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miércoles, 14 de noviembre de 2018

EL DESPERTAR



Cuando desperté, el dinosaurio todavía seguía allí. Su cuerpo se movía suavemente, con un lento crepitar, muy parecido al de las hojas secas en el Parque del Retiro, una de esas tardes de otoño, en las que todo parecía mucho más sencillo. ¡Qué le vamos a hacer, hasta los asesinos en serie tenemos infancia! Pero desde luego, a mis ocho o nueve años, más o menos en aquella época en la que empezaba a forjarse mi personalidad psicopática, no podía intuir lo que me depararía el paso del tiempo.

Yo era un niño de lo más normal, tirando a bajito y con gafas, más largo que ancho, y con el pelo enmarañado mientras corría detrás de mi hermana, quien a su vez montaba en un poderoso triciclo de dos velocidades. Ella, a su catorce recién cumplidos, ya mostraba los indicios de la belleza mortal en la que se iba a convertir. A fin de cuentas, para eso nos estaban entrenando, para ser asesinos. Y sin embargo, no nos parecía algo raro, ese interés de nuestros padres en enseñarnos a manipular el cordón del estrangulador (con sus pequeños bordes dentados, para cortar al mismo tiempo la carótida y la yugular), el puñal de lanzamiento (yo era mejor que mi hermana), o incluso un pequeño pero letal surtido de venenos. Mi primer perro, lo maté a los siete años; mi primer humano, a los doce. Todavía lo recuerdo.

Es una mañana de invierno. El sol brilla entre las nubes, con esa promesa de futuro. Y mi objetivo se encuentra cerca: Papá Noel. Con su traje rojo y blanco, alquilado en los Almacenes Arias, su barba postiza y su peluca, es la encarnación viva de la inocencia. Solo de cerca, se pueden ver los ojos rojizos, o las pequeñas venitas en las mejillas, menos producto del frío que del consumo de alcohol. Está sentado en un trono rojo y blanco, acompañado por dos elfos guardianes, y hay una larga cola de niños con sus padres, esperando para subirse en su regazo (los niños solamente), y darle la carta con sus regalos. Ya solo quedan tres parejas; luego dos, y finalmente es mi turno.
-         -    A ver, querido niño… ¿qué te puedo traer como regalo del Polo Norte? 
       - Poca cosa… Solamente tu muerte, viejo pervertido.

No tiene tiempo ni siquiera de apartarse. De dentro de mi manga izquierda, saco un afilado puñal y, con un elegante movimiento, le corto ambas arterias, y soy capaz de bajarme de sus rodillas, antes de que salpique la sangre. Mi madre me coge de la mano, y salimos corriendo, en medio del desconcierto general. Mi padre nos esperaba en la esquina, con el coche en marcha, y mi hermana sentada en el asiento de atrás.

Aquella fue mi primera ejecución, y posiblemente la más difícil. Hasta que no llegamos a casa, no me explicaron los motivos de la acción, pero en el fondo, no me importaba demasiado. Que fuera un reconocido pedófilo, que hubiera asaltado a varias niñas, o que aprovechase el disfraz para realizar tocamientos indebidos a los pequeños; o lo peor de todo, que se quedase con las cartas, para así tener las direcciones, y acercarse de noche a las casas que más le interesaban para abusar de los menores y robar; no era mi problema. Había que matarle, y lo hicimos.

Desde aquella primera vez, han pasado muchos años… y he matado a mucha gente, pero sigo recordando a aquél gordo y grasiento Papá Noel. ¿Que si soy un asesino? Es posible. Pero me considero un mal necesario. ¿Qué si he matado alguna vez a inocentes? Define antes el concepto de “inocente”.

Y soy bueno en mi trabajo, la prueba, es que todavía no me han detenido, y que ni siquiera tienen un retrato robot fiable que poner en manos de la Interpol. Uso máscaras, postizos, disfraces; mato tanto de cerca como de lejos (soy un tirador letal, a la vez que un maestro en el uso de cuchillos y venenos); y no cuestiono las misiones.

