sábado, 19 de septiembre de 2020

EL PALACIO DE MADAME MIM

 


No es fácil ser un putero en tiempos de pandemia. Todo el mundo tiene miedo incluso para las actividades más usuales como hacer a la compra o ver a tu médico de cabecera, visitar a un amigo en el hospital es toda una aventura, y ya nadie queda con los amigos para ir al cine. Cualquier actividad que te obligue a salir de las paredes mágicas de tu hogar se vuelve super complicada… Pero el hombre tiene algunas necesidades muy básicas que satisfacer… como por ejemplo follar. Perdón, que en nuestros tiempos queda muy mal esa palabra, follar… y por todas partes se habla de “hacer el amor”.

Pues sí, yo soy un putero, aunque es mejor usar eufemismos, como por ejemplo “consumidor de sexo mercenario” que dice mi amigo Julián. Estoy casado desde hace más de quince años, tengo dos hijos que están entrando en la adolescencia, y desde hace mucho tiempo tengo una serie de amantes ocasionales. Es cierto que procuro cumplir con mi mujer una o dos veces a la semana, pero es simple rutina: como ir al dentista los martes y los sábados (siempre y cuando no esté con la regla o le duela la cabeza). Para tener casi cuarenta años, Maribel se conserva bastante bien, hace Pilates dos veces por semana, se va a correr al Parque del Retiro los sábados, y se somete a costosos tratamientos de belleza en el centro de estética que abrieron hace un par de años cerca de nuestra casa en el Barrio de Salamanca. Tratamientos que yo abono encantado.

Pero yo no soy feliz, y desde el nacimiento de nuestro segundo hijo, Andrés, que acaba de cumplir diez años, suelo buscar un poco de entretenimiento sexual fuera del hogar. Al principio, recurría a los anuncios que dejaban en los parabrisas de los coches, y los coleccionaba. Era toda una aventura, un desafío para la misma Razón, el descubrir en cada cita si la foto era real o bien un descarado Photoshop. Como soy bastante tímido, lo primero que hacía era comprobar si tenían whatssap, iniciando una conversación en línea que sería determinante a la hora de escoger con quién sería infiel a mi querida esposa. Así descubrí a la dulce Ana, o a la super sexy Claudine, por no hablar de la exótica Chen-Lu, de quienes guardo hermosos recuerdos. Otra vez tuve que salir corriendo con los pantalones medio bajados, al darme cuenta en el último momento de que Natalia se llamaba en realidad Andrés, y era un travesti bastante eficiente y bien dotado…

Pero llegado un cierto día, esos encuentros con señoritas callejeras dejaron de parecerme adecuados: me habían nombrado director de operaciones para Oriente Medio de la empresa, y eso tenía que notarse también en la calidad superior de mis “amantes ocasionales”. En ciertas reuniones privadas con otros directivos era condición casi imprescindible el llevar compañía de categoría, una “escort” capaz de hablar de política europea, de fútbol, o incluso de los misterios de la Bolsa y de la banca de inversiones, con total solvencia. Por supuesto, a esas cenas y almuerzos de empresa, que en ocasiones se prolongaban hasta bien entrada la madrugada (a veces incluso todo el fin de semana, en un lujoso complejo turístico de Marbella), los directivos no llevaban a sus mujeres… sino a sus amantes. Incluso estaba bien vista un poquito de variedad, y no repetir en aquellas reuniones semanales.

