jueves, 24 de enero de 2019

UN TRIO GANADOR



Los viajes astrales siempre me habían parecido una mera patraña. Algo inventado por un colectivo de personas débiles, mojigatas, con ansias de superación, con vidas grises y normales, que necesitaban imaginarse otra realidad, donde sus sueños se convirtieran en algo distinto. Pero claro, lo que no podía imaginar es que a mí me tocaría vivir una de esas experiencias que tanto despreciaba, y que si no conseguía volver a tiempo a mi cuerpo, podría morir.

Todo comenzó hace apenas dos horas, en una tranquila madrugada de otoño. Yo estaba muy cansado, y se me ocurrió pedirle a Esther una de sus “infusiones especiales”, para asegurarme dulces sueños. O al menos, eso me prometió, después de darme un beso en los labios. Sus dulces y jugosos labios, su cara ovalada, y sus impresionantes pechos, fueron lo último en lo que pensé, antes de meterme en la cama.

Esther, la novia de mi mejor amiga, Rosalía, con quienes había concertado una estancia en una pequeña casita de turismo rural, en los montes de Extremadura, muy cerca del municipio de Azuaga. Que Rosalía era lesbiana era algo que yo sabía desde la adolescencia, y ya tuvo que aguantar lo suyo en los primeros meses del instituto: la llamaban de todo, “bollera” y “marimacho” eran los insultos más suaves. Claro que a mí empezaron a llamarme “maricón”, por lo que inventarnos una relación apasionada fue una gran idea.

Así, en pocas semanas, y a nuestros trece años, nos convertimos, al menos sobre el papel, en una de las parejas más sexualmente activas de segundo de la de la Eso del Cardenal Cisneros. Parece mentira hasta qué punto la gente es capaz de creerse lo que ve. Basta con unos cuantos magreos, unos besos en público apasionados, para dejar de ser los “raritos”, y convertirnos en los líderes indiscutibles, en los modelos a seguir por los demás compañeros de clase. Nuestras ausencias durante los recreos para estar a solas en los cuartos de baño de la tercera planta se convirtieron en legendarias. Y seguimos adelante con la farsa. Me gustaba sentir su cuerpo junto al mío, poder recorrerlo con las manos y los labios por encima y por debajo de la ropa, pero era más fuerte mi instinto; y en todo caso ella no estaba por la labor.

Y durante el resto del tiempo, en el Instituto, mantuvimos la farsa, durante las excursiones nos sentábamos juntos al fondo del autobús, y aquella ocasión en la que nos fuimos de acampada, me colé en su tienda, y pasamos toda la noche fumando en silencio, aunque de vez en cuando dejábamos escapar algún pequeño gemido, para nuestro público entregado, quienes a la mañana siguiente nos miraban con cara de envidia.

Hemos seguido con la farsa, puesto que todo se sabe en un pueblo pequeño, y más todavía cuando ella era la hija de la maestra, y yo el hijo del coronel de la Guardia Civil. Nuestros padres veían bien el noviazgo, “pero mira qué pareja tan buena hacen”, y nos fuimos a vivir juntos a un piso compartido en Sevilla para estudiar ella Administración de Empresas, y yo Veterinaria, en la Facultad.

Fue en segundo de carrera cuando conocí a Esteban: un auténtico flechazo, y le invité a pasar el fin de semana en casa. Rosalía salió a saludar un momento, y luego se metió de nuevo en su habitación. Pero lo nuestro no duró demasiado, apenas tres meses después, Esteban se marchó, con vagas excusas. En Semana Santa, Rosalía apareció en casa de la mano de Esther, una chica mulata con un cuerpo increíble, que se acabó instalando en nuestro piso.

Creo que fue entonces cuando descubrí mi bisexualidad, empecé a tener sueños de alto contenido erótico con Esther, intentaba sorprenderla cuando se cambiaba de ropa para ir al gimnasio (esas mallas tan ajustadas…) ya que tenía la manía de no cerrar por completo la puerta de su habitación c
uando estábamos solos en casa, y en varias ocasiones la vi al salir de la ducha, con la toalla enrollada en torno a su cuerpo de diosa… Pero las cosas cambiaron la semana pasada: Rosalía me sorprendió mirando a Esther semi desnuda (estaba saliendo de la ducha, envuelta en una mínima toalla), al volver a casa un poquito antes de lo habitual. 

