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lunes, 15 de febrero de 2016

PALOMAS EN LA AZOTEA



-          Diez –

Un golpe sordo… Y se termina todo. Una vida contra el asfalto. La gravedad y sus leyes inmutables. Pero… ¿Acaso es el final?

-          Uno –

La vida de Adrián Cienfuegos, también conocido como Fueguito, era de lo más sencilla. Porque, de todas formas, ¿qué problemas puede tener un chaval de siete años? Bien, pues alguno que otro tenía. Sobre todo por su extraña capacidad para leer la mente de las personas.
-          “Me vas a pegar dentro de dos minutos”, le dijo a su compañero de clase el segundo día del curso, “pero vas a tener problemas con la mancha de sangre, y tu madre te va a regañar”.

Efectivamente, el pequeño Fernando Àlvarez le pegó, con tan mala suerte que le reventó el labio superior, manchándose de sangre el jersey nuevo, lo cual le valió una buena bronca por parte de su madre, porque todo el mundo sabe “que la sangre se limpia muy mal de un jersey blanco, niño del demonio”, le dijo medio segundo antes de darle un soberbio zapatillazo.

Ni que decir tiene que, a partir del siguiente día, Adrián y Fernando se convirtieron en los mejores amigos del mundo, siendo el segundo el protector de Adrián durante toda su estancia en el jardín de infancia…

-          Dos-

Pero Fueguito creció, cumpliéndose de aquél modo una de las leyes esenciales de la naturaleza, y con su entrada en el Instituto Galileo Galilei descubrió un nuevo poder: era capaz de predecir lo que iba a suceder en los dos siguientes minutos. Lo cual le ayudaba a evitar los golpes de los abusones de la clase, pero también a prever cuando se pasaría por el patio el profesor de turno, incluso a saber antes que nadie cuándo habría un examen sorpresa, lo que añadido a su capacidad creciente de leer la mente del docente le permitía obtener unos resultados brillantes sin demasiado esfuerzo.

Tampoco tardó demasiado tiempo en hacerse amigo del abusón de turno, puesto que parecía tener también la capacidad de despertar ansias de protección entre los alumnos más peligrosos de cada clase por la que iba pasando.

-          Tres –

A los trece años, descubrió su capacidad para matar sin dejar huellas, manipulando discretamente a las personas de su entorno. Y su padre, un borracho y maltratador, fue la primera persona en “aprovecharse” de tan inusual talento.

Cierto es que se lo merecía, según todos los parámetros convencionales, puesto que era muy aficionado a pegar a su madre donde no hubiera huellas visibles (es decir, en todas aquellas partes que quedaban cubiertas por sus largos vestidos de blonda), en el estómago, en el pecho y en la espalda (nunca en la cara, eso sí).

Pero aquella tarde de sábado, también quiso pegar a Adrián… cuando de repente le entraron unas ansias irresistibles de subir a la azotea del edificio de siete plantas, para dar de comer a las palomas, luego una cosa llevó a la otra, y terminó precipitándose al vacío, ante los ojos aterrados de su “desgraciado hijo, que en aquél momento estaba mirando por la ventana del salón”, según rezaba en el atestado policial.

No hubo flores sobre su tumba. Ni en aquél entonces, ni después.



-          Cuatro-

A los catorce años descubrió de manera accidental el sexo, puesto que pilló a su hermana mayor montándoselo en la cama de su madre con su novio de turno, y le pareció una experiencia interesante, y sin duda alguna divertida. Con su capacidad, cada día más desarrollada, de influir en los pensamientos de los demás, no le costó demasiado convencer a Laurita, su vecina del cuarto A, a que viniera a su casa una tarde del mes de abril, mientras que su madre estaba en el cine con su novio de turno.


Cierto es que en todo momento se comportó como un caballero, incluso le ofreció una Coca Cola bien fresca y una bolsa de patatas fritas como recompensa, y que también utilizó un preservativo robado de la mesilla de noche de su madre.  Y que la experiencia se repitió casi cada semana, durante el resto del año.

Laurita nunca se quejó, y es más, alardeaba entre sus amistades de tener “un novio muy atento”. Años más tarde, siendo una mujer casada y con hijos, todavía le costaba comprender cómo se había entregado a Adrián, es decir, al típico “empollón de gafas redondas, bajito y de mirada triste, cuando había otros muchos pretendientes”.

-          Cinco –

Y por fin, la Universidad.

Con el final de la adolescencia, sus poderes se intensificaron. Era capaz de leer la mente incluso  mientras hablaba por teléfono. Sus predicciones eran siempre acertadas. Seguía siendo capaz de matar a distancia (aunque durante aquellos años no tuvo demasiados motivos). Y podía influir en el “libre albedrío” de los demás.

Allí, en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, fue intensamente feliz: un alumno brillante, bien considerado por los profesores, levemente envidiado por los alumnos, y con aquella mirada especial, “que parece traspasarte” según decía Estefanía Rodríguez, su “coñito de cabecera” (aunque Adrián se guardaba mucho de llamarla así en su presencia) durante los tres primeros años.

Todo iba bien, “nihil novo sub solem” (nada nuevo bajo el sol), hasta que llegó el momento del viaje del paso de ecuador, tradición que por otra parte le encantaba. Él quería ir a Rusia, y realizar un tour por los antiguos países bálticos. El líder de la clase prefería ir a Ibiza. Adrián intentó persuadirle… Y por primera vez en su vida fue incapaz de conseguirlo. Era como si un muro mental le protegiera de todo tipo de influencia. Así fue como conoció a los “oscuros” (por lo menos así les llamaba), es decir, aquellas personas inmunes a sus poderes.

La votación fue prácticamente testimonial, y la clase entera disfrutó de seis días de juerga ininterrumpida en Ibiza. Allí fue donde Adrián descubrió dos cosas importantes que le influirían el resto de su vida: que algunas drogas de diseño (concretamente las meta anfetaminas) expandían sus poderes; y que sería el sicario perfecto.
-          “¿Tú qué buscas, niñato? ¿Una hostia?”, le preguntó el guardaespaldas de la discoteca en la que estaba bailando con sus compañeros de clase, cuando se acercó al dueño, un conocido mafioso…
-          “Si no te apartas de mí y me sueltas de inmediato, tu muerte.”

El matón cometió el error de no hacerle caso, y de repente tuvo unas ansias tremendas de meterse el cañón del revolver en la garganta, y disparar. Todo esto en el despacho de su patrón.

Mientras un equipo de limpieza especial se encargaba de arreglar el estropicio, Adrián mantuvo una charla de lo más interesante con Don Camilo Badalamenti. Y desde aquella tarde, Adrián tuvo que compaginar sus estudios con una serie de encargos bien remunerados, que le llevaron en primer lugar por diversas ciudades de las Islas, y luego por el resto de España. Nunca está de más disponer de un asesino tan eficaz y misterioso que ni siquiera necesita armas, o mejor dicho, al que le sobra con su capacidad de persuasión para cometer, una y otra vez, el crimen perfecto y salir impune.

A los veinticuatro años terminó los estudios de Periodismo, y consiguió, utilizando sus poderes de persuasión, un contrato como “free lance” para el grupo Prisa. Era la cobertura perfecta para sus actividades “extra curriculares”, y al mismo tiempo una excelente manera de blanquear parte de los ingresos de sus otras actividades, con el viejo truco de las facturas falsas emitidas por reportajes nunca entregados. La vida le sonreía…

Hasta que se enamoró. Perdidamente. Irremisiblemente. Inconmesurablemente. De una “oscura”. Con tantas mujeres normales y accesibles, plenamente capaces de someterse a sus deseos más oscuros, y carentes del libre albedrío, tuvo que enamorarse de una de las pocas que eran inmunes a su talento. Y que encima estaba enamorada de su mejor amigo.

