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viernes, 3 de agosto de 2018

FIGURAS EN LA NIEBLA

La niebla siempre me ha parecido de lo más inquietante. Tal vez por haber leído demasiadas novelas de Stephen King, o por haberme perdido en ella dos o tres veces. Esa extraña sensación de que cualquier cosa puede aparecer entre la bruma. Demasiados monstruos tienen cabida en la neblina, porque mi imaginación es rica y febril en ocasiones…
Vivo en una casa de la Alameda de Osuna, un barrio periférico de Madrid, en un piso bajo. Las ventanas de mi despacho, del dormitorio y del comedor dan al jardín comunitario, lo que me garantiza risas de niños en el verano, porque se suelen juntar en el jardín para jugar al fútbol, al escondite (hay muchos árboles y matorrales, además de zonas de arena perfectas para que los más pequeños hagan sus castillos o jueguen con excavadoras y cochecitos radio controlados) y a otros muchos rituales de la infancia. A última hora de la tarde, durante todo el verano, también se reúnen en el jardín un par de grupitos de adolescentes, para beber tranquilos sus cervezas o fumarse un par de porros, y a veces sus voces me resultan un poco molestas, pero no puedo hacer nada. Son de esas cosas que nunca te dice el vendedor, y que terminas descubriendo demasiado tarde. Pero me gusta mirar desde la ventana del despacho, mientras estoy escribiendo, la imagen de los árboles y de los matorrales, los bancos y el césped, bajo la luna llena, compensa todos los inconvenientes.
Hoy no puedo dormir, por eso me he sentado en mi sillón de oficina y, con un cigarrillo en los labios, miro por la ventana. La luna riela sobre los árboles, las hojas brillan con una intensidad especial, y en el silencio de la madrugada, cualquier cosa es posible… Y entonces, sucede.
A lo lejos, en los límites de la valla que da a la calle de Juan de Amorós, se está formando una extraña niebla. Primero son algunos zarcillos inconexos, casi tentaculares, que me hacen pensar en un gigantesco pulpo. Poco a poco, van desapareciendo aquellos objetos que me he acostumbrado a ver desde la ventana: los matorrales de zarzamoras, los árboles frutales (el arquitecto paisajista decidió que quedaría bien en el jardín plantar naranjos y limoneros), los bancos en los que se sientan las parejas, las extensiones de césped, incluso los areneros donde juegan los más pequeños. La niebla lo va cubriendo todo lentamente, un espeso manto blanco en el que nada se mueve… Hasta que aparecen ellos…
Al principio, son figuras difusas, masas extrañas, sombras dentro de las sombras en un mundo grisáceo… Y con ellas llega el frío… Van atravesando lentamente el jardín, y poco a poco, se van convirtiendo en humanos… O en lo que en otro momento fueron seres humanos. Voy distinguiendo torsos mutilados y ensangrentados, caras golpeadas, brazos doblados en ángulos imposibles, manos y pies quemados, cuerpos deformados que se arrastran sobre la hierba. Se van acercando en silencio a la ventana del despacho, y en sus miradas vacías leo una súplica, un grito mudo parece salir de sus gargantas, mientras que se agrupan tan cerca, al otro lado del cristal, que el propio aire parece congelarse. No me asusto, sé que no me harán daño, a fin de cuentas ya me ha pasado lo mismo en otra ocasión y, como fantasmas, poco he de temer.
Sobre todo, porque quieren algo de mí. La muerte una vez más se ha cobrado su tributo de manera anárquica, y algunos de ellos han encontrado el camino hasta mi casa. Al principio, no entendía lo que me estaba pasando, por qué se me aparecían los espíritus de los difuntos, sobre todo los que habían padecido una muerte violenta, y tenían todavía algo que decir al resto del mundo. Con el paso del tiempo, comprendí que esa era mi misión, intermediar entre los vivos y los muertos.
Esta noche no ha sido distinto. Son unas cuarenta figuras las que se arremolinan entre la niebla, fundiéndose con ella, esperando su turno pacientemente para entrar en mi casa, en mi cuerpo. No les digo nada, pero ellos saben que estoy a su disposición. Como siempre.
Enciendo el ordenador, y me conecto al servidor seguro, ubicado en Barcelona, para escribir los mensajes, que rebotarán varias veces en el ciberespacio antes de alcanzar a sus destinatarios, los familiares de los difuntos, de tal forma que mi rastro quede confundido. Yo no soy importante, ellos sí. El primero de ellos atraviesa el cristal. La temperatura en el despacho disminuye varios grados, pero no lo noto ya: mi mente ha sido desplazada por la del espectro, y mi cuerpo es un mero medio para escribir el mensaje. Es una sensación extraña y  bastante inquietante, pero al no ser la primera vez, me dejo llevar.
Así me entero de que se ha estrellado un avión de pasajeros en el aeropuerto de Barajas, a escasos kilómetros de mi casa. Han fallecido sesenta personas, casi todas ellas carbonizadas por el incendio. Y algunas de ellas han sentido mi presencia. Saben que puedo ayudarles a comunicarse con sus seres queridos. Cuando haya transmitido el último mensaje, desaparecerán. Pero mientras tanto, me esperan… Al otro lado del cristal, entre la niebla…

miércoles, 3 de febrero de 2010

CUANDO NO ES UN ANUNCIO DE LA DGT (p.o.)


