Nada como una reunión de colegas, que llevan mucho tiempo
metidos en esto de la seguridad, para que, acompañadas por unos cuantos
cubatas, empiecen a surgir historias de misterios… Y más si allí afuera brilla
la luna llena. Porque fantasmas, aparecidos, espectros, da igual cómo los
llames, están allí, al otro lado de la realidad, esperando, quizás, el momento
más oportuno para hacerte llegar sus mensajes, y quizás incluso, prevenirte.
Uno de los primeros en hablar fue Esteban, quien nos
contó sus experiencias con esas figuras negras que de vez en cuando aparecen a
los pies de la cama, o se materializan en los rincones oscuros de la
habitación…
“Quizás siempre tuve miedo de la oscuridad. De pequeño y
cuando mis padres apagaban la luz de la habitación que compartía con mi
hermana, hacía todo lo posible por no mirar en dirección hacia la puerta, que
se encontraba en la más completa oscuridad. Me daba miedo incluso ir al baño, y
me refugiaba entre las patas de mi enorme (por aquél entonces abultaba más que
yo) león de peluche, que fue mi regalo de bienvenida a este mundo de una
compañera de trabajo de mi madre. Todavía hoy, más de cincuenta años después,
sigue cumpliendo su misión desde una silla en mi dormitorio.
Por ejemplo, llamaba muy bajito a mi abuelo, que dormía
con la puerta abierta, para que me trajera un vaso de agua o me acompañase al
baño. Nunca le molestó, quizás él también le tenía miedo a la oscuridad desde
su paso por las cárceles franquistas una vez terminada la Guerra Civil. Era
teniente del servicio de inteligencia militar del ejército, además de comunista
y masón, tres buenos motivos para ser condenado primero a muerte, luego a
treinta años de prisión, de los que cumplió siete, pero eso es otra historia.
Volviendo a mis miedos infantiles, más de una vez observé
materializaciones en el rincón oscuro de la puerta del dormitorio. Zonas de
sombra que se convertían en figuras, altas y amenazadoras, aunque distantes.
Por suerte, no venían todas las noches, quizás una o dos veces al mes durante
dos años, y casi siempre en las noches de luna llena, por lo que eran más
sencillas de ver, tanto para mi hermana como para mí. Años más tarde, vi una
película de dibujos animados, “El señor de los anillos”, y los jinetes de la
oscuridad se materializaban en el dormitorio de los hobbits en la posada del
Pony Pisador de la misma manera. Se quedaban allí, mirándome fijamente un
cierto tiempo (no tenía reloj, así que ignoro si eran diez minutos, media hora,
o solo un parpadeo). No hacían nada, ni siquiera se acercaban a nuestras camas,
pero el caso es que incluso profundamente dormido, me despertaba cuando ellos
entraban en la habitación. Ahora me sigue pasando: despierto en mitad de la
noche, y están allí, nunca más de dos figuras, altas, a los pies de la cama. Se
quedan unos minutos, observándome, y ni siquiera me atrevo a moverme para
encender la luz. Podrás decirme que como miope, igual confundo las propias
sombras de la habitación, mas sé que no me equivoco, y están allí, quizás
simplemente vigilando mi sueño. Pero ya no me inspiran tanto miedo, y suelo
volver a dormirme.”
