
Busco tu recuerdo entre las sombras de un aciago atardecer de invierno, y tan solo recuerdo tu perfume, tu olor a Nenuco... y a canela...
Lo que empezó siendo el típico "favor a la hermana pequeña de un amigo que quiere hacerse un book pero no tiene dinero... y como tú haces buenas fotos", se convierte en una experiencia que puede marcar tu vida entera... y un poco más...
Sí, por supuesto, fue una tarde entera, en el Parque Del Retiro, haciendo más de doscientas fotos, para escoger finalmente unas treinta... Pero la mayor sorpresa fue el conocerla... Elisa... Una hermosa muñequita rubia, menuda, exquisitamente formada, con unos increíbles ojos verde esmeralda, labios escasamente perfilados... y los dientes más blancos que he visto en toda mi vida... Eso por no mencionar sus piernas, perfectas... Realmente, con su sonrisa, iluminaba el mundo... Y todo colaboraba incluso el otoño, con los ocres y los rojos de la naturaleza, todo el entorno se había puesto de acuerdo para que Elisa estuviera radiante...
Siempre tan previsora, y dispuesta a aprovechar lo más posible aquellas horas, se había traído una maleta entera llena de ropa, para poder escoger la que más le favoreciera: el banco sobre el que la abrimos terminó pareciendo un mercadillo de ropa de segunda mano... Afortunadamente, estaba abierta una de las cafeterías junto al parque, y fueron tan majos que incluso nos guardaron la maleta detrás de la barra... Vale, no fue solo una cuestión de "ser majos", sino de los 50 euros que les ofrecí por el "favor", aunque de todas formas creo que aumentaron mucho las consumiciones... solamente por ver a Elisa...
Ella tenía un gusto increíble, un ojo para los complementos, para las texturas, para aquello que "le quedaba bien", que simplemente fue cuestión de escoger los diversos sitios, y hacer las fotos... y poco más... Recuerdo perfectamente cada modelo, aunque por supuesto tengo mis favoritos... Como aquél vestido de lino blanco, largo, con un fajín de color granate, sandalias de cuero, y un sombrero de paja, que realmente no se puso... Aquél primer plano de su torso y su cara, junto al lago, con el sol reflejándose en el agua... Otro modelo, con vaqueros, blusa de cuadros rojos y blancos entreabierta, y botas de cow-boy, apoyada contra una da las farolas... O con la falda ibicenca en azules y turquesas, y la parte superior del bikini negro... Elisa iba escogiendo cada uno de los estilos, y en cierto modo, todos los parroquianos se quedaban en suspenso cada vez que ella entraba al servicio a cambiarse... Fueron siete conjuntos, de muchos estilos... Pero el último, el que generó incluso una pequeña ovación, fue el vestido de noche azúl petróleo, de cuello barco, adornado con una gargantilla de cristal de Swaroski y pendientes a juego... Como había poca luz en el exterior, Antonio, el encargado de la cafetería encendió sus propias farolas, y aprovechando que había un poco de niebla, aquella última foto de Elisa quedó realmente espectacular...
Después de darle las gracias efusivamente por toda la ayuda prestada y deslizarle otro billete de 50 en la mano, Elisa y yo recogimos toda la ropa, la guardamos en la maleta, y ya con el sol menguante, y con su ropa de calle (vaqueros, jersey de cuello vuelto negro, chupa de cuero, y el pelo suelto), le hice una última foto de perfil, un contraluz tan forzado que solo se ve el negro, y que ilustra estas líneas... Me dió un fuerte abrazo, pegándose tan completamente a mí, que mi única intención era mimarla, protegerla, que mis casi cuarenta ños le sirvieran de refugio en sus dieciocho recién cumplidos... Quedamos en vernos cinco días después, en mi casa...
Pero nunca acudió... Y yo me olvidé temporalmente de las fotos, pues de todas formas ya tenía bastante con mi propio trabajo, como para andar preocupándome por una "muñequita linda, de cabellos de oro..." ¡Qué equivocado estaba!
Me enteré de lo sucedido una semana más tarde... Mientras se dirigía al acceso del metro de Retiro, ya en el subterráneo, uno de los presuntos "humanos" que se refugian del frío y de la lluvia en aquella zona se encaprichó de la maleta y de su contenido ("paa mi mujé", explicaría más tarde a la Policía... cuando ni siquiera estaba casado, ni tenía pareja)... Y no se le ocurrió mejor manera de conseguirlo que levantarse detrás de Elisa y, sin pronunciar una sola palabra, sujetarle la barbilla hacia arriba, y rebanarle el cuello con una antigua navaja de barbero... Y ella se quedó tendida en el suelo, en medio de un oscuro charco de sangre que iba creciendo rápidamente (le cortó la carótida y la femoral), y en poco más de tres minutos, lo que tardaron en llegar los vigilantes del metro y en llamar al 112, ella murió, rodeada por un pequeño grupo de curiosos que no sabía qué hacer... Y su asesino seguía allí, tranquilamente, acunando la maleta de Elisa, como si fuera el mayor trofeo... No se resistió al arresto, según me contaron Juan era el producto de la política de vaciar los centros psiquiátricos de los años 90, y consideraron que era apto para ser reinsertado en sociedad... a pesar de estar diagnosticado con esquizofrenia paranoide con picos de intensa agresividad... le condenaron a treinta años por el asesinato de Elisa...
