Cuenta la
leyenda que, en los bosques alrededor de la Alhambra de Granada –otros dicen que en las estribaciones de la Sierra Morena– existe una gruta oscura y, en su interior, una fuente de
aguas cristalinas, que concede a quien las bebe algo muy parecido a la
inmortalidad. Otros afirman que consigue la curación de todos los males de la
salud. Numerosos son quienes han recorrido la Sierra en estos años, armados de
paciencia, de bastones para caminar, recias alpargatas o botas de montaña, y
una bien provista bota de vino o de agua fresca, para combatir los calores del
verano, o un pañuelo alrededor de la cabeza, y así mitigar el sofoco. Unos van
solos, otros acompañados de guías locales, en su mayor parte antiguos arrieros
o pastores, pero nadie parece conocer el lugar preciso. No es una leyenda muy
famosa, pero incluso así, todos los años, desaparecen varios intrépidos
exploradores, sin dejar rastro. También se rumorea que en el fondo de aquella
fuente, se encuentran escondidos los diamantes de Al–Mutamin, fiel visir del último sultán de Granada, y
quizás ese sea el motivo de tanto interés.
Pero a mí, Román
De Ortega y López, por encima de las posibles riquezas, me motivaba la salud
para quien las probase, que concedían las prístinas aguas. Y no precisamente
para mi propio bien, sino para el de la bella Dolores Sanz Briz, mi hermosa
dama, pues en ellas confiaba encontrar la solución a sus problemas de salud.
Una extraña enfermedad la consumía desde hace varios años, al poco tiempo de
nacer nuestra única hija. «Melancolía», decía su madre, «un mal del estómago», según
su padre, y otra cosa opinaban los doctores, entre ellos Fernando Castro
Cendeño, que al mismo tiempo era amigo de la familia, y estaba muy preocupado
por su evolución. El caso es que no conseguía ganar peso, y le faltaban las
fuerzas y las ganas de vivir. ¡Pensar que cuando nos conocimos, en el verano de
1870, me arrolló cuando salía del Ateneo Científico y Literario de Madrid,
cargada de libros!
Aquella primera
tarde la pasamos recorriendo el corazón de Madrid, y nos tomamos una limonada
en el Café Comercial. Fue el primero de otros muchos paseos, buscando los
pequeños parques y jardines privados de una ciudad que a veces nos parecía tan grande,
y otras tan pequeña –sobre todo al principio, cuando nuestras citas eran más clandestinas–, lugares que ella conocía a la perfección. Y durante
aquellos meses, sentí cómo algo nuevo empezaba a devorarme por dentro. Perdí el
interés por mis otras conquistas, por ciertas amantes y señoritas de dudosa
reputación, incluso dejé de jugar en locales en los que siempre eran bien
recibidos los “señoritos con parné”. Era como si algo de mí me estuviera
impulsando, de nuevo, hacia el recto camino, quizás hacia la madurez o la
monogamia, palabras todas ellas que me generaban una peculiar desazón… Incluso
mis padres, con quienes seguía viviendo a pesar de tener un buen empleo en el
bufete del señor Rodríguez Arias y una floreciente clientela privada, notaron
el cambio. «Algo le pasa a este niño», decía mi madre… Y ya por navidades, mi
padre, siempre tan prudente y discreto, no dudó en preguntarme si había
conocido a alguien…
Pero guardaba
silencio, y les respondía con evasivas, quizás porque ni siquiera yo mismo
estaba demasiado seguro de mis sentimientos. Dolores y yo seguíamos paseando un
par de veces por semana, y eran los momentos más especiales. La acompañaba
incluso a misa los domingos, en la parroquia cerca de su casa. Me bastaba con
verla, con un libro entre las manos, para ser feliz. El día de Reyes de 1871,
por fin me atreví a ir a buscarla a casa de sus padres, luego nos fuimos a la
mía, y conoció al resto de la familia. Como yo tenía cierta fama de libertino,
hasta ese momento mi madre no estaba muy convencida de la seriedad de mis
intenciones… El 14 de febrero, al terminar una función de ópera en el Teatro
Real, le pregunté si aceptaba ser mi esposa. Incluso me arrodillé en plena
calle, para ofrecerle el anillo, con cierto temor.
