Aquí,
en El Café Cibeles, ese reducto de las letras, esa mezcla extraña de café, club
de lectura y antro clandestino de categoría, me conocen por El Francés, incluso
algunos amigos me llaman Lucien Flambard García, identidad que escogí al poco
tiempo de emigrar a España. Pero mi nombre es François Mattey Jiménez, aunque
eso ya lo sabes, querida. Barman a tiempo parcial, traficante de opio, dueño de
un par de fumaderos, proxeneta… y asesino. Supongo que esto último te habrá
sorprendido bastante, nunca pensé que alguien se tomaría la pena de buscarme
con tanto ahínco, a pesar de los años que han pasado desde la muerte de Madame
la Duchesse de la Cafétière. Claro que tampoco podía contar con su amistad con
el señor Battaille, creador de la primera agencia internacional de detectives
de toda Europa. A pesar de las pistas falsas ¿seguro que te ha costado mucho
seguirme el rastro después de Barcelona, verdad? Lo has conseguido. Así que
muchas felicidades, querida… ¿Fleur Delacour? ¿De verdad ese es tu nombre?
Pensé que serías un poquito más original, pero en todo caso es el que figura en
tu documento de identidad… morirás bajo ese nombre, en breves minutos, el
tiempo justo para responder a un par de preguntas tuyas, y para que termine de
contarte mi historia. Quizás de esa manera me comprendas mejor, incluso te
contaré lo que pasará finalmente con tu hermoso cuerpo…
Lo
bueno de ser un excelente barman es que conoces combinaciones de sabores, de elementos
naturales y artificiales, y puedes crear cócteles increíbles, como el famoso
Muerte Blanca, que tanto solicitan los señores de bien, para contribuir a
quitarles la timidez a sus amantes ocasionales… Ya sabes, Madrid en el año
1922, no hay mejor lugar donde vivir. Pero volviendo a los cócteles, otro muy
solicitado es Secretos de Confesión, con ese toque de angostura y su aspecto
levemente burbujeante. Aunque a ti te he dado a probar el más especial de
todos, Noche de Pecado, y lleva un cierto tiempo corriendo por tus venas. No,
tranquila, que no voy a hacerte nada. No me gustan las mujeres tan delgadas, ni
con el pelo negro y cortado “à la garçon” como dicen los franceses, y menos las
fumadoras, es un vicio bastante asqueroso. Me atraen más las mujeres algo
rellenitas, claramente españolas, como Matilde, la encargada del guardarropa.
Con ella sí que he tenido alguna aventura, pero nuestra relación ahora mismo
está de capa caída, quizás haya llegado el momento de cambiar. Pero claro,
evidentemente no he escogido matarte, y mucho menos en mi puesto de trabajo,
sin tener un motivo de peso… como preservar mi nueva identidad, y continuar en
un sitio en el que me siento a gusto.
¿Sabes
lo más curioso? Si no te hubieras tomado también un Noches de la Alhambra, no
te habría pasado nada. Los ingredientes alucinógenos, extraídos de unos
champiñones especiales que tan sólo se encuentran en los bosques de Irati, en
el País Vasco, combinados con la raíz de bergamota, son inocuos. Pero si las
combinas con otra sustancia, presente en el último cóctel, producen un efecto
paralizante progresivo: primero algo de somnolencia, luego pierdes el control
de las manos, de los brazos; luego te cuesta tragar, notas un hormigueo por
todo el cuerpo, y termina atacando los pulmones. La muerte por asfixia dicen
que es bastante rápida y placentera, ya me lo contarás desde la otra vida, si
es que la hay y nos encontramos en ella. De todas formas, ya es muy tarde, y
estamos a punto de cerrar La Cueva del Clan Destino, el local secreto que se
encuentra en los bajos del Café Cibeles. Llevas en él un ratito, así que no
hace falta que te lo describa. Espero que el sofá te resulte cómodo pese a tu
rigidez dentro del pequeño reservado. Ese ambiente canalla, que tanto le gusta
a los niños pera; la posibilidad de disfrutar de una amplia variedad de
cócteles, y de otras sustancias; las noches de lectura y poesía, pero también
de encendidos debates políticos; los prácticos reservados en las esquinas,
donde se realizan otro tipo de actividades placenteras –la de señoritas que han perdido
allí la virginidad y la honra es algo incalculable–.
