martes, 29 de septiembre de 2020

EL RESURGIR DE TESEO

 


Primer Acto: 23 de diciembre. En la consulta de la psicóloga Verónica Molina. Seis de la tarde. La sesión está siendo grabada.

“Buenas tardes Santiago. Quisiera pedirte que en esta ocasión me contaras con detalle tu sueño. Para ver si hay cambios significativos. Así, cierra los ojos, y recuéstate en el sillón. ¿Estás más relajado?”

“Sí.”

“Muy bien, pues entonces puedes empezar… A contármelo como te sea más cómodo, desde el principio…”

“¿Cómo si fuera una de mis historias de ficción?”

“Si te resulta más cómodo…”

“Perfecto. Pues vamos allá. Madrid, veinticuatro de diciembre. Una noche igual que otras muchas, para un camarero extra. La cena se ha prolongado hasta la madrugada, pero tú en lo único que puedes pensar es en irte a tu casa, sobre los lomos de tu Harley Davidson.  Llegas al ascensor, que comienza su ruta hacia otro mundo. Pensé que era un viaje normal desde la azotea de la Torre de Madrid, y luego dos más hasta el sótano. Pero de repente…”

“De repente, te das cuenta de que no estás solo. Aunque iniciaste el viaje en solitario, después de guardar tu esmoquin en el porta trajes. Porque según el reflejo en el espejo de la cabina, hay más personas en el habitáculo. Una mujer.”

“Sí, la estoy viendo.”

“¿Y cómo es?”

“Atractiva. Unos veintipocos años. Delgada, con una túnica casi transparente, que deja poco a la imaginación del espectador… No puedo evitar desearla…Le gusta sentirse admirada. Según la estoy mirando, se vuelve más corpórea, más real. Extiendo la mano derecha hacia el espejo. Tengo ganas de tocarla. Y entonces, sucede.”

“¿Qué sucede?”

“Mi mano se hunde en el espejo. Es una extraña sensación, como de adormecimiento. Y el frío va subiendo a lo largo de mi brazo. Meto más el brazo, ella sonríe, toma mi mano, las suyas están frías, y de un fuerte y repentino tirón, me mete dentro del espejo.”

“¿Y entonces?”

“Creo que me voy a asfixiar. El espejo se curva hacia dentro, como la entrada a un mundo mágico, a una dimensión desconocida, de esas que hablan en los relatos de ciencia ficción que tanto he leído. Aparezco en una habitación distinta. De paredes de piedra, recubiertas de frescos minóicos. Pero no es lo único que cambia. Mi cuerpo cambia. Me miro en otro espejo, una lámina pulimentada de cobre, que brilla a la luz de las antorchas. Ya no mido un metro setenta y peso sesenta kilos. Ahora soy un coloso, de más de dos metros, espaldas cuadradas, unos ciento veinte kilos de peso, bíceps impresionantes, que está vestido con una especie de túnica corta de lino, que deja al descubierto mi hombro derecho. Llevo una cinta roja en la cabeza, para recoger mi abundante melena castaña. Estoy descalzo. Mírala. Es hermosa, ¿no crees? Y ya no está casi desnuda. Es como si al atravesar el cristal, todo hubiera cambiado. La cubre y envuelve una túnica blanca, más bien una especie de hábito de estilo griego. Solo existe el presente, el aquí y el ahora. Ella, su perfume, almizclado, que me llega en oleadas. Su cuerpo, perfecto. El tacto de su mano entre las mías. Las ondas de su pelo negro me atraen. Me acerco un poco más a ella. Me mira. Sus labios se separan, hay un breve atisbo de lengua sonrosada. Arquea ligeramente el cuello para acercarse a mí. Me besa. Su cuerpo se amolda al mío, aunque soy bastante más alto, se pone de puntillas, y vuelve a besarme. ¡Hace tanto tiempo que no estoy con una mujer! Ella se separa de mí. Sonríe. Me coge de nuevo de la mano, y caminamos unos metros, atravesamos una puerta. Entramos en otra habitación más pequeña.”