Y aceptó. Nos casamos
el 15 de mayo de 1871, a las doce y media de la mañana, en una pequeña iglesia
cercana a la Calle Mayor, junto con nuestros padres, y un selecto grupo de
amigos. Celebramos el banquete en la Casa Sobrino de Botín. Nos fuimos de viaje
de bodas a San Sebastián, dos semanas en un pequeño hotel cercano a la Playa de
la Concha. Regresamos de allí felizmente embarazados, y nueve meses más tarde,
el 10 de enero de 1872, nació nuestra hija. El parto fue bastante duro, incluso
para ser una primeriza existen categorías de complejidades, y Dolores tardó
casi doce horas en dar a luz a nuestra pequeña Inmaculada, mientras que, nuestras
madres, intentaban ayudar en todo lo posible a la comadrona y nuestros padres
fumaban puros en el salón. En aquellos tiempos, un nacimiento, un parto, era
algo que se celebraba mucho en familia, no como ahora.
A las diez de la
noche, me permitieron entrar en la habitación a verla, y por fin pude tener
entre mis brazos a nuestra Inmaculada. Empezaba una nueva fase en nuestra vida,
que enfocábamos con mucha ilusión, incluyendo mi ascenso en el bufete. Pero entonces,
empezaron los problemas… Dolores no se recuperaba, tuvo una fuerte hemorragia a
la noche siguiente, y pensé que la perdía. El doctor Castro Cendeño la estuvo
tratando desde el primer momento, prescribiéndole una dieta sana, rica en
carnes rojas y en verduras, muchos productos lácteos, y ejercicio moderado,
sobre todo paseos por el cercano Parque del Buen Retiro, confiando en que
Dolores se recuperaría en dos o tres meses.
Pero no fue así.
Contratamos un ama de cría, puesto que se le retiró la leche una semana después
del parto, por suerte tenía buenos clientes y referencias en la práctica
privada, a la par que la situación económica tanto de mis padres como de mis
suegros, nos lo permitían. También solicitamos la opinión de otros médicos, más
especializados en madres recientes. Incluso nos fuimos el verano de aquél año a
un balneario de la sierra de Madrid, donde estuvimos tomando las aguas, y
sometidos a una dieta sana casi un mes, aunque yo solamente podía estar con
ella los fines de semana, mientras que su madre se quedaba con Inmaculada y con
el ama de cría en su domicilio de la calle Hortaleza. Según avanzaba el otoño,
ampliamos los criterios de nuestra búsqueda, probando nuevos alimentos, otros
suplementos de botica, mas, el estado general de Dolores no mejoraba, iba
perdiendo fuerzas y vitalidad a diario. Hicimos un último intento, en pleno
invierno, de mejorar su salud pasando dos semanas en el pequeño pueblo
extremeño de Casas del Monte, famoso por sus piscinas de aguas termales y aguas
ferruginosas, pero fue en vano.
Al haber
alcanzado los límites de la ciencia, tan solo nos quedaba recurrir a la tradición,
al folclore, y a la magia. Probamos la quina Santa Catalina, y el Agua de
Carabaña; los cocimientos de los boticarios de la Calle del Àngel, y los
remedios de algunas curanderas cerca de la Cuesta de la Vega. Incluso hicimos
venir a un famoso chamán africano, el profesor Yogurtu Ngué. Pero su situación
no mejoraba. Una tarde del mes de febrero de 1873, nuestro viejo amigo el
doctor Castro Cendeño, natural de Granada aunque llevaba casi toda su vida
adulta ejerciendo en Madrid, nos comentó que: «según una vieja
leyenda que circula entre las gentes de Granada, existe una cueva oculta en las
laderas de la Alhambra, donde hay una fuente escondida, un manantial de
propiedades medicinales, que asegura recuperar la salud de los enfermos.