Y yo no iba a ser menos. Por eso empecé a buscar “señoritas de compañía” de mayor nivel (y con unos precios que aumentaban en consecuencia). Fue mi compañero Andrés quien me puso en contacto con mi primer portal secreto de internet… Había que rellenar complejos formularios, para asegurarse de encontrar una acompañante perfecta para cada ocasión, y el último paso, después de la inevitable galería de fotos, era una breve entrevista “on-line” con cada una de las candidatas, y hacer coincidir las agendas con la debida antelación. Los precios eran elevados, pero como tenía la nueva tarjeta de crédito de la empresa (conectada a mi cuenta secreta), y además lo deducía como “gastos de representación”, todo era felicidad. De aquella época recuerdo sobre todo a la bella Yvonne (en verdad se llamaba María de las Angustias y había nacido en Cádiz, pero supo aprovechar su excelente educación bilingüe), quien durante casi ocho meses se convirtió en mi amante habitual. Incluso me la llevé una semana a París, para celebrar un nuevo ascenso dentro del banco de inversiones por haber conseguido un cliente de los que generan beneficios de más de seis ceros… Sin embargo, como nuestra relación empezaba a convertirse en una especie de matrimonio, decidí abandonarla, y probar con un nuevo y más selecto portal: “El Palacio de Madame Mim”.

Era un portal súper exclusivo, como los tradicionales clubs ingleses donde debías ser presentado por varios miembros, añadir una carta de recomendación, e incluso aportar una serie de avales bancarios que confirmasen tu solvencia económica y tu situación laboral. Pues bien, para que me concedieran una cita previa en el exclusivo portal de Madame Mim, tuve que cumplir todos los requisitos anteriormente mencionados, incluyendo además un completísimo análisis de sangre, puesto que para según que “terapias” era de lo más necesario. Tardaron más de una semana en evaluarme, y yo estuve todo aquél tiempo especialmente nervioso: por fin iba a jugar en las ligas superiores del sexo, de la compañía selecta, y de la infidelidad. No me sentía particularmente culpable aquél martes por la noche cuando, después de haber “cumplido” con Maribel, descubrí en mi correo electrónico privado el mensaje que llevaba esperando durante tanto tiempo: la confirmación de mi primera entrevista “on-line” con el representante del Palacio.

Aunque la cita era para el día siguiente a las seis de la tarde, lo planeé todo como si fuera un evento de trabajo: por la mañana escogí un elegante traje gris marengo, camisa rosa, una conservadora corbata roja; incluso aproveché la hora del almuerzo para ir al peluquero y pedirle a la maquilladora de la empresa que me arreglase para una importante videoconferencia que celebraría aquella tarde desde mi despacho en la trigésima planta de la nueva torre de cristal y acero que se alzaba sobre el Paseo de la Castellana. ¡Estaba nervioso como una colegiala el día de su puesta de largo!

A la hora señalada, accedí al portal de la aplicación con mi clave de un solo uso, y se abrió una ventana de vídeo que ocupó toda la pantalla. Y allí estaba ella, Madame Mim, una belleza oriental, de exquisitos modales, que me comentó que se habían evaluado todas las pruebas y documentos solicitados, y que si superaba este último requisito, se me facilitaría el acceso a un portal privado, una clave personal, y por fin tendría acceso al Palacio. Por supuesto, también se evaluó mi situación crediticia, pero el disponer de la cotizada Visa Centurión terminó de abrirme la última puerta…

El día siguiente, jueves para más señas, a la misma hora y desde el mismo sitio (mi cotizadísimo despacho), tuvo lugar la serie de entrevistas, para conseguir encontrar dentro del exquisito surtido de “escorts” aquella que se ajustase más a mis necesidades puntuales. No sé como explicarlo, pero no se trató de algo sucio o morboso. Apareció un menú desplegable, y surgieron los rostros de seis bellezas. Pasé diez minutos con cada una de ellas, conversando educadamente por privado. Descarté enseguida a dos, puesto que nunca me han gustado las latinas, a una tercera por recordarme demasiado a mi propia mujer, y a la cuarta por ser más alta que yo (y eso que mi metro ochenta de estatura me hacía sentirme siempre bastante protector con mis amantes). Al final quedaron solo dos participantes, Yumiko y Catherina. Una japonesa y una rusa. Las dos tenían un encanto especial. Las dos eran lo bastante hermosas para que el mundo se difuminase a su alrededor. Pero como se trataba de escoger a mi “amante titular”, terminé escogiendo a la exquisita Yumiko. La propia Madame Mim me felicitó por “su maravilloso buen gusto”, me transmitió “sus mejores deseos de paz y felicidad”, y concertamos una cita para el día siguiente, en un lujoso complejo de viviendas ubicado en las afueras de la ciudad: aquél sería nuestro punto de encuentro, y lo que sucediese más tarde entre nosotros en aquella tarde noche de viernes dependería solamente de “la necesaria conexión entre la dama y el caballero”.

