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sábado, 12 de agosto de 2023

UNA NUEVA REALIDAD


 


- CERO-

"La última y más importante experiencia hiper sensorial y televisiva... El reality show definitivo, educativo y apropiado para todos los mayores de edad, y en su defecto para los menores autorizados por sus padres o tutores... Experimente la Historia, sus Grandes Momentos, en riguroso directo, y con las mayores garantías... Aprenda con total confianza desde los sillones de su casa. Conéctese con los más modernos aplicadores neuronales y viva en primera persona una experiencia inolvidable. Siéntase parte, durante un mínimo de doce horas, de los acontecimientos que han marcado la Tierra... El hundimiento del Titanic... La erupción del Etna que arrasó las ciudades de Pompeya y Herculano... El famoso 11-S del año 2001, una tragedia que cambió el mundo, y las teorías de la conspiración que fueron naciendo después... Si algo ha sucedido, si existen pruebas, y si hay testigos presenciales, nosotros podemos ayudarle a revivirlo... Todo en la vida tiene un precio, y el nuestro es mucho menor de lo que usted imagina... Sobre todo teniendo en cuenta que no es una recreación, no es ficción, no es una película de James Cameron (famoso director del siglo XX) ni un documental de National Geographic (nuestra plataforma rival)... Nosotros le ofrecemos la posibilidad de convertirse en testigos directos de la Historia... sin ningún peligro para ustedes...." (Enero 2240)


-UNO-

No quiero despertar. No quiero abrir los ojos. Ni mirarme las manos.  Ni los brazos. No quiero comprobar si son blancos, negros, amarillos, marrones, o de cualquier otro color de las variedades que existen en el puto planeta Tierra. Lo único que deseo es morir... Pero de verdad... De una vez por todas, y para siempre...


No puedo más....


-DOS-

Desde luego, cuando me presenté voluntario al leer el anuncio en el periódico más prestigioso del país, que luego repitieron hasta la saciedad en redes sociales, no pude imaginar nada de esto. Allí decían que necesitaban una "Persona joven, con don de gentes, cierto nivel cultural, inquietud por el pasado y el futuro, gran adaptabilidad, sin vínculos familiares o personales. Interesante remuneración, con pluses relacionados con la perseverancia y los objetivos cumplidos". Jamás pude suponer que alguna vez llegaría a encontrarme en esta situación, totalmente perdido en el tiempo, y sin ninguna posibilidad de volver a "mi presente", que incluso ahora mismo me parece imposible de alcanzar...

 

Ya durante la propia entrevista, en la sede de "Time Hunters", tendría que haber sospechado algo, pues lo primero que nos solicitaban, antes incluso de entrar a la zona acordonada, era que depositásemos el certificado de familia (obligatorio desde las "Leyes de Repoblación Espacial" de 2069) en el escáner óptico, y en cuando detectaba la menor alteración del registro, o cualquier modificación por el estilo, directamente, la máquina interrumpía el procedimiento, y un asistente robótico acompañaba al infractor a la calle, no sin antes ser sancionado... Con este procedimiento, en muy poco tiempo (un par de horas) de los 20.000 candidatos iniciales, nos quedamos reducidos a poco más de 100.

La siguiente prueba era el análisis médico, donde con una simple gota de sangre extraían toda la información genética necesaria: enfermedades presentes y futuras, problemas mentales, trastornos alimenticios, digestivos, vacunas, expediente hereditario, y que encima se pudieran remontar a varias generaciones en el tiempo, para estar seguros de nuestra idoneidad.... ¡Parece mentira que todo ello se consiguiera con tan poco líquido vital!

Al final, seleccionaron a 20 candidatos, 13 hombres y 7 mujeres, y para no complicarse demasiado la existencia, en ese mismo momento nos privaron de nuestras identidad, de nuestros papeles y de nuestras ropas: todos los hombres nos llamamos "Adán", y todas las mujeres, "Eva", seguido por nuestro número, aleatoriamente adjudicado por la Organización... Yo era "Adán 13"... Eso sí, a partir de ese momento, en cuanto la empresa nos hizo firmar el contrato, dejamos de tener cualquier control sobre nuestras vidas.... al menos durante el tiempo que participásemos en el programa especial.


Durante nuestra permanencia en las instalaciones de la empresa, estábamos obligados a llevar siempre el mono de viaje, confeccionado en algún material altamente conductor de las emociones y de los sentimientos, y por supuesto todos llevábamos impreso en la espalda nuestro número de identificación. Los alojamientos, aunque eran muy cómodos, estaban diferenciados por sexos, en dos plantas diferentes de "Time Hunters", filial de NBC-MGM, ubicada en Nueva York, en las "Torres del Recuerdo", emotivo edificio que se alzaba en el solar que dejaron vacío las Torres Gemelas en 2001... Teníamos restringidos los movimientos dentro de las instalaciones, y una pulsera-localizadora facilitaba a los productores, directores y demás personas implicadas en la realización de los programas el tenernos localizados... Es cierto, no había mucha diferencia con vivir en una cárcel, de lujo, eso sí, pero cárcel de todas formas... aunque al menos teníamos el privilegio de vivir a salvo, con todas nuestras necesidades cubiertas (bueno, casi todas), y de ganar una buena cantidad de dinero, para cuando regresásemos al mundo exterior... Este dinero, en caso de surgir algún tipo de problema, sería abonado a las personas que hubiésemos designado previamente. Yo escogí a mis sobrinas, la única parte de la familia que me importaba; y a una asociación de protección de la naturaleza, especializada en la clonación de animales domésticos (hace décadas que había muerto el último perro, el último gato, por culpa de la Gran Plaga).


-TRES-

"Estos son algunos principios rectores del programa "Arca de la Memoria", de la gran aventura en la que se van a embarcar. Muchas veces, los momentos culminantes de la Historia del Hombre son aquellos de los que no se conserva ningún recuerdo de primera mano: el Diluvio Universal, la caída del Imperio Escita, el hundimiento del Bismark, la noche de los cristales rotos, el asesinato de Hitler (se ha descubierto que fue asesinado por Eva Braun), el enterramiento de Gengis Khan... Por eso, nuestra empresa ha decidido que sería comercialmente muy rentable el mandar una serie de observadores, utilizando nuestra tecnología especialmente diseñada, para vivir en directo estas y otras muchas experiencias, siempre en función de los intereses de nuestros televidentes y de nuestros patrocinadores.

 

Utilizando unos procedimientos que en cierto punto desarrollaban las de la película futurista "The Matrix" en los últimos años del siglo XX, que han demostrado su plena vigencia, nuestros voluntarios serán transportados en el tiempo y el espacio, mientras que sus cuerpos permanecerán en estado de animación suspendida... Los navegantes serán por lo tanto enviados a distintos periodos temporales del pasado, y su mente será implantada de manera automática en el cuerpo de algún espectador aleatorio de un hecho concreto, siempre y cuando nuestros sistemas informáticos hayan podido garantizar la total idoneidad del procedimiento, la mejor localización posible, y la más completa seguridad de nuestros nautas.


