No es fácil ser un putero en tiempos de pandemia. Todo el mundo tiene miedo incluso para las actividades más usuales como hacer a la compra o ver a tu médico de cabecera, visitar a un amigo en el hospital es toda una aventura, y ya nadie queda con los amigos para ir al cine. Cualquier actividad que te obligue a salir de las paredes mágicas de tu hogar se vuelve super complicada… Pero el hombre tiene algunas necesidades muy básicas que satisfacer… como por ejemplo follar. Perdón, que en nuestros tiempos queda muy mal esa palabra, follar… y por todas partes se habla de “hacer el amor”.
Pues sí, yo soy un putero, aunque es mejor usar
eufemismos, como por ejemplo “consumidor de sexo mercenario” que dice mi amigo
Julián. Estoy casado desde hace más de quince años, tengo dos hijos que están
entrando en la adolescencia, y desde hace mucho tiempo tengo una serie de
amantes ocasionales. Es cierto que procuro cumplir con mi mujer una o dos veces
a la semana, pero es simple rutina: como ir al dentista los martes y los
sábados (siempre y cuando no esté con la regla o le duela la cabeza). Para
tener casi cuarenta años, Maribel se conserva bastante bien, hace Pilates dos
veces por semana, se va a correr al Parque del Retiro los sábados, y se somete
a costosos tratamientos de belleza en el centro de estética que abrieron hace
un par de años cerca de nuestra casa en el Barrio de Salamanca. Tratamientos
que yo abono encantado.
Pero yo no soy feliz, y desde el nacimiento de nuestro segundo
hijo, Andrés, que acaba de cumplir diez años, suelo buscar un poco de
entretenimiento sexual fuera del hogar. Al principio, recurría a los anuncios
que dejaban en los parabrisas de los coches, y los coleccionaba. Era toda una
aventura, un desafío para la misma Razón, el descubrir en cada cita si la foto
era real o bien un descarado Photoshop. Como soy bastante tímido, lo primero
que hacía era comprobar si tenían whatssap, iniciando una conversación en línea
que sería determinante a la hora de escoger con quién sería infiel a mi querida
esposa. Así descubrí a la dulce Ana, o a la super sexy Claudine, por no hablar
de la exótica Chen-Lu, de quienes guardo hermosos recuerdos. Otra vez tuve que
salir corriendo con los pantalones medio bajados, al darme cuenta en el último
momento de que Natalia se llamaba en realidad Andrés, y era un travesti
bastante eficiente y bien dotado…
Pero llegado un cierto día, esos encuentros con señoritas
callejeras dejaron de parecerme adecuados: me habían nombrado director de operaciones
para Oriente Medio de la empresa, y eso tenía que notarse también en la calidad
superior de mis “amantes ocasionales”. En ciertas reuniones privadas con otros
directivos era condición casi imprescindible el llevar compañía de categoría,
una “escort” capaz de hablar de política europea, de fútbol, o incluso de los
misterios de la Bolsa y de la banca de inversiones, con total solvencia. Por
supuesto, a esas cenas y almuerzos de empresa, que en ocasiones se prolongaban
hasta bien entrada la madrugada (a veces incluso todo el fin de semana, en un
lujoso complejo turístico de Marbella), los directivos no llevaban a sus
mujeres… sino a sus amantes. Incluso estaba bien vista un poquito de variedad,
y no repetir en aquellas reuniones semanales.
