Primer Acto: 23
de diciembre. En la consulta de la psicóloga Verónica Molina. Seis de la tarde.
La sesión está siendo grabada.
“Buenas tardes Santiago. Quisiera
pedirte que en esta ocasión me contaras con detalle tu sueño. Para ver si hay
cambios significativos. Así, cierra los ojos, y recuéstate en el sillón. ¿Estás
más relajado?”
“Sí.”
“Muy bien, pues entonces puedes
empezar… A contármelo como te sea más cómodo, desde el principio…”
“¿Cómo si fuera una de mis historias
de ficción?”
“Si te resulta más cómodo…”
“Perfecto. Pues vamos allá. Madrid,
veinticuatro de diciembre. Una noche igual que otras muchas, para un camarero
extra. La cena se ha prolongado hasta la madrugada, pero tú en lo único que
puedes pensar es en irte a tu casa, sobre los lomos de tu Harley
Davidson. Llegas al ascensor, que comienza su ruta hacia otro mundo.
Pensé que era un viaje normal desde la azotea de la Torre de Madrid, y luego
dos más hasta el sótano. Pero de repente…”
“De repente, te das cuenta de que no
estás solo. Aunque iniciaste el viaje en solitario, después de guardar tu
esmoquin en el porta trajes. Porque según el reflejo en el espejo de la cabina,
hay más personas en el habitáculo. Una mujer.”
“Sí, la estoy viendo.”
“¿Y cómo es?”
“Atractiva. Unos veintipocos años.
Delgada, con una túnica casi transparente, que deja poco a la imaginación del
espectador… No puedo evitar desearla…Le gusta sentirse admirada. Según la estoy
mirando, se vuelve más corpórea, más real. Extiendo la mano derecha hacia el
espejo. Tengo ganas de tocarla. Y entonces, sucede.”
“¿Qué sucede?”
“Mi mano se hunde en el espejo. Es
una extraña sensación, como de adormecimiento. Y el frío va subiendo a lo largo
de mi brazo. Meto más el brazo, ella sonríe, toma mi mano, las suyas están
frías, y de un fuerte y repentino tirón, me mete dentro del espejo.”
“¿Y entonces?”
“Creo que me voy a asfixiar. El
espejo se curva hacia dentro, como la entrada a un mundo mágico, a una
dimensión desconocida, de esas que hablan en los relatos de ciencia ficción que
tanto he leído. Aparezco en una habitación distinta. De paredes de piedra,
recubiertas de frescos minóicos. Pero no es lo único que cambia. Mi cuerpo
cambia. Me miro en otro espejo, una lámina pulimentada de cobre, que brilla a
la luz de las antorchas. Ya no mido un metro setenta y peso sesenta kilos. Ahora
soy un coloso, de más de dos metros, espaldas cuadradas, unos ciento veinte
kilos de peso, bíceps impresionantes, que está vestido con una especie de
túnica corta de lino, que deja al descubierto mi hombro derecho. Llevo una
cinta roja en la cabeza, para recoger mi abundante melena castaña. Estoy
descalzo. Mírala. Es hermosa, ¿no crees? Y ya no está casi desnuda. Es como si
al atravesar el cristal, todo hubiera cambiado. La cubre y envuelve una túnica
blanca, más bien una especie de hábito de estilo griego. Solo existe el
presente, el aquí y el ahora. Ella, su perfume, almizclado, que me llega en
oleadas. Su cuerpo, perfecto. El tacto de su mano entre las mías. Las ondas de
su pelo negro me atraen. Me acerco un poco más a ella. Me mira. Sus labios se
separan, hay un breve atisbo de lengua sonrosada. Arquea ligeramente el cuello
para acercarse a mí. Me besa. Su cuerpo se amolda al mío, aunque soy bastante
más alto, se pone de puntillas, y vuelve a besarme. ¡Hace tanto tiempo que no
estoy con una mujer! Ella se separa de mí. Sonríe. Me coge de nuevo de la mano,
y caminamos unos metros, atravesamos una puerta. Entramos en otra habitación
más pequeña.”
“¿Y qué hay?”