Quizás, querido Román, deberías emprender el viaje… Porque Dolores se encuentra
más allá de las medicinas de los simples mortales…»
Dejando todos
mis asuntos en orden, incluyendo una copia de mi testamento en el bufete de Don
Alfonso Rodríguez Arias, en el cual trabajaba, abandoné Madrid en los primeros
días la primavera de 1873, siguiendo los consejos del gran viajero Richard
Ford, cuyo libro se había convertido en mi mejor aliado para todos los
preparativos. Ford aconsejaba, con gran seriedad, «no realizar, en modo alguno,
una larga caminata a caballo sin compañía: no sería agradable para los amigos o
familiares que se quedan siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin
ayuda a los accidentes a los que están siempre sujetos caballo y jinete. Los
que tengan un amigo con quien puedan ir, harán muy bien en hacerlo así». Por
ello, me decidí a solicitar a mi buen amigo Bautista González Casas, compañero
de tertulias del Ateneo y de alguna que otra francachela por las casas de
tolerancia en los aledaños de la calle de las Huertas, que me acompañase en
esta aventura. Los dos habíamos pedido un mes de libranza en nuestros
respectivos empleos, y partimos de Madrid el día cuatro de abril, a las diez de
la mañana.
Reservamos
nuestro pasaje en una diligencia, que nos llevaría hasta la misma Granada en
poco más de tres días, una hazaña casi imposible tan solo diez o quince años
antes. Tuvimos la compañía de don Práxedes de Méndez y de su hija Merceditas,
un boticario de renombre que emprendía viaje para visitar a su hermana, que
estaba casada con un médico granadino de postín y acababa de ser madre, «a la
provecta edad de treinta y cinco años, y siendo una primípara añosa, precisaba
de especiales cuidados». Avanzamos unas treinta leguas diarias, todo un logro.
A pesar de no ser grandes conversadores ninguno de los dos, Merceditas se
pasaba el día leyendo folletines, y Don Práxedes musitando oraciones con su
rosario –le aterraba salir de Madrid–, no nos
importaba demasiado, puesto que teníamos muchas cosas Bautista y yo que hacer
para preparar nuestra expedición a conciencia, incluyendo las inevitables
paradas para dar de comer a las mulas en ventas o villorrios.
Pasamos la
primera noche en una posada de buena categoría, donde nos sirvieron un estofado
estupendo –de carne de dudosa procedencia, pero sabrosa– y un vino pasable. El segundo día fue igual al primero,
quitando que Merceditas se mareó, posiblemente por algo que había comido la
víspera, y tuvimos que parar en varias ocasiones para que pudiera vomitar al
borde del camino, lo cual le generó una gran vergüenza. La segunda noche
descansamos en una venta aledaña, donde degustamos un excelente guiso de
alubias con oreja y chorizo, y un vinito peleón pero agradable al paladar.
Merceditas tuvo que limitarse a comer varias rebanadas de pan y queso, y una
infusión de hierbas misteriosas, lo cual le mejoró bastante el estómago. Y a
media tarde del tercer día, llegamos por fin a nuestro objetivo, la ciudad de
Granada.
Nos alojamos en
La Posada del Sol, en la placeta de la Alhóndiga, y dedicamos los dos primeros
días a descansar, probando incluso las delicias de un Haman o baño turco, que acababa
de abrir sus puertas a principios de marzo. Fue toda una experiencia, que
repetimos varias veces durante nuestra estancia. La ciudad nos sorprendió muy
gratamente, con su magia, su encanto, su embrujo, y sobre todo, la amabilidad y
el desparpajo de sus gentes. La comida, fuerte y especiada en las pequeñas
tabernas cercanas al río Darro. Las noches, estrelladas. Las ganas de
divertirse, sobre todo aquella vez que nos internamos en las calles del Sacromonte,
siguiendo a un guía gitano que nos prometió el más puro espectáculo de cante y
baile de toda la ciudad, «¡arsa!», lo que dio lugar a una de las noches más
interesantes y confusas de toda mi existencia.
