jueves, 17 de septiembre de 2020

AL OTRO LADO DE LA REALIDAD

 


Podía verlo, ese maldito gato. Estaba allí, acechando escondido entre las sombras, prisionero en teoría dentro de los límites de ese espantoso cuadro, que Matilde se empeñó en colgar de la pared del salón. ¡Esa maldita imagen, comprada por un precio irrisorio en un “anticuario”, más bien un ropavejero con pretensiones artísticas, en el Rastro de Madrid, nos ha trastocado la existencia! Y me ha convertido en un prisionero, por un tiempo indefinido, en un lugar donde las reglas del tiempo y del espacio carecen ya de sentido.

Ya deberíamos haber sospechado por el precio de venta, unos míseros doscientos euros, a cambio de un cuadro de respetables dimensiones, de un metro y medio por setenta y cinco centímetros. Era una imagen en teoría idílica, en la pintura se podía ver con todo lujo de detalles (“estilo hiper realista, mi arma”, nos decía el vendedor) la fachada de un viejo edificio de cualquier ciudad de España. Parecía un patio interior, con sus misteriosas grietas en el revoco blanco, varias cuerdas de tender que cruzabn el espacio, con su ropa colgada, y una serie de ventanas, de los pisos de enfrente.

Eran cuatro ventanas, de distinto tamaño, con diversos objetos. La primera, arriba a la derecha, servía de soporte para una maceta, de geranios. La segunda, a la izquierda de la primera, sujetaba un cesto de ropa. La tercera, frente a los ojos del espectador, tenía los visillos de ganchillo medio echados. Y en la cuarta, en el alfeizar, había un gato de color carey. Sí, ya sabes, de esos con el pelaje de varios colores, gris, negro, naranja. Era un gato grande, cómodamente sentado sobre su trasero, pero con las patas delanteras extendidas, firmes sobre el alfeizar, se diría un silencioso centinela. Y detrás del gato, había unos visillos de blonda (creo), de color blanquecino.

En conjunto, era una imagen bella, de composición tradicional, y muy realista; pero cuando lo vi por primera vez, tuve un mal presentimiento. ¡Ojalá hubiera seguido mi instinto, y disuadido a Matilde de realizar la compra! Pero ella se empeñó en adquirirlo, estaba tan absolutamente fascinada por el cuadro, que ni siquiera regateó con el vendedor, un gitano de tez cetrina, sombrero de ala ancha y chaqueta negra, con una molesta camisa amarilla, corbata de lazo, alpargatas y vaqueros perfectamente planchados.

-          Pero mi arma, ¿no piensas regatear ni siquiera un poquito? Mira que doscientos “leuros” (sí, dijo “leuros” en vez de euros, y no sé por qué, pero me hizo mucha gracia) es mi primera oferta.

-          Que no, que me gusta el cuadro, y me lo quiero llevar. Además, me recuerda mucho el patio de vecinos de la casa de mi abuela Pilar, en Murcia. Tiene que ser mío.

-          “Arsa”, pues entonces, te lo llevas. Déjame al menos que te lo envuelva con papel de estraza, para que no se te estropee por el camino.

-          No, la verdad es que no me hace falta. Me lo llevo tal cual.

Los doscientos euros pasaron rápidamente del bolso de Matilde a las manos grasientas del vendedor, quien los metió con cuidado en una abultada cartera (se conoce que en un puesto del Rastro se gana bastante dinero). Una gitana, vestida de negro, muy delgada y con la cara pálida, asistía con aire preocupado a la venta. Me di cuenta de que nos estaba siguiendo entre la multitud, camino de la estación de Metro de La Latina, y justo cuando empezábamos a bajar las escaleras, me dijo en un susurro:

-          Que nunca le dé la luz de la luna llena, o pasarán cosas, payo.

-          ¿Qué cosas?

-          Malas, de las malas… Recuerda la luna, payo…

Me quedé un poco preocupado, quise preguntarle por las razones de la advertencia, pero con la misma agilidad que nos había alcanzado en medio de la gente, desapareció. Y allí estábamos los dos, tan contentos con el cuadro (y con doscientos euros menos, mi presupuesto de dos semanas de libros), en medio del vagón del metro. Matilde se sentó, y puso el cuadro en su regazo, con la imagen orientada hacia su pecho; y fue entonces cuando lo vi por primera vez: un débil trazo de lápiz, que coincidía con la forma y ubicación de la ventana del gato. Me llamó mucho la atención semejante originalidad, como si el pintor hubiera querido dotarle de una salida de emergencia del propio cuadro… pero luego me terminé olvidando del asunto.

