sábado, 26 de diciembre de 2015

EN EL SILENCIO.


Una sola gota de agua, repicando sobre el azulejo blanco.

“Plic, plic, plic”. Y de vez en cuando, “ploc”, cuando la cantidad es suficiente para generar un pequeño charco.

Nada más.

Paredes y suelo de azulejo blanco. Y techo pintado de blanco. Igual que la puerta de acero con gruesos remaches.

Soledad. Y silencio. Por fin.

Atrás quedan las preguntas. Siempre las mismas. “¿Dónde está ella? ¿Qué has hecho con el cuerpo?”
Y de vez en cuando, otra voz. “¿Sigue con vida?”

Pero no respondo. En mi país no habrían sido tan simpáticos. Habrían utilizado otros medios. La bañera. Los puños americanos (aunque allí los llaman “puños de Stalin”). Los electrodos. Las uñas arrancadas. La bañera.

Cualquier método es bueno para conseguir las respuestas. Pero aquí me protegen las palabras. “Derechos humanos”. “Constitución”. “Democracia”. “Trato justo al preso”. Y si utilizasen la violencia, se sabría. Mi abogado (un voluntario sin experiencia) lo vería. La tortura siempre deja marcas. Y organizaría una comparecencia ante los medios, en la misma escalinata de los juzgados, denunciando los malos tratos, soliviantando a los defensores de los derechos humanos, y pidiendo la cabeza del sheriff.

Pero mientras tanto pasa el tiempo. El mío.

Y se acaba el suyo. Quizás a estas horas ya esté muerta. O puede que no. Depende del miedo que tenga. De su forma de respirar. Y de lo prieta que en esta ocasión esté la tierra. La puedo imaginar perfectamente. Encerrada en la oscuridad dentro de una caja de pino. Atada de pies y manos. Amordazada. Y muy asustada.

Pero tenía que hacerlo. Lo supe en cuanto la vi bajarse del coche en el parking de los juzgados. Con su melena rubia al viento. Y los reflejos del sol poniente. Su traje de ejecutiva gris marengo, y sus zapatos “cómodos pero elegantes”. Me acerqué a ella tranquilamente, y no tuvo miedo. Los uniformes inspiran confianza. Y le dije que “teníamos un pequeño problema con su acreditación. Si no le importa acompañarme a la oficina…”

Una vez dentro fue muy fácil. Un pañuelo empapado de cloroformo sobre nariz y boca. Y luego una dosis de anestesia. Y desde allí, directa al maletero de mi coche, aprovechando los ángulos muertos de las cámaras. La anestesia me da tiempo suficiente para terminar el turno.

Y al bosque. A esas dos hectáreas heredadas de mi padre. Por si acaso la ato en la caseta, mientras termino de cavar la fosa. Tanta práctica ayuda, aunque a veces me cuesta encontrar terreno libre en el claro del bosque, mi punto favorito. Cuando he terminado, meto el ataúd casero en la fosa, luego vuelvo a la caseta, la tomo en brazos, y la llevo a su última morada. Se despierta en ese momento, y me mira a la cara, aterrada. Intenta debatirse, pero soy más fuerte que ella y la deposito en la caja. Intenta gritar, pero se lo impide la mordaza. Imagino su terror al clavar la tapa. O cuando escucha las paletadas de tierra.

Ahora todo está terminado.

Cometí dos errores. Ayer instalaron una nueva cámara de seguridad para vigilar la puerta de nuestra garita, pero no la conectaron a nuestro monitor, sino directamente al ordenador del jefe de seguridad. Y resultó que ella era la más joven y prometedora fiscal del distrito de Columbia. Y tenía una cita importante.

Me vieron cargar el cuerpo desde la garita al revisar las grabaciones del parking. Por eso me interrogan. Pero el tiempo ya se está terminando. Y las gotas de agua lo marcan.


No diré una palabra. Salvo mi nombre. Iván Kirilenko. Vigilante de Seguridad.

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