No le hizo ninguna gracia, sobre todo porque vio en mis ojos la misma chispa de deseo que me provocaba Esteban unos meses antes. Y lo comprendió todo.

Esta noche, me han dado la infusión, y me he quedado dormido; pero al mismo tiempo, me he desprendido de mi cuerpo, como si mi consciencia hubiera alzado el vuelo. Al principio, me asusté, al verme dormido sobre la cama, y el delgado cordón blanco que unía mi cuerpo físico y el astral, pero he comprendido que no había ningún riesgo. Después de jugar un poco en la habitación, volando a ras de techo, he salido a dar una vuelta por el piso, y las he encontrado en la cocina. Rosalía y Esther estaban hablando tranquilamente.
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“-         Lo mejor es matarlo, se ha convertido en una molestia, en una barrera entre nosotras. Y ya hemos superado tantas cosas juntas, Esther, que no quiero que nadie nos separe.”
-    -               Tienes razón, amor mío. Debes perdonarme por lo de la otra noche al besarle…”
-                 - Tranquila, no lo tengo en cuenta, de sobra sé lo bien que besa… Si no fuera como soy, tal vez me habría enamorado de él hace mucho tiempo… Pero tenemos que ser fuertes, querida. Él es una molestia. ¿Le has puesto la droga en la taza? No me gustaría que se despertase en medio de su “suicidio”… Debajo de la almohada tengo su carta de despedida para sus padres, está destrozado por la ausencia de Esteban, el pobre, y la vida ya no tiene sentido para él…”
-         “Sí, ahora solo tenemos que esperar media hora más, para que esté profundamente dormido, y le podamos dar el vaso de agua con los cuarenta rohipnoles machacados, con bastante azúcar para que no le despierte el amargor…”

Y aquí estoy, despierto pero inconsciente, atrapado fuera de mi cuerpo, consciente de lo que va a pasar, pero sin poder hacer nada para evitarlo, pensando en mi vida junto a Rosalía, mientras espero a que entren las dos en mi habitación, con el vaso de agua, y la carta que dejarán en la mesilla de noche…

Puto viaje astral…


UNA CENA ESPECIAL



Siempre me han gustado los bebés. Son criaturitas gorditas, sonrosadas, limpias. Con la piel recién lavada después del baño que les dan las comadronas, huelen a limpio. Es como una bofetada olfativa, seductora. El olor a bebé limpio y feliz me hace salivar. La boca se me llena de líquido, y no puedo evitar la tentación de besarlos. Pero no son besos normales y corrientes. Son los de un felino que está valorando las oportunidades que tiene de hacerse con una nueva presa sin que le pillen. Y en esa tensión, en ese miedo, encuentro el mayor placer. Una sensación casi orgásmica, que ni siquiera alcanzo con mis mejores y más competentes parejas en las noches de locura y luna llena. Sí, soy un cazador, y vivo entre vosotros, esperando la oportunidad de un almuerzo exquisito.


Comer, en el fondo, se ha convertido para mí en algo más que una necesidad fisiológica. Lo que más me gusta es la carne cruda, y casi palpitante, de res o de caballo. Mis filetes preferidos son los de la raza Angus, y afortunadamente en los últimos años son muchos los ganaderos que se han especializado en esta sabrosa variedad. Ya me conocen en las “Boutiques de la Carne”, una interesante cadena que ha abierto por todo Madrid siete excelentes tiendas, de las que soy asiduo consumidor. ¡Me han dado incluso un carnet de cliente preferente, y me han obsequiado con un libro de recetas, y las últimas navidades, con una plancha de esas de pizarra, “que permiten darle a nuestra carne un gusto exquisito”! Si supieran que yo me la como cruda, pensarían de otra manera. Pero mi alimento favorito es la carne humana, y aunque si no consigo nada mejor no le hago ascos a una hembra pre púber de diez u once años, y me he alimentado incluso de prostitutas de lujo veinteañeras, son los bebés mi verdadera pasión. En realidad, podría prescindir de ellos pero… a nadie le amarga un dulce, si tiene la ocasión.


Y, gracias a mi trabajo, la tengo a menudo. Trabajo para la asociación “Payasos Sin Fronteras”, y me encargo de traer un poco de ilusión, de magia y de buen humor, a los niños internados en varios hospitales madrileños. Claro que también les traigo una agonía espantosa. Porque la carne humana no sabe igual si es consumida viva o muerta. Y yo soy un sibarita. Puestos a elegir entre un Seat Panda y un Lamborgini Diávolo, ¿quién se quedaría con el Seat?