En principio, las misiones serán asignadas en función de las encuestas de interés del público (las primeras 100 ya han sido programadas), y su duración será de 24 horas como máximo, si bien lo más lógico es que el tiempo se mida desde el momento mismo del despertar del sujeto receptor, hasta aquél en que se vuelvan a cerrar los ojos para el descanso nocturno, o por alguna otra causa no estipulada de antemano, la transmisión se interrumpiera temporal o permanentemente.

 

Nuestros nautas, que estarán equipados con unos trajes biomecánicos completamente automatizados, trabajarán en ciclos alternativos de 24 horas, durante las cuales nuestro personal de apoyo se encargará de facilitarles el alimento necesario para sus misiones y de todas sus funciones de soporte vital y biológico. Al mismo tiempo, serán monitorizados permanentemente por nuestros médicos, quienes se encargarán de prestarles toda la ayuda y la asistencia necesarios, para garantizar su perfecta estabilidad corporal y mental."

 

-CUATRO-


De 20.000 candidatos, nos habíamos quedado reducidos a 20 entre "adanes" y evas"... Nuestras principales características, por lo que deduje en aquella jornada inicial, eran una excelente forma física, un nivel de estudios elevado, todo ello combinado con el desarrollo de una actividad que requiere grandes cantidades de disciplina y de trabajo mental... en mi caso, Adán 13, yo soy programador informático, y Eva 2, una hermosa mujer, es micro cirujana, Adán 6 es controlador aeroespacial, Adán 8 monta ordenadores cuánticos, Eva 5 se dedica a la reprogramación neuronal de niños autistas...

El resto de la jornada, lo pasamos con los médicos y los científicos, que nos tomaron mil medidas, nos sometieron a cientos de pruebas, nos aplicaron todo tipo de sensores, literalmente en todas partes, hasta que a última hora nos hicieron probar nuestros nuevos trajes biomecánicos desechables, que tendríamos que ponernos antes de cada nueva misión. También nos informaron de otras peculiaridades de nuestra estancia, como la dieta especialmente equilibrada, el tiempo libre, los análisis clínicos rutinarios, las sesiones de terapia con los psicólogos, las clases de relajación para afrontar mejor el estrés, y una larga lista de cosas similares. Se nos informó de las pausas de trabajo y convivencia, pues entre dos periodos de trabajo, dispondríamos de uno de descanso, pero en teoría nos tendríamos que alternar, hasta que la empresa lograse reclutar a otros candidatos, para no dejar descubiertos los compromisos previos.

 

Las primeras sesiones, algunas de ellas de prueba, fueron muy sencillas. Teniendo en cuenta la principal restricción, el que solamente nos encargaríamos de acontecimientos históricamente demostrables, pero sin intervenir en ellos ni cambiarlos en ninguna circunstancia (podría tener consecuencias catastróficas), y ubicados en un espacio muy limitado y concreto, eso nos alejaba de los deseos de muchos clientes potenciales, a quienes interesaban el nacimiento de Jesucristo, la muerte de Budha, la ascensión de Mahoma a los cielos, y la escena censurada de Jessica Rabbit... Sin embargo, el morbo de miles de aficionados al cine nos llevó a vivir la muerte de Marilyn Monroe, la primera vez que Charles Chaplin se maquilló y vistió como Charlot, la verdadera historia de Tarzán y la mona Chita, la muerte de James Dean, la última cena de Elvis Presley... y por supuesto, el asesinato de Michael Jackson (que fue ampliamente demostrado en 2118).

 

Lo más habitual era terminar en el cuerpo de un testigo directo, pues lo que la gente realmente deseaba era asistir, como si estuvieran allí, a cierto tipo de hechos, generalmente luctuosos, y que nadie conocía a ciencia cierta con anterioridad... Pero el problema surge cuando solamente hay un testigo posible: el protagonista de la historia. Es decir, si lo que los cotillas habituales quieren ver es la muerte de Marilyn, pues eso habrá que ofrecerles precisamente.

 

Las misiones eran especialmente escogidas en función de un amplio muestreo de los deseos de los clientes, organizados en grupos, y la señal era directamente transmitida a través de los implantes especiales. No se trataba de un procedimiento barato, pero era un negocio redondo, los clientes quedaban satisfechos, y los beneficios se multiplicaban ofreciendo los “packs revival” al público en general, pasados un par de meses de la primera experiencia, para un reducido grupo de privilegiados asquerosamente ricos.


El funcionamiento del sistema era muy sencillo, en teoría: el equipo informático recopila toda la información existente, a través de toda fuente disponible, sobre un hecho concreto. Estos detectives, auténticos rastreadores del ciber-espacio, facilitan al equipo técnico todos los datos contrastados (lugar, fecha, hora y localización del hecho o personaje), y los introducen en el sistema informático de última generación, para fabricar una huella espacio-temporal que localiza el rastro astral específico del personaje. En ese momento, el nauta se instala dentro del habitáculo, se pone en marcha el proceso final, y su mente, con todos sus recuerdos, se instala en segundo plano dentro del "receptor" o "huésped", estableciendo la fusión por un periodo de consciencia determinado, no más de 24 horas en todo caso, pues nadie va a pagar un solo dólar por los sueños de alguien... Y cuando la persona "huésped" se duerma, se restablecerá la conexión, y el nauta despertará en su realidad...

 

Pero claro, enseguida surgen las paradojas. Por ejemplo, en cuanto a la recepción de la señal de audio y vídeo. Por mucho que el "nauta" sea una persona completamente sana, sin problemas de visión, no se puede garantizar que su "casero" esté en las mismas condiciones. Por ejemplo, en el caso del asesinato de Kennedy, fue necesario mandar a 12 nautas distintos, pues entre los testigos presenciales, incluyendo al propio Lee Harvey Oswald, cuya inocencia fue establecida con las investigaciones del primer centenario del acontecimiento, dos estaban demasiado lejos para ser fiables, el tercero no estaba mirando en esa dirección, el cuarto era el propio Kennedy... No aportó gran cosa a la historia del magnicidio, pero fue una experiencia interesante.


El mismo principio de las distorsiones se aplicaba al audio: dependía muchísimo de las capacidades del huésped, del ruido ambiental, de la lejanía... y evidentemente, no era posible, si no tenías un cuerpo físico, el llevar un micrófono oculto. Por ello, se implantaron en cada "nauta" dos pequeños amplificadores internos, que se activaban al introducirse en el interior del habitáculo, y cuya intensidad se regulaba desde el centro de emisiones... Nosotros éramos, al mismo tiempo, los ojos y los oídos de los millones de personas que pagaban tantísimo dinero a cambio de vivir, por persona interpuesta, algunos de los momentos más importantes de la historia de la humanidad...

