jueves, 17 de septiembre de 2020

MÁS ALLÁ DE LAS PUERTAS DE TANNHÄUSER

 


 

 

Nave Oasis, año 2.275 de la Vieja Tierra.

 

Desde ayer por la tarde, soy oficialmente el último ser semi-humano vivo dentro de la nave. X-26, mi compañera, a quien llamo Inma por el intento de establecer algún lazo entre dos especies tan distintas, ha regresado a la cápsula de criogenización. Ya no hay esperanza para la humanidad, puesto que sin embriones válidos, y con su enfermedad, nuestra misión ha dejado de tener sentido.

 

Han sido sesenta años humanos muy intensos, de grandes viajes más allá del universo conocido, atravesando incluso un agujero negro en dos ocasiones como poco, y su organismo está agotado. Lo que en principio iba a ser un recorrido rutinario en busca de un nuevo planeta habitable fuera de los límites convencionales del espacio-tiempo, ha fracasado. De manera catastrófica.

 

La última esperanza de la humanidad ha desaparecido. Nosotros. Es el final de la especie. Puesto que yo no soy más que un androide, muy evolucionado, pero inútil a efectos reproductivos; y de todas formas, su época fértil terminó de manera irreversible al cumplir los cincuenta y tres años terrestres. El resto de nuestra convivencia ha sido puramente placentero, para no sentirnos tan solos en el Universo.

 

Ni tan siquiera estaba pensado que ella fuera la Nueva Eva, la madre de una Humanidad recuperada desde las sombras y la desesperación. Pero no nos quedó más remedio que intentarlo, al quedarnos sin las incubadoras, las matrices y úteros artificiales, los embriones criogenizados arruinados por el fallo catastrófico de los sistemas de supervivencia. Así que lo hicimos todo a la antigua usanza, con un programa de estimulación ovárica, extracción mediante cirugía, fertilización con esperma congelado, y todo el amor que pudimos ponerle en el proceso.

 

Pero fracasamos.

 

La expedición comenzó en el año 2.075 de la Vieja Tierra. Nuestra madre patria. Fue un experimento conjunto de las naciones europeas, el último intento de enviar al espacio dos naves nodriza automatizadas, con los elementos necesarios para salvar a la humanidad de la destrucción total.

 

Los recursos del planeta estaban prácticamente agotados en el último tercio del siglo XXI, la superpoblación era un problema acuciante. Las guerras por el agua arrasaban el planeta. La desertificación asolaba a casi toda Europa y los niveles de mares y océanos habían seguido subiendo de manera preocupante.

 

La única esperanza para la vida tendría que encontrarse necesariamente en el espacio, en alguna parte del Universo conocido… o del todavía inexplorado. Entre nuestros planes no figuraba el volver al planeta Tierra.

 

Ni siquiera la guerra termonuclear que enfrentó a los Estados Unidos y Japón contra la antigua Unión Soviética en el bienio 2.045 – 2.047 había representado un gran cambio a niveles prácticos. Con los territorios de los tres países arrasados, y el invierno nuclear modificando el clima a nivel global, seguían quedando demasiados seres humanos para garantizar la salvación de la especie.

 

Los dirigentes de la Agencia Espacial Europea pusieron en marcha un ambicioso proyecto: crear dos grandes Arcas, en las que se conservarían criogenizadas embriones fértiles de 4.000 individuos de ambos sexos, obtenidos mediante reproducción asistida y selección de los ejemplares más sobresalientes. También se incluirían muestras de esperma congelado, así como de óvulos fértiles, por si fuera necesario. Este procedimiento requirió de la tecnología más avanzada de aquella época, la selección de los mejores candidatos y se realizó durante casi cinco años, en el mayor de los secretos. Tan solo un Comité de Sabios estaba al tanto de los progresos, y rendían cuentas a los Sumos Dictadores de la Unión Europea. Ya poco quedaba de los antiguos sistemas políticos supuestamente democráticos, incluso de los principios rectores de la vieja asociación multi nacional, tan solo una casta de políticos que se escogían entre los candidatos más capacitados y mejor formados de cada país. Algo parecido a la Atenas de Pericles, pero en pleno siglo XXI.

