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martes, 15 de agosto de 2023

BESOS DE MUERTE Y VIDA

 


“Madrid, a 14 de abril de 1877.

Querido Sebastián: ante todo, espero que todos estaréis bien, tu encantadora esposa y tus preciosos hijos un permanente motivo de alegría. Lamenté mucho enterarme de la enfermedad y posterior muerte de tu padre, a quien Dios tenga en su gloria, sobre todo cuando pienso que, de haber sucedido tan solo seis meses más tarde, tan luctuoso acontecimiento podría no haberse producido. Ya me conoces, tengo un espíritu muy abierto, en consonancia con nuestro siglo, y por eso creo que podría haberte ayudado. Cáncer, esa maldita palabra, que si viene asociada a un órgano interno como el páncreas, equivale a una condena a muerte. Aunque hay gente capaz de predecirla y, si se confirman los rumores, también de prolongar la vida…

Pero mejor comencemos por el principio, por el origen de una historia que bien podría ser una de esas leyendas de nuestro querido Gustavo Adolfo Bécquer, recientemente fallecido. Que, a fin de cuentas, los siete años que han pasado desde el día de su muerte no han hecho sino reafirmar su bien merecida fama como mago de las palabras… y en ocasiones, como augur de otros tiempos.

Todo comenzó cuando, a finales de marzo y de forma puramente casual, escuché los primeros rumores sobre un “ángel de bondad”, que dedicaba buena parte de las mañanas al alivio de los más pobres entre los pobres, aportándoles grandes dosis de caridad cristiana y favoreciendo su paso al otro mundo. Dicho “ángel” acudía sobre todo al Hospital Clínico de San Carlos (dependiente de la Facultad de Medicina), junto a la Estación del Mediodía, pero también en el Hospital de la Princesa, que fue inaugurado hace apenas veinte años, y a varios hospicios para infantes y casas para mujeres descarriadas. Dicha dama se había ganado una bien merecida fama de persona cabal y misericordiosa además de buena cristiana, pero al mismo tiempo se rumoreaba que podía predecir la muerte, y que sus intuiciones eran poco menos que infalibles.

¿Te preguntarás qué relación tiene el poder vaticinar el paso a mejor vida de otros seres humanos, con lo contrario, con haber salvado a tu padre de tan cruel enfermedad? Te pido un poco de paciencia, mi querido amigo, puesto que ni yo mismo lo sabía hasta hace escasas horas.

Como bien sabes, mi querido Sebastián, el tema del paso al otro mundo siempre me ha intrigado, y aunque de momento tengo la conciencia bien tranquila, soy por otra parte un espíritu inquieto, a quien le atraen los misterios. Y el de la existencia de una persona capaz de predecir la muerte de otros seres humanos no podía dejar de despertar mi interés.

Por ello, me decidí a investigar el asunto. Lo más sencillo, y como buen periodista, era acudir a las fuentes, en este caso a los propios médicos del centro universitario, al considerar que serían los más abiertos a hablar de este interesante caso. ¡Cual no sería mi sorpresa, al encontrarme con una firme negativa! El mismísimo Doctor Olías, jefe del departamento de medicina interna del San Carlos, me dijo, de muy malos modos: “Aquí estamos hablando de una cosa muy seria, de la vida y de la muerte, pero esto es ciencia, muy señor mío. No creemos en augures, en lectores de manos, decidores de buena fortuna ni en comunicaciones con el otro mundo. Y menos aún estoy dispuesto a tolerar cualquier tipo de infundios o de calumnias contra una de nuestras benefactoras, que destina buena parte de su tiempo en aportar cristiano consuelo a los dolientes. Doña Ana es poco menos que una santa. Así que, váyase usted de nuestras instalaciones, o me veré obligado a pedir que le expulsen.”

Ante semejante negativa, mi interés no pudo hacer otra cosa que verse reforzado, y de todas formas mi visita no había sido infructuosa, puesto que ya tenía el nombre de la misteriosa benefactora. Estuve investigando, hablando con otros médicos y pacientes más receptivos, y al final averigüé su identidad. Doña Ana de Matesanz y Monteagudo, viuda de un importante comerciante de telas, y que residía en la calle Mayor. Normalmente, la dilecta señora salía por las mañanas, apenas terminada la primera misa en la parroquia cercana a su domicilio, y empezaba su ronda, primero por el Hospital Clínico San Carlos, luego por el de la Princesa, y más tarde por varias inclusas y centros para niños abandonados y mujeres de mala vida. Y en todos ellos se destacaba por su gran caridad cristiana, por su capacidad para consolar a los afligidos con las palabras adecuadas, y por ir dejando tras ella lo que muchos denominaron como “aroma de santidad”, y que no era otro que una colonia especial que le elaboraban con ingredientes y esencias naturales en la farmacia Reina Madre, de la calle Mayor, dato este que me fue confirmado por su sirvienta a cambio de una módica suma.