Miguel también tiene sus miedos particulares, cuando se
ha ocultado el sol, y son los espejos, sobre todo los del cuarto de baño…
“Por un problema de próstata, los años que no pasan en
balde, yo tenía que ir con frecuencia al cuarto de baño durante la noche, y
procuraba encender siempre la luz. Quizás porque hace algunos años vi reflejado
en el azogue un movimiento a la luz de la luna: allí no estaba el cuarto de
baño en el que me encontraba, sino las columnas de un local abandonado y
bastante sucio, con un suelo adamascado en blanco y negro. Tampoco veía mi
imagen, sino la de una persona desconocida, de cara arrugada, bastante más alto
que yo, que me hacía gestos como invitándome a pasar al otro lado. Salí
corriendo del baño, y desde aquella noche opté por no mirar nunca más al
espejo, y por supuesto no ponerme las gafas para ir al cuarto de baño,
presidido por un gran espejo, en el que prefiero pensar que no se encuentra la
puerta hacia otra realidad. Con mis ojos de miope, sería toda una hazaña poder
distinguir algo, pero, aunque no creo en las meigas (especie de brujas de la
mitología gallega), haberlas hailas…”
Sebastián comparte con Miguel esa curiosa fobia, y no
solamente cuando ha oscurecido…
“El ver cosas
raras, o que directamente no deberían estar allí en los espejos, me ha pasado
también en la penumbra de ciertos locales nocturnos. La más inquietante fue a
los dieciséis años, en un bar de la ciudad inglesa de Bournemouth, en la que
estuve haciendo un curso de inglés de dos meses, pagado por mis padres. Vi cómo
se transformaba la realidad de lo que estaba detrás de mí en el reflejo del
espejo, desaparecieron todas las personas que me rodeaban, el garito se quedó
vacío, y en vez de los cuerpos, había manchas borrosas, hechas de un humo negro
y movedizo. La experiencia no duró más allá de unos segundos, pero sé lo que
vi… Era la Nada, así con mayúsculas, quizás recordando las imágenes de la
película “La historia interminable”, que lo devoraba todo a mi alrededor.
Aquella vez tuve bastante miedo, y durante el resto de mi estancia en la
ciudad, evité volver a ese club, aunque era uno de los más frecuentados por el
grupo de estudiantes de la academia…”
Pero la experiencia más curiosa, sin duda alguna, es la
de Andrés, cuando tuvo una experiencia cercana a la muerte, y las secuelas que
le dejó… Fue uno de los relatos más largos de aquella noche, mientras tomábamos
cubatas en el “Whisky Jazz Club”, y por eso la transcribo en su totalidad, en
vez de resumirla.
“Fue durante el verano de mil novecientos ochenta y
siete: yo era alumno del Instituto Italiano de Cultura de Madrid. Coincidiendo
con el segundo año de formación, los directores otorgaban una beca de estudios
al alumno más destacado, y tuve la suerte de conseguirla. Me pagaron un mes de
clases en una pequeña academia de la periferia de Roma, y también me
consiguieron una plaza a precio reducido en un piso de estudiantes. A mediados
de agosto, vi el anuncio de un crucero a vela en un pequeño barco para ir a la
isla de Ventotene, un lugar muy turístico, y junto con otras dos estudiantes
alemanas, lo organizamos todo para participar. Fuimos en tren hasta el puerto
de Ostia, y llegamos al muelle a primera hora de la mañana. El patrón era el
típico lobo de mar, no le faltaba ni la gorra, ni la camisa medio desabrochada
de dudoso blanco, ni la pipa en la comisura de la boca mientras hablaba. Ni una
hija pequeña, de unos doce años llamada Isabella, a quien le apasionaba la
navegación. Cuando zarpamos, el mar estaba tranquilo, el cielo era una enorme
extensión azul con algunas pequeñas nubes. Navegamos hasta la hora de comer,
cuando el patrón (se llamaba Piero) nos animó a darnos un buen baño. El agua
era cristalina, tanto que se veían perfectamente las conchas, las piedras, y la
arena del fondo. Parecía que estaba muy cerca, y yo, que soy un poco fantasma,
decidí que era un buen momento para intentar coger una de las grandes conchas
que, según Piero, eran famosas entre los turistas. Me ajusté las gafas de buceo
(por aquél entonces llevaba lentillas), y me lancé de cabeza. Bajar fue muy
sencillo, cogí la dichosa concha para Isabella, pero más o menos a mitad de la
ascensión, noté un fuerte dolor en los oídos, abrí la boca para compensar la
presión, y me quedé sin aire a más de siete metros de profundidad. Me puse a
patalear como un loco, pero el patrón tuvo que lanzarse a su vez, y remolcarme
hasta el barco. Me depositó en el puente, yo estaba casi ahogado, y perdí el
sentido, mientras sangraba con abundancia por la nariz y los oídos. Quizás
fuera más que un simple desvanecimiento, porque a partir de entonces, empecé a
sentir “cosas” o presencias que no
estaban a este lado de la realidad… Terminando con la historia, alcanzamos la
famosa isla cuando la noche ya estaba cayendo, bajamos a cenar y a dar una
vuelta, y dormimos en el barco. Marjolein, la más joven de las estudiantes pasó
la noche con Piero, mientras que Isabella dormía en el otro camarote de la
proa, y Helen y yo estuvimos hablando un buen rato en la cabina principal,
donde se habían improvisado dos camas en los bancos corridos.