Solo recuerdo vino puro y en cantidad, tabaco recio, comida
grasienta, cante y baile, sombras oscuras en locales poco iluminados, el olor a
rancia humanidad y, finalmente, el fresco de la noche. Todavía ignoro cómo
pudimos volver a nuestro alojamiento, entre nubes de manzanilla y vino dulce,
el recuerdo de las palmas de los gitanos y del cuerpo cimbreante de La Bella
Dorotea, una bailaora famosa en toda la provincia. Quizás porque tuvimos un
buen guía, Bartolomé de Dios, quien nos esperaba tranquilamente a las nueve de
la mañana en la puerta de nuestro alojamiento, degustando un cuartillo de vino,
y a quien al parecer, habíamos contratado en algún momento de la noche para que
nos acompañase, por fin y una vez cumplida una semana desde que salimos de
Madrid, en la búsqueda de la cueva de Al–Mutamin.
—¿Así que los señores buscan los tesoros de Al-Mutamin?
—En efecto. ¿Conoce usted la leyenda?
—¡Quillo, cómo no voy a conocerla! Como todo buen
granaíno, puesto que no son ustedes los primeros en buscarla, por distintos
motivos. Unos por las aguas que dan la salud y la eternidad, y otros por el
tesoro en diamantes de Al–Mutamin, casi
todos los años, por estas fechas, se organizan expediciones por los alrededores
de la Alhambra… Pero hasta el momento, ninguna de ellas ha tenido éxito.
—Pues espero, querido amigo, que nosotros sí lo
conseguiremos… puesto que está en juego la salud de mi esposa —le respondí—. Y eso para mí es
mucho más valioso que el incontable tesoro del musulmán.
—¡Arsa, ese es el espíritu necesario para triunfar en esta
aventura! Y ahora, si no les importa, vayamos al comercio de mi compadre
Berrocal, para conseguir un calzado más adecuado, unos pantalones recios, que
con esos que llevan de ciudad no conseguirán estar protegidos de las ramas y
raíces, y un par de buenas varas de caminar donde el Manolo. Sin olvidar luego
escuchar misa y confesar en la Iglesia de Santa María, para tener suerte en la
búsqueda.
Y con estas palabras, por fin nos pusimos en marcha, el
día 11 de abril de 1873, varios años después de ser declarada con justicia Monumento
Nacional, algo a todas luces necesario. Cierto es que la tarde anterior
habíamos subido a la explanada junto a la iglesia de San Nicolás para tener una
primera visión del monumento en su conjunto, y con las últimas luces, los muros
relumbraban con esos tonos rojizos y dorados imposibles de describir, las
paredes que caían a pico, las siluetas de las torres en la lontananza… Pero de
sobra sabíamos que esa era la estampa más típica, aquella que buscaban los
turistas. Nosotros aspirábamos a descubrir sus secretos, con la ayuda de
nuestro fiel guía.
Tardamos poco más de dos horas en conseguir los
aditamentos para nuestra búsqueda, incluyendo misa y confesión, una pequeña
parada para comprar pan, recio queso y
embutido, además de un par de botas de vino, y a las doce y media ya estábamos
avanzando, casi en procesión junto a otros muchos viajeros, por la Acera de los
Tristes, rumbo a la misteriosa y enigmática Alhambra.
Mientras preparábamos nuestro viaje, habíamos tenido la
ocasión de leer numerosas obras sobre la situación del complejo monumental, en
parte para buscar huellas y pistas que nos permitieran localizar la misteriosa
cueva. «La euforia destructiva desencadenada por la desamortización
eclesiástica en la década de 1840 afectó de manera muy intensa al patrimonio
monumental granadino, e indirectamente sobre el legado hispano–musulmán», decía nuestro buen amigo Richard Ford en su
libro Manual para viajeros por España, y en aquellos primeros días de
nuestra expedición pudimos comprobar hasta qué punto era verdad. No dejaba de
ser curioso que, coincidiendo con el nacimiento de la conciencia
patrimonialista y su institucionalización, fue en aquellos años cuando «desaparecieron
numerosas reliquias de un pasado que estaba siendo recuperado, valorado y
admirado, no solamente por los propios españoles, sino por numerosos extranjeros».