Pues sí, Adrián Cienfuegos, reputado periodista “free lance” e igualmente eficaz como sicario de los principales cárteles de la droga latino-americanos, era capaz de tener amigos, cosa en verdad difícil de imaginar. Pablo Gutierrez se llamaba.

Conviene insistir en el “llamaba”. Puesto que a los veintisiete años tuvo el impulso de salir a nadar una noche de luna llena mientras estaban celebrando el solsticio de verano con su mejor amigo, su novia y tres colegas de la redacción, y nunca volvió a la orilla. Encontraron su cadáver varado en la playa de Gandía tres días más tarde.

Noelia García estaba inconsolable. Pero Adrián descubrió en su interior un nuevo poder… La magia de sus manos. Capaces de curar dolores, de sanar incluso al corazón más destruido mediante la concentración y la focalización. Fue entonces cuando dio sus primeros pasos en el reiki, y no tardó demasiado en ser nombrado maestro. Incluso se planteó durante un tiempo el dedicarse a ello de manera profesional, pero sus compromisos anteriores se lo impedían. No en vano era uno de los asesinos más implacables y eficaces del mundo, y sus servicios eran requeridos incluso por algunas agencias de seguridad americanas de dudosa legalidad. La vida, por lo tanto, le sonreía.

-          Seis -

Pero Adrián tenía un punto débil: su dependencia de Noelia. Ella era su refugio, su puerto seguro, la persona que le permitía ser realmente feliz y libre, puesto que era inmune a sus talentos. Al principio fue prudente, y su relación era básicamente clandestina. Sobre todo porque era capaz de mantener separadas sus distintas facetas profesionales: su ascendente carrera como periodista; y sus oscuros trabajos de sicario.

Ocasionalmente, y solo por no perder la costumbre, entre trabajo y trabajo se dedicaba a “limpiar las calles de elementos asociales”. Es decir, de mendigos alcohólicos, de drogadictos y de prostitutas toxicómanas, pues nada había más fácil para él que meterse en sus mentes e impulsarles a suicidarse, muy a menudo ante sus ojos, para que fuera capaz de disfrutar con sus muertes.

Ya ni siquiera necesitaba entender lo que estaban pensando, y de aquella manera quedaba superada la barrera del idioma; y su manera preferida de matarles era que se arrojases delante de un tren o de un  metro. Por desgracia, nadie valoraba en su justa medida su preocupación por la limpieza de las ciudades.

No obstante, toda su otra vida de criminal quedaba olvidada cuando por fin se reunía con Noelia. Entonces todo era dulzura, buenos sentimientos, ternura y planes de futuro, mientras su carrera profesional alcanzaba cotas insospechadas.

El catorce de abril de dos mil trece se casaron. Y nueve meses después llegó la cigüeña, puntual y procedente de París. Fueguito tenía por fin un descendiente, una niña llamada Elvira, que los llenaba a ambos de felicidad. Igual que la madre, era una “oscura”, que sin embargo lo conseguía todo de su padre, con una simple sonrisa o un oportuno puchero. Y Adrián se sentía enormemente feliz. Incluso empezaba a pesarle su doble vida. Por lo que tomó una decisión radical.

-          Siete-

Y Adrián se jubiló. En el momento culminante de su carrera como sicario, cuando incluso tenía lista de espera, y le llovían las propuestas de contratos de toda Europa, decidió abandonarlo todo, y consagrarse exclusivamente a su familia.

Porque ya no sentía ansias de matar. Además su carrera oficial como periodista le aportaba suficientes ingresos para cuidar a su familia (Noelia había abandonado temporalmente su trabajo como redactora en La Razón para ocuparse de la pequeña Elvira). Incluso estaba dando sus primeros pasos en el mundo de las letras, con un libro de viajes estilo Pérez Reverte.

Pero a veces los fantasmas del pasado regresan con fuerza. Y Don Camilo Badalamenti le pidió un último favor: eliminar a un intruso que se estaba apoderando de las redes de distribución de drogas en Ibiza.

-          Ocho –

Las cosas se complicaron. Wilbur Smith no estaba solo en el negocio de la droga, aquello no era más que la punta de lanza de una poderosa organización con diversos intereses, que agrupaban la prostitución y el tráfico de armas. Sus sicarios estaban perfectamente entrenados, y Adrián necesitó de sus poderes más que nunca, para abrirse paso hasta su objetivo.

Es cierto que Adrián cumplió el trabajo. Pero en aquella noche de tormenta y sangre, cometió un error que con el tiempo se revelaría fatal: dejó con vida al hijo del mafioso, un chaval tímido y con gafas, que de alguna manera le recordaba a su propia infancia. Y regresó a su vida, ordenada, tranquila, con Noelia, Elvira y el pequeño Julián.

-          Nueve –

Y pasaron los años. Y aquél adolescente, el hijo de Willbur Smith, creció para buscar venganza, al asesino de su padre.

Mientras tanto, Adrián se convirtió en una persona pública, un prestigioso periodista de investigación, sin descuidar su faceta como escritor.

Sus caminos se cruzaron de nuevo en una firma de libros en la FNAC de Callao. “¿Para quién es este libro?”, le preguntó Adrián, confiado, a aquél adolescente desgarbado y con gafas que le observaba desde el otro lado de la mesa. “Para mi padre, Willbur Smith”

Al escuchar aquél nombre, recién salido de un lejano pasado que prefería olvidar, Adrián notó cómo un escalofrío le recorría la espalda. ¿Sería acaso el hijo de su última víctima? Intentó sondear su mente de manera disimulada, pero no pudo lograrlo: él también era un “oscuro”;  y por primera vez Adrián se sintió desnudo, impotente, pues en aquellos ojos leía una tremenda sed de venganza.

Dos días más tarde, en mitad de la madrugada, sonó el teléfono. “Tú mataste a mi padre”, escuchó, “y ya va llegando el momento de que pagues tu deuda…”

Diez minutos más tarde, sonó el móvil, con el mismo resultado.

El día después, empezaron a llegar las rosas negras. Siempre con la misma tarjeta. Y el mismo mensaje. “Penitengiate pecatoribus”. Solo por curiosidad, Adrián contactó con uno de sus antiguos profesores del instituto, que enseñaba latín. “Arrepentíos pecadores, haced penitencia”.

Hasta que, transcurrida una semana desde de la primera llamada, y a pesar de haber cambiado de número de móvil tres veces (el fijo lo tenía desconectado), llegó el mensaje definitivo. “Sólo una vida sirve de moneda para otra. Si no quieres que me tome la venganza por mi mano sobre tu querida familia, ya sabes lo que tienes que hacer”.

No había negociación posible.

Y por eso, confrontado a los poderes de un “oscuro”, Adrián tomó la única decisión posible… Y emulando el último salto de su padre, tuvo el irresistible impulso de ver a las palomas en la azotea…



UN, DOS, TRES… AL ESCONDITE INGLÉS.