Al día siguiente, rodeamos la isla con el velero, hicimos
turismo (es un lugar precioso) y pasamos la segunda noche fondeados en el
puerto. A media mañana del domingo, emprendimos la navegación, y alcanzamos el
puerto de Ostia sobre las nueve de la noche.
Y desde aquél ahogamiento felizmente superado, comenzaron
los problemas… porque empecé a sentir cosas que no estaban allí, presencias
extrañas, llámalo intuiciones… Una semana más tarde, y acompañado por una
amiga, hicimos una escapada a la ciudad de Pompeya, en las faldas del monte
Vesubio. Como hacía un calor infernal, el yacimiento arqueológico estaba
prácticamente vacío, y en un momento dado, me perdí en medio de los callejones,
creo que incluso entré en una zona prohibida, pero lo más curioso es que no me
sentía solo: había gente a mi alrededor, huyendo de las oleadas de cenizas,
respirando con dificultad, asfixiándose lentamente. Yo estaba solo en el
callejón, pero había sombras a mi alrededor, las veía por el rabillo del ojo,
pero sobre todo percibía su angustia, su miedo, notaba su pavor cuando caían en
medio de la masa de gente, siendo pisoteada, muriendo lentamente, sofocados por
las cenizas, abrasados por el calor de la lava… La experiencia duró varios
minutos, y me sacaron de ella las voces de uno de los vigilantes, diciéndome
que estaba en una zona prohibida, y pude ver en medio de la calle y junto a las
paredes de algunas de las casas las famosas huellas, los moldes de cuerpos
quemados rellenos de escayola, mudos testimonios del horror…
Desde entonces, me convertí en un sensitivo. No es lo
mismo que un médium, generalmente no podemos ver los fantasmas que nos rodean,
pero sí sabemos cuando en algún lugar hay una presencia maligna, un espíritu,
porque podemos sentirlos, intuirlos… Pasa lo mismo cuando se trata de un
espíritu bueno, nos embarga una sensación de paz y de sosiego, pero eso sucede
las menos veces. ¿No te ha pasado alguna vez que entras en un sitio, e intuyes
que allí ha pasado algo malo, te dan escalofríos, incluso te ahogas? Bien, pues
eso me pasa con mucha frecuencia, Madrid es una ciudad que está construida
sobre otra más antigua, y que ha sido devastada en numerosas ocasiones. En los
sitios donde ha muerto mucha gente, se sigue percibiendo el dolor, el
sufrimiento… Por eso, entre otras cosas, dejé de ir a los Cines Acteón, que
durante años fueron todo un referente del cine de palomitas, en plena calle de
la Montera. Antes, en aquél mismo lugar, se alzaban los Almacenes Arias, en los
que se produjo un pavoroso incendio, y allí murieron ocho bomberos al hundirse
el edificio. Sus almas todavía siguen prisioneras, moviéndose en la oscuridad
de las salas… Hace un par de años, derrumbaron los cines, y en su lugar están
construyendo un hotel… En el teatro que se alza sobre lo que en los años
ochenta fue la discoteca Alcalá 20, en cuyo incendio perecieron decenas de
personas… He ido en un par de ocasiones, y lo he pasado fatal, ese dolor, esa
sensación de ahogo, esos cuerpos que se amontonan unos sobre otros, y se van
quemando lentamente o perecen aplastados… Todavía siguen allí… Por siempre…”
Marcial es el típico aragonés, valiente y fanfarrón, pero