 

- CINCO-


Trece de abril de 2245, tres años después de que se efectuara la primera misión. Un día que se nos quedará grabado a fuego a los supervivientes del programa "nauta", pues han muerto tres de nuestros compañeros, que estaban recreando para mentes morbosas las últimas horas de Pompeya. Se supone que nuestra conexión nos permite asistir como simples espectadores a cualquier catástrofe, y que al morir nuestro huésped, el link se quebraba, y nosotros volvemos a nuestro tiempo sin sufrir daño alguno... Pero hoy, por alguna razón, el sistema ha fallado. A pesar de todas las señales de alarma proporcionadas por los sentidos de los nautas, de los desesperados esfuerzos que realizaban por despertar antes de que los alcanzase la lava o de quedar sepultados por los pedazos de escoria volcánica, incluso teniendo en cuenta que podía ser una misión peligrosa, los técnicos que administran el sistema no fueron capaces de desconectarlos a tiempo ni de romper los vínculos. Lo peor no fue que murieran así, sino el tener que verlo, asistir a sus convulsiones provocadas por la lava ardiente, a sus espasmos en busca de aire mientras los sepultaban las cenizas, hasta que al final se terminó la agonía, y se quedaron inmóviles en los habitáculos... Y lo más repugnante fue que se incrementó exponencialmente el número de espectadores de pago, encantados de disfrutar de una experiencia nueva y excitante... ¡Disfrute usted de la muerte en directo, desde la comodidad de su sillón!


El 30 de junio, mientras cinco compañeros revivían el hundimiento del Titanic por enésima vez, el sistema falló de nuevo, la conexión neuronal no se anuló de forma automática, y tres nautas fallecieron congelados... Lo más triste es que, a raíz del primer "incidente" (curiosa manera de referirse a los compañeros fallecidos), la facturación de la empresa se multiplicó por dos, igual que la cantidad de personas que estaban dispuestas a pagar un "suplemento" por vivir, a través de los ojos y sentidos de otro, una tragedia semejante... y que preferían incluso asegurarse de la mayor posibilidad de muerte violenta... Por ejemplo, se realizaron peticiones para revivir la masacre del estadio de Heissel, donde tantas personas murieron aplastadas; o bien el hundimiento del Wilhem Gustloff, con sus ocho mil víctimas; incluso el interés por otras tragedias más antiguas, como la carrera por el Polo Norte, o el final del Hindembug empezaron a despertar el interés de los carroñeros... Porque no había otra forma de llamarlos: carroñeros, no les importaba nada el momento histórico al que dirigir sus mentes, sino la posibilidad de experimentar situaciones extremas, a salvo, desde su sillón...


-SEIS-

 

Como la empresa argumentaba que los diez supervivientes teníamos nuestro propio club de fans, en cuanto pasaron los primeros cinco años, se negó completamente a que fuéramos sustituidos, al mismo tiempo que incrementó las tarifas por conexión en vivo... y empezó a comercializar las repeticiones o los grandes momentos que habíamos vivido, como si fueran productos ultra-procesados de comida basura: la verdadera muerte de Marilyn Monroe (asesinada por la CIA por su relación con el presidente Kennedy y el hijo que tuvieron en común), el primer paseo espacial por la superficie de la Luna (en el año 2034, lo otro fue un montaje), el último concierto de Michael Jackson antes de ser abducido por los extraterrestres... Por supuesto, el ser tan pocos (sobre todo desde que Eva 2 fue expulsada del programa por su embarazo) le permitía a "Time Hunters" el incrementar (una vez más) sus tarifas, y nosotros cobrábamos más, pues se suponía que nuestro contrato era por diez años, prorrogables por un periodo igual o mayor "en función del acuerdo al que llegasen las partes"... Éramos la proverbial gallina de los huevos de oro.

 

A estas alturas del proyecto, y sobre todo por la fama que habíamos alcanzado a nivel mundial como intermediarios altamente cualificados, la empresa se planteó la posibilidad de sacar partido incluso de los accidentes neuronales que pudiéramos sufrir, y en caso de fallecimiento durante uno de los viajes temporales, lo ideal sería poder beneficiarse incluso de la propia muerte. Por eso, nos convencieron, a cambio de incrementar sustancialmente las cantidades que en nuestro nombre donarían a las ONGS que nosotros escogiéramos y a los supervivientes de nuestras familias, para que llevásemos a cabo la última modificación en las máquinas: replicar nuestra personalidad entera en el interior de los cerebros positrónicos de los servidores, con lo que, en cierto modo, seguiríamos viviendo incluso después de la muerte.

 

¿Un buen plan, verdad? Sobre todo porque se suponía que, una vez realizadas las últimas y más complicadas reparaciones en los equipos, era virtualmente imposible que se produjeran más fallos en la programación, y los triples controles de seguridad garantizarían nuestra salida del sistema de manera inmediata. El ritmo de trabajo era más relajado, pues con el paso de los años, la propia vida de los telespectadores había cambiado tanto, por los nuevos implantes neuronales de última generación, los juegos de realidad virtual, los dobles robóticos para hacer los trabajos pesados, las drogas de síntesis para cambiar de cuerpos, que nosotros, una especie de versión "gore" del venerable programa "Gran Hermano", tampoco aportábamos demasiado al género... Pero claro, eso fue antes de la Batalla de Agincourt, el 25 de octubre de 1415.

 

Un grupo de historiadores y de amantas de la estrategia militar ofrecieron a nuestra empresa, "Time Hunters", una cantidad escandalosamente elevada, a cambio de mandarnos a seis de nosotros al campo de batalla, tres a cada bando, con la finalidad de comprender de primera mano las razones de la derrota francesa, que durante todos aquellos años, se había achacado siempre a la superioridad de los arqueros británicos (5.000) y tropas auxiliares (1.000), cuyos "Longbows" demostraron una vez más su superioridad frente a las tropas francesas, mucho más numerosas (36.000, de los cuales 11.000 jinetes, 18.000 infantes y 6.000 ballesteros). En principio iba a ser una misión rutinaria, simples observadores, como en todas las demás... Pero el sistema falló estrepitosamente, en el peor momento posible...

 

Normalmente, nuestra misión era la de observadores, nos "conectábamos" neuronalmente con una serie de observadores en el campo de batalla... Y tal y como estaba estipulado, teníamos la posibilidad de mejorar la vista y el oído de nuestro involuntario "casero", durante el tiempo que durase la retransmisión, pero de ninguna manera podíamos intervenir en el desarrollo de los acontecimientos, obligando a nadie a hacer algo en contra de su voluntad... hasta que falló el sistema.