 

La Unión, aquella era la clave. En las naves también se incluirían embriones de numerosos animales, no solamente útiles al ser humando para su alimentación, como vacas, cabras, cerdos o caballos, gallinas o conejos, sino también por simples motivos estéticos, como el ligero colibrí o las hermosas mariposas monarca, además de perros y gatos para prestar compañía. Y también se incluyeron muestras de plantas, árboles, flores.

 

En conjunto, todo lo necesario para garantizar el renacer de la especie humana, cuando alcanzasen la Tierra Prometida, en este caso, un planetoide que orbitaba alrededor de dos lunas gemelas, en los confines del Sistema Solar conocido.

 

A pesar de todos los intentos de los científicos e ingenieros, los sistemas de propulsión existentes apenas si permitían alcanzar una velocidad de un cuarto de la luz, por lo que el viaje se prolongaría durante más de doscientos años terrestres. Era en todos los sentidos una expedición a la desesperada, y sin garantías de éxito. Ni posibilidad de volver atrás.

 

Por ese motivo, se fabricaron dos naves gemelas, la Oasis y la Hyperión, que por su titánico tamaño fueron montadas en la órbita terrestre. El día 23 de mayo de 2.075, desde las plataformas de lanzamiento de Berlín y de París, a las 08:00 hora GMT, los potentes cohetes despegaron, con la tripulación a bordo, que luego serían puestos en animación suspendida, y las naves emprendieron su camino hacia el espacio profundo.

 

Al ser un viaje tan largo, los científicos dotaron a las naves de una poderosa inteligencia artificial, para que regulase las condiciones de habitabilidad, y se hiciera cargo de la supervisión de todos los procedimientos de conservación de la vida. La nave era tan grande que incluso tenía su propio sistema de gravedad artificial, menos en el compartimento central. Estaba dotada de enormes reservas de alimentos, de agua, y de medios de reciclaje muy avanzados. Los sistemas de propulsión eran revolucionarios, y la combinación de motores de fusión fría, generadores de antimateria y paneles solares garantizaban una energía casi inagotable.

 

Como ayudantes, crearon unos robots de aspecto humanoide, que permanecerían en animación suspendida durante los primeros ciento cincuenta años del viaje. Yo soy uno de aquellos robots, el último de mi especie. El único superviviente.

 

Hace sesenta años terrestres, desperté de mi largo sueño. Algo desorientado, consulté el Diario de a bordo automático, y comprobé nuestra posición aproximada según las cartas de derrota. Pero, a pesar de mis conocimientos de astronomía, fui incapaz de reconocer mi entorno: ninguna de las constelaciones se correspondía con lo que me transmitía el ordenador cuántico de la nave, ni con lo contenido en sus bases de datos. Estábamos perdidos en el espacio.

 

Cumpliendo con los protocolos establecidos, puse en marcha los mecanismos necesarios para cultivar a la primera serie de hijos de la Tierra. Eran unos procedimientos sencillos, mi labor consistía en supervisar a las máquinas y a las matrices artificiales.  Pero algo salió terriblemente mal: únicamente el embrión X - 26, de sexo femenino, llegó a término. Los demás se convirtieron en una masa putrefacta de células a medio formar.

 

Por mucho que investigué, no fui capaz de encontrar la causa, y mientras  cuidada a X - 26 (a quien decidí llamar Inma), traté de eclosionar otras partidas de embriones. Entre la segunda y la tercera semana de embarazo en los úteros artificiales, se producía el fallo catastrófico, hasta tal punto que decidí no volver a intentarlo. Inma se convirtió por lo tanto en mi única compañía, en mi familia.

