
La nieve, en su gélida misericordia, va cubriendo, lentamente,
las huellas de tan macabro destino, de tan extraño desatino,
que propició el accidente, una gélida tarde de enero,
cuando el hades se entrometió en la vida y en la muerte
de tantas personas, de forma tan casual, como certera...
"Ananké" o fatalidad, como decían los griegos y Victor Hugo,
"fatum" de los latinos, o la simple "fatalidad" de Galdós,
da igual cómo lo llames, de lo que se trata, en el fondo,
es de hacer responsables a otros, de nuestra estupidez,
de nuestra inconsciencia, y, al final, de nuestra muerte...
Un gélido manto se está acumulando, mansamente,
sobre un triste amasijo de hierros y de carne, y de sangre,
que horas antes era un orgulloso un orgulloso ejecutivo,
y su criatura favorita: un impresionante deportivo rojo,
que tan veloz y certero le llevó directo hacia la muerte...
El primer error, la primera intervención de la fatalidad,
si así os place más, fue quitarse la incómoda chaqueta,
pero no apagar antes el teléfono móvil, pues ese sonido,
tan conocido, tan peculiar, le hizo perder la concentración,
y apartó la vista de la calzada... llegando a la curva...
El segundo error, o macabra coincidencia, de aquella tarde,
fue que el conductor del autobús escolar escogiera,
justamente ese momento, llegando a la curva,
para dar un sorbo a su vaso de café ardiente, y que
al quemarse, soltase unos instantes las manos del volante...
El tercer error, también inevitable, también fatal,
fue del conductor del camión de combustible, quien,
agotado por el cansancio, inconscientemente,
cerró los ojos unos segundos, cuando estaba llegando
a aquella curva, que tan bién conocía, de siempre...
Un motorista, novato, pero que llega tarde a una cita,
se incorpora a la carretera, sin mirar, en plena curva,
desde un camino lateral, y se convierte, sin saberlo,
pero con más culpa que los demás, por no mirar,
en el cuarto miembro del "comando fatalidad"...
Cuatro errores, cuatro fatalidades, que de haberse presentado
en otro momento, unos metros antes, o unos metros después,
quizás no habría tenido consecuencias, o no tan fatales...
Era una curva cómoda, perfecta, con dos carriles por sentido,
quitamiedos, bien señalizada... pero esa tarde, mortal...
El conductor del autobús alza los ojos, y maldiciendo,
ve la moto que se incorpora desde la izquierda,
reacciona, da un volantazo, que le lleva, directamente,
hacia el deportivo rojo, donde el puto teléfono móvil
sigue sonando... Otro volantazo, las ruedas patinan...
El coche rojo, de repente, ve el autobús, pero se estrella,
de refilón, contra su costado derecho, y sale despedido
contra el camión de combustible... El impacto es brutal...
Practicamente aplastado, empotrado bajo el camión,
es increíble, pero el conductor sigue vivo...
Un reguero de combustible, procedente de la cisterna,
inunda rápidamente la calzada, sin prenderse fuego...
El autobús ha quedado volcado en el arcén, ruedas arriba,
con el motor encendido, es un pandemonium, brazos rotos,
piernas, sangre, heridas, y varios muertos, sin cinturones...
El combustible cae ladera abajo, alcanzando el autobús,
se recrudecen los gritos, se multiplican los intentos por salir,
por romper las puertas, las ventanas, lo que sea, con tal
de escapar de allí, pues algún instinto atávico les dice a todos
que quedarse allí dentro, en ese armazón de acero, es morir...
¿Y el motorista, el que tenía tanta prisa, por llegar a su cita?
¿Dónde está? ¿Acaso no le véis, con la rodilla y la cadera destrozadas
por el impacto contra el asfalto? ¿Acaso no distinguís las chispas,
que salen del roce de su máquina contra la piel de la carretera?
De repente, una pequeña llama, se contagia al combustible...
Una gran bola de fuego lo consume todo, de repente,
se inflaman cielo y tierra... Y en medio de tanta destrucción,
el puto teléfono móvil sigue sonando, hasta que se funde,
al mismo tiempo que lo hace la carne, y que revienta
desde dentro el cráneo de su amo, por el fuerte calor...
La moto, una vez cumplida su macabra e involuntaria función,
se estrella contra los restos del segundo tanque de combustible,
esparciendo muerte ardiente por toda la carretera...
Esta vez, no hay salvación para nadie, y la ardiente avalancha
se desliza por el terraplén, hacia el autobús.... lleno de escolares...
Los supervivientes redoblan sus esfuerzos, el último intento
de escapar a la muerte, de aquella avalancha calcinante,
mas solamente diez de ellos, escogidos al azar por la Parca,
porque incluso a ella le gusta tener un público al que dirigirse,
cuando disfruta demasido provocando un accidente....
El autobús se convierte en un infierno, los gritos surgen
de todas partes, los cuerpos se licúan y se consumen,
asoman descarnadas sonrisas de calveras ardientes,
y todo ello, frente a los ojos de sus diez compañeros,
pues la Muerte quiere testigos de su pequeña obra...
Un teléfono móvil que suena en la carretera,
un café demasiado caliente que abrasa una garganta,
un camionero con demasiado sueño por una larga jornada,
un motorista novato, con demasiada prisa por llegar...
todos ellos, fatalidades, y cómplices de la Muerte...