 

Las dos primeras cargas de la caballería francesa terminaron de la manera prevista, los nobles brutos fueron acribillados por los arqueros, los caballeros experimentaron tremendas dificultades para reagruparse, impedidos por el peso de sus armaduras de hierro y por las grandes dificultades para comunicarse entre ellos en medio del fragor de la batalla. Los tambores y las señales transmitidas por las banderas eran ineficaces, y el terreno entre ambos bandos, una masa sangrienta de hombres en plena masacre. La tercera y última carga, efectuada por los milicianos, también fue un absoluto fracaso, y en el campo de batalla quedaron innumerables muertos y heridos, suplicando por su vida, agonizando, con los brazos destrozados por las hachas y las mazas, los estómagos perforados por las flechas, y sin ninguna posibilidad de socorro, ya que allí no existían los servicios médicos ni las posibilidades de supervivencia de las más “civilizadas” guerras del fututo.

 

Entre tantos combatientes, existía, un pequeño grupo de ballesteros, que optaron por tirarse al suelo y camuflarse, buscando de alguna manera vengarse por la muerte de sus amigos y familiares... Y allí estaba François Tillac, de quien hasta la fecha nadie se había ocupado como posible enlace entre dos épocas tan distinta, por culpa de su miopía, que le restaba eficacia a la hora de escoger un blanco... Pero este factor fue drásticamente alterado por la entrada en escena de Adán 17 y la repentina mejoría de su visión después de haber sido realizado el enlace con el nauta.

 

Lo que tampoco estaba documentado por nuestros historiadores más prestigiosos fue el interés de Enrique V, el monarca inglés, por recorrer el campo de batalla, acompañado de sus lugartenientes, para evaluar de primera mano la eficacia de sus "Longbow", las heridas que producían en monturas y jinetes, la forma más adecuada de extraer y recuperar las flechas de los cadáveres, y el saqueo de las pertenencias de infantes y caballeros, que en cierta medida completaba la soldada de unas tropas poco motivadas, mal pagadas y alimentabas, simples peones en manos de unos jefes para quienes no tenían ningún valor. Al observar este despreocupado paseo por lo que en apariencia era el escenario de una gran victoria, y comprobar que el monarca se aventuraba hacia el lugar donde él se encontraba emboscado, parcialmente cubierto por el cadáver de un caballo, François Tillac comenzó a tensar lentamente el mecanismo de la ballesta, y colocó un virote en el disparador... Si hubiera seguido padeciendo miopía, como hasta hace pocas horas, lo más seguro es que no lo hubiera intentado, pero lleno de fuerzas renovadas por la posibilidad de vengarse por la muerte de su padre y de su hermano en la última carga del día anterior, decidió jugarse el todo por el todo y, apuntando cuidadosamente, disparó... Yo intenté gritar, avisar al monarca o a su entorno de lo que estaba a punto de suceder, pero no pude hacerlo, y asistí impotente al momento en el cual el virote se incrustó violentamente en el cuello del monarca, seccionando la carótida...

 

Es cierto que Adán 17/ François Tillac fue inmediatamente capturado y ejecutado a espadazos por los enfurecidos soldados ingleses... Pero la historia de aquella batalla, y el resultado de la mismísima Guerra de los 100 años, fue drásticamente modificado, por culpa de un simple nauta y de la curiosidad insana de un grupo de estudiosos. En los libros de historia ya no pondrían "Luego de esta victoria, los ingleses se apoderaron de Normandía mientras, al mismo tiempo, los franceses consumían sus fuerzas en una guerra interna. Estos y otros hechos acaecidos en la época, impulsaron a la corona inglesa en su campaña de conquista para alcanzar el trono francés, cosa que resultó exitosa y les permitió imponer nuevos límites territoriales e introducir modificaciones en tratados políticos anteriores." Todos estos datos, los había estudiado en nuestras sesiones de orientación previas a la aventura.

 

Al contrario, conscientes de repente de su inferioridad numérica, de su armamento deficitario y de la muerte de su aguerrido monarca, los ingleses empezaron a retroceder, primero de manera imperceptible, y luego con algo más de premura, llevando el cadáver de Enrique V. Los restos de las tropas francesas, comandadas por el Duque de Orleans (quien evidentemente no sería capturado en la batalla ni encerrado durante más de 25 años) recuperaron buena parte de las fuerzas y del valor al ver caer al monarca inglés, y efectuaron una serie de cargas y de maniobras brillantes, con lo que finalizaron la jornada con una campaña victoriosa...

 

- SIETE-

 

Sin duda alguna, el más beneficiado sería el Duque de Orleans, la mente brillante detrás de los últimos meses de la guerra,  puesto que el rey francés Carlos VI lo nombraría heredero suyo, ofreciéndole la mano de su hija la princesa Catalina, y comenzando a acumular poder y gloria, que le llevarían años más tarde al trono de Francia, y a la conquista de buena parte de Europa, alterando de manera irrevocable los cimientos del resto de la historia, tanto presente como pasada. Sí, es cierto, he salido ganando... De simple peón, aventurero en el tiempo del siglo XXI, a monarca de un país. El amo de un continente. Casi un Dios de la estrategia para sus seguidores, un modelo a seguir casi tan grande como el Rey Arturo. Pero real.

 

La muerte del rey inglés generó una tremenda paradoja temporal, que llevó a la Humanidad a una realidad alternativa, en la que prefiero no pensar. ¿Te imaginas las centenares de vidas que se salvaron, al interrumpir de esa manera la guerra? ¿Los negocios que se pudieron hacer por la misma causa? ¿Y en el futuro, que para mí era el pasado, habría generado otra nueva era de paz, o surgiría del mismo modo el nazismo? ¿Viviría el mundo dos guerras mundiales en el siglo XX, y otra devastadora a mediados del siglo XXI? ¡Pensar que todos estos cambios eran por culpa de algo tan sencillo como el virote de una ballesta, disparado por François Tillac!

 

Yo intenté aplicar mis conocimientos de la Historia de aquellos tiempos, y otras muchas cosas que nos fueron enseñando en las anteriores misiones, para mejorar la vida de mis súbditos. Llevo más de veinte años en el trono, tengo una mujer que me adora, dos hijos adolescentes que dentro de poco estarán preparados para seguir con mi estela, y creo que soy un buen monarca.

 

Pero al mismo tiempo, esa muerte tan trágica, ese final tan distinto de la guerra, esos nuevos sucesos, alteraron  por completo la historia de la humanidad, o al menos eso supongo, ya que no tengo forma de comprobarlo. Por muchas de mis ideas, de mis sugerencias por ejemplo en el campo de la medicina o de la alternancia de los cultivos, me consideran poco menos que un genio, en esta mañana de otoño del vigésimo año de mi reinado. Y estos mismo hechos, esta bomba expansiva, estas radicales modificaciones del pasado, hicieron desaparecer en el futuro cualquier referencia o posibilidad de llevar a cabo el proyecto "Time Hunters".

 

Pero muchas veces, al despertar, me siento prisionero en ese cuerpo que no conozco, en esta época que admiro y que me apasiona, que estudié incluso de niño, pero me sigue resultando completamente extraña, y donde es imposible pronosticar el mañana... Por eso, muchas veces, no quiero abrir los ojos. Ni comprobar dónde estoy. Y me quiero morir. Pero no puedo.