Mi manera de actuar es muy sencilla. Cuando llego al Hospital, por ejemplo hoy al Niño Jesús, me dirijo al departamento de Oncología Pediátrica, hablo con los jefes de servicio, con las enfermeras, con los médicos; me pongo mi uniforme de súper héroe (hoy me he traído el de Spiderman, que por una extraña razón es el que mejor funciona), y comienzo mi ronda por las habitaciones. Hace tiempo que comprobé que no me gusta la carne de los niños enfermos de cáncer, me deja un mal sabor de boca la abundancia de químicos que les dan con sus tratamientos, pero estar con ellos me permite tranquilizar la conciencia, y tal vez sentirme útil para la sociedad. Suelo pasar también un rato en la escuela improvisada, y en la guardería. Luego, me desplazo al pabellón pre-operatorio, donde también procuro dar lo mejor de mí mismo, porque esos niños, con su apendicitis o sus problemas derivados, me dan algo de pena. Y termino la ronda en la sección de Traumatología. Esos olores, de sufrimiento, de dolor, me vuelven loco. Además, he comprobado que la carne reacciona químicamente en caso de rotura de un miembro, dejándole un “bouquet” excelente, que marida de manera ejemplar con una botella de mi Rioja Gran Reserva del año 2008. En un par de ocasiones, me he arriesgado a llevarme niños de esta sección del Hospital, pero estuvieron a punto de pillarme la última vez, y tuve que abandonar en las escaleras al delicioso gordito de siete años con un brazo roto. Era demasiado grande y pesado para mi carrito de los helados.


¿Cómo, que no os lo había dicho? Siempre complemento cualquier disfraz con un carrito, de los tradicionales, con su campanilla, sus dos compartimentos y sus alegres colores. Es el escondite perfecto, y en él me caben sin problemas un cargamento de dulces, y un niño o niña no demasiado rollizo.


Hoy he terminado la ronda en la sección de neonatos. Son mi debilidad, mi plato favorito. Aprovechando el cambio de turno de las comadronas, me he metido en el nido, y he seleccionado a uno de los bebés más sonrosaditos y saludables, una niña, llamada Carolina. Carolina, qué bello nombre. Con el mayor de los cuidados, le he quitado la sonda nasográstrica, los electrodos que miden su ritmo cardiaco, y la he acunado entre mis brazos, como si fuera mía. Pesará unos dos kilos y medio, es un poco pequeña para su edad. Me ha mirado con curiosidad, alzando sus manitas para tocar mi máscara de hombre araña, sin miedo; y luego se ha reído, como solamente los niños pueden hacerlo: parecía un cascabeleo de un pajarito.


Esa risa ha sido la que le ha salvado la vida. Recordando quizás a mis propios hijos, la he vuelto a depositar en su cunita, le he puesto los electrodos, le he ajustado el gorrito, y la he dejado bajo la lámpara de infrarrojos, la sonda nasogástrica ya se la pondrán de nuevo las enfermeras.


Y luego, he seguido mi ronda, he escogido a otro bebé, un poquito más gordito, con sus tres kilos doscientos gramos, que me ha mirado sin particular interés, y lo he acunado entre mis brazos hasta salir del nido; luego lo he metido dentro del carrito. ¿Tiempo total de la maniobra, desde que entré en la habitación, hasta que lo deposité en el carrito? Poco más de dos minutos. Por precaución, le he puesto sobre la nariz y la boca una gasa con un poco de cloroformo. Luego, me he dirigido a los ascensores, he salido tranquilamente del Hospital, y he llegado a mi furgoneta. En tres minutos y medio he subido el carrito a la parte de atrás, me he instalado en el asiento del piloto, y me he marchado a casa.


Esta noche, lavaré a Francisco con mimo, masajearé su piel con aceite aromatizado al cardamomo, le daré un biberón de leche de almendra, y un poquito de música relajante. Luego, le pondré sobre la mesa, lo ataré con mis correas especiales, y estrenaré el juego de cuchillos de carnicero que compré por internet. Empezaré por cortarle una mano, la otra, un brazo, el otro, y así poco a poco, desmembrándolo en vida… Disfrutando de esa colección de sabores… Esta noche, cenaré caliente… Y después, me comeré una buena ensalada, de tomate, lechuga, cebolla, con sus aceitunas, vinagre del bueno y aceite de oliva de un grado. 