“Cerca de la pared, una bañera
excavada en la roca. No es muy profunda. Ella me quita la túnica, y me anima a
meterme. El agua está caliente, perfumada con aceites. Ella enjabona con
pericia todo el cuerpo. Me hace levantarme, y vuelca sobre mi cabeza un ánfora
de agua tibia. Se asegura de que estoy limpio, y me acompaña fuera de la
bañera, me seca, y me unta con un extraño aceite. Huele a sándalo. Se ríe de mí
cuando intento besarla una vez más. Y me acompaña hacia la puerta que se abre
en una esquina de la cámara. Está cubierta por láminas de bronce, tiene escenas
grabadas, la lucha de un hombre armado con una espada, una lanza y un escudo
redondo, contra una fiera de cabeza de
toro, en medio de la arena. Y entonces lo comprendo. Entiendo mi misión.”
“¿Tienes miedo?”
“Ya no. Quizás, en otro momento, en
otra vida, cuando no era más que un simple camarero, que habían contratado como
refuerzo para una fiesta de gente rica, en el centro de Madrid, en vísperas de
Navidad y a través de una puta empresa de trabajo personal. Pero ya no. Ella se
apoya contra la puerta, impidiéndome abrirla, se pone de puntillas, y me da un
nuevo beso, lleno de promesas. “Luego seré tuya”, me dice. Así que abro la
puerta.”
“¿Y qué ves?”
“El ruedo. Como el Coliseo Romano, pero
el doble o el triple de grande. La arena es blanca, cegadora bajo el sol de
mediodía. Flexiono los músculos, alzo los brazos, la multitud aplaude, grita mi
nombre, “¡Teseo, Teseo!”, con un estruendo inmenso. Suenan las trompetas. La
multitud se calla. Un nuevo estrépito, viene de mi izquierda. Veo unas puertas
negras, enormes, de unos tres metros de altura. Se abren lentamente.”
“¿Tienes miedo entonces?”
“Nunca. Desde que crucé el espejo
hasta aquella otra dimensión, no conozco el significado de esa palabra.”
“¿Qué ves?”
“Una criatura inmensa, negra, con
cuerpo de hombre, y cabeza de toro. Mide unos tres metros, es puro músculo.
Pero sé que conseguiré vencerla. Desde las gradas, lanzan al ruedo una afilada
espada, como la “falcata” de las tribus pre romanas, y un escudo. Hay una lanza
negra clavada en medio del ruedo. De un solo brinco, los cojo, mientras que la
fiera comienza su embestida.”
“¿Quién eres?”
“Soy Teseo, y tengo una nueva
oportunidad de derrotar al Minotauro. Y la bella Helena me espera, para recompensarme
como a un ganador de leyenda. Pero esta vez no habrá laberinto, ni trampas.
Solo el hombre contra la bestia. El bien contra el mal.”
“¿Y qué pasa después, Santiago?”
“Me acerco a la fiera. Casi puedo
oler su fétido aliento, y me llega la peste a sangre y a heces de su cuerpo. No
tengo miedo. La bestia se prepara para atacar, desde la otra punta del ruedo.
Cojo la lanza, la empuño con fuerza, y clavo el asta en el suelo. Soy el
guerrero perfecto. Y no tengo miedo. La fiera se precipita sobre mí. Parte de
las gradas corea su nombre: ¡Minos, Minos!”
“¿Y entonces?”
“Me despierto, generalmente en mi
cama, cubierto en sudor.”
“¿Hace mucho que tienes ese sueño?”
“Empecé a tenerlo el mes pasado, con
la luna llena. La primera vez me agobié mucho, y me desperté sobresaltado
cuando era devorado por el espejo. Luego, a cada noche, he ido llegando un poco
más lejos en la historia, en la aventura. Y mañana por la noche será
Nochebuena, me han llamado para trabajar en la fiesta privada de la Torre
Espacio. Me noto inquieto, porque es el día y la hora de mi sueño… Pero por
otra parte, tengo ganas de que se haga realidad, de ser un héroe, un coloso, y
luchar contra una fiera mítica, por el amor de la bella Helena… ¿Qué me
aconseja, doctora?”
