martes, 15 de agosto de 2023

CON UN RACIMO DE CERVEZAS

 


Nada como una reunión de colegas, que llevan mucho tiempo metidos en esto de la seguridad, para que, acompañadas por unos cuantos cubatas, empiecen a surgir historias de misterios… Y más si allí afuera brilla la luna llena. Porque fantasmas, aparecidos, espectros, da igual cómo los llames, están allí, al otro lado de la realidad, esperando, quizás, el momento más oportuno para hacerte llegar sus mensajes, y quizás incluso, prevenirte.

Uno de los primeros en hablar fue Esteban, quien nos contó sus experiencias con esas figuras negras que de vez en cuando aparecen a los pies de la cama, o se materializan en los rincones oscuros de la habitación…

“Quizás siempre tuve miedo de la oscuridad. De pequeño y cuando mis padres apagaban la luz de la habitación que compartía con mi hermana, hacía todo lo posible por no mirar en dirección hacia la puerta, que se encontraba en la más completa oscuridad. Me daba miedo incluso ir al baño, y me refugiaba entre las patas de mi enorme (por aquél entonces abultaba más que yo) león de peluche, que fue mi regalo de bienvenida a este mundo de una compañera de trabajo de mi madre. Todavía hoy, más de cincuenta años después, sigue cumpliendo su misión desde una silla en mi dormitorio.

Por ejemplo, llamaba muy bajito a mi abuelo, que dormía con la puerta abierta, para que me trajera un vaso de agua o me acompañase al baño. Nunca le molestó, quizás él también le tenía miedo a la oscuridad desde su paso por las cárceles franquistas una vez terminada la Guerra Civil. Era teniente del servicio de inteligencia militar del ejército, además de comunista y masón, tres buenos motivos para ser condenado primero a muerte, luego a treinta años de prisión, de los que cumplió siete, pero eso es otra historia.

Volviendo a mis miedos infantiles, más de una vez observé materializaciones en el rincón oscuro de la puerta del dormitorio. Zonas de sombra que se convertían en figuras, altas y amenazadoras, aunque distantes. Por suerte, no venían todas las noches, quizás una o dos veces al mes durante dos años, y casi siempre en las noches de luna llena, por lo que eran más sencillas de ver, tanto para mi hermana como para mí. Años más tarde, vi una película de dibujos animados, “El señor de los anillos”, y los jinetes de la oscuridad se materializaban en el dormitorio de los hobbits en la posada del Pony Pisador de la misma manera. Se quedaban allí, mirándome fijamente un cierto tiempo (no tenía reloj, así que ignoro si eran diez minutos, media hora, o solo un parpadeo). No hacían nada, ni siquiera se acercaban a nuestras camas, pero el caso es que incluso profundamente dormido, me despertaba cuando ellos entraban en la habitación. Ahora me sigue pasando: despierto en mitad de la noche, y están allí, nunca más de dos figuras, altas, a los pies de la cama. Se quedan unos minutos, observándome, y ni siquiera me atrevo a moverme para encender la luz. Podrás decirme que como miope, igual confundo las propias sombras de la habitación, mas sé que no me equivoco, y están allí, quizás simplemente vigilando mi sueño. Pero ya no me inspiran tanto miedo, y suelo volver a dormirme.”

Miguel también tiene sus miedos particulares, cuando se ha ocultado el sol, y son los espejos, sobre todo los del cuarto de baño…

“Por un problema de próstata, los años que no pasan en balde, yo tenía que ir con frecuencia al cuarto de baño durante la noche, y procuraba encender siempre la luz. Quizás porque hace algunos años vi reflejado en el azogue un movimiento a la luz de la luna: allí no estaba el cuarto de baño en el que me encontraba, sino las columnas de un local abandonado y bastante sucio, con un suelo adamascado en blanco y negro. Tampoco veía mi imagen, sino la de una persona desconocida, de cara arrugada, bastante más alto que yo, que me hacía gestos como invitándome a pasar al otro lado. Salí corriendo del baño, y desde aquella noche opté por no mirar nunca más al espejo, y por supuesto no ponerme las gafas para ir al cuarto de baño, presidido por un gran espejo, en el que prefiero pensar que no se encuentra la puerta hacia otra realidad. Con mis ojos de miope, sería toda una hazaña poder distinguir algo, pero, aunque no creo en las meigas (especie de brujas de la mitología gallega), haberlas hailas…”