Dicen que su presencia era siempre agradecida por los pacientes y sus familiares, y era doña Ana en todo caso siempre bienvenida, por su caridad cristiana y por la ayuda económica en forma de limosnas, pero con cierta reticencia. Sus manos, sus castos besos, que antes se consideraban un regalo de Dios y la mejor cura para los males del alma, se convirtieron en una maldición. Al menos eso pude averiguar hasta la tarde del pasado día 3, cuando me llegó la confirmación de una entrevista con dama tan principal.

Me perdonarás que te deje abandonado en este momento, pero es preciso que lo haga, puesto que dentro de una hora he de reunirme con la mismísima doña Ana de Matesanz para una reunión entre amigos en una sala privada del Casino Militar, y espero poder contarte más novedades sobre tan peculiar experiencia.

Tuyo afectísimo, Bartolomé Veracruz.”

 

“Madrid, a 20 de abril de 1877.

Querido Sebastián: he necesitado un par de días, para escribirte esta nueva carta, tan grande fue el asombro que generó en mi interior la “reunión entre amigos” del pasado día 14, por llamarla de alguna manera. Es un evento que me ha generado una enorme tensión emocional, y ganas tengo de explicártelo todo, pero es necesario hacerlo con orden. Así que sigamos con la historia de mi primera visita a doña Ana de Matesanz hace dos semanas, el 4 de abril. Quizás por el hecho de su trayectoria benéfica (según ciertos testimonios, se remonta a principios de los años setenta), yo me esperaba a la típica señora de cierta edad, con la espalda encorvada por el paso del tiempo, la mirada marchita y las manos temblorosas, en todo caso un personaje sabio y venerable.

Y cuál no sería mi sorpresa cuando llegué a la puerta de su domicilio, ubicado en el número 7 de la calle Mayor, en el primer piso, principal. Aprovechando las bondades del clima de nuestra ciudad, había ido caminando desde mi domicilio, que como bien sabes se encuentra en el 13 de la calle del Arenal, hasta dicha vivienda. Un portero, con deslucida librea, me franqueó el paso y, después de identificarme con una tarjeta de visita, me indicó la escalera principal. Llamé a la puerta, dotada de una misteriosa aldaba de bronce que reproducía la forma de una mano humana casi de tamaño natural que impactaba sobre un plato del mismo material, adornado con símbolos cabalísticos, que me pareció un poco fuera de lugar en casa tan importante. A los pocos instantes, dicha puerta se abrió, apareciendo un mayordomo de mediana edad, vestido con elegancia casi de otros tiempos, quien me pidió el bastón, los guantes y el abrigo y me acompañó hasta el salón, donde en penumbras me esperaba doña Ana…

 Como ya te dije antes, por su larga trayectoria en la Beneficencia, me había hecho una imagen mental de una venerable anciana, de espalda ligeramente encorvada, pelo entrecano y marchita belleza… No puedes imaginar mi sorpresa al distinguir entre las sombras de la habitación un rostro joven y terso, de mirada vivaz e inteligente y piel blanca, pero con la lozanía de una joven. Su cuello era largo y bien proporcionado, y cuando se puso en pie para recibirme, pude observar que su cuerpo menudo, a pesar de las discretas ropas de luto, se mantenía joven y flexible. Afectuosamente, me tendió una mano, enguantada de satén negro, y me la estrechó con singular fuerza y de manera un tanto masculina al saludarme. En la otra mano portaba mi tarjeta, así que las presentaciones fueron completadas en escasos minutos.

“Don Bartolomé, he de admitir que despertó usted mi curiosidad, cuando el mayordomo me entregó su tarjeta hace un par de días, solicitándome una entrevista. Pues no comprendo el interés que puede generar en todo un periodista de El Imparcial una pobre viuda como yo, dedicada a obras de caridad…”, me dijo doña Ana, con una voz tersa y suave.