su historia también nos dio bastante miedo…
“Yo estaba en segundo año de carrera, Periodismo para más
señas, y la hija del mejor amigo de mi padre, Ruth, venía a Madrid para
estudiar en una prestigiosa universidad privada, y se alojaba en una residencia
de estudiantes cercana. En varias ocasiones, me invitó a cenar en su
apartamento, y aquél primer año, no noté nada. Compartía piso con Natalia, una
compañera de clase, y yo me llevaba muy bien con ambas (además de estar
perdidamente enamorado de Ruth). En segundo de carrera, cambiaron de apartamento,
y me llamaron bastante asustadas, porque sucedían cosas extrañas. Cajones que
se abrían solos. Grifos que empezaban a gotear. Y no se sentían a gusto: temían
que hubiera pasado algo malo. La mesa del comedor era completamente nueva, de
hecho, ni siquiera habían terminado de desembalarla, y eso me pareció muy raro.
En ese apartamento, se notaba algo muy raro, una presencia, acechante, oscura,
y peligrosa… para ellas y para cualquiera que se alojase allí. Se me ocurrió
probar un truco, hacer unos ejercicios de relajación y de meditación sentado en
uno de los sofás, para comprender lo que pasaba allí. Y entonces lo supe: en
aquél lugar, se había celebrado una misa negra, incluyendo el dibujo de un
pentagrama invertido, velas negras, incluso un sacrificio de un gatito
callejero. Habían utilizado la mesa como altar, trazando sobre ella el símbolo
de la invocación de Satán, (ese aspecto fue confirmado días más tarde por el
encargado de mantenimiento del edificio) y uno de sus espíritus había acudido
al llamamiento, quedándose confinado entre esas paredes, lo que representaba un
peligro para mis amigas. Y la única forma de sacarlo de allí era ofreciéndole
un receptáculo humano…
Yo me presté voluntario, realicé mi propia invocación, y
noté cómo entraba en mi interior aquella presencia. Me despedí enseguida de
Ruth y de Natalia, y cogí el coche, para volver a mi casa, dándole vueltas a
cómo deshacerme de aquél espíritu impuro. Casi me cuesta la vida, porque a
mitad de camino, pude ver cómo en la parte trasera del coche se iba
materializando poco a poco una sombra, oscura, corpórea pero de forma difusa.
Repetí la invocación, pero no sirvió de nada: de repente, se hizo la oscuridad
absoluta dentro del coche, no veía absolutamente nada, y estuve a punto de
salirme de la carretera. Frené en seco, por suerte a aquellas horas la
carretera estaba desierta, y me detuve en el arcén un rato, mientras seguía con
mi invocación, por supuesto a las potencias de la luz… La oscuridad fue
desapareciendo lentamente… y pude regresar a salvo a mi casa, pero notaba que
en mi interior seguía habiendo algo muy peligroso.
Dos días después, fui a ver a una amiga Lorena, una bruja
blanca, y no hizo falta que le contase nada… “Tienes algo muy malo y muy
peligroso en tu interior, pero no te preocupes, que podemos expulsarlo”.
Hicimos una ceremonia de limpieza y sanación en su casa, con minerales, velas e
invocaciones, la oscuridad salió de mi interior, y pude respirar aliviado. Una
semana después, volví a casa de Ruth y de Natalia, realizamos una ceremonia de
limpieza de toda la casa, y no volvieron a pasar cosas extrañas.
