martes, 29 de septiembre de 2020

EL VAQUERO DEL DIABLO

 


Tiempo. En el fondo, es el secreto: saber hasta dónde estás dispuesto a llegar para seguir respirando. Incluso si tienes que seguir matando inocentes. Claro que el mismo concepto de “inocente” es demasiado vago en ocasiones…

Faltan unos segundos para que den las doce campanadas en el reloj del ayuntamiento, y entonces, dispararéis. ¿Por qué tienen que ser los duelos siempre a mediodía, a plena luz del sol? Da igual en qué parte de Estados Unidos te encuentres, Wyoming, Texas, Alabama, Missisipi, ¡incluso en la civilizada Nueva York! En un duelo al sol, como mandan los cánones, a mediodía, siempre llega la muerte, para uno de los dos. Y quizás esta vez sea tu hora.

La calle está vacía, en Laredo, este perdido rincón de Texas. Ni siquiera los perros callejeros se atreven a asomarse desde detrás de las cuadras, y los espectadores se han refugiado dentro del “Saloon de Kitty”. En las ventanas de la segunda planta del burdel, las chicas nos miran, asomando la nariz por entre los visillos. Otras han salido al balcón. Todo el pueblo está preparado para el gran espectáculo. Incluso el “sheriff” nos mira complaciente, sentado en su mecedora a la entrada de su oficina… Antes del duelo, nos ha dirigido un breve discurso, para estar seguro de que seríamos caballerosos y apuntaríamos bien. Como si aquello fuera a cambiar el resultado.

Ya está todo listo. Permanecen a la expectativa. Dispuestos a disfrutar del espectáculo de dos hombres desafiándose a muerte por cualquier cuestión, en nuestro caso, por un mal de amores. Luego, cuando el humo de la pólvora se disperse, las balas hayan encontrado (o no) su objetivo, y un cuerpo con el pecho ensangrentado se haya desplomado en el suelo, volverá la vida en este maldito pueblo.

August Deeper, el alcalde, saldrá del viejo “Saloon de Kitty”, donde está tomándose un güisqui a la salud de Donovan, quien hasta la fecha ha resultado vencedor en todos los duelos, y acumula más de veinte cadáveres sobre sus amplias espaldas. Decretará quién ha ganado, y quién ha perdido. ¡Como si no fuera evidente! El enterrador, el señor Morse, que con su ojo experto ya ha tomado las medidas de ambos contendientes, solo tendrá que hacer unos mínimos ajustes en el basto ataúd de madera de pino, el más barato, pagado por el Ayuntamiento. De todas formas da un poco igual si el cuerpo tiene un poco de holgura, nadie va a velar a ninguno de los dos pistoleros. Ni siquiera sus compañeros del “Rancho La Ponderosa”. El señor Mac Cartney, el pastor anglicano ya se encargará de decir algunas palabras para glosar la figura del muerto, su bondad y su entrega. Espero que al menos se sepa correctamente mi apellido, Brown. Una fosa, en el pequeño cementerio a las afueras de Laredo, Texas, ese puede ser el final de mi aventura. O puede que el principio,  si la magia del “tío Miserias” cumple con su función.

Bill Donovan y Jack Brown, algo más que amigos, casi hermanos. Hemos cabalgado por medio oeste, luchando contra los indios, luego contra los cuatreros, y al final entre nosotros. Dispuestos a matarnos. Por la mayor de las tonterías. Por una mujer, Bella Monroe.

Conocimos a Bella hace ya dos años, tres meses y cuatro días, cuando se bajó de la diligencia en las afueras de Laredo. Nosotros acabábamos de regresar al pueblo después de participar en una partida de caza con el sheriff O´Toole, y traíamos atados a las sillas de montar las riendas de otros dos caballos, sobre los que viajaban los cadáveres de tres peligrosos cuatreros. Uno de los cuerpos se cayó al suelo delante de los pies de Bella Monroe, y ella se limitó a remangarse el vuelo del vestido y pasar por encima de él; como si fuera una de las situaciones más normales de su vida. Esa reacción frente a la muerte violenta, a un cadáver ensangrentado, nos gustó a los dos, rudos hombres de la frontera, y nos tocamos el ala del sombrero para saludarla al pasar por delante. Bella respondió al saludo, inclinando graciosamente la sombrilla de encaje que llevaba en la mano derecha, y dedicándonos la mejor de sus sonrisas.