Y de postre, dos mandarinas. Hay que cuidar la dieta mediterránea…


LA VENGANZA DE GRETEL



Tranquilo, Hansel, no te preocupes. Tendrás tu venganza, aunque sea desde la tumba…
Todo empezó para nosotros el año pasado, cuando nuestro padre, un honrado leñador se juntó con la curandera del pueblo. Se habían conocido hace algún tiempo, fue ella quien ayudó a morir a nuestra madre, que tenía un cáncer de senos que los conocimientos médicos de nuestra época no permitían curar, y la pobre se había ido pudriendo poco a poco, mes tras mes, en medio de impresionantes dolores. Hasta que llegó un día en que nuestro padre, desesperado, fue a pedirle ayuda a Hermione: “Dame algo, que le quite los dolores a mi mujer”, le pidió desesperado. Y ella le respondió: “Puedo hacerte un cocimiento de hierbas y otros elementos, que le quitarán todos los dolores, pero también la vida.” Y nuestro padre aceptó.

Hermione se desplazó desde su casita en el centro del pueblo, hasta nuestra explotación maderera; se fue al bosque para recoger los elementos, volvió a media tarde, y empezó a preparar la poción. “Raíz de eléboro, cardamomo, grosella fresca para el sabor, un poco de ajenjo, estricnina, y una buena dosis de mi ingrediente secreto deberían bastar”, le dijo a nuestro padre, “pero tendrás que vigilar la cocción durante toda la noche, para que no llegue a hervir por completo, y con el amanecer se la das.”

Y nuestro padre le hizo caso, ¿lo recuerdas, Hansel? Nuestra madre murió a mediodía, simplemente se fue quedando dormida, y en un momento dado, dejó de respirar. Yo pensaba que una vez desempeñada su misión, Hermione se iría de nuestra casa, pero no fue así. Empezó a venir cada pocos días a nuestra casa, para consolar a nuestro padre, trayéndole distintas pociones, caldos y sopas, abrazos y cariño, hasta que dos semanas después de la muerte de nuestra madre, la malvada Hermione se presentó en nuestra casa, con un carro cargado hasta los topes y una mula vieja tirando de él. “He venido a estar con vosotros, porque vuestro padre me necesita”, nos dijo. Luego nos enteramos de que había vendido su casucha en las lindes del pueblo, y de que su traslado sería permanente.

Los primeros meses no estuvieron mal del todo, ¿verdad, Hansel?, nuestro padre parecía incluso bastante feliz con los cuidados de la bella Hermione: tenía esa sonrisa curiosa cuando ella estaba cerca, comíamos sus sabrosos guisos, y ella se ocupaba de darle a menudo su famoso “tónico reconstituyente”. También se metió en los negocios de la familia, y empezó a despedir a los leñadores de la serrería, argumentando que “para eso tienes dos hijos como dos soles, que no hacen nada más que estudiar y leer. Ya va siendo hora de que se integren en el negocio familiar.”

Al principio no nos molestó cambiar los libros y los cuadernos por el manejo de las hachas y las sierras, a nadie le desagrada un poquito de deporte, aunque tú echabas de menos las lecciones de matemáticas del pueblo, quizás por la belleza de la maestra, y yo las prácticas de veterinaria, siempre se me habían dado bien los animales, las pociones… Pero fueron pasando los meses, hasta que llegó un momento en el que nosotros no teníamos las fuerzas necesarias para cortar los árboles y preparar la madera, y Hermione se negaba a contratar a más empleados. Al final, estábamos solamente el viejo Sebastian y Paulus, el aprendiz. 

También fueron disminuyendo los encargos del pueblo, puesto que se corrió la voz de que no éramos capaces de atenderlos. En poco más de un año, Hermione había trastocado por completo nuestras vidas, estábamos en la ruina, y nuestro padre, completamente rendido a sus encantos.

Pero ella quería más, quería su alma: una noche, la seguimos hasta el corazón del bosque, y allí, en medio de un claro, se encontró con un ser extraño, mitad hombre, mitad cabra, al que le prometió el alma de nuestro padre, y las nuestras, para conseguir la belleza y el poder inmortal. Nosotros volvimos corriendo a casa, y se lo contamos a nuestro padre, pero él no nos creyó; y Hermione se ocupó de borrar en su mente el recuerdo con una nueva poción. Desde aquella noche, no nos cupo duda alguna de que estábamos en manos de una bruja.

