lunes, 15 de febrero de 2016

PALOMAS EN LA AZOTEA



-          Diez –

Un golpe sordo… Y se termina todo. Una vida contra el asfalto. La gravedad y sus leyes inmutables. Pero… ¿Acaso es el final?

-          Uno –

La vida de Adrián Cienfuegos, también conocido como Fueguito, era de lo más sencilla. Porque, de todas formas, ¿qué problemas puede tener un chaval de siete años? Bien, pues alguno que otro tenía. Sobre todo por su extraña capacidad para leer la mente de las personas.
-          “Me vas a pegar dentro de dos minutos”, le dijo a su compañero de clase el segundo día del curso, “pero vas a tener problemas con la mancha de sangre, y tu madre te va a regañar”.

Efectivamente, el pequeño Fernando Àlvarez le pegó, con tan mala suerte que le reventó el labio superior, manchándose de sangre el jersey nuevo, lo cual le valió una buena bronca por parte de su madre, porque todo el mundo sabe “que la sangre se limpia muy mal de un jersey blanco, niño del demonio”, le dijo medio segundo antes de darle un soberbio zapatillazo.

Ni que decir tiene que, a partir del siguiente día, Adrián y Fernando se convirtieron en los mejores amigos del mundo, siendo el segundo el protector de Adrián durante toda su estancia en el jardín de infancia…

-          Dos-

Pero Fueguito creció, cumpliéndose de aquél modo una de las leyes esenciales de la naturaleza, y con su entrada en el Instituto Galileo Galilei descubrió un nuevo poder: era capaz de predecir lo que iba a suceder en los dos siguientes minutos. Lo cual le ayudaba a evitar los golpes de los abusones de la clase, pero también a prever cuando se pasaría por el patio el profesor de turno, incluso a saber antes que nadie cuándo habría un examen sorpresa, lo que añadido a su capacidad creciente de leer la mente del docente le permitía obtener unos resultados brillantes sin demasiado esfuerzo.

Tampoco tardó demasiado tiempo en hacerse amigo del abusón de turno, puesto que parecía tener también la capacidad de despertar ansias de protección entre los alumnos más peligrosos de cada clase por la que iba pasando.

-          Tres –

A los trece años, descubrió su capacidad para matar sin dejar huellas, manipulando discretamente a las personas de su entorno. Y su padre, un borracho y maltratador, fue la primera persona en “aprovecharse” de tan inusual talento.

Cierto es que se lo merecía, según todos los parámetros convencionales, puesto que era muy aficionado a pegar a su madre donde no hubiera huellas visibles (es decir, en todas aquellas partes que quedaban cubiertas por sus largos vestidos de blonda), en el estómago, en el pecho y en la espalda (nunca en la cara, eso sí).

Pero aquella tarde de sábado, también quiso pegar a Adrián… cuando de repente le entraron unas ansias irresistibles de subir a la azotea del edificio de siete plantas, para dar de comer a las palomas, luego una cosa llevó a la otra, y terminó precipitándose al vacío, ante los ojos aterrados de su “desgraciado hijo, que en aquél momento estaba mirando por la ventana del salón”, según rezaba en el atestado policial.

No hubo flores sobre su tumba. Ni en aquél entonces, ni después.



-          Cuatro-

A los catorce años descubrió de manera accidental el sexo, puesto que pilló a su hermana mayor montándoselo en la cama de su madre con su novio de turno, y le pareció una experiencia interesante, y sin duda alguna divertida. Con su capacidad, cada día más desarrollada, de influir en los pensamientos de los demás, no le costó demasiado convencer a Laurita, su vecina del cuarto A, a que viniera a su casa una tarde del mes de abril, mientras que su madre estaba en el cine con su novio de turno.


Cierto es que en todo momento se comportó como un caballero, incluso le ofreció una Coca Cola bien fresca y una bolsa de patatas fritas como recompensa, y que también utilizó un preservativo robado de la mesilla de noche de su madre.  Y que la experiencia se repitió casi cada semana, durante el resto del año.

Laurita nunca se quejó, y es más, alardeaba entre sus amistades de tener “un novio muy atento”. Años más tarde, siendo una mujer casada y con hijos, todavía le costaba comprender cómo se había entregado a Adrián, es decir, al típico “empollón de gafas redondas, bajito y de mirada triste, cuando había otros muchos pretendientes”.

-          Cinco –

Y por fin, la Universidad.

Con el final de la adolescencia, sus poderes se intensificaron. Era capaz de leer la mente incluso  mientras hablaba por teléfono. Sus predicciones eran siempre acertadas. Seguía siendo capaz de matar a distancia (aunque durante aquellos años no tuvo demasiados motivos). Y podía influir en el “libre albedrío” de los demás.

Allí, en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, fue intensamente feliz: un alumno brillante, bien considerado por los profesores, levemente envidiado por los alumnos, y con aquella mirada especial, “que parece traspasarte” según decía Estefanía Rodríguez, su “coñito de cabecera” (aunque Adrián se guardaba mucho de llamarla así en su presencia) durante los tres primeros años.