“Te conozco desde hace muchos años, desde
tu adolescencia, cuando te ayudé a superar el acoso de tus compañeros de
colegio. Mi único consejo es que te prepares lo mejor posible. Porque ambos
sabemos que existen otros mundos, otros universos, otras realidades paralelas.
Y me parece que mañana llegará para ti la gran prueba. Una ordalía, de la que
tienes que salir vencedor.”
“¿Crees entonces que va a sucederme?
¿Que me convertiré en un campeón?”
“Estoy convencida de ello… Y por
eso, te voy a dar una pequeña ayuda, un colgante mágico. Anúdalo en torno a tu
muñeca derecha, con la que empuñarás la lanza, y te dará fuerzas casi
sobrehumanas, propias de un Dios.”
“Eso haré. Muchas gracias por tu
ayuda, Verónica…”
“De nada, Santiago. Y la semana que
viene, quiero que vuelvas a la consulta, y ya me contarás qué tal te ha ido…
Aunque también puedes mandarme un mensaje de texto, te lo agradecería mucho.”
“Perfecto, eso haremos entonces.”
Segundo acto:
24 de diciembre. A media tarde.
Aquella noche, no tuve ningún sueño.
Solamente un largo periodo de calma, un fundido en negro, que me dio quizás más
miedo que todas las experiencias de las noches anteriores. Fue el reposo del
guerrero.
Como tenía tiempo de sobra, lo
aproveché viendo varios documentales donde recreaban la lucha cretense, con sus
saltos por encima de la cabeza del toro, y también la película “300”, una de
mis favoritas, por si se me podía pegar algo del heroísmo de los espartanos, de
sus formaciones de escudos y lanzas, y su heroica resistencia.
Seis menos cuarto de la tarde. Me
pongo el mono de cuero, y llevo en las alforjas de la moto el esmoquin. El
motor de dos tiempos suena con fuerza, y me lleva por la M-30 hacia mi destino.
Cojo el desvío hacia la Plaza de Castilla, y entro en el parking de la Torre
Espacio. Estaciono en el segundo nivel, cerca del ascensor de servicio, en
teoría el único que estamos autorizados a utilizar. El trayecto hasta la última
planta me lleva tan solo cinco minutos. Han contratado mis servicios hasta la
medianoche.
No me queda más remedio que ser el
camarero perfecto, cortés y atento con los invitados, y pendiente de cada orden
del jefe de sala. Los ejecutivos van llegando con lentitud, pero los ascensores
exprés no paran de vomitar público a partir de las siete de la tarde. La única
razón por la que me gusta completar mi sueldo de redactor publicitario con
hacer de camarero en importantes y selectos eventos como este es la posibilidad
de admirar, aunque sea de lejos, a algunas de las mujeres más bellas de la
ciudad. Es curioso, con una simple sonrisa, consiguen que te sientas especial.
Enfundadas en sus mejores trajes (ellas no los alquilan en agencias), y con
unas gotas de carísimo perfume de ámbar de ballena, algunas te miran a los
ojos, notas que te siguen al pasar, y te sientes bien.
Fue en una de estas fiestas donde
conocí a Alicia, mi ex mujer. Ella era la encargada de relaciones públicas de
una importante empresa de catering, es decir, era mi jefa. Y hubo “chispa”
entre nosotros desde el primer momento. Con su metro setenta y cinco de altura
y sus tacones, sus gafitas redondas de intelectual y su sobrio traje de
pantalón de raya diplomática y chaqueta, y una blusa blanca, me miró. En la
media hora del descanso se acercó a mi con una bandeja de entremeses surtidos,
y comimos juntos, apoyados en la barra.
Esto sucedió hace cinco años.
Empezamos a salir a la semana siguiente, fue ella quien tomó la iniciativa. Un
año después nos casamos. Y nueve meses más tarde, nació Pablo, nuestro hijo.
