
"¡Cállate, me dices, que nos van a oír!" Pero yo no presto atención a tus palabras, estoy demasiado pendiente de tus labios, de tu mano enguantada de tul y encaje negro, y cuando te llevas el dedo a los labios, para reforzar tu petición con aquél gesto tan peculiar, tan tuyo, y vislumbro tus blancos dientes y la punta de tu lengua juguetona, pierdo el control... bueno, un poco más si cabe...
"¿Quién nos va a oír? ¿Acaso no recuerdas dónde estamos?" Y en aquél momento, parece que tus ojos se enfocan un poco, combatiendo tal vez los efectos del mezcal que has comprado en la cantina, y que llevamos un buen rato bebiendo a pequeños sorbos... Aquí estamos, tumbados sobre una gruesa manta, un par de colchonetas, con la botella de mezcal, algunas patatas fritas, y por supuesto, velas, decenas de velas, que titilan en el frío aire de la noche, sobre las tumbas, sobre las lápidas, en la cabeza de algún ángel de granito, y en los brazos de varias cruces... Te has empeñado en acampar aquella noche en el cementerio viejo de tu pueblo, que casi nunca es visitado, pues la lápida más reciente es de 1903...Y como yo no sé decirte que no, y de todas formas es un lugar tan bueno como cualquier otro para echar un polvo, bueno, tú siempre prefieres que hagamos el amor...
"¿Cuánto tiempo llevamos saliendo?", me preguntas, mientras mordisqueo el lóbulo de tu oreja... Me gustaría saber cómo se te ocurre hacerme este tipo de preguntas, cuando el ambiente es perfecto, las velas iluminan suavemente el contorno de las tumbas, y resaltan mucho más la palidez de tu piel... Por un momento, pierdo el hilo, al intuir la curva de tus senos, a través del encaje negro, pero enseguida recuerdo: "Me parece que hoy se cumplen seis semanas y seis días, bueno, y algunas horas desde que nos conocimos a la sombra de la catedral... ¿A qué se debe tanto interés?" "Cosas mías, me respondes"... mientras te acercas a mí, ronroneando como una gata salvaje... En ese momento, y en vez de la natural excitación por tus movimientos felinos, por unos segundos tengo miedo, pues descubro una extraña luz rojiza en tus ojos... y que un murmullo en el viento se convierte en voz, y me dice: "Si yo fuera usted, caballero, me iría rápidamente de aquí..."
Sobresaltado, te pregunto si has escuchado algo... mas tú no respondes... y te sigues acercando a mí... Todo parece indicar que será esta noche, que por fin estás dispuesta a olvidarte de tus prejuicios, de tus ideas, y a concederme lo que tanto deseo... Instintivamente, compruebo si tengo preservativos en la cartera... Mas en ese preciso momento, estoy demasiado ocupado, pues has empezado a arañar mis vaqueros desde abajo, es increíble lo mucho que te han crecido las uñas... Lentamente, vas reptando sobre mis piernas, hasta que tus manos alcanzan la bragueta, tus dedos abren la cremallera, y luego, juguetean conmigo, excitándome cada vez más... Por segunda vez, escucho aquella voz fría, "Si yo fuera usted, caballero, me iría rápidamente de aquí", y me parece vislumbrar una especie de caballero inglés, con monóculo y todo, paseando entre las tumbas... Pero no le hago caso, estoy demasiado pendiente de tu lengua juguetona... y del resto de tu cuerpo...
Tus uñas me desgarran la camisa, y mis manos deshacen los lazos de tu corpiño, y tus senos, maduros, rebosan dulcemente... Empiezas a cabalgarme directamente, se conoce que no llevas ropa interior, y de un zarpazo, me arañas la mejilla derecha, la sangre rezuma de la herida abierta... Consigo quitarte todo el vestido por la cabeza... Tu cuerpo brilla, de alabastro, a la luz de las velas... Y por fin alcanzas un largo, largísimo y ruidoso orgasmo, durante el cual tus garras desgarran mi pecho... Noto algo raro en ti... Tu cuerpo se va estirando, cambiando, estoy haciendo el amor con una inmensa pantera negra... y no puedo moverme bajo tu descomunal peso...
De repente, me dices: "Lo siento, cariño... llevamos saliendo seis semanas, seis días y seis horas... Durante todo ese tiempo, he estado controlando estrictamente lo que comías, cuánto dormías, has dejado de fumar, de beber... Qué menos, que conseguir que tu última acción en esta miserable vida sea dejarme preñada... y después servir de alimento a mis fierecillas..." Después de decir esto, te agachas sobre mí, con tu fétido aliento de fiera, y agarrándome por el brazo izquierdo, me arrastras hacia la puerta de un destartalado panteón... El último sonido que escucho es la voz del inglés, con su monóculo y su taza de té: "Lo lamento, caballero... intenté avisarle de las intenciones de la mujer pantera, y de su relación con el número de la Bestia... pero usted no me hizo caso..."