Abro los ojos…

Todo lo que me rodea es extraño, mas, al mismo tiempo, extrañamente familiar… Las formas, los colores, los sonidos, se van agrupando en mi mente, resbalando por mi piel, y poco a poco, recuerdo, o vuelvo a vivir…

Es una mañana de otoño. Las hojas tardías de los arboles se resisten a caer de las ramas, y sin embargo, muchas han formado ya una alfombra multicolor. Las ruedas del gran triciclo, de esos que antiguamente se alquilaban por horas en el Parque del Retiro, esparcen en su estela pedacitos de hojas muertas; y al aplastarlas, un olor peculiar a tierra, musgo y humedad se eleva a mi alrededor. Vuelvo a tener de nuevo seis años, tal vez siete, y mientras mi hermana y yo jugamos con los triciclos, mi abuelo nos mira, sentado en un banco, y sonríe. Esa sensación de libertad, con el viento en la cara y los últimos rayos del sol de una tarde de otoño en los ojos, forma parte de uno de los recuerdos más felices de mi infancia…

Por un momento, creo que voy a poder detener el tiempo, me gustaría tanto quedarme allí, protegido del mundo por la mirada mágica de mi abuelo, escuchando la risa de mi hermana… pero tengo que continuar el viaje.

Cierro los ojos…

Y los abro de nuevo. O al menos eso creo. Puesto que a mi alrededor, solamente hay oscuridad, y silencio. Un leve murmullo, como una respiración en sordina, me permite orientarme. No estoy solo, o tal vez sea el producto de mi miedo. Porque estoy aterrado. Es una sensación que no me es del todo desconocida, muchas veces he tenido miedo, a lo desconocido, a los ambientes cerrados. Y me cuesta respirar. Lentamente, empiezo a estirarme. Tengo la espalda rígida. Me duele muchísimo el cuello. Intento moverme muy despacio, porque la cabeza me da vueltas, pero unas ataduras en los brazos y las piernas me lo impiden. ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado? Intento hablar, pero unos tubos en mi nariz y mi garganta me lo impiden. Me pongo nervioso, y empieza a escucharse un pitido bastante molesto. Me cuesta respirar. No puedo levantarme. Y entonces escucho una voz. “No se mueva, señor, ha sufrido un accidente…” ¿Accidente? ¿Por qué no recuerdo nada? ¿Dónde estoy? De repente, noto un líquido frío derramándose por mis venas desde la maño izquierda (¿me habrán puesto una vía? ¿Estoy en un hospital?), y de nuevo, cierro los ojos…

Y me despierto de nuevo. Debajo del agua.

Intento respirar. Los pulmones se me llenan de agua, pero en vez de ahogarme, noto su frescor, su sabor levemente salado, las partículas de oxígeno que van entrando en mi cuerpo. No necesito respirar, al menos no de la manera convencional. Al instante, me acuerdo de Harry Potter, con sus branquias temporales, y comprendo que me ha pasado algo similar. Mis manos también están ligeramente palmeadas, y al mirar hacia mis pies, me doy cuenta de que los he perdido: tengo una especie de cola, recubierta enteramente de escamas. Como si me hubiera convertido en una sirena. Aprovechando la refracción de los rayos del sol, exploro mis nuevos dominios. Muy cerca de mí, a unos cincuenta metros, se encuentra el fondo de la laguna, cubierto de lo que podrían ser las ruinas de una ciudad perdida. Braceando vigorosamente, me acerco a mis nuevos dominios, sintiendo la libertad de mi nuevo estado. Voy “sobrevolando” una antigua calzada romana, cruzo por debajo de un arco soberbiamente conservado, y me adentro por las calles desiertas…

Y entonces, despierto de nuevo. En mi cama. El olor a incienso y la luz de las velas me permiten orientarme brevemente. Estoy en casa. Es la noche del veintiuno de enero. Y estoy haciendo un experimento de relajación y meditación. Para hacerle frente a lo que me espera mañana. Todavía no han terminado los viajes. Me queda como poco un nuevo destino.


Y cierro los ojos…

lunes, 19 de marzo de 2012

PUENTE DE SUEÑOS ROTOS

(Reflexiones in situ. Extractos del atestado policial) "Nos presentamos en la vivienda de Claudio G.P. de 34 años, residente en la calle Espíritu Santo nº XX, en un pequeño piso de alquiler. Nos facilita la entrada el portero de la vivienda, que también lleva el mantenimiento del edificio... El saloncito parece un altar, pues decenas de fotos, casi todas ellas de la misma chica rubia, ojos azules, piel moreda, aproximadamente un metro setenta, unos cincuenta y cinco kilos de peso (nota: investigar posible acoso). La mayor parte de las fotos están pinchadas en el ángulo de la pared que separa el salón del dormitorio. Unas seis decenas de pequeñas velas, rojas y blancas, repartidas sobre la cómoda donde se encuentra la foto de más tamaño, iluminan la estancia. El aire está cargado con el olor a cera, a ceniza, y a incienso. Delante del altarcito, sentado en la posición del loto, se encuentra el jóven, vestido con un chándal gris con capucha, camiseta blanca, y calcetines blancos. No parece tener signos vitales externos, pero un reconocimiento más detallado permite localizar un débil pulso carotídeo. Los servicios de emergencia acuden con rapidez, y lo llevan al hospital más cercano. Mientras tanto, intento comprender lo que ha podido pasar esta noche en este piso céntrico. Al desplazar el cuerpo, aparece, a la altura de su mano derecha, una pequeña grabadora, con la luz roja parpadeando. La recojo, y por si contiene información de utilidad, la ensobro y me la llevo a la Comisaría."
















(Cinta de la grabadora. En Comisaría). "Esta noche lo voy a intentar, ya estoy cansado de tus silencios, de tus mensajes que espero cada mañana al llegar a la oficina, esos cinco minutos de espera, antes de que lleguen los compañeros, son lo mejor del día... Esa dulce espera... Paso toda la noche soñando contigo, imaginando que tendré noticias tuyas, casi siempre salto de la cama y voy corriendo a la ducha, me visto, desayuno y cojo el metro... Sí, podría revisar el correo desde casa, solamente serían un par de minutos, pero no quiero disminuir la magia... Hace dos meses que te cambiaron a otra sucursal del banco, por petición propia, y desde entonces, Minerva, no te imaginas cuantas veces he lamentado el haber sido tan cordial, tan atento, y tan respetuoso contigo, un amigo tan fiel... Cuando lo que sentía era algo tan distinto...









Desde el primer momento, desde la primera vez que te veo, me quedo absolutamente deslumbrado por tus ojos verde botella, tu larga melena rubia, tu piel bronceada, tu cuerpo delgado y atlético, tus labios carnosos... Nos presenta el jefe de personal: "Minerva, éste es Claudio, tu nuevo compañero. Espero que le irás enseñando el centro, le explicarás sus funciones, y conseguirás que se sienta a gusto entre nosotros. Bueno, os dejo." Debo reconocer que no recuerdo casi nada de lo que me dices aquella tarde del mes de marzo, cuando me llevas por las dos plantas de la empresa, situada en la Torre del Real Madrid. En esos momentos, todo mi ser está centrado en tí, en la dulzura un poco ronca de tu voz, en la forma en que el sol se reflejaba en tu melena dorada, en el movimiento de tus caderas dentro del traje de chaqueta gris marengo, la curva de tus pechos bajo la blusa blanca, los reflejos de la seda en tus piernas, y la forma en que toda tú eres perfecta... Durante esa presentación inicial de los distintos jefes de departamento con los que podría tener trato por mi condición de auditor externo, debo reconocer que no me entero de casi nada... Solamente tengo ojos y oídos para tí... pero mi lengua se la ha comido el gato... y creo que se me nota mucho, porque de repente, te das la vuelta, me tomas del brazo y me preguntas: "¿Te has enterado de algo de lo que te he dicho?" Yo me quedo quieto, y posiblemente se me ponen coloradas las puntas de las orejas (como me pasa siempre que me emociono), porque lo siguiente que oigo es tu hermosa, suave, cristalina, etérea risa, y luego me dices: "Bueno, mejor lo repasamos mientras tomamos una taza de café... pero de la máquina, no... mejor en la cafetería de la planta baja..."