 

 

EL HIJO DEL TIEMPO

  

Cuenta la leyenda que, en los bosques alrededor de la Alhambra de Granada otros dicen que en las estribaciones de la Sierra Morena existe una gruta oscura y, en su interior, una fuente de aguas cristalinas, que concede a quien las bebe algo muy parecido a la inmortalidad. Otros afirman que consigue la curación de todos los males de la salud. Numerosos son quienes han recorrido la Sierra en estos años, armados de paciencia, de bastones para caminar, recias alpargatas o botas de montaña, y una bien provista bota de vino o de agua fresca, para combatir los calores del verano, o un pañuelo alrededor de la cabeza, y así mitigar el sofoco. Unos van solos, otros acompañados de guías locales, en su mayor parte antiguos arrieros o pastores, pero nadie parece conocer el lugar preciso. No es una leyenda muy famosa, pero incluso así, todos los años, desaparecen varios intrépidos exploradores, sin dejar rastro. También se rumorea que en el fondo de aquella fuente, se encuentran escondidos los diamantes de AlMutamin, fiel visir del último sultán de Granada, y quizás ese sea el motivo de tanto interés.

 

Pero a mí, Román De Ortega y López, por encima de las posibles riquezas, me motivaba la salud para quien las probase, que concedían las prístinas aguas. Y no precisamente para mi propio bien, sino para el de la bella Dolores Sanz Briz, mi hermosa dama, pues en ellas confiaba encontrar la solución a sus problemas de salud. Una extraña enfermedad la consumía desde hace varios años, al poco tiempo de nacer nuestra única hija. «Melancolía», decía su madre, «un mal del estómago», según su padre, y otra cosa opinaban los doctores, entre ellos Fernando Castro Cendeño, que al mismo tiempo era amigo de la familia, y estaba muy preocupado por su evolución. El caso es que no conseguía ganar peso, y le faltaban las fuerzas y las ganas de vivir. ¡Pensar que cuando nos conocimos, en el verano de 1870, me arrolló cuando salía del Ateneo Científico y Literario de Madrid, cargada de libros!

 

Aquella primera tarde la pasamos recorriendo el corazón de Madrid, y nos tomamos una limonada en el Café Comercial. Fue el primero de otros muchos paseos, buscando los pequeños parques y jardines privados de una ciudad que a veces nos parecía tan grande, y otras tan pequeña sobre todo al principio, cuando nuestras citas eran más clandestinas, lugares que ella conocía a la perfección. Y durante aquellos meses, sentí cómo algo nuevo empezaba a devorarme por dentro. Perdí el interés por mis otras conquistas, por ciertas amantes y señoritas de dudosa reputación, incluso dejé de jugar en locales en los que siempre eran bien recibidos los “señoritos con parné”. Era como si algo de mí me estuviera impulsando, de nuevo, hacia el recto camino, quizás hacia la madurez o la monogamia, palabras todas ellas que me generaban una peculiar desazón… Incluso mis padres, con quienes seguía viviendo a pesar de tener un buen empleo en el bufete del señor Rodríguez Arias y una floreciente clientela privada, notaron el cambio. «Algo le pasa a este niño», decía mi madre… Y ya por navidades, mi padre, siempre tan prudente y discreto, no dudó en preguntarme si había conocido a alguien…

 

Pero guardaba silencio, y les respondía con evasivas, quizás porque ni siquiera yo mismo estaba demasiado seguro de mis sentimientos. Dolores y yo seguíamos paseando un par de veces por semana, y eran los momentos más especiales. La acompañaba incluso a misa los domingos, en la parroquia cerca de su casa. Me bastaba con verla, con un libro entre las manos, para ser feliz. El día de Reyes de 1871, por fin me atreví a ir a buscarla a casa de sus padres, luego nos fuimos a la mía, y conoció al resto de la familia. Como yo tenía cierta fama de libertino, hasta ese momento mi madre no estaba muy convencida de la seriedad de mis intenciones… El 14 de febrero, al terminar una función de ópera en el Teatro Real, le pregunté si aceptaba ser mi esposa. Incluso me arrodillé en plena calle, para ofrecerle el anillo, con cierto temor.

 

Y aceptó. Nos casamos el 15 de mayo de 1871, a las doce y media de la mañana, en una pequeña iglesia cercana a la Calle Mayor, junto con nuestros padres, y un selecto grupo de amigos. Celebramos el banquete en la Casa Sobrino de Botín. Nos fuimos de viaje de bodas a San Sebastián, dos semanas en un pequeño hotel cercano a la Playa de la Concha. Regresamos de allí felizmente embarazados, y nueve meses más tarde, el 10 de enero de 1872, nació nuestra hija. El parto fue bastante duro, incluso para ser una primeriza existen categorías de complejidades, y Dolores tardó casi doce horas en dar a luz a nuestra pequeña Inmaculada, mientras que, nuestras madres, intentaban ayudar en todo lo posible a la comadrona y nuestros padres fumaban puros en el salón. En aquellos tiempos, un nacimiento, un parto, era algo que se celebraba mucho en familia, no como ahora.

 

A las diez de la noche, me permitieron entrar en la habitación a verla, y por fin pude tener entre mis brazos a nuestra Inmaculada. Empezaba una nueva fase en nuestra vida, que enfocábamos con mucha ilusión, incluyendo mi ascenso en el bufete. Pero entonces, empezaron los problemas… Dolores no se recuperaba, tuvo una fuerte hemorragia a la noche siguiente, y pensé que la perdía. El doctor Castro Cendeño la estuvo tratando desde el primer momento, prescribiéndole una dieta sana, rica en carnes rojas y en verduras, muchos productos lácteos, y ejercicio moderado, sobre todo paseos por el cercano Parque del Buen Retiro, confiando en que Dolores se recuperaría en dos o tres meses.

 

Pero no fue así. Contratamos un ama de cría, puesto que se le retiró la leche una semana después del parto, por suerte tenía buenos clientes y referencias en la práctica privada, a la par que la situación económica tanto de mis padres como de mis suegros, nos lo permitían. También solicitamos la opinión de otros médicos, más especializados en madres recientes. Incluso nos fuimos el verano de aquél año a un balneario de la sierra de Madrid, donde estuvimos tomando las aguas, y sometidos a una dieta sana casi un mes, aunque yo solamente podía estar con ella los fines de semana, mientras que su madre se quedaba con Inmaculada y con el ama de cría en su domicilio de la calle Hortaleza. Según avanzaba el otoño, ampliamos los criterios de nuestra búsqueda, probando nuevos alimentos, otros suplementos de botica, mas, el estado general de Dolores no mejoraba, iba perdiendo fuerzas y vitalidad a diario. Hicimos un último intento, en pleno invierno, de mejorar su salud pasando dos semanas en el pequeño pueblo extremeño de Casas del Monte, famoso por sus piscinas de aguas termales y aguas ferruginosas, pero fue en vano.