Pero este expolio no era algo nuevo, ya en el año 1831 el
marino e historiador militar Alexander Slidell Mackenzie publicó A year in
Spain by a Young american, que hablaba del triste expolio de la Alhambra: «Antes
de que pasen muchos años, el turista buscará en vano cualquier vestigio de esta
singular antigüedad, que salvada de la barbarie de los pasados siglos, ha caído
víctima de la insaciable codicia de nuestro tiempo». El propio Washington
Irving mostraba su asombro por la resistencia de la fortaleza, «no tanto a la
incuria del tiempo y los asaltos de la guerra, sino específicamente a los
pacíficos y no menos dañosos saqueos del entusiasta viajero».
Por todo ello, fue con el corazón en un puño como nos
adentramos en las espesuras que rodeaban el monumento nazarí… Las torres y
restos de fortalezas. Los patios y fuentes. La piedra, el mosaico, el ladrillo,
la madera. El famoso Patio de los Leones. Los artesonados. Las yeserías. Los
azulejos. La magia de todo aquél monumento que desde hace poco tiempo estaba
siendo restaurado, con distinta fortuna, se apoderaron de nosotros durante
aquella primera tarde. Como todo turista que se precie, recorrimos las
estancias con la boca abierta, maravillados hasta lo inaudito; nos asomamos a
las murallas y adarves; subimos a las torres y contemplamos la ciudad en la
lejanía, en el otro extremo del valle.
Durante diez días, con la fiel presencia de nuestro guía,
recorrimos el monumento en profundidad, buscando aquella fuente mágica,
entrando en recónditas estancias, algunas de ellas todavía en obras, en oscuros
túneles y sótanos, al mismo tiempo que disfrutábamos de cada pequeño
descubrimiento. Bartolomé nos contó que, sus padres y abuelos, de etnia gitana,
estuvieron viviendo muchos años en la Torre de los Arrayanes cuando se
marcharon las tropas francesas, y por ello conocían tan bien los misteriosos
lugares de la Alhambra… Pero también es cierto que nunca habían encontrado ni
la misteriosa fuente, ni los diamantes del califa. «Aunque el monte es muy
amplio, y el bosque guarda sin duda misterios», nos dijo, para animarnos…
Y por ello, el día 21 de abril de 1873, decidimos dar por
terminada la primera parte de nuestra expedición, en el monumento propiamente
dicho, y comenzar a explorar la sierra colindante. Que no en vano la Alhambra
está perimetrada por una muralla de más de dos kilómetros, con treinta y una
torres, rodeadas de espesas zonas de arbolado… Y en cualquier lugar podía hallarse
nuestra misteriosa fuente de aguas milagrosas. Fue en la base de la Torre de
las Infantas donde creímos encontrarla: una pequeña cueva, que llevaba hacia el
interior de la muralla… Pero allí no había ni fuentes ni pozas. Durante varios
días estuvimos recorriendo la fronda sin
rumbo fijo, basándonos en un impreciso mapa que había sido elaborado por para el
restaurador del monumento, Rafael Contreras, en 1847, y que seguía estando
vigente. Creo que no nos dejamos ni una sola oquedad por explorar, ni tampoco
una sola fuente o riachuelo por apuntar en nuestra libreta de viajero.
Muchas veces, estuve a punto de darme por vencido, de
admitir la irracionalidad de nuestra búsqueda, incluso de nuestra misma
esperanza, cuando volvíamos a nuestra posada por la noche, agotados, y con los recios pantalones tiesos de barro y nuestros
rostros acartonados por aquella inusual ola de frío. Los bosques de la
Alhambra, por aquél entonces, ocupaban una extensión mucho más grande que
ahora, y en su mayor parte eran una jungla agreste y salvaje, que bien poco
tiene que ver con el amable bosque de San Esteban, con sus especies protegidas,
sus senderos bien trazados, y sus bancos para que reposen los caminantes y se
detengan a disfrutar con el gorjeo de los pájaros. Recorrerlos era toda una
aventura, y a ella le dedicábamos cada hora de luz, incluso ayudándonos con
lámparas de queroseno en las últimas búsquedas de la jornada. Regresábamos a la
ciudad, agotados, cenábamos en una fonda, y algunas tardes las pasamos en el
famoso “Café Suizo”. Incluso volvimos a adentrarnos por las calles del Albaicín
y del Sacromonte un par de noches, para ver si recuperábamos la alegría que
tanta y tan infructuosa búsqueda dejaba en nuestra alma.