Llegamos a nuestra casa, un quinto piso al principio de la calle Diego de León, muy cerca de la calle Serrano y con vistas privilegiadas a la embajada americana, que se nos había quedado un poco grande desde que se independizaron nuestros hijos. La mayor, Isabel, se fue de Erasmus a Alemania hace seis años, conoció a un chico australiano en Düsseldorf, se casaron y se fueron a vivir ¡a Italia! Ahora tenemos una preciosa nieta, Sofía, a la que hemos podido ver solamente dos veces en los últimos años.

Santiago, el menor, descubrió su vena “artística” (y gay), y se dedicaba a hacer “performances” en el circuito teatral alternativo, vivía con su último novio en la Plaza de Pedro Zerolo, en el barrio de Chueca, pero ambos venían a comer a casa los domingos. El dormitorio de Isabel, lo convertimos en cuarto de costura y “hobbys”; el de nuestro hijo lo seguían usando para dormir la siesta después del banquete dominical, y algún que otro puente, aunque pusimos una cama de matrimonio. Siempre hemos sido muy liberales y comprensivos con nuestros hijos, y se veía tan feliz a Santiago con Eduardo…

Y allí estábamos los dos, paseando el cuadro de habitación en habitación, sin decidirnos por una u otra pared del comedor, porque Matilde estaba empeñada en “lucir este maravilloso cuadro”. Como en la parte delantera estaba la cristalera del balcón, en la trasera la puerta de entrada de dos hojas y parte de nuestra extensa biblioteca, solamente nos quedaban dos ubicaciones posibles: la pared de la izquierda, sobre el sofá, y la de la derecha, junto a la mesa. Y en ello estábamos, dudando entre ambas, cuando llegaron Santiago y Eduardo.

-          ¡Qué cuadro más bonito, me encanta!, dijo Santiago.

-          ¡Y ese detalle tan hermoso del gato, parece que va a salir del cuadro!, respondió su pareja.

-          ¡Miau!, protestó Chester, nuestro gato, al que nadie hizo caso.

Y de esa manera quedó decidido que el cuadro, que empezaba a provocarme escalofríos por causas desconocidas, se colocaría en la pared izquierda, sobre el sofá. Aquél era precisamente el sitio favorito de Chester, nuestro gato gordo, naranja, perezoso y atigrado, para echarse la siesta, sobre los mullidos cojines granate. El sol de media mañana entraba por la cristalera, y acariciaba el mueble hasta bien entrada la tarde, por la curiosa disposición de la habitación. Con mucho cuidado, para no mancharlo pusimos una sábana vieja sobre el sofá, Santiago se subió a los cojines con la taladradora en la mano, mientras que Eduardo y yo apoyábamos el cuadro sobre la pared y lo movíamos a derecha e izquierda, y luego arriba y abajo, mientras que Matilde nos orientaba.

Media hora más tarde, y bastante centrado sobre la vertical del sofá, el cuadro estaba colgado en su ubicación definitiva. Chester, sin duda molesto por tanta actividad sobre su lugar favorito de la casa, salió de la habitación después de echarle un último vistazo y un bufido al cuadro. Y casi me pareció que el gato de la pintura enderezaba un poco la cabeza y abría la boca, como celebrando su triunfo con un maullido silencioso.

Aquella fue la última ocasión en que nuestro gato entró en el comedor. Al principio me extrañó un poco, estaba evidentemente desubicado en la casa, pero luego acabó encontrando su “segundo lugar favorito en el mundo” (como decía Matilde) sobre la colcha de la cama de matrimonio de Santiago y Eduardo. Un par de días más tarde, Matilde puso en el centro de la cama una mantita de felpa que le encantaba a Chester, para que no se llenase de pelos la colcha, y todos contentos.