Y yo no iba a ser menos. Por eso empecé a buscar
“señoritas de compañía” de mayor nivel (y con unos precios que aumentaban en
consecuencia). Fue mi compañero Andrés quien me puso en contacto con mi primer
portal secreto de internet… Había que rellenar complejos formularios, para
asegurarse de encontrar una acompañante perfecta para cada ocasión, y el último
paso, después de la inevitable galería de fotos, era una breve entrevista
“on-line” con cada una de las candidatas, y hacer coincidir las agendas con la
debida antelación. Los precios eran elevados, pero como tenía la nueva tarjeta
de crédito de la empresa (conectada a mi cuenta secreta), y además lo deducía
como “gastos de representación”, todo era felicidad. De aquella época recuerdo
sobre todo a la bella Yvonne (en verdad se llamaba María de las Angustias y
había nacido en Cádiz, pero supo aprovechar su excelente educación bilingüe),
quien durante casi ocho meses se convirtió en mi amante habitual. Incluso me la
llevé una semana a París, para celebrar un nuevo ascenso dentro del banco de
inversiones por haber conseguido un cliente de los que generan beneficios de
más de seis ceros… Sin embargo, como nuestra relación empezaba a convertirse en
una especie de matrimonio, decidí abandonarla, y probar con un nuevo y más
selecto portal: “El Palacio de Madame Mim”.
Era un portal súper exclusivo, como los tradicionales
clubs ingleses donde debías ser presentado por varios miembros, añadir una
carta de recomendación, e incluso aportar una serie de avales bancarios que
confirmasen tu solvencia económica y tu situación laboral. Pues bien, para que
me concedieran una cita previa en el exclusivo portal de Madame Mim, tuve que
cumplir todos los requisitos anteriormente mencionados, incluyendo además un
completísimo análisis de sangre, puesto que para según que “terapias” era de lo
más necesario. Tardaron más de una semana en evaluarme, y yo estuve todo aquél
tiempo especialmente nervioso: por fin iba a jugar en las ligas superiores del
sexo, de la compañía selecta, y de la infidelidad. No me sentía particularmente
culpable aquél martes por la noche cuando, después de haber “cumplido” con
Maribel, descubrí en mi correo electrónico privado el mensaje que llevaba
esperando durante tanto tiempo: la confirmación de mi primera entrevista
“on-line” con el representante del Palacio.
Aunque la cita era para el día siguiente a las seis de la
tarde, lo planeé todo como si fuera un evento de trabajo: por la mañana escogí
un elegante traje gris marengo, camisa rosa, una conservadora corbata roja;
incluso aproveché la hora del almuerzo para ir al peluquero y pedirle a la
maquilladora de la empresa que me arreglase para una importante
videoconferencia que celebraría aquella tarde desde mi despacho en la trigésima
planta de la nueva torre de cristal y acero que se alzaba sobre el Paseo de la
Castellana. ¡Estaba nervioso como una colegiala el día de su puesta de largo!
A la hora señalada, accedí al portal de la aplicación con
mi clave de un solo uso, y se abrió una ventana de vídeo que ocupó toda la pantalla.
Y allí estaba ella, Madame Mim, una belleza oriental, de exquisitos modales,
que me comentó que se habían evaluado todas las pruebas y documentos
solicitados, y que si superaba este último requisito, se me facilitaría el
acceso a un portal privado, una clave personal, y por fin tendría acceso al
Palacio. Por supuesto, también se evaluó mi situación crediticia, pero el
disponer de la cotizada Visa Centurión terminó de abrirme la última puerta…
El día siguiente, jueves para más señas, a la misma hora
y desde el mismo sitio (mi cotizadísimo despacho), tuvo lugar la serie de
entrevistas, para conseguir encontrar dentro del exquisito surtido de “escorts”
aquella que se ajustase más a mis necesidades puntuales. No sé como explicarlo,
pero no se trató de algo sucio o morboso. Apareció un menú desplegable, y
surgieron los rostros de seis bellezas. Pasé diez minutos con cada una de
ellas, conversando educadamente por privado. Descarté enseguida a dos, puesto
que nunca me han gustado las latinas, a una tercera por recordarme demasiado a
mi propia mujer, y a la cuarta por ser más alta que yo (y eso que mi metro
ochenta de estatura me hacía sentirme siempre bastante protector con mis
amantes). Al final quedaron solo dos participantes, Yumiko y Catherina. Una japonesa
y una rusa. Las dos tenían un encanto especial. Las dos eran lo bastante
hermosas para que el mundo se difuminase a su alrededor. Pero como se trataba
de escoger a mi “amante titular”, terminé escogiendo a la exquisita Yumiko. La
propia Madame Mim me felicitó por “su maravilloso buen gusto”, me transmitió
“sus mejores deseos de paz y felicidad”, y concertamos una cita para el día
siguiente, en un lujoso complejo de viviendas ubicado en las afueras de la
ciudad: aquél sería nuestro punto de encuentro, y lo que sucediese más tarde
entre nosotros en aquella tarde noche de viernes dependería solamente de “la
necesaria conexión entre la dama y el caballero”.