Sebastián comparte con Miguel esa curiosa fobia, y no solamente cuando ha oscurecido…

“El  ver cosas raras, o que directamente no deberían estar allí en los espejos, me ha pasado también en la penumbra de ciertos locales nocturnos. La más inquietante fue a los dieciséis años, en un bar de la ciudad inglesa de Bournemouth, en la que estuve haciendo un curso de inglés de dos meses, pagado por mis padres. Vi cómo se transformaba la realidad de lo que estaba detrás de mí en el reflejo del espejo, desaparecieron todas las personas que me rodeaban, el garito se quedó vacío, y en vez de los cuerpos, había manchas borrosas, hechas de un humo negro y movedizo. La experiencia no duró más allá de unos segundos, pero sé lo que vi… Era la Nada, así con mayúsculas, quizás recordando las imágenes de la película “La historia interminable”, que lo devoraba todo a mi alrededor. Aquella vez tuve bastante miedo, y durante el resto de mi estancia en la ciudad, evité volver a ese club, aunque era uno de los más frecuentados por el grupo de estudiantes de la academia…”

Pero la experiencia más curiosa, sin duda alguna, es la de Andrés, cuando tuvo una experiencia cercana a la muerte, y las secuelas que le dejó… Fue uno de los relatos más largos de aquella noche, mientras tomábamos cubatas en el “Whisky Jazz Club”, y por eso la transcribo en su totalidad, en vez de resumirla.

“Fue durante el verano de mil novecientos ochenta y siete: yo era alumno del Instituto Italiano de Cultura de Madrid. Coincidiendo con el segundo año de formación, los directores otorgaban una beca de estudios al alumno más destacado, y tuve la suerte de conseguirla. Me pagaron un mes de clases en una pequeña academia de la periferia de Roma, y también me consiguieron una plaza a precio reducido en un piso de estudiantes. A mediados de agosto, vi el anuncio de un crucero a vela en un pequeño barco para ir a la isla de Ventotene, un lugar muy turístico, y junto con otras dos estudiantes alemanas, lo organizamos todo para participar. Fuimos en tren hasta el puerto de Ostia, y llegamos al muelle a primera hora de la mañana. El patrón era el típico lobo de mar, no le faltaba ni la gorra, ni la camisa medio desabrochada de dudoso blanco, ni la pipa en la comisura de la boca mientras hablaba. Ni una hija pequeña, de unos doce años llamada Isabella, a quien le apasionaba la navegación. Cuando zarpamos, el mar estaba tranquilo, el cielo era una enorme extensión azul con algunas pequeñas nubes. Navegamos hasta la hora de comer, cuando el patrón (se llamaba Piero) nos animó a darnos un buen baño. El agua era cristalina, tanto que se veían perfectamente las conchas, las piedras, y la arena del fondo. Parecía que estaba muy cerca, y yo, que soy un poco fantasma, decidí que era un buen momento para intentar coger una de las grandes conchas que, según Piero, eran famosas entre los turistas. Me ajusté las gafas de buceo (por aquél entonces llevaba lentillas), y me lancé de cabeza. Bajar fue muy sencillo, cogí la dichosa concha para Isabella, pero más o menos a mitad de la ascensión, noté un fuerte dolor en los oídos, abrí la boca para compensar la presión, y me quedé sin aire a más de siete metros de profundidad. Me puse a patalear como un loco, pero el patrón tuvo que lanzarse a su vez, y remolcarme hasta el barco. Me depositó en el puente, yo estaba casi ahogado, y perdí el sentido, mientras sangraba con abundancia por la nariz y los oídos. Quizás fuera más que un simple desvanecimiento, porque a partir de entonces, empecé a sentir “cosas”  o presencias que no estaban a este lado de la realidad… Terminando con la historia, alcanzamos la famosa isla cuando la noche ya estaba cayendo, bajamos a cenar y a dar una vuelta, y dormimos en el barco. Marjolein, la más joven de las estudiantes pasó la noche con Piero, mientras que Isabella dormía en el otro camarote de la proa, y Helen y yo estuvimos hablando un buen rato en la cabina principal, donde se habían improvisado dos camas en los bancos corridos.

Al día siguiente, rodeamos la isla con el velero, hicimos turismo (es un lugar precioso) y pasamos la segunda noche fondeados en el puerto. A media mañana del domingo, emprendimos la navegación, y alcanzamos el puerto de Ostia sobre las nueve de la noche.