Pero al poco tiempo, surgieron los problemas. Yo me centré más en mi carrera de
redactor de contenidos publicitarios para poder cuidar mejor a nuestro hijo, y
trabajaba desde casa. Pero ella se volcó en el mundo de las relaciones
públicas, consiguió un ascenso en la empresa, y sus responsabilidades
aumentaron. Era la organizadora de grandes eventos para algunas de las mayores
compañías publicitarias de España. Sus servicios eran requeridos cada vez con
más frecuencia fuera de Madrid, y tenía un equipo que la seguía a todas partes.
Y entre ellos estaba David: guapo,
alto, culturista vocacional, de voz profunda y melodiosa, y una mirada “que
derretía a las nenas”. Vamos, que Alicia me puso los cuernos, al principio por
curiosidad en uno de aquellos viajes de fin de semana, y luego con más
frecuencia. Hace seis meses, cuando Pablo cumplió tres años, su “regalo” fue
comunicarme su relación extra-matrimonial, y que se iba a vivir con David. Del
niño, por supuesto, tendría que ocuparme yo, o mejor dicho, mis padres, que
gozan de excelente salud. Desde entonces, no nos hemos vuelto a ver, salvo
alguna fiesta, en la que hemos hecho todo lo necesario para no hablar. Tenemos
fecha en el Juzgado número doce de la Plaza de Castilla para firmar el divorcio
después de Reyes.
Ni siquiera me planteo la
posibilidad de estar perdiendo la razón, por esos sueños extraños. Desde hace
demasiado tiempo creo que hay en esta dimensión muchas más realidades
alternativas, y que en ocasiones los mundos se entrecruzan. ¿Y por qué no iba a
ser yo el protagonista de una de esas historias que se convierten en leyendas?
Tercer acto: 24 de diciembre.
Otra realidad.
La
fiesta se desarrolló sin incidentes. Vi algunas caras conocidas entre los
camareros, pero como estábamos muy vigilados por Marcial, el jefe de sala, ni
siquiera tuvimos un momento para hablar. Los invitados eran casi todos de una
importante agencia de valores, que habían alquilado el ático para la fiesta,
por tener las mejores vistas de Madrid, y estas eran desde luego
espectaculares. La ciudad parecía extenderse bajo nuestros pies, y mirar hacia
abajo a través de las paredes de cristal daba un poco de vértigo. Lo más
agradable eran las mujeres, con sus mejores galas, algunas de ellas parecían
reinas o princesas, seguro que se había colado alguna reina de la belleza… y
también alguna “acompañante ocasional”, pues está bien visto en ciertos niveles
económicos las hembras de alquiler pero de categoría superior. Vamos, lo que de
toda la vida hemos llamado putas de lujo. Pero no es mi función el juzgar a
nadie.
Sobre
todo si dentro de un par de horas voy a convertirme en un héroe que va a salvar
un mundo desconocido. A pesar de lo señalado de la fecha, no se trata de una
cena formal, así que los camareros van pasando entre los invitados, cargados de
bandejas repletas de manjares, como el mejor caviar del Caspio, salmón de
Noruega, y unos surtidos de ibéricos y de quesos de enorme categoría… aunque
algunos de ellos huelen francamente mal. Y champán francés del bueno. Es el lujo convertido en alimento. A
las nueve de la noche, me dan mi media hora de descanso, y me retiro a la
cocina, para comer algo de mi tartera. Tengo por norma el no probar nunca la
comida de los banquetes que sirvo, porque siempre existe la posibilidad de que
el jefe de sala te vea y se queje a los organizadores. Así que me caliento mi
pincho de tortilla de patata (con cebolla por supuesto) que hizo mi madre esta
mañana, y con mi chusco de pan y una pequeña ensalada mixta, y mi “Coca-Cola
light”, me preparo para el resto de la noche. A las once y cuarto se empiezan a
marchar los primeros invitados, quizás para ir a la Misa del Gallo. A falta de
cinco minutos para la medianoche solo estamos los camareros, guardando las
sobras de comida en grandes bandejas desechables que recogerá dentro de media
hora una organización no gubernamental para repartirla mañana de comida de
navidad. Con el permiso del jefe de sala, abrimos varias botellas de champán, y
brindamos todos a medianoche. Ya ha llegado la fiesta más importante del año… Y
el momento de mi experiencia. De mi otra realidad.