Bueno, realmente, el último sonido que escuché, fue el de mi pecho al reventar por un zarpazo, y el de sus mandíbulas al abrirse, cuando ella comenzó a alimentarse... con mi carne y con mi sangre...
"¿Quién nos va a oír? ¿Acaso no recuerdas dónde estamos?" Y en aquél momento, parece que tus ojos se enfocan un poco, combatiendo tal vez los efectos del mezcal que has comprado en la cantina, y que llevamos un buen rato bebiendo a pequeños sorbos... Aquí estamos, tumbados sobre una gruesa manta, un par de colchonetas, con la botella de mezcal, algunas patatas fritas, y por supuesto, velas, decenas de velas, que titilan en el frío aire de la noche, sobre las tumbas, sobre las lápidas, en la cabeza de algún ángel de granito, y en los brazos de varias cruces... Te has empeñado en acampar aquella noche en el cementerio viejo de tu pueblo, que casi nunca es visitado, pues la lápida más reciente es de 1903...Y como yo no sé decirte que no, y de todas formas es un lugar tan bueno como cualquier otro para echar un polvo, bueno, tú siempre prefieres que hagamos el amor...
"¿Cuánto tiempo llevamos saliendo?", me preguntas, mientras mordisqueo el lóbulo de tu oreja... Me gustaría saber cómo se te ocurre hacerme este tipo de preguntas, cuando el ambiente es perfecto, las velas iluminan suavemente el contorno de las tumbas, y resaltan mucho más la palidez de tu piel... Por un momento, pierdo el hilo, al intuir la curva de tus senos, a través del encaje negro, pero enseguida recuerdo: "Me parece que hoy se cumplen seis semanas y seis días, bueno, y algunas horas desde que nos conocimos a la sombra de la catedral... ¿A qué se debe tanto interés?" "Cosas mías, me respondes"... mientras te acercas a mí, ronroneando como una gata salvaje... En ese momento, y en vez de la natural excitación por tus movimientos felinos, por unos segundos tengo miedo, pues descubro una extraña luz rojiza en tus ojos... y que un murmullo en el viento se convierte en voz, y me dice: "Si yo fuera usted, caballero, me iría rápidamente de aquí..."
Sobresaltado, te pregunto si has escuchado algo... mas tú no respondes... y te sigues acercando a mí... Todo parece indicar que será esta noche, que por fin estás dispuesta a olvidarte de tus prejuicios, de tus ideas, y a concederme lo que tanto deseo... Instintivamente, compruebo si tengo preservativos en la cartera... Mas en ese preciso momento, estoy demasiado ocupado, pues has empezado a arañar mis vaqueros desde abajo, es increíble lo mucho que te han crecido las uñas... Lentamente, vas reptando sobre mis piernas, hasta que tus manos alcanzan la bragueta, tus dedos abren la cremallera, y luego, juguetean conmigo, excitándome cada vez más... Por segunda vez, escucho aquella voz fría, "Si yo fuera usted, caballero, me iría rápidamente de aquí", y me parece vislumbrar una especie de caballero inglés, con monóculo y todo, paseando entre las tumbas... Pero no le hago caso, estoy demasiado pendiente de tu lengua juguetona... y del resto de tu cuerpo...
Tus uñas me desgarran la camisa, y mis manos deshacen los lazos de tu corpiño, y tus senos, maduros, rebosan dulcemente... Empiezas a cabalgarme directamente, se conoce que no llevas ropa interior, y de un zarpazo, me arañas la mejilla derecha, la sangre rezuma de la herida abierta... Consigo quitarte todo el vestido por la cabeza... Tu cuerpo brilla, de alabastro, a la luz de las velas... Y por fin alcanzas un largo, largísimo y ruidoso orgasmo, durante el cual tus garras desgarran mi pecho... Noto algo raro en ti... Tu cuerpo se va estirando, cambiando, estoy haciendo el amor con una inmensa pantera negra... y no puedo moverme bajo tu descomunal peso...
De repente, me dices: "Lo siento, cariño... llevamos saliendo seis semanas, seis días y seis horas... Durante todo ese tiempo, he estado controlando estrictamente lo que comías, cuánto dormías, has dejado de fumar, de beber... Qué menos, que conseguir que tu última acción en esta miserable vida sea dejarme preñada... y después servir de alimento a mis fierecillas..." Después de decir esto, te agachas sobre mí, con tu fétido aliento de fiera, y agarrándome por el brazo izquierdo, me arrastras hacia la puerta de un destartalado panteón... El último sonido que escucho es la voz del inglés, con su monóculo y su taza de té: "Lo lamento, caballero... intenté avisarle de las intenciones de la mujer pantera, y de su relación con el número de la Bestia... pero usted no me hizo caso..."
Bueno, realmente, el último sonido que escuché, fue el de mi pecho al reventar por un zarpazo, y el de sus mandíbulas al abrirse, cuando ella comenzó a alimentarse... con mi carne y con mi sangre...
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