Y desde aquél ahogamiento felizmente superado, comenzaron los problemas… porque empecé a sentir cosas que no estaban allí, presencias extrañas, llámalo intuiciones… Una semana más tarde, y acompañado por una amiga, hicimos una escapada a la ciudad de Pompeya, en las faldas del monte Vesubio. Como hacía un calor infernal, el yacimiento arqueológico estaba prácticamente vacío, y en un momento dado, me perdí en medio de los callejones, creo que incluso entré en una zona prohibida, pero lo más curioso es que no me sentía solo: había gente a mi alrededor, huyendo de las oleadas de cenizas, respirando con dificultad, asfixiándose lentamente. Yo estaba solo en el callejón, pero había sombras a mi alrededor, las veía por el rabillo del ojo, pero sobre todo percibía su angustia, su miedo, notaba su pavor cuando caían en medio de la masa de gente, siendo pisoteada, muriendo lentamente, sofocados por las cenizas, abrasados por el calor de la lava… La experiencia duró varios minutos, y me sacaron de ella las voces de uno de los vigilantes, diciéndome que estaba en una zona prohibida, y pude ver en medio de la calle y junto a las paredes de algunas de las casas las famosas huellas, los moldes de cuerpos quemados rellenos de escayola, mudos testimonios del horror…

Desde entonces, me convertí en un sensitivo. No es lo mismo que un médium, generalmente no podemos ver los fantasmas que nos rodean, pero sí sabemos cuando en algún lugar hay una presencia maligna, un espíritu, porque podemos sentirlos, intuirlos… Pasa lo mismo cuando se trata de un espíritu bueno, nos embarga una sensación de paz y de sosiego, pero eso sucede las menos veces. ¿No te ha pasado alguna vez que entras en un sitio, e intuyes que allí ha pasado algo malo, te dan escalofríos, incluso te ahogas? Bien, pues eso me pasa con mucha frecuencia, Madrid es una ciudad que está construida sobre otra más antigua, y que ha sido devastada en numerosas ocasiones. En los sitios donde ha muerto mucha gente, se sigue percibiendo el dolor, el sufrimiento… Por eso, entre otras cosas, dejé de ir a los Cines Acteón, que durante años fueron todo un referente del cine de palomitas, en plena calle de la Montera. Antes, en aquél mismo lugar, se alzaban los Almacenes Arias, en los que se produjo un pavoroso incendio, y allí murieron ocho bomberos al hundirse el edificio. Sus almas todavía siguen prisioneras, moviéndose en la oscuridad de las salas… Hace un par de años, derrumbaron los cines, y en su lugar están construyendo un hotel… En el teatro que se alza sobre lo que en los años ochenta fue la discoteca Alcalá 20, en cuyo incendio perecieron decenas de personas… He ido en un par de ocasiones, y lo he pasado fatal, ese dolor, esa sensación de ahogo, esos cuerpos que se amontonan unos sobre otros, y se van quemando lentamente o perecen aplastados… Todavía siguen allí… Por siempre…”

Marcial es el típico aragonés, valiente y fanfarrón, pero su historia también nos dio bastante miedo…

“Yo estaba en segundo año de carrera, Periodismo para más señas, y la hija del mejor amigo de mi padre, Ruth, venía a Madrid para estudiar en una prestigiosa universidad privada, y se alojaba en una residencia de estudiantes cercana. En varias ocasiones, me invitó a cenar en su apartamento, y aquél primer año, no noté nada. Compartía piso con Natalia, una compañera de clase, y yo me llevaba muy bien con ambas (además de estar perdidamente enamorado de Ruth). En segundo de carrera, cambiaron de apartamento, y me llamaron bastante asustadas, porque sucedían cosas extrañas. Cajones que se abrían solos. Grifos que empezaban a gotear. Y no se sentían a gusto: temían que hubiera pasado algo malo. La mesa del comedor era completamente nueva, de hecho, ni siquiera habían terminado de desembalarla, y eso me pareció muy raro. En ese apartamento, se notaba algo muy raro, una presencia, acechante, oscura, y peligrosa… para ellas y para cualquiera que se alojase allí. Se me ocurrió probar un truco, hacer unos ejercicios de relajación y de meditación sentado en uno de los sofás, para comprender lo que pasaba allí. Y entonces lo supe: en aquél lugar, se había celebrado una misa negra, incluyendo el dibujo de un pentagrama invertido, velas negras, incluso un sacrificio de un gatito callejero. Habían utilizado la mesa como altar, trazando sobre ella el símbolo de la invocación de Satán, (ese aspecto fue confirmado días más tarde por el encargado de mantenimiento del edificio) y uno de sus espíritus había acudido al llamamiento, quedándose confinado entre esas paredes, lo que representaba un peligro para mis amigas. Y la única forma de sacarlo de allí era ofreciéndole un receptáculo humano…