En ningún momento hablamos de dinero, era de mala educación, pero con lo que me iba a gastar en mi amante, Maribel, mi devota esposa, podría haberse sometido a ese tratamiento de belleza tan caro del que me llevaba hablando durante los últimos dos meses… Aquella noche, le comenté a mi mujer que tendría que pasar el fin de semana fuera de Madrid, porque un importante cliente de los Emiratos Árabes deseaba revisar sus inversiones en España, y estas abarcaban diversas propiedades y tenía una selecta cartera de activos financieros. Disponía por lo tanto de tres días para disfrutar con la bella Yumiko… O al menos eso pensaba…

Preparé por lo tanto una pequeña maleta con todo lo necesario, incluyendo mis pastillas para dormir, el cepillo y la pasta de dientes, un traje de recambio, camisas y calzoncillos limpios, calcetines, un pijama de seda… Y a las siete de la tarde estaba entregando las llaves de mi coche a un complaciente mozo del aparcamiento, luego me identificaba ante el empleado de seguridad de la torre, y tomaba el ascensor hasta el ático. No tuve ni siquiera que llamar a la puerta: Yumiko me estaba esperando en el umbral, ataviada con un kimono tradicional, el pelo recogido como una seductora geisha, y la cara exquisitamente maquillada. Me pidió que me descalzase para entrar en el piso. Cierto es que los dos sabíamos lo que más tarde o más temprano iba a pasar (no en vano me había sometido a todo tipo de pruebas de sangre y similares para descartar enfermedades de tipo sexual, puesto que en ciertos niveles de prostitución, lo que menos te apetece es utilizar un preservativo), pero estábamos decididos  a empezar con buen pie la aventura. El piso estaba decorado con modernos muebles de diseño, cómodos pero funcionales, y los amplios ventanales del salón daban al “skyline” de Madrid. El cuarto de baño era intrigante, puesto que incluía un jacuzzi y una ducha de múltiples chorros, y el dormitorio, con una increíble cama de baldaquino, parecía sacado de una revista de moda de vanguardia. En la cocina abundaban los cromados, y los electrodomésticos estaban llenos de misteriosos botones y diagramas que centelleaban en la penumbra. En aquellos momentos, cuando la exquisita Yumiko me estaba enseñando la casa, en lo único en lo que podía pensar era en desnudarla y hacerla mía en aquella cama…

Las dos siguientes horas las pasamos conversando, y mientras escuchábamos una intrigante música de estilo “new age”, una camarera nos trajo la cena (un exquisito surtido de sushi de un restaurante de prestigio, tal y como habíamos establecido la víspera), bebimos sake tibio, brindamos luego con un excelente champán francés, y a las nueve de la noche ya estábamos listos para pasar a una nueva fase. Una experiencia que sería difícil de olvidar…

Yumiko se levantó con gran estilo de la silla de diseño, y me indicó que la siguiera al dormitorio, mientras empezaba a deshacer el tocado tradicional, soltando su larga y cuidada melena negra. Ella se desnudó en silencio, abriendo capa tras capa de su kimono, y pude comprobar que no llevaba ningún tipo de ropa interior. Estaba tan tremendamente seductora, que no pude evitar empalmarme, lo cual fue evidente cuando ella se acercó a mí, y empezó a desnudarme. La chaqueta ya me la había quitado durante la cena, y ella la puso en el galán de noche. Me quitó la corbata y la camisa con gran pericia, y me hizo sentarme en el borde de la cama para hacerse cargo de mis pantalones, mis calzoncillos, los calcetines… Me quedé completamente desnudo delante de ella, y lo único que me apetecía de verdad era introducirme en ese coñito tan deseable y magníficamente depilado, hacerla mía de todas las maneras posibles, y disfrutar con intensidad de una noche mágica…