¿Quieres
que te desvele un secreto? Soy uno de los dueños del Café Cibeles desde hace un
año, cuando el propietario buscó un socio capitalista para realizar la gran
reforma de la que habló toda la prensa de la época. En algo tenía que invertir
los capitales que conseguí en Francia y en Montecarlo… Y nunca está de más el
poseer un negocio legal y rentable, ya que de ese modo puedo justificar mis
otros ingresos de cara a la Hacienda pública. Pero me estoy yendo por las
ramas. ¿Te apetece saber algo más de mis inicios, dónde me crie? Venga,
parpadea una vez. Ten en cuenta que de esa manera se te pasará mejor el escaso
tiempo que te queda de vida, y soy un buen narrador.
Todo
empezó en París, el veintitrés de mayo de 1890, con mi nacimiento en el seno de
una familia de clase trabajadora. Mi padre era carnicero en el mercado de Les
Halles, el auténtico corazón de la ciudad, pero también su estómago. Michel, se
llamaba, el típico corso, fuerte, alto, que llegó a la capital siendo adolescente
para buscar su lugar en el mundo. Nunca quiso ser carnicero, pero al mismo
tiempo notaba una especial querencia hacia la sangre, su sabor metálico y su
color. De él he sacado muchas cosas, y no solamente mi físico. Mi madre era una
cupletista, Manolita Jiménez, su sueño era ser conocida dentro del ambiente un
tanto sórdido que rodeaba el barrio de Montmartre. Nunca llegó a actuar en el
famoso Follie Bergères, pero se quedó cerca, muy cerca. Era muy joven cuando me
tuvo a mí, poco más de dieciséis años. De hecho, mis padres se casaron por mi
culpa, ya que comprenderás que no queda demasiado bien, ni siquiera en el
ambiente liberal parisino, el ser madre soltera. Luego tuvo un par de embarazos
más, así nacieron mis hermanas Julie y Christine, pero ellas son normales, las
típicas francesitas aburguesadas que han conseguido un cierto prestigio en la
escala social: la primera es costurera, la segunda dependienta, y me han dado
un par de sobrinos de lo más simpáticos.
Hasta
ahora, todo de lo más normal, ¿verdad? Bueno, quizás el anormal sea yo… y en
muchos sentidos, se lo debo a mi querida madre. Ella supo ver todo mi
potencial, porque ya desde los trece años destacaba por mi apostura, mi belleza
si quieres llamarlo así. Ella se dio cuenta de cómo me miraban algunas de sus
compañeras de profesión, ese ansia ciega, y esa necesidad de apoderarse del
cuerpo de alguien, y si es casi un niño también, de su alma y de su inocencia. Es
el atractivo de lo prohibido. De repente, empezaron a fijarse más en mí, yo era
alto para mi edad, casi alcanzaba el metro ochenta, y gracias al trabajo con mi
padre en el mercado, tenía una musculatura bien definida, y estos ojos verdes y
el hoyuelo en la barbilla me ayudaban. El caso es que a mi querida madre se le
metió en la cabeza el rifar mi virginidad entre su grupo de amigas… Clotilde
Mazzarin se llamaba, una vedette en decadencia del Café Florien, pero supongo
que tuve suerte: a pesar de sus casi sesenta años, y si quitamos sus pechos
caídos y su abdomen dilatado por sus varios embarazos –de hecho, tenía un hijo casi de mi edad–, fue bastante paciente conmigo,
entonces aprendí que una buena boca, una lengua y unos labios bien entrenados
pueden hacer maravillas en el cuerpo de un hombre. Pagó una cantidad
escandalosamente alta por ser mi introductora en el ámbito sexual, y siguió
reclamando mis favores durante una temporada. Luego, por supuesto, hubo otras,
casi todas dentro del ámbito de la farándula, me enseñaron muchas cosas,
incluso le acabé cogiendo algo de afición al sexo previo pago y sin compromiso.