Ese fue el primero de muchos cafés, a veces, incluso dos o tres, casi siempre solos, en la cafetería, mirando pasar a la gente como si fueran los peces del Acuario de Donosti... Pensandolo fríamente, aquellos fueron los mejores tiempos de nuestra "no-relación", los dos primeros meses, mientras me ibas poniendo al día de las características especiales del cliente, de lo que esperaba de nosotros como auditores externos ("confidencialidad, ante todo, confidencialidad", me recordabas impostando la voz para imitar al jefe de Personal...), del funcionamiento de la empresa (una filial del National Nederlanden), de tu novio el periodista (¡cómo no ibas a tenerlo!)... Mientras aumentaba nuestro nivel de confianza, yo iba asumiendo el papel de amigo comprensivo, experimentado, leal y fiel... Ya que no me ves de otra manera, al menos puedo estar a tu lado, escucharte, disfrutar con tu presencia, con tu risa...









Poco a poco, me he acostumbrado a mi papel, con el paso de los meses, algunos compañeros pensaban, al vernos tanto tiempo juntos, por nuestros paseos, nuestras escapadas al cercano centro comercial, alguna peli los viernes de verano, que entre nosotros había algo más... Por desgracia, nunca hubo nada más... tú pronunciaste las odiosas palabras, que tan experto me he vuelto en escuchar: "Sabes, Claudio, tengo muchísima suerte de que seas mi amigo, si no fuera por tí..." Y con cada una de esas palabras, me ibas dejando muy claro mi lugar en tu mundo, que no era, ni de lejos, el que yo había imaginado..." (fin de la primera cinta).









(Testimonio de la vecina del tercero interior derecha) "Claudio es un chico formal, educado, siempre atento, siempre colaborador con los vecinos, incluso cuando volvía a su casa, después de todo el día trabajando, siempre saludaba, llamaba a mi puerta con los nudillos, de esa forma suya tan peculiar, para saber que estaba bien... Un par de veces en semana, casi siempre los martes y los viernes, me ayuda con la compra, a subir las dos botellas de leche, la verdura, el embutido, y luego se quedaba unos minutos a tomár un café de puchero, como el de antes, si quieren les preparo un poco, señores comisarios, ah, perdón, señor inspector y señor agente... Claudio siempre me dice que le recuerdo mucho a su abuela, y por eso me tiene tanto cariño, y yo a él... Por eso, cuando le veo tan afectado por el mal de amores, que ni come, ni duerme, ni descansa, siempre Minerva esto, Minerva aquello, Minerva me ha dicho, Minerva ha hecho, me decido a ayudarle, de la mejor manera que sé: con un filtro amoroso especial, elaborado con la mejor tradición de las meigas gallegas, con eleboro, cardamomo, valeriana, camomila (por el sabor), raices de mandrágora, algo de beleño, otro poco de adormidera, y unas cuantas plantas más, que no puedo citar, pues algunas de ellas no son demasiado legales, me temo, pero sí lo eran en los tiempos de mi bisabuela.... Sí, señor inspector, le dí la poción hace dos días, con la instrucción de que antes sacara del cajón negro la otra mitad del amuleto que le dió a la mujer de sus pensamientos, para que entre los dos, a la luz de las velas y de la luna llena, efectuara el conjuro del puente de sueños, y consiguiera, al menos en parte, su objetivo. Minerva, ni le quiere, ni le ha querido, ni le querrá jamás, Claudio es a sus ojos solamente un buen amigo, y nada más, y nunca será otra cosa, si no hubiera dejado pasar tanto tiempo desde el momento en que se conocieron, si no hubiera tenido tanto miedo al rechazo, si no se hubiera metido de lleno en su papel no deseado, igual ayudado por la magia gallega... Pero ahora es demasiado tarde, ¿verdad?, hasta para un filtro amoroso, para que funcione, tiene que haber una mínima parte de amor por las dos partes, y por eso fabriqué para Claudio, primero los dos amuletos gemelos, que ella tiene desde hace más de seis meses pegado sobre su pecho, y luego el filtro del puente de sueños, para que al menos pasasen juntos una noche y un amanecer, pero claro, las cosas no siempre salen como uno desea..."



(Pensamientos de Claudio en el Hospital) "Algo tenía que salir mal... si es que soy un desgraciado... Lo preparo todo concienzudamente, espero lo necesario, realizo ejercicios de meditación contando los puntos del gotelé hasta llegar a mil... todo ello, por supuesto, a la luz de las velas... las dihosas velas... las seis docenas de velas... Me parecían muchas, para mi apartamento de 40 metros... De todas formas, me tomé el bebedizo a las doce menos cuarto... Al principio, nada... Sigo meditando... Es curioso... en la zona superior derecha del salón, veo un puntito muy brillante... luego otro... y otro... y otro más.... es media pared, la que se ha puesto a brillar fuertemente... y termina dibujando una puerta... Aunque mi cuerpo sigue sentado, lo estoy viendo perfectamente... ahora, me levanto, voy hacia la puerta de luz... la abro... detrás de ella, un puente colgante, de cuerda y bambú, sobre un gran abismo... hay viento... el puente se balancea con cada ráfaga... alcanzo el otro extremo... otra puerta... parece de armario, de esas de listoncitos, como en las películas americanas... Veo una cama grande, de matrimonio, con baldaquino de forja negro, un cobertor de color crudo con algunas grecas azules, varios cojines a juego a los piés, y muchos peluches, casi todos ositos, en el cabecero... Veo dos puertas, un gran espejo, una mesilla y un galán de noche a juego... La luz de la luna llena inunda la estancia¿Dónde estoy?



Se abre una puerta, oigo pasos, encienden una luz en la mesilla de noche... Es ella... ELLA... Minerva... Qué guapa está, con su traje de chaqueta color gris marengo, su blusa de seda blanca, las medias color humo, y sus zapatos de tacón... Parece cansada, pero a pesar de todo, la encuentro super atractiva... ¡Entonces lo comprendo todo! ¡El hechizo del puente de sueños ha funcionado, y estoy en su dormitorio! Y lo mejor de todo, ella no puede verme... Salgo del armario... y me siento en la silla... que empiece la función... Sólo me faltan dos cosas: un buen vaso de coñac, y Joe Cocker, cantando "You can leave your hat on"... Resulta muy excitante... Ahora se está quitando el pasador del pelo, liberando su larga cabellera rubia... Luego, se quita la chaqueta, la falda, lleva medias con liguero... Solamente lleva puesta la blusa de seda, y la ropa interior... Ha terminado... complemanente desnuda, la sigo hasta la ducha... entro con ella... la espuma cubre la mitad superior de su rostro, se está lavando el pelo, con los ojos cerrados... un reguero blanco se desliza sobre sus senos, bajo la mirada... ¡Es rubia natural! Si tuviera cuerpo, ahora mismo tendría una salvaje erección... ansío tocarla, pero ya lo he intentado, no puedo hacerlo... Se seca lentamente, Chanel nº 5, y luego, se contempla largamente en el espejo de la habitación... Completamente desnuda, bajo la luz de la luna... Es una de las mujeres más atractivas que conozco... Satisfecha con el resultado, se pone un tanga limpio y un camisón cortito de raso, y se tumba sobre la cama, curbiéndose someramente con las sábanas... Paso un par de horas observándola, recorriendo con la mirada cada centímetro de su cuerpo, aprovechando la ocasión para memorizarlo todo... Plenamente satisfecho, decido volver a mi cuerpo, usando el puente de sueños... Entro en el armario, y allí está, el puente de sueños... Pero está roto, las cuerdas cortadas penden a ambos lados del abismo... Entonces, comprendo que algo ha salido tremendamente mal..."