Pero cada mañana, al comulgar en la iglesia casi
desierta, era como si estuviera renovando los votos con mi esposa, Dolores, y
en ella, en su imagen, en su recuerdo, encontraba la fuerza para aguantar un
día más, tan solo uno. Todas las noches, después de lavarnos lo mejor posible
en nuestra habitación, le escribía unas líneas, y al día siguiente se las
mandaba, para tenerla al tanto de nuestras investigaciones, pero sus respuestas
demoraban varias jornadas en llegar hasta nosotros. Las visitas al Haman nos
permitían incluso sentirnos vagamente humanos, es una experiencia que recuerdo
con cariño. Y volvíamos a la rutina.
Pero entonces, el día 2 de mayo, sucedió. Por accidente.
Estaba apoyado en una roca de gran tamaño, para atarme los cordones de las
botas, y esta se desplazó lateralmente, revelando una oquedad, una pequeña
caverna, en la que se oía el cristalino murmullo de una fuente. Entonces lo
supe, que mi búsqueda había terminado. ¡Aquellas eran las aguas que sanarían a
mi esposa! Con un temor casi reverencial, me introduje en la oquedad, bebí un
generoso trago de agua, y recogí una cierta cantidad en una botella que llevaba
en el zurrón. También encontré en una pequeña arqueta el famoso tesoro, trece
diamantes purísimos del tamaño del huevo de una codorniz, lo cual me devolvió
la esperanza en que aquél fuera precisamente el manantial que podía sanarla. Y
una inscripción medio borrada, en la que se confirmaba que aquella era la
fuente de aguas milagrosas. Pletórico de energía, al mismo tiempo que notaba
que el agua se diluía en mi organismo, llené una la botella hasta los topes,
metí los diamantes en una bolsa de tafetán y la escondí en mi mochila. Mis
compañeros me preguntaban desde la entrada si todo había salido bien, y yo, con
una sonrisa triunfal, me asomé y les enseñé la botella. Luego volvimos a tapar
de nuevo la abertura, y regresamos a la ciudad. Cenamos los tres juntos, puesto
que Bartolomé se había convertido durante todos aquellos días en uno más del
grupo, lo celebramos con unas cuantas botellas de vino por locales de mala fama
del Sacromonte, y al día siguiente, emprendimos el regreso a Madrid.
Yo estaba tan feliz, de volver con el agua milagrosa, que
en la última etapa soborné al cochero para que no parásemos a almorzar en
ninguna posada, y comimos de unas cestas que nos preparó el ventero. Porque
intuía que el tiempo se estaba terminando para mi bella Dolores…
Y así fue. El día 6 de mayo de 1873, regresé a mi casa, acompañado
por el fiel Bautista. Subimos los dos tramos de escalera hasta el piso
principal. Había un crespón negro en la puerta de entrada. Loco de dolor,
empecé a aporrearla, con desesperación, como si mi alma se hubiera roto en dos.
Mi madre y mi suegra abrieron, intentaron retenerme, pero yo tenía que verla. «Ha fallecido cristianamente, habiendo recibido los santos
sacramentos, ayer por la tarde. Pero sus últimas palabras fueron para ti. No ha
sufrido». Eso me dijeron. Pero yo necesitaba verla, abrazarla. Estaba de cuerpo
presente, con un vestido negro, y cuatro velones encendidos. Varias coronas de
flores esparcían su empalagoso aroma por toda la estancia, disimulando quizás
el hedor de la carne que se estaba empezando a corromper en su interior. Con la
mayor dulzura de la que fui capaz, le abrí la boca, y le hice beber aquella
agua casi milagrosa que había ido tan lejos a buscar. No sé, quizás esperaba
que ella volviera a mi lado, que resucitase, que abriese los ojos, y me mirase,
con esos estanques de color azul, en los que me gustaba tanto verme reflejado y
ahogarme.