En ningún momento hablamos de dinero, era de mala
educación, pero con lo que me iba a gastar en mi amante, Maribel, mi devota
esposa, podría haberse sometido a ese tratamiento de belleza tan caro del que
me llevaba hablando durante los últimos dos meses… Aquella noche, le comenté a
mi mujer que tendría que pasar el fin de semana fuera de Madrid, porque un
importante cliente de los Emiratos Árabes deseaba revisar sus inversiones en
España, y estas abarcaban diversas propiedades y tenía una selecta cartera de
activos financieros. Disponía por lo tanto de tres días para disfrutar con la
bella Yumiko… O al menos eso pensaba…
Preparé por lo tanto una pequeña maleta con todo lo
necesario, incluyendo mis pastillas para dormir, el cepillo y la pasta de
dientes, un traje de recambio, camisas y calzoncillos limpios, calcetines, un
pijama de seda… Y a las siete de la tarde estaba entregando las llaves de mi
coche a un complaciente mozo del aparcamiento, luego me identificaba ante el
empleado de seguridad de la torre, y tomaba el ascensor hasta el ático. No tuve
ni siquiera que llamar a la puerta: Yumiko me estaba esperando en el umbral,
ataviada con un kimono tradicional, el pelo recogido como una seductora geisha,
y la cara exquisitamente maquillada. Me pidió que me descalzase para entrar en
el piso. Cierto es que los dos sabíamos lo que más tarde o más temprano iba a
pasar (no en vano me había sometido a todo tipo de pruebas de sangre y
similares para descartar enfermedades de tipo sexual, puesto que en ciertos
niveles de prostitución, lo que menos te apetece es utilizar un preservativo),
pero estábamos decididos a empezar con
buen pie la aventura. El piso estaba decorado con modernos muebles de diseño,
cómodos pero funcionales, y los amplios ventanales del salón daban al “skyline”
de Madrid. El cuarto de baño era intrigante, puesto que incluía un jacuzzi y
una ducha de múltiples chorros, y el dormitorio, con una increíble cama de
baldaquino, parecía sacado de una revista de moda de vanguardia. En la cocina
abundaban los cromados, y los electrodomésticos estaban llenos de misteriosos
botones y diagramas que centelleaban en la penumbra. En aquellos momentos,
cuando la exquisita Yumiko me estaba enseñando la casa, en lo único en lo que
podía pensar era en desnudarla y hacerla mía en aquella cama…
Las dos siguientes horas las pasamos conversando, y mientras
escuchábamos una intrigante música de estilo “new age”, una camarera nos trajo
la cena (un exquisito surtido de sushi de un restaurante de prestigio, tal y
como habíamos establecido la víspera), bebimos sake tibio, brindamos luego con
un excelente champán francés, y a las nueve de la noche ya estábamos listos
para pasar a una nueva fase. Una experiencia que sería difícil de olvidar…
Yumiko se levantó con gran estilo de la silla de diseño,
y me indicó que la siguiera al dormitorio, mientras empezaba a deshacer el
tocado tradicional, soltando su larga y cuidada melena negra. Ella se desnudó
en silencio, abriendo capa tras capa de su kimono, y pude comprobar que no
llevaba ningún tipo de ropa interior. Estaba tan tremendamente seductora, que
no pude evitar empalmarme, lo cual fue evidente cuando ella se acercó a mí, y
empezó a desnudarme. La chaqueta ya me la había quitado durante la cena, y ella
la puso en el galán de noche. Me quitó la corbata y la camisa con gran pericia,
y me hizo sentarme en el borde de la cama para hacerse cargo de mis pantalones,
mis calzoncillos, los calcetines… Me quedé completamente desnudo delante de
ella, y lo único que me apetecía de verdad era introducirme en ese coñito tan
deseable y magníficamente depilado, hacerla mía de todas las maneras posibles,