(Informe del especialista) "Los resultados de la anatomía patológica y de toxicología permiten comprender en parte lo sucedido. Las sustancias que le facilitó la "meiga" son un conjunto de plantas, flores y polvos, destinados a generar en el consumidor una serie de fantasías eróticas sobre la persona que desea, o con la que experimenta una fuerte fijación. El "ingrediente secreto" está formado por una pastilla de Viagra, y una dosis de PCB. Si es la única vez que se recurre a la mezcla de ambas sustancias y demás parafernalia, resulta inocuo... El mayor problema, en este caso, ha sido la anoxia: la gran cantidad de velas, en un espacio tan reducido, ha eliminado casi todo el oxígeno. La disminución del ritmo cardiaco y respiratorio inducido por las drogas, ha provocado un colapso, de difícil pronóstico... El paciente se encuentra en coma neurológico, sin causas aparentes, y necesita soporte vital... Por su juventud y estado general, no es posible efectuar un pronóstico certero: igual puede permanecer en coma para siempre, o despertarse cualquier día..."



(Pensamientos de Claudio en el Centro de Recuperación Neurológica) "Casi 4000 noches después, sigo preso, entre el cuarto de Minerva, su baño, y poco más... Ni siquiera conozco el resto de la casa... Al principio, añoraba tener cuerpo y manos, al menos para entretenerme un poco... Pero al cabo de 1000 noches, lo único que me interesaba era irme de allí... Y mucho más cuando traía algún amante ocasional a casa... ver lo que hacían me generaba una mezcla de sentimientos: ansiedad, vergüenza, envidia, asco... Ahora, está casada, su marido es un buenazo, tiene dos hijas preciosas... Pero yo me he tragado todos los nervios, las manías, las nauseas, las vomitonas, los nervios, los celos, día tras día, noche tras noche... He vivido muy de cerca los embarazos... Lo peor de todo, son las vacaciones, me quedo completamente solo en este espacio reducido... No duermo nunca... No puedo escapar... He intentado terminar con todo varias veces, lanzandome al abismo, pero como no tengo masa, floto como un pez entre dos aguas... No puedo cruzar el puente de sueños rotos... Intento hacer una cuerda trenzando cachos de hierba, pero no lo consigo, pues no tengo manos, ni cuerpo, ni voz, ni nada... Estoy condenado a mirar, a sentir, a no poder comunicarme ni hacer nada... He memorizado hasta el mínimo detalle de la habitación, he entrado en todos sus muebles, resulta curioso que hagan el amor encima tuyo, conozco perfectamente cada arruga de la algombra, de las sábanas, cada pequeña grieta del cuarto de baño.... Estoy condenado a pasar el resto de mi vida con ella... sin haberla tocado jamás... Debo permanecer en este cuarto... sin poder salir... La única liberación, temo, vendrá con la muerte, con la suya o con la mía...





Nunca cruces un puente de sueños..."

jueves, 28 de enero de 2010

RECICLAJE EXTREMO: ¡¡NOS LOS COMEMOS!!!


Macabro descubrimiento en un restaurante chino

Un grupo de inspectores de Sanidad, escoltados por diversas unidades de la Policía Nacional, de la Policía Municipal, y con la colaboración de varios forenses, que ya colaboraron en la investigación del 11-M, han irrumpido esta mañana en el local del señor Wei Lun, ubicado en la calle Divino Pastorcito, y en una pequeña nave industrial del polígono de Las Mercedarias. La preocupación de una madre por lo que comían sus hijos fuera de casa ha destapado una espeluznante trama, digna de cualquier novela de Robin Cook, donde la realidad supera la ficción. Los cuerpos de seguridad y las unidades forenses no descartan realizar nuevos hallazgos en Madrid, Barcelona, Sevilla y otras ciudades españolas.

La preocupación de una madre. En sus primeras declaraciones ante la Policía, Mar C. explicaba de esta manera lo sucedido: "A mi familia, siempre nos ha gustado mucho la comida china, y por eso, solemos comer en el restaurante Palacio de Hokaido casi todas las semanas. Y como nos gusta mucho el cerdo en salsa agridulce y la ternera con pimientos, bueno, la pedimos siempre... Lo que empezó a extrañarme, fue lo diferente que era la carne de una semana para la otra: unas veces, blanca y jugosa; otras, rosada y entreverada; otras, más bien seca... ¿No es extraño que la misma comida, tenga unas texturas y sabores tan distintos?" Seguro que a todos nos ha pasado algo parecido. Pero Mar C. decidió ir un poco más lejos, cuando unos análisis de sangre detectaron en su hijo de 6 años una sustancia, el ácido fluzosico condensado, que solamente se utiliza para tratar determinados casos de cirrosis hepática en los ancianos. "Tanto el analista, como el médico y el personal de laboratorio no podían comprender aquellos resultados. Se repitieron las pruebas, con otros marcadores (como el de la diabetes melitus o el del dengue), y también dieron positivos. Por precaución, nos hicieron las pruebas a mi marido y a mí, y hemos dado positivo en otras patologías. Mi hija pequeña, que todavía toma papillas y biberón, está sana."

Buscando coincidencias. Mar C. sigue explicando que "nosotros llevamos un régimen de vida un poco extraño, sobre todo de comidas, pues mi marido, que trabaja en un laboratorio de genética, y yo nos solapamos para que la pequeña Andrea no esté sola en casa, y mi hijo Pablo come casi siempre en el colegio. Sin embargo, algo debemos tener en común, para que todos presentemos el mismo cuadro..." Y efectivamente, tras varios días de reflexión, ha surgido un punto, una coincidencia: los tres comen siempre en el mismo restaurante chino, y salvo pequeñas variaciones, repiten el menú. Rodrigo G., el marido, dice lo siguiente: "Siempre pensé que lo de los chinos era solamente una leyenda urbana, que no era posible que hubieran muerto solamente 8 chinos en Madrid desde el año 89, que eso de que jamás hay perros ni gatos en las cercanías de un restaurante oriental era una mentira, pero ahora... no estoy tan seguro..." Para intentar comprender lo que les estaba sucediendo, incluso se pusieron a experimentar con distintas recetas de comida china, que sacaron directamente de internet, pero independientemente del cuidado que pusieron en respetar las dosis, pesar los ingredientes, e incluso macerar previamente la carne, nunca sabía igual que en el restaurante Palacio de Hokaido.