Creo que fue en aquél momento cuando nosotros, Bill Donovan y Frank Brown, los mejores amigos desde hace tantos años, descubrimos que hay pocas relaciones que resistan la mirada de una mujer hermosa y seductora. Mi amigo se sonrojó intensamente, lo cual no era demasiado sencillo al ser mulato, y yo, fiel a mi sangre irlandesa y a mi piel pecosa, también traicioné mis sentimientos… Lo cual degeneró en una amplia carcajada de la dama. Tenía la risa más hermosa del Oeste. Y unos labios que parecían hechos para ser besados con pasión. El flechazo por mi parte fue total, absoluto, e imposible… Porque éramos dos en liza, y una vez más, terminaría ganando Bill Donovan.

Bella Monroe era una mujer inigualable. Fiera, independiente, se ganaba la vida cantando y tocando el piano en el “Saloon de Kitty”; pero en sus ratos libres no le hacía ascos a jugar al póker con absoluta maestría, y tampoco era raro verla dando largos paseos a caballo por los alrededores del pueblo, en busca quién sabe si del tesoro de los Conquistadores o de las fuentes de la eterna juventud. También le gustaba leer, con frecuencia le traían nuevos libros en la diligencia  para su biblioteca, y en su habitación tenía una cómoda mecedora y una manta, para las tardes de invierno. Era una mujer indomable, que sin embargo, se terminó enamorando de mi amigo Bill.

Cambió un poco sus agrestes costumbres, y aunque seguía cantando y tocando en el Saloon, y jugando al póker, se acostumbró a salir a dar un paseo con mi amigo después de trabajar o al principio de la mañana. Lo compartían todo, Donovan incluso empezó a leer para hacerla feliz, igual que a bañarse una vez por semana, cosa que nos parecía un gasto innecesario a todos nosotros, puesto que tenía que pagar por ello en la casa de baños, junto a la barbería. Dejó de beber y de fumar. Decía que ella se lo notaba en el aliento, y que le repugnaba besarle si lo había hecho. Muchas noches, él subía a su habitación en el “Hotel Bates”, y pasaban algunas horas juntos (sobre lo que hacían no tengo ninguna duda), pero nunca se quedaba a dormir. Donovan volvía por la noche al rancho “La Ponderosa”, oliendo a ella.

Y yo notaba, con el paso del tiempo, que me devoraban los celos, hacia mi mejor amigo. El problema es que Donovan siempre era capaz de ponerme de buen humor, haciendo que me olvidase incluso de la mujer que nos había separado por unos momentos… Hasta que a la noche siguiente se adecentaba en el cuarto de baño compartido para bajar a la ciudad y estar con ella un par de horas. Pero con el paso de los meses, los celos y el deseo me afectaron al entendimiento, hasta tal punto que empecé a desear que le pasase algo a mi amigo cuando participábamos en las expediciones ocasionales del Sheriff para detener a peligrosos cuatreros y fuera de la ley de muy distinto pelaje, que pululaban a ambos lados de la frontera con México. Rezaba para que le hiriesen de gravedad, incluso que le matasen a traición. Pensé en hacerlo yo mismo, por la espalda, cuando nadie nos mirase, o en el fragor de un tiroteo. Porque estaba seguro de que cuando él no estuviera presente, Bella Monroe caería entre mis brazos.

No había dejado de acosarla en todo ese tiempo, con pequeños regalos, miradas, invitándola a montar a caballo o a jugar al póker, aunque eso implicase perder todo el suelo de la semana por su gran pericia con las cartas. Con el paso del tiempo, noté que mis detalles no le eran del todo desagradables, le gustaba sentirse deseada, admirada, por otros hombres que no fueran su amante titular. El día en que me besó en las traseras del Saloon, decidí que había que ponerle un final a esta situación. Ella tenía que ser mía.

Pero había dos problemas: el primero, nuestra amistad, porque Bill rechazaba todas mis pequeñas provocaciones y recurría a las buenas palabras. Y otro pequeño problema era la puntería de Bill Donovan: demoníaca. Además de encontrar una provocación que no pudiera perdonar, tenía que conseguir mejorar mi competencia con las armas, para salir vencedor del duelo.

Empecé a practicar todas las tardes, en el ocaso, disparando contra los cactus del desierto, contra los postes de la valla, latas de judías lanzadas al aire, incluso contra alguna que otra botella de güisqui o de licor (vacías por supuesto). A veces también practicaba con Donovan, con la excusa de mejorar nuestra puntería con el revolver Colt Peacemaker del 45 o con el Winchester 73 por si participábamos en más expediciones de castigo contra los forajidos, pero él siempre era mejor que yo, y aunque mis deseos por Bella eran arrebatadores, no era ningún suicida.