Pero ella tenía otros planes. El primero de ellos, darnos una larga ducha, frotándome con un pedazo de esponja natural, por todo el cuerpo, como si quisiera asegurarse de que cualquier tipo de recuerdo, de huella, del mundo exterior, quedase olvidado lejos de nosotros, y yo pudiera entregarme por completo a ella. Como si pretendiera conseguir la máxima esterilidad de mi cuerpo… Rechazó todos mis intentos de penetrarla en el habitáculo. Se limitaba a decirme, sonriendo: “Ahora no, Esteban, luego… No tengas prisa…” Y cada vez que decía mi nombre, notaba cómo aumentaba mi deseo por ella…

Nos secamos mutuamente con las toallas de algodón blancas de rizo grueso, y nos dirigimos a la cama… Y entonces empezaron a pasar cosas extrañas… Me preguntó si me apetecía “jugar un poquito, a la japonesa”, y acepté, sin saber muy bien de qué se trataba. Era un juego de dominación… Pero lo descubrí demasiado tarde, igual que el significado de tanta limpieza, de una dieta sana, de todas las pruebas anteriores… Pero no adelantemos acontecimientos…

Me puso con gran cariño una mordaza en la boca, de suave algodón, pero que me impedía pronunciar cualquier palabra, y mucho menos gritar… Y allí estaba yo, con una erección triunfante, tan apropiada para mis gloriosos treinta y seis años. Y Yumiko sabía perfectamente lo que tenía que hacer con su boca para complacerme. Me corrí escandalosamente dentro de ella, y fue en ese momento cuando lo que podría haber sido la mejor noche de mi vida se convirtió en el prólogo de una de las experiencias más extrañas que puedo recordar.

Porque en ese momento se abrió la puerta de la habitación, y por ella entraron la mismísima Madame Mim, y dos enfermeras vestidas de blanco.

“¿Y bien, Yumiko San, cuál es el resultado de los análisis que acabas de realizarle?”, comentó la Madame.

“La calidad del esperma es extraordinaria, Madame. Creo que es un candidato perfecto para nuestro programa de reproducción asistida… Aunque no me vendría mal una segunda opinión.”

“Proceda usted, X-97”, le dijo a una de las enfermeras, que se acercó golosa a mi pene misteriosamente erecto, y me realizó una de las mejores felaciones de toda mi vida.

“Exquisito. Pero quizás necesita un poco más de vitamina B-12 en la mezcla. Sugiero que le pongan una inyección, y esperen media hora hasta que se expanda por el torrente sanguíneo. Quizás haya que poner algún estimulante, porque le espera un fin de semana muy intenso. Y un reconstituyente, ambos por vía intramuscular. Y luego podremos proceder a las inseminaciones.”

¿Inyección? ¿Inseminaciones? ¡Pero si yo lo único que pretendía era disfrutar de un fin de semana lejos de casa, de Maribel y de los niños! ¡Y me estaba viendo arrastrado a una locura!

Que no había hecho más que comenzar… Una nueva enfermera, tan tremendamente sexy como las dos anteriores, entró con una bandeja, sobre la que brillaban varias jeringuillas hipodérmicas. Me pusieron una en el antebrazo derecho, y otra en el pene, que de repente se me volvió a hinchar como en los mejores años de mi adolescencia.

“Perfecto, si el sujeto ya está dispuesto, podemos pasar a la segunda fase”, dijo Madame Mim. Y sin más preámbulos, la bella Yumiko empezó a cabalgarme, a gemir, cada vez más excitada. Y yo también gemía, las paredes de su vagina parecían tener vida propia, aspirándome, masajeándome, haciéndome disfrutar más que nunca, ralentizando el ritmo cuando estaba a punto de llegar al orgasmo, retomando su actividad momentos más tarde, hasta que me corrí, agotado, dentro de ella. Yo no entendía nada de lo que me estaba pasando. Porque cuando Yumiko hubo terminado, me pusieron otra inyección en el pene, y noté cómo toda mi virilidad se ponía en funcionamiento: ya estaba listo para otra relación sexual.