 

Con la ayuda de modernos programas de aprendizaje, conseguí acelerar su desarrollo intelectual y físico. Con cinco años, y para que le hiciera compañía en su vagabundear por la nave, llevamos a término un ejemplar de perro (un pastor belga según nuestra base de datos). Inma me agradeció mucho el detalle, y prometió ocuparse de todas sus necesidades. Pero casi desde el primer momento, me tocó a mí hacerme cargo de enseñarle a usar el arenero y a no esparcir sus heces por los pasillos. Brutus fue el primero de una larga estirpe de perros espaciales.

 

Al cumplir los diez años terrestres, celebramos una gran fiesta, y fue ella quien formuló la teoría del agujero negro: solo de aquella manera podía justificarse el haber aparecido más allá de los límites del universo. Lo que al mismo tiempo nos aseguraba el que no podríamos volver a casa. Si es que la Tierra seguía existiendo…

 

Nunca más se supo de la otra nave, la Hyperión, y tampoco hemos vuelto a intentar la eclosión de la última hornada de embriones humanos criogenizados, puesto que el procedimiento fallaba por causas desconocidas. Inma prefería mantener la esperanza de que con el paso del tiempo solucionaríamos el problema, añoraba estar con personas de su propia especie, no con un organismo cibernético casi inmortal, pero no ha sido posible.

 

Al margen de la estirpe de perros, hemos llevado a término el ciclo de numerosos gatos, dos loros, un banco de peces luchadores de Siam, tres cobayas y un hurón. Nos daba demasiada pena comernos a nuestros amigos animales, ya fueran vacas o cabras, por lo que desde el primer momento Inma se ha alimentado con una especie de papilla química de sabor agradable, pero muy sencilla de elaborar con las reservas proteínicas de la nave, y abundantes frutas y vegetales.

 

Yo de todas formas estaba muy feliz con ella, a los tres años me puso un nombre, Bryan.

 

Bryan e Inma, los aventureros espaciales. Utilizando los recursos educativos de la nave, conseguí que fuera aprendiendo sobre la especie de la que era posiblemente su última representante, la historia del Planeta Tierra, los límites del espacio conocido, la historia de la humanidad, y tantas cosas para alimentar su ansia de saber. A los doce años terrestres tuvo su primera menstruación, menos mal que encontré varios vídeos explicativos en los bancos de memoria, así como unos prácticos paños higiénicos lavables, más que suficientes para ella (habrían bastado para generaciones de hembras humanas).

 

Por el tamaño de la Oasis, y gracias a la habilidad de los ingenieros, teníamos incluso una atmósfera artificial, un suministro casi inagotable de aire puro, y grandes reservas de agua fresca. Los procedimientos químicos de reciclaje permitían convertir nuestras heces (yo también tengo necesidades fisiológicas) en un rico abono, que agradecían nuestros huertos y jardines. Y para distraernos, miles de horas de música de muy distinto tipo, de películas de todos los tiempos, obras de teatro, óperas y conciertos de música clásica, vídeos musicales de casi todos los grupos existentes (le encantaba un grupo de músicos y humoristas argentinos llamado Les Luthiers) pero lo que más le gustaba a Inma era nuestra gigantesca biblioteca virtual. Se pasaba días enteros devorando los grandes clásicos, y sus dos autores favoritos eran William Shakespeare… Y Stephen King. Aunque era una mente inquieta, libre y salvaje: también disfrutó enormemente con la lectura del Quijote de Cervantes, obras de Dan Brown, Santiago Posteguillo y una larga serie de escritores de finales del siglo XX.

 

La vida nos ha tratado bien durante estos últimos sesenta años de viaje. Nos hemos vuelto grandes amigos, formidables amantes, y hemos compartido tantas experiencias, que muchas veces nos hemos llegado a olvidar de nuestras diferencias. Yo era el único en mi especie, el robot guardián perfecto, el mejor compañero, y también su pareja: mi anatomía casi humana nos permitía mantener relaciones sexuales completas, desde el momento en que ella me lo pidió, a los catorce años, hasta ayer mismo.

