¿Qué
pinta una silla eléctrica de las clásicas, de hierro y madera, en el despacho
de un cazatalentos empresarial? Es un armatoste oscuro, macizo, cargado de
energía negativa y de malos presagios, y no cuesta demasiado imaginársela en
funcionamiento. Me han hecho pasar al despacho hace quince minutos, una
secretaria de lo más amable me ha servido un vaso de agua, diciéndome:
“Siéntese un momento, señor Pereira. El señor Aguilar está ocupado en este
momento con otro candidato, pero no tardará en recibirle.”
Me
quedé solo, sentado en la incómoda silla, con respaldo y asiento regulables,
que no me atrevía a toquetear mucho, pues no sería la primera vez que se te
rompe (eso me pasó en la última entrevista). Y empecé a mirar a mi alrededor. Era
un despacho normal y corriente, con una gran mesa de reuniones, seis sillas
todas iguales, un tresillo, una lámpara de lectura, y por supuesto, la silla
eléctrica.
Dos de
las paredes estaban enteramente forradas de estanterías, que me llamaron
poderosamente la atención: llenas de libros de Stephen King, Peter Straub, Dean
R. Koontz, Robert Bachman y otros grandes de la literatura terrorífica
contemporánea. No es que no me gustasen esos libros, pero sinceramente, no me
los esperaba en un importante despacho de cazatalentos; movido por la
curiosidad, me levanté y cogí uno de ellos. Era una primera edición de “IT”, en
inglés, y firmada por el Maestro. Aspiré su aroma, recorriendo las páginas con
la mirada, y en ese momento, escuché una voz a mi espalda: “Tiene usted buen
gusto, señor Pereira. Este libro es la joya de mi colección. Como paso poco
tiempo en mi casa, procuro rodearme en el trabajo de cosas que me recuerdan mi
profesión de escritor. Póngase cómodo, y comenzamos la entrevista”.
Me di
la vuelta, dispuesto a enfrentarme a la Leyenda Viva de la selección de
personal para puestos de alto nivel… y me encuentré con un señor de lo más
normalito, de hecho muy parecido a Alfredo Landa. Un fuerte apretón de manos, y
nos sentamos frente a frente, a ambos lados de la mesa.
¾ Permítame felicitarle por haber llegado a
esta fase de la ronda de selección, señor Pereira. Durante el proceso, hemos
descartado a más de cincuenta candidatos, puesto que nuestro cliente desea un
perfil muy específico. Según los resultados de sus test psicotécnicos y de
personalidad, está dispuesto a asumir nuevos retos personales y profesionales,
¿me equivoco?
¾ No, señor Aguilar. Es más,
creo firmemente que el ser humano no conoce sus verdaderos límites, hasta que
se ve obligado a superarlos.
¾ Bien, hábleme de usted. ¿Cuál ha sido el
mayor reto que ha superado?
¾ Quizás no el mayor, pero sí
uno de los más complicados, fue el dejar de fumar. Llevo ya diez años limpio.
También dejé de beber, procuro cuidarme, y hacer ejercicio tres veces por semana
en el gimnasio, además de correr un poco.
¾ Es usted una persona sana,
por lo que me dice, pero nada de ello constituye realmente un reto… Le propongo
uno auténtico: jugar a “verdadero o falso”…
¾ Si a usted le parece bien,
estoy conforme.
¾ Sin embargo, para darle un
poquitín más de interés, tendrá que sentarse en la vieja “Old Lady”. Es una
silla eléctrica con una larga trayectoria de ejecuciones, que fue retirada de
Sing SIng en 1957, pero que se conserva en perfectas condiciones… Acompáñeme,
si es tan amable.
Nos
levantamos de nuestras cómodas sillas, y nos dirigimos hacia la esquina del
despacho. Me senté. La madera era recia, dura, y sorprendentemente fría al
tacto.
¾ Para darle un poco más de
interés al juego, puesto que una entrevista de selección de personal de este
nivel no tiene por qué ser aburrida, voy a atarle como antaño se hacía con los
condenados: de pies y manos sobre la estructura. También le voy a poner una
pequeña esponja impregnada en agua sobre la cabeza, y se la voy a sujetar con la
tira de cuero. ¿No le importa, verdad?
¿Y qué
le iba a decir, cuando lo que estaba en juego es el trabajo de mis sueños?
Total, con la escandalosa cantidad de dinero que pensaba cobrar, podría incluso
comprarme la maldita silla. Me dejé hacer, sintiendo de todas formas un
escalofrío cuando el agua empieza a escurrirse por mis sienes, y una vaga
incomodidad por el mordisco del recio acero en mis muñecas y mis tobillos. El
peso del casco de metal tampoco ayudaba demasiado a sentirse cómodo...
¾ Y siempre dentro del juego,
vamos a conectarla a la red. Notará usted una pequeña sacudida, cada vez que no
responda o que no sea sincero con una de sus respuestas. ¿Hacemos una pequeña
prueba, para ajustar el voltaje?
En ese
momento, me quise levantar, pero estaba completamente inmovilizado sobre la
querida “Old Lady”. Y también llegó la primera descarga. No demasiado fuerte,
no muy molesta.
¾ Bien. Vamos a por la primera
pregunta, de una ronda de cinco. ¿Es usted Baltasare Pereira, doctor en
ciencias de la información por la UCM?
¾ Por supuesto que sí.
¾ Respuesta incorrecta. No
llegó a presentar la tesis. Por lo que recibirá el castigo.
Aquella
vez, la descarga fue mucho más fuerte que la anterior. Grité. Aguilar manipuló
la rueda numerada que regulaba el voltaje.
¾ Puede gritar todo lo que quiera. El despacho
está insonorizado, y la planta desierta. La oficina fue alquilada a través de
una empresa fantasma, y la secretaria contratada específicamente para
recibirle, y olvidarle. Segunda pregunta. ¿Fue usted a una fiesta, el veintidós
de mayo de 1999, en casa de Matilde Aragog?
¾ No. Y no le veo el sentido a
sus preguntas. Haga el favor de soltarme.
Nuevo
giro de la rueda. La descarga me pilló por sorpresa, y casi me mordí la lengua.
¾ ¿Conoció usted en aquella
fiesta a Vanessa de Angelis, estudiante italiana de Erasmus, y la acompañó a su
casa después de la fiesta?
-¡Ya
le he dicho que no! ¡Haga el favor de soltarme de una vez!
Nuevo
giro de la rueda. Vanessa de Angelis. Se llamaba así. Era tan seductora… Una
nueva descarga me dejó sin respiración.
¾Respuesta equivocada. ¿Violó
usted a Vanessa de Angelis?
¾ ¡De ninguna manera! ¡Fue una
relación consentida! ¡Ella estaba caliente como una perra, y sólo le di lo que
se merecía!
El
dolor de la descarga fue tan intenso, mi cuerpo se contrajo tan violentamente,
que me costó mucho recuperar el aliento. Intenté liberarme de las ataduras,
grité con todas mis fuerzas. La rueda estaba indicando el máximo. Ya conocía la
siguiente pregunta.
¾ ¿Asesinó usted,
estrangulándola con una media de nylon, a Vanessa de Angelis, y colgó luego su
cuerpo de la barra de la ducha, fingiendo un suicidio?
Una
nueva vuelta de la rueda. No hizo falta mi respuesta. Y un dolor blanco, atroz,
cegador, se apoderó de todas y cada una de las células de mi cuerpo, en una
apoteosis implacable.
Luego,
una extraña sensación de libertad, de incorporeidad, viendo a mi cuerpo
torturado sobre la silla eléctrica.
Así
que la muerte era esto…
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