Pero ayer, por primera vez en mucho tiempo, tuve miedo. Lo que era una misión como tantas otras, ejecutar a un empresario que se estaba enriqueciendo con una dieta milagrosa que ocasionaba gravísimos daños en el feto y podía provocar esterilidad en las mujeres, por poco termina en desastre. Me había preparado a conciencia, estudiando al personaje, su entorno, y decidí que lo mejor era infiltrarme en la recepción del Hotel Palace de Madrid, a la que asistiría como conferenciante. Me puse uno de mis mejores disfraces, con peluca rizada, gafas de montura de concha, pendientes de perlas, pechos falsos, un vestido de noche bastante del gusto de la Reina de Inglaterra, zapatos de tacón bajo, y un pequeño bolso de pedrería, que no llamó la atención del personal de seguridad. Gracias a mi disfraz, tenía todo el aspecto de una amable señora de unos setenta años, con una leve gordura, pero entrañable en todo caso. Durante el cóctel, me fui acercando a mi objetivo. A dos pasos, saqué la jeringuilla hipodérmica, rellena de un derivado sintético del curare (pero diez veces más poderoso), le quité la protección de la aguja. Solo un paso… Había escogido bien el punto del pinchazo, la nalga izquierda. Acerco mi mano, mientras empiezo a presionar el émbolo…

Y de repente, un maletín de cuero, surgido de ninguna parte, se interpone en mi camino. Levanto la mirada. Esa cara. Esa nariz. Pero sobre todo esos ojos, azules acerados. La reconozco en cuestión de segundos, y a pesar de las décadas transcurridas: es mi hermana. Había escuchado que últimamente se dedicaba a la protección de VIP. Ella también me ha reconocido, se lleva el puño derecho a la boca, posiblemente para dar la orden de sellar el gran salón del Hotel Palace y tratar de capturarme. Rápidamente, me doy la vuelta, y emprendo la retirada. ¡Benditos zapatos planos! Consigo abandonar el salón, subo al ascensor, saco la llave de mi habitación (la número 223), y me refugio. He tardado menos de diez minutos en desnudarme, darme una ducha y cambiarme de ropa, un traje de chaqueta de lo más conservador. Todavía me quedaré un par de horas más en la habitación, quizás incluso toda la noche, puesto que a nadie se le ocurrirá buscarme en el propio hotel. Para celebrarlo, me tomé una de las pastillas verdes, y un botellín de vodka… Y me acosté unos minutos…

Cuando me desperté, el dinosaurio seguía allí…

martes, 23 de marzo de 2010

LA GARGANTILLA NEGRA



Busco tu recuerdo entre las sombras de un aciago atardecer de invierno, y tan solo recuerdo tu perfume, tu olor a Nenuco... y a canela...



Lo que empezó siendo el típico "favor a la hermana pequeña de un amigo que quiere hacerse un book pero no tiene dinero... y como tú haces buenas fotos", se convierte en una experiencia que puede marcar tu vida entera... y un poco más...


Sí, por supuesto, fue una tarde entera, en el Parque Del Retiro, haciendo más de doscientas fotos, para escoger finalmente unas treinta... Pero la mayor sorpresa fue el conocerla... Elisa... Una hermosa muñequita rubia, menuda, exquisitamente formada, con unos increíbles ojos verde esmeralda, labios escasamente perfilados... y los dientes más blancos que he visto en toda mi vida... Eso por no mencionar sus piernas, perfectas... Realmente, con su sonrisa, iluminaba el mundo... Y todo colaboraba incluso el otoño, con los ocres y los rojos de la naturaleza, todo el entorno se había puesto de acuerdo para que Elisa estuviera radiante...


Siempre tan previsora, y dispuesta a aprovechar lo más posible aquellas horas, se había traído una maleta entera llena de ropa, para poder escoger la que más le favoreciera: el banco sobre el que la abrimos terminó pareciendo un mercadillo de ropa de segunda mano... Afortunadamente, estaba abierta una de las cafeterías junto al parque, y fueron tan majos que incluso nos guardaron la maleta detrás de la barra... Vale, no fue solo una cuestión de "ser majos", sino de los 50 euros que les ofrecí por el "favor", aunque de todas formas creo que aumentaron mucho las consumiciones... solamente por ver a Elisa...