 

El sexo con ella ha sido siempre maravilloso, descubrimos los placeres del tantra, de viejos manuales como el Kamasutra, y nos reímos mucho con algunas de las posturas, adecuadas para contorsionistas. Hemos probado incluso en el núcleo de la nave, el único lugar sin gravedad, y nos gustó tanto que hemos repetido innumerables veces. Cierto, hemos tenido mucha suerte de que me hicieran anatómicamente perfecto en todos los sentidos… Hemos sido una gran pareja, en todos los aspectos. Ha sido mi compañera de vida…

 

Pero hace seis meses…

 

Hace seis meses, todo cambió. Empezó a dolerle el útero, cuando teníamos relaciones sexuales, luego un ovario. Utilizando los sistemas de reconocimiento médico de la nave, le hice una exploración en profundidad. Se conoce que ni la reproducción asistida, ni la selección de los embriones más viables, garantizaban totalmente que no se produjeran enfermedades con el paso del tiempo. Y esta tenía un nombre aterrador: cáncer.

 

La única solución posible, después de repasar toda la literatura médica existente a bordo, era la extirpación total del aparato genito-urinario. Inma insistió mucho en que la realizara, aprovechando las amplias bases de datos disponibles, las descripciones médicas de la operación, muchos vídeos en los que se explicaba el procedimiento paso a paso, y mi gran intuición.

 

Fue mucho más sencillo de lo que yo esperaba. Durante un tiempo, volvió a ser la de antes, alegre, llena de vida. Incluso volvimos a mantener relaciones sexuales cuando nos pareció prudente, y fue casi tan bueno como antes.

 

Pero la enfermedad reapareció: un pequeño bulto en el pecho izquierdo, luego un ganglio inflamado en el cuello. Le hice una tomografía axial computerizada, aprovechando los recursos de la Orión. Metástasis por todo el cuerpo. No se podía hacer nada. Salvo escoger entre dejarla morir lentamente, consumida por la enfermedad, o criogenizarla, con la esperanza de que en su momento pudiéramos volver a la Madre Tierra, donde sin duda alguna encontraríamos un remedio.

 

Ayer por la tarde, con un último beso, nos separamos. Sesenta años tenía la bella Inma, cuando la introduje en la cápsula.

 

Ahora, solo me queda continuar el viaje. En soledad. Los sistemas de animación suspendida de la Oasis son compatibles con mi funcionamiento, y yo también podré desconectarme temporalmente. De todas formas, sin ella, perdidos en el espacio, mi misión carece ya de sentido…

 

Nave Oasis, año 2.476 de la Vieja Tierra.

 

Ayer me despertó la nave. La había programado para hacerlo, desde el mismo momento en que reconociera una determinada combinación de planetas: la formada por la Tierra, la Luna y el Sol. Por si acaso el azar conseguía que un nuevo agujero negro nos devolviera a nuestro sistema.

 

Y todo parece indicar que así ha sucedido.

 

Según el calendario de a bordo, han pasado más de doscientos años desde la última vez que alguien se paseó por los pasillos de la nave, y me extraña que se mantenga en un estado tan bueno. Está claro que la Agencia Espacial Europea hacía las cosas a conciencia. Me pregunto qué habrá pasado con el planeta, después de tanto tiempo.

 

Supongo que dentro de poco obtendré la respuesta. He colocado la nave en una órbita geosincrónica, y voy a utilizar una de las lanzaderas de reconocimiento para bajar hasta la superficie. Según los mapas, debo estar sobrevolando el centro de Europa, pero me extraña mucho que, siendo de noche en este hemisferio, no haya luces. Voy a esperar hasta que se haga de día para llevar a cabo mi misión.

 

Nave Oasis, año 2.477 de la Vieja Tierra.