“En estos momentos estoy preparando un artículo sobre la atención a los niños y a las mujeres descarriadas en la ciudad”, improvisé con escasa convicción, “y diversas personas me la han recomendado por su piedad y su obra social. Por ello, me gustaría hacerle algunas preguntas para establecer su trayectoria, y contar sus vivencias…”

“Pues en verdad, creo que es algo que siempre he llevado en mi interior, el deseo de hacer el bien a mis semejantes, sobre todo a los más débiles y necesitados, como son los niños, las pobres mujeres… Como usted sabrá, me casé muy joven, con un caballero de mediana edad, don Ignacio de Matesanz. Su mayor deseo era tener descendencia lo antes posible, y tardé poco tiempo en quedarme embarazada por primera vez, mas perdí a la criatura. Otras dos veces estuve esperando tan feliz acontecimiento, el último de ellos incluso llegó a respirar durante dos semanas, pero murió por causas misteriosas mientras dormía. Mi marido no pudo soportar la pena por el fallecimiento de su heredero, un varón a quien llamábamos cariñosamente Huguito, y se fue consumiendo en la melancolía. Tres meses más tarde, falleció, el 12 de octubre de 1872. En total, estuvimos casados cinco años, me quedé embarazada tres veces, y al final me encontré de nuevo sola (soy huérfana desde muy temprana edad). Por suerte, mi esposo tenía un cierto capital, sabiamente invertido en varias compañías comerciales y de importación, y por ello no necesito trabajar ni dedicarme a otras actividades. Pero yo sentía la necesidad de ayudar al prójimo, a los pobres, a los necesitados. Algo con lo que colmar mis días y mis noches, que se iban sucediendo monótonas y sin utilidad. Y fue entonces cuando conocí a un grupo de piadosas señoras, la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, a través de doña Mercedes Rodríguez, una querida amiga. Y fue ella quien me habló de su misión, de su labor social, tan pionera, tan acorde con nuestro tiempo y tan devota a la par.”

“¿Y cómo funciona dicha asociación?”, le pregunté, barruntando como poco una historia de tinte social en estas confidencias.

“Es muy sencillo. En una modesta vivienda facilitada por Doña María de la Encarnación Sotomayor y Monteancho, a quien sin duda conocerá, hemos establecido un santuario mariano, para la adoración perpetua de una imagen de la Inmaculada. Nos turnamos para rezar, día y noche, un grupo de damas de lo más heterogéneo, pero todas ellas de gran piedad. Respetamos escrupulosamente nuestros turnos, y cuando hemos terminado con estas devociones sagradas, recorremos los hospitales y hospicios e inclusas, para aportar la paz de Cristo a los más necesitados. Nos dirige, fortalece, asesora, consuela e inspira un sacerdote dominico, el Hermano Salvador. Y ahora, si me perdona el atrevimiento, he de dejarle, pues debo cumplir con mi turno de oración y recogimiento… A no ser que usted prefiera acompañarme hasta la puerta de nuestro santuario. Está muy próximo, podemos llegar dando un pequeño paseo.”

Movido por la curiosidad, acepté la invitación, y fuimos caminando en silencio hasta una vivienda situada en las cercanías del Palacio Real. No pude ver gran cosa, tan solo un corto pasillo en penumbra, y al fondo, un salón en el cual se encontraba ubicado un altar de considerables proporciones, con una imagen de la Virgen de inquietante realismo. Delante de él, dos reclinatorios componían el único mobiliario. Cuando entramos, doña Ana me presentó a las otras dos adoratrices, cuyo nombre he olvidado, y a quien sería su compañera durante las siguientes horas de oración y recogimiento, doña María de las Mercedes Ortiz.

“Doña Ana, con sus palabras, ha despertado mi curiosidad, y me gustaría poder acompañarla en alguna de sus rondas caritativas, para darle más detalles a los lectores sobre su función en los distintos asilos…”, le dije, deseando mantener el mayor tiempo posible la atención de aquellos ojos azules que me tenían completamente hechizado.

“Me parece perfecto, don Bartolomé. Si lo desea, podemos quedar a las ocho de la mañana, en la puerta de mi vivienda, que usted ya conoce. Espero que no le moleste madrugar, y caminar un poco…”

“Allí estaré”, le dije. Nos despedimos, otra vez, con un fuerte apretón de manos, y volví andando hasta mi casa. Me enfrentaba a sentimientos contradictorios: por una parte, respetaba a aquella mujer, con indudable halo de santidad, me llamaba mucho la atención su actividad religiosa, pero por otra, no me sentía orgulloso del engaño del que me había valido para entrar en contacto con ella… Y en tercer lugar, aunque eso estaba muy lejos de admitirlo, me sentía indudablemente atraído por esa melena negra, esos ojos azules y esa boca de grana, además de por ese menudo cuerpo cuyas formas apenas distorsionaba el vestido de luto riguroso…