Pero
a los dieciséis años, mi madre decidió que había llegado el momento de aspirar
a lo más alto, y vender mis favores en otros ámbitos sociales más, ¿cómo
decirlo? Más refinados. Nunca olvidaré a la Condesa de la Chevalière: a pesar
de su juventud, poco más de treinta años, se empeñó en ser mi “protectora”, y
en dotarme de una educación lo bastante refinada para poder presentarme en
sociedad, con pleno conocimiento de su marido, un famoso homosexual de casi
sesenta años, con quien se casó por interés. Gracias a ella aprendí retórica,
algo de filosofía, bastantes matemáticas, y por supuesto nuevas técnicas
amatorias, venidas de Oriente, con las que tanto éxito he tenido estos últimos
años. Y pasó el tiempo, estuve con ella de los dieciséis a los diecinueve años.
París
era una fiesta, el famoso “fin de siècle”, esa ansia por descubrir nuevos
inventos, esos ambientes bohemios, las nuevas corrientes pictóricas y de
pensamiento que fui conociendo gracias a la Condesa de la Chevalière no los
olvidaré jamás. Por desgracia, murió en mitad de una de nuestras sesiones
amatorias y yo me quedé sin protectora. Y sin saber hacer otra cosa más que
vivir a costa de las mujeres de la clase alta parisina. A los veinticuatro, me
tuve que incorporar a las filas, tuve una decena de amantes, incluso un par de
hombres bien situados fueron mis parejas durante algún tiempo, como Monsieur de
la Ratatouille. Él se convirtió en mi maestro, se encargó de perfeccionar mis
conocimientos de filosofía, de música, y por supuesto, sexuales. Pero mejor
cambiamos de tema, que ya veo, querida Fleur, que es algo que te molesta.
Aunque sin embargo, es necesario que lo recuerdes, porque tendrá su importancia
más adelante, cuando entre en escena Madame la Duchesse de la Cafétière, la
causa que de hayas llegado hasta mí, siguiéndome la pista, y de que vayas a
morir.
Ya
empiezas a notar ese hormigueo tan molesto en los brazos y en las manos, ¿verdad?
Bueno, tranquila, se te irá pasando. De todas formas, voy a contarte un
secreto: fue durante la primera guerra mundial que me convertí en asesino. Lo
más curioso es que por aquél entonces estaba bien visto matar, se trataba del
enemigo, y nosotros estábamos defendiendo nuestra Patria, nuestras “Costumbres”,
nuestras “Sagradas Tradiciones”, y por encima de todo ello, nuestras “Familias”.
Durante las seis primeras semanas, cuando nos llevaron a todos los nuevos
reclutas al campamento ubicado en las cercanías del Bois de Boulogne, en
ocasiones tuve miedo de no ser capaz de convertirme en un soldado. La misma
idea de exterminar a un semejante –poco me importaba que fuera disparándole a distancia o
con un cuchillo–, me daba náuseas. Y aunque me había familiarizado con
el olor y el sabor de la sangre gracias a mis años de trabajo con mi padre, el
arrancar una vida humana me escandalizaba. Claro que se me pasó la tontería, y
los escrúpulos, la primera vez que dispararon sobre mí desde las trincheras del
otro lado del frente. Ahí empecé a odiar al enemigo, a los alemanes, esas
fieras traicioneras, que devoraban a los niños y rajaban el vientre de las
madres, que quemaban nuestras iglesias y vejaban a las venerables abuelas.
Nunca
olvidaré a mi primer camarada muerto, se llamaba Julien, y como yo, acababa de
llegar a la primera fila. Fue todo muy rápido, alzó la cabeza durante una de
las pausas de la batalla, y un francotirador enemigo le voló media cara. Se
cayó encima de mí. Terminé cubierto por su sangre y sus sesos, y a falta de
agua limpia, me froté las manos y la cara con ese barro rojo y maloliente que
se forma en el fondo de las trincheras. Pero al mismo tiempo, despertó en mí el
ansia de venganza.