 

Un mundo arrasado, eso fue lo único que encontré. He pasado los últimos nueve meses recorriendo Europa, África, Oceanía, incluso Australia. Ni rastro de vida humana. Ni de ningún tipo. Según una base de datos a la que tuve acceso en la Universidad de Melbourne, se produjo un conflicto termonuclear entre Francia y Reino Unido en el año 2.201, por causas que no me han quedado del todo claras. Las demás potencias europeas intervinieron en la disputa, con distinta fortuna. El papel de China tampoco está claro, creo que intentó aprovechar el vacío de poder para lograr sus objetivos expansionistas. Se produjo un nuevo invierno nuclear permanente, una glaciación, y por si fuera poco, una plaga de origen desconocido se ensañó con los supervivientes.

 

Era mil veces más mortífera y contagiosa que el Covid 19, que causó tantísimos estragos a principios del siglo XXI, y se expandía por el aire. No había cura ni vacuna. La gente moría a millares en las calles, en las casas, en los cuarteles. Ciudades enteras eran engullidas por la enfermedad. No había esperanza.

 

Los niveles de radiación en la vieja Europa eran tan elevados que ni siquiera he podido acercarme con la lanzadera. Las ruinas de las ciudades francesas y alemanas se alzaban como si fuera las cuadernas de un galeón naufragado. No quedaba ninguna presencia humana. Por todas partes era lo mismo. La nada.

 

Era el fin de la humanidad. En la base de datos de la Universidad de Melbourne, la única ciudad que encontré sin contaminación nuclear, no he conseguido más información. Solo había restos de cuerpos casi fosilizados, dentro de las ropas en las que les sorprendió la muerte, muchos incluso en sus coches o autobuses en los últimos intentos de alejarse de la plaga. Pude conectarme al ordenador de la biblioteca, y eso me ha servido para recopilar datos sobre el fin de la humanidad. Aunque he recorrido con la nave casi todo el continente durante varias semanas, no he encontrado rastro de vida. Incluso he escaneado el territorio desde los límites de la atmósfera terrestre, buscando la huella de supervivientes; y utilizado todas las frecuencias de radio posibles para mandar mensajes, sin resultado. El silencio ha sido la única respuesta. Al final he tenido que rendirme a la evidencia: se trata de un planeta muerto.

 

Solo quedamos la bella Inma, en su envoltorio criogénico. Y yo.

 

Creo que voy a programar la Oasis, para que nos lleve a otro lugar, aunque no me importa demasiado el destino. Quizás Saturno, o Plutón, “la grande tournée” de la que hablaban los estudiantes ricos de Francia o Inglaterra de finales del siglo XIX… En el fondo, el destino es lo de menos. Solo ansío volver a meterme en la unidad de criogenización, y dejarme llevar por el sueño químico. Quizás de esa manera alcance la paz. Y poco me importa el no volverme a despertar…

 

Nave Oasis, año 2.489 de la Vieja Tierra.

 

La nave me ha sacado del sueño criogénico. No entendía muy bien la causa al principio. Pero de repente, lo escuché. ¡Un mensaje de radio! ¿Sería posible que hubiera vida humana, en alguna parte del Sistema Solar conocido? Era un mensaje de socorro: “S.O.S. Aquí la nave Enterprise. Estamos en dificultades. Se ruega a todas las naves disponibles que se reúnan con nosotros en el hemisferio Norte de Marte.”

 

¿Marte? ¿Al final lo habían logrado, colonizar el planeta rojo? Tenía que darme prisa. Quizás ellos tuvieran el remedio para la situación de Inma: en tantos años de viaje, seguro que se habían producido grandes avances en la ciencia médica, incluso el cáncer podía ser ya una enfermedad curable…

 

 

Nave Oasis, año 2.490 de la Vieja Tierra.

 

El ser humano es destructivo, malo y cruel. La Enterprise estaba efectivamente en la órbita de Marte. Pero se trataba de una grabación, reproducida en bucle y alimentada por un sofisticado sistema de baterías de alto rendimiento y placas solares, algunas de las cuales me llevé a la Oasis. Pude saquear la nave a conciencia, para reparar algunas cosas que habían dejado de funcionar en la nuestra. Técnicas de reciclaje y de aprovechamiento de recursos. Y quizás el último contacto con los hijos de la Madre Tierra.