Se abrió de nuevo la puerta, y entró una belleza nórdica, completamente desnuda y depilada. Follamos. Me corrí dentro de ella. Me dio las gracias. Una nueva inyección. Entró una adolescente negra. Me corrí. Otra inyección. Y así toda la noche del viernes al sábado. Veinte mujeres. De todas las razas. De todos los colores. Con un amplio abanico de edades, pero todas ellas fértiles. Inyección, polvo, inyección. Disfruté intensamente, pero a las siete de la mañana, estaba agotado.

“Vamos a ponerle otra inyección, para relajarle, y un gotero para que se estabilicen sus niveles hormonales y pueda seguir ejerciendo de semental”, me dijo Madame Mim. “Está usted cumpliendo maravillosamente con nuestro programa reproductivo. Muchas felicidades. Ahora le acompañaremos al baño, y le dejaremos descansar.” Y eso es lo que hicieron. Me pusieron una especie de camisa de fuerza, y me arroparon dentro de la cama. Algo inyectaron en el gotero, que me hizo dormir ocho horas del tirón.

A las cinco de la tarde, la bella Yumiko me despertó, y me liberó de mis ataduras. “¿Te apetece comer algo? ¿Y luego seguimos con nuestros negocios? Porque me he quedado con ganas de recibir una nueva dosis de tu semen… Y quiero que sepas que estás haciendo una gran contribución a la causa suprema…” ¿Causa suprema? A esas horas, en lo único que podía pensar era en escaparme, aunque fuera desnudo… Pero al mismo tiempo, me dominaba la curiosidad…

Me vestí con un práctico kimono de hombre, y nos fuimos los dos al comedor. La misma camarera nos sirvió la cena, en esta ocasión un fantástico banquete de comida coreana, una de mis favoritas, y empezamos a hablar.

“Esteban, lo primero de todo es que entiendas que estás cumpliendo un deber casi sagrado, asegurar la supervivencia de nuestra especie. Somos una raza en peligro de extinción, y llevamos muchos siglos huyendo por el espacio, perseguidos por los Krull. Hace ya veinte años humanos que falleció nuestro último varón reproductor, y si no conseguimos engendrar una nueva generación, desapareceremos. ¡Llevamos tanto tiempo buscando un genoma, un esperma, un donante compatible! ¡Y era tan urgente conseguirlo! Comprenderás que no podemos poner un anuncio en la prensa: raza alienígena busca reproductor…”

“Pues quizás no habría sido una mala idea… en vez de abusar de mí”, le respondí, bastante molesto…

“Ya, pero tienes que entenderlo: solo se nos ocurrió la idea de montar este portal de internet, este burdel de altos vuelos, para seleccionar al donante perfecto. Por eso tantas pruebas médicas, tantas consultas de antecedentes, tanto cuidar la dieta… Hay que encontrar con urgencia al padre de nuestra raza… El esperma tiene que ser de calidad superior, fresco y poderoso. Y no podemos recurrir al género congelado, porque no sería compatible con nuestro organismo…”

“¿Raza alienígena? Pues sin embargo, solo he visto mujeres humanas, algunas realmente exquisitas…”, le respondí.

“No te fíes de las apariencias”, me respondió. “Tan solo hemos adoptado una forma más acorde con lo que tú estás acostumbrado, puesto que igual nuestro aspecto te resulta peculiar, y eso influye en tu capacidad de recuperación…”

“¿Seguro que no me estás engañando, y que esto no es más que un sueño, o peor aún, una estafa? Porque eso de ser el nuevo padre de una raza intergaláctica suena muy interesante, pero comprenderás que es difícil de creer…”

“Mira, Esteban, ahora tenemos que seguir con el programa de inseminación. Tenemos toda la noche por delante, ¿aunque seguro que esta vez no hay que atarte de manos y piernas verdad?”, me dijo, mientras terminábamos de cenar.

