miércoles, 14 de noviembre de 2018

¿SABES AQUEL QUE DIU...?



“¿Sabes aquél que diu, que se juntaron una puta, un yonqui y una madre de familia, en la sala número tres del Tanatorio de la M-30 de Madrid? Bueno, pues yo no era ni la puta ni la madre de familia, lo cual no me deja otra opción que ser el yonqui. Pero ojo, no un toxicómano cualquiera, de esos arrastrados por el jaco: lo mío eran las pastillas, concretamente la Oxicodona, que me dieron para mitigar los dolores de una lesión de squash.

Estaba muy de moda hace un par de años entre los ejecutivos de mi compañía, el hacer deporte en grupo, y llegué a ser un buen jugador. Esa sensación de estar al mando, de que tu cuerpo te responde, solo era equiparable a la de echar un buen polvo un sábado por la mañana. ¡Un aplauso por Bautista González, el rey de Ozono & López-Brea!

Y, de repente, una mañana del mes de octubre de 2017, concretamente el día doce, al tratar de devolver una pelota alta, noté claramente que mi hombro izquierdo se dislocaba, con un “crac” que no auguraba nada bueno. Decidí continuar el partido. Marcial Benavente, mi compañero de equipo, me acompañó al servicio médico. “Distensión del ligamento articular del hombro, con un principio de rotura fibrilar”. Aquella fue la primera vez que probé la Oxicodona, con la firme recomendación de acudir a un médico de mi compañía aseguradora, e iniciar un tratamiento.

Un mes más tarde, incluso volví a jugar al squash. ¿Que me dolía un poquito en mitad del partido? Oxi. ¿Que me dolía después? Oxi. ¿Que me costaba dormir por la noche? Dos Oxi, y un Diazepan. ¿Que no se me levantaba con Natalia Estefanía, mi querida mujercita? Viagra. ¿Que no respondía a los estímulos de Mimi la Coquette, del burdel de “Madame Perla? Imposible, con esa gatita… Acabé enganchadísimo a las pastillas… Y aquí estamos hoy… Mirando fijamente a Carmela Marchante, la mujer de Marcial Benavente, mi compañero de squash, que murió ayer de un aneurisma, mientras follaba en el burdel, con una menor de edad…”


“Yo sabía que mi marido me engañaba. Sí, lo sabía hace mucho tiempo, pero no me lo quería creer. ¿Qué madre de familia, competente y dedicada por completo a su marido y a sus tres hijos, está preparada para asumir algo semejante? Yo, que abandoné mi prometedora carrera en el mundo de la abogacía, para poder estar a su lado. Yo, que me convertí en el prototipo de la mujer sumisa. Yo, que incluso fui a clases de comida cantonesa, cuando empezó a gustarle hace tres años, y que he seguido formándome como chef todos los martes y jueves de doce a dos. Yo, que en definitiva he vivido para satisfacer incluso el menor de sus caprichos, aunque fueran de índole sexual…

Todavía recuerdo lo mal que lo pasé la primera vez que fui al centro de estética, para que me depilasen las ingles al estilo brasileño, ¡y encima resultó que era un varón quien realizaba el tratamiento!

Esas manos, dulces pero fuertes, esos ojos ambarinos, esa voz profunda, la mandíbula tersa y firme, incluso ese pendiente plateado en la oreja o el tatuaje en el antebrazo… Al sentir sus manos sobre mi cuerpo, me excité tremendamente. Tuve fantasías eróticas desde aquella primera vez. Daniel Contreras, así se llama. Y sé que no le soy indiferente. Hace un par de semanas, no pude aguantarme. Había encontrado en la cartera de mi marido una tarjeta del burdel, y su cuello olía a perfume barato… Me vengué: llamé al “Caprice des Dieux”, el nombre de mi clínica de estética nunca ha sido más adecuado, “Capricho de los Dioses”, y pedí una cita con Daniel para la tarde siguiente.

Me puse guapa, con un traje de chaqueta de falda pantalón negro, blusa de seda blanca, lencería color champán a juego, y zapatos de tacón. A la hora de desnudarme, lo hice con todo el erotismo posible… Siempre supe que a Daniel no le era indiferente… Y ayer, sobre la camilla, sin preservativo porque estoy tomando la píldora, conseguí mi objetivo: me lo follé como una perra en celo, más o menos a la misma hora en que Marcial moría en el burdel… ¿Justicia poética? Quién sabe… Lo que jamás imaginé fue que ella tuviera el morro de venir…”


“Puta. Soy una puta. Aunque prefiero que me llamen señorita de compañía. Tengo dieciséis años y medio, aunque siempre digo que soy mayor de edad, para evitar problemas. Solamente algunos de mis clientes, como Marcial Benavente, sabían la verdad. En mi caso, lo de ser puta es más por vicio que por necesidad. Siempre me han gustado las cosas caras, la buena vida, los regalos ostentosos o prácticos. Ya mi padre me enseñó, a los trece años, a sacar partido de mi cuerpo. Vale, es cierto que las primeras dos o tres veces que se metió en mi cama, me dolió mucho; y que cuando un año más tarde, fue mi propio hermano quien me violó, me sentí sucia, desgraciada… Pero a todo te acabas acostumbrando. Mi madre se enteró el año pasado, me pilló en plena acción con mi padre… ¡Y la muy zorra, en vez de regañarle por abusar de una menor, va y me echa a la calle!

Claro que estuve muy poco tiempo allí: el necesario para acercarme a una cabina telefónica y llamar a mi profesor de matemáticas, que me había dado muestras de estar interesado en mí. ¡Imagínate, un chaval de veintipocos años, tímido, con gafas y que se está quedando calvo, que de repente ve cómo la causa de sus sueños eróticos se mete entre sus sábanas un martes por la tarde! Manteníamos las apariencias: él era mi profe de primero de bachillerato, y yo su alumna.

Fue un gran maestro, en todos los sentidos. Me enseñó tácticas, posturas; nos adentramos en la práctica del Kama-Sutra y en el sexo tántrico. Quizás podría haber funcionado bien, pero duró solamente seis meses, porque era pobre, y no podía concederme mis pequeños caprichos. Entré en contacto con “Madame Perla” respondiendo a un anuncio de trabajo en internet. No me puedo quejar. Tengo unos cuantos clientes fijos, y estoy preparándome para dar el salto, e instalarme por mi cuenta. Durante un tiempo, incluso pensé en convertirme en la amante titular de Marcial, aunque manteniendo mi independencia… Es una lástima, ya nunca podremos saberlo. Y ayer murió entre mis brazos… Lo mínimo que podía hacer era acompañarle en el tanatorio, a pesar de las miradas asesinas de su mujer y de su amigo el yonqui…”

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