Tarde de lluvia en Madrid. Desde las ventanas del despacho,
veía las gotas estrellarse contra el cristal, como pequeñas suicidas, cuando
cambiaban las rachas de viento. Movido por la curiosidad, atravesé el Hall,
presidido por el enorme espejo de cristal, para dirigirme al salón, y allí,
desde el balcón, me asomé a la calle. Las gotas de agua corrían también por mi
cara, empañándome las gafas, y recordándome a la vez la suerte que tenía de
estar librando el día de hoy. Al cabo de
unos minutos, volví a entrar en la habitación y, después de una rápida mirada
en el espejo (una cabeza parcialmente calva, cejas oscuras, gafas de concha,
nariz aguileña y boca de labios finos y crueles, sobre un cuerpo bien cultivado en el gimnasio, pero
con una barriguita que empezaba a desafiar las leyes de la gravedad), regresé
silenciosamente al despacho. La casa vacía se prestaba a pocas distracciones o
confidencias, aunque mi mente voló hacia el cuarto de baño principal, con su gran
bañera de forja, de estilo antiguo.
El despacho, con sus paredes completamente cubiertas de
estanterías rellenas de libros en doble fila, era mi refugio favorito. Mi madre
no se explicaba nunca como podía encontrar en pocos minutos cualquiera de mis
libros en ese caos aparente, pero es que todos ellos estaban ordenados por tema
y autor, con especial predilección por los de Stephen King y otros escritores
de terror americanos y europeos. La música de Cole Porter salía perezosamente
desde los cuatro altavoces del equipo de música, haciéndome pensar en otros
momentos más felices, en los que tal vez seguía lloviendo como hoy. Esas
armonías espectrales acompañaban mis pensamientos, mientras escribía
perezosamente en el ordenador, cuando de repente sonó el timbre de la puerta
principal. ¿Quién podría ser, a esas horas de un lunes por la tarde? Cruzando
una vez más el hall, y sin poder resistirme a los encantos del espejo, abrí la
puerta, y allí estaba ella.
- “¿Don Marcial
Benavente? Encantada de conocerle, soy Susana Díaz, su nueva agente del Círculo
de Lectores, y estoy recorriendo el barrio para presentarme a los compradores.”
- “Encantado de
conocerte, Susana. ¿Quieres pasar un momento a casa, y hablamos con más
tranquilidad?”, le dije, mientras abría por completo la puerta, al mismo
tiempo que la observaba.
Menudita, unos veinticinco años, con la larga melena rubia
empapada por la lluvia, vestía un traje de chaqueta con falda y pantalón azul
oscuro, blusa blanca, una gabardina beige, un paraguas de mango largo de color
verde y unos cómodos zapatos bajos, perfectos para caminar. Como complemento,
un práctico maletín con ruedas y asa negro, justo del mismo modelo que yo me
quería comprar. Una visita predestinada.
Nos dirigimos hacia el salón comedor, cruzando el hall. La
mesa, de roble macizo, y las seis sillas tapizadas de rojo, nos estaban
esperando, pero al final nos sentamos en los sillones, separados únicamente por
la mesita baja, donde Susana fue depositando las distintas carpetitas.
-
“El motivo de mi visita es presentarle
algunas de las últimas colecciones puestas en marcha en Círculo, en
colaboración con Planeta. Los precios que le voy a indicar ya llevan incluido
el descuento, por ser veterano con nosotros.”
-
“Veinticinco años, madre mía. Y parece
que fue ayer la primera vez que un agente de Círculo vino a visitarme, en
respuesta a mi llamada…”
-
“Pues sí, señor Benavente…”
-
“Llámame Marcial.”
-
“En efecto, Marcial, hace ya mucho
tiempo, pero veo que has seguido comprando libros con nosotros” me dice, echando una ojeada por las
librerías del salón comedor.
-
“Es mi único vicio, bueno, eso e ir al
cine. ¿Te gusta ir al cine, Susana?¿Qué tipo de películas? A mí sobre todo las
de terror y las de acción…”
-
“Pues justamente tenemos una oferta
especial, “Cien años de cine”, en colaboración con la Warner. Es una selección
de las mejores películas de la historia del cine, seleccionadas por expertos en
la materia, que sin duda le puede interesar…”
-
“¿Te apetece tomar algo? Yo estaba
preparándome un café. Seguro que algo bien calentito te vendrá bien, con esta
tarde de perros.”
-
“¡Oh! ¡Muchas gracias! Con leche y dos
de azúcar, ¿sería posible?”
-
“Dame cinco minutos, y lo traigo.
Mientras tanto, si quieres, puedes ir mirando los libros, que me he fijado que
te puede la curiosidad…”
Susana se sonrojó, ¡qué dulce!, y yo me fui hacia la
cocina. Café para dos, aunque el suyo tenía un pequeño suplemento. Al volver al
salón, ella estaba mirando la edición facsímil del Quijote, herencia de mi
padre. Nos volvimos a sentar en los sillones, aunque tuve buen cuidado de no
confundirme de taza.
-
“¿Qué otras colecciones tienes para
ofrecerme? ¿Algo para niños?”
-
“Pues sí. Una colección de vídeos de
Mickey Mouse, perfectos para toda la familia.”
-
“Seguro que a mis sobrinas le gustarán
mucho. ¿Y en qué condiciones de financiación?”
-
“Serían ciento cincuenta euros,
pagaderos en cómodas cuotas de cinco euros mensuales, que se añadirían a su
pedido habitual… Disculpe, empiezo a marearme un poco… Será el calor.”
-
“¿Te apetece levantarte y dar una vuelta
por la casa? Así te enseño los libros que he ido comprando. Sólo en el despacho
tengo siete librerías…”
-
“Mejor que lo dejemos para otro momento,
la verdad no me siento nada bien.”
-
“¿Necesitas ir al baño?”, le pregunté, encantador.
-
“Si no es mucha molestia…”
-
“Acompáñame.”
La conduje por el pasillo, hacia el cuarto de baño blanco.
El último tramo tuve que arrastrarla, y ni siquiera vio la gran bañera, en la
que la deposité suavemente. Con mucho experimentar, descubrí la combinación
exacta de sedantes y barbitúricos para matar sin dejar mal sabor. Después de
desnudarla con gran cariño (la ropa sería entregada por mi madre a la parroquia
al día siguiente), y con un único y profesional corte de lado a lado del
cuello, la dejé desangrándose en la bañera. Por delante tenía varias horas de
disección, separando los fragmentos más jugosos, como por ejemplo sus senos,
rebanando el resto de la carne con gran cuidado, y deshuesándola de la manera
oportuna. Al haberla desangrado previamente, fue un trabajo de gran limpieza.
Cuando terminé, envasé la carne al vacío con la máquina de la cocina, y separé
la cabeza y los huesos, dejándolos listos para la caldera de carbón de la
comunidad. El día en que finalmente la cambien por una de gas, deshacerme de
los restos de la comida puede convertirse en un problema, pero de momento, no
tengo quejas.
Fue una suerte su visita, porque a mi madre y a mí se nos
estaba acabando la carne fresca, y tampoco se trataba de abusar de la suerte
matando a más mensajeros de Telepizza o de Do Eat, con el riesgo que conlleva
el no poder escoger. Dos días más tarde, en la barbacoa, toda mi familia,
incluyendo a mi hermana, su marido, las niñas y su suegra, degustaría las
partes más exquisitas de la dulce Susana.
Mi dulce agente del Círculo de Lectores, gracias por tu
visita una tarde de otoño y lluvia…
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