“¿Sabes
aquél que diu, que se juntaron una puta, un yonqui y una madre de familia, en
la sala número tres del Tanatorio de la M-30 de Madrid? Bueno, pues yo no era
ni la puta ni la madre de familia, lo cual no me deja otra opción que ser el
yonqui. Pero ojo, no un toxicómano cualquiera, de esos arrastrados por el jaco:
lo mío eran las pastillas, concretamente la Oxicodona, que me dieron para
mitigar los dolores de una lesión de squash.
Estaba
muy de moda hace un par de años entre los ejecutivos de mi compañía, el hacer
deporte en grupo, y llegué a ser un buen jugador. Esa sensación de estar al
mando, de que tu cuerpo te responde, solo era equiparable a la de echar un buen
polvo un sábado por la mañana. ¡Un aplauso por Bautista González, el rey de
Ozono & López-Brea!
Y,
de repente, una mañana del mes de octubre de 2017, concretamente el día doce,
al tratar de devolver una pelota alta, noté claramente que mi hombro izquierdo
se dislocaba, con un “crac” que no auguraba nada bueno. Decidí continuar el
partido. Marcial Benavente, mi compañero de equipo, me acompañó al servicio
médico. “Distensión del ligamento articular del hombro, con un principio de
rotura fibrilar”. Aquella fue la primera vez que probé la Oxicodona, con la
firme recomendación de acudir a un médico de mi compañía aseguradora, e iniciar
un tratamiento.
Un
mes más tarde, incluso volví a jugar al squash. ¿Que me dolía un poquito en
mitad del partido? Oxi. ¿Que me dolía después? Oxi. ¿Que me costaba dormir por
la noche? Dos Oxi, y un Diazepan. ¿Que no se me levantaba con Natalia
Estefanía, mi querida mujercita? Viagra. ¿Que no respondía a los estímulos de
Mimi la Coquette, del burdel de “Madame Perla? Imposible, con esa gatita… Acabé
enganchadísimo a las pastillas… Y aquí estamos hoy… Mirando fijamente a Carmela
Marchante, la mujer de Marcial Benavente, mi compañero de squash, que murió ayer
de un aneurisma, mientras follaba en el burdel, con una menor de edad…”
“Yo
sabía que mi marido me engañaba. Sí, lo sabía hace mucho tiempo, pero no me lo
quería creer. ¿Qué madre de familia, competente y dedicada por completo a su
marido y a sus tres hijos, está preparada para asumir algo semejante? Yo, que
abandoné mi prometedora carrera en el mundo de la abogacía, para poder estar a
su lado. Yo, que me convertí en el prototipo de la mujer sumisa. Yo, que
incluso fui a clases de comida cantonesa, cuando empezó a gustarle hace tres
años, y que he seguido formándome como chef todos los martes y jueves de doce a
dos. Yo, que en definitiva he vivido para satisfacer incluso el menor de sus
caprichos, aunque fueran de índole sexual…
Todavía
recuerdo lo mal que lo pasé la primera vez que fui al centro de estética, para
que me depilasen las ingles al estilo brasileño, ¡y encima resultó que era un
varón quien realizaba el tratamiento!
Esas
manos, dulces pero fuertes, esos ojos ambarinos, esa voz profunda, la mandíbula
tersa y firme, incluso ese pendiente plateado en la oreja o el tatuaje en el
antebrazo… Al sentir sus manos sobre mi cuerpo, me excité tremendamente. Tuve
fantasías eróticas desde aquella primera vez. Daniel Contreras, así se llama. Y
sé que no le soy indiferente. Hace un par de semanas, no pude aguantarme. Había
encontrado en la cartera de mi marido una tarjeta del burdel, y su cuello olía
a perfume barato… Me vengué: llamé al “Caprice des Dieux”, el nombre de mi
clínica de estética nunca ha sido más adecuado, “Capricho de los Dioses”, y
pedí una cita con Daniel para la tarde siguiente.
Me
puse guapa, con un traje de chaqueta de falda pantalón negro, blusa de seda
blanca, lencería color champán a juego, y zapatos de tacón. A la hora de
desnudarme, lo hice con todo el erotismo posible… Siempre supe que a Daniel no
le era indiferente… Y ayer, sobre la camilla, sin preservativo porque estoy
tomando la píldora, conseguí mi objetivo: me lo follé como una perra en celo,
más o menos a la misma hora en que Marcial moría en el burdel… ¿Justicia
poética? Quién sabe… Lo que jamás imaginé fue que ella tuviera el morro de
venir…”
“Puta.
Soy una puta. Aunque prefiero que me llamen señorita de compañía. Tengo
dieciséis años y medio, aunque siempre digo que soy mayor de edad, para evitar
problemas. Solamente algunos de mis clientes, como Marcial Benavente, sabían la
verdad. En mi caso, lo de ser puta es más por vicio que por necesidad. Siempre me
han gustado las cosas caras, la buena vida, los regalos ostentosos o prácticos.
Ya mi padre me enseñó, a los trece años, a sacar partido de mi cuerpo. Vale, es
cierto que las primeras dos o tres veces que se metió en mi cama, me dolió
mucho; y que cuando un año más tarde, fue mi propio hermano quien me violó, me
sentí sucia, desgraciada… Pero a todo te acabas acostumbrando. Mi madre se
enteró el año pasado, me pilló en plena acción con mi padre… ¡Y la muy zorra,
en vez de regañarle por abusar de una menor, va y me echa a la calle!
Claro
que estuve muy poco tiempo allí: el necesario para acercarme a una cabina
telefónica y llamar a mi profesor de matemáticas, que me había dado muestras de
estar interesado en mí. ¡Imagínate, un chaval de veintipocos años, tímido, con
gafas y que se está quedando calvo, que de repente ve cómo la causa de sus
sueños eróticos se mete entre sus sábanas un martes por la tarde! Manteníamos
las apariencias: él era mi profe de primero de bachillerato, y yo su alumna.
Fue
un gran maestro, en todos los sentidos. Me enseñó tácticas, posturas; nos
adentramos en la práctica del Kama-Sutra y en el sexo tántrico. Quizás podría
haber funcionado bien, pero duró solamente seis meses, porque era pobre, y no
podía concederme mis pequeños caprichos. Entré en contacto con “Madame Perla”
respondiendo a un anuncio de trabajo en internet. No me puedo quejar. Tengo
unos cuantos clientes fijos, y estoy preparándome para dar el salto, e
instalarme por mi cuenta. Durante un tiempo, incluso pensé en convertirme en la
amante titular de Marcial, aunque manteniendo mi independencia… Es una lástima,
ya nunca podremos saberlo. Y ayer murió entre mis brazos… Lo mínimo que podía
hacer era acompañarle en el tanatorio, a pesar de las miradas asesinas de su
mujer y de su amigo el yonqui…”
No hay comentarios:
Publicar un comentario