Pocos
días después, a las órdenes de un cabo –se hacía llamar Monsieur Fleuri–, participé en mi primer asalto.
Corrimos como locos, zigzagueando, hasta alcanzar las posiciones enemigas. Las
balas silbaban a mi alrededor, como mosquitos a toda velocidad, la
ametralladora sonaba en mis oídos, pero yo no tenía miedo: me habían poseído
las ansias de matar. Salté dentro del refugio enemigo, un hombre surgió delante
de mí de entre la niebla y le clavé la bayoneta. Como se quedó enganchada entre
sus costillas, al siguiente le golpeé con la culata del fusil, una vez, dos,
tres, hasta dejar su cara reducida a una pulpa sanguinolenta. Salió un tercer
enemigo, estrellé mi casco en su cuello, le rompí la tráquea, y se ahogó en su
propia sangre. Ni tan siquiera escuché el sonido de los silbatos que nos
llamaba de nuevo a nuestras posiciones. Uno de mis compañeros tuvo que cogerme
del brazo, para hacerme salir de ese estado de enajenación.
Durante
las seis semanas que estuve en el frente, participé en varias expediciones
similares, algunas de ellas de noche, y mis hazañas bélicas no pasaron
desapercibidas para Monsieur Fleuri ni para mi teniente. ¡Incluso fui propuesto
y obtuve una Croix de Guerre! Y me gané un apodo, Le sanguinaire, el
sanguinario. Nos mandaron a descansar a la retaguardia durante una semana, pero
preferí no volver a París: me gustaba esa vida tan organizada, tan militar, tan
diferente de la que me esperaba cuando regresase a la capital. Un año después
de mi ingreso en el ejército, ya a finales de 1915, y con una sólida reputación
como asesino, sucedió lo impensable: durante un ataque con gases, mientras
defendía mi posición dentro de un agujero creado por los obuses, mi máscara
falló, y aspiré varias bocanadas de ese veneno. Dos enfermeros que estaban por
la zona me trasladaron con urgencia a la retaguardia. Ingresé en un hospital,
con los pulmones medio abrasados, y estuve allí durante casi tres meses, hasta
que me recuperé lo suficiente para recibir el alta. Sin embargo, me quedé allí,
a las órdenes del capitán médico Claude Michelet, y gracias a él, y a su
afición por conocer los efectos de diferentes sustancias en el cuerpo humano –hicimos experimentos con soldados
enemigos moribundos, nadie sospechó nada–, aprendí muchas cosas. Fue entonces cuando me
convertí en un experto envenenador, siempre estaré en deuda con él. Y en junio
de 1916, con la Croix de Guerre prendida en la chaqueta del uniforme, y
honrosamente licenciado y con derecho a pensión vitalicia, regresé a París, a
esa vida tan distinta que me había estado esperando durante tantos años.
Para
descubrir que, en el fondo, y a pesar de esa ronquera derivada de los gases que
algunas mujeres encuentran tan atractiva, nada había cambiado. Necesitaba
dinero, con urgencia, mi madre por aquél entonces ya había muerto de
tuberculosis, y la única manera fue el seguir explotando mi físico
privilegiado: admitirás que con mi metro noventa de estatura y mi cuerpo bien
desarrollado, soy un buen partido. El aura que me rodeaba de veterano de guerra
fue de gran ayuda. Pero no quería verme sometido a los caprichos de una sola
amante, ya había llegado el momento de ser más selectivo, y empezar a obtener
algo de todo el placer que era capaz de generar en esas mujeres viejas y
aburridas. Por eso me fui introduciendo en círculos cada vez más selectos…
hasta alcanzar los niveles más altos de la prostitución masculina.