y disfrutar con intensidad de una noche mágica…
Pero ella tenía otros planes. El primero de ellos, darnos
una larga ducha, frotándome con un pedazo de esponja natural, por todo el
cuerpo, como si quisiera asegurarse de que cualquier tipo de recuerdo, de
huella, del mundo exterior, quedase olvidado lejos de nosotros, y yo pudiera
entregarme por completo a ella. Como si pretendiera conseguir la máxima
esterilidad de mi cuerpo… Rechazó todos mis intentos de penetrarla en el
habitáculo. Se limitaba a decirme, sonriendo: “Ahora no, Esteban, luego… No
tengas prisa…” Y cada vez que decía mi nombre, notaba cómo aumentaba mi deseo
por ella…
Nos secamos mutuamente con las toallas de algodón blancas
de rizo grueso, y nos dirigimos a la cama… Y entonces empezaron a pasar cosas
extrañas… Me preguntó si me apetecía “jugar un poquito, a la japonesa”, y
acepté, sin saber muy bien de qué se trataba. Era un juego de dominación… Pero
lo descubrí demasiado tarde, igual que el significado de tanta limpieza, de una
dieta sana, de todas las pruebas anteriores… Pero no adelantemos
acontecimientos…
Me puso con gran cariño una mordaza en la boca, de suave
algodón, pero que me impedía pronunciar cualquier palabra, y mucho menos
gritar… Y allí estaba yo, con una erección triunfante, tan apropiada para mis
gloriosos treinta y seis años. Y Yumiko sabía perfectamente lo que tenía que
hacer con su boca para complacerme. Me corrí escandalosamente dentro de ella, y
fue en ese momento cuando lo que podría haber sido la mejor noche de mi vida se
convirtió en el prólogo de una de las experiencias más extrañas que puedo
recordar.
Porque en ese momento se abrió la puerta de la
habitación, y por ella entraron la mismísima Madame Mim, y dos enfermeras
vestidas de blanco.
“¿Y bien, Yumiko San, cuál es el resultado de los
análisis que acabas de realizarle?”, comentó la Madame.
“La calidad del esperma es extraordinaria, Madame. Creo
que es un candidato perfecto para nuestro programa de reproducción asistida…
Aunque no me vendría mal una segunda opinión.”
“Proceda usted, X-
“Exquisito. Pero quizás necesita un poco más de vitamina
B-12 en la mezcla. Sugiero que le pongan una inyección, y esperen media hora
hasta que se expanda por el torrente sanguíneo. Quizás haya que poner algún
estimulante, porque le espera un fin de semana muy intenso. Y un
reconstituyente, ambos por vía intramuscular. Y luego podremos proceder a las
inseminaciones.”
¿Inyección? ¿Inseminaciones? ¡Pero si yo lo único que
pretendía era disfrutar de un fin de semana lejos de casa, de Maribel y de los
niños! ¡Y me estaba viendo arrastrado a una locura!
Que no había hecho más que comenzar… Una nueva enfermera,
tan tremendamente sexy como las dos anteriores, entró con una bandeja, sobre la
que brillaban varias jeringuillas hipodérmicas. Me pusieron una en el antebrazo
derecho, y otra en el pene, que de repente se me volvió a hinchar como en los
mejores años de mi adolescencia.
“Perfecto, si el sujeto ya está dispuesto, podemos pasar
a la segunda fase”, dijo Madame Mim. Y sin más preámbulos, la bella Yumiko
empezó a cabalgarme, a gemir, cada vez más excitada. Y yo también gemía, las
paredes de su vagina parecían tener vida propia, aspirándome, masajeándome,
haciéndome disfrutar más que nunca, ralentizando el ritmo cuando estaba a punto
de llegar al orgasmo, retomando su actividad momentos más tarde, hasta que me
corrí, agotado, dentro de ella. Yo no entendía nada de lo que me estaba
pasando. Porque cuando Yumiko hubo terminado, me pusieron otra inyección en el
pene, y noté cómo toda mi virilidad se ponía en funcionamiento: ya estaba listo
para otra relación sexual.