 

Al acercarme a la nave, no percibí signos de vida con los escáneres de la lanzadera. Más tarde, encontré los cadáveres fosilizados en los pasillos que llevaban al puente de mando. Se había producido un fallo catastrófico en el reactor, y una brecha en el casco. Habían muerto todos, como perros, asfixiados. Y demasiado poco fue su castigo, puesto que en las bodegas, encontré los restos de los refugiados. Varios miles, encerrados en los compartimentos de carga, hacinados, viajando en condiciones lamentables, seguro que confiando en un futuro prometedor.

 

Según el diario de a bordo, que se interrumpía abruptamente el 10 de agosto del año 2.170, se trataba de una nave de tráfico de esclavos, con rumbo a Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, donde al parecer se había establecido una colonia minera, que siempre necesitaba mano de obra barata. ¡Como si no se dispusiera de robots cualificados para esas tareas tan peligrosas! Pero siempre era más económica la especie humana. Al ser tan abundante el suministro, era más rentable, y no necesitaba repuestos ni mantenimiento. Todo eso lo aprendí al leer los manifiestos de la nave negrera. Asqueado, mi último gesto fue disparar un cohete de protones contra aquella inmensa tumba, para que no quedase de ella ni el menor rastro.

 

Esa fue mi siguiente parada, Ganímedes. Volví a dejar la nave en órbita, y utilicé todos los sensores de la lanzadera para efectuar una búsqueda en profundidad, confiando en encontrar seres humanos. Localicé la explotación en uno de los polos del planeta. Pero estaba abandonada, quién sabe desde hace cuánto tiempo. Polvo, suciedad, restos dispersos de equipo, varios hornos crematorios, alambradas en el perímetro, barracones vacíos. Y poco más. Mi misión para buscar conocimientos que me permitieran salvar a Inma se había saldado con un nuevo fracaso.

 

Empecé a sondear la superficie del planeta con todos los elementos a mi alcance, pero no había ninguna señal de vida. Menos mal que los reactores de fusión fría de la Oasis estaban diseñados para durar, igual que los materiales de construcción, porque nuestro viaje ya se estaba prolongando durante varios cientos de años.

 

Yo estaba decidido a encontrar a los supervivientes de los hombres, con todo su poder y tecnología. Para conseguir salvar a mi compañera. Incluso si la gran guerra se produjo en el año 2.201, seguramente se habrían descubierto nuevos tratamientos durante todo el tiempo que estuvimos de paseo por el espacio. Y me resistía a creer que todos esos conocimientos se hubieran perdido para siempre. En algún lugar del Universo tendría que poder encontrar un laboratorio, un centro de investigación, la tecnología que estaba necesitando desesperadamente. Quizás volvieron a lanzar una nave como la nuestra. Creía en la capacidad de superación de la humanidad…

 

Después de programar todos los sensores de la nave a su máxima potencia, para escanear todas las posibles señales de aquella parte del Universo conocido, volví a meterme en la unidad de criogenización… Lleno de esperanza… Y al mismo tiempo sintiendo una pena y un dolor tan grande por mi soledad que apenas si soportaba el estar despierto, velando el sueño de mi compañera de vida.

 

Pero la solución vino de las estrellas…

 

Nave Oasis. Más allá de las Puertas de Tannhäuser.

 

Hace diez días comenzó todo de nuevo. El sistema de alerta temprana hizo que la nave me despertara de mi sueño químico. Percibí una señal, procedente del espacio, de algún lugar a poco más de un año luz desde mi última posición. Era una señal de radio, poderosa, unas coordenadas precisas a la altura de la famosa Puerta de Tannhäuser, de la que tanto hablaban en la vieja película Blade Runner (todo un clásico de la ciencia ficción del siglo XX, dirigida por Ridley Scott, y una de las cintas favoritas de Inma). Puse rumbo hacia allí, lleno de esperanza.