“¿Y qué hay?”

“Cerca de la pared, una bañera excavada en la roca. No es muy profunda. Ella me quita la túnica, y me anima a meterme. El agua está caliente, perfumada con aceites. Ella enjabona con pericia todo el cuerpo. Me hace levantarme, y vuelca sobre mi cabeza un ánfora de agua tibia. Se asegura de que estoy limpio, y me acompaña fuera de la bañera, me seca, y me unta con un extraño aceite. Huele a sándalo. Se ríe de mí cuando intento besarla una vez más. Y me acompaña hacia la puerta que se abre en una esquina de la cámara. Está cubierta por láminas de bronce, tiene escenas grabadas, la lucha de un hombre armado con una espada, una lanza y un escudo redondo,  contra una fiera de cabeza de toro, en medio de la arena. Y entonces lo comprendo. Entiendo mi misión.”

“¿Tienes miedo?”

“Ya no. Quizás, en otro momento, en otra vida, cuando no era más que un simple camarero, que habían contratado como refuerzo para una fiesta de gente rica, en el centro de Madrid, en vísperas de Navidad y a través de una puta empresa de trabajo personal. Pero ya no. Ella se apoya contra la puerta, impidiéndome abrirla, se pone de puntillas, y me da un nuevo beso, lleno de promesas. “Luego seré tuya”, me dice. Así que abro la puerta.”

“¿Y qué ves?”

“El ruedo. Como el Coliseo Romano, pero el doble o el triple de grande. La arena es blanca, cegadora bajo el sol de mediodía. Flexiono los músculos, alzo los brazos, la multitud aplaude, grita mi nombre, “¡Teseo, Teseo!”, con un estruendo inmenso. Suenan las trompetas. La multitud se calla. Un nuevo estrépito, viene de mi izquierda. Veo unas puertas negras, enormes, de unos tres metros de altura. Se abren lentamente.”

“¿Tienes miedo entonces?”

“Nunca. Desde que crucé el espejo hasta aquella otra dimensión, no conozco el significado de esa palabra.”

“¿Qué ves?”

“Una criatura inmensa, negra, con cuerpo de hombre, y cabeza de toro. Mide unos tres metros, es puro músculo. Pero sé que conseguiré vencerla. Desde las gradas, lanzan al ruedo una afilada espada, como la “falcata” de las tribus pre romanas, y un escudo. Hay una lanza negra clavada en medio del ruedo. De un solo brinco, los cojo, mientras que la fiera comienza su embestida.”

“¿Quién eres?”

“Soy Teseo, y tengo una nueva oportunidad de derrotar al Minotauro. Y la bella Helena me espera, para recompensarme como a un ganador de leyenda. Pero esta vez no habrá laberinto, ni trampas. Solo el hombre contra la bestia. El bien contra el mal.”

 “¿Y qué pasa después, Santiago?”

“Me acerco a la fiera. Casi puedo oler su fétido aliento, y me llega la peste a sangre y a heces de su cuerpo. No tengo miedo. La bestia se prepara para atacar, desde la otra punta del ruedo. Cojo la lanza, la empuño con fuerza, y clavo el asta en el suelo. Soy el guerrero perfecto. Y no tengo miedo. La fiera se precipita sobre mí. Parte de las gradas corea su nombre: ¡Minos, Minos!”

“¿Y entonces?”

“Me despierto, generalmente en mi cama, cubierto en sudor.”

“¿Hace mucho que tienes ese sueño?”

“Empecé a tenerlo el mes pasado, con la luna llena. La primera vez me agobié mucho, y me desperté sobresaltado cuando era devorado por el espejo. Luego, a cada noche, he ido llegando un poco más lejos en la historia, en la aventura. Y mañana por la noche será Nochebuena, me han llamado para trabajar en la fiesta privada de la Torre Espacio. Me noto inquieto, porque es el día y la hora de mi sueño… Pero por otra parte, tengo ganas de que se haga realidad, de ser un héroe, un coloso, y luchar contra una fiera mítica, por el amor de la bella Helena… ¿Qué me aconseja, doctora?”