 

Al haber alcanzado los límites de la ciencia, tan solo nos quedaba recurrir a la tradición, al folclore, y a la magia. Probamos la quina Santa Catalina, y el Agua de Carabaña; los cocimientos de los boticarios de la Calle del Àngel, y los remedios de algunas curanderas cerca de la Cuesta de la Vega. Incluso hicimos venir a un famoso chamán africano, el profesor Yogurtu Ngué. Pero su situación no mejoraba. Una tarde del mes de febrero de 1873, nuestro viejo amigo el doctor Castro Cendeño, natural de Granada aunque llevaba casi toda su vida adulta ejerciendo en Madrid, nos comentó que: «según una vieja leyenda que circula entre las gentes de Granada, existe una cueva oculta en las laderas de la Alhambra, donde hay una fuente escondida, un manantial de propiedades medicinales, que asegura recuperar la salud de los enfermos. Quizás, querido Román, deberías emprender el viaje… Porque Dolores se encuentra más allá de las medicinas de los simples mortales…»

 

Dejando todos mis asuntos en orden, incluyendo una copia de mi testamento en el bufete de Don Alfonso Rodríguez Arias, en el cual trabajaba, abandoné Madrid en los primeros días la primavera de 1873, siguiendo los consejos del gran viajero Richard Ford, cuyo libro se había convertido en mi mejor aliado para todos los preparativos. Ford aconsejaba, con gran seriedad, «no realizar, en modo alguno, una larga caminata a caballo sin compañía: no sería agradable para los amigos o familiares que se quedan siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin ayuda a los accidentes a los que están siempre sujetos caballo y jinete. Los que tengan un amigo con quien puedan ir, harán muy bien en hacerlo así». Por ello, me decidí a solicitar a mi buen amigo Bautista González Casas, compañero de tertulias del Ateneo y de alguna que otra francachela por las casas de tolerancia en los aledaños de la calle de las Huertas, que me acompañase en esta aventura. Los dos habíamos pedido un mes de libranza en nuestros respectivos empleos, y partimos de Madrid el día cuatro de abril, a las diez de la mañana.

 

Reservamos nuestro pasaje en una diligencia, que nos llevaría hasta la misma Granada en poco más de tres días, una hazaña casi imposible tan solo diez o quince años antes. Tuvimos la compañía de don Práxedes de Méndez y de su hija Merceditas, un boticario de renombre que emprendía viaje para visitar a su hermana, que estaba casada con un médico granadino de postín y acababa de ser madre, «a la provecta edad de treinta y cinco años, y siendo una primípara añosa, precisaba de especiales cuidados». Avanzamos unas treinta leguas diarias, todo un logro. A pesar de no ser grandes conversadores ninguno de los dos, Merceditas se pasaba el día leyendo folletines, y Don Práxedes musitando oraciones con su rosario le aterraba salir de Madrid, no nos importaba demasiado, puesto que teníamos muchas cosas Bautista y yo que hacer para preparar nuestra expedición a conciencia, incluyendo las inevitables paradas para dar de comer a las mulas en ventas o villorrios.

 

Pasamos la primera noche en una posada de buena categoría, donde nos sirvieron un estofado estupendo de carne de dudosa procedencia, pero sabrosa y un vino pasable. El segundo día fue igual al primero, quitando que Merceditas se mareó, posiblemente por algo que había comido la víspera, y tuvimos que parar en varias ocasiones para que pudiera vomitar al borde del camino, lo cual le generó una gran vergüenza. La segunda noche descansamos en una venta aledaña, donde degustamos un excelente guiso de alubias con oreja y chorizo, y un vinito peleón pero agradable al paladar. Merceditas tuvo que limitarse a comer varias rebanadas de pan y queso, y una infusión de hierbas misteriosas, lo cual le mejoró bastante el estómago. Y a media tarde del tercer día, llegamos por fin a nuestro objetivo, la ciudad de Granada.

 

Nos alojamos en La Posada del Sol, en la placeta de la Alhóndiga, y dedicamos los dos primeros días a descansar, probando incluso las delicias de un Haman o baño turco, que acababa de abrir sus puertas a principios de marzo. Fue toda una experiencia, que repetimos varias veces durante nuestra estancia. La ciudad nos sorprendió muy gratamente, con su magia, su encanto, su embrujo, y sobre todo, la amabilidad y el desparpajo de sus gentes. La comida, fuerte y especiada en las pequeñas tabernas cercanas al río Darro. Las noches, estrelladas. Las ganas de divertirse, sobre todo aquella vez que nos internamos en las calles del Sacromonte, siguiendo a un guía gitano que nos prometió el más puro espectáculo de cante y baile de toda la ciudad, «¡arsa!», lo que dio lugar a una de las noches más interesantes y confusas de toda mi existencia.

 

Solo recuerdo vino puro y en cantidad, tabaco recio, comida grasienta, cante y baile, sombras oscuras en locales poco iluminados, el olor a rancia humanidad y, finalmente, el fresco de la noche. Todavía ignoro cómo pudimos volver a nuestro alojamiento, entre nubes de manzanilla y vino dulce, el recuerdo de las palmas de los gitanos y del cuerpo cimbreante de La Bella Dorotea, una bailaora famosa en toda la provincia. Quizás porque tuvimos un buen guía, Bartolomé de Dios, quien nos esperaba tranquilamente a las nueve de la mañana en la puerta de nuestro alojamiento, degustando un cuartillo de vino, y a quien al parecer, habíamos contratado en algún momento de la noche para que nos acompañase, por fin y una vez cumplida una semana desde que salimos de Madrid, en la búsqueda de la cueva de AlMutamin.

 

¿Así que los señores buscan los tesoros de Al-Mutamin?

En efecto. ¿Conoce usted la leyenda?

¡Quillo, cómo no voy a conocerla! Como todo buen granaíno, puesto que no son ustedes los primeros en buscarla, por distintos motivos. Unos por las aguas que dan la salud y la eternidad, y otros por el tesoro en diamantes de AlMutamin, casi todos los años, por estas fechas, se organizan expediciones por los alrededores de la Alhambra… Pero hasta el momento, ninguna de ellas ha tenido éxito.

Pues espero, querido amigo, que nosotros sí lo conseguiremos… puesto que está en juego la salud de mi esposa le respondí—. Y eso para mí es mucho más valioso que el incontable tesoro del musulmán.

¡Arsa, ese es el espíritu necesario para triunfar en esta aventura! Y ahora, si no les importa, vayamos al comercio de mi compadre Berrocal, para conseguir un calzado más adecuado, unos pantalones recios, que con esos que llevan de ciudad no conseguirán estar protegidos de las ramas y raíces, y un par de buenas varas de caminar donde el Manolo. Sin olvidar luego escuchar misa y confesar en la Iglesia de Santa María, para tener suerte en la búsqueda.