Por todo ello, y para tranquilizar mi conciencia, fui a hablar con don José Altabella, el director del periódico, y le propuse la escritura de un artículo sobre la Adoración Perpetua de Santa María Milagrosa, doña Ana y las otras señoras, además de su labor social, obteniendo su beneplácito: “Siempre es de agradecer un poco de caridad cristiana, vivimos unos tiempos duros, y un artículo de interés humano como este podrá reforzar nuestra imagen de cara al núcleo más tradicional de nuestros lectores.” Confortado secretamente por las palabras del director, estuve un par de horas en la redacción, hablando con otros compañeros, y me fui a mi casa. Mi madre me recibió con afecto, y cenamos juntos. He de admitir que Sabina, la cocinera a quien ya conoces, hace las mejores croquetas de todo Madrid, y que la sopa de fideos aquella noche me supo deliciosa, por lo que me acosté con la mejor disposición de ánimo para lo que me esperaba el día siguiente…

Y con esto llegamos al día 5 de abril. Nervioso como un enamorado en su primera cita, me levanté con las primeras luces, antes incluso de que el sereno diera su ronda de las seis, me dirigí al cuarto de baño y me lavé lo mejor posible, poniendo especial cuidado en afeitarme y perfumarme (ya sabes que siempre uso Álvarez Gómez), para vestirme como todo un caballero. La noche anterior lo había dejado todo listo, y fiel Sabina ya me tenía listo el desayuno. El caso es que a las siete y cuarto de la mañana ya estaba saliendo de mi casa, y a las ocho menos veinte ya me encontraba en la puerta de doña Ana. A la hora en punto, ella salió, y me saludó afectuosamente, con ese apretón de manos un tanto masculino pero que tan bien le sentaba. Vestía, como la víspera, de luto riguroso, con el cabello recogido en un moño y tocado por un airoso sombrerito del mismo color, y llevaba sus guantes de satén. Calzaban sus pies unos prácticos botines. Aquella mañana nos movimos sobre todo por la zona centro de Madrid, visitando en primer lugar una casa de infantes. Allí estaban una veintena de niños, desde las pocas semanas hasta los cuatro años, atendidos por dos monjas y cuatro seglares.

“Nuestra función”, me dijo doña Ana, “es muy sencilla, aportar un poco de consuelo a estas pobres almas. Estos niños en su mayor parte han sido abandonados por sus madres, y necesitan de nuestro cariño. Nunca menosprecie usted el valor de un abrazo, del afecto de una madre, incluso de un beso, en estos pequeños: está científicamente demostrado que el índice de mortandad se dispara entre quienes carecen de estas muestras de cariño. Por eso, siempre dedicamos un tiempo, como usted verá, a jugar con ellos, a asistirlos cuando los bañan, o simplemente cogerlos en brazos musitando una canción…”

Y pude observar, en un discreto segundo plano, cómo se inclinaba sobre las cunas, alzando a algunos niños, acunándolos contra su pecho, o simplemente haciendo monerías para conseguir que sus risas cristalinas se adueñaran del aire.

“Además, esto me sirve de consuelo, puesto que pienso en mi querido Huguito, en lo mucho que me habría gustado que viviera, poder cuidarlo, mimarlo, igual que hago con estos hijos del pecado y de la tristeza…”

“¿Acaso nunca ha pensado en volver a casarse?”, le pregunté, temiendo un poco la respuesta…

“No puedo hacerlo. Firmé un compromiso prematrimonial, y si vuelvo a casarme, perderé todo mi patrimonio, y eso es algo que no puedo permitirme, ni siquiera a cambio de un hijo propio… Pero esa es otra historia, a fin de cuentas, soy una mujer de mi tiempo, y hago lo posible por disfrutarla. ¿Le importa sostener a este niño, mientras aviso a la hermana Anunciación? Me parece que Luisito no se encuentra del todo bien…”

Y efectivamente no lo estaba, puesto que minutos después me vomitó copiosamente sobre el abrigo. Menos mal que las hermanas tenían a mano una palangana, con agua caliente y jabón, y pudieron resolver el problema. Seguimos la ronda por aquella institución, y luego por otras tres más, y en todas ellas se repetía la misma maniobra: abrazos, caricias a los infantes, juegos, buenas palabras para las jóvenes madres. Observé que no se había quitado los guantes durante todo el tiempo, pero que de vez en cuando, cogía en brazos a algunos de los niños y, después de mirarlos con lástima infinita, les acariciaba la frente, los pequeños brazos o las piernas con ternura antes de depositarlo de nuevo en la cuna, en brazos de la madre o de una de las hermanas. En aquella ronda de visitas, lo hizo en un par de ocasiones, el último de ellos fue un niño rubio, de unos cuatro años, a quien sostuvo en brazos y dio varios cariñosos y prolongados besos. “Se llama Pedrito, y es muy listo. Tiene muchas ganas de aprender sus primeras letras… es una lástima…”, me dijo, ensimismada, al salir del último hogar de acogida. “¿Le importa si nos refugiamos en aquél café? Ya son las once de la mañana, y empiezo a estar cansada”.