Ella tenía un gusto increíble, un ojo para los complementos, para las texturas, para aquello que "le quedaba bien", que simplemente fue cuestión de escoger los diversos sitios, y hacer las fotos... y poco más... Recuerdo perfectamente cada modelo, aunque por supuesto tengo mis favoritos... Como aquél vestido de lino blanco, largo, con un fajín de color granate, sandalias de cuero, y un sombrero de paja, que realmente no se puso... Aquél primer plano de su torso y su cara, junto al lago, con el sol reflejándose en el agua... Otro modelo, con vaqueros, blusa de cuadros rojos y blancos entreabierta, y botas de cow-boy, apoyada contra una da las farolas... O con la falda ibicenca en azules y turquesas, y la parte superior del bikini negro... Elisa iba escogiendo cada uno de los estilos, y en cierto modo, todos los parroquianos se quedaban en suspenso cada vez que ella entraba al servicio a cambiarse... Fueron siete conjuntos, de muchos estilos... Pero el último, el que generó incluso una pequeña ovación, fue el vestido de noche azúl petróleo, de cuello barco, adornado con una gargantilla de cristal de Swaroski y pendientes a juego... Como había poca luz en el exterior, Antonio, el encargado de la cafetería encendió sus propias farolas, y aprovechando que había un poco de niebla, aquella última foto de Elisa quedó realmente espectacular...
Después de darle las gracias efusivamente por toda la ayuda prestada y deslizarle otro billete de 50 en la mano, Elisa y yo recogimos toda la ropa, la guardamos en la maleta, y ya con el sol menguante, y con su ropa de calle (vaqueros, jersey de cuello vuelto negro, chupa de cuero, y el pelo suelto), le hice una última foto de perfil, un contraluz tan forzado que solo se ve el negro, y que ilustra estas líneas... Me dió un fuerte abrazo, pegándose tan completamente a mí, que mi única intención era mimarla, protegerla, que mis casi cuarenta ños le sirvieran de refugio en sus dieciocho recién cumplidos... Quedamos en vernos cinco días después, en mi casa...
Pero nunca acudió... Y yo me olvidé temporalmente de las fotos, pues de todas formas ya tenía bastante con mi propio trabajo, como para andar preocupándome por una "muñequita linda, de cabellos de oro..." ¡Qué equivocado estaba!
Me enteré de lo sucedido una semana más tarde... Mientras se dirigía al acceso del metro de Retiro, ya en el subterráneo, uno de los presuntos "humanos" que se refugian del frío y de la lluvia en aquella zona se encaprichó de la maleta y de su contenido ("paa mi mujé", explicaría más tarde a la Policía... cuando ni siquiera estaba casado, ni tenía pareja)... Y no se le ocurrió mejor manera de conseguirlo que levantarse detrás de Elisa y, sin pronunciar una sola palabra, sujetarle la barbilla hacia arriba, y rebanarle el cuello con una antigua navaja de barbero... Y ella se quedó tendida en el suelo, en medio de un oscuro charco de sangre que iba creciendo rápidamente (le cortó la carótida y la femoral), y en poco más de tres minutos, lo que tardaron en llegar los vigilantes del metro y en llamar al 112, ella murió, rodeada por un pequeño grupo de curiosos que no sabía qué hacer... Y su asesino seguía allí, tranquilamente, acunando la maleta de Elisa, como si fuera el mayor trofeo... No se resistió al arresto, según me contaron Juan era el producto de la política de vaciar los centros psiquiátricos de los años 90, y consideraron que era apto para ser reinsertado en sociedad... a pesar de estar diagnosticado con esquizofrenia paranoide con picos de intensa agresividad... le condenaron a treinta años por el asesinato de Elisa...
En cuanto me enteré de la historia, recordé las fotos, que no había visto desde la sesión de aquella tarde, pensando en seleccionar las mejores, para entregarselas a mi amigo... Encendí el ordenador y cargué las tarjetas de memoria de las cámaras, esperando que el sistema de reconocimiento y de compensación automática de la luz sería suficiente para darle aquél tono de blanco y negro tradicional que yo deseaba obtener... Pero, cuando llevaba vistas una treintena, comprendí que, al menos esas fotos, no se las podría entregar a mi amigo... Pues en el cuello de Elisa aparecía una extraña gargantilla de color negro, que iba creciendo lentamente de foto en foto, a medida que avanzaba la tarde... Bastante asustado, pero sobre todo para descartar una sospecha que mi mente racional no podía, no quería, admitir, reconvertí las fotos a su color habitual...
La gargantilla no era negra, sino roja... Y casaba exactamente con el corte que el mendigo esquizofrénico (Juan) le había causado a Elisa con su navaja de barbero... Y a medida que iba avanzando la tarde, al aproximarse la hora de la muerte, la sangre iba resbalando desde su cuello, impregnando su ropa, foto a foto....
No sé, tal vez si yo hubiera mirado antes las fotos, por ejemplo en uno de mis ataques de perfeccionismo, aunque fuera en el visor digital de mi cámara, podría haber sospechado algo... O también podría haberla acompañado al metro... O llevarla a su casa con mi moto, no sé, cualquier cosa... Pero no hice nada... No podía hacer nada... He intentado, con la ayuda de varios amigos informáticos, retocar aquellas fotos que me gustan más, aunque sea una de cada pase, pero no es posible.... La gargantilla sangrienta sale en todas ellas...
Seguro que si miras de cerca la foto, si te esfuerzas lo suficiente, podrás ver el corte en el cuello de Elisa, y la sangre derramándose lentamente... Porque aquella fue la última foto de la tarde... Unos minutos antes de su muerte...