Y de esa manera, el cuadro consiguió su primera victoria: instalarse en un lugar privilegiado, y desplazar de su lugar al gato residente. Dicen que los gatos tienen un sexto sentido, que les lleva a ver cosas que les son vedadas a los hombres, y que poseen un nexo especial con el mundo de los espíritus. Quizás por eso, una semana después, sorprendí a Chester sentado sobre sus cuartos traseros en la puerta del comedor, mirando con fijeza el cuadro, como desafiando en un duelo de miradas al nuevo felino. De repente, arqueó el lomo, se le erizó el rabo, y empezó a bufar. Tuve la impresión de que el minino carey del cuadro se movía levemente también, “son cosas de mi imaginación”, me dije; así que cogí en brazos a nuestro gato, y nos metimos en el comedor, acercándonos al sofá.

Pero justo cuando estaba a punto de colocarlo sobre el cojín, Chester se puso a maullar como un desesperado, se revolvió entre mis brazos y se liberó con un fuerte zarpazo, que afortunadamente no tuvo consecuencias porque yo llevaba puesta la chaqueta del chándal de felpa gris que uso para estar cómodo en casa, saliendo a toda velocidad de la habitación. Miré al cuadro, y el gato carey se había movido ligeramente: tenía la pata derecha algo levantada, como si se la fuera a lamer. ¿O igual siempre la había tenido así, y no nos habíamos dado cuenta? Porque todo el mundo sabe que los gatos pintados no se mueven, ¿verdad?

Aquella misma tarde, cuando Matilde volvió de trabajar (tiene una pequeña “boutique” de ropa, a medias con una socia, en la calle Lagasca, y les va bastante bien), le hablé de la reacción de nuestro gato.

-          Tranquilo, ya le conoces, es un poco histérico.

-          ¿Pero y el gato del cuadro? ¡Te aseguro que ha levantado la pata!

 

-          No seas bobo, querido. Me parece recordar que siempre la ha tenido así, y que eso fue lo que más me gustó del cuadro, que parecía tan vivo, tan real, que solamente le faltaba maullar…

Pero no era solamente el gato lo que había cambiado en aquella imagen… Al mirarlo más de cerca, cosa que hice a la mañana siguiente, comprobé que se habían producido unos pequeños cambios. En la cuerda de tender de la izquierda, faltaba una prenda de ropa, creo que eran unos vaqueros. Y en el tiesto de geranios, las flores habían empezado a retoñar, como si se fuera a adelantar la primavera… El gato, a quien yo llamaba Mefistófeles en secreto, tenía la pata derecha levantada, a pocos centímetros de su cabeza. Y en la ventana, detrás del visillo de blonda, juraría que se empezaba a intuir una silueta. ¿Acaso me estaba volviendo loco, de tanto mirar el lienzo? Porque todo el mundo sabía que los cuadros, por muy buenos y realistas que fueran, no cambiaban de un día para otro. A menos que…

A menos que hubiésemos olvidado algo, en este caso, la advertencia de la vieja gitana sobre los rayos de la luna… Porque del mismo modo que la luz del sol entraba todos los días desde las cristaleras del balcón, los haces lumínicos de su compañera podían acariciar el cuadro cada noche… Y aquella semana había alcanzado su plenitud. Un poco nervioso, pensé en comentárselo a Matilde, para que le encontrásemos una nueva ubicación al cuadro, pero al final me callé. “Eso te pasa por escribir tantos relatos de terror de madrugada”, me diría con seguridad. “¿Acaso no te enfrentas a demasiadas cosas desagradables todos los días, como patólogo forense y asesor de la Policía Nacional?” Y para evitarme males mayores, tuve la precaución de cerrar bien los visillos y bajar a medias la persiana aquella noche, en que la luna alcanzaría su máximo esplendor.

A la mañana siguiente, el cuadro seguía igual que el día anterior, sin los pantalones, con el tiesto retoñando, el gato con la pata derecha levantada, y la sombra perfilándose al otro lado del visillo de blonda. El resto de la semana, hasta que llegó la luna menguante, cumplí con mi pequeño ritual: cerrar cortinas, bajar un poco la persiana… El mes siguiente, por si las moscas, hice lo mismo: visillo corrido, persiana bajada, no hay problemas. Manías de viejo, supersticiones, pero no podía quitarme de la mente las palabras de la gitana…

Y pasaron los meses… En un par de ocasiones, me olvidé de los visillos, se cayó una blusa de la cuerda, el gato empezó a lamerse la pata derecha, una mano apareció sujetando el visillo; pero Matilde parecía no darse cuenta de los cambios sutiles de la pintura, y yo preferí permanecer en silencio… No quería que ella se preocupase por mi imaginación desbordada, y de todas formas ya tenía demasiados problemas en el mundo real, con un nuevo asesino que estaba sembrando las calles de Madrid con los cuerpos destrozados de adolescentes de ambos sexos, a quienes abandonaba en las marquesinas de autobuses de la periferia.