Lo que me obligó a tomar medidas desesperadas fue precisamente la enorme generosidad de Donovan quien, al resultarle evidente mis sentimientos por ella, ¡decidió compartirla en días alternos si a Bella le parecía bien! Afortunadamente, ella se negó, y después de darle una tremenda bofetada, le prohibió el acceso a su dormitorio durante casi un mes…

Fue por aquél entonces cuando escuché hablar por primera vez a uno de los mejicanos que se ocupaban de las cuadras del “tío Miserias”, un extraño personaje que vivía a tres jornadas a caballo del rancho, y que tenía la fama de conseguir imposibles, siempre y cuando fueran cosas realmente importantes y desesperadas. ¿Y que podía haber de más importante para mí que matar a Bill Donovan, y quedarme con su amante?

Aprovechando que ya habíamos terminado de recoger el rebaño de vacas para el matadero desde las verdes praderas donde habían pasado el inicio del verano, le pedí al capataz, el señor Buckley, que me diera una semana de permiso sin sueldo. Y partí a la aventura, montado en mi fiel caballo, mi Peacemaker y con un buen Winchester 73 para defenderme de los cuatreros que asolaban la zona. ¿Que si tenía miedo? Un poco, no era un suicida, pero sí un asesino en potencia de mi mejor amigo.

No había ni siquiera caminos por aquella parte de Texas, tan solo algunos senderos creados por las manadas de vacuno, y ninguno de ellos seguía la ruta que yo necesitaba. Así que me iba adentrando en tierra incógnita, tras las huellas de un personaje que bien podía no existir. Cuando llegaba a algún asentamiento, casi todos ellos miserables casas hechas de ladrillo cocido al sol, preguntaba por el misterioso individuo. Y todos con quienes hablaba me miraban con mala cara, algunos incluso con miedo, mientras me confirmaban el camino, siempre “un poquito más hacia el oeste compadre”.

Al tercer día, en medio del secarral, descubrí una columna de humo, y al acercarme, me encontré con una peculiar vivienda, que reproducía en adobe la forma de una iglesia, con dos campanarios, y una cruz invertida colgando de la fachada norte. Sentí un escalofrío cuando pasé debajo de la sombra de la torre izquierda, un mal presentimiento, pero como era tanta mi desesperación por poseer a Bella Monroe y asesinar a mi amigo Bill Donovan, decidí seguir adelante… Desmonté a la puerta de la iglesia, atando el caballo en una estructura cubierta junto al porche, y a viva voz, llamé al “tío Miserias”. Una voz cavernosa me respondió, invitándome a entrar.

“Adelante, hijo mío, no tengas miedo de un pobre viejo. Adelante, que no te voy a comer”, me dijo una sombra que se movía al fondo de la nave rectangular.

Me adentré en la semi oscuridad. La luz procedía de los huecos de las dos torres, y de una serie de ventanales en ambos lados del edificio, a media altura en las paredes. Se notaba en todo caso el carácter religioso, por sus recios muros, pero la ausencia de todo tipo de imágenes, quitando otro crucifijo invertido de mayor tamaño con su Jesucristo, iluminado por varios cirios negros de gran tamaño en la zona del altar, me dio un poco de miedo. A punto estuve de inventarme cualquier excusa para salir… pero en mala hora decidí quedarme…

“Ven, amigo, acepta mi hospitalidad. Un poco de agua fresca y de heno para tu caballo nunca vendrá mal. Y para ti, algo más fuerte…” me dijo, al acercarse, con una botella de güisqui y dos vasos. Brindamos, y mientras tanto pude verle mejor, cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Era una criatura bajita, casi un enano, de gran cabeza algo deforme, piernas cortas, vestida con una camisa de color beige, pantalones como los que usaban sus compatriotas mejicanos, y unas alpargatas de esparto. Un aire de maldad parecía rodearle, pero ya que había llegado tan lejos, no iba a dar marcha atrás por un simple presentimiento.

“Buenas tardes, “tío Miserias”. He venido a verte porque necesito…”

“Puedes llamarme “tío” a secas. Es lo que hacen todos mis amigos, Frank.”

“Muy bien, tío. He venido porque necesito tu ayuda para…”

“Para matar a tu amigo Bill Donovan y robarle a Bella Monroe. Yo lo sé todo antes de que me lo digas, Frank. Y puedo ayudarte a conseguir tus objetivos… Pero claro, todo esto tiene un precio…”

“¿Qué precio? Porque soy un pobre vaquero, aunque me llevo una pequeña comisión por cada cuatrero que mato y gano veinte dólares a la semana…”

“Tranquilo, no te va a costar nada… material… Tan solo quiero una cosa, pequeña y poco importante… Tu mano derecha…”

“¿Mi mano derecha? ¡Pero si soy diestro, y sin ella ni siquiera podría empuñar la pistola, defenderme, disparar!”

