Los
viajes astrales siempre me habían parecido una mera patraña. Algo inventado por
un colectivo de personas débiles, mojigatas, con ansias de superación, con
vidas grises y normales, que necesitaban imaginarse otra realidad, donde sus
sueños se convirtieran en algo distinto. Pero claro, lo que no podía imaginar
es que a mí me tocaría vivir una de esas experiencias que tanto despreciaba, y
que si no conseguía volver a tiempo a mi cuerpo, podría morir.
Todo
comenzó hace apenas dos horas, en una tranquila madrugada de otoño. Yo estaba
muy cansado, y se me ocurrió pedirle a Esther una de sus “infusiones
especiales”, para asegurarme dulces sueños. O al menos, eso me prometió,
después de darme un beso en los labios. Sus dulces y jugosos labios, su cara
ovalada, y sus impresionantes pechos, fueron lo último en lo que pensé, antes
de meterme en la cama.
Esther,
la novia de mi mejor amiga, Rosalía, con quienes había concertado una estancia
en una pequeña casita de turismo rural, en los montes de Extremadura, muy cerca
del municipio de Azuaga. Que Rosalía era lesbiana era algo que yo sabía desde
la adolescencia, y ya tuvo que aguantar lo suyo en los primeros meses del
instituto: la llamaban de todo, “bollera” y “marimacho” eran los insultos más
suaves. Claro que a mí empezaron a llamarme “maricón”, por lo que inventarnos
una relación apasionada fue una gran idea.
Así, en
pocas semanas, y a nuestros trece años, nos convertimos, al menos sobre el
papel, en una de las parejas más sexualmente activas de segundo de la de la Eso
del Cardenal Cisneros. Parece mentira hasta qué punto la gente es capaz de
creerse lo que ve. Basta con unos cuantos magreos, unos besos en público
apasionados, para dejar de ser los “raritos”, y convertirnos en los líderes
indiscutibles, en los modelos a seguir por los demás compañeros de clase.
Nuestras ausencias durante los recreos para estar a solas en los cuartos de
baño de la tercera planta se convirtieron en legendarias. Y seguimos adelante
con la farsa. Me gustaba sentir su cuerpo junto al mío, poder recorrerlo con
las manos y los labios por encima y por debajo de la ropa, pero era más fuerte
mi instinto; y en todo caso ella no estaba por la labor.
Y durante
el resto del tiempo, en el Instituto, mantuvimos la farsa, durante las
excursiones nos sentábamos juntos al fondo del autobús, y aquella ocasión en la
que nos fuimos de acampada, me colé en su tienda, y pasamos toda la noche
fumando en silencio, aunque de vez en cuando dejábamos escapar algún pequeño
gemido, para nuestro público entregado, quienes a la mañana siguiente nos
miraban con cara de envidia.
Hemos
seguido con la farsa, puesto que todo se sabe en un pueblo pequeño, y más
todavía cuando ella era la hija de la maestra, y yo el hijo del coronel de la
Guardia Civil. Nuestros padres veían bien el noviazgo, “pero mira qué pareja
tan buena hacen”, y nos fuimos a vivir juntos a un piso compartido en Sevilla
para estudiar ella Administración de Empresas, y yo Veterinaria, en la
Facultad.
Fue en
segundo de carrera cuando conocí a Esteban: un auténtico flechazo, y le invité
a pasar el fin de semana en casa. Rosalía salió a saludar un momento, y luego
se metió de nuevo en su habitación. Pero lo nuestro no duró demasiado, apenas
tres meses después, Esteban se marchó, con vagas excusas. En Semana Santa,
Rosalía apareció en casa de la mano de Esther, una chica mulata con un cuerpo
increíble, que se acabó instalando en nuestro piso.
Creo que
fue entonces cuando descubrí mi bisexualidad, empecé a tener sueños de alto
contenido erótico con Esther, intentaba sorprenderla cuando se cambiaba de ropa
para ir al gimnasio (esas mallas tan ajustadas…) ya que tenía la manía de no
cerrar por completo la puerta de su habitación c
uando estábamos solos en casa, y en varias ocasiones la vi al salir de la ducha, con la toalla enrollada en torno a su cuerpo de diosa… Pero las cosas cambiaron la semana pasada: Rosalía me sorprendió mirando a Esther semi desnuda (estaba saliendo de la ducha, envuelta en una mínima toalla), al volver a casa un poquito antes de lo habitual.
uando estábamos solos en casa, y en varias ocasiones la vi al salir de la ducha, con la toalla enrollada en torno a su cuerpo de diosa… Pero las cosas cambiaron la semana pasada: Rosalía me sorprendió mirando a Esther semi desnuda (estaba saliendo de la ducha, envuelta en una mínima toalla), al volver a casa un poquito antes de lo habitual.
No le hizo ninguna gracia, sobre todo porque vio en mis ojos la misma
chispa de deseo que me provocaba Esteban unos meses antes. Y lo comprendió
todo.
Esta
noche, me han dado la infusión, y me he quedado dormido; pero al mismo tiempo,
me he desprendido de mi cuerpo, como si mi consciencia hubiera alzado el vuelo.
Al principio, me asusté, al verme dormido sobre la cama, y el delgado cordón
blanco que unía mi cuerpo físico y el astral, pero he comprendido que no había
ningún riesgo. Después de jugar un poco en la habitación, volando a ras de
techo, he salido a dar una vuelta por el piso, y las he encontrado en la
cocina. Rosalía y Esther estaban hablando tranquilamente.
-
“- Lo mejor es matarlo, se ha convertido en una
molestia, en una barrera entre nosotras. Y ya hemos superado tantas cosas
juntas, Esther, que no quiero que nadie nos separe.”
- - Tienes
razón, amor mío. Debes perdonarme por lo de la otra noche al besarle…”
- - Tranquila,
no lo tengo en cuenta, de sobra sé lo bien que besa… Si no fuera como soy, tal
vez me habría enamorado de él hace mucho tiempo… Pero tenemos que ser fuertes,
querida. Él es una molestia. ¿Le has puesto la droga en la taza? No me gustaría
que se despertase en medio de su “suicidio”… Debajo de la almohada tengo su
carta de despedida para sus padres, está destrozado por la ausencia de Esteban,
el pobre, y la vida ya no tiene sentido para él…”
-
“Sí, ahora solo tenemos que esperar media hora
más, para que esté profundamente dormido, y le podamos dar el vaso de agua con
los cuarenta rohipnoles machacados, con bastante azúcar para que no le
despierte el amargor…”
Y aquí
estoy, despierto pero inconsciente, atrapado fuera de mi cuerpo, consciente de
lo que va a pasar, pero sin poder hacer nada para evitarlo, pensando en mi vida
junto a Rosalía, mientras espero a que entren las dos en mi habitación, con el
vaso de agua, y la carta que dejarán en la mesilla de noche…
Puto
viaje astral…

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