Y empieza a caer la nieve, con su misericordioso manto,
con su densa nube blanca, va apagando lentamente
los fuegos del infierno, la tierra se traga el combustible,
los supervivientes, paralizados por el espanto,
no pueden creerse que esto no sea un anuncio de la DGT...
las huellas de tan macabro destino, de tan extraño desatino,
que propició el accidente, una gélida tarde de enero,
cuando el hades se entrometió en la vida y en la muerte
de tantas personas, de forma tan casual, como certera...
"Ananké" o fatalidad, como decían los griegos y Victor Hugo,
"fatum" de los latinos, o la simple "fatalidad" de Galdós,
da igual cómo lo llames, de lo que se trata, en el fondo,
es de hacer responsables a otros, de nuestra estupidez,
de nuestra inconsciencia, y, al final, de nuestra muerte...
Un gélido manto se está acumulando, mansamente,
sobre un triste amasijo de hierros y de carne, y de sangre,
que horas antes era un orgulloso un orgulloso ejecutivo,
y su criatura favorita: un impresionante deportivo rojo,
que tan veloz y certero le llevó directo hacia la muerte...
El primer error, la primera intervención de la fatalidad,
si así os place más, fue quitarse la incómoda chaqueta,
pero no apagar antes el teléfono móvil, pues ese sonido,
tan conocido, tan peculiar, le hizo perder la concentración,
y apartó la vista de la calzada... llegando a la curva...
El segundo error, o macabra coincidencia, de aquella tarde,
fue que el conductor del autobús escolar escogiera,
justamente ese momento, llegando a la curva,
para dar un sorbo a su vaso de café ardiente, y que
al quemarse, soltase unos instantes las manos del volante...
El tercer error, también inevitable, también fatal,
fue del conductor del camión de combustible, quien,
agotado por el cansancio, inconscientemente,
cerró los ojos unos segundos, cuando estaba llegando
a aquella curva, que tan bién conocía, de siempre...
Un motorista, novato, pero que llega tarde a una cita,
se incorpora a la carretera, sin mirar, en plena curva,
desde un camino lateral, y se convierte, sin saberlo,
pero con más culpa que los demás, por no mirar,
en el cuarto miembro del "comando fatalidad"...
Cuatro errores, cuatro fatalidades, que de haberse presentado
en otro momento, unos metros antes, o unos metros después,
quizás no habría tenido consecuencias, o no tan fatales...
Era una curva cómoda, perfecta, con dos carriles por sentido,
quitamiedos, bien señalizada... pero esa tarde, mortal...
El conductor del autobús alza los ojos, y maldiciendo,
ve la moto que se incorpora desde la izquierda,
reacciona, da un volantazo, que le lleva, directamente,
hacia el deportivo rojo, donde el puto teléfono móvil
sigue sonando... Otro volantazo, las ruedas patinan...
El coche rojo, de repente, ve el autobús, pero se estrella,
de refilón, contra su costado derecho, y sale despedido
contra el camión de combustible... El impacto es brutal...
Practicamente aplastado, empotrado bajo el camión,
es increíble, pero el conductor sigue vivo...
Un reguero de combustible, procedente de la cisterna,
inunda rápidamente la calzada, sin prenderse fuego...
El autobús ha quedado volcado en el arcén, ruedas arriba,
con el motor encendido, es un pandemonium, brazos rotos,
piernas, sangre, heridas, y varios muertos, sin cinturones...
El combustible cae ladera abajo, alcanzando el autobús,
se recrudecen los gritos, se multiplican los intentos por salir,
por romper las puertas, las ventanas, lo que sea, con tal
de escapar de allí, pues algún instinto atávico les dice a todos
que quedarse allí dentro, en ese armazón de acero, es morir...
¿Y el motorista, el que tenía tanta prisa, por llegar a su cita?
¿Dónde está? ¿Acaso no le véis, con la rodilla y la cadera destrozadas
por el impacto contra el asfalto? ¿Acaso no distinguís las chispas,
que salen del roce de su máquina contra la piel de la carretera?
De repente, una pequeña llama, se contagia al combustible...
Una gran bola de fuego lo consume todo, de repente,
se inflaman cielo y tierra... Y en medio de tanta destrucción,
el puto teléfono móvil sigue sonando, hasta que se funde,
al mismo tiempo que lo hace la carne, y que revienta
desde dentro el cráneo de su amo, por el fuerte calor...
La moto, una vez cumplida su macabra e involuntaria función,
se estrella contra los restos del segundo tanque de combustible,
esparciendo muerte ardiente por toda la carretera...
Esta vez, no hay salvación para nadie, y la ardiente avalancha
se desliza por el terraplén, hacia el autobús.... lleno de escolares...
Los supervivientes redoblan sus esfuerzos, el último intento
de escapar a la muerte, de aquella avalancha calcinante,
mas solamente diez de ellos, escogidos al azar por la Parca,
porque incluso a ella le gusta tener un público al que dirigirse,
cuando disfruta demasido provocando un accidente....
El autobús se convierte en un infierno, los gritos surgen
de todas partes, los cuerpos se licúan y se consumen,
asoman descarnadas sonrisas de calveras ardientes,
y todo ello, frente a los ojos de sus diez compañeros,
pues la Muerte quiere testigos de su pequeña obra...
Un teléfono móvil que suena en la carretera,
un café demasiado caliente que abrasa una garganta,
un camionero con demasiado sueño por una larga jornada,
un motorista novato, con demasiada prisa por llegar...
todos ellos, fatalidades, y cómplices de la Muerte...
Y empieza a caer la nieve, con su misericordioso manto,
con su densa nube blanca, va apagando lentamente
los fuegos del infierno, la tierra se traga el combustible,
los supervivientes, paralizados por el espanto,
no pueden creerse que esto no sea un anuncio de la DGT...
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