“Te conozco desde hace muchos años, desde tu adolescencia, cuando te ayudé a superar el acoso de tus compañeros de colegio. Mi único consejo es que te prepares lo mejor posible. Porque ambos sabemos que existen otros mundos, otros universos, otras realidades paralelas. Y me parece que mañana llegará para ti la gran prueba. Una ordalía, de la que tienes que salir vencedor.”

“¿Crees entonces que va a sucederme? ¿Que me convertiré en un campeón?”

“Estoy convencida de ello… Y por eso, te voy a dar una pequeña ayuda, un colgante mágico. Anúdalo en torno a tu muñeca derecha, con la que empuñarás la lanza, y te dará fuerzas casi sobrehumanas, propias de un Dios.”

“Eso haré. Muchas gracias por tu ayuda, Verónica…”

“De nada, Santiago. Y la semana que viene, quiero que vuelvas a la consulta, y ya me contarás qué tal te ha ido… Aunque también puedes mandarme un mensaje de texto, te lo agradecería mucho.”

“Perfecto, eso haremos entonces.”

 

Segundo acto: 24 de diciembre. A media tarde.

 

Aquella noche, no tuve ningún sueño. Solamente un largo periodo de calma, un fundido en negro, que me dio quizás más miedo que todas las experiencias de las noches anteriores. Fue el reposo del guerrero.

Como tenía tiempo de sobra, lo aproveché viendo varios documentales donde recreaban la lucha cretense, con sus saltos por encima de la cabeza del toro, y también la película “300”, una de mis favoritas, por si se me podía pegar algo del heroísmo de los espartanos, de sus formaciones de escudos y lanzas, y su heroica resistencia.

Seis menos cuarto de la tarde. Me pongo el mono de cuero, y llevo en las alforjas de la moto el esmoquin. El motor de dos tiempos suena con fuerza, y me lleva por la M-30 hacia mi destino. Cojo el desvío hacia la Plaza de Castilla, y entro en el parking de la Torre Espacio. Estaciono en el segundo nivel, cerca del ascensor de servicio, en teoría el único que estamos autorizados a utilizar. El trayecto hasta la última planta me lleva tan solo cinco minutos. Han contratado mis servicios hasta la medianoche.

No me queda más remedio que ser el camarero perfecto, cortés y atento con los invitados, y pendiente de cada orden del jefe de sala. Los ejecutivos van llegando con lentitud, pero los ascensores exprés no paran de vomitar público a partir de las siete de la tarde. La única razón por la que me gusta completar mi sueldo de redactor publicitario con hacer de camarero en importantes y selectos eventos como este es la posibilidad de admirar, aunque sea de lejos, a algunas de las mujeres más bellas de la ciudad. Es curioso, con una simple sonrisa, consiguen que te sientas especial. Enfundadas en sus mejores trajes (ellas no los alquilan en agencias), y con unas gotas de carísimo perfume de ámbar de ballena, algunas te miran a los ojos, notas que te siguen al pasar, y te sientes bien.

Fue en una de estas fiestas donde conocí a Alicia, mi ex mujer. Ella era la encargada de relaciones públicas de una importante empresa de catering, es decir, era mi jefa. Y hubo “chispa” entre nosotros desde el primer momento. Con su metro setenta y cinco de altura y sus tacones, sus gafitas redondas de intelectual y su sobrio traje de pantalón de raya diplomática y chaqueta, y una blusa blanca, me miró. En la media hora del descanso se acercó a mi con una bandeja de entremeses surtidos, y comimos juntos, apoyados en la barra.