Por fin, una prueba tangible. "Mi niño se había pasado casi dos semanas en Observación del Hospital de la Princesa, y lentamente, con diversos procedimientos químicos, consiguieron disminuir primero, y eliminar después, todas aquellas toxinas extrañas de su organismo. Con mi marido y conmigo, fue más sencillo..." Se imponía hacer algo concreto para despejar las dudas, y como todo apuntaba al restaurante (hoy clausurado), Mar y Rodrigo volvieron a comer allí una vez por semana, como siempre... aunque ya no se comían toda la ternera ni el cerdo, y en cada ocasión guardaban diversas muestras en pequeños tubos de ensayo, que posteriormente Rodrigo analizaba en su trabajo. "Se trataba, explica Rodrigo, de aprovechar mis conocimientos y las instalaciones del laboratorio en el que trabajo para localizar los marcadores específicos del ácido fluzosico, que resulta muy perjudicial para los niños. Pero nos encontramos con algo muy diferente: la clave no estaba en los marcadores, sino en el origen de la carne."
Hacia la carne. Rodrigo sigue explicando su investigación: "Durante tres meses, no obtuvimos resultados concluyentes... si bien es cierto que comprobamos que la carne que nos vendían como cerdo y ternera, no era precisamente de aquellos animales, más o menos en un 45 % de las muestras, encontramos marcadores genéticos de perro, gato, rata y caballo. Esto podría ser un problema para Sanidad y Consumo, pero no explicaba la enfermedad de nuestro hijo." Sin embargo, hace quince días, los marcadores del ácido fluzosico y de otras sustancias, como las benzodiacepinas, y otras derivados farmacéuticos dieron positivo. Llevados por la curiosidad, y sobre todo por que no parecía tener la misma textura que los otros tipos de carne analizados, Rodrigo decide buscar los marcadores genéticos de otra especie distinta: la Humana. Y el resultado de las tres últimas muestras obtenidas es positivo. "Casi me faltó tiempo para tapar las muestras y guardarlas en la nevera del laboratorio, unas incontenibles arcadas me hicieron vomitar en la misma pila. ¡Habíamos estado comiendo carne humana!"

Comunicado a la Brigada Especial. Comer carne humana en un restaurante chino, como si fuera cerdo o ternera (lo de las ratas, perros y gatos no fue ninguna sorpresa): otra leyenda urbana que aparentemente se cumple. El problema era demostrarlo a las autoridades. Por eso el matrimonio acude al Sargento Aníbal Bueno, de la Brigada Especial, compañero del equipo de bolos La Mostoleña. "Al principio, pensé que me estaban gastando una broma. ¿Carne humana en un restaurante chino? ¡Menuda leyenda urbana! Pero claro, conociendo a Ricardo desde hace tantos años... El caso es que decidí realizar una nueva prueba en nuestro laboratorio genético... y también ha dado positiva en los marcadores pertinentes, y la prueba de ADN ha sido taxativa: se trata de carne humana, de un varón, de entre 60 y 70 años, que padecía un proceso canceroso en fase terminal." El doctor Moreno, que ha realizado la prueba, se muestra tajante: "Es la confirmación de una leyenda urbana... Ahora, tenemos que localizar y detener a los culpables, cueste lo que cueste."

Las primeras investigaciones. Sí, una de las muestras ha dado positivo, pero al no haber sido tomada siguiendo los protocolos de custodia de las pruebas, era necesario investigar, y obtener más datos en el Palacio de Hokaido. Y hacerlo sin despertar sospechas. Por ello, se piden refuerzos a diversas Comisarías alejadas de Móstoles, pues se trata de someter por una parte al local a un seguimiento continuado, y por eso es tan importante que haya caras nuevas, pero no tantas como para despertar sospechas. "Normalmente, explica el Sargento Aníbal Bueno, procuramos que haya siempre cuatro o cinco policías, comiendo solos o por parejas. Las muestras se etiquetan bajo la mesa, con los nombres de los agentes, el plato que han tomado, y son transportadas por un motorista al laboratorio de la Brigada. En las dos semanas que llevamos trabajando, hemos encontrado los tipos de carne habituales, incluyendo serpiente en los rollitos primavera, y rana en la familia feliz". La falta de resultados, combinada con una fuerte acidez, y el miedo a estarse comiendo a un semejante, hace mella en el equipo de investigación. Uno de los miembros abandona el grupo por motivos de conciencia, otro descubre el veganismo como alternativa vital (y su salud mejora considerablemente), y un tercero pone tanto cuidado en apartar todas las partículas de carne de su plato, que pone en serio peligro la operación. "Es un infierno, pensar que te puedes estar comiendo a otra persona, afirma Claudia Marquez, en cuanto terminaba de comer, me metía los dedos en la garganta, para vomitarlo todo... Nunca más volveré a comer en un chino".

28/X/2009: Los primeros resultados. Por fin llega el momento que todos temen y esperan a la vez: las muestras de la ternera con pimientos son indudablemente humanas, la Brigada puede proceder. Son las seis de la tarde cuando, pertrechados con una orden de registro firmada por el Juez Herrero, diez agentes y tres forenses asaltan el local, por las dos puertas a la vez. En su interior, solamente se encuentran con un viejo cocinero chino bastante sucio, y la hija del propietario. Ninguno de ellos habla español, por lo que interviene el intérprete de la embajada, que ha sido convocado esa misma tarde. Al principio, la conversación es amistosa, pero en cuanto se menciona el tema de la carne, el cocinero, identificado como Wei Tan, se pone visiblemente nervioso, e intenta impedir el acceso de los agentes a la cocina y a la despensa. Aparentemente, todo está en orden en la cocina... pero en la despensa, una nevera, ubicada detrás de la puerta y disimulada por varias cajas de verduras, encontramos lo que parece ser carne humana deshuesada. "Enseguida hacemos las fotos. La carne se encuentra en malas condiciones, pues la nevera no funciona demasiado bien, y presenta varias zonas medio descompuestas. En el acto, procedemos a detener al cocinero y a la hija del propietario, y los trasladamos a la Brigada." Mientras tanto, los forenses que han trabajado "in situ" ofrecen un primer diagnóstico concluyente, facilitado por el hallazgo de una mano, parcialmente roída, en el congelador. Posteriores análisis en el Laboratorio confirman los datos preliminares: en el restaurante Palacio de Hokaido se sirve a los clientes carne humana.

Teorías y explicaciones de la embajada. Por el temor de que no sea un caso aislado, el Juez Herrero decide decretar el secreto de sumario, detener a todos los implicados (el cocinero, la hija del dueño, el dueño, su hermano, su nuera y su cuñado) y sustituir a todo el personal del local por agentes especiales. Al no disponer ni de cámaras frigoríficas ni de sala de despiece, resulta evidente que la carne humana proviene de otro lugar, y el descubrirlo se convierte en la máxima prioridad. Una de las cosas que más ha llamado la atención al equipo es que, "desde 1988, solamente hayan muerto en Madrid 8 ciudadanos chinos, cuando teniendo solamente en cuenta el tamaño de la población oriental, las estadísticas calculan que en dicho periodo tendrían que haber fallecido como poco 140 personas. ¿Dónde están esos cuerpos? ¿Por qué los chinos solamente se mueren por accidentes de tráfico, o bien en los hospitales? ¿Dónde están sus tumbas?". Contactamos telefónicamente con la Embajada China, Liu-Pi, el asesor cultural nos atiende, pero sus explicaciones no son convincentes: "nuestra raza está acostumbrada a volver a morir a nuestro país, por eso, cuando se notan enfermos o viejos, ellos mismos, o la familia, les pagan el último viaje, para que puedan reposar en la tierra de nuestros ancestros." Cuando le preguntamos sobre por qué no hay chinos de edad avanzada en Madrid, la respuesta es ambigua: "es nuestra elección como raza seguir los ritos de nuestro país". Sobre los problemas con la documentación, alegaba: "somos muy parecidos, es cierto, pero todos nosotros tenemos papeles. Muchas veces, cuando llevamos diez años o más en el país, nos cambiamos el nombre, por otros más sencillos de pronunciar, y por eso en los cementerios hay muchos Pepe López, que en verdad son chinos con otro nombre. Eso explica la aparente baja tasa de mortalidad."