Fue después de esta experiencia cuando, con la ayuda de
Lorena, decidí cerrar por completo mis sentidos a cualquier presencia, ya fuera
positiva o negativa. Quería dejar de ser un sensitivo, y durante muchos años,
lo conseguí. Se trataba de alzar unas barreras mentales, o una especie de
escudo, que me protegiera… Y durante muchos años funcionó. Incluso cuando
durante el servicio militar estuve alojado en un barracón que tenía fama de
encantado, sobre todo la biblioteca, por el espíritu de un teniente, que se
suicidó al tener la prueba de que su mujer le estaba siendo infiel. No lo vi,
no soy de esos, pero lo sentí en varias ocasiones, pero no pude hacer nada por
él: era un espíritu muy confundido, y muy triste.”
A veces, las cosas no salen como uno desearía, y la
presencia de otra persona puede alterar el equilibrio, tan necesario cuando se
trata del otro lado. Al menos eso le pasó a Antonio, quien era médium desde los
catorce años. Y fue a enamorarse y a casarse con Isabel, que también lo era,
aunque no tenía completamente desarrollado ese poder... ni tampoco lo deseaba.
“Estando a su lado, mis escudos, mis barreras, se
resquebrajaban, y en varias ocasiones, pude sentir cosas que no eran de este
mundo, o como poco de esta dimensión. Por suerte, un par de años después de
venir a estudiar a Madrid, se cambió de piso, y una de las primeras cosas que
hizo fue adoptar a Chiqui, un gatazo negro. ¿Todos conocemos la función de los
mininos como guardianes y como protectores espirituales verdad? El caso es que,
durante varios años, solo tuvimos dos o tres experiencias difíciles de
explicar, como la ocasión en la que, en nuestro primer viaje hacia Asturias,
tuvimos que parar en un pueblo semi abandonado para estirar las piernas y
ponerle agua al gato. Estábamos junto a una iglesia, y los tres sentimos
claramente que había una presencia tremendamente negativa al acecho, y salimos
rápidamente de allí…
O bien la primera noche que dormí en casa de sus padres,
en un pueblo de Soria, y me cedieron su habitación, por ser la más luminosa y
dar a la calle. Pero allí había estado descansando su abuela, durante toda su
enfermedad (cáncer de huesos), y su dolor insoportable se había quedado
impregnado entre aquellas paredes. Su espíritu también estaba preso allí, y no
pude pegar ojo, entre grandes dolores. Habían pasado varios meses desde su
fallecimiento, pero ella seguía presa y confusa entre aquellas cuatro paredes. La
noche siguiente, pretextando que no me dejaban descansar los ruidos de la
calle, me cambiaron de habitación, y un par de días más tarde, aprovechando que
sus padres estaban fuera de casa haciendo la compra, realizamos una completa
ceremonia de limpieza tanto de la habitación como de la casa, y pude sentir
claramente que su espíritu abandonaba la vivienda, aspecto que fue confirmado
por mi novia.”
Pero la historia de Arancha también tenía miga, ella era
la única compañera femenina en nuestra reunión de vigilantes. Y sus fantasmas
familiares eran su abuelo, y su padre.
“Mi abuelo murió, y durante un tiempo, su espíritu, un
alma buena y pura, estuvo vagando por casa de mis padres. Sentía su presencia a
mi lado, cuando me inclinaba sobre el teclado para escribir mis primeras
historias, casi incluso sus caricias, y podía escuchar su voz, prometiéndome
que todo me iba a salir bien… Murió en el año dos mil. Todavía sigue rondando
por mi casa, de vez en cuando lo sigo sintiendo… Tuve un par de experiencias más,
al visitar el Museo del Ejército, en el Casón del Buen Retiro, aspecto que me
ha sido confirmado por varias fuentes, la presencia de varios fantasmas en las
instalaciones.