Y eso hicimos, entramos en un pequeño café de la calle Atocha, nuestra última visita del día sería al San Carlos. “De vez en cuando, me olvido de mi edad, que no en vano estoy a punto de cumplir veintiséis años… ¿Le sorprende acaso que admita mi juventud?”

“Quizás un poco sí, doña Ana”, le respondí, notando que empezaba a enrojecer, y por cambiar de tema, le pregunté: “¿Por qué dice que es una lástima lo de Pedrito?”

Y ella me respondió: “Porque morirá antes de una semana…”

Me quedé estupefacto, cambié de tema, creo que hablamos del tiempo. Hicimos la última visita al San Carlos, donde fue acogida con cariño por muchas de las madres y perseguida por una turba de niños, aunque me di cuenta de que no besaba a ninguno de ellos. A la una de la tarde, al verla muy pálida, le propuse coger un carruaje para volver hasta su casa, y nos despedimos en el zaguán.

“¿Cree usted que ya tiene suficiente material para su artículo, mi querido amigo?”

“Me parece que sí… Aunque es cierto que me complacería verla en otra ocasión, por ejemplo, el día en que lo publique, para observar su reacción. O quizás incluso acompañarla en otra de sus visitas”, le respondí, un poco avergonzado por mi osadía…

“Me parece perfecto, querido amigo. Si usted me hace llegar un ejemplar de El Imparcial, tendré un gran placer en leerlo, e invitarle a un café en mi casa.”

Y eso hice precisamente: al salir publicado mi artículo, el pasado 10 de abril, le envié un ejemplar a doña Ana, a quien no había vuelto a ver desde el día 5, lo que me parecía una eternidad de tiempo, así como una caja de bombones de una prestigiosa pastelería, para agradecerle su atención. El cochero me trajo su respuesta, una pequeña tarjeta en la que me invitaba a tomar el té en su casa aquella misma tarde. Estuvimos hablando de muchas cosas, me sorprendió muy gratamente su nivel cultural, su independencia, su frescura, y a las ocho la acompañé a la sede de la Adoración, puesto que debía realizar su turno, no sin antes quedar con ella para una nueva ronda de visitas el día siguiente, con el pretexto de interesarme por aquellos rapaces a los que había conocido la otra vez. Ella accedió a mis pretensiones, aunque pude notar, o eso me pareció, algo de tristeza en sus ojos.

El día 11 de abril realizamos la visita… Pero en este momento, he de dejarte, querido Sebastián, y mañana prometo contarte el final de la aventura.

Tuyo afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”

 

“Madrid, 21 de abril de 1877.

Querido Sebastián, procedo a contarte el resto de la historia. No seas demasiado cruel conmigo al recibir estas letras, puesto que ya sabes que de toda la vida he sido muy enamoradizo, y nadie puede culparme por ello.

El caso es que el 11 de abril realizamos la misma visita que la vez anterior, recorriendo los hospicios, hospitales y casas de acogida. Pude ver de nuevo el cariño de las Hermanas, del personal auxiliar, de las madres, hacia doña Ana. Cuando llegamos a la casa de la calle Comendadoras, recordé al bueno de Pedrito, ese niño de cuatro años y cabello dorado con tantas ganas de aprender. Me extrañó mucho no verle, así que le pregunté a una de las cuidadoras. “¡Señor, qué gran desgracia! Apenas dos días después de la visita de doña Ana en la que usted la acompañó, el pobrecito dejó de respirar durante el sueño, y murió. ¡Una lástima, todos le queríamos tanto!” En ese momento, miré a mi acompañante, y detecté en el fondo de su mirada azul algo que no me gustó, una oscuridad primigenia, ancestral. Duró solamente un instante, el tiempo que tardó en asomar a sus ojos una lágrima, para la cual le ofrecí raudo y veloz mi pañuelo. Ella estuvo llorando unos minutos, luego logró dominarse, se secó los ojos y me devolvió mi pañuelo de hilo de Escocia (que todavía conservo). Terminada nuestra ronda en el San Carlos (aquella fue la última parada), nos tomamos un café juntos, y la acompañé de nuevo a su casa. Tres días más tarde, el 14 de este mes me invitó a “una reunión de amigos en el Casino Militar. Se ruega asistir de negro riguroso.”