A
las doce y media, una vez cambiado mi esmoquin por el mono especial de cuero,
con el casco en una mano y el porta trajes en la otra, me dirijo al ascensor
principal. Las puertas se cierran detrás de mi, como si fuera una nave
espacial, o un traslador como los de Harry Potter. Tengo un poco de miedo.
Deposito mi carga en el suelo, y toco el amuleto de la muñeca derecha. Empieza
a generar calor.
Entonces
la veo, reflejada en el fondo del espejo, pero no me sorprendo demasiado. No
está desnuda, sino que lleva una sutil túnica de seda blanca, que se
transparenta y se amolda a su cuerpo como una segunda piel. Me acerco al
cristal. Está caliente. Nuestras manos se superponen desde ambos lados. Me veo
reflejado incluso en sus ojos verdes. Brillan. Y me llaman. Sus labios
pronuncian mi otro nombre, el real, Teseo. Me desnudo, dejándolo todo
pulcramente doblado. Sé que no podré llevar nada conmigo, y tampoco tengo la
certeza de poder conservar el amuleto protector. Respiro hondo una vez, y cruzo
al otro lado del espejo, y al mirar atrás, solo veo mi casco, las botas, el
mono de cuero, los calzoncillos y la camiseta de “Iron Maiden”, todos ellos
plegados con firmeza militar. Las manos de Helena son cálidas. Sus besos
apasionados, pero castos a la vez, con los labios cerrados. Su cuerpo se amolda
al mío a pesar de la diferencia de alturas.
Contemplo
mi imagen en el espejo de cobre pulido mientras nos dirigimos a la bañera, pero
esta vez, a diferencia del sueño, no se desnuda para meterse en ella conmigo.
No se trata de un juego placentero, sino de un baño ceremonial, ritual, para
purgar todos mis pecados, asegurar mi pureza, y en cierto modo protegerme
frente al combate que me espera una vez que cruce la puerta. Me aclara con un
ánfora de agua tibia, me hace salir de la tina, y me tumba sobre una camilla de
mármol misteriosamente cómoda y templada, otra diferencia con respecto al
sueño. Me da un masaje, sus manos son firmes, y conocen bien su trabajo.
Durante casi media hora, recorren mi cuerpo sus dedos firmes, deshaciendo los
pequeños nudos de mi espalda, de mis gemelos, aunque evita pudorosamente mis
genitales, que están tapados por una pequeña toalla. Curiosamente no me excito.
Puede que sea la única vez que me pasa, al estar junto a una mujer atractiva y
en tan grande intimidad. Luego empieza a ungir mi cuerpo con un aceite
perfumado, y noto como si una nueva fuerza se apoderase de mi interior. Soy
Teseo. El campeón humano. Y no tengo miedo.
“Has
venido a salvar mi mundo. Eres el campeón de otra raza, de otra dimensión, del
que hablaron los Profetas. ¿Estás dispuesto a luchar por nosotros?”
“Sí,
pero no entiendo por qué me necesitáis. ¿Acaso no hay campeones en tu mundo?”
“La
Sagrada Profecía nos lo prohíbe. Además, en nuestra raza casi no quedan ya
varones lo suficiente fuertes para enfrentarse a la Bestia. Solo estamos las
mujeres, los ancianos y los niños. De nuestros padres, hermanos, amigos, pocos
se encuentran entre estos muros. Muchos han muerto en la larga guerra, que se
prolonga desde hace diez años, o han sido hechos prisioneros, lo que quizás sea
peor que la misma muerte.”
“¿Quién
empezó la guerra?”
“Ahora
mismo eso no importa, igual que la razón por la que nuestras dos ciudades,
Neftis y Bubastis, se declararon la guerra. Dicen que fue por una princesa
caprichosa, que se fugó con el hijo del rey de la otra ciudad. Otros que fue al
revés, que fue raptada por un grupo de enemigos en mitad de la noche. Es lo de
menos. Nuestro monarca pidió ayuda a los dirigentes de otras ciudades. Pero no
vinieron. Fuimos a la otra ciudad, Neftis, con nuestras naves, comenzamos el
asedio. Pero una misteriosa plaga empezó a cebarse en los sitiadores. Y no
tuvimos más remedio que volver a nuestra ciudad. Ellos nos siguieron, y durante
todo el camino, nos fueron exterminando con sus armas, mucho más evolucionadas.