“Tranquilo, Frank. Seguirá siendo tuya… pero cada vez que te batas en duelo o que dispares, solamente me obedecerá a mí. Ese es mi precio. Puedes escoger: o ella, o la vida de Bill Donovan y poseer a Bella Monroe. Es un precio tan pequeño, y tanto que puedes ganar…”

“¿Pero qué quieres hacer con ella?”

“Seguirá siendo tuya, pero en cada duelo que tengas, cada vez que mates a alguien por tu puntería sobrenatural, su alma me pertenecerá. Serás mi enviado en el Oeste, temido y reverenciado… Imbatible… Y encima conseguirás a la mujer de tus sueños… Es un pequeño precio, por una mano…”

En aquél momento, comprendí que ante mis ojos no estaba un ser humano normal, que todo era un disfraz… para una entidad mucho más oscura: el mismísimo Diablo sobre el que mi madre me prevenía siendo pequeño, y de quien hablaba el pastor anglicano en sus sermones del domingo a los que no asistía con regularidad. Pero mi deseo de conseguir la muerte de mi amigo y el cuerpo de su amante eran demasiado fuertes…

“¿Y cómo lo hacemos? ¿Alguna magia, un ritual complejo?”

“Tranquilo, basta con que te anude este cordel a la muñeca derecha, y desde ese momento, el pacto estará cerrado…”

Y tras decir esto, anudó el cordel. Sentí como un frío cortante se apoderaba de mi mano, subía por el brazo, y se instalaba en mi cabeza y en mi corazón. Lo veía todo, con una gran nitidez, y era capaz de calcular las distancias, las trayectorias de las balas, incluso la velocidad del viento para dar en mi objetivo. Acababa de nacer “el vaquero del Diablo”.

“¿Acaso no quieres probar tu puntería?”, me dijo.

Yo asentí. Entonces me tomó de la mano y, apuntando hacia el Crucificado, me dijo: “Dispárale en cada uno de los clavos, para cerrar nuestro pacto”.

Como nos habíamos desplazado hasta la entrada de la iglesia mientras hablábamos, el crucifijo estaba a unos treinta metros de distancia, en el límite de la eficacia de mi revólver, pero aun así le hice caso, y disparé. Fueron unos tiros impecables, las balas dieron en los clavos, y el crucificado se cayó al suelo, con un gran estrépito.

“Recuerda, no te quites el cordel bajo ninguna circunstancia, y quizás de vez en cuando te pida que me hagas un pequeño favor”, me dijo, cuando salía de la iglesia…

Monté en mi caballo con rapidez, ¡tenía tantas ganas de dejar atrás ese macabro sitio, y a su inquietante inquilino! Durante el viaje de vuelta, practiqué mi puntería contra diversos objetivos, y al margen de un hormigueo en la mano derecha, apenas si noté una gran diferencia. Pero de todas formas estaba decidido a librarme de Bill. En dos días y medio, acampando para dormir en medio del desierto y consumiendo mis últimas raciones de frijoles con carne y de cecina de vaca, regresé al rancho. Parecía que nadie se había percatado de mi ausencia, en todo caso nadie me pidió explicaciones.

Empecé a entrenar de nuevo con el Colt, y quitando el misterioso hormigueo al apuntar, y una pequeña punzada en los ojos, no notaba una gran diferencia. Cierto es que mi puntería había mejorado algo, pero ¿en verdad para eso había negociado con el mismísimo Diablo? ¡Pues vaya mierda de trato, y de super poderes! De todas formas, mi decisión estaba tomada: esa misma semana me libraría de mi rival.

Esperé hasta el sábado, el día de la paga, y fui al almacén, a comprarle a Bella un bonito sombrero: esa sería mi excusa para acercarme a ella, probárselo, para después estrecharla entre mis brazos y besarla con violencia, por supuesto delante de los ojos de todos los clientes del Saloon. Ante semejante provocación, Bill no tendría más remedio que ponerme en mi sitio. Y eso sucedió.

“Deja en paz a la dama”, me dijo.

“¿Por qué tendría que hacerlo, si estoy seguro de que le gusta? Todos en el pueblo saben cómo las gasta tu novia, y hasta qué punto pasa de mano en mano.”

“Frank, déjala o te arrepentirás.”