En cuanto me enteré de la historia, recordé las fotos, que no había visto desde la sesión de aquella tarde, pensando en seleccionar las mejores, para entregarselas a mi amigo... Encendí el ordenador y cargué las tarjetas de memoria de las cámaras, esperando que el sistema de reconocimiento y de compensación automática de la luz sería suficiente para darle aquél tono de blanco y negro tradicional que yo deseaba obtener... Pero, cuando llevaba vistas una treintena, comprendí que, al menos esas fotos, no se las podría entregar a mi amigo... Pues en el cuello de Elisa aparecía una extraña gargantilla de color negro, que iba creciendo lentamente de foto en foto, a medida que avanzaba la tarde... Bastante asustado, pero sobre todo para descartar una sospecha que mi mente racional no podía, no quería, admitir, reconvertí las fotos a su color habitual...
La gargantilla no era negra, sino roja... Y casaba exactamente con el corte que el mendigo esquizofrénico (Juan) le había causado a Elisa con su navaja de barbero... Y a medida que iba avanzando la tarde, al aproximarse la hora de la muerte, la sangre iba resbalando desde su cuello, impregnando su ropa, foto a foto....
No sé, tal vez si yo hubiera mirado antes las fotos, por ejemplo en uno de mis ataques de perfeccionismo, aunque fuera en el visor digital de mi cámara, podría haber sospechado algo... O también podría haberla acompañado al metro... O llevarla a su casa con mi moto, no sé, cualquier cosa... Pero no hice nada... No podía hacer nada... He intentado, con la ayuda de varios amigos informáticos, retocar aquellas fotos que me gustan más, aunque sea una de cada pase, pero no es posible.... La gargantilla sangrienta sale en todas ellas...
Seguro que si miras de cerca la foto, si te esfuerzas lo suficiente, podrás ver el corte en el cuello de Elisa, y la sangre derramándose lentamente... Porque aquella fue la última foto de la tarde... Unos minutos antes de su muerte...
Lo que empezó siendo el típico "favor a la hermana pequeña de un amigo que quiere hacerse un book pero no tiene dinero... y como tú haces buenas fotos", se convierte en una experiencia que puede marcar tu vida entera... y un poco más...
Sí, por supuesto, fue una tarde entera, en el Parque Del Retiro, haciendo más de doscientas fotos, para escoger finalmente unas treinta... Pero la mayor sorpresa fue el conocerla... Elisa... Una hermosa muñequita rubia, menuda, exquisitamente formada, con unos increíbles ojos verde esmeralda, labios escasamente perfilados... y los dientes más blancos que he visto en toda mi vida... Eso por no mencionar sus piernas, perfectas... Realmente, con su sonrisa, iluminaba el mundo... Y todo colaboraba incluso el otoño, con los ocres y los rojos de la naturaleza, todo el entorno se había puesto de acuerdo para que Elisa estuviera radiante...
Siempre tan previsora, y dispuesta a aprovechar lo más posible aquellas horas, se había traído una maleta entera llena de ropa, para poder escoger la que más le favoreciera: el banco sobre el que la abrimos terminó pareciendo un mercadillo de ropa de segunda mano... Afortunadamente, estaba abierta una de las cafeterías junto al parque, y fueron tan majos que incluso nos guardaron la maleta detrás de la barra... Vale, no fue solo una cuestión de "ser majos", sino de los 50 euros que les ofrecí por el "favor", aunque de todas formas creo que aumentaron mucho las consumiciones... solamente por ver a Elisa...
Ella tenía un gusto increíble, un ojo para los complementos, para las texturas, para aquello que "le quedaba bien", que simplemente fue cuestión de escoger los diversos sitios, y hacer las fotos... y poco más... Recuerdo perfectamente cada modelo, aunque por supuesto tengo mis favoritos... Como aquél vestido de lino blanco, largo, con un fajín de color granate, sandalias de cuero, y un sombrero de paja, que realmente no se puso... Aquél primer plano de su torso y su cara, junto al lago, con el sol reflejándose en el agua... Otro modelo, con vaqueros, blusa de cuadros rojos y blancos entreabierta, y botas de cow-boy, apoyada contra una da las farolas... O con la falda ibicenca en azules y turquesas, y la parte superior del bikini negro... Elisa iba escogiendo cada uno de los estilos, y en cierto modo, todos los parroquianos se quedaban en suspenso cada vez que ella entraba al servicio a cambiarse... Fueron siete conjuntos, de muchos estilos... Pero el último, el que generó incluso una pequeña ovación, fue el vestido de noche azúl petróleo, de cuello barco, adornado con una gargantilla de cristal de Swaroski y pendientes a juego... Como había poca luz en el exterior, Antonio, el encargado de la cafetería encendió sus propias farolas, y aprovechando que había un poco de niebla, aquella última foto de Elisa quedó realmente espectacular...