Quedamos en la puerta de tan noble institución a las nueve de la noche. Doña Ana en esta ocasión vino en un carruaje, el cochero la ayudó a bajar. “Querido amigo”, me dijo, “considero necesario el que usted me acompañe en esta reunión, porque de lo contrario, no podrá usted comprenderme ni aceptar lo que le ofrezco… Le ruego que sea discreto, y que espere al final de la ceremonia, junto a los demás invitados…”

Y tras esto, entramos en el Casino. La amplia habitación apenas si estaba iluminada por los faroles de gas. Nos pusimos en círculo, una decena de sombras oscuras, y esperamos en silencio. Las luces se atenuaron incluso más, y dos enfermeras, vestidas de blanco, entraron, empujando una silla de ruedas. En ella se encontraba un anciano, de rostro y cuerpo consumido, que respiraba con dificultad. Se hizo el silencio más absoluto. En ese momento, entraron en la habitación seis figuras, con holgadas túnicas de capucha negras. Sonó una extraña música. Las figuras se acercaron, y dejaron caer los ropajes. Reconocí a una de ellas, era doña Ana. Vestidas con un lienzo de blancura inmaculada, se fueron aproximando a la silla de ruedas. Levantaron entre varias al anciano, y lo tumbaron sobre una especie de cama en el centro de la habitación. Le despojaron de toda su ropa. Y empezaron a besarlo, en la boca, en la frente, en el pecho, por todo el cuerpo, incluyendo el miembro viril, como si estuvieran adorando algo sagrado o realizando una ceremonia pagana. Y sucedió. Poco a poco, entre los besos y las caricias de las mujeres, el hombre fue cambiando, recuperando la juventud, hasta que, convertido en un adolescente de singular belleza, bajó de la mesa, besó con pasión a cada una de las mujeres y, vestido con una túnica roja que le pusieron ellas, se alejó en medio de un silencio sepulcral, que fue interrumpido por una salva de aplausos. ¿Qué era lo que había visto?

Esperé a Doña Ana en la puerta del Casino, tal y como habíamos quedado. La acompañé a un café cercano, y ella empezó a hablar…

“Lo que ha visto, es una ceremonia de vida. Somos las Servidoras de un Príncipe Oscuro. Tenemos el don y la obligación de quitar la vida a los Inocentes, le ofrecí la de mi propio hijo, el mayor sacrificio y compromiso de una madre, para devolvérsela a nuestro Señor, un antiguo Mago, de edad desconocida. Robamos la vida de los niños mediante un beso (por eso mueren unos días después, les hemos quitado toda la fuerza vital), y la conservamos en nuestro interior, para transferirla a nuestro Señor mediante otro beso. A cambio de ser las Mensajeras de la Muerte, conservamos la juventud eterna. Es lo que soy, una asesina de niños, mi querido amigo… Nacida en Bilbao en 1584, hija de una familia de hidalgos, le he seguido con su Corte itinerante por media España, y le he sido fiel. Cada pocos años, cambiamos de ciudad, incluso de país, nos camuflamos entre las personas normales. Dentro de diez días saldremos hacia París, para no volver… Pero al mismo tiempo, soy una pobre mujer de casi 300 años, que se ha enamorado de un mortal… No puedo dejar de seguir matando inocentes con un beso, ni dejar de servir a mi Amo… Pero te ofrezco compartir la inmortalidad, si la aceptas…”

Y acepté, mi querido Sebastián. Con un beso de doña Ana se habría podido salvar la vida de tu padre, pero sería a cambio del óbito de otro niño inocente. ¿Es acaso un precio demasiado elevado por huir de la muerte, y estar con la mujer amada, al servicio de un Señor Oscuro? Yo escogí libremente, abandonarlo todo y seguirla a ella… Doña Ana… y la inmortalidad…

Tuyo afectísimo, Bartolomé de la Cruz.”

martes, 4 de mayo de 2010

LA REINA DEL BAILE

¿Dónde está el límite entre la "normalidad" y la "popularidad"? ¿Qué tipo de pequeños sacrificios está dispuesta a hacer una chica normalita pero profundamente envidiosa, con tal de ser la reina del baile? ¿Y qué ayuda podría obtener de tres extrañas tías, con fama de brujas?