Esto sucedió hace cinco años. Empezamos a salir a la semana siguiente, fue ella quien tomó la iniciativa. Un año después nos casamos. Y nueve meses más tarde, nació Pablo, nuestro hijo. Pero al poco tiempo, surgieron los problemas. Yo me centré más en mi carrera de redactor de contenidos publicitarios para poder cuidar mejor a nuestro hijo, y trabajaba desde casa. Pero ella se volcó en el mundo de las relaciones públicas, consiguió un ascenso en la empresa, y sus responsabilidades aumentaron. Era la organizadora de grandes eventos para algunas de las mayores compañías publicitarias de España. Sus servicios eran requeridos cada vez con más frecuencia fuera de Madrid, y tenía un equipo que la seguía a todas partes.

Y entre ellos estaba David: guapo, alto, culturista vocacional, de voz profunda y melodiosa, y una mirada “que derretía a las nenas”. Vamos, que Alicia me puso los cuernos, al principio por curiosidad en uno de aquellos viajes de fin de semana, y luego con más frecuencia. Hace seis meses, cuando Pablo cumplió tres años, su “regalo” fue comunicarme su relación extra-matrimonial, y que se iba a vivir con David. Del niño, por supuesto, tendría que ocuparme yo, o mejor dicho, mis padres, que gozan de excelente salud. Desde entonces, no nos hemos vuelto a ver, salvo alguna fiesta, en la que hemos hecho todo lo necesario para no hablar. Tenemos fecha en el Juzgado número doce de la Plaza de Castilla para firmar el divorcio después de Reyes.

Ni siquiera me planteo la posibilidad de estar perdiendo la razón, por esos sueños extraños. Desde hace demasiado tiempo creo que hay en esta dimensión muchas más realidades alternativas, y que en ocasiones los mundos se entrecruzan. ¿Y por qué no iba a ser yo el protagonista de una de esas historias que se convierten en leyendas?

 

Tercer acto: 24 de diciembre. Otra realidad.

La fiesta se desarrolló sin incidentes. Vi algunas caras conocidas entre los camareros, pero como estábamos muy vigilados por Marcial, el jefe de sala, ni siquiera tuvimos un momento para hablar. Los invitados eran casi todos de una importante agencia de valores, que habían alquilado el ático para la fiesta, por tener las mejores vistas de Madrid, y estas eran desde luego espectaculares. La ciudad parecía extenderse bajo nuestros pies, y mirar hacia abajo a través de las paredes de cristal daba un poco de vértigo. Lo más agradable eran las mujeres, con sus mejores galas, algunas de ellas parecían reinas o princesas, seguro que se había colado alguna reina de la belleza… y también alguna “acompañante ocasional”, pues está bien visto en ciertos niveles económicos las hembras de alquiler pero de categoría superior. Vamos, lo que de toda la vida hemos llamado putas de lujo. Pero no es mi función el juzgar a nadie.

Sobre todo si dentro de un par de horas voy a convertirme en un héroe que va a salvar un mundo desconocido. A pesar de lo señalado de la fecha, no se trata de una cena formal, así que los camareros van pasando entre los invitados, cargados de bandejas repletas de manjares, como el mejor caviar del Caspio, salmón de Noruega, y unos surtidos de ibéricos y de quesos de enorme categoría… aunque algunos de ellos huelen francamente mal. Y champán francés del  bueno. Es el lujo convertido en alimento. A las nueve de la noche, me dan mi media hora de descanso, y me retiro a la cocina, para comer algo de mi tartera. Tengo por norma el no probar nunca la comida de los banquetes que sirvo, porque siempre existe la posibilidad de que el jefe de sala te vea y se queje a los organizadores. Así que me caliento mi pincho de tortilla de patata (con cebolla por supuesto) que hizo mi madre esta mañana, y con mi chusco de pan y una pequeña ensalada mixta, y mi “Coca-Cola light”, me preparo para el resto de la noche. A las once y cuarto se empiezan a marchar los primeros invitados, quizás para ir a la Misa del Gallo. A falta de cinco minutos para la medianoche solo estamos los camareros, guardando las sobras de comida en grandes bandejas desechables que recogerá dentro de media hora una organización no gubernamental para repartirla mañana de comida de navidad. Con el permiso del jefe de sala, abrimos varias botellas de champán, y brindamos todos a medianoche. Ya ha llegado la fiesta más importante del año… Y el momento de mi experiencia. De mi otra realidad.

