La
niebla siempre me ha parecido de lo más inquietante. Tal vez por haber leído
demasiadas novelas de Stephen King, o por haberme perdido en ella dos o tres
veces. Esa extraña sensación de que cualquier cosa puede aparecer entre la
bruma. Demasiados monstruos tienen cabida en la neblina, porque mi imaginación
es rica y febril en ocasiones…
Vivo
en una casa de la Alameda de Osuna, un barrio periférico de Madrid, en un piso
bajo. Las ventanas de mi despacho, del dormitorio y del comedor dan al jardín
comunitario, lo que me garantiza risas de niños en el verano, porque se suelen
juntar en el jardín para jugar al fútbol, al escondite (hay muchos árboles y
matorrales, además de zonas de arena perfectas para que los más pequeños hagan
sus castillos o jueguen con excavadoras y cochecitos radio controlados) y a
otros muchos rituales de la infancia. A última hora de la tarde, durante todo
el verano, también se reúnen en el jardín un par de grupitos de adolescentes,
para beber tranquilos sus cervezas o fumarse un par de porros, y a veces sus
voces me resultan un poco molestas, pero no puedo hacer nada. Son de esas cosas
que nunca te dice el vendedor, y que terminas descubriendo demasiado tarde.
Pero me gusta mirar desde la ventana del despacho, mientras estoy escribiendo,
la imagen de los árboles y de los matorrales, los bancos y el césped, bajo la
luna llena, compensa todos los inconvenientes.
Hoy no
puedo dormir, por eso me he sentado en mi sillón de oficina y, con un
cigarrillo en los labios, miro por la ventana. La luna riela sobre los árboles,
las hojas brillan con una intensidad especial, y en el silencio de la
madrugada, cualquier cosa es posible… Y entonces, sucede.
A lo
lejos, en los límites de la valla que da a la calle de Juan de Amorós, se está
formando una extraña niebla. Primero son algunos zarcillos inconexos, casi
tentaculares, que me hacen pensar en un gigantesco pulpo. Poco a poco, van
desapareciendo aquellos objetos que me he acostumbrado a ver desde la ventana:
los matorrales de zarzamoras, los árboles frutales (el arquitecto paisajista
decidió que quedaría bien en el jardín plantar naranjos y limoneros), los
bancos en los que se sientan las parejas, las extensiones de césped, incluso
los areneros donde juegan los más pequeños. La niebla lo va cubriendo todo
lentamente, un espeso manto blanco en el que nada se mueve… Hasta que aparecen
ellos…
Al
principio, son figuras difusas, masas extrañas, sombras dentro de las sombras
en un mundo grisáceo… Y con ellas llega el frío… Van atravesando lentamente el
jardín, y poco a poco, se van convirtiendo en humanos… O en lo que en otro
momento fueron seres humanos. Voy distinguiendo torsos mutilados y
ensangrentados, caras golpeadas, brazos doblados en ángulos imposibles, manos y
pies quemados, cuerpos deformados que se arrastran sobre la hierba. Se van
acercando en silencio a la ventana del despacho, y en sus miradas vacías leo
una súplica, un grito mudo parece salir de sus gargantas, mientras que se
agrupan tan cerca, al otro lado del cristal, que el propio aire parece
congelarse. No me asusto, sé que no me harán daño, a fin de cuentas ya me ha
pasado lo mismo en otra ocasión y, como fantasmas, poco he de temer.
Sobre
todo, porque quieren algo de mí. La muerte una vez más se ha cobrado su tributo
de manera anárquica, y algunos de ellos han encontrado el camino hasta mi casa.
Al principio, no entendía lo que me estaba pasando, por qué se me aparecían los
espíritus de los difuntos, sobre todo los que habían padecido una muerte
violenta, y tenían todavía algo que decir al resto del mundo. Con el paso del
tiempo, comprendí que esa era mi misión, intermediar entre los vivos y los
muertos.
Esta
noche no ha sido distinto. Son unas cuarenta figuras las que se arremolinan
entre la niebla, fundiéndose con ella, esperando su turno pacientemente para
entrar en mi casa, en mi cuerpo. No les digo nada, pero ellos saben que estoy a
su disposición. Como siempre.
Enciendo
el ordenador, y me conecto al servidor seguro, ubicado en Barcelona, para
escribir los mensajes, que rebotarán varias veces en el ciberespacio antes de
alcanzar a sus destinatarios, los familiares de los difuntos, de tal forma que
mi rastro quede confundido. Yo no soy importante, ellos sí. El primero de ellos
atraviesa el cristal. La temperatura en el despacho disminuye varios grados,
pero no lo noto ya: mi mente ha sido desplazada por la del espectro, y mi
cuerpo es un mero medio para escribir el mensaje. Es una sensación extraña
y bastante inquietante, pero al no ser
la primera vez, me dejo llevar.
Así me
entero de que se ha estrellado un avión de pasajeros en el aeropuerto de
Barajas, a escasos kilómetros de mi casa. Han fallecido sesenta personas, casi
todas ellas carbonizadas por el incendio. Y algunas de ellas han sentido mi
presencia. Saben que puedo ayudarles a comunicarse con sus seres queridos.
Cuando haya transmitido el último mensaje, desaparecerán. Pero mientras tanto,
me esperan… Al otro lado del cristal, entre la niebla…
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