Me
estoy refiriendo, por supuesto a Madame la Duchesse de la Cafétière. Como bien
sabes, ya que trabajas para su marido, esta buena señora, a pesar de su edad,
más de setenta años bien cumplidos, tiene una libido de lo más desarrollada, y
cierta querencia hacia los jovencitos. Fíjate que a mi edad, con mis escasos
veintiséis años, ya estaba a punto de quedar fuera de su ámbito de interés,
pero sin duda mis buenas referencias contribuyeron a mi elección. Al principio,
se trataba de juegos inocentes, como por ejemplo a las cartas, o al billar,
algo de lo que era muy aficionada, sin olvidarnos por supuesto de las
interminables sesiones de sexo. Afortunadamente, mi querido capitán médico el
señor Michelet, además de adentrarme en siempre interesante mundo de los
venenos, me enseñó a elaborar compuestos químicos que me aseguraban unas
erecciones considerables. ¡Pero vamos, no me dirás que ahora te escandalizas,
mi querida Fleur! Y sobre todo, por mucho tiempo, lo cual me garantizaba el
éxito en ciertos ambientes y ante ciertos retos, como la señora Duquesa. Parece
mentira, tanta pulsión sexual dentro de un cuerpo tan francamente repugnante.
El caso es que aguantamos casi dos años de relaciones semanales, y que tenía
tiempo para mis otras amantes, de pago la mayor parte de ellas.
Porque
sí hubo una mujer de la que me enamoré, la dulce Claudine Pasquier, que
trabajaba de criada con la Duquesa –¿no te importa que castellanice el rango, verdad?–. Era una cría de lo más tierna y
dulce, de poco menos de catorce años, ojos rasgados, verdes, inmensos, y pechos
pequeños pero exquisitamente bien formados, como terminaría descubriendo
después de varios meses de paciente cortejo. Lo único malo es que era pobre
como las ratas, ya que enviaba buena parte del salario a su madre, una
costurera de Nantes que se estaba quedando ciega. Vale, tú pensarás que me
aprovechaba de ella y de su inocencia, pero si incluso le dejaba dinero en la
mesilla de noche de su miserable habitación cada vez que hacíamos el amor. Ojo,
que es la única vez que me escucharás usar ese término, con las otras mujeres,
simplemente follo. Pero se conoce que justamente este detalle, el dinero, la
hacía sentir incómoda, sucia, humillada. Yo intenté explicarle que era por el
mero cariño que le tenía… pero ella no lo entendió de esa manera, y menos
cuando se quedó embarazada. Así que regresó a su casa, con mi hijo en las
entrañas, a finales de 1917. Y yo me quedé solo, bueno, más bien con mis
múltiples amantes, pero desde la pequeña Claudine, ninguna de ellas me hizo
sentir bien, entero, limpio…
Aguanté
todo lo que pude con la señora Duquesa, pero el asco que me inspiraba ese
cuerpo viejo e insaciable iba creciendo de mes en mes. Y así surgió la idea de
matarla, de vengarme en ella de todas las mujeres que me estaban utilizando
como instrumento para satisfacer sus ansias sexuales. Empecé a administrarle
pequeñas dosis de los mismos compuestos que te he dado a ti en la bebida, y de
esa manera comenzó su declinar su salud. No quería dar pistas, ni mucho menos
que se descubriera el envenenamiento. El catorce de julio de 1918, coincidiendo
con la fiesta nacional, le administré la última dosis. La muerte fue plácida.
Pero aquello con lo que yo no podía contar era con los celos del marido, que
hasta ese punto se había mostrado tan complaciente y comprensivo, y que
incluso, en varias ocasiones, me había invitado a fumar con él un cigarro
habano en el gabinete después de alguna de las sesiones de sexo con su mujer.
El caso es que sospechó, ya que por lo demás, la buena señora se encontraba en
un estado físico envidiable, y al producirse el óbito, requirió los servicios
de un amigo suyo, que se acababa de establecer en la ciudad, y que poseía unos
conocimientos médicos de lo más avanzados.