A las doce y media, una vez cambiado mi esmoquin por el mono especial de cuero, con el casco en una mano y el porta trajes en la otra, me dirijo al ascensor principal. Las puertas se cierran detrás de mi, como si fuera una nave espacial, o un traslador como los de Harry Potter. Tengo un poco de miedo. Deposito mi carga en el suelo, y toco el amuleto de la muñeca derecha. Empieza a generar calor.

Entonces la veo, reflejada en el fondo del espejo, pero no me sorprendo demasiado. No está desnuda, sino que lleva una sutil túnica de seda blanca, que se transparenta y se amolda a su cuerpo como una segunda piel. Me acerco al cristal. Está caliente. Nuestras manos se superponen desde ambos lados. Me veo reflejado incluso en sus ojos verdes. Brillan. Y me llaman. Sus labios pronuncian mi otro nombre, el real, Teseo. Me desnudo, dejándolo todo pulcramente doblado. Sé que no podré llevar nada conmigo, y tampoco tengo la certeza de poder conservar el amuleto protector. Respiro hondo una vez, y cruzo al otro lado del espejo, y al mirar atrás, solo veo mi casco, las botas, el mono de cuero, los calzoncillos y la camiseta de “Iron Maiden”, todos ellos plegados con firmeza militar. Las manos de Helena son cálidas. Sus besos apasionados, pero castos a la vez, con los labios cerrados. Su cuerpo se amolda al mío a pesar de la diferencia de alturas.

Contemplo mi imagen en el espejo de cobre pulido mientras nos dirigimos a la bañera, pero esta vez, a diferencia del sueño, no se desnuda para meterse en ella conmigo. No se trata de un juego placentero, sino de un baño ceremonial, ritual, para purgar todos mis pecados, asegurar mi pureza, y en cierto modo protegerme frente al combate que me espera una vez que cruce la puerta. Me aclara con un ánfora de agua tibia, me hace salir de la tina, y me tumba sobre una camilla de mármol misteriosamente cómoda y templada, otra diferencia con respecto al sueño. Me da un masaje, sus manos son firmes, y conocen bien su trabajo. Durante casi media hora, recorren mi cuerpo sus dedos firmes, deshaciendo los pequeños nudos de mi espalda, de mis gemelos, aunque evita pudorosamente mis genitales, que están tapados por una pequeña toalla. Curiosamente no me excito. Puede que sea la única vez que me pasa, al estar junto a una mujer atractiva y en tan grande intimidad. Luego empieza a ungir mi cuerpo con un aceite perfumado, y noto como si una nueva fuerza se apoderase de mi interior. Soy Teseo. El campeón humano. Y no tengo miedo.

“Has venido a salvar mi mundo. Eres el campeón de otra raza, de otra dimensión, del que hablaron los Profetas. ¿Estás dispuesto a luchar por nosotros?”

“Sí, pero no entiendo por qué me necesitáis. ¿Acaso no hay campeones en tu mundo?”

“La Sagrada Profecía nos lo prohíbe. Además, en nuestra raza casi no quedan ya varones lo suficiente fuertes para enfrentarse a la Bestia. Solo estamos las mujeres, los ancianos y los niños. De nuestros padres, hermanos, amigos, pocos se encuentran entre estos muros. Muchos han muerto en la larga guerra, que se prolonga desde hace diez años, o han sido hechos prisioneros, lo que quizás sea peor que la misma muerte.”

“¿Quién empezó la guerra?”