Se abrió de nuevo la puerta, y entró una belleza nórdica,
completamente desnuda y depilada. Follamos. Me corrí dentro de ella. Me dio las
gracias. Una nueva inyección. Entró una adolescente negra. Me corrí. Otra
inyección. Y así toda la noche del viernes al sábado. Veinte mujeres. De todas
las razas. De todos los colores. Con un amplio abanico de edades, pero todas
ellas fértiles. Inyección, polvo, inyección. Disfruté intensamente, pero a las
siete de la mañana, estaba agotado.
“Vamos a ponerle otra inyección, para relajarle, y un
gotero para que se estabilicen sus niveles hormonales y pueda seguir ejerciendo
de semental”, me dijo Madame Mim. “Está usted cumpliendo maravillosamente con
nuestro programa reproductivo. Muchas felicidades. Ahora le acompañaremos al
baño, y le dejaremos descansar.” Y eso es lo que hicieron. Me pusieron una
especie de camisa de fuerza, y me arroparon dentro de la cama. Algo inyectaron
en el gotero, que me hizo dormir ocho horas del tirón.
A las cinco de la tarde, la bella Yumiko me despertó, y
me liberó de mis ataduras. “¿Te apetece comer algo? ¿Y luego seguimos con
nuestros negocios? Porque me he quedado con ganas de recibir una nueva dosis de
tu semen… Y quiero que sepas que estás haciendo una gran contribución a la
causa suprema…” ¿Causa suprema? A esas horas, en lo único que podía pensar era
en escaparme, aunque fuera desnudo… Pero al mismo tiempo, me dominaba la
curiosidad…
Me vestí con un práctico kimono de hombre, y nos fuimos
los dos al comedor. La misma camarera nos sirvió la cena, en esta ocasión un
fantástico banquete de comida coreana, una de mis favoritas, y empezamos a
hablar.
“Esteban, lo primero de todo es que entiendas que estás
cumpliendo un deber casi sagrado, asegurar la supervivencia de nuestra especie.
Somos una raza en peligro de extinción, y llevamos muchos siglos huyendo por el
espacio, perseguidos por los Krull. Hace ya veinte años humanos que falleció
nuestro último varón reproductor, y si no conseguimos engendrar una nueva
generación, desapareceremos. ¡Llevamos tanto tiempo buscando un genoma, un
esperma, un donante compatible! ¡Y era tan urgente conseguirlo! Comprenderás
que no podemos poner un anuncio en la prensa: raza alienígena busca
reproductor…”
“Pues quizás no habría sido una mala idea… en vez de
abusar de mí”, le respondí, bastante molesto…
“Ya, pero tienes que entenderlo: solo se nos ocurrió la
idea de montar este portal de internet, este burdel de altos vuelos, para
seleccionar al donante perfecto. Por eso tantas pruebas médicas, tantas
consultas de antecedentes, tanto cuidar la dieta… Hay que encontrar con
urgencia al padre de nuestra raza… El esperma tiene que ser de calidad
superior, fresco y poderoso. Y no podemos recurrir al género congelado, porque
no sería compatible con nuestro organismo…”
“¿Raza alienígena? Pues sin embargo, solo he visto
mujeres humanas, algunas realmente exquisitas…”, le respondí.
“No te fíes de las apariencias”, me respondió. “Tan solo
hemos adoptado una forma más acorde con lo que tú estás acostumbrado, puesto
que igual nuestro aspecto te resulta peculiar, y eso influye en tu capacidad de
recuperación…”
“¿Seguro que no me estás engañando, y que esto no es más
que un sueño, o peor aún, una estafa? Porque eso de ser el nuevo padre de una
raza intergaláctica suena muy interesante, pero comprenderás que es difícil de
creer…”
“Mira, Esteban, ahora tenemos que seguir con el programa
de inseminación. Tenemos toda la noche por delante, ¿aunque seguro que esta vez
no hay que atarte de manos y piernas verdad?”, me dijo, mientras terminábamos
de cenar.