Dos días después, un buhonero, que se detuvo en nuestra casa, nos habló de una mujer sabia, que vivía en lo más profundo del Bosque de las Siete Colinas, ubicado en el reino vecino, que nos podría ayudar a romper el encantamiento y a derrotar a Hermione. “Tenéis que seguir el rumbo sud-sudeste durante una semana a buen paso, para llegar a la casa de Lady Macbeth, pero mucho cuidado de no perder el camino”, nos advirtió.

Al día siguiente, nos despedimos de nuestro padre y de Hermione, con la promesa de volver en un mes con la solución para todos nuestros problemas. Para no perdernos, fuimos dejando un rastro de piedras lo más recto posible teniendo en cuenta la posición del sol al amanecer, pero nos perdimos, y volvimos al mismo punto de salida, después de haber caminado todo el día en vano. Hermione nos miró con mala cara, y con una extraña sonrisa en la mirada. Descansamos un poco, y el siguiente amanecer nos pilló en ruta. Dejamos un nuevo rastro, esta vez con migas de pan, para no confundirnos, pero los pájaros se las comieron, y nos encontramos de nuevo en la serrería.

Entonces se te ocurrió la idea de visitar al viejo profesor de matemáticas, que en sus tiempos había sido un famoso explorador, y este nos dio su brújula, y nos enseñó a manejarla, para que no nos perdiésemos. Al amanecer del cuarto día, emprendimos de nuevo el camino, y Hermione nos saludó cariñosamente desde la puerta de la serrería. “¡Buen viaje, queridos niños! ¡Que mis bendiciones os acompañen!”

Durante una semana entera, fuimos caminando, primer por nuestro bosque, y luego por el de las Siete Colinas, siguiendo el rumbo indicado. Atravesamos ríos, escalamos montañas, descendimos valles y colinas, siempre en la dirección marcada por la brújula, mientras iban disminuyendo las provisiones que habíamos cogido en casa y teníamos que cazar pequeños animales para alimentarnos. Y al final, en el corazón del bosque, tal y como nos había dicho el buhonero, encontramos la casa. Era una edificación extraña, toda de piedra, de dos plantas, con rejas en las ventanas, tejado de dos aguas y un curioso buzón con forma de perro donde ponía Lady Macbeth. Daba un poco de miedo, pero al menos habíamos llegado a nuestro destino.

Llamamos a la puerta, y salió a recibirnos el ama de llaves: “Bienvenidos, viajeros. Lady Macbeth vendrá enseguida a atenderos, pero quizás antes os apetezca tomar una infusión y unas pastas, para quitaros el frío del cuerpo.” Nos sentamos a ambos lados de una mesa, comimos unas cuantas pastas, y nos bebimos el té… Y no recuerdo nada más. Oí tus gritos, hermano, cuando te metían en la pequeña jaula del sótano; a mí me estaban vistiendo de criada, y explicándome mis labores en la casa, si quería que te perdonaran la vida. Conocí a Lady Macbeth, una mujer que enseguida me recordó a nuestra madrastra. Más tarde me enteré de que todo había sido un engaño, las dos eran hermanas, y el buhonero uno de sus sirvientes.

Y pasaron las semanas. Todas las mañanas, Lady Macbeth se acercaba a tu jaula, y te pedía que sacaras un dedo, para ver si habías engordado lo suficiente; pero tú preferías no comer y morirte de hambre, antes que servirle de alimento. Intentaste engañarla con un hueso de pollo, pero se dio cuenta enseguida. Y hace dos días, te moriste ante mis ojos, y Lady Macbeth se hizo una sopa con tu cuerpo. Todos los empleados de la casa la comieron.

Y todos ellos murieron, por las semillas de acónito y otras hierbas que había recogido en el bosque aquella última mañana. No pude salvarte la vida, querido Hansel, pero al menos he empezado a vengar tu muerte. Mañana volveré a casa, con tu cabeza metida dentro de un saco, para enterrarla junto a la tumba de nuestra madre.

Y obtendré mi venganza, cuando antes de matarla, le enseñe a Hermione la cabeza de Lady Macbeth, que llevo en otro saco…