Clotilde es una chica normalita, aquí la puedes ver, con su vestido en ocres y naranjas, recién nombrada "Reina del Baile" de su promoción, y esperando recibir en breve el homenaje de sus compañeros de clase... Por fin, en el último año de instituto (ha estado en el Colegio de Niños Dotados Juní Serra casi toda su vida), verá recompensados todos sus esfuerzos, sus arduas labores de segundona, incluso su patético servilismo hacia aquellas personas dotadas de mayor belleza...


Si bien es cierto que ha tenido que hacer trampas para lograrlo... Ayer por la tarde, antes incluso de ponerse a rebuscar en las estanterías un vestido que le quedase bien (su madre es la dueña de una sastrería en el centro del casco antiguo, y pone a sus disposición a su mejor costurera para ultimar el arreglo), Clotilde (también responde cuando la llaman Cloti... o Tilde, que es lo más habitual) se ha pasado por la tienda de sus tías Úrsula, Desi y Pilar, por si acaso le podían echar una mano: necesitaba una poción mágica que le permitiera de alguna manera influir en la elección de la Reina del Baile, pues de lo contrario se sentiría completamente frustrada el resto de su vida...


"Por favor, titas - les dijo, casi con lágrimas en los ojos - todo el mundo dice que, además de vuestro negocio de dietas homeopáticas, plantas medicinales y remedios para la piel, vosotras tenéis también una línea de productos en internet, llamada "las tres brujas cabras", en la que facilitáis filtros de amor, pociones, recetas... ¿De verdad que no podéis darme una solución? Tampoco es algo tan difícil conquistar la voluntad de 300 personas para que hagan lo que tú quienes...."
"No me parece una buena idea", dijo Úrsula, "las cosas tienen que ser como tienen que ser..."
"Es muy peligroso", insiste Desi (por Desiderata), "imagínate que no calibras bien la dosis, y te encuentras con una situación incontrolable"...
"¿300 personas, dices?", reflexiona Pilar.... "bueno, podría resultar interesante..."


"¿Nos perdonas un momento, querida?", comenta Úrsula, llevando a las demás hacia la trastienda... Y allí permanecen, durante casi media hora, y Clotilde sólo puede captar algunas hebras de la conversación... "es una locura..."; "de ninguna manera.... "; "la Alta Magia no está hecha para que la usen niñas bobas..."; "es cierto, se puede hacer, pero es muy peligroso..." Y con cada palabra, Clotilde permanece allí, expectante... hasta que al final, vuelven a salir las tres, y con expresión muy seria y compungida, Úrsula le dice: "Clotilde, podría hacerse, pero es muy peligroso, una fórmula de Alta Magia Nivel Cuatro, y no vale la pena desperdiciar talento en ello... Si quieres, te podemos preparar un perfume a base de almizcle de murciélago, canela y ruibarbo, que te mejore el cutis... Pero otra cosa, no..."


Claro, os podréis imaginar su sorpresa cuando, una hora más tarde, Juanito, el chico para todo del herbolario le trae un misterioso paquete perfectamente protegido dentro de un saquito negro de terciopelo, al mismo tiempo que una nota, escrita en pergamino... Ansiosa, se lleva los dos preciados objetos a su dormitorio, se sienta en la mesa de estudio tras apartar los libros y apuntes de un manotazo, y desenrolla el pergamino, leyendo lo siguiente...


"Querida sobrina: comprendo muy bien lo que estás sintiendo en este momento, yo también deseaba a toda costa ser la Reina del Baile... pero no lo conseguí... y a partir de ese momento, mi vida ha ido cuesta abajo, y no quiero que a ti te suceda lo mismo. Por eso, te facilito una receta ancestral, cuya única dificultad estriba en conocer el número exacto de invitados, pues tendrás que completar la fórmula con la décima parte de gotas de sangre y la centésima de pelos de tu vello púbico que el número de invitados previstos. El objetivo del mejunge, que tendrás que cocer durante tres horas a partir de la medianoche en un pequeño pebetero de cobre como el que te regalé el año pasado, con medio litro de agua y otro medio de albariño, es provocar en todas las personas que la prueben una inmediata atracción hacia , que las llevará de manera inconsciente a realizar tus deseos más secretos... ¡Debes ser muy atenta con las proporciones! La pócima, cuyos ingredientes no tienes por qué conocer, hay que mezclarla con el ponche sin alcohol, y de esa manera te nombrarán Reina... Tampoco debes olvidar que, en cuanto tengas ocasión, tienes que decirle a la gente lo que deseas, pues de lo contrario, el conjuro no será válido. Besos de tu tita Desi. ¡AH! Y procura ponerte un vestido en tonos ocres y rojizos, pues realzará el efecto de la pócima."