La posibilidad de volver a pasarme la noche follando me
excitaba. ¡A quién no! Las inyecciones seguían sin entusiasmarme, pero eran un
mal necesario para mantener mi virilidad y mi flujo de esperma en condiciones.
Creo que dejé bien alto el pabellón, puesto que a las ocho de la mañana, cuando
por fin me dejaron descansar, ya había inseminado a otras veinte “mujeres”, la
más bella una adolescente keniata negra como la noche.
Yumiko me acompañó en el desayuno, que fue realmente
exquisito, y me preguntó si la dejaba dormir entre mis brazos. Por supuesto que
acepté, y nos quedamos dormidos, en medio de la cama, completamente desnudos. A
las seis de la tarde, nos despertamos, y comimos, en esta ocasión un surtido de
ibéricos, queso manchego, un cochinillo asado, una ensalada, en resumen cosas
bien ricas.
“Esteban, esta noche terminarás de cumplir tu tarea”, me
dijo, “y quiero que sepas que hasta el momento has generado treinta embarazos.
Si consiguiéramos otros quince esta noche, nuestro destino sería un poco menos
oscuro. ¿Ya estás preparado?”
“Entonces me estás diciendo que este no es vuestro
aspecto real, Yumiko… Bien pues estoy dispuesto a “cumplir con mi deber”, pero
con una condición. Esta noche, quisiera volver a hacer el amor contigo, pero
que adoptes tu forma real… Así podré comprobar que esto no es el sueño de
cualquier salido…”
“Muy bien, Esteban: yo seré la última… pero te espera una
larga noche…”
Y vaya si fue una larga noche. Veinte mujeres recibieron
mi esperma. Rubias, morenas, pelirrojas, negras, chinas, blancas, mulatas.
Todas dispuestas a disfrutar. Todas sexys y generosas. Todas increíbles, hasta
tal punto que casi no me molestaban las inyecciones y las drogas y los
estimulantes. Y yo tan feliz de “cumplir con mi misión”, sabiendo que la última
de ellas, poco antes de irme a trabajar, sería la bella Yumiko. Y entonces
sabría la verdad.
A las cuatro de la madrugada, Yumiko entró en la
habitación. Estaba más bella que nunca, la luz de la luna resplandecía sobre su
piel, su melena larga y negra se estiraba por su espalda, y en sus ojos notaba
el deseo…
“Yumiko, me prometiste que podría verte en tu forma
real”, le dije…
“Y lo harás”, me respondió, mientras se acercaba desnuda
a la cama… Y en cierto modo, se quitó el “traje de Yumiko”. Era una criatura
humanoide, con dos brazos y dos piernas, como nosotros, con una cabeza como la
nuestra, pero sin pelo, y un tercer ojo dorado en mitad de la frente. Su piel
era de un brillante color blanco, y emitía luz. Sus manos eran largas y bien
proporcionadas, cada una de seis dedos, igual que sus pies. Sus pechos eran
tres, magníficamente proporcionados. Y de su sexo emanaba una especie de luz y
de calor que me resultaba de lo más interesante. Me excitaba muchísimo verla
con su verdadero aspecto…
Hicimos el amor, tres, cuatro veces. Nótese que digo
“hacer el amor” y no “follar”, quizás porque Yumiko siempre fue especial para
mí. Mi primera “allien” con su auténtica apariencia… Serían las ocho de la
mañana cuando, después de una buena ducha, me vestí, me despedí de Yumiko, y me
fui a desayunar al bar de la esquina.
“¡Qué locura de fin de semana! ¡Y encima no tener a nadie
a quien contárselo!”, pensaba, de camino al trabajo. Además, ¿quién me iba a
creer, que me habían seleccionado a través de un portal de citas para
convertirme en el padre de una nueva raza intergaláctica? ¡Ni siquiera Iker Jiménez
me haría caso! Decidí olvidarme de todo, y centrarme de nuevo en el mundo
conocido: mi mujer, mis amantes ocasionales, y borrar las claves del acceso al
Palacio de Madame Mim.