¿Y
adivinas de quién se trataba, mi querida Fleur? Pues del mismísimo capitán
médico militar, el señor Claude Michelet, que me inició en el mundo de los
venenos. Aquella fue mi desgracia, puesto que ambos compuestos generan un
brillante y hermoso enrojecimiento de las papilas gustativas en la parte
inferior de la lengua. Y claro, él no podía hacer menos que descubrirlo… y
decírselo a su querido amigo. Afortunadamente, y en prevención de algún hecho
semejante, yo tenía una cantidad de dinero en efectivo nada desdeñable, además
de un juego de papeles falsos en un maletín junto a la cama, así que pude
emprender la huida hacia territorios más cálidos e inexplorados, por lo que me
instalé en Montecarlo.
Aquel
año de 1919 fue una locura para mí. Recién llegado a una ciudad que vivía por y
para el juego, el placer y la satisfacción de todo tipo de pasiones, era el
lugar soñado. Tardé poco tiempo en convertirme en una presencia habitual del
Casino, primero solo, luego como acompañante ocasional de una serie de damas de
la alta sociedad a quienes sus maridos dejaban abandonadas en las mesas de la
ruleta o en las terrazas, y que preferían dedicarse al juego. En un par de
ocasiones estuve a punto de ser descubierto por maridos celosos, pero fui
moderadamente feliz, al mismo tiempo que mi patrimonio se incrementaba gracias
por una parte a los donativos de mis amantes, y por otra a una endemoniada
racha de suerte en el juego, que me duró casi doce días consecutivos, y que me
permitió obtener una pequeña fortuna que me permitiría instalarme en cualquier
parte.
Por
supuesto, con lo que no podía contar es con las ansias de venganza del querido
cornudo, el Duque de la Bergamotte, quien contrató a una famosa agencia de
detectives, de la que tú formas parte, para darme caza por toda Francia e
incluso por el extranjero si era necesario. En el mes de febrero de 1920,
descubrí a uno de tus compañeros que me miraba de manera extraña en la mesa de
bacarrá, y que comprobaba una pequeña foto: aquél fue mi error principal, no llevarme
el camafeo que le había regalado a la Duquesa. Por suerte, durante aquél año de
desenfreno en el Principado de Mónaco había descubierto la utilidad de
relacionarme con un grupo de facinerosos, de los que esperan en las
inmediaciones del Casino a los afortunados ganadores para llevarse todo su
dinero, y a quienes no asusta la violencia. Como tu compañero era tan torpe, no
me costó demasiado seguirle fuera del Casino, y depositarlo en las amorosas
manos de Monsieur Cheval y su banda… De todas formas, y por mera precaución,
decidí cruzar la frontera e instalarme en la siempre cálida y acogedora España…
Al
principio, me dediqué a vivir de las rentas, y a dejarme ver por la siempre
cosmopolita y adelantada Barcelona. ¡Qué ciudad! Y ese ambiente de nuevos
ricos, de burgueses que sólo respetan el dinero, y a quienes no preocupa su
origen. Además, bajo mi identidad falsa, me sentía seguro… Aunque no podía
contar con la tenacidad de tu agencia, tardaron poco más de seis meses en
localizarme, y una vez más, tuve que matar para cubrir mis huellas –lo abandoné en ese laberinto de
calles que es el Raval–. En esa ocasión utilicé un cuchillo, no me gustó nada
la experiencia. Me trajo recuerdos de la Gran Guerra.