Todo iba bien, “nihil novo sub solem” (nada nuevo bajo el sol), hasta que llegó el momento del viaje del paso de ecuador, tradición que por otra parte le encantaba. Él quería ir a Rusia, y realizar un tour por los antiguos países bálticos. El líder de la clase prefería ir a Ibiza. Adrián intentó persuadirle… Y por primera vez en su vida fue incapaz de conseguirlo. Era como si un muro mental le protegiera de todo tipo de influencia. Así fue como conoció a los “oscuros” (por lo menos así les llamaba), es decir, aquellas personas inmunes a sus poderes.

La votación fue prácticamente testimonial, y la clase entera disfrutó de seis días de juerga ininterrumpida en Ibiza. Allí fue donde Adrián descubrió dos cosas importantes que le influirían el resto de su vida: que algunas drogas de diseño (concretamente las meta anfetaminas) expandían sus poderes; y que sería el sicario perfecto.
-          “¿Tú qué buscas, niñato? ¿Una hostia?”, le preguntó el guardaespaldas de la discoteca en la que estaba bailando con sus compañeros de clase, cuando se acercó al dueño, un conocido mafioso…
-          “Si no te apartas de mí y me sueltas de inmediato, tu muerte.”

El matón cometió el error de no hacerle caso, y de repente tuvo unas ansias tremendas de meterse el cañón del revolver en la garganta, y disparar. Todo esto en el despacho de su patrón.

Mientras un equipo de limpieza especial se encargaba de arreglar el estropicio, Adrián mantuvo una charla de lo más interesante con Don Camilo Badalamenti. Y desde aquella tarde, Adrián tuvo que compaginar sus estudios con una serie de encargos bien remunerados, que le llevaron en primer lugar por diversas ciudades de las Islas, y luego por el resto de España. Nunca está de más disponer de un asesino tan eficaz y misterioso que ni siquiera necesita armas, o mejor dicho, al que le sobra con su capacidad de persuasión para cometer, una y otra vez, el crimen perfecto y salir impune.

A los veinticuatro años terminó los estudios de Periodismo, y consiguió, utilizando sus poderes de persuasión, un contrato como “free lance” para el grupo Prisa. Era la cobertura perfecta para sus actividades “extra curriculares”, y al mismo tiempo una excelente manera de blanquear parte de los ingresos de sus otras actividades, con el viejo truco de las facturas falsas emitidas por reportajes nunca entregados. La vida le sonreía…

Hasta que se enamoró. Perdidamente. Irremisiblemente. Inconmesurablemente. De una “oscura”. Con tantas mujeres normales y accesibles, plenamente capaces de someterse a sus deseos más oscuros, y carentes del libre albedrío, tuvo que enamorarse de una de las pocas que eran inmunes a su talento. Y que encima estaba enamorada de su mejor amigo.

Pues sí, Adrián Cienfuegos, reputado periodista “free lance” e igualmente eficaz como sicario de los principales cárteles de la droga latino-americanos, era capaz de tener amigos, cosa en verdad difícil de imaginar. Pablo Gutierrez se llamaba.

Conviene insistir en el “llamaba”. Puesto que a los veintisiete años tuvo el impulso de salir a nadar una noche de luna llena mientras estaban celebrando el solsticio de verano con su mejor amigo, su novia y tres colegas de la redacción, y nunca volvió a la orilla. Encontraron su cadáver varado en la playa de Gandía tres días más tarde.

Noelia García estaba inconsolable. Pero Adrián descubrió en su interior un nuevo poder… La magia de sus manos. Capaces de curar dolores, de sanar incluso al corazón más destruido mediante la concentración y la focalización. Fue entonces cuando dio sus primeros pasos en el reiki, y no tardó demasiado en ser nombrado maestro. Incluso se planteó durante un tiempo el dedicarse a ello de manera profesional, pero sus compromisos anteriores se lo impedían. No en vano era uno de los asesinos más implacables y eficaces del mundo, y sus servicios eran requeridos incluso por algunas agencias de seguridad americanas de dudosa legalidad. La vida, por lo tanto, le sonreía.

-          Seis -

Pero Adrián tenía un punto débil: su dependencia de Noelia. Ella era su refugio, su puerto seguro, la persona que le permitía ser realmente feliz y libre, puesto que era inmune a sus talentos. Al principio fue prudente, y su relación era básicamente clandestina. Sobre todo porque era capaz de mantener separadas sus distintas facetas profesionales: su ascendente carrera como periodista; y sus oscuros trabajos de sicario.

Ocasionalmente, y solo por no perder la costumbre, entre trabajo y trabajo se dedicaba a “limpiar las calles de elementos asociales”. Es decir, de mendigos alcohólicos, de drogadictos y de prostitutas toxicómanas, pues nada había más fácil para él que meterse en sus mentes e impulsarles a suicidarse, muy a menudo ante sus ojos, para que fuera capaz de disfrutar con sus muertes.