“¿Y si no la dejo, qué vas a hacer? ¿Darme un puñetazo? Ya sabes que soy mucho más fuerte que tú.”

“Frank, te pido que la dejes. Has bebido, y dices cosas que no sientes.”

“Más vale ser un borracho, que un cornudo. Porque aquí, tu bella dama no es más que una puta.”

“Tú te lo has buscado. Acompáñame a la calle.”

“Perfecto: que las pistolas hablen por nosotros. Es una cuestión de honor.”

Y salimos a la calle. Eran las doce menos diez. El alcalde intentó mediar entre nosotros, para que no hiciéramos nada de lo que pudiéramos arrepentirnos. Pero yo veía esa mirada asesina en Bill Donovan, que había aprendido a reconocer en otros muchos tiroteos. Estaba deseando matarme, y parecía ventear el aire, para oler mi miedo. Pero yo notaba una gran calma…

La calle se quedó desierta. A nadie le apetece que le metan un tiro por error. Solo estábamos nosotros. Bill y yo. Según el minutero se aproximaba al mediodía, noté cómo empezaba a pasar algo en mi interior. Esa tranquilidad, cuando estaba a punto de enfrentarme con un pistolero mucho más ágil y preparado que yo. Un pequeño hormigueo en la mano y el brazo derecho, como si el revolver generase una corriente eléctrica que recorría mi cuero entero, además de la sensación de que mi visión mejoraba. Y la total ausencia de miedo. Era capaz de ver con claridad incluso las gotas de sudor que se deslizaban por la frente de mi amigo, a pesar de la distancia, y notaba la tensión en su cuerpo, como si se preparase para recibir el impacto de mis balas.

Pasó todo muy rápido. Sonaron las dos primeras campanadas del reloj. Los dos disparamos. Pero él falló.

Yo no. Le metí tres balas en el cuerpo: una en la frente, otra en el corazón, y la tercera en el estómago. Estaba muerto antes de caer al suelo. Tuve que controlarme para no seguir disparando hasta vaciar el cargador, pero no habría quedado bien. Una cosa era el asesinato, otra el ensañamiento.

¿Así que era eso lo que se sentía, al matar a tu mejor amigo: nada en absoluto? ¿Para eso había pactado con Satanás? ¿Y dónde estaba la trampa? Sin buscar respuesta para todas esas preguntas, me acerqué a Bill, y le cubrí la cara con su sombrero. Luego, me acerqué al enterrador, y le dije: “No quiero ver ese ataúd de madera barata. Para él lo mejor, un entierro de lujo.” Él me miró con extrañeza, mientras que con la ayuda de un ayudante subía el cuerpo de mi amigo a la camilla y se dirigía hacia el servicio de pompas fúnebres, como preguntándose que si tanto le quería, por qué le había matado…

Claro, él no podía saber de mis intenciones con Bella Monroe. Yo estaba convencido de que una vez desapareciese Bill Donovan, no tendría más remedio que concederme su amor, y dejarme disfrutar con su cuerpo. Pero me equivoqué: ni siquiera me dejó acercarme a darle el pésame. Se limitó a mirarme con altivez, escupió a mis pies, y cruzó la calle, rumbo al “Hotel Bates”. No bajó a comer ni a cenar, y tampoco cantó en el “Saloon”. Solo abandonó su habitación al día siguiente, para asistir al entierro de mi amigo; y una semana más tarde, se marchó de Laredo con la diligencia. “Estás loco si crees que voy a dejar que me toques. Eres un asesino. Has matado a un hombre inocente, que además era tu amigo. Pero ya tendrás tu castigo, en esta vida o en la otra.”

Claro que lo que ella no podía saber es que ya estaba siendo castigado. Porque a medianoche, y mientras el cuerpo de Bill Donovan yacía en su ataúd de lujo en la funeraria, su espíritu se me apareció en mi rincón del dormitorio colectivo. No tenía demasiado mal aspecto para estar muerto, quitando los tres agujeros de bala y las manchas de sangre. Me miraba fijamente, a los pies de la cama. De un empujón, desperté a Bob Connor, pero aparte de enfadarse por mi brusquedad y soltar un “¡Pero qué coño haces! ¿Te parece una buena idea despertar a alguien en mitad de la noche sin motivo?”, no le vio. Me costó mucho volver a dormirme esa noche.