jueves, 28 de enero de 2010

UN CASO "TÍPICO" (p.o.)


A ver... comencemos con el papeleo... Ubicación: consulta del Dr. Gámez, psicólogo diplomado... bla, bla, bla, lo de siempre... Apuntes sobre la sesión: la presente sesión, realizada con tácticas de hipnosis regresiva, ha tenido lugar en el despacho del terapeuta, a partir de las 14:00 del día de la fecha... bla, bla, bla-bla... Bueno, hasta este momento, nada interesante... Centrémonos en el paciente...



"El paciente, llamado Mr. XX (original, sin duda alguna, para no poner un nombre, y de paso indicar el sexo), es la cuarta vez que acude a terapia, aquejado de una extraña dolencia, cada vez que pasa por delante de un espejo o de una superficie reflectante, por ejemplo, un escaparate, la pared pulida de un ascensor... Este fenómeno, del que hablaremos más tarde, tiene lugar casi siempre de noche, o al menos de tal modo lo refiere el paciente..."



¡Muy bonito, muy fino, sí señor! "O al menos así lo refiere el paciente...". Tanto hablar, tanto escribir, ¿para finalmente apuntar tan poco? Pero sigamos leyendo...



"Según afirma el paciente, al principio solamente le ocurría de noche, y ni siquiera todas las noches o en todos los momentos, sino exclusivamente cuando pasaba delante de un espejo de cierto tamaño, de al menos un metro de diámetro, preferentemente redondo, o como mucho cuadrado, y con más intensidad si el él se reflejaba, del alguna manera, la luz de la luna... Por ello, el primer consejo que se proporciona al paciente, una vez completada la ficha para el historial, y abonado el precio de la consulta, es que tape o retire los espejos de su vivienda, al menos aquellos por los que pase de noche, en su trayecto desde su dormitorio hasta la cocina o el cuarto de baño, para ver si de esta manera consigue evitar reflejarse... Se establece una nueva cita, para la semana siguiente, en el mismo día y hora..."



Ante todo, muy profesional, Dr. Gámez: muy seco, muy frío y muy distante, tal y como debe hacer un psicólogo de su reconocido prestigio y experiencia, cuya docta opinión se cita en multitud de manuales sobre el comportamiento criminal en España... Tal vez fuera justamente por ello, por su enorme "ego", por su ingente "super-yo", que decidió no prestarle demasiada atención a su paciente, ¿verdad? Pues, de todas formas, era "un caso de libro": la típica y tópica disociación nocturna de la personalidad emergente, debida a un estrés pos traumático, que posiblemente se ubique en el pasado reciente del sujeto... Palabrería, frases carentes de significado: eso es todo lo que ha hecho usted por mí... De todas formas, ¿quién se iba a preocupar por un contable, bajito, gordito, medio calvo y de voz profunda... Más o menos como Danny De Vito, pero en versión guapo... Un personajillo que no reconoce su imagen en el espejo, pero solamente por la noche? Además, por si no fuera suficiente síntoma de su transtorno, en las ocasiones en que se mira al espejo de noche, la imagen que vé no puede ser más distinta de su "realidad cotidiana y castrante": pues el azogue le devuelve una imagen, que bastante borrosa primero, se va concretando en la de "una adolescente, de cara angelical, melena castaña clara en el límite del rubio, cuerpo bien moldeado, e innegable encanto e inocencia"...