Evidentemente, no sucedió nada, no volvió a la vida. A la
mañana siguiente, el padre Pascual pronunció un responso en la puerta del
panteón familiar, en el cementerio de San Isidro. El ama de cría tenía entre
sus brazos a la pequeña Inmaculada, quise que al menos de esa manera conservase
el recuerdo de su madre. Era el 7 de mayo de 1873. Yo tenía treinta y cuatro
años de edad, y nuestro matrimonio, nuestra historia de amor, había durado
menos de cuatro años.
Pero aquél no fue el final de nuestra historia…
Porque pasaban los años, la pequeña Inmaculada se hacía
mayor. Mis padres, mis suegros, mis amigos, cambiaban, se hacían mayores, y en
algunos casos, morían. Y yo no envejecía. Tenía siempre el mismo aspecto y
gozaba de una excelente salud. Consulté con varios médicos, incluyendo al venerable
doctor Castro Cendeño, quien me sometió a un reconocimiento exhaustivo en la
última década del siglo XIX.
«Está usted perfectamente sano, mucho más en todo caso de
lo que corresponde con su edad, querido amigo. Limítese por lo tanto a
disfrutar de este tiempo extra».
En el año 1885, y para no destacar en exceso, aprendí a
maquillarme, para aparentar un poco más de edad, prometiéndome a mí mismo que
lo seguiría haciendo mientras mi hija siguiera con vida, para poder estar
siempre a su lado. Y la bella Inmaculada se hizo mayor, se casó con un buen
hombre, tuvo a su primer hijo, luego a su primera hija, y todos ellos se
hicieron mayores. Menos yo. Ella falleció por culpa de la gripe en el año 1915,
a los cuarenta y tres años de edad, sin llegar a conocer a su primer nieto.
Al final, me fui alejando de los restos de mi familia, de
mis amigos fieles, anuncié que me iba a pasar mis últimos años de vida a un
balneario de la Rioja, abandoné Madrid. Y desde entonces, gracias a las
herencias de mis padres y de mis suegros, que había invertido sabiamente en
bolsa el siglo pasado, y a la venta de varios de los diamantes de Al–Mutamin en algunos de los establecimientos más selectos
de Madrid, llevo un tren de vida modesto. Trabajo como asesor de numerosos banqueros
y políticos, internet ha facilitado mucho las cosas. Vivo errante de todas
formas. Unos años en una ciudad, luego emprendo de nuevo el camino, hacia otros
horizontes.
Me he vuelto a casar en varias ocasiones, he enterrado a
dos esposas, a tres hijos, a seis nietos. He superado dos guerras mundiales,
dos pandemias. Tengo una salud de hierro. He recorrido de nuevo los bosques de
la Alhambra, buscando aquella fuente que no me cabe la menor duda, ha sido la
causa de mi inaudita longevidad, puesto que nací en el año 1839, y tengo el
aspecto y la robustez de un hombre en los primeros años de la treintena. Las
aguas milagrosas ejercieron toda su magia, y me volvieron casi inmortal. Pero
al mismo tiempo me condenaron a la maldición de ver morir a todos mis seres
queridos –bueno, pero también a muchos de mis enemigos–; y al no conseguir encontrarla de nuevo, la fuente de Al–Mutamin me ha impedido otorgarle el don a ninguna de mis
esposas, amantes ni amigos.
Y sigo recorriendo el mundo, con 181 años de edad, condenado a mudarme cada pocos años, para no
llamar la atención. A ocultarme, a perderme entre la multitud, a no ser más que
un espíritu de otros tiempos, una criatura que desafía al mismísimo Dios por su
supervivencia, y que quizás, sea ella misma un Dios.
Fernando Codina
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