El confidente y la nave de despiece. A estas alturas de la investigación, lo más importante era localizar la sala de despiece, y desmantelar la red, labor muy complicada por el hermetismo de la sociedad china. Era necesario encontrar un confidente, en este caso, el dueño del restaurante, Wang Ma, se prestó a colaborar con nosotros, y nos permitió encontrar una pequeña nave industrial, en la localidad de Azuqueca de Henares, que se dedicaba a hacer sopas chinas de sobre y pienso para mascotas. Los efectivos de la Policía Nacional rodean todo el perímetro, estableciendo un cordón de seguridad eficaz. Después de atravesar la pequeña oficina, donde nos atiende el gerente, llegamos a la zona de elaboración de los alimentos. Veinte operarios, con máscaras, batas, gorros y guantes estériles, apenas si levantan la mirada mientras nos dirigimos a la parte posterior. Dentro de la última sala, nos espera una visión que parece rescatada de cualquier Círculo del Infierno de Dante. En el centro, una mesa de autopsias, con su sistema de desagüe, y con rastros de sangre, parece ocupar toda la estancia. Una serie de cubos de plástico duro, de tamaño comunidad, ocultan en su interior un macabro secreto: el primero está lleno de zapatos de mujer, el segundo, de hombre; el tercero, de ropa de mujer, el cuarto, de hombre; el quinto, de manos y pies cortados; el sexto, de entrañas lavadas; el séptimo, cabezas cortadas; el octavo, de pelo humano.

Confesiones y resultados. Ante la extrema crueldad de los hallazgos, varias unidades del forense se desplazan a la nave, al mismo tiempo que diversos furgones policiales son utilizados para llevarse a todo el personal de la empresa, en cuanto terminen los interrogatorios. Al haberse conectado los inhibidores de frecuencia desde el primer momento, y con el corte de la línea telefónica, la nave ha quedado completamente aislada, y los investigadores realizan su labor. Al principio, nadie sabe nada de lo que pasa en la sala del fondo, ni lo que hacen varias noches por semana, ni comprenden los cambios en el color y la textura de las sopas, o la función de los cubos... pero al final, el gerente confiesa: "Casi siempre, recibimos los cuerpos por la noche, entre las dos y las tres de la madrugada. Generalmente, son tres o cuatro cadáveres al mes, pero con la proliferación de los trabajadores esclavos, hay que busca alguna manera de deshacerse de los cadáveres... y al mismo tiempo, obtener un cierto beneficio económico... Aquí lo aprovechamos todo: las ropas, se lavan, arreglan y esterilizan, las que están bien, se venden, las otras, para los esclavos. Los zapatos, lo mismo, aunque en las fábricas clandestinas, no necesitan zapatos. El pelo es muy interesante, pues permite multitud de aplicaciones creativas, pero sobre todo, lo teñimos, y lo usamos para forrar los Furbises falsos." Como el Sargento precisa más datos, le pregunta por el uso de los cuerpos :"Las cabezas, los pies y las manos, primero los hervimos, para sacar todo el jugo, y luego los trituramos, los mezclamos con algas, hierbas y restos de las sopas, para elaborar piensos para mascotas, son muy alimenticios..." Teniendo en cuenta que se trata de una instalación relativamente pequeña, es fundamental organizarse bien: "Lo más importante es la rapidez, pues aunque la carne la pongamos a macerar durante diez días antes de distribuirla, hay que deshuesarlos previamente, y para eso hace falta ser un consumado descuartizador/cirujano." Y, por supuesto, no toda la carne es igual: "Los cadáveres se dividen en varias categorías, fijándonos sobre todo en la edad y el sexo. Para algunos rollitos primavera, lo mejor son los senos de mujer; para la ternera con pimientos, los muslos de hombre; para algunas sopas, las tripas bien lavadas y maceradas son perfectas; si se trata de plato de la casa, cualquier carne sirve; el pato con piña o a la naranja no se puede falsificar; pero cualquier otro plato que lleve, por ejemplo, pollo, normalmente se obtiene del brazo... Cuanta más edad, más barata es la carne. Por eso, precisamente, la adobamos con muchas especias, para ocultar su sabor... Y con los huesos, una vez descarnados, los trituramos, y mezclados con grasa de los mismos cuerpos, se obtiene la famosa Pomada del Tigre..."

Las investigaciones continúan. Dos meses después de la primera redada, las investigaciones siguen su curso, puesto que la existencia de esta pequeña red no justifica la tasa ridícula de defunciones de ciudadanos chinos en Madrid y en España. La Brigada Especial sigue al mando, pero recibiendo la plena colaboración de los restantes Cuerpos de Seguridad. De momento, se han desmantelado otras dos redes en Madrid, una en Barcelona, y tres en Sevilla. Diversos inspectores de Sanidad están realizando análisis de ADN en los principales restaurantes chinos, y aproximadamente en el 30 por ciento de los casos se ha detectado carne humana en el menú. La mayor preocupación que se plantea es de tipo sanitario, pues no se ha discriminado entre cuerpos sanos y enfermos, por lo que se pueden descartar que aparezcan determinadas patologías asociadas a la edad o a las enfermedades de los difuntos en los consumidores. Se ha decretado, por lo tanto, una alerta sanitaria nacional, y se ruega a las personas que hayan comido en restaurantes chinos u orientales, que se realicen las pruebas pertinentes en los Centros de Salud. La situación es preocupante, pues en diversos restos se han encontrado trazas de Yersinia Pestis y de viruela, y no existen datos actualizados sobre la posibilidad de transmisión de ambas enfermedades mediante la ingesta de carne humana contaminada. Las investigaciones de la Brigada siguen su curso.








EVIDENTEMENTE, CUALQUIER PARECIDO ENTRE LOS NOMBRES, LOS LUGARES, LAS TÁCTICAS DE DESPIECE O EL RECICLAJE DE LOS CUERPOS CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA. SIMPLEMENTE, HE DADO OTRA VUELTA DE TUERCA A UNA LEYENDA URBANA... Y YO COMO MUCHO EN EL CHINO DE MI BARRIO...


HELENA Y LOS STRIGOI



Dentro de 10 minutos estallará la bomba... El tiempo justo para contarte lo que me ha pasado en los últimos nueve días... Por eso te mando este correo, para que estés avisado... para que avises a los demás... y para que creas.. Son las últimas palabras de un moribundo, y lo único que deseo es llevarme conmigo a todos los que pueda... y devolverlos al Infierno...

Todo comienza hace nueve días, cuando por culpa de un accidente en la M-40, me quedo atrapada en mitad de un atasco monumental. En la radio dicen que se ha producido un choque brutal entre un autobús escolar y un camión que transportaba vigas de acero a una obra cercana. Como la carga estaba mal asegurada, las vigas han salido despedidas, atravesando muchas de ellas el autobús como si fuera mantequilla... "Todavía no hay datos oficiales sobre la causa del accidente, repite el locutor con su voz cansada, pero se cree que el autobús no ha respetado el límite de velocidad, por lo que se ha estrellado contra el camión, que se había detenido bruscamente al invadir su carril otro vehículo. Aunque tampoco se conoce el número definitivo de víctimas mortales, se teme que superen la veintena, incluyendo al conductor. La M-40 permanecerá otra hora más cortada, puesto que el transporte escolar se ha quedado atravesado en la calzada. Los cuerpos de Bomberos, Policía Nacional y Guardia Civil han desplazado numerosos efectivos a la zona del accidente..."