 

Y con estas palabras, por fin nos pusimos en marcha, el día 11 de abril de 1873, varios años después de ser declarada con justicia Monumento Nacional, algo a todas luces necesario. Cierto es que la tarde anterior habíamos subido a la explanada junto a la iglesia de San Nicolás para tener una primera visión del monumento en su conjunto, y con las últimas luces, los muros relumbraban con esos tonos rojizos y dorados imposibles de describir, las paredes que caían a pico, las siluetas de las torres en la lontananza… Pero de sobra sabíamos que esa era la estampa más típica, aquella que buscaban los turistas. Nosotros aspirábamos a descubrir sus secretos, con la ayuda de nuestro fiel guía.

 

Tardamos poco más de dos horas en conseguir los aditamentos para nuestra búsqueda, incluyendo misa y confesión, una pequeña parada para comprar pan, recio queso y embutido, además de un par de botas de vino, y a las doce y media ya estábamos avanzando, casi en procesión junto a otros muchos viajeros, por la Acera de los Tristes, rumbo a la misteriosa y enigmática Alhambra.

 

Mientras preparábamos nuestro viaje, habíamos tenido la ocasión de leer numerosas obras sobre la situación del complejo monumental, en parte para buscar huellas y pistas que nos permitieran localizar la misteriosa cueva. «La euforia destructiva desencadenada por la desamortización eclesiástica en la década de 1840 afectó de manera muy intensa al patrimonio monumental granadino, e indirectamente sobre el legado hispanomusulmán», decía nuestro buen amigo Richard Ford en su libro Manual para viajeros por España, y en aquellos primeros días de nuestra expedición pudimos comprobar hasta qué punto era verdad. No dejaba de ser curioso que, coincidiendo con el nacimiento de la conciencia patrimonialista y su institucionalización, fue en aquellos años cuando «desaparecieron numerosas reliquias de un pasado que estaba siendo recuperado, valorado y admirado, no solamente por los propios españoles, sino por numerosos extranjeros».

 

Pero este expolio no era algo nuevo, ya en el año 1831 el marino e historiador militar Alexander Slidell Mackenzie publicó A year in Spain by a Young american, que hablaba del triste expolio de la Alhambra: «Antes de que pasen muchos años, el turista buscará en vano cualquier vestigio de esta singular antigüedad, que salvada de la barbarie de los pasados siglos, ha caído víctima de la insaciable codicia de nuestro tiempo». El propio Washington Irving mostraba su asombro por la resistencia de la fortaleza, «no tanto a la incuria del tiempo y los asaltos de la guerra, sino específicamente a los pacíficos y no menos dañosos saqueos del entusiasta viajero».

 

Por todo ello, fue con el corazón en un puño como nos adentramos en las espesuras que rodeaban el monumento nazarí… Las torres y restos de fortalezas. Los patios y fuentes. La piedra, el mosaico, el ladrillo, la madera. El famoso Patio de los Leones. Los artesonados. Las yeserías. Los azulejos. La magia de todo aquél monumento que desde hace poco tiempo estaba siendo restaurado, con distinta fortuna, se apoderaron de nosotros durante aquella primera tarde. Como todo turista que se precie, recorrimos las estancias con la boca abierta, maravillados hasta lo inaudito; nos asomamos a las murallas y adarves; subimos a las torres y contemplamos la ciudad en la lejanía, en el otro extremo del valle.

 

Durante diez días, con la fiel presencia de nuestro guía, recorrimos el monumento en profundidad, buscando aquella fuente mágica, entrando en recónditas estancias, algunas de ellas todavía en obras, en oscuros túneles y sótanos, al mismo tiempo que disfrutábamos de cada pequeño descubrimiento. Bartolomé nos contó que, sus padres y abuelos, de etnia gitana, estuvieron viviendo muchos años en la Torre de los Arrayanes cuando se marcharon las tropas francesas, y por ello conocían tan bien los misteriosos lugares de la Alhambra… Pero también es cierto que nunca habían encontrado ni la misteriosa fuente, ni los diamantes del califa. «Aunque el monte es muy amplio, y el bosque guarda sin duda misterios», nos dijo, para animarnos…

 

Y por ello, el día 21 de abril de 1873, decidimos dar por terminada la primera parte de nuestra expedición, en el monumento propiamente dicho, y comenzar a explorar la sierra colindante. Que no en vano la Alhambra está perimetrada por una muralla de más de dos kilómetros, con treinta y una torres, rodeadas de espesas zonas de arbolado… Y en cualquier lugar podía hallarse nuestra misteriosa fuente de aguas milagrosas. Fue en la base de la Torre de las Infantas donde creímos encontrarla: una pequeña cueva, que llevaba hacia el interior de la muralla… Pero allí no había ni fuentes ni pozas. Durante varios días estuvimos recorriendo la fronda sin rumbo fijo, basándonos en un impreciso mapa que había sido elaborado por  para el restaurador del monumento, Rafael Contreras, en 1847, y que seguía estando vigente. Creo que no nos dejamos ni una sola oquedad por explorar, ni tampoco una sola fuente o riachuelo por apuntar en nuestra libreta de viajero.

 

Muchas veces, estuve a punto de darme por vencido, de admitir la irracionalidad de nuestra búsqueda, incluso de nuestra misma esperanza, cuando volvíamos a nuestra posada por la noche, agotados, y con los recios pantalones tiesos de barro y nuestros rostros acartonados por aquella inusual ola de frío. Los bosques de la Alhambra, por aquél entonces, ocupaban una extensión mucho más grande que ahora, y en su mayor parte eran una jungla agreste y salvaje, que bien poco tiene que ver con el amable bosque de San Esteban, con sus especies protegidas, sus senderos bien trazados, y sus bancos para que reposen los caminantes y se detengan a disfrutar con el gorjeo de los pájaros. Recorrerlos era toda una aventura, y a ella le dedicábamos cada hora de luz, incluso ayudándonos con lámparas de queroseno en las últimas búsquedas de la jornada. Regresábamos a la ciudad, agotados, cenábamos en una fonda, y algunas tardes las pasamos en el famoso “Café Suizo”. Incluso volvimos a adentrarnos por las calles del Albaicín y del Sacromonte un par de noches, para ver si recuperábamos la alegría que tanta y tan infructuosa búsqueda dejaba en nuestra alma.

 

Pero cada mañana, al comulgar en la iglesia casi desierta, era como si estuviera renovando los votos con mi esposa, Dolores, y en ella, en su imagen, en su recuerdo, encontraba la fuerza para aguantar un día más, tan solo uno. Todas las noches, después de lavarnos lo mejor posible en nuestra habitación, le escribía unas líneas, y al día siguiente se las mandaba, para tenerla al tanto de nuestras investigaciones, pero sus respuestas demoraban varias jornadas en llegar hasta nosotros. Las visitas al Haman nos permitían incluso sentirnos vagamente humanos, es una experiencia que recuerdo con cariño. Y volvíamos a la rutina.