 

Y me encontré con una nave cuyas dimensiones superaban todo lo imaginable, con un tamaño tal que la mismísima Oasis podía entrar entera en los hangares, tan inmensos como si fuera un Destructor Espacial de la película Star Wars (de la primera trilogía, la única que me gustaba realmente). Un rayo de tracción de gran potencia nos llevó al interior, y nos dejó a una altura de tres metros sobre el nivel del suelo. Escuché un ruido sibilante, y los sistemas de análisis de atmósfera me indicaron que el hangar se estaba llenando de la adecuada proporción de oxígeno y nitrógeno para permitir la vida humana. Por mis especiales característica físicas, yo también necesitaba respirar, orinar y defecar como un hombre cualquiera. Me puse de todas formas una combinación estanca, un casco, y después de una silenciosa plegaria y una última mirada al contenedor donde Inma dormía su último sueño, me dirigí hacia una de las esclusas laterales de la Oasis. Salí al exterior.

 

Varias figuras se acercaron a mí. Eran unos entes muy parecidos a los seres humanos, salvo que de poderosa musculatura, unos tres metros de alto, piel de color azul por lo que pude ver en la cara y en las manos, y ataviados con un traje espacial y un sistema de respiración. Como una versión evolucionada de los Navii de los que hablaba el visionario director James Cameron en la película Avatar. A Inma le encantaba esa cinta, pero no tanto sus partes sucesivas.

 

Dos de aquellos extra terrestres me acompañaron hacia la salida de la bodega, y luego hacia un lugar cómodo, con una mesa baja, varios sillones. Me quité la escafandra. Yo estaba un poco nervioso, por las lógicas diferencias entre nuestras dos especies (me consideraba un ser humano de pleno derecho, como el famoso Hombre Bicentenario, un relato del escritor Isaac Asimov, padre de la ciencia ficción y adaptado en una fantástica película con el actor Robin Williams), porque… ¿acaso no tenía la capacidad de amar? Hablamos sin necesidad de articular palabra, eran lectores del pensamiento.

 

Me preguntaron por los motivos de la expedición, por qué había llegado tan lejos, viajando más allá y durante más tiempo que cualquier otro humano, y el motivo por el cual Inma estaba en animación suspendida, algo de lo cual se dieron cuenta al sondear la nave. Se lo conté todo. Nuestra vida en común, la enfermedad, el periplo interestelar, mi desesperación por encontrar una cura, mi tristeza y soledad.

 

Volvimos al interior de la Oasis. Con el mayor de los cuidados, sacaron el módulo de criogenización, cruzamos todo el hangar de nuevo, y lo llevaron a una habitación distinta a la anterior. Parecía un moderno quirófano. Por un momento, tuve miedo. ¿Acaso pensaban realizar experimentos científicos con ella, diseccionarla como si fuera una criatura de escaso valor? Pero aquellos seres me tranquilizaron una vez más. La sumergieron en un tanque con una solución ambarina, y la dejaron allí dentro durante lo que me parecieron horas. Y luego la sacaron. Viva. Y curada.

 

Lo supe. Que gracias a ellos, volvíamos a tener una oportunidad. De ser de nuevo una familia. La tomé entre mis brazos. Inma abrió los ojos. Y me sonrió.

 

¿Somos mascotas, o aliados? ¿Por qué estos seres nos habían acogido, cuidado, alimentado? ¿Qué esperaban de nosotros? Nos hemos quedado a vivir con ellos durante varios años humanos, compartiendo el contenido de nuestras bases de datos, explicándoles nuestra historia, nuestra cultura, nuestros sueños y el final de la especie. Su curiosidad es insaciable y su paciencia infinita. Incluso aprendieron nuestro idioma. Es lo menos que podíamos hacer.

 

En el fondo, no me importa. Solo sé que ella está bien de nuevo, incluso diría que la solución ambarina la ha rejuvenecido una veintena de años, y estamos juntos. Hace tres días, nuestros benefactores han proseguido su camino, y nosotros estamos de nuevo en la Oasis, que ha sido completamente remodelada y actualizada, con rumbo desconocido, pero eso es lo de menos…

 

Somos libres. Y estamos juntos.

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