Una
sola gota de agua, repicando sobre el azulejo blanco.
“Plic,
plic, plic”. Y de vez en cuando, “ploc”, cuando la cantidad es suficiente para
generar un pequeño charco.
Nada
más.
Paredes
y suelo de azulejo blanco. Y techo pintado de blanco. Igual que la puerta de
acero con gruesos remaches.
Soledad.
Y silencio. Por fin.
Atrás
quedan las preguntas. Siempre las mismas. “¿Dónde está ella? ¿Qué has hecho con
el cuerpo?”
Y
de vez en cuando, otra voz. “¿Sigue con vida?”
Pero
no respondo. En mi país no habrían sido tan simpáticos. Habrían utilizado otros
medios. La bañera. Los puños americanos (aunque allí los llaman “puños de
Stalin”). Los electrodos. Las uñas arrancadas. La bañera.
Cualquier
método es bueno para conseguir las respuestas. Pero aquí me protegen las
palabras. “Derechos humanos”. “Constitución”. “Democracia”. “Trato justo al
preso”. Y si utilizasen la violencia, se sabría. Mi abogado (un voluntario sin
experiencia) lo vería. La tortura siempre deja marcas. Y organizaría una
comparecencia ante los medios, en la misma escalinata de los juzgados,
denunciando los malos tratos, soliviantando a los defensores de los derechos
humanos, y pidiendo la cabeza del sheriff.
Pero
mientras tanto pasa el tiempo. El mío.
Y
se acaba el suyo. Quizás a estas horas ya esté muerta. O puede que no. Depende
del miedo que tenga. De su forma de respirar. Y de lo prieta que en esta
ocasión esté la tierra. La puedo imaginar perfectamente. Encerrada en la
oscuridad dentro de una caja de pino. Atada de pies y manos. Amordazada. Y muy
asustada.
Pero
tenía que hacerlo. Lo supe en cuanto la vi bajarse del coche en el parking de
los juzgados. Con su melena rubia al viento. Y los reflejos del sol poniente.
Su traje de ejecutiva gris marengo, y sus zapatos “cómodos pero elegantes”. Me
acerqué a ella tranquilamente, y no tuvo miedo. Los uniformes inspiran
confianza. Y le dije que “teníamos un pequeño problema con su acreditación. Si
no le importa acompañarme a la oficina…”
Una
vez dentro fue muy fácil. Un pañuelo empapado de cloroformo sobre nariz y boca.
Y luego una dosis de anestesia. Y desde allí, directa al maletero de mi coche,
aprovechando los ángulos muertos de las cámaras. La anestesia me da tiempo
suficiente para terminar el turno.
Y
al bosque. A esas dos hectáreas heredadas de mi padre. Por si acaso la ato en
la caseta, mientras termino de cavar la fosa. Tanta práctica ayuda, aunque a
veces me cuesta encontrar terreno libre en el claro del bosque, mi punto
favorito. Cuando he terminado, meto el ataúd casero en la fosa, luego vuelvo a
la caseta, la tomo en brazos, y la llevo a su última morada. Se despierta en
ese momento, y me mira a la cara, aterrada. Intenta debatirse, pero soy más
fuerte que ella y la deposito en la caja. Intenta gritar, pero se lo impide la
mordaza. Imagino su terror al clavar la tapa. O cuando escucha las paletadas de
tierra.
Ahora
todo está terminado.
Cometí
dos errores. Ayer instalaron una nueva cámara de seguridad para vigilar la
puerta de nuestra garita, pero no la conectaron a nuestro monitor, sino
directamente al ordenador del jefe de seguridad. Y resultó que ella era la más
joven y prometedora fiscal del distrito de Columbia. Y tenía una cita
importante.
Me
vieron cargar el cuerpo desde la garita al revisar las grabaciones del parking.
Por eso me interrogan. Pero el tiempo ya se está terminando. Y las gotas de
agua lo marcan.
No
diré una palabra. Salvo mi nombre. Iván Kirilenko. Vigilante de Seguridad.
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