Hasta que llegó la primera luna llena de Noviembre, y coincidió con la noche de las ánimas. Volví muy tarde del Anatómico Forense, haciendo una autopsia muy complicada a una adolescente víctima de violación, y no pude correr los visillos a tiempo. La luz bañaba con gran intensidad la pintura, confiriéndole un gran realismo: las cuerdas de tender, ahora ya vacías; el gato, atento, me miraba fijamente; el geranio se había marchitado, y sus flores cubrían el alféizar de la ventana… Y una mano, blanca y sarmentosa, agarraba con fuerza el visillo, apartándolo lentamente, para dejar que la dueña de Mefistófeles (porque era una mujer, de eso estaba seguro desde el primer momento) se asomara a la ventana… Me acerqué un poco más al cuadro, para verlo mejor…

Fue un error.

En ese momento, sucedió. Una extraña sensación de movimiento. La ventana que se abría lentamente, primero lo justo para que Mefistófeles pasara al interior, luego de par en par. Todo mi campo visual estaba ocupado por el culo del gato primero, y luego por la cara de doña Gertrudis (siempre supe que ese era su nombre).

Una mujer vieja, también vestida de negro, que me recordaba mucho a la gitana del Rastro. Me costó un poco entrar por la ventana, Mefistófeles bufó por la intromisión, ella me indicó una silla de enea, y me invitó a sentarme a su lado, junto a la mesa, donde había un juego de tazas de café ligeramente desportilladas, y un plato de galletas, de esas que llaman en Extremadura “perrunillas”, que tanto me gustan. El gato no tardó en sentarse en mi regazo mientras que ella, solícita y servicial como solamente pueden serlo las personas mayores que llevan demasiado tiempo solas, iba a la cocina a traerme una cafetera italiana y una jarrita de crema fresca.

Hablamos un ratito, poco, porque doña Gertrudis tenía que aprovechar la luz de la luna llena para salir de aquél infierno en el que llevaba presa demasiados años, pero que nunca se podía quedar vacío. En el edificio había muchas más ventanas, muchas más habitaciones, cada una de ellas con su peculiar e involuntario inquilino, pero el silencio era absoluto, y la soledad, permanente. No se trataba de víctimas o de verdugos, ni de buenos y malos. “Así son las cosas, querido”, me dijo, y después de darme las gracias por ocupar su lugar, y un cariñoso abrazo, Gertrudis se encaramó al alféizar de la ventana, luego al marco del cuadro, y salió de aquél mundo tan peculiar. Ni siquiera me dejó el gato… Pero estaba convencido de que había otro gato pululando, libre, por el edificio, y que de vez en cuando entraba en mi habitación.

Y aquí estoy, sentado, en la silla, en silencio, mirando por la ventana al mundo exterior. Han pasado los meses, Matilde ha dejado de buscarme, las autoridades han desistido también. Aunque mis compañeros de la Policía no descartan que haya sido una desaparición voluntaria, “se le notaba completamente superado por la nueva ola de asesinatos y de violaciones de adolescentes. Pobrecito, era demasiado sensible…”

Pero un día llegará en que Matilde se olvidará de correr los visillos en una noche de luna llena, y usaré la extraña magia que impera en este lugar maldito para conseguir que ella mire de cerca el cuadro… La llamaré desde el otro lado del cristal. Y conseguiré que venga a mi lado.

Todavía no tengo del todo claro si me iré, igual que doña Gertrudis, o si me quedaré algún tiempo con ella… Esta antesala del infierno nunca puede quedarse vacía, y la única forma de recuperar la libertad es que otra persona, utilizando la escalera entre dos mundos que fabrica la luna llena, ocupe mi lugar… Yo preferiría que ella se liberase del cuadro, que lo vendiera a otra persona, y se deshiciera de este objeto maldito, pero la escucho a través de la ventana entreabierta, y siempre dice que “es el último cuadro que compramos juntos, y me hace pensar tanto en él”.

De todas formas, el tiempo no tiene mucho sentido, al otro lado de la realidad…

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