día 5,
lo que me parecía una eternidad de tiempo, así como una caja de bombones de una
prestigiosa pastelería, para agradecerle su atención. El cochero me trajo su
respuesta, una pequeña tarjeta en la que me invitaba a tomar el té en su casa
aquella misma tarde. Estuvimos hablando de muchas cosas, me sorprendió muy
gratamente su nivel cultural, su independencia, su frescura, y a las ocho la
acompañé a la sede de la Adoración, puesto que debía realizar su turno, no sin
antes quedar con ella para una nueva ronda de visitas el día siguiente, con el
pretexto de interesarme por aquellos rapaces a los que había conocido la otra
vez. Ella accedió a mis pretensiones, aunque pude notar, o eso me pareció, algo
de tristeza en sus ojos.
El
día 11 de abril realizamos la visita… Pero en este momento, he de dejarte,
querido Sebastián, y mañana prometo contarte el final de la aventura.
Tuyo
afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”
“Madrid,
21 de abril de 1877.
Querido
Sebastián, procedo a contarte el resto de la historia. No seas demasiado cruel
conmigo al recibir estas letras, puesto que ya sabes que de toda la vida he
sido muy enamoradizo, y nadie puede culparme por ello.
El
caso es que el 11 de abril realizamos la misma visita que la vez anterior,
recorriendo los hospicios, hospitales y casas de acogida. Pude ver de nuevo el
cariño de las Hermanas, del personal auxiliar, de las madres, hacia doña Ana.
Cuando llegamos a la casa de la calle Comendadoras, recordé al bueno de
Pedrito, ese niño de cuatro años y cabello dorado con tantas ganas de aprender.
Me extrañó mucho no verle, así que le pregunté a una de las cuidadoras.
“¡Señor, qué gran desgracia! Apenas dos días después de la visita de doña Ana
en la que usted la acompañó, el pobrecito dejó de respirar durante el sueño, y
murió. ¡Una lástima, todos le queríamos tanto!” En ese momento, miré a mi
acompañante, y detecté en el fondo de su mirada azul algo que no me gustó, una
oscuridad primigenia, ancestral. Duró solamente un instante, el tiempo que tardó
en asomar a sus ojos una lágrima, para la cual le ofrecí raudo y veloz mi
pañuelo. Ella estuvo llorando unos minutos, luego logró dominarse, se secó los
ojos y me devolvió mi pañuelo de hilo de Escocia (que todavía conservo).
Terminada nuestra ronda en el San Carlos (aquella fue la última parada), nos
tomamos un café juntos, y la acompañé de nuevo a su casa. Tres días más tarde,
el 14 de este mes me invitó a “una reunión de amigos en el Casino Militar. Se
ruega asistir de negro riguroso.”
Quedamos
en la puerta de tan noble institución a las nueve de la noche. Doña Ana en esta
ocasión vino en un carruaje, el cochero la ayudó a bajar. “Querido amigo”, me
dijo, “considero necesario el que usted me acompañe en esta reunión, porque de
lo contrario, no podrá usted comprenderme ni aceptar lo que le ofrezco… Le
ruego que sea discreto, y que espere al final de la ceremonia, junto a los
demás invitados…”
Y
tras esto, entramos en el Casino. La amplia habitación apenas si estaba
iluminada por los faroles de gas. Nos pusimos en círculo, una decena de sombras
oscuras, y esperamos en silencio. Las luces se atenuaron incluso más, y dos
enfermeras, vestidas de blanco, entraron, empujando una silla de ruedas. En
ella se encontraba un anciano, de rostro y cuerpo consumido, que respiraba con
dificultad. Se hizo el silencio más absoluto. En ese momento, entraron en la
habitación seis figuras, con holgadas túnicas de capucha negras. Sonó una
extraña música. Las figuras se acercaron, y dejaron caer los ropajes. Reconocí
a una de ellas, era doña Ana. Vestidas con un lienzo de blancura inmaculada, se
fueron aproximando a la silla de ruedas. Levantaron entre varias al anciano, y
lo tumbaron sobre una especie de cama en el centro de la habitación. Le
despojaron de toda su ropa. Y empezaron a besarlo, en la boca, en la frente, en
el pecho, por todo el cuerpo, incluyendo el miembro viril, como si estuvieran
adorando algo sagrado o realizando una ceremonia pagana. Y sucedió. Poco a
poco, entre los besos y las caricias de las mujeres, el hombre fue cambiando,
recuperando la juventud, hasta que, convertido en un adolescente de singular
belleza, bajó de la mesa, besó con pasión a cada una de las mujeres y, vestido
con una túnica roja que le pusieron ellas, se alejó en medio de un silencio sepulcral,
que fue interrumpido por una salva de aplausos. ¿Qué era lo que había visto?
Esperé
a Doña Ana en la puerta del Casino, tal y como habíamos quedado. La acompañé a
un café cercano, y ella empezó a hablar…
“Lo
que ha visto, es una ceremonia de vida. Somos las Servidoras de un Príncipe
Oscuro. Tenemos el don y la obligación de quitar la vida a los Inocentes, le
ofrecí la de mi propio hijo, el mayor sacrificio y compromiso de una madre,
para devolvérsela a nuestro Señor, un antiguo Mago, de edad desconocida.
Robamos la vida de los niños mediante un beso (por eso mueren unos días
después, les hemos quitado toda la fuerza vital), y la conservamos en nuestro
interior, para transferirla a nuestro Señor mediante otro beso. A cambio de ser
las Mensajeras de la Muerte, conservamos la juventud eterna. Es lo que soy, una
asesina de niños, mi querido amigo… Nacida en Bilbao en 1584, hija de una
familia de hidalgos, le he seguido con su Corte itinerante por media España, y
le he sido fiel. Cada pocos años, cambiamos de ciudad, incluso de país, nos
camuflamos entre las personas normales. Dentro de diez días saldremos hacia
París, para no volver… Pero al mismo tiempo, soy una pobre mujer de casi 300
años, que se ha enamorado de un mortal… No puedo dejar de seguir matando
inocentes con un beso, ni dejar de servir a mi Amo… Pero te ofrezco compartir
la inmortalidad, si la aceptas…”
Y
acepté, mi querido Sebastián. Con un beso de doña Ana se habría podido salvar
la vida de tu padre, pero sería a cambio del óbito de otro niño inocente. ¿Es
acaso un precio demasiado elevado por huir de la muerte, y estar con la mujer
amada, al servicio de un Señor Oscuro? Yo escogí libremente, abandonarlo todo y
seguirla a ella… Doña Ana… y la inmortalidad…
Tuyo
afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”