A la mañana siguiente, allí seguía estando el fantasma de mi amigo, aunque ya tenía un poco peor aspecto: el cuerpo estaba rígido y su color de piel no era muy saludable. Dos días más tarde, el cuerpo empezó a hincharse, y un líquido negro a supurar de las heridas. Fue entonces cuando lo entendí: estaba asistiendo a la descomposición de mi amigo, y solamente yo podía verlo (y olerlo). Quizás ese era mi castigo por haber condenado su alma, en cumplimiento del pacto con el “tío Miserias”. Un sueño que tuve una semana después del entierro, coincidiendo con la jornada en que la mujer de mi vida subió a la diligencia, me aportó los detalles necesarios.

Se apareció ante mí el Diablo, y me dijo: “Este es el premio por tu dedicación. Has perdido a la mujer de tus sueños. Y cada persona que mandes al infierno te perseguirá en espíritu. Asistirás a su descomposición. Pero yo te estaré infinitamente agradecido por cada nuevo seguidor…”

Si algo tenía claro al despertar aquella mañana de verano era que nunca más volvería a matar a alguien en un duelo. Colgaría el revolver en el dormitorio colectivo, y dedicaría mi vida a la memoria de mi amigo, a rezar por su alma condenada… y por la mujer que ambos habíamos perdido.

Pero no pude cumplir mi promesa. A mediados de agosto, el Sheriff O´Toole nos convocó urgentemente a su oficina: una banda de cuatreros había asaltado la diligencia, en la que  se transportaba el oro para pagar a los empleados del ferrocarril y a los vaqueros del Rancho. Era una misión de eliminación. Subimos a nuestros caballos. Dos guías mexicanos leían los rastros en la arena del desierto. Eran cuatro forajidos, y la montura de uno de ellos estaba coja porque había perdido la herradura de la pata trasera derecha, lo cual dejaba unas huellas inconfundibles. Durante dos días, los seguimos por el desierto, y tuvimos mucha suerte de que no soplase el viento, porque los rastros eran fáciles de seguir. Terminamos en las afueras del pueblo de Durango, al otro lado de la frontera. Los caballos estaban atados a la puerta del Saloon. Entramos los seis hombres, con el Sheriff a la cabeza.

“¿De quién son eso caballos, el tordo con una herradura menos en la pata derecha, y los otros tres?”, preguntó O´Toole. Nadie respondió, pero la mirada del barman se desvió hacia la mesa del fondo primero, y hacia las escaleras que subían a la primera planta después. No hicieron falta más palabras.

“Caballeros, dejen las armas sobre la mesa, y sígannos a la calle. De esa manera nadie resultará herido”, dijo el Sheriff, para añadir después: “Se trata de una comprobación de rutina, y de todas formas están rodeados por gente armada”.

En ese momento, sucedieron dos cosas a la vez: noté el familiar hormigueo en la mano derecha y mi visión se agudizó. Uno de los malhechores estaba apuntando al Sheriff desde debajo de la mesa. Disparé. Un solo tiro, en la frente. Los demás ayudantes dispararon también. Fue una masacre. Y afortunadamente nadie más salió herido. Al cuarto ladrón lo pillaron en plena faena, mientras salía por la ventana del piso superior, donde se alojaban las chicas.

Aquella misma tarde, ya eran dos los cadáveres que me seguían los pasos… Tanto de noche como de día, podía verlos, y olerlos. Además de que empezaba a disfrutar de una indeseada fama entre los vivos. El sheriff había difundido la historia de mi disparo en el “Saloon” de Durango, que le había salvado la vida “en condiciones heroicas”, y me ofreció un empleo a tiempo completo dentro del cuerpo de agentes de la paz, con un sueldo muy superior al de vaquero.

Decidí aceptar, quizás pensando que al estar amparado por la estrella de cobre, ella me protegería de mis fantasmas particulares; y al mismo tiempo los forajidos se lo pensarían mejor antes de desafiarme. Pero una vez más, me equivocaba. Una semana después de mi nombramiento, el quince de agosto, nunca olvidaré esa jornada, llegó al pueblo “Butch The Kid”, un famoso pistolero a sueldo, que había escuchado la historia de mi pelea con Donovan y de la puntería que demostré en Durango. Otro duelo a mediodía, pero en esta ocasión tan solo a primera sangre, y a una distancia mayor de lo habitual. Le dejé disparar primero. Falló. Pero yo no: le achaqué a la distancia el fallo en mi puntería, y le metí un tiro en pleno corazón. Así me gané la fama de asesino sanguinario, y hasta el mismísimo Sheriff, que me había ofrecido el trabajo por mi puntería, empezó a mirarme con mala cara. Di todas las explicaciones que pude en el pueblo, incluso le pagué de mi bolsillo un entierro de lujo a “Butch The Kid” (en parte sufragado con las apuestas que habían hecho los habitantes del pueblo).

