martes, 23 de marzo de 2010

EL BANQUETE DE VILLA MISTERIOS


Era un cálido día del mes de junio, cuando ella me robó el corazón... literalmente...



Todo iba bien, la típica boda de "gente bien", todos felices, todos haciendo ostentación de sus enormes egos y de sus abultadas carteras, de grandes coches y operadísimas esposas, todas ellos, patéticos intentos de burlar a la muerte, y a su mensajero, el tiempo...




Y yo estaba allí, invitado circunstancial por parte de los amigos de la novia, a quienes no conocía, intentando pasar desapercibido entre tantos, pero sin pertenecer a ningún grupo, ni a nadie...




Pensando una vez más como era posible que, odiando tantísimo las bodas, hubiera picado otra vez, por la promesa de algo de compañía, algo de comida, y tal vez, conseguir que se valorase algo más mi trabajo....




Sí, muchas veces me llegaban invitaciones para este tipo de eventos erótico-festivos, pues se había corrido la voz entre los amigos de mi pericia a la hora de hacer las fotos, y de las tarifas económicas... Pero ya empezaba a cansarme de trabajar para la BBC (ya sabes, bodas, bautizos y comuniones)... sobre todo porque la mayor parte de las veces, con lo que me pagaban, a duras penas conseguía pagar los costes de materiales, revelado y copias... y además, en el álbum de la pareja siempre incluyo los negativos...




Por eso, con la ración de fotos tradicionales ampliamente cubierta, intentando sacar agraciada a la novia, lo que en este caso ha sido muy fácil, y disimular un poco la barriga del novio, ha tenido que dejar de respirar y meter la tripa para dentro en cada foto, mas de todas formas, ha valido la pena... Ya hemos pasado también el trámite de las imágenes para el recuerdo en la capilla, firmando el libro parroquial, las decenas de fotos con los amigos de una y del otro, peleándome con el fotógrafo de la iglesia (un vejete casi paralítico) y de la empresa de catering (el típico paparazzi con aires de grandeza, que ni se molestaba en enfocar)... y a quien no le importaba nada más que el dinero que iba a cobrar, en negro, por las presuntas copias y ampliaciones...


Tras el suplicio de todas las fotos de grupo, nos fuimos al caserón, Villa Misterios, en mitad de un coto de caza, donde se celebraba el convite... Granja reformada al estilo antiguo y con ínfulas de grandeza, se accedía a ella a través de una estrecha carretera, flanqueada por olivos centenarios... Sorprendentemente, se podía aparcar sin problemas, y los novios llegaron solamente una hora después que el resto de los invitados al convite, que empezó sobre las dos de la tarde... y terminaría pasadas las tres de la mañana... En medio de todo el gentío, que una vez más estaba demasiado interesado en fotografiarse con los recién casados, vislumbré a una chica, con un vestido blanco, como de otra época, de encaje, guantes también blancos, y una estola negra, que ejercía un marcado contraste con la ropa y el rostro... No sé porqué me fijé en ella... tal vez, por su expresión de desamparo, cada vez que miraba a los esposos... o por sus sollozos, que solamente contenía con el flash de cada foto...


Una vez terminada la sesión, la busqué con la mirada por la gran sala donde en breve se celebraría el banquete, pero al no poder encontrarla, me olvidé de ella... Y cuando trajeron el primer plato, una excelente rueda de embutidos ibéricos, un par de quesos de gran calidad, y las inevitables botellas de vino (Ribera del Duero, creo recordar), aquella misteriosa mujer, adolescente más bien, que lloraba en las fotos, dejó de interesarme, al menos por unas horas... Serían las seis de la tarde cuando, con el mono de nicotina, y algo achispado por las libaciones en homenaje a los esposos, pensé que sería una buena idea dar un paseo por los jardines de la finca, y conocer el pequeño laberinto del que tanto me habían hablado...


Y fue allí, precisamente, en el corazón del laberinto, donde la encontré a ella... Estaba sentada en el suelo, apoyada en un banco de piedra, con los brazos rodeando sus rodillas, y una serie de profundos, desgarradores, sollozos, transmitían más tristeza de la que podía contener su pequeño cuerpo... Como casi todos los hombres, no sé qué hacer cuando una mujer se pone a llorar, pero no se me ocurrió nada mejor que arrodillarme a su lado, y poner mis manos sobre la suya... ¡Ojalá no lo hubiera hecho nunca!


Pues al levantar la cabeza, me encontré mirando fijamente unos inmensos ojos negros, tan dilatados, que parecía no tener pupilas, y en el fondo de ellos, vislumbré los reflejos acerados de la más profunda tristeza, de la más honda desesperación...

"Has visto mi cara, mis lágrimas, mis manos, mi cuerpo... Has escuchado mi llanto... ¿Acaso no existo para nadie más? ¿Qué me pasa?", me pregunta, con aquellos ojos irreales clavados en mí...

"No sé, le respondo... Te he visto mientras hacía las fotos, y me has llamado la atención... pero ahora mismo, no puedo decirte exactamente por qué..."

"¿Acaso no soy bonita? ¿No soy hermosa? ¿No me queda bien el vestido?... Entonces... ¿por qué nadie me responde, cuando les hablo?", me pregunta, separando un poco los brazos del cuerpo... Y entonces, al ver las cicatrices de sus muñecas, los rastros de sangre en el vestido, empiezo a comprender lo que le ha pasado... Y recuerdo una vieja historia, que me contaron los novios, sobre el caserón, y la novia traicionada...

"Hace muchos años, a finales del siglo XIX, se celebró en este caserón una boda de relumbrón, entