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viernes, 3 de agosto de 2018

HACIA EL CADALSO


Lo empujaban por el camino mientras arrastraba los grilletes. Clac. Un paso. Cada poco, uno de sus captores le rozaba la nuca con la escopeta. Se sobresaltaba, y sudaba frío, y daba otro paso más y más débil. Clac. La corta cadena apenas si le dejaba dar pequeños pasitos, como de niño, pero si tenía en cuenta lo que le esperaba al final del trayecto, cuanto más tardase en llegar al cadalso, mejor.
El tiempo había dejado de fluir, o de tener un significado, para el condenado a muerte. Y solo se escuchaba la voz del monje mendicante, que repetía una y otra vez las mismas palabras: “Sebastián Esteban de Todos los Santos, reconcíliate con Dios y prepárate a morir.” Los ayudantes del verdugo iban abriéndose paso entre la multitud silenciosa que abarrotaba la Plaza Mayor de Madrid, y que parecía estar llegando desde los cuatro puntos cardinales, sobre todo desde la calle de la Sal y la calle Gerona.
El patíbulo se alzaba a los pies de la estatua de Felipe III, un basto maderamen que había sido construido durante la tarde anterior, y que había permanecido vigilado atentamente por los agentes del orden público. Sobre la plataforma elevada se había instalado el garrote vil, macabro artilugio de probada eficacia, y que siempre garantizaba las risas del pueblo llano al ver cómo el reo se asfixiaba con cada vuelta del tornillo, hasta quedar desnucado por la última vuelta de tuerca. Y con cada “clac” de las cadenas en sus tobillos, Sebastián Esteban era más consciente de su mortalidad, y de las malas decisiones que le habían llevado al pie del cadalso. Las palabras del fiscal no paraban de repetirse en sus oídos, como un macabro juego de la memoria…
“Y es por eso, señoras y señores, que tenemos que devolverle a este animal, a este criminal, a las mazmorras de la Dirección General de Seguridad, de las que saldrá solamente para ser ejecutado. Porque él no tuvo piedad, cuando planeó el asesinato de Bartolomé Puich Antich, honrado comerciante catalán de paso en la capital del Reino el pasado veinte de marzo del presente año. ¡Porque hay testigos que los vieron salir del lupanar de doña Rosita, en la calle de la Paja, la noche de autos! ¡Y le cortó el cuello a sangre fría en la puerta de su alojamiento, en la calle Leganitos! ¡Y se quedó incluso con sus cedúlas de viaje y con el escapulario donde llevaba los retratos de su esposa y de su hijo! Este criminal no tuvo piedad, y por eso no debemos nosotros tenerla con él. ¡Señor juez, cumpla con su cometido, y firme la sentencia de muerte!”
Sí, es cierto que había matado al comerciante catalán, aunque necesitó tres puñaladas; y que dos semanas atrás había matado a una prostituta en la calle de la Ballesta; y que un mes y medio antes liquidó a una madre con su hijo lactante en un soportal de la calle San Bernardo; y que había matado a otras quince personas antes en el último año y medio, por lo que los periódicos hablaban del “Asesino de Los Austrias”, en referencia al barrio donde se habían producido la mayor parte de sus crímenes. Pero Sebastián Esteban no se sentía responsable de aquellos hechos: a fin de cuentas, al igual que Santa Teresa de Jesús, él “sólo había respondido a la llamada de sus voces”.
¿Y qué culpa tenía él, si en vez de éxtasis místicos, sus voces le mandaban cortar cuellos y seleccionar a sus víctimas de una manera muy precisa, cortándoles la garganta y sacándoles luego la lengua a través de la abertura? Era una forma rápida de morir, con el cuello seccionado y asfixiándose en su propia sangre, sin poder pronunciar una sola palabra ni reconciliarse con el Sumo Hacedor. “Las voces de los ángeles me guiaron en mi labor”, esa había sido su única respuesta a las preguntas del fiscal y del juez.
Siempre había actuado de noche o durante el ocaso, atacando por la espalda a sus víctimas, a las que había seguido por la calle; aprovechando las sombras, las agarraba por el cuello y las arrastraba a los soportales, donde de una rápida cuchillada terminaba con sus vidas. Y siempre se quedaba con ellas para robar de sus labios ensangrentados el último aliento. Nunca les quitaba el dinero, a fin de cuentas su trabajo de periodista en “El Imparcial” y sus colaboraciones con otros periódicos conservadores le permitían llevar un nivel de vida bastante desahogado. Incluso había tenido un moderado éxito como letrista frívolo para varias cupletistas famosas.
No, él solamente hacía caso a sus voces, y por eso no se sentía especialmente culpable, mientras daba su último paseo. La Plaza Mayor nunca le había parecido más hermosa, ni el cielo más brillante, que en aquella soleada mañana del veintitrés de mayo de mil ochocientos noventa y uno, cuando se dirigía lentamente hacia el cadalso. “Clac”, sonaban las cadenas, el monje mendicante seguía con su monótona letanía, los ayudantes del verdugo se abrían paso entre la multitud, extrañamente silenciosa. De repente, el monje se paró, y al levantar la mirada, Sebastián descubrió a escasos metros el cadalso. Un leve estremecimiento se apoderó de él, pero enseguida recuperó la compostura. Aquél había sido su último paseo por Madrid, desde las mazmorras en la Puerta del Sol hasta la Plaza Mayor.
No necesitó ayuda para subir los escalones. Tampoco para sentarse en la banqueta junto al poste de madera, pero sí le pidió al verdugo que no le pusiera la capucha. “Quiero llevarme al otro mundo el calor del sol”, le dijo. Una pequeña molestia al ponerle el collar de hierro, tres poderosas vueltas al mecanismo, y Sebastián Esteban de Todos los Santos se reunió con su Creador…