Yo me presté voluntario, realicé mi propia invocación, y noté cómo entraba en mi interior aquella presencia. Me despedí enseguida de Ruth y de Natalia, y cogí el coche, para volver a mi casa, dándole vueltas a cómo deshacerme de aquél espíritu impuro. Casi me cuesta la vida, porque a mitad de camino, pude ver cómo en la parte trasera del coche se iba materializando poco a poco una sombra, oscura, corpórea pero de forma difusa. Repetí la invocación, pero no sirvió de nada: de repente, se hizo la oscuridad absoluta dentro del coche, no veía absolutamente nada, y estuve a punto de salirme de la carretera. Frené en seco, por suerte a aquellas horas la carretera estaba desierta, y me detuve en el arcén un rato, mientras seguía con mi invocación, por supuesto a las potencias de la luz… La oscuridad fue desapareciendo lentamente… y pude regresar a salvo a mi casa, pero notaba que en mi interior seguía habiendo algo muy peligroso.

Dos días después, fui a ver a una amiga Lorena, una bruja blanca, y no hizo falta que le contase nada… “Tienes algo muy malo y muy peligroso en tu interior, pero no te preocupes, que podemos expulsarlo”. Hicimos una ceremonia de limpieza y sanación en su casa, con minerales, velas e invocaciones, la oscuridad salió de mi interior, y pude respirar aliviado. Una semana después, volví a casa de Ruth y de Natalia, realizamos una ceremonia de limpieza de toda la casa, y no volvieron a pasar cosas extrañas.

Fue después de esta experiencia cuando, con la ayuda de Lorena, decidí cerrar por completo mis sentidos a cualquier presencia, ya fuera positiva o negativa. Quería dejar de ser un sensitivo, y durante muchos años, lo conseguí. Se trataba de alzar unas barreras mentales, o una especie de escudo, que me protegiera… Y durante muchos años funcionó. Incluso cuando durante el servicio militar estuve alojado en un barracón que tenía fama de encantado, sobre todo la biblioteca, por el espíritu de un teniente, que se suicidó al tener la prueba de que su mujer le estaba siendo infiel. No lo vi, no soy de esos, pero lo sentí en varias ocasiones, pero no pude hacer nada por él: era un espíritu muy confundido, y muy triste.”

A veces, las cosas no salen como uno desearía, y la presencia de otra persona puede alterar el equilibrio, tan necesario cuando se trata del otro lado. Al menos eso le pasó a Antonio, quien era médium desde los catorce años. Y fue a enamorarse y a casarse con Isabel, que también lo era, aunque no tenía completamente desarrollado ese poder... ni tampoco lo deseaba.

“Estando a su lado, mis escudos, mis barreras, se resquebrajaban, y en varias ocasiones, pude sentir cosas que no eran de este mundo, o como poco de esta dimensión. Por suerte, un par de años después de venir a estudiar a Madrid, se cambió de piso, y una de las primeras cosas que hizo fue adoptar a Chiqui, un gatazo negro. ¿Todos conocemos la función de los mininos como guardianes y como protectores espirituales verdad? El caso es que, durante varios años, solo tuvimos dos o tres experiencias difíciles de explicar, como la ocasión en la que, en nuestro primer viaje hacia Asturias, tuvimos que parar en un pueblo semi abandonado para estirar las piernas y ponerle agua al gato. Estábamos junto a una iglesia, y los tres sentimos claramente que había una presencia tremendamente negativa al acecho, y salimos rápidamente de allí…

O bien la primera noche que dormí en casa de sus padres, en un pueblo de Soria, y me cedieron su habitación, por ser la más luminosa y dar a la calle. Pero allí había estado descansando su abuela, durante toda su enfermedad (cáncer de huesos), y su dolor insoportable se había quedado impregnado entre aquellas paredes. Su espíritu también estaba preso allí, y no pude pegar ojo, entre grandes dolores. Habían pasado varios meses desde su fallecimiento, pero ella seguía presa y confusa entre aquellas cuatro paredes. La noche siguiente, pretextando que no me dejaban descansar los ruidos de la calle, me cambiaron de habitación, y un par de días más tarde, aprovechando que sus padres estaban fuera de casa haciendo la compra, realizamos una completa ceremonia de limpieza tanto de la habitación como de la casa, y pude sentir claramente que su espíritu abandonaba la vivienda, aspecto que fue confirmado por mi novia.”

