jueves, 28 de enero de 2010

UN CASO "TÍPICO" (p.o.)


A ver... comencemos con el papeleo... Ubicación: consulta del Dr. Gámez, psicólogo diplomado... bla, bla, bla, lo de siempre... Apuntes sobre la sesión: la presente sesión, realizada con tácticas de hipnosis regresiva, ha tenido lugar en el despacho del terapeuta, a partir de las 14:00 del día de la fecha... bla, bla, bla-bla... Bueno, hasta este momento, nada interesante... Centrémonos en el paciente...



"El paciente, llamado Mr. XX (original, sin duda alguna, para no poner un nombre, y de paso indicar el sexo), es la cuarta vez que acude a terapia, aquejado de una extraña dolencia, cada vez que pasa por delante de un espejo o de una superficie reflectante, por ejemplo, un escaparate, la pared pulida de un ascensor... Este fenómeno, del que hablaremos más tarde, tiene lugar casi siempre de noche, o al menos de tal modo lo refiere el paciente..."



¡Muy bonito, muy fino, sí señor! "O al menos así lo refiere el paciente...". Tanto hablar, tanto escribir, ¿para finalmente apuntar tan poco? Pero sigamos leyendo...



"Según afirma el paciente, al principio solamente le ocurría de noche, y ni siquiera todas las noches o en todos los momentos, sino exclusivamente cuando pasaba delante de un espejo de cierto tamaño, de al menos un metro de diámetro, preferentemente redondo, o como mucho cuadrado, y con más intensidad si el él se reflejaba, del alguna manera, la luz de la luna... Por ello, el primer consejo que se proporciona al paciente, una vez completada la ficha para el historial, y abonado el precio de la consulta, es que tape o retire los espejos de su vivienda, al menos aquellos por los que pase de noche, en su trayecto desde su dormitorio hasta la cocina o el cuarto de baño, para ver si de esta manera consigue evitar reflejarse... Se establece una nueva cita, para la semana siguiente, en el mismo día y hora..."



Ante todo, muy profesional, Dr. Gámez: muy seco, muy frío y muy distante, tal y como debe hacer un psicólogo de su reconocido prestigio y experiencia, cuya docta opinión se cita en multitud de manuales sobre el comportamiento criminal en España... Tal vez fuera justamente por ello, por su enorme "ego", por su ingente "super-yo", que decidió no prestarle demasiada atención a su paciente, ¿verdad? Pues, de todas formas, era "un caso de libro": la típica y tópica disociación nocturna de la personalidad emergente, debida a un estrés pos traumático, que posiblemente se ubique en el pasado reciente del sujeto... Palabrería, frases carentes de significado: eso es todo lo que ha hecho usted por mí... De todas formas, ¿quién se iba a preocupar por un contable, bajito, gordito, medio calvo y de voz profunda... Más o menos como Danny De Vito, pero en versión guapo... Un personajillo que no reconoce su imagen en el espejo, pero solamente por la noche? Además, por si no fuera suficiente síntoma de su transtorno, en las ocasiones en que se mira al espejo de noche, la imagen que vé no puede ser más distinta de su "realidad cotidiana y castrante": pues el azogue le devuelve una imagen, que bastante borrosa primero, se va concretando en la de "una adolescente, de cara angelical, melena castaña clara en el límite del rubio, cuerpo bien moldeado, e innegable encanto e inocencia"...



De ahí su diagnóstico, a partir de la segunda sesión: "Demostrando una vez la validez de las teorías del Gran Sigmund Freud, el paciente presenta una indudable desviación sexual, con una variante pedofílica, que le lleva a excitarse con las adolescentes del instituto... Por ello, se le va a administrar de manera solapada una pequeña dosis de inhibidores de los receptores testosterónicos del hipotálamo, además de un derivado del Prozaquis, para mantenerlo tranquilo."



Buen tratamiento, sí señor: ¿para qué escucharle, si todo está tan claro en los libros? ¿Y para qué preocuparse, cuando el paciente, recordemos, contable, regordete y bajito, empezó con el tiempo a escuchar voces en el espejo de su baño, y en el de su habitación? ¿Tenía algún sentido, dejarle describir mejor a su "alter ego", a su "fijación obsesiva por las adolescentes rubias? ¿O prestar atención a sus comentarios, sobre las "malas ideas"?



No, por supuesto que no... Sobre todo, porque al tratarse de un caso típico, no hacía ninguna falta... Pues con su dilatada experiencia, era "claro y evidente" que al final, su "superior conocimiento de la técnica" se impondría sobre los presuntos delirios de su paciente, merced a una sabia combinación de psicofármacos, psicotrópicos, inhibidores de la líbido y una fuerte dosis de hormonas de manatí hembra, sumamente difíciles de conseguir, pero tremendamente rentables (sobre todo teniendo en cuenta que en realidad, son filetes de pechuga de pollo triturados y encapsulados...).



Es una lástima, querido doctor Gámez, que usted no me haya escuchado antes... Pues lo que mi "alter ego" me decía desde el espejo era: MATA... Al principio, de forma genérica: a tu jefe, a tu compañero de trabajo, a tu madre (el famoso "síndrome Bates", ¿no es cierto?)... Pero con el paso de las semanas, Natalia, mi otro yo, el más salvaje, solamente repetía un par de frases. "Dejame salir" y "Dejame matarle"...



Por eso, esta tarde, le he aplicado el táser en cuanto hemos entrado en su consulta... lo he trasladado amorosamente hasta su viejo diván... lo he sujetado a las cuatro patas con esos utilisimos grilletes de lazo de un solo uso... y le he metido sus propios calcetines en la boca... ¡Qué vergüenza, una eminencia como usted, con esos tremendos tomates! Eso por no hablar del lamentable estado de sus calzoncillos, con las oportunas manchas delante y detrás, seguro que para no confundirse al ponérselos de nuevo... Pero no se preocupe, doctor... Que he dejado salir a mi parte femenina, a Natalia... Por eso me he puesto esta bata de carnicero... he sacado de la bolsa el camping gaz portátil, y la sartén, un poco de sal, y un poco de pimienta... Y, por supuesto, la peluca rubio ceniza, para completar el fenómeno disociativo...



¿Mira usted el cuchillo con ojos aterrados, doctor Gámez? Hace usted bien... Pues todavía no conoce un pequeño, pequeñísimo pero interesante detalle sobre Natalia... Es una zorrita caníbal... y siempre le gusta empezar por las criadillas... al ajillo... Pero no se preocupe usted, doctor, que al final, cuando haya terminado de saciar mi apetito con una serie de selectos trozos de su cuerpo, ya lo tengo todo dispuesto para rociarlo todo, pero sobre todo su diván, y su cuerpo, mutilado pero vivo, con un par de litros de gasolina...



Morirá usted al pie del cañón, doctor Gámez... Y nadie sabrá lo realmente patético que es en su vida privada, ni en la profesional...



Pero, como ya le dije antes... Tengo mucha hambre...


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