Lo empujaban por el camino mientras arrastraba los grilletes.
Clac. Un paso. Cada poco, uno de sus captores le rozaba la nuca con la
escopeta. Se sobresaltaba, y sudaba frío, y daba otro paso más y más débil.
Clac. La corta cadena apenas si le dejaba dar pequeños pasitos, como de niño,
pero si tenía en cuenta lo que le esperaba al final del trayecto, cuanto más
tardase en llegar al cadalso, mejor.
El tiempo había dejado de fluir, o de tener un significado, para
el condenado a muerte. Y solo se escuchaba la voz del monje mendicante, que
repetía una y otra vez las mismas palabras: “Sebastián Esteban de Todos los
Santos, reconcíliate con Dios y prepárate a morir.” Los ayudantes del verdugo
iban abriéndose paso entre la multitud silenciosa que abarrotaba la Plaza Mayor
de Madrid, y que parecía estar llegando desde los cuatro puntos cardinales,
sobre todo desde la calle de la Sal y la calle Gerona.
El patíbulo se alzaba a los pies de la estatua de Felipe III, un
basto maderamen que había sido construido durante la tarde anterior, y que
había permanecido vigilado atentamente por los agentes del orden público. Sobre
la plataforma elevada se había instalado el garrote vil, macabro artilugio de
probada eficacia, y que siempre garantizaba las risas del pueblo llano al ver
cómo el reo se asfixiaba con cada vuelta del tornillo, hasta quedar desnucado
por la última vuelta de tuerca. Y con cada “clac” de las cadenas en sus
tobillos, Sebastián Esteban era más consciente de su mortalidad, y de las malas
decisiones que le habían llevado al pie del cadalso. Las palabras del fiscal no
paraban de repetirse en sus oídos, como un macabro juego de la memoria…
“Y es por eso, señoras y señores, que tenemos que devolverle a
este animal, a este criminal, a las mazmorras de la Dirección General de
Seguridad, de las que saldrá solamente para ser ejecutado. Porque él no tuvo
piedad, cuando planeó el asesinato de Bartolomé Puich Antich, honrado
comerciante catalán de paso en la capital del Reino el pasado veinte de marzo
del presente año. ¡Porque hay testigos que los vieron salir del lupanar de doña
Rosita, en la calle de la Paja, la noche de autos! ¡Y le cortó el cuello a
sangre fría en la puerta de su alojamiento, en la calle Leganitos! ¡Y se quedó
incluso con sus cedúlas de viaje y con el escapulario donde llevaba los
retratos de su esposa y de su hijo! Este criminal no tuvo piedad, y por eso no
debemos nosotros tenerla con él. ¡Señor juez, cumpla con su cometido, y firme
la sentencia de muerte!”
Sí, es cierto que había matado al comerciante catalán, aunque
necesitó tres puñaladas; y que dos semanas atrás había matado a una prostituta
en la calle de la Ballesta; y que un mes y medio antes liquidó a una madre con
su hijo lactante en un soportal de la calle San Bernardo; y que había matado a
otras quince personas antes en el último año y medio, por lo que los periódicos
hablaban del “Asesino de Los Austrias”, en referencia al barrio donde se habían
producido la mayor parte de sus crímenes. Pero Sebastián Esteban no se sentía
responsable de aquellos hechos: a fin de cuentas, al igual que Santa Teresa de
Jesús, él “sólo había respondido a la llamada de sus voces”.
¿Y qué culpa tenía él, si en vez de éxtasis místicos, sus voces le
mandaban cortar cuellos y seleccionar a sus víctimas de una manera muy precisa,
cortándoles la garganta y sacándoles luego la lengua a través de la abertura?
Era una forma rápida de morir, con el cuello seccionado y asfixiándose en su
propia sangre, sin poder pronunciar una sola palabra ni reconciliarse con el
Sumo Hacedor. “Las voces de los ángeles me guiaron en mi labor”, esa había sido
su única respuesta a las preguntas del fiscal y del juez.
Siempre había actuado de noche o durante el ocaso, atacando por la
espalda a sus víctimas, a las que había seguido por la calle; aprovechando las
sombras, las agarraba por el cuello y las arrastraba a los soportales, donde de
una rápida cuchillada terminaba con sus vidas. Y siempre se quedaba con ellas
para robar de sus labios ensangrentados el último aliento. Nunca les quitaba el
dinero, a fin de cuentas su trabajo de periodista en “El Imparcial” y sus colaboraciones con otros periódicos
conservadores le permitían llevar un nivel de vida bastante desahogado. Incluso
había tenido un moderado éxito como letrista frívolo para varias cupletistas
famosas.
No, él solamente hacía caso a sus voces, y por eso no se sentía
especialmente culpable, mientras daba su último paseo. La Plaza Mayor nunca le
había parecido más hermosa, ni el cielo más brillante, que en aquella soleada
mañana del veintitrés de mayo de mil ochocientos noventa y uno, cuando se dirigía
lentamente hacia el cadalso. “Clac”, sonaban las cadenas, el monje mendicante
seguía con su monótona letanía, los ayudantes del verdugo se abrían paso entre
la multitud, extrañamente silenciosa. De repente, el monje se paró, y al
levantar la mirada, Sebastián descubrió a escasos metros el cadalso. Un leve
estremecimiento se apoderó de él, pero enseguida recuperó la compostura. Aquél
había sido su último paseo por Madrid, desde las mazmorras en la Puerta del Sol
hasta la Plaza Mayor.
No necesitó ayuda para subir los escalones. Tampoco para sentarse
en la banqueta junto al poste de madera, pero sí le pidió al verdugo que no le
pusiera la capucha. “Quiero llevarme al otro mundo el calor del sol”, le dijo.
Una pequeña molestia al ponerle el collar de hierro, tres poderosas vueltas al
mecanismo, y Sebastián Esteban de Todos los Santos se reunió con su Creador…
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