Siempre
me han gustado los bebés. Son criaturitas gorditas, sonrosadas, limpias. Con la
piel recién lavada después del baño que les dan las comadronas, huelen a
limpio. Es como una bofetada olfativa, seductora. El olor a bebé limpio y feliz
me hace salivar. La boca se me llena de líquido, y no puedo evitar la tentación
de besarlos. Pero no son besos normales y corrientes. Son los de un felino que
está valorando las oportunidades que tiene de hacerse con una nueva presa sin
que le pillen. Y en esa tensión, en ese miedo, encuentro el mayor placer. Una
sensación casi orgásmica, que ni siquiera alcanzo con mis mejores y más
competentes parejas en las noches de locura y luna llena. Sí, soy un cazador, y
vivo entre vosotros, esperando la oportunidad de un almuerzo exquisito.
Comer, en
el fondo, se ha convertido para mí en algo más que una necesidad fisiológica. Lo
que más me gusta es la carne cruda, y casi palpitante, de res o de caballo. Mis
filetes preferidos son los de la raza Angus, y afortunadamente en los últimos
años son muchos los ganaderos que se han especializado en esta sabrosa
variedad. Ya me conocen en las “Boutiques de la Carne”, una interesante cadena
que ha abierto por todo Madrid siete excelentes tiendas, de las que soy asiduo
consumidor. ¡Me han dado incluso un carnet de cliente preferente, y me han
obsequiado con un libro de recetas, y las últimas navidades, con una plancha de
esas de pizarra, “que permiten darle a nuestra carne un gusto exquisito”! Si supieran
que yo me la como cruda, pensarían de otra manera. Pero mi alimento favorito es
la carne humana, y aunque si no consigo nada mejor no le hago ascos a una
hembra pre púber de diez u once años, y me he alimentado incluso de prostitutas
de lujo veinteañeras, son los bebés mi verdadera pasión. En realidad, podría
prescindir de ellos pero… a nadie le amarga un dulce, si tiene la ocasión.
Y,
gracias a mi trabajo, la tengo a menudo. Trabajo para la asociación “Payasos
Sin Fronteras”, y me encargo de traer un poco de ilusión, de magia y de buen
humor, a los niños internados en varios hospitales madrileños. Claro que
también les traigo una agonía espantosa. Porque la carne humana no sabe igual
si es consumida viva o muerta. Y yo soy un sibarita. Puestos a elegir entre un
Seat Panda y un Lamborgini Diávolo, ¿quién se quedaría con el Seat?
Mi manera
de actuar es muy sencilla. Cuando llego al Hospital, por ejemplo hoy al Niño
Jesús, me dirijo al departamento de Oncología Pediátrica, hablo con los jefes
de servicio, con las enfermeras, con los médicos; me pongo mi uniforme de súper
héroe (hoy me he traído el de Spiderman, que por una extraña razón es el que
mejor funciona), y comienzo mi ronda por las habitaciones. Hace tiempo que
comprobé que no me gusta la carne de los niños enfermos de cáncer, me deja un
mal sabor de boca la abundancia de químicos que les dan con sus tratamientos,
pero estar con ellos me permite tranquilizar la conciencia, y tal vez sentirme
útil para la sociedad. Suelo pasar también un rato en la escuela improvisada, y
en la guardería. Luego, me desplazo al pabellón pre-operatorio, donde también
procuro dar lo mejor de mí mismo, porque esos niños, con su apendicitis o sus
problemas derivados, me dan algo de pena. Y termino la ronda en la sección de
Traumatología. Esos olores, de sufrimiento, de dolor, me vuelven loco. Además,
he comprobado que la carne reacciona químicamente en caso de rotura de un
miembro, dejándole un “bouquet” excelente, que marida de manera ejemplar con
una botella de mi Rioja Gran Reserva del año 2008. En un par de ocasiones, me
he arriesgado a llevarme niños de esta sección del Hospital, pero estuvieron a
punto de pillarme la última vez, y tuve que abandonar en las escaleras al
delicioso gordito de siete años con un brazo roto. Era demasiado grande y
pesado para mi carrito de los helados.
¿Cómo,
que no os lo había dicho? Siempre complemento cualquier disfraz con un carrito,
de los tradicionales, con su campanilla, sus dos compartimentos y sus alegres
colores. Es el escondite perfecto, y en él me caben sin problemas un cargamento
de dulces, y un niño o niña no demasiado rollizo.
Hoy he
terminado la ronda en la sección de neonatos. Son mi debilidad, mi plato
favorito. Aprovechando el cambio de turno de las comadronas, me he metido en el
nido, y he seleccionado a uno de los bebés más sonrosaditos y saludables, una
niña, llamada Carolina. Carolina, qué bello nombre. Con el mayor de los
cuidados, le he quitado la sonda nasográstrica, los electrodos que miden su
ritmo cardiaco, y la he acunado entre mis brazos, como si fuera mía. Pesará
unos dos kilos y medio, es un poco pequeña para su edad. Me ha mirado con
curiosidad, alzando sus manitas para tocar mi máscara de hombre araña, sin
miedo; y luego se ha reído, como solamente los niños pueden hacerlo: parecía un
cascabeleo de un pajarito.
Esa risa
ha sido la que le ha salvado la vida. Recordando quizás a mis propios hijos, la
he vuelto a depositar en su cunita, le he puesto los electrodos, le he ajustado
el gorrito, y la he dejado bajo la lámpara de infrarrojos, la sonda
nasogástrica ya se la pondrán de nuevo las enfermeras.
Y luego,
he seguido mi ronda, he escogido a otro bebé, un poquito más gordito, con sus
tres kilos doscientos gramos, que me ha mirado sin particular interés, y lo he
acunado entre mis brazos hasta salir del nido; luego lo he metido dentro del
carrito. ¿Tiempo total de la maniobra, desde que entré en la habitación, hasta
que lo deposité en el carrito? Poco más de dos minutos. Por precaución, le he
puesto sobre la nariz y la boca una gasa con un poco de cloroformo. Luego, me
he dirigido a los ascensores, he salido tranquilamente del Hospital, y he
llegado a mi furgoneta. En tres minutos y medio he subido el carrito a la parte
de atrás, me he instalado en el asiento del piloto, y me he marchado a casa.
Esta
noche, lavaré a Francisco con mimo, masajearé su piel con aceite aromatizado al
cardamomo, le daré un biberón de leche de almendra, y un poquito de música
relajante. Luego, le pondré sobre la mesa, lo ataré con mis correas especiales,
y estrenaré el juego de cuchillos de carnicero que compré por internet.
Empezaré por cortarle una mano, la otra, un brazo, el otro, y así poco a poco,
desmembrándolo en vida… Disfrutando de esa colección de sabores… Esta noche, cenaré
caliente… Y después, me comeré una buena ensalada, de tomate, lechuga, cebolla,
con sus aceitunas, vinagre del bueno y aceite de oliva de un grado.
Y de
postre, dos mandarinas. Hay que cuidar la dieta mediterránea…