Y
cambié de vida, de ciudad, me mudé a Madrid. Aunque tenía cierto capital, era
necesario invertirlo con prudencia y, al mismo tiempo, sentía la necesidad de
vengarme de las mujeres, por haber sido durante tantos años un mero
entretenimiento, un juguete sexual… No se me ocurrió mejor idea que, aprovechando
mi instinto de cazador y mis dotes de seducción, montar un burdel, no muy lejos
de aquí. No te engañes, se trata de un sitio con clase, con estilo,
administrado con mimo por María de las Mercedes. Si fueras hombre, te llevaría
allí, para que las conocieras, seguro que disfrutabas con la experiencia, como
hacen muchos de los más distinguidos clientes La Cueva del Clan Destino, ya
sabes, la parte más secreta del Café Cibeles. Incluso hubieras sido una buena
adquisición entre mis pupilas. Pero claro, te quedan unos cuantos minutos de
vida, y tengo que terminar mi historia. Cierto es que había otro gran negocio
en el que me apetecía introducirme: los fumaderos de opio. De ellos se encarga
el señor Fun–Lin,
tengo dos instalados no muy lejos de aquí, ya sabes que en Madrid se puede
encontrar de todo en el Barrio de las Letras.
No
es algo que nunca me ha llamado la atención personalmente, ni las drogas, ni el
tabaco, ni el alcohol: tan sólo pruebo este último para comprobar el buen sabor
de mis nuevos combinados y cócteles, por los que he adquirido una fama bien
merecida. El último negocio en el que me he metido es la hostelería: soy uno de
los tres dueños de este maravilloso local, y trabajo, realmente, porque me
divierte mucho conseguir que la gente se relaje, se olvide de los problemas, e
incluso me cuente sus aburridas historias, hacen que vea mi propia vida mucho
más interesante.
Y
ahora llegamos al final: a cómo supe quién eras… y a lo que te pasará después
de muerta. ¡Venga, ánimo Fleur, que ya estamos llegando al final de la partida!
Al principio, es decir, hace un par de horas, pensé que eras una de tantas
clientas despistadas y liberales, que han llegado al local por casualidad.
¿Pero sabes qué te delató? Tu manera de mirarme, como viendo más allá del
disfraz, de mi pelo teñido de negro, y sobre todo del parche de terciopelo negro
que cubre mi ojo derecho. Tranquila, que al ojo no le pasa nada, es solamente
un pequeño disfraz. Bueno, eso por no hablar del camafeo, el mismo que le
entregué a la Duquesa, y que tantos problemas me ha causado. Lo he visto en tu
bolso, mientras ibas al baño lo has dejado sobre la barra. No te imaginas hasta
qué punto me ha sorprendido, y no muy gratamente. Pero vamos, estoy casi
seguro, por tu comportamiento, de que tu entrada en el local y el hecho de
encontrarme, ha sido una triste
casualidad, ¿no es cierto? Parpadea dos veces si es así.
Buena
chica…
Si no hubieras seguido representando tu papel de jovenzuela rebelde y un poco
alocada, para así poder observarme mejor y comprobar si tu corazonada era
cierta, quizás te habrías salvado. Pero tu indudable profesionalidad ha sido tu
perdición. Por eso te he envenenado. Dentro de diez minutos, cierra El Café
Cibeles, y encontrarás tu destino, entre las amorosas manos y cuchillos del
querido Macario, el carnicero que tiene su negocio tres puertas más abajo. Le
ayudaré a llevarte hasta su local por el pasadizo subterráneo al que se accede
desde los servicios de caballeros. Lo hemos hecho en varias ocasiones durante
los dos últimos años, dos desgraciados violadores y una mujer han conocido el
filo de sus cuchillos.
Porque
él es un excelente carnicero, aunque lo que haga con tu cadáver en la
trastienda de su negocio antes de trincharte y de convertirte en excelentes
filetes es algo que no me concierne. Luego, es simple cuestión de tiempo, tres
o cuatro horas a lo sumo. El tuyo será un cadáver de lo más exquisito, porque
el veneno se acumula en el hígado, el riñón y los intestinos, pero el resto del
cuerpo sigue siendo plenamente comestible.
“Y
las señoritingas de las casas más principales del viejo Madrid cantarán tus
alabanzas, cuando prueben esos sabrosos guisos, con esa carne tan especial que,
de vez en cuando, consiguen sus cocineras en la carnicería del Macario en el
Barrio de Las Letras, cerca del Café Cibeles…”
Así
que, dulce muerte para ti… Mon amour.
Fernando
Codina