 

Pero entonces, el día 2 de mayo, sucedió. Por accidente. Estaba apoyado en una roca de gran tamaño, para atarme los cordones de las botas, y esta se desplazó lateralmente, revelando una oquedad, una pequeña caverna, en la que se oía el cristalino murmullo de una fuente. Entonces lo supe, que mi búsqueda había terminado. ¡Aquellas eran las aguas que sanarían a mi esposa! Con un temor casi reverencial, me introduje en la oquedad, bebí un generoso trago de agua, y recogí una cierta cantidad en una botella que llevaba en el zurrón. También encontré en una pequeña arqueta el famoso tesoro, trece diamantes purísimos del tamaño del huevo de una codorniz, lo cual me devolvió la esperanza en que aquél fuera precisamente el manantial que podía sanarla. Y una inscripción medio borrada, en la que se confirmaba que aquella era la fuente de aguas milagrosas. Pletórico de energía, al mismo tiempo que notaba que el agua se diluía en mi organismo, llené una la botella hasta los topes, metí los diamantes en una bolsa de tafetán y la escondí en mi mochila. Mis compañeros me preguntaban desde la entrada si todo había salido bien, y yo, con una sonrisa triunfal, me asomé y les enseñé la botella. Luego volvimos a tapar de nuevo la abertura, y regresamos a la ciudad. Cenamos los tres juntos, puesto que Bartolomé se había convertido durante todos aquellos días en uno más del grupo, lo celebramos con unas cuantas botellas de vino por locales de mala fama del Sacromonte, y al día siguiente, emprendimos el regreso a Madrid.

 

Yo estaba tan feliz, de volver con el agua milagrosa, que en la última etapa soborné al cochero para que no parásemos a almorzar en ninguna posada, y comimos de unas cestas que nos preparó el ventero. Porque intuía que el tiempo se estaba terminando para mi bella Dolores…

 

Y así fue. El día 6 de mayo de 1873, regresé a mi casa, acompañado por el fiel Bautista. Subimos los dos tramos de escalera hasta el piso principal. Había un crespón negro en la puerta de entrada. Loco de dolor, empecé a aporrearla, con desesperación, como si mi alma se hubiera roto en dos. Mi madre y mi suegra abrieron, intentaron retenerme, pero yo tenía que verla. «Ha fallecido cristianamente, habiendo recibido los santos sacramentos, ayer por la tarde. Pero sus últimas palabras fueron para ti. No ha sufrido». Eso me dijeron. Pero yo necesitaba verla, abrazarla. Estaba de cuerpo presente, con un vestido negro, y cuatro velones encendidos. Varias coronas de flores esparcían su empalagoso aroma por toda la estancia, disimulando quizás el hedor de la carne que se estaba empezando a corromper en su interior. Con la mayor dulzura de la que fui capaz, le abrí la boca, y le hice beber aquella agua casi milagrosa que había ido tan lejos a buscar. No sé, quizás esperaba que ella volviera a mi lado, que resucitase, que abriese los ojos, y me mirase, con esos estanques de color azul, en los que me gustaba tanto verme reflejado y ahogarme.

 

Evidentemente, no sucedió nada, no volvió a la vida. A la mañana siguiente, el padre Pascual pronunció un responso en la puerta del panteón familiar, en el cementerio de San Isidro. El ama de cría tenía entre sus brazos a la pequeña Inmaculada, quise que al menos de esa manera conservase el recuerdo de su madre. Era el 7 de mayo de 1873. Yo tenía treinta y cuatro años de edad, y nuestro matrimonio, nuestra historia de amor, había durado menos de cuatro años.

 

Pero aquél no fue el final de nuestra historia…

 

Porque pasaban los años, la pequeña Inmaculada se hacía mayor. Mis padres, mis suegros, mis amigos, cambiaban, se hacían mayores, y en algunos casos, morían. Y yo no envejecía. Tenía siempre el mismo aspecto y gozaba de una excelente salud. Consulté con varios médicos, incluyendo al venerable doctor Castro Cendeño, quien me sometió a un reconocimiento exhaustivo en la última década del siglo XIX.

 

«Está usted perfectamente sano, mucho más en todo caso de lo que corresponde con su edad, querido amigo. Limítese por lo tanto a disfrutar de este tiempo extra».

 

En el año 1885, y para no destacar en exceso, aprendí a maquillarme, para aparentar un poco más de edad, prometiéndome a mí mismo que lo seguiría haciendo mientras mi hija siguiera con vida, para poder estar siempre a su lado. Y la bella Inmaculada se hizo mayor, se casó con un buen hombre, tuvo a su primer hijo, luego a su primera hija, y todos ellos se hicieron mayores. Menos yo. Ella falleció por culpa de la gripe en el año 1915, a los cuarenta y tres años de edad, sin llegar a conocer a su primer nieto.

 

Al final, me fui alejando de los restos de mi familia, de mis amigos fieles, anuncié que me iba a pasar mis últimos años de vida a un balneario de la Rioja, abandoné Madrid. Y desde entonces, gracias a las herencias de mis padres y de mis suegros, que había invertido sabiamente en bolsa el siglo pasado, y a la venta de varios de los diamantes de AlMutamin en algunos de los establecimientos más selectos de Madrid, llevo un tren de vida modesto. Trabajo como asesor de numerosos banqueros y políticos, internet ha facilitado mucho las cosas. Vivo errante de todas formas. Unos años en una ciudad, luego emprendo de nuevo el camino, hacia otros horizontes.

 

Me he vuelto a casar en varias ocasiones, he enterrado a dos esposas, a tres hijos, a seis nietos. He superado dos guerras mundiales, dos pandemias. Tengo una salud de hierro. He recorrido de nuevo los bosques de la Alhambra, buscando aquella fuente que no me cabe la menor duda, ha sido la causa de mi inaudita longevidad, puesto que nací en el año 1839, y tengo el aspecto y la robustez de un hombre en los primeros años de la treintena. Las aguas milagrosas ejercieron toda su magia, y me volvieron casi inmortal. Pero al mismo tiempo me condenaron a la maldición de ver morir a todos mis seres queridos bueno, pero también a muchos de mis enemigos; y al no conseguir encontrarla de nuevo, la fuente de AlMutamin me ha impedido otorgarle el don a ninguna de mis esposas, amantes ni amigos.

 

Y sigo recorriendo el mundo, con 181 años de edad, condenado a mudarme cada pocos años, para no llamar la atención. A ocultarme, a perderme entre la multitud, a no ser más que un espíritu de otros tiempos, una criatura que desafía al mismísimo Dios por su supervivencia, y que quizás, sea ella misma un Dios.

 

Fernando Codina