Ya ni siquiera necesitaba entender lo que estaban pensando, y de aquella manera quedaba superada la barrera del idioma; y su manera preferida de matarles era que se arrojases delante de un tren o de un  metro. Por desgracia, nadie valoraba en su justa medida su preocupación por la limpieza de las ciudades.

No obstante, toda su otra vida de criminal quedaba olvidada cuando por fin se reunía con Noelia. Entonces todo era dulzura, buenos sentimientos, ternura y planes de futuro, mientras su carrera profesional alcanzaba cotas insospechadas.

El catorce de abril de dos mil trece se casaron. Y nueve meses después llegó la cigüeña, puntual y procedente de París. Fueguito tenía por fin un descendiente, una niña llamada Elvira, que los llenaba a ambos de felicidad. Igual que la madre, era una “oscura”, que sin embargo lo conseguía todo de su padre, con una simple sonrisa o un oportuno puchero. Y Adrián se sentía enormemente feliz. Incluso empezaba a pesarle su doble vida. Por lo que tomó una decisión radical.

-          Siete-

Y Adrián se jubiló. En el momento culminante de su carrera como sicario, cuando incluso tenía lista de espera, y le llovían las propuestas de contratos de toda Europa, decidió abandonarlo todo, y consagrarse exclusivamente a su familia.

Porque ya no sentía ansias de matar. Además su carrera oficial como periodista le aportaba suficientes ingresos para cuidar a su familia (Noelia había abandonado temporalmente su trabajo como redactora en La Razón para ocuparse de la pequeña Elvira). Incluso estaba dando sus primeros pasos en el mundo de las letras, con un libro de viajes estilo Pérez Reverte.

Pero a veces los fantasmas del pasado regresan con fuerza. Y Don Camilo Badalamenti le pidió un último favor: eliminar a un intruso que se estaba apoderando de las redes de distribución de drogas en Ibiza.

-          Ocho –

Las cosas se complicaron. Wilbur Smith no estaba solo en el negocio de la droga, aquello no era más que la punta de lanza de una poderosa organización con diversos intereses, que agrupaban la prostitución y el tráfico de armas. Sus sicarios estaban perfectamente entrenados, y Adrián necesitó de sus poderes más que nunca, para abrirse paso hasta su objetivo.

Es cierto que Adrián cumplió el trabajo. Pero en aquella noche de tormenta y sangre, cometió un error que con el tiempo se revelaría fatal: dejó con vida al hijo del mafioso, un chaval tímido y con gafas, que de alguna manera le recordaba a su propia infancia. Y regresó a su vida, ordenada, tranquila, con Noelia, Elvira y el pequeño Julián.

-          Nueve –

Y pasaron los años. Y aquél adolescente, el hijo de Willbur Smith, creció para buscar venganza, al asesino de su padre.

Mientras tanto, Adrián se convirtió en una persona pública, un prestigioso periodista de investigación, sin descuidar su faceta como escritor.

Sus caminos se cruzaron de nuevo en una firma de libros en la FNAC de Callao. “¿Para quién es este libro?”, le preguntó Adrián, confiado, a aquél adolescente desgarbado y con gafas que le observaba desde el otro lado de la mesa. “Para mi padre, Willbur Smith”

Al escuchar aquél nombre, recién salido de un lejano pasado que prefería olvidar, Adrián notó cómo un escalofrío le recorría la espalda. ¿Sería acaso el hijo de su última víctima? Intentó sondear su mente de manera disimulada, pero no pudo lograrlo: él también era un “oscuro”;  y por primera vez Adrián se sintió desnudo, impotente, pues en aquellos ojos leía una tremenda sed de venganza.

Dos días más tarde, en mitad de la madrugada, sonó el teléfono. “Tú mataste a mi padre”, escuchó, “y ya va llegando el momento de que pagues tu deuda…”

Diez minutos más tarde, sonó el móvil, con el mismo resultado.

El día después, empezaron a llegar las rosas negras. Siempre con la misma tarjeta. Y el mismo mensaje. “Penitengiate pecatoribus”. Solo por curiosidad, Adrián contactó con uno de sus antiguos profesores del instituto, que enseñaba latín. “Arrepentíos pecadores, haced penitencia”.

Hasta que, transcurrida una semana desde de la primera llamada, y a pesar de haber cambiado de número de móvil tres veces (el fijo lo tenía desconectado), llegó el mensaje definitivo. “Sólo una vida sirve de moneda para otra. Si no quieres que me tome la venganza por mi mano sobre tu querida familia, ya sabes lo que tienes que hacer”.

No había negociación posible.

Y por eso, confrontado a los poderes de un “oscuro”, Adrián tomó la única decisión posible… Y emulando el último salto de su padre, tuvo el irresistible impulso de ver a las palomas en la azotea…



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