Pero la historia de Arancha también tenía miga, ella era la única compañera femenina en nuestra reunión de vigilantes. Y sus fantasmas familiares eran su abuelo, y su padre.

“Mi abuelo murió, y durante un tiempo, su espíritu, un alma buena y pura, estuvo vagando por casa de mis padres. Sentía su presencia a mi lado, cuando me inclinaba sobre el teclado para escribir mis primeras historias, casi incluso sus caricias, y podía escuchar su voz, prometiéndome que todo me iba a salir bien… Murió en el año dos mil. Todavía sigue rondando por mi casa, de vez en cuando lo sigo sintiendo… Tuve un par de experiencias más, al visitar el Museo del Ejército, en el Casón del Buen Retiro, aspecto que me ha sido confirmado por varias fuentes, la presencia de varios fantasmas en las instalaciones.

En el año dos mil uno, mi padre enfermó. Un maldito cáncer de lengua páncreas se lo llevó en poco más de cinco meses. Los ciclos de quimioterapia y de radioterapia no hicieron ningún efecto, y murió en casa, entre fortísimos dolores y con la cabeza perdida, cuarenta y cinco días después de nuestra boda. Pero su espíritu no se quedó encerrado entre las cuatro paredes del hogar familiar… El caso es que nos siguió…  Juan Carlos y yo nos fuimos a vivir a un pisito que nos prestó mi madre, en la calle Espíritu Santo, en pleno corazón de Malasaña. Y un buen día, él me contó que la tarde anterior, mi padre se había materializado en la puerta de nuestra casa. Lo había visto con claridad: con el sudario que le pusieron en el Tanatorio de la M-30, aunque su cuerpo se desvanecía a la altura de las rodillas. Y le habló, le dijo claramente: “Déjame entrar”. Pero evidentemente, no le dejó, días más tarde realizamos un conjuro de limpieza y protección de toda la casa, y durante un tiempo, parece que funcionó.

La primera y única ocasión en la que he visto un fantasma con claridad fue a mi padre, un par de años después de su muerte, en un vagón del metro, de la línea dos para ser más concretos. Yo estaba leyendo un libro, cuando sentí esa fuerte opresión del corazón y de los pulmones, que me indica cuándo hay una presencia maligna a mi alrededor. Observé algo raro, una especie de sombra por encima de los pantalones de mi vecino de enfrente, alcé la mirada, y allí estaba, pálido y demacrado como en los últimos meses de su enfermedad, mi padre, con la cara y el cuerpo (incluido el sudario) superpuestos sobre el cuerpo de aquél desconocido, al mismo tiempo que escuchaba en mi cabeza una voz: “Déjame ir contigo”. Por supuesto que no le dejé, alcé de nuevo todos los escudos, al mismo tiempo que pronunciaba una oración, y al mirar de nuevo frente a mí, su imagen había desaparecido.

Pasaron un par de años, nos volvimos a cambiar de casa, en este caso a un bajo en la Alameda de Osuna… Y una tarde del mes de marzo, mientras estaba durmiendo la siesta, noté claramente cómo alguien se subía a la cama, y se apoyaba junto a mi pierna izquierda. Pensé que sería el gato, Berlioz, así que no le presté mayor atención. Pero el gato entró minutos después, y se apoyó en mi pierna derecha. Pasaron varios días, y yo seguía notando esa presencia que me acompañaba a la hora de la siesta, en el lado izquierdo de mi cuerpo. En varias ocasiones pude verlo, tenía la forma de un gato negro, semi-transparente, un fantasma felino, y no le di demasiado importancia. ¿Qué peligro podía representar el espíritu de un minino, aunque es cierto que cada día iba volviéndose más nítido? También es cierto que una sensación de hormigueo, de pérdida de calor, se apoderaba de mi costado, subiendo a lo largo de mi cuerpo, con cada visita… Unos días más tarde, se lo comenté a Mar, mi compañera de trabajo, que también creía en el misterio. Ella a su vez se lo dijo a un amigo, médium y espiritista, que se preocupó bastante… Me llamó a casa, y me dijo que debía de tener mucho cuidado, porque ese gato fantasma no era exactamente lo que parecía… Era un caballo de Troya, la forma en que mi padre, convertido en espíritu atormentado y peligroso, había adoptado para volverse corpóreo y tomar posesión de mí, justo lo que no le dejamos hacer en la otra casa… Me aconsejó que hiciera una limpieza en profundidad de la casa y de nuestros propios cuerpos, para conseguir echarle, ya que representaba un peligro y estaba alcanzando cada día más poder, a costa de mi energía. Lo definió como un vampiro espiritual. El gato fantasma desapareció, y desde entonces no le hemos vuelto a ver ni a sentir.”