“Ahora mismo eso no importa, igual que la razón por la que nuestras dos ciudades, Neftis y Bubastis, se declararon la guerra. Dicen que fue por una princesa caprichosa, que se fugó con el hijo del rey de la otra ciudad. Otros que fue al revés, que fue raptada por un grupo de enemigos en mitad de la noche. Es lo de menos. Nuestro monarca pidió ayuda a los dirigentes de otras ciudades. Pero no vinieron. Fuimos a la otra ciudad, Neftis, con nuestras naves, comenzamos el asedio. Pero una misteriosa plaga empezó a cebarse en los sitiadores. Y no tuvimos más remedio que volver a nuestra ciudad. Ellos nos siguieron, y durante todo el camino, nos fueron exterminando con sus armas, mucho más evolucionadas. Y ahora somos nosotros los sitiados. Para determinar qué ciudad ha ganado en el enfrentamiento, combatirán nuestros dos campeones. Minos lleva ya doce victorias. Y el trece es el número sagrado para ambos reyes. Tú decidirás el resultado de la guerra: si nuestra ciudad debe ser arrasada, o bien las tropas de Neftis se retiran en paz.”

“¿Y qué hago yo aquí?”

“Nuestros magos te han convocado, porque han leído en las entrañas de los bueyes sagrados que solamente un campeón de más allá del tiempo y del espacio puede obtener la victoria. Pero que sepas que donde tú tienes el sagrado deber, otros doce humanos han fracasado…”

“Mucho peso estás depositando sobre mis hombros… Aunque intentaré no decepcionarte…Pero con una condición.”

“¿Qué deseas por ayudarnos?”

“Que seas mía al terminar el combate… porque en mis sueños no lo consigo, bella Helena.”

“Cuenta con ello, Teseo. Derrota a Minos, y seré tuya hasta la madrugada, cuando regreses a tu mundo, a tu dimensión.”

“¿Y si no quiero volver?”

“Desaparecerás al esfumarse el túnel espacio temporal que te ha traído hasta nuestra realidad…”

“Espérame entonces, bella Helena, porque tengo pensado cobrar mi premio”, le dije, mientras abría las hojas de la gran puerta chapada en bronce. Como estaban bien engrasadas las bisagras, apenas si me costó hacerlo.

La arena era inmensa, mucho más grande que el Coliseo Romano (donde estuve el año pasado por mis vacaciones). El clamor de los espectadores, más bien el rugido, se expandió a mi alrededor. Gritaban mi nombre, “¡Teseo, Teseo!”, con todas sus fuerzas. La espada, el escudo y la lanza me esperaban, clavados en el centro del ruedo. El sol pegaba con fuerza. Con un toque de trompetas, se abrieron las gigantescas puertas, y salió al ruedo Minos, la bestia. Algunos espectadores corearon su nombre, supongo que de la ciudad de Neftis, pero con escaso entusiasmo. Estaba peleando en casa. La fiera, con sus casi tres metros de altura, era imponente, puro músculo, y empuñaba un gigantesco escudo, y una espada de grandes dimensiones.

Se lanzó a correr en mi dirección, en poco más de tres minutos estaba encima de mí. Su fuerza era arrolladora, partió mi escudo de un solo golpe, y yo apenas conseguí hurtar el cuerpo. Su aliento era fétido, casi tanto como en mi sueño, pero esta vez era real. Procuré alejarme un poco, jamás conseguiría derrotarla cuerpo a cuerpo. Tenía que utilizar la inteligencia… Así que me deshice del escudo partido, y empuñé fuerte la lanza, clavándola en el suelo en un ángulo de cuarenta y cinco grados.

Aunque fuera el truco más sencillo del universo, funcionó: la bestia, en su ataque fiero y arrollador, se clavó la lanza en el medio del pecho, y se quedó empalada en el centro de la arena. Me miró sorprendido, un fuerte chorro de sangre salía de su pecho, a medida que el corazón seguía bombeando. De repente, escupió sangre, se agarró al mástil de la lanza, y de un solo movimiento, lo partió por la mitad. Luego, con un poderoso esfuerzo, se extrajo el resto del torso, y dio dos pasos hacia mí, como si pensara apuñalarme con él … pero las fuerzas le fallaron, y su enorme masa cayó al suelo.