Y ahora somos nosotros los sitiados. Para determinar qué ciudad ha ganado en el
enfrentamiento, combatirán nuestros dos campeones. Minos lleva ya doce
victorias. Y el trece es el número sagrado para ambos reyes. Tú decidirás el
resultado de la guerra: si nuestra ciudad debe ser arrasada, o bien las tropas
de Neftis se retiran en paz.”
“¿Y
qué hago yo aquí?”
“Nuestros
magos te han convocado, porque han leído en las entrañas de los bueyes sagrados
que solamente un campeón de más allá del tiempo y del espacio puede obtener la
victoria. Pero que sepas que donde tú tienes el sagrado deber, otros doce
humanos han fracasado…”
“Mucho
peso estás depositando sobre mis hombros… Aunque intentaré no
decepcionarte…Pero con una condición.”
“¿Qué
deseas por ayudarnos?”
“Que
seas mía al terminar el combate… porque en mis sueños no lo consigo, bella
Helena.”
“Cuenta
con ello, Teseo. Derrota a Minos, y seré tuya hasta la madrugada, cuando
regreses a tu mundo, a tu dimensión.”
“¿Y
si no quiero volver?”
“Desaparecerás
al esfumarse el túnel espacio temporal que te ha traído hasta nuestra
realidad…”
“Espérame
entonces, bella Helena, porque tengo pensado cobrar mi premio”, le dije,
mientras abría las hojas de la gran puerta chapada en bronce. Como estaban bien
engrasadas las bisagras, apenas si me costó hacerlo.
La
arena era inmensa, mucho más grande que el Coliseo Romano (donde estuve el año
pasado por mis vacaciones). El clamor de los espectadores, más bien el rugido,
se expandió a mi alrededor. Gritaban mi nombre, “¡Teseo, Teseo!”, con todas sus
fuerzas. La espada, el escudo y la lanza me esperaban, clavados en el centro
del ruedo. El sol pegaba con fuerza. Con un toque de trompetas, se abrieron las
gigantescas puertas, y salió al ruedo Minos, la bestia. Algunos espectadores
corearon su nombre, supongo que de la ciudad de Neftis, pero con escaso
entusiasmo. Estaba peleando en casa. La fiera, con sus casi tres metros de
altura, era imponente, puro músculo, y empuñaba un gigantesco escudo, y una
espada de grandes dimensiones.
Se
lanzó a correr en mi dirección, en poco más de tres minutos estaba encima de
mí. Su fuerza era arrolladora, partió mi escudo de un solo golpe, y yo apenas
conseguí hurtar el cuerpo. Su aliento era fétido, casi tanto como en mi sueño,
pero esta vez era real. Procuré alejarme un poco, jamás conseguiría derrotarla
cuerpo a cuerpo. Tenía que utilizar la inteligencia… Así que me deshice del
escudo partido, y empuñé fuerte la lanza, clavándola en el suelo en un ángulo
de cuarenta y cinco grados.
Aunque
fuera el truco más sencillo del universo, funcionó: la bestia, en su ataque
fiero y arrollador, se clavó la lanza en el medio del pecho, y se quedó
empalada en el centro de la arena. Me miró sorprendido, un fuerte chorro de
sangre salía de su pecho, a medida que el corazón seguía bombeando. De repente,
escupió sangre, se agarró al mástil de la lanza, y de un solo movimiento, lo
partió por la mitad. Luego, con un poderoso esfuerzo, se extrajo el resto del
torso, y dio dos pasos hacia mí, como si pensara apuñalarme con él … pero las
fuerzas le fallaron, y su enorme masa cayó al suelo.