A partir de aquél duelo, incluso mis propios vecinos empezaron a mirarme mal, y me hacían el vacío cuando iba a beber al “Saloon Kitty”. En el güisqui barato encontraba el remedio para todos mis males, aunque el hedor de aquellos tres cadáveres putrefactos me acompañaba día y noche, y los veía en todas partes. De noche se agrupaban a los pies de mi cama, y hablaban entre ellos, susurros a media voz que resultaban incluso más molestos que su presencia. Dos meses después, en octubre, tuvimos que salir de expedición para capturar a dos renegados mejicanos, que habían asaltado la iglesia de Laredo para robar la recaudación (era la víspera del día de acción de gracias, y los parroquianos habían realizado generosos donativos para los pobres, incluyendo los dueños de los ranchos de los alrededores). Entraron a media noche, forzando la puerta de la sacristía, y le pegaron una puñalada al pastor anglicano. Pero este sobrevivió, y a la mañana siguiente, cuando entró Ana María, la mujer que se encargaba de la limpieza, el herido pudo decirle los nombres de los dos ladrones antes de desmayarse por la pérdida de sangre. Y así, mientras que el doctor Malone atendía al pastor, el Sheriff organizó la batida.

No tardamos mucho en dar con la pista, puesto que iban a pie, pero intentaron defenderse con una pistola y un cuchillo. Fueron abatidos, y sus cuerpos abandonados en medio del desierto. Pero como mis disparos fueron los que les quitaron la vida, a partir de aquella noche ya eran cinco los espectros putrefactos que me rondaban a todas horas.

Nunca creí en los fantasmas, y mucho menos pensé que podían resultar tan molestos. ¡Si al menos no los viera pudrirse lentamente, y no olieran tan mal! Creo que los peores momentos eran cuando tenía que dar de vientre en las letrinas: ¡qué falta de intimidad! A veces parecía que los había despistado, cuando decidía cagar en medio del campo, detrás de unos cactus incluso a riesgo de pincharme el culo con las espinas (lo cual me pasó unas cuantas veces ese otoño), y de repente me venía primero su olor, luego los escuchaba murmurar en voz baja, y después me rodeaban… Quizás añoraban las pequeñas cosas buenas de la vida, por eso me acostumbré a brindar con ellos en el “Saloon”, incluso intentaba convertirme en partícipe de sus conversaciones vespertinas, aprovechando que ya no vivía en el dormitorio colectivo del rancho, sino en una cómoda habitación del “Motel Bates”. Pero todos mis intentos de confraternizar con ellos fueron inútiles.

Ya en el mes de noviembre se habían añadido a mi selecto club de fans otros dos espectros, en esta ocasión camorristas que habían venido con la diligencia, con el objetivo de “comprobar si era tan rápido y tan mortal como dicen por todas partes”. Y por supuesto que lo era: en menos de dos minutos, los dos estaban muertos, uno en medio de la calle, y otro en la terraza del primer piso del “Saloon Kitty”, desde estaba emboscado y pensaba dispararme a traición con un rifle Winchester del 73. Raro era el mes en que no tenía o que batirme en duelo contra un desaprensivo, o demostrar mi puntería en defensa de la autoridad, puesto que habían descubierto un yacimiento de oro a medio camino de Durango, y el pueblo se había llenado de mineros desesperados, de tahúres y de camorristas. Se abrieron otros dos “Saloon” de mala reputación y una cantina en Laredo, y tres lupanares en Durango, con lo cual no nos faltaba trabajo.

Un año después de mi visita al “tío Miserias”, el quince de febrero de mil ochocientos ochenta y ocho, y por lo tanto del principio de mis males, me decidí a consultarlo con Mac Cartney, el pastor anglicano. “Hay que dar a Dios lo que es de Dios, y al diablo lo que es del diablo. Si tus penas empezaron por su culpa, tienes que ir a verle, y rechazar el don oscuro. Es la única manera en que podrás salvar tu negra alma inmortal, que de momento le pertenece.”

Como seguía trabajando de ayudante del Sheriff, no tuve ningún problema en pedir una semana libre, en este caso de vacaciones, y emprendí mi ruta hacia la guarida del “tío Miserias”. Como ya conocía el camino, no tuve que preguntar a nadie, y durmiendo en medio del campo, alcancé mi objetivo en la mañana del tercer día. Mi caballo estaba agotado, así que lo dejé descansando en el porche. Pero algo había cambiado en la vieja iglesia: ya no era la guarida del demonio. Una congregación de religiosos españoles lo había ahuyentado a fuerza de oraciones hace seis meses, y la habían consagrado a la advocación de María Magdalena. El altar mayor estaba reluciente de cirios blancos y gruesos, y en vez del crucifijo profanado se alzaba una imagen sagrada (y con fama de milagrosa). Uno de los novicios (en las traseras del templo se había construido un pequeño monasterio, que hacía las veces de hospedería para los viajeros necesitados) fue a buscar a Fray Lorenzo, el padre prior.