En el año dos mil uno, mi padre enfermó. Un maldito
cáncer de lengua páncreas se lo llevó en poco más de cinco meses. Los ciclos de
quimioterapia y de radioterapia no hicieron ningún efecto, y murió en casa,
entre fortísimos dolores y con la cabeza perdida, cuarenta y cinco días después
de nuestra boda. Pero su espíritu no se quedó encerrado entre las cuatro
paredes del hogar familiar… El caso es que nos siguió… Juan Carlos y yo nos fuimos a vivir a un
pisito que nos prestó mi madre, en la calle Espíritu Santo, en pleno corazón de
Malasaña. Y un buen día, él me contó que la tarde anterior, mi padre se había
materializado en la puerta de nuestra casa. Lo había visto con claridad: con el
sudario que le pusieron en el Tanatorio de la M-30, aunque su cuerpo se
desvanecía a la altura de las rodillas. Y le habló, le dijo claramente: “Déjame
entrar”. Pero evidentemente, no le dejó, días más tarde realizamos un conjuro
de limpieza y protección de toda la casa, y durante un tiempo, parece que
funcionó.
La primera y única ocasión en la que he visto un fantasma
con claridad fue a mi padre, un par de años después de su muerte, en un vagón
del metro, de la línea dos para ser más concretos. Yo estaba leyendo un libro,
cuando sentí esa fuerte opresión del corazón y de los pulmones, que me indica
cuándo hay una presencia maligna a mi alrededor. Observé algo raro, una especie
de sombra por encima de los pantalones de mi vecino de enfrente, alcé la
mirada, y allí estaba, pálido y demacrado como en los últimos meses de su
enfermedad, mi padre, con la cara y el cuerpo (incluido el sudario)
superpuestos sobre el cuerpo de aquél desconocido, al mismo tiempo que
escuchaba en mi cabeza una voz: “Déjame ir contigo”. Por supuesto que no le
dejé, alcé de nuevo todos los escudos, al mismo tiempo que pronunciaba una
oración, y al mirar de nuevo frente a mí, su imagen había desaparecido.
Pasaron un par de años, nos volvimos a cambiar de casa,
en este caso a un bajo en la Alameda de Osuna… Y una tarde del mes de marzo,
mientras estaba durmiendo la siesta, noté claramente cómo alguien se subía a la
cama, y se apoyaba junto a mi pierna izquierda. Pensé que sería el gato,
Berlioz, así que no le presté mayor atención. Pero el gato entró minutos
después, y se apoyó en mi pierna derecha. Pasaron varios días, y yo seguía
notando esa presencia que me acompañaba a la hora de la siesta, en el lado
izquierdo de mi cuerpo. En varias ocasiones pude verlo, tenía la forma de un
gato negro, semi-transparente, un fantasma felino, y no le di demasiado
importancia. ¿Qué peligro podía representar el espíritu de un minino, aunque es
cierto que cada día iba volviéndose más nítido? También es cierto que una
sensación de hormigueo, de pérdida de calor, se apoderaba de mi costado,
subiendo a lo largo de mi cuerpo, con cada visita… Unos días más tarde, se lo
comenté a Mar, mi compañera de trabajo, que también creía en el misterio. Ella
a su vez se lo dijo a un amigo, médium y espiritista, que se preocupó bastante…
Me llamó a casa, y me dijo que debía de tener mucho cuidado, porque ese gato
fantasma no era exactamente lo que parecía… Era un caballo de Troya, la forma
en que mi padre, convertido en espíritu atormentado y peligroso, había adoptado
para volverse corpóreo y tomar posesión de mí, justo lo que no le dejamos hacer
en la otra casa… Me aconsejó que hiciera una limpieza en profundidad de la casa
y de nuestros propios cuerpos, para conseguir echarle, ya que representaba un
peligro y estaba alcanzando cada día más poder, a costa de mi energía. Lo
definió como un vampiro espiritual. El gato fantasma desapareció, y desde
entonces no le hemos vuelto a ver ni a sentir.”