En ese momento, aburrida de escuchar por tercera vez en diez minutos las mismas noticias, y completamente parada en una marea de coches por la que se abren paso, a duras penas, las ambulancias, cambio de emisora, encuentro una de música clásica, y me pongo a observar a quienes me rodean. Entonces los veo, primero es una persona aislada, detenida en el arcén, luego llega otra, y luego otra, y otra más... y según nos vamos acercando al lugar del accidente, su número crece... Creo haber visto más de 30 personas, y me pregunto cómo han llegado a ese punto tan aislado de la carretera... adonde no llegan ni el metro, ni los autobuses... Aunque son personas normales, como tú y como yo, noto algo extraño en ellos... ¿Será por sus ropas? ¿Por su forma de mirar fijamente los restos del autobús? Cuando por fin rebaso el lugar del accidente, suspiro aliviada, puesto que, por unos momentos, me ha parecido que uno de ellos alzaba la mirada y la clavaba en mi coche...

Dos días más tarde, un chico ha saltado a la vía del metro delante de mí. El convoy entraba en ese momento en la estación, y el conductor no ha tenido tiempo de frenar. El impacto le ha cortado ambas piernas, y también le ha triturado un brazo (el derecho, creo). El dolor es espantoso, y no le pueden sacar de debajo de las ruedas hasta que no llegue una grúa especial. La circulación está interrumpida en la línea 5, en Núñez de Balboa. Con esa curiosidad morbosa que todos los humanos tenemos hacia el sufrimiento ajeno, me pongo a observar a mi alrededor... Entonces los veo... Es un grupo un poco más pequeño que en el accidente de la M-40, pero allí están, con sus ropas de colores apagados, como si fueran el negativo de una vieja foto... Sobre todo, le reconozco a él: alto (casi dos metros), muy rubio, con los ojos azules muy pálidos, labios que parecen esbozar una sonrisa cruel... Durante unos minutos, nuestras miradas se cruzan, y me parece ver en ella un sentimiento extraño... ¿hambre? ¿ansias? ¿empatía? ¿dolor? No consigo identificarlo, y de repente, con un último fulgor verde, interrumpe el contacto visual, y se concentra en lo que está pasando en las vías, y deja de mirarme... Respiro aliviada, y decido ir al trabajo en autobús, pues necesito aire fresco después de semejante experiencia...

Al día siguiente, le veo. Está allí, detenido al pie de la Torre de Colón, mirando al cielo con aire ausente, como esperando que pase algo... Nunca hemos estado más cerca, y de manera inconsciente, pienso en la ropa que llevo puesta: un traje de chaqueta azul oscuro con raya diplomática, blusa de seda blanca, zapatos negros de tacón, y gabardina Burbery... y por supuesto, sin pulseras ni collares ni anillos, tan solo unos pequeños pendientes con diamantes engarzados... Por el rabillo del ojo, compruebo que la sonrisa del desconocido se vuelve más sincera, al mismo tiempo que mira hacia arriba... Inconscientemente, imito sus gestos, y eso me salva la vida... pues un cuerpo se estrella en la acera, a escasos centímetros de donde yo estaba... Por la altura, el cadáver parece rebotar contra el suelo, y la cabeza estalla con un ruido sordo, y la sangre me salpica los pantalones... Cuando miro a mi alrededor, compruebo que el desconocido ya no está solo, otras veinte o treinta personas nos rodean, con la misma mirada ausente, y un extraño brillo verdoso en los ojos... Durante unos segundos, todos se vuelven hacia mí, con la mirada perdida, y me parece que incluso sonríen, pero quizás todo ha sido un producto de mi imaginación... Una vez más, se repite el ritual: forense, sanitarios, policías, servicio de limpieza... me toman declaración como testigo... Busco al resto del grupo del Rubio (así le llamo), pero todos han desaparecido...
Las desgracias parecen acumularse a mi alrededor... el miércoles voy a las fiestas de mi barrio, y subo a la noria... se queda parada en lo más alto... y desde ese lugar privilegiado, veo lo que sucede en la Montaña Rusa... Un convoy, por exceso de velocidad, por el mal estado de las vías (es la atracción más veterana), o por haberla montado sin las debidas precauciones, se sale del carril, y se estrella contra el suelo , como si fuera un episodio de CSI... En ese momento, compruebo que no estoy sola en la barca de la noria: el Rubio aparece a mi lado, y me llevo un susto de muerte... sobre todo porque sabe cómo me llamo... y porque escucho su voz en mi cabeza, sin que él mueva los labios...
"No te asustes, Helena, puesto que si quisiera matarte, ya llevarías muchos meses muerta... Esa es nuestra función, nuestro pequeño vicio: nos alimentamos de la muerte, del dolor, de los sentimientos extremos que preceden el segundo final... Nunca matamos directamente... pero estamos allí en las grandes y en las pequeñas tragedias, y cuanto mayor sea el sufrimiento, más alimento... Normalmente, no nos veis, pero de vez en cuando, cuando nuestro número disminuye en una ciudad o en un país, nos dejamos sorprender... Pues necesitamos a otro... Por eso te escogimos a ti, Helena... Por la oscuridad que late en tu corazón... Por la manera en que te fascina la muerte, cada vez que se cruza en tu camino... Ni siquiera has pestañeado, cuando has visto que los vagones se estrellaban contra el suelo, ni cuando la cabeza de la niña ha quedado aplastada por el cuerpo de la madre, ni tampoco al ver las manchas de sangre negra que se esparcían por el suelo, salpicando a la gente... Tú eres como nosotros, te puedes convertir en un "strigoi" del sufrimiento, creo que en tu cultura nos llaman "vampiros", pero solamente nos alimentamos del dolor, de las emociones negativas, del sufrimiento... Tal y como tú has hecho ahora... Tienes dos días para pensártelo, aunque nos seguiremos viendo antes de tu inevitable transformación... Allí nos veremos todos, para darte la bienvenida, a las siete de la tarde..."

Acto seguido, desapareció... y con él, toda su corte... Es cierto, nos hemos vuelto a ver, la primera en una residencia de ancianos, donde vive mi abuela, que ha salido ardiendo, y donde han muerto seis personas, mientras que otras 20 han resultado intoxicadas con el humo... Allí estaba el Rubio, con toda su gente... Ayer, un limpia ventanas sin contrato se precipitó al vacío desde un octavo piso en Alcobendas, cercas de mi trabajo, y también le vi caer... Ya son las siete menos dos minutos, he quedado con el Rubio en esta gasolinera... Tanto conocimiento de los humanos, tanta experiencia, tanto afirmar su superioridad... ¿y no es capaz de darse cuenta del dolor de una madre? Sí, es cierto, la niña cuya cabeza reventó contra el asfalto al despeñarse la Montaña Rusa era mi hija, pero las dosis masivas de tranquilizantes que estoy tomando para superar la separación de mi marido me ayudan a permanecer tranquila, impasible, frente a la adversidad...

Lo mismo no sirve de nada lo que voy a hacer ahora, el volarlos con un artefacto casero, el haber añadido otras cargas en los pilares de la gasolinera, igual es una pérdida de tiempo... Pero tengo que intentarlo, porque me parece inmoral que este tipo de "strigoi" se alimente de nuestro dolor, de nuestro sufrimiento, tal y como vi a uno de ellos alimentarse con la agonía de mi hija... Si tengo un poco de suerte, y la tendré, comenzaré mi viaje y mi caza... ¿Soy la única que puede verlos, escucharlos? No lo creo... Una experiencia tan cercana a la muerte como la mía, el intento de suicidio con barbitúricos y alcohol, me permite descubrirlos... Aquí empieza mi viaje...