“Padre prior, ¿no podría indicarme dónde puedo encontrar al antiguo inquilino?”, pregunté, haciéndome el inocente y como si no conociera en verdad su identidad.

“Se fue como alma que lleva el diablo, el segundo día de nuestra llegada. Era un personaje peculiar, el “tío Miserias”… Como si un halo de maldad le rodease…”

“¿Y no podría darme razón de su paradero?”

“Lo lamento, hijo mío, solo podría decirte que se adentró aún más en el desierto, donde solo los muy locos o los muy valientes se aventuran. Que dios lo acoja en su seno, porque es imposible que haya sobrevivido.”

Aceptando la amable oferta de Fray Lorenzo, decidí pasar la noche en la hospedería. Y por primera vez en muchos meses, no recibí la visita de ninguno de mis espectros. Pero sí tuve un sueño extraño… con la mismísima María Magdalena. Se apareció de madrugada, a los pies de mi cama. Era una mujer bellísima, y comprendí que hubiera podido tentar a Jesucristo.

“Frank, despierta. No puedes seguir aquí más tiempo, mientras tu alma pertenezca al diablo”, me dijo, con un hilo de voz.

“¿Y qué quieres que haga?”

“Ya lo dijo Jesucristo a los apóstoles: Hay que dar a dios lo que es de dios, y al César lo que es de César.”

“¿Qué pretendes decirme?”

“A través de una maldición, le hiciste entrega de tu mano derecha al mismísimo Satanás… Pues entonces tendrás que devolvérsela, y acogerte a sagrado, si pretendes vivir en paz contigo mismo. Además, tendrás que rezar el resto de tu vida por el alma de tus víctimas, para arrancarlas de las garras del Maligno.”

“¿Y cómo pretendes que rompa el pacto?”

“Quítate ese cordón maldito… y luego córtate la mano con el hacha del carpintero. Después te internarás tres días en el desierto, en dirección suroeste, y la enterrarás al pie de la roca sagrada. Solo de esa manera podrás salvarte…”

Me desperté sobresaltado de madrugada, pero con las ideas muy claras sobre mis próximos pasos. Utilizando los dientes, me arranqué el cordón de la muñeca, y lo quemé con uno de los cirios del altar. Una fuerte y densa humareda se alzó de la cuerda humeante, al mismo tiempo que se escuchaba un grito inhumano. En una esquina del patio, clavada en el tocón de partir la leña, estaba el hacha, refulgiendo como una promesa de salvación con las primeras luces del alba. No lo dudé. De un solo golpe. Me amputé la mano derecha. Entonces fui yo quien gritó, con tanta fuerza, que desperté a los hermanos. Fray Esteban se ocupó de mi herida, cauterizándola con un hierro al rojo y salvándome la vida. Ahora había llegado el momento de salvar mi alma. Descansé un par de jornadas hasta que me repuse, y emprendí mi peregrinación hacia el corazón de la nada. Sentía como si una fuerza bienhechora me estuviera guiando, y al amanecer del tercer día encontré la roca sagrada, que se alzaba con forma de cruz en medio de la planicie calcinada. Enterré mi mano a su sombra, y volví al monasterio.

Desde aquél momento, hace ya veinte años, no he vuelto a salir de los terrenos sagrados. He aprendido a manejarme con eficiencia con la mano izquierda, hasta tal punto que ejerzo funciones de tesorero y ayudo al nuevo abad con las tareas de contabilidad. Soy un fiel siervo de María Magdalena, quien en varias ocasiones se me ha vuelto a aparecer de madrugada, para darme sabios consejos o simplemente conversar.

En el segundo mes de mi estancia, le mandé una carta al Sheriff, explicándole mi conversión, y que había encontrado, por fin, la paz. Nunca ha venido nadie a buscarme ni a retarme en duelo, mi desaparición y alejamiento del mundo de los mortales ha sido completa. Ahora soy simplemente el hermano Jack.

Y en todo este tiempo, no he vuelto a ver a los espectros de mis víctimas, quienes espero que hayan conseguido alcanzar la paz en el Señor.

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