Cuando
desperté, el dinosaurio todavía seguía allí. Su cuerpo se movía suavemente, con
un lento crepitar, muy parecido al de las hojas secas en el Parque del Retiro,
una de esas tardes de otoño, en las que todo parecía mucho más sencillo. ¡Qué
le vamos a hacer, hasta los asesinos en serie tenemos infancia! Pero desde
luego, a mis ocho o nueve años, más o menos en aquella época en la que empezaba
a forjarse mi personalidad psicopática, no podía intuir lo que me depararía el
paso del tiempo.
Yo era un
niño de lo más normal, tirando a bajito y con gafas, más largo que ancho, y con
el pelo enmarañado mientras corría detrás de mi hermana, quien a su vez montaba
en un poderoso triciclo de dos velocidades. Ella, a su catorce recién
cumplidos, ya mostraba los indicios de la belleza mortal en la que se iba a
convertir. A fin de cuentas, para eso nos estaban entrenando, para ser
asesinos. Y sin embargo, no nos parecía algo raro, ese interés de nuestros
padres en enseñarnos a manipular el cordón del estrangulador (con sus pequeños
bordes dentados, para cortar al mismo tiempo la carótida y la yugular), el
puñal de lanzamiento (yo era mejor que mi hermana), o incluso un pequeño pero
letal surtido de venenos. Mi primer perro, lo maté a los siete años; mi primer
humano, a los doce. Todavía lo recuerdo.
Es una
mañana de invierno. El sol brilla entre las nubes, con esa promesa de futuro. Y
mi objetivo se encuentra cerca: Papá Noel. Con su traje rojo y blanco,
alquilado en los Almacenes Arias, su barba postiza y su peluca, es la
encarnación viva de la inocencia. Solo de cerca, se pueden ver los ojos
rojizos, o las pequeñas venitas en las mejillas, menos producto del frío que
del consumo de alcohol. Está sentado en un trono rojo y blanco, acompañado por
dos elfos guardianes, y hay una larga cola de niños con sus padres, esperando
para subirse en su regazo (los niños solamente), y darle la carta con sus
regalos. Ya solo quedan tres parejas; luego dos, y finalmente es mi turno.
- - A ver, querido niño… ¿qué te puedo traer como
regalo del Polo Norte?
- Poca cosa… Solamente tu muerte, viejo pervertido.
No tiene
tiempo ni siquiera de apartarse. De dentro de mi manga izquierda, saco un
afilado puñal y, con un elegante movimiento, le corto ambas arterias, y soy
capaz de bajarme de sus rodillas, antes de que salpique la sangre. Mi madre me
coge de la mano, y salimos corriendo, en medio del desconcierto general. Mi
padre nos esperaba en la esquina, con el coche en marcha, y mi hermana sentada
en el asiento de atrás.
Aquella
fue mi primera ejecución, y posiblemente la más difícil. Hasta que no llegamos
a casa, no me explicaron los motivos de la acción, pero en el fondo, no me
importaba demasiado. Que fuera un reconocido pedófilo, que hubiera asaltado a
varias niñas, o que aprovechase el disfraz para realizar tocamientos indebidos
a los pequeños; o lo peor de todo, que se quedase con las cartas, para así
tener las direcciones, y acercarse de noche a las casas que más le interesaban
para abusar de los menores y robar; no era mi problema. Había que matarle, y lo
hicimos.
Desde
aquella primera vez, han pasado muchos años… y he matado a mucha gente, pero
sigo recordando a aquél gordo y grasiento Papá Noel. ¿Que si soy un asesino? Es
posible. Pero me considero un mal necesario. ¿Qué si he matado alguna vez a
inocentes? Define antes el concepto de “inocente”.
Y soy
bueno en mi trabajo, la prueba, es que todavía no me han detenido, y que ni
siquiera tienen un retrato robot fiable que poner en manos de la Interpol. Uso
máscaras, postizos, disfraces; mato tanto de cerca como de lejos (soy un
tirador letal, a la vez que un maestro en el uso de cuchillos y venenos); y no
cuestiono las misiones.
Pero
ayer, por primera vez en mucho tiempo, tuve miedo. Lo que era una misión como
tantas otras, ejecutar a un empresario que se estaba enriqueciendo con una
dieta milagrosa que ocasionaba gravísimos daños en el feto y podía provocar
esterilidad en las mujeres, por poco termina en desastre. Me había preparado a
conciencia, estudiando al personaje, su entorno, y decidí que lo mejor era
infiltrarme en la recepción del Hotel Palace de Madrid, a la que asistiría como
conferenciante. Me puse uno de mis mejores disfraces, con peluca rizada, gafas
de montura de concha, pendientes de perlas, pechos falsos, un vestido de noche
bastante del gusto de la Reina de Inglaterra, zapatos de tacón bajo, y un
pequeño bolso de pedrería, que no llamó la atención del personal de seguridad.
Gracias a mi disfraz, tenía todo el aspecto de una amable señora de unos
setenta años, con una leve gordura, pero entrañable en todo caso. Durante el
cóctel, me fui acercando a mi objetivo. A dos pasos, saqué la jeringuilla
hipodérmica, rellena de un derivado sintético del curare (pero diez veces más
poderoso), le quité la protección de la aguja. Solo un paso… Había escogido
bien el punto del pinchazo, la nalga izquierda. Acerco mi mano, mientras
empiezo a presionar el émbolo…
Y de
repente, un maletín de cuero, surgido de ninguna parte, se interpone en mi
camino. Levanto la mirada. Esa cara. Esa nariz. Pero sobre todo esos ojos,
azules acerados. La reconozco en cuestión de segundos, y a pesar de las décadas
transcurridas: es mi hermana. Había escuchado que últimamente se dedicaba a la
protección de VIP. Ella también me ha reconocido, se lleva el puño derecho a la
boca, posiblemente para dar la orden de sellar el gran salón del Hotel Palace y
tratar de capturarme. Rápidamente, me doy la vuelta, y emprendo la retirada.
¡Benditos zapatos planos! Consigo abandonar el salón, subo al ascensor, saco la
llave de mi habitación (la número 223), y me refugio. He tardado menos de diez
minutos en desnudarme, darme una ducha y cambiarme de ropa, un traje de
chaqueta de lo más conservador. Todavía me quedaré un par de horas más en la
habitación, quizás incluso toda la noche, puesto que a nadie se le ocurrirá
buscarme en el propio hotel. Para celebrarlo, me tomé una de las pastillas
verdes, y un botellín de vodka… Y me acosté unos minutos…
Cuando me
desperté, el dinosaurio seguía allí…