Y en lo que a mí respecta, también he tenido experiencias difíciles de explicar…

“Cuando estuve trabajando en el Ministerio de Justicia, en dos de sus sedes de la calle de San Bernardo, en ambas pasan cosas raras… En el Palacio de Parcent, sigue atrapado el espíritu de la última Duquesa, confinado entre las cuatro paredes de lo que antaño fuera su dormitorio, y da señales de vida con la medianoche. Hay ráfagas de aire a pesar de estar cerradas todas las ventanas, se oyen pasos en la habitación desierta, y más de un vigilante la ha visto, con su camisón y con su bata, al mismo tiempo que le pregunta si ya está lista su cama. Los compañeros evitan entrar en ese despacho a medianoche durante la ronda, unos la adelantan, otros la atrasan (yo soy de esos últimos), cualquier cosa con tal de no cruzarse con ese espíritu triste y melancólico. En el número 45 de aquella calle hay otro edificio, en el que también pasan cosas extrañas. En la antigua sala de archivos de la planta baja, junto a las dependencias donde se tramitan los certificados de penales, hay un fantasma, el de una niña vestida de blanco, que se aparece con frecuencia, y se acerca a los vigilantes (tampoco tiene piernas), y les susurra: “¿Me puedes dar un abrazo?” Durante los meses que estuve trabajando allí, nunca entré en esas dependencias, pero de vez en cuando se paseaba por la planta baja, y la sentí… Y en los sótanos de ese mismo edificio, que fue utilizado como centro de interrogatorio y de tortura durante la Guerra Civil, donde estaban ubicadas las antiguas duchas, pueden verse (en mi caso, sentirse y oírse) los fantasmas de dos de los torturadores y una de sus víctimas, que perecieron cuando cayó una bomba en mitad de un interrogatorio… Solo bajé una vez, porque es demasiado el dolor que me genera entrar en esas habitaciones, y sé que los demás compañeros también notan cosas extrañas allí.

Durante tres meses, estuve trabajando también en el campus de una empresa de informática, junto a la estación de Príncipe Pío, y allí también pasan cosas raras… Lo sé porque las he visto… Según me comentó el compañero del turno de noche, Luis Miguel, se oyen pasos bajando por la escalera de madera desde la segunda planta, y lo mejor es no levantar la mirada. Y luego, al hacer la ronda de medianoche, en los despachos al fondo de la tercera planta, no es de extrañar que se enciendan todas las luces en secuencia creciente, aunque no haya nadie allí. Da miedo, es como en las películas de fantasmas, cuando todas las luces, que tienen un sensor de presencia, se encienden en secuencia y te alcanzan. El edificio, una antigua fábrica de ladrillos rehabilitada a principios de los años dos mil, también fue un centro de detención durante la Guerra, y que las almas de dos de los asesinados siguen rondando por allí. Sólo estuve allí noventa días, y no hice más de cuatro o cinco noches, pero procuré seguir al pie de la letra las recomendaciones del compañero del turno de noche…”

Son historias que se cuentan entre bastidores,  de ese colectivo que tantas cosas ve, porque a fin de cuentas son quienes mejor conocen los edificios de Madrid… Casi siempre pasamos desapercibidos para algunos clientes, somos un mueble más, muchas veces un requisito de la compañía de seguros. Dentro de los uniformes se encuentra un ser humano, que habla, respira, imagina y siente. Somos los olvidados. Pero también la memoria vida de muchos lugares, su nexo con la realidad, con esta dimensión. Mientras sigamos viendo y sintiendo cosas raras, surgirán nuevos relatos, otras leyendas urbanas, de fantasmas, aparecidos, brujas y demonios.

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