Clotilde, tan aplicada en todo, relee atentamente la nota, antes de cerrar la puerta de su dormitorio y, bajándose ligeramente la cinturilla de las braguitas, empieza a cortarse aplicadamente treinta pelillos, pero cuando le faltan diez para terminar, piensa que no estaría mal añadir unos cuantos, y así potenciar el efecto... Y lo mismo le pasa con la sangre... ¿Para qué andarse con tonterías, contando gotitas? Directamente, coge una de las jeringuillas de su padre el practicante, se saca diez centímetros cúbicos de sangre, y lo añade al caldero... Como los pelos con la sangre tienen mala pinta, le añade un vaso colmado de Albariño y lo pasa todo por la batidora... Acto seguido, se toma ella otro vaso de Albariño bien frío, otro para el pebetero, vuelca el saquito y comienza, con las campanadas de medianoche, la operación "pócima secreta" ya estaba en marcha... Por la mañana, Clotilde la traspasa a una petaca de plata con ayuda de un embudo, y luego se va corriendo a la tienda de su madre donde, misteriosamente, aparece un vestido en los tonos deseados, que además le queda bastante bien... En un tiempo record, la modista termina el arreglo, y Clotilde ya está lista para echarse una buena siesta, y acudir por la noche al Gran Baile...


Son las diez y media de la noche, cuando ella, oliendo por todas partes a Faralla, y con un leve toque de maquillaje en los labios, hace su entrada "triunfal" en lo que durante todo el año es el gimnasio polivalente, y que ahora han decorado para la ocasión con una serie de butacones para los profesores y los Reyes del Baile, una gran mesa de contrachapado con los habituales manteles de papel, cubiertos de platos de patatas fritas, panchitos, cortezas... y sobre todo, una GRAN sopera con el cóctel, un misterioso mejunge de tono rojizo... Aprovechando un momento en que nadie parecía estar mirando, Clotilde vacía la petaca, y se funde con los chavales que estaban intentando bailar algunos temas nostálgicos: Adamo, Danny Daniel, Mocedades... y alguna canción de Julio Iglesias...


Al margen de cual fuese su auditorio, Clotilde sigue con su campaña, comentando a todo el mundo que sería su mayor ilusión en esta vida que la escogieran como Reina del Baile, que el Rey le da igual, como si quieren poner al conserje o al profesor de mates... Al principio, la gente la mira con cara rara... pero según va avanzando la velada (y disminuyendo el nivel de la sopera), algunas personas empiezan a mirarla con la mirada un poco turbia, como si no se enterasen demasiado bien de lo que estaba pasando... Cerca ya de la una de la madrugada, cuando solo queda un culín de ponche, Clotilde está sentada en un sillón, mientras todos los asistentes a la fiesta (al final, 250) van desfilando delante de ella, proyectando sus sombras en la pared, y caminando de manera extraña... Y susurrando su nombre... Y la nombran Reina del Baile... Pero no como ella quisiera...


Nadie sabe exactamente lo que sucedió aquella noche... Pues solo se han conocido sus consecuencias.... Solo Clotilde y sus tías saben realmente lo ocurrido... Clotilde ha tenido un extraño bebé, que fue concebido en medio de una placentera noche de orgía, durante la cual solamente tuvo que señalar con el dedo a los varones que más le gustaban, para que la satisfacieran de todas las maneras posibles sobre las colchonetas del gimnasio... Y para que no se aburrieran demasiado, todas las demás personas presentes en la fiesta, incluso el conserje y la cocinera, se fueron montando sus fiestecitas privadas... Pero sigue siendo igual de cierto que aquél año, en aquél instituto de la pequeña ciudad de Galicia, se disparó la natalidad... bueno, y las enfermedades de transmisión sexual... porque ¿Quién le explica a un zombi sediento de sexo cómo ponerse un condón?


La moraleja de esta historia: si haces un filtro amoroso, respeta las proporciones, las cantidades, los ingredientes, los procedimientos... Porque Clotilde tuvo mucha suerte... Con haber añadido cinco centímetros cúbicos de sangre, al margen de todo lo que ella había completado de su parte, y el conjuro no era tan divertido... Era la fórmula del Holocausto Caníbal... Aunque la fiesta habría resultado completamente inolvidable...