La posibilidad de volver a pasarme la noche follando me excitaba. ¡A quién no! Las inyecciones seguían sin entusiasmarme, pero eran un mal necesario para mantener mi virilidad y mi flujo de esperma en condiciones. Creo que dejé bien alto el pabellón, puesto que a las ocho de la mañana, cuando por fin me dejaron descansar, ya había inseminado a otras veinte “mujeres”, la más bella una adolescente keniata negra como la noche.

Yumiko me acompañó en el desayuno, que fue realmente exquisito, y me preguntó si la dejaba dormir entre mis brazos. Por supuesto que acepté, y nos quedamos dormidos, en medio de la cama, completamente desnudos. A las seis de la tarde, nos despertamos, y comimos, en esta ocasión un surtido de ibéricos, queso manchego, un cochinillo asado, una ensalada, en resumen cosas bien ricas.

“Esteban, esta noche terminarás de cumplir tu tarea”, me dijo, “y quiero que sepas que hasta el momento has generado treinta embarazos. Si consiguiéramos otros quince esta noche, nuestro destino sería un poco menos oscuro. ¿Ya estás preparado?”

“Entonces me estás diciendo que este no es vuestro aspecto real, Yumiko… Bien pues estoy dispuesto a “cumplir con mi deber”, pero con una condición. Esta noche, quisiera volver a hacer el amor contigo, pero que adoptes tu forma real… Así podré comprobar que esto no es el sueño de cualquier salido…”

“Muy bien, Esteban: yo seré la última… pero te espera una larga noche…”

Y vaya si fue una larga noche. Veinte mujeres recibieron mi esperma. Rubias, morenas, pelirrojas, negras, chinas, blancas, mulatas. Todas dispuestas a disfrutar. Todas sexys y generosas. Todas increíbles, hasta tal punto que casi no me molestaban las inyecciones y las drogas y los estimulantes. Y yo tan feliz de “cumplir con mi misión”, sabiendo que la última de ellas, poco antes de irme a trabajar, sería la bella Yumiko. Y entonces sabría la verdad.

A las cuatro de la madrugada, Yumiko entró en la habitación. Estaba más bella que nunca, la luz de la luna resplandecía sobre su piel, su melena larga y negra se estiraba por su espalda, y en sus ojos notaba el deseo…

“Yumiko, me prometiste que podría verte en tu forma real”, le dije…

“Y lo harás”, me respondió, mientras se acercaba desnuda a la cama… Y en cierto modo, se quitó el “traje de Yumiko”. Era una criatura humanoide, con dos brazos y dos piernas, como nosotros, con una cabeza como la nuestra, pero sin pelo, y un tercer ojo dorado en mitad de la frente. Su piel era de un brillante color blanco, y emitía luz. Sus manos eran largas y bien proporcionadas, cada una de seis dedos, igual que sus pies. Sus pechos eran tres, magníficamente proporcionados. Y de su sexo emanaba una especie de luz y de calor que me resultaba de lo más interesante. Me excitaba muchísimo verla con su verdadero aspecto…

Hicimos el amor, tres, cuatro veces. Nótese que digo “hacer el amor” y no “follar”, quizás porque Yumiko siempre fue especial para mí. Mi primera “allien” con su auténtica apariencia… Serían las ocho de la mañana cuando, después de una buena ducha, me vestí, me despedí de Yumiko, y me fui a desayunar al bar de la esquina.

“¡Qué locura de fin de semana! ¡Y encima no tener a nadie a quien contárselo!”, pensaba, de camino al trabajo. Además, ¿quién me iba a creer, que me habían seleccionado a través de un portal de citas para convertirme en el padre de una nueva raza intergaláctica? ¡Ni siquiera Iker Jiménez me haría caso! Decidí olvidarme de todo, y centrarme de nuevo en el mundo conocido: mi mujer, mis amantes ocasionales, y borrar las claves del acceso al Palacio de Madame Mim.