El público de Bubastis, enfebrecido, coreaba mi nombre, agitaban pañuelos aclamando mi victoria, y lanzaban incluso flores a la arena. Un grupo de espectadores saltó la barrera, y me rodearon amigables, palpando mis músculos, la espalda, dos mujeres se arrodillaron y besaron mis pies, mientras que una tercera besaba mis labios con pasión y entrega… Pero yo solamente podía pensar en la promesa de la bella Helena.

Cuarto acto: 30 de diciembre. Consulta de Verónica Palacios.

“¿Y entonces, Santiago? Por lo que he podido leer en tu diario, ¿conseguiste matar a Minos, salvaste la ciudad de Bubastis en el planeta Obscurus, y conseguiste a la bella Helena?”

“Sí. Y encima, he dado inicio a una larga línea de fuertes guerreros y guerreras, que con el paso del tiempo se convertirán en los mayores paladines de la ciudad, y en los defensores de los ciudadanos de aquella poderosa metrópolis, ubicada al otro lado de la realidad…”

“¿Estarás contento por lo tanto?”

“Pues sí, pero debo confesarte que desde aquella experiencia, este mundo se me ha quedado pequeño, me parece plano y carente de alicientes. Aquí no soy más que un redactor de contenidos para internet, y camarero ocasional. Pero allí era un héroe, un guerrero, un luchador, y podría haber llegado a ser, no sé, como un rey, un monarca benévolo y protector…”

“¿Se ha producido algún cambio de más en tu vida, Santiago?”

“Desde aquél día, siempre que puedo, procuro subirme en el ascensor principal de la Torre Espacio un par de veces por semana. Incluso me he buscado unos clientes en el piso veintitrés, rebajando mis tarifas habituales, para tener la excusa perfecta para visitar el edificio. Miro siempre el espejo, alguna vez me ha mostrado el futuro, pero no he logrado volver a viajar al planeta Obscurus… Aunque me he traído un pequeño souvenir…”

Y en aquél momento, de la gran mochila que llevé a la consulta… saqué la enorme cabeza de Minos… Con lo cual Verónica tuvo que creerme incluso a pesar de ella…

Quinto acto: seis meses más tarde.

Hoy ha vuelto a suceder. El portal inter-dimensional que conecta nuestro planeta con Obscurus se ha vuelto a abrir esta noche mientras bajaba en el ascensor. Ha aparecido la bella Helena. He cruzado a través del espejo. Pero en esta ocasión no hemos terminado en la habitación de paredes de piedra y con dibujos minóicos; sino en el claro de un bosque, al aire libre. Y no me he convertido en el fuerte y letal Teseo. Era yo mismo, cierto que unos centímetros más alto y de espaldas más anchas y brazos más fuertes, pero en todo caso hubiera conseguido los mismos resultados con un poco de cirugía y muchas horas de gimnasio.

“Santiago, te necesitamos una vez más. Una nueva oscuridad se cierne sobre la ciudad… Tus herederos se han rebelado contra el Consejo de Ancianos, y reclutado mercenarios de Neftis para hacerse con el poder. Creemos que solamente tú podrás conseguir poner las cosas en orden, con tu inteligencia de otro mundo… En la próxima luna llena de tu ciudad, podrás venir con nosotros. Solo tú puedes decidir si nos vas a ayudar, y a quedarte aquí, o volver a tu vida en la Tierra.”

Y aquí me tienes, Verónica, escribiendo estas líneas, mientras me preparo para desaparecer, quizás por siempre, de esta dimensión… Te dejo a mi gato Eduardo en herencia, y puedes hacer lo que quieras con mis colecciones de películas originales, o mis libros… Porque tengo la oportunidad de salvar toda una ciudad, de los hijos que tal vez nunca debía haber tenido…

Sexto acto: tres de julio.

Me llamo Verónica Palacios, y soy la única heredera de Santiago Rodríguez. En el salón de mi casa, tengo una buena parte de las películas en DVD que me legó en su testamente, algunos de sus libros de ciencia ficción y de terror… Y para recordarme la realidad de tan peculiar historia, la calavera de Minos, guardada en la caja fuerte.

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