Y en lo que a mí respecta, también he tenido experiencias
difíciles de explicar…
“Cuando estuve trabajando en el Ministerio de Justicia,
en dos de sus sedes de la calle de San Bernardo, en ambas pasan cosas raras… En
el Palacio de Parcent, sigue atrapado el espíritu de la última Duquesa,
confinado entre las cuatro paredes de lo que antaño fuera su dormitorio, y da
señales de vida con la medianoche. Hay ráfagas de aire a pesar de estar
cerradas todas las ventanas, se oyen pasos en la habitación desierta, y más de
un vigilante la ha visto, con su camisón y con su bata, al mismo tiempo que le
pregunta si ya está lista su cama. Los compañeros evitan entrar en ese despacho
a medianoche durante la ronda, unos la adelantan, otros la atrasan (yo soy de
esos últimos), cualquier cosa con tal de no cruzarse con ese espíritu triste y
melancólico. En el número 45 de aquella calle hay otro edificio, en el que
también pasan cosas extrañas. En la antigua sala de archivos de la planta baja,
junto a las dependencias donde se tramitan los certificados de penales, hay un
fantasma, el de una niña vestida de blanco, que se aparece con frecuencia, y se
acerca a los vigilantes (tampoco tiene piernas), y les susurra: “¿Me puedes dar
un abrazo?” Durante los meses que estuve trabajando allí, nunca entré en esas
dependencias, pero de vez en cuando se paseaba por la planta baja, y la sentí…
Y en los sótanos de ese mismo edificio, que fue utilizado como centro de
interrogatorio y de tortura durante la Guerra Civil, donde estaban ubicadas las
antiguas duchas, pueden verse (en mi caso, sentirse y oírse) los fantasmas de
dos de los torturadores y una de sus víctimas, que perecieron cuando cayó una
bomba en mitad de un interrogatorio… Solo bajé una vez, porque es demasiado el
dolor que me genera entrar en esas habitaciones, y sé que los demás compañeros
también notan cosas extrañas allí.
Durante tres meses, estuve trabajando también en el
campus de una empresa de informática, junto a la estación de Príncipe Pío, y
allí también pasan cosas raras… Lo sé porque las he visto… Según me comentó el
compañero del turno de noche, Luis Miguel, se oyen pasos bajando por la
escalera de madera desde la segunda planta, y lo mejor es no levantar la
mirada. Y luego, al hacer la ronda de medianoche, en los despachos al fondo de
la tercera planta, no es de extrañar que se enciendan todas las luces en
secuencia creciente, aunque no haya nadie allí. Da miedo, es como en las
películas de fantasmas, cuando todas las luces, que tienen un sensor de
presencia, se encienden en secuencia y te alcanzan. El edificio, una antigua
fábrica de ladrillos rehabilitada a principios de los años dos mil, también fue
un centro de detención durante la Guerra, y que las almas de dos de los
asesinados siguen rondando por allí. Sólo estuve allí noventa días, y no hice
más de cuatro o cinco noches, pero procuré seguir al pie de la letra las recomendaciones
del compañero del turno de noche…”
Son historias que se cuentan entre bastidores, de ese colectivo que tantas cosas ve, porque
a fin de cuentas son quienes mejor conocen los edificios de Madrid… Casi
siempre pasamos desapercibidos para algunos clientes, somos un mueble más,
muchas veces un requisito de la compañía de seguros. Dentro de los uniformes se
encuentra un ser humano, que habla, respira, imagina y siente. Somos los
olvidados. Pero también la memoria vida de muchos lugares, su nexo con la
realidad, con esta dimensión. Mientras sigamos viendo y sintiendo cosas raras,
surgirán nuevos relatos, otras leyendas urbanas, de fantasmas, aparecidos,
brujas y demonios.
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