Cuando
despierto, nada, o quizás todo, ha cambiado. Estoy sentado en la típica silla
incómoda de despacho de diseño. Un foco de luz crea luces y sombras sobre la
mesa, dejando el resto de la habitación en penumbra. La mesa tampoco es nada
del otro mundo: funcional, de color claro, patas metálicas. Todavía tengo la
mente algo confusa cuando, desde algún lugar detrás de mí, me hablan.
Como todo
lo que me rodea, es fría, impersonal…
-
“Supongo
que ya estará familiarizado con estos procedimientos de identificación. Ante
usted se encuentran una serie de objetos, de varios tipos. Pero solamente dos
de ellos pertenecen al auténtico Tom Riddle. Cualquier duda, cualquier
vacilación, toda identificación errónea será penada con la muerte.”
Así
que me llamo Tom Riddle, y por alguna extraña razón tengo que demostrar mi
identidad si quiero seguir vivo. Es cierto que no me han puesto ninguna pistola
contra la sien, pero de alguna manera intuyo que será su próxima acción si no
consigo pasar la prueba. Si al menos fuera capaz de recordar…
Paseo
la mirada sobre los objetos que se encuentran sobre la mesa: un libro de
bolsillo, una batidora de cocina, un álbum de fotos, una gorra de pana, un par
de calcetines rojos a rayas verdes, una máquina de fotos antigua, una pistola
(¿Colt 45?), un peine, un par de botas de escalada y lo que parece ser un mando
de la videoconsola. Y solamente dos de ellos me pertenecen. Un veinte por
ciento de posibilidades de acertar. Pero todo parece indicar que es mi vida la
que está en juego. Y no quiero perderla.
-“¿Puedo tocarlos?”, pregunto,
mientras pienso que de alguna manera aquellos objetos desparejados pueden
despertar en mí los recuerdos.
- “Proceda –me responde la misma
voz impersonal. Dispone de tres minutos”.
Voy
tocándolos de uno en uno, y descarto de manera intuitiva unos cuantos. La
pistola, los calcetines rojos a rayas verdes, el peine (tengo la cabeza
rapada), las botas de escalada, la batidora de cocina, porque no me envían las
vibraciones. ¿Desde cuándo creo en los rastros sensoriales de los objetos? Algo
me dice que desde siempre. La video consola tampoco me es familiar, y la
máquina de fotos tampoco… El álbum de fotos me lleva un poco más de tiempo,
pero por lógica sería uno de los objetos más fáciles de falsificar, sobre todo
si tenemos en cuenta que no recuerdo mi aspecto.
Sin
embargo, el libro empieza a despertar recuerdos. De una tarde de verano al
borde de un lago. El sonido de los pájaros en la distancia. El rielar del sol
en el agua mansa. Incluso me parece recordar algo de la historia, una de esas
de ciencia ficción que de repente parece ser que son las que más me gustan. El
olor del bosque de coníferas. El piar de los pájaros. Paso las páginas de
manera distraída, hasta llegar a un párrafo subrayado en rojo: “¿Para que sirve
la religión si en la hora de las calamidades no presta ningún socorro?”.
Curiosa cita para tratarse de La Guerra de los Mundos, de HG Wells… El caso es
que identifico el libro como mío. Y mientras lo manipulo, adquiero una mayor
certeza, porque incluso recuerdo quién estaba a mi lado.
La
gorra de pana no debería estar allí, porque realmente no me pertenece. Es algo
que intuyo, es de ella, de mi hermosa dama, cuya cara voy empezando a recordar
lentamente. Su melena, roja y salvaje. Sus ojitos marrones, pequeños y
soñadores. Sus labios, dulces y amorosos. Su nariz, pequeña y algo respingona.
Su largo y níveo cuello. Su manera de arreglarse el pelo, para que le quedase a
su gusto. Sí, sin duda alguna es de ella. Aunque no logro entender qué hace
encima de la mesa.
-“El libro y la gorra”, respondo,
sin albergar ya ninguna duda.
-“Felicidades, señor Riddle, ha
superado usted la prueba. De todas formas era la única manera de confirmar su
identidad. Y forma parte del procedimiento habitual para quienes han cruzado el
límite de los territorios exteriores…”
Intuyo
que deben ser datos muy interesantes… Pero ahora lo único que me importa es
encontrarla a ella. Y matarla antes de que desvele el engaño. Porque solo ella, que me conoce íntimamente, podría desvelar la falsedad, y descubrir que soy uno de los tan temidos imitadores.