La nieve, en su gélida misericordia, va cubriendo, lentamente,
las huellas de tan macabro destino, de tan extraño desatino,
que propició el accidente, una gélida tarde de enero,
cuando el hades se entrometió en la vida y en la muerte
de tantas personas, de forma tan casual, como certera...




"Ananké" o fatalidad, como decían los griegos y Victor Hugo,
"fatum" de los latinos, o la simple "fatalidad" de Galdós,
da igual cómo lo llames, de lo que se trata, en el fondo,
es de hacer responsables a otros, de nuestra estupidez,
de nuestra inconsciencia, y, al final, de nuestra muerte...

Un gélido manto se está acumulando, mansamente,
sobre un triste amasijo de hierros y de carne, y de sangre,
que horas antes era un orgulloso un orgulloso ejecutivo,
y su criatura favorita: un impresionante deportivo rojo,
que tan veloz y certero le llevó directo hacia la muerte...




El primer error, la primera intervención de la fatalidad,
si así os place más, fue quitarse la incómoda chaqueta,
pero no apagar antes el teléfono móvil, pues ese sonido,
tan conocido, tan peculiar, le hizo perder la concentración,
y apartó la vista de la calzada... llegando a la curva...




El segundo error, o macabra coincidencia, de aquella tarde,
fue que el conductor del autobús escolar escogiera,
justamente ese momento, llegando a la curva,
para dar un sorbo a su vaso de café ardiente, y que
al quemarse, soltase unos instantes las manos del volante...




El tercer error, también inevitable, también fatal,
fue del conductor del camión de combustible, quien,
agotado por el cansancio, inconscientemente,
cerró los ojos unos segundos, cuando estaba llegando
a aquella curva, que tan bién conocía, de siempre...




Un motorista, novato, pero que llega tarde a una cita,
se incorpora a la carretera, sin mirar, en plena curva,
desde un camino lateral, y se convierte, sin saberlo,
pero con más culpa que los demás, por no mirar,
en el cuarto miembro del "comando fatalidad"...




Cuatro errores, cuatro fatalidades, que de haberse presentado
en otro momento, unos metros antes, o unos metros después,
quizás no habría tenido consecuencias, o no tan fatales...
Era una curva cómoda, perfecta, con dos carriles por sentido,
quitamiedos, bien señalizada... pero esa tarde, mortal...




El conductor del autobús alza los ojos, y maldiciendo,
ve la moto que se incorpora desde la izquierda,
reacciona, da un volantazo, que le lleva, directamente,
hacia el deportivo rojo, donde el puto teléfono móvil
sigue sonando... Otro volantazo, las ruedas patinan...




El coche rojo, de repente, ve el autobús, pero se estrella,
de refilón, contra su costado derecho, y sale despedido
contra el camión de combustible... El impacto es brutal...
Practicamente aplastado, empotrado bajo el camión,
es increíble, pero el conductor sigue vivo...




Un reguero de combustible, procedente de la cisterna,
inunda rápidamente la calzada, sin prenderse fuego...
El autobús ha quedado volcado en el arcén, ruedas arriba,
con el motor encendido, es un pandemonium, brazos rotos,
piernas, sangre, heridas, y varios muertos, sin cinturones...




El combustible cae ladera abajo, alcanzando el autobús,
se recrudecen los gritos, se multiplican los intentos por salir,
por romper las puertas, las ventanas, lo que sea, con tal
de escapar de allí, pues algún instinto atávico les dice a todos
que quedarse allí dentro, en ese armazón de acero, es morir...




¿Y el motorista, el que tenía tanta prisa, por llegar a su cita?
¿Dónde está? ¿Acaso no le véis, con la rodilla y la cadera destrozadas
por el impacto contra el asfalto? ¿Acaso no distinguís las chispas,
que salen del roce de su máquina contra la piel de la carretera?
De repente, una pequeña llama, se contagia al combustible...




Una gran bola de fuego lo consume todo, de repente,
se inflaman cielo y tierra... Y en medio de tanta destrucción,
el puto teléfono móvil sigue sonando, hasta que se funde,
al mismo tiempo que lo hace la carne, y que revienta
desde dentro el cráneo de su amo, por el fuerte calor...




La moto, una vez cumplida su macabra e involuntaria función,
se estrella contra los restos del segundo tanque de combustible,
esparciendo muerte ardiente por toda la carretera...
Esta vez, no hay salvación para nadie, y la ardiente avalancha
se desliza por el terraplén, hacia el autobús.... lleno de escolares...




Los supervivientes redoblan sus esfuerzos, el último intento
de escapar a la muerte, de aquella avalancha calcinante,
mas solamente diez de ellos, escogidos al azar por la Parca,
porque incluso a ella le gusta tener un público al que dirigirse,
cuando disfruta demasido provocando un accidente....




El autobús se convierte en un infierno, los gritos surgen
de todas partes, los cuerpos se licúan y se consumen,
asoman descarnadas sonrisas de calveras ardientes,
y todo ello, frente a los ojos de sus diez compañeros,
pues la Muerte quiere testigos de su pequeña obra...




Un teléfono móvil que suena en la carretera,
un café demasiado caliente que abrasa una garganta,
un camionero con demasiado sueño por una larga jornada,
un motorista novato, con demasiada prisa por llegar...
todos ellos, fatalidades, y cómplices de la Muerte...




Y empieza a caer la nieve, con su misericordioso manto,
con su densa nube blanca, va apagando lentamente
los fuegos del infierno, la tierra se traga el combustible,
los supervivientes, paralizados por el espanto,
no pueden creerse que esto no sea un anuncio de la DGT...