Bueno, pues lo más curioso no fue eso… Sino que tres
semanas más tarde, la bella Yumiko me mandó un mensaje a mi teléfono móvil.
“Tenemos que vernos. Este viernes. En el mismo lugar que la otra vez”. Decidí
acudir a la cita…
Me abrió la puerta la misma camarera que la vez anterior,
y me acompañó al salón. Y allí estaba Yumiko, con un bebé entre los brazos. Era
medio humano, medio allien. “Como podrás ver, los tiempos de embarazo son
distintos en nuestras dos especies. Tres semanas humanas sobran para llevar la
gestación a término. Solo quería presentarte a tu nuevo hijo, uno de los cuarenta
que han nacido ayer… Tranquilo, puedes cogerlo en brazos, no se va a romper…”
¡Mi hijo! Así que era todo verdad. Me habían escogido por
mi genética para convertirme en el padre de una nueva raza, en la salvación de
una especie moribunda… Y yo, en lo único que podía pensar, era en volver a
acostarme con Yumiko. Y quizás en volver a tener otro hijo… Que llevase mis
genes más allá de las estrellas. Yumiko sonrió. Con una mirada pícara, me dijo:
“¿Sabes que leemos el pensamiento?”
A partir de aquél fin de semana, mis prioridades
cambiaron. Es cierto que los martes y los jueves me acostaba con Maribel,
cumpliendo con mis labores de padre amantísimo y de marido atento. Volvía
pronto a casa, me cuidaba, hacía deporte, una dieta rica en calorías pero pobre
en grasas. Había dejado de ir de putas, y reservaba todo mi esperma para mis
funciones reproductoras. Porque cada tres semanas, le decía a mi mujer que
tenía una cita con un cliente, un viaje, y desaparecía de casa el viernes por
la tarde, hasta el lunes después del trabajo.
Ya no tenían que atarme, aunque les gustaba adoptar el
aspecto de mujeres humanas, a cada cual más sexy. Eran auténticas maratones de
sexo reproductivo, y cumplía de la manera más eficiente con mis amantes
alienígenas, convencido de estar realizando una importante misión. Incluso
llegué a acostarme con la mismísima Madame Mim, la reina de aquella especie de
amazonas intergalácticas, en varias ocasiones y rodeados por su corte. Yumiko
siempre era mi última amante, bajo su auténtico aspecto. Y en cada nueva cita,
tres semanas después, conocía a mi último descendiente, antes de engendrar uno
nuevo.
Y pasaron los meses, y los años. Yo cumplía con mi
función reproductiva con auténtica devoción. Mi mujer no sospechaba nada. Y yo
era feliz. Hasta ayer por la tarde. Yumiko me esperaba, desnuda, en la cama.
Hicimos el amor como otras muchas veces. Apareció Madame Mim… y me dijo,
mientras encendía la televisión y ponía un disco en el reproductor de DVD:
“Muchas gracias por tus servicios, Esteban, pero ya no serán necesarios. Ya
hemos podido reconstruir nuestro ejército, con tu ayuda y la de otras decenas
de miles de candidatos por todo el globo. Habéis salvado nuestra raza de la destrucción,
del olvido, de la nada. Nuestras armas, nuestra tecnología, son mucho más
evolucionadas que las vuestras. Pero ahora necesitamos un planeta, para crecer
y multiplicarnos. Y la Tierra ha demostrado ser un hogar perfecto.”
Y esa es mi historia. Me llamo Esteban, trabajo de broker
en un banco de inversiones y soy uno de los padres, de los reproductores, de
una raza intergaláctica, y en parte puedo ser el responsable del exterminio de
la humanidad. Pero, sin embargo, no puedo dejar de pensar en la bella y
misteriosa Yumiko, y en aquellos años en los que me he acostado con las
“mujeres” más hermosas de la Tierra.

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