Después de darle las gracias efusivamente por toda la ayuda prestada y deslizarle otro billete de 50 en la mano, Elisa y yo recogimos toda la ropa, la guardamos en la maleta, y ya con el sol menguante, y con su ropa de calle (vaqueros, jersey de cuello vuelto negro, chupa de cuero, y el pelo suelto), le hice una última foto de perfil, un contraluz tan forzado que solo se ve el negro, y que ilustra estas líneas... Me dió un fuerte abrazo, pegándose tan completamente a mí, que mi única intención era mimarla, protegerla, que mis casi cuarenta ños le sirvieran de refugio en sus dieciocho recién cumplidos... Quedamos en vernos cinco días después, en mi casa...
Pero nunca acudió... Y yo me olvidé temporalmente de las fotos, pues de todas formas ya tenía bastante con mi propio trabajo, como para andar preocupándome por una "muñequita linda, de cabellos de oro..." ¡Qué equivocado estaba!
Me enteré de lo sucedido una semana más tarde... Mientras se dirigía al acceso del metro de Retiro, ya en el subterráneo, uno de los presuntos "humanos" que se refugian del frío y de la lluvia en aquella zona se encaprichó de la maleta y de su contenido ("paa mi mujé", explicaría más tarde a la Policía... cuando ni siquiera estaba casado, ni tenía pareja)... Y no se le ocurrió mejor manera de conseguirlo que levantarse detrás de Elisa y, sin pronunciar una sola palabra, sujetarle la barbilla hacia arriba, y rebanarle el cuello con una antigua navaja de barbero... Y ella se quedó tendida en el suelo, en medio de un oscuro charco de sangre que iba creciendo rápidamente (le cortó la carótida y la femoral), y en poco más de tres minutos, lo que tardaron en llegar los vigilantes del metro y en llamar al 112, ella murió, rodeada por un pequeño grupo de curiosos que no sabía qué hacer... Y su asesino seguía allí, tranquilamente, acunando la maleta de Elisa, como si fuera el mayor trofeo... No se resistió al arresto, según me contaron Juan era el producto de la política de vaciar los centros psiquiátricos de los años 90, y consideraron que era apto para ser reinsertado en sociedad... a pesar de estar diagnosticado con esquizofrenia paranoide con picos de intensa agresividad... le condenaron a treinta años por el asesinato de Elisa...
En cuanto me enteré de la historia, recordé las fotos, que no había visto desde la sesión de aquella tarde, pensando en seleccionar las mejores, para entregarselas a mi amigo... Encendí el ordenador y cargué las tarjetas de memoria de las cámaras, esperando que el sistema de reconocimiento y de compensación automática de la luz sería suficiente para darle aquél tono de blanco y negro tradicional que yo deseaba obtener... Pero, cuando llevaba vistas una treintena, comprendí que, al menos esas fotos, no se las podría entregar a mi amigo... Pues en el cuello de Elisa aparecía una extraña gargantilla de color negro, que iba creciendo lentamente de foto en foto, a medida que avanzaba la tarde... Bastante asustado, pero sobre todo para descartar una sospecha que mi mente racional no podía, no quería, admitir, reconvertí las fotos a su color habitual...
La gargantilla no era negra, sino roja... Y casaba exactamente con el corte que el mendigo esquizofrénico (Juan) le había causado a Elisa con su navaja de barbero... Y a medida que iba avanzando la tarde, al aproximarse la hora de la muerte, la sangre iba resbalando desde su cuello, impregnando su ropa, foto a foto....
No sé, tal vez si yo hubiera mirado antes las fotos, por ejemplo en uno de mis ataques de perfeccionismo, aunque fuera en el visor digital de mi cámara, podría haber sospechado algo... O también podría haberla acompañado al metro... O llevarla a su casa con mi moto, no sé, cualquier cosa... Pero no hice nada... No podía hacer nada... He intentado, con la ayuda de varios amigos informáticos, retocar aquellas fotos que me gustan más, aunque sea una de cada pase, pero no es posible.... La gargantilla sangrienta sale en todas ellas...
Seguro que si miras de cerca la foto, si te esfuerzas lo suficiente, podrás ver el corte en el cuello de Elisa, y la sangre derramándose lentamente... Porque aquella fue la última foto de la tarde... Unos minutos antes de su muerte...
No hay comentarios:
Publicar un comentario