De ahí su diagnóstico, a partir de la segunda sesión: "Demostrando una vez la validez de las teorías del Gran Sigmund Freud, el paciente presenta una indudable desviación sexual, con una variante pedofílica, que le lleva a excitarse con las adolescentes del instituto... Por ello, se le va a administrar de manera solapada una pequeña dosis de inhibidores de los receptores testosterónicos del hipotálamo, además de un derivado del Prozaquis, para mantenerlo tranquilo."



Buen tratamiento, sí señor: ¿para qué escucharle, si todo está tan claro en los libros? ¿Y para qué preocuparse, cuando el paciente, recordemos, contable, regordete y bajito, empezó con el tiempo a escuchar voces en el espejo de su baño, y en el de su habitación? ¿Tenía algún sentido, dejarle describir mejor a su "alter ego", a su "fijación obsesiva por las adolescentes rubias? ¿O prestar atención a sus comentarios, sobre las "malas ideas"?



No, por supuesto que no... Sobre todo, porque al tratarse de un caso típico, no hacía ninguna falta... Pues con su dilatada experiencia, era "claro y evidente" que al final, su "superior conocimiento de la técnica" se impondría sobre los presuntos delirios de su paciente, merced a una sabia combinación de psicofármacos, psicotrópicos, inhibidores de la líbido y una fuerte dosis de hormonas de manatí hembra, sumamente difíciles de conseguir, pero tremendamente rentables (sobre todo teniendo en cuenta que en realidad, son filetes de pechuga de pollo triturados y encapsulados...).



Es una lástima, querido doctor Gámez, que usted no me haya escuchado antes... Pues lo que mi "alter ego" me decía desde el espejo era: MATA... Al principio, de forma genérica: a tu jefe, a tu compañero de trabajo, a tu madre (el famoso "síndrome Bates", ¿no es cierto?)... Pero con el paso de las semanas, Natalia, mi otro yo, el más salvaje, solamente repetía un par de frases. "Dejame salir" y "Dejame matarle"...



Por eso, esta tarde, le he aplicado el táser en cuanto hemos entrado en su consulta... lo he trasladado amorosamente hasta su viejo diván... lo he sujetado a las cuatro patas con esos utilisimos grilletes de lazo de un solo uso... y le he metido sus propios calcetines en la boca... ¡Qué vergüenza, una eminencia como usted, con esos tremendos tomates! Eso por no hablar del lamentable estado de sus calzoncillos, con las oportunas manchas delante y detrás, seguro que para no confundirse al ponérselos de nuevo... Pero no se preocupe, doctor... Que he dejado salir a mi parte femenina, a Natalia... Por eso me he puesto esta bata de carnicero... he sacado de la bolsa el camping gaz portátil, y la sartén, un poco de sal, y un poco de pimienta... Y, por supuesto, la peluca rubio ceniza, para completar el fenómeno disociativo...



¿Mira usted el cuchillo con ojos aterrados, doctor Gámez? Hace usted bien... Pues todavía no conoce un pequeño, pequeñísimo pero interesante detalle sobre Natalia... Es una zorrita caníbal... y siempre le gusta empezar por las criadillas... al ajillo... Pero no se preocupe usted, doctor, que al final, cuando haya terminado de saciar mi apetito con una serie de selectos trozos de su cuerpo, ya lo tengo todo dispuesto para rociarlo todo, pero sobre todo su diván, y su cuerpo, mutilado pero vivo, con un par de litros de gasolina...



Morirá usted al pie del cañón, doctor Gámez... Y nadie sabrá lo realmente patético que es en su vida privada, ni en la profesional...



Pero, como ya le dije antes... Tengo mucha hambre...