 

Bueno, pues lo más curioso no fue eso… Sino que tres semanas más tarde, la bella Yumiko me mandó un mensaje a mi teléfono móvil. “Tenemos que vernos. Este viernes. En el mismo lugar que la otra vez”. Decidí acudir a la cita…

Me abrió la puerta la misma camarera que la vez anterior, y me acompañó al salón. Y allí estaba Yumiko, con un bebé entre los brazos. Era medio humano, medio allien. “Como podrás ver, los tiempos de embarazo son distintos en nuestras dos especies. Tres semanas humanas sobran para llevar la gestación a término. Solo quería presentarte a tu nuevo hijo, uno de los cuarenta que han nacido ayer… Tranquilo, puedes cogerlo en brazos, no se va a romper…”

¡Mi hijo! Así que era todo verdad. Me habían escogido por mi genética para convertirme en el padre de una nueva raza, en la salvación de una especie moribunda… Y yo, en lo único que podía pensar, era en volver a acostarme con Yumiko. Y quizás en volver a tener otro hijo… Que llevase mis genes más allá de las estrellas. Yumiko sonrió. Con una mirada pícara, me dijo: “¿Sabes que leemos el pensamiento?”

A partir de aquél fin de semana, mis prioridades cambiaron. Es cierto que los martes y los jueves me acostaba con Maribel, cumpliendo con mis labores de padre amantísimo y de marido atento. Volvía pronto a casa, me cuidaba, hacía deporte, una dieta rica en calorías pero pobre en grasas. Había dejado de ir de putas, y reservaba todo mi esperma para mis funciones reproductoras. Porque cada tres semanas, le decía a mi mujer que tenía una cita con un cliente, un viaje, y desaparecía de casa el viernes por la tarde, hasta el lunes después del trabajo.

Ya no tenían que atarme, aunque les gustaba adoptar el aspecto de mujeres humanas, a cada cual más sexy. Eran auténticas maratones de sexo reproductivo, y cumplía de la manera más eficiente con mis amantes alienígenas, convencido de estar realizando una importante misión. Incluso llegué a acostarme con la mismísima Madame Mim, la reina de aquella especie de amazonas intergalácticas, en varias ocasiones y rodeados por su corte. Yumiko siempre era mi última amante, bajo su auténtico aspecto. Y en cada nueva cita, tres semanas después, conocía a mi último descendiente, antes de engendrar uno nuevo.

 

Y pasaron los meses, y los años. Yo cumplía con mi función reproductiva con auténtica devoción. Mi mujer no sospechaba nada. Y yo era feliz. Hasta ayer por la tarde. Yumiko me esperaba, desnuda, en la cama. Hicimos el amor como otras muchas veces. Apareció Madame Mim… y me dijo, mientras encendía la televisión y ponía un disco en el reproductor de DVD: “Muchas gracias por tus servicios, Esteban, pero ya no serán necesarios. Ya hemos podido reconstruir nuestro ejército, con tu ayuda y la de otras decenas de miles de candidatos por todo el globo. Habéis salvado nuestra raza de la destrucción, del olvido, de la nada. Nuestras armas, nuestra tecnología, son mucho más evolucionadas que las vuestras. Pero ahora necesitamos un planeta, para crecer y multiplicarnos. Y la Tierra ha demostrado ser un hogar perfecto.”

 

Y esa es mi historia. Me llamo Esteban, trabajo de broker en un banco de inversiones y soy uno de los padres, de los reproductores, de una raza intergaláctica, y en parte puedo ser el responsable del exterminio de la humanidad. Pero, sin embargo, no puedo dejar de pensar en la bella y misteriosa Yumiko, y en aquellos años en los que me he acostado con las “mujeres” más hermosas de la Tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

 

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