El
público de Bubastis, enfebrecido, coreaba mi nombre, agitaban pañuelos
aclamando mi victoria, y lanzaban incluso flores a la arena. Un grupo de
espectadores saltó la barrera, y me rodearon amigables, palpando mis músculos,
la espalda, dos mujeres se arrodillaron y besaron mis pies, mientras que una
tercera besaba mis labios con pasión y entrega… Pero yo solamente podía pensar
en la promesa de la bella Helena.
Cuarto acto: 30 de diciembre.
Consulta de Verónica Palacios.
“¿Y
entonces, Santiago? Por lo que he podido leer en tu diario, ¿conseguiste matar
a Minos, salvaste la ciudad de Bubastis en el planeta Obscurus, y conseguiste a
la bella Helena?”
“Sí.
Y encima, he dado inicio a una larga línea de fuertes guerreros y guerreras,
que con el paso del tiempo se convertirán en los mayores paladines de la
ciudad, y en los defensores de los ciudadanos de aquella poderosa metrópolis,
ubicada al otro lado de la realidad…”
“¿Estarás
contento por lo tanto?”
“Pues
sí, pero debo confesarte que desde aquella experiencia, este mundo se me ha
quedado pequeño, me parece plano y carente de alicientes. Aquí no soy más que
un redactor de contenidos para internet, y camarero ocasional. Pero allí era un
héroe, un guerrero, un luchador, y podría haber llegado a ser, no sé, como un
rey, un monarca benévolo y protector…”
“¿Se
ha producido algún cambio de más en tu vida, Santiago?”
“Desde
aquél día, siempre que puedo, procuro subirme en el ascensor principal de la
Torre Espacio un par de veces por semana. Incluso me he buscado unos clientes
en el piso veintitrés, rebajando mis tarifas habituales, para tener la excusa
perfecta para visitar el edificio. Miro siempre el espejo, alguna vez me ha
mostrado el futuro, pero no he logrado volver a viajar al planeta Obscurus…
Aunque me he traído un pequeño souvenir…”
Y
en aquél momento, de la gran mochila que llevé a la consulta… saqué la enorme
cabeza de Minos… Con lo cual Verónica tuvo que creerme incluso a pesar de ella…
Quinto acto: seis meses más
tarde.
Hoy
ha vuelto a suceder. El portal inter-dimensional que conecta nuestro planeta
con Obscurus se ha vuelto a abrir esta noche mientras bajaba en el ascensor. Ha
aparecido la bella Helena. He cruzado a través del espejo. Pero en esta ocasión
no hemos terminado en la habitación de paredes de piedra y con dibujos
minóicos; sino en el claro de un bosque, al aire libre. Y no me he convertido
en el fuerte y letal Teseo. Era yo mismo, cierto que unos centímetros más alto
y de espaldas más anchas y brazos más fuertes, pero en todo caso hubiera
conseguido los mismos resultados con un poco de cirugía y muchas horas de
gimnasio.
“Santiago,
te necesitamos una vez más. Una nueva oscuridad se cierne sobre la ciudad… Tus
herederos se han rebelado contra el Consejo de Ancianos, y reclutado
mercenarios de Neftis para hacerse con el poder. Creemos que solamente tú
podrás conseguir poner las cosas en orden, con tu inteligencia de otro mundo…
En la próxima luna llena de tu ciudad, podrás venir con nosotros. Solo tú
puedes decidir si nos vas a ayudar, y a quedarte aquí, o volver a tu vida en la
Tierra.”
Y
aquí me tienes, Verónica, escribiendo estas líneas, mientras me preparo para
desaparecer, quizás por siempre, de esta dimensión… Te dejo a mi gato Eduardo
en herencia, y puedes hacer lo que quieras con mis colecciones de películas
originales, o mis libros… Porque tengo la oportunidad de salvar toda una
ciudad, de los hijos que tal vez nunca debía haber tenido…
Sexto acto: tres de julio.
Me
llamo Verónica Palacios, y soy la única heredera de Santiago Rodríguez. En el
salón de mi casa, tengo una buena parte de las películas en DVD que me legó en
su testamente, algunos de sus libros de ciencia ficción y de terror… Y para
recordarme la realidad de tan peculiar historia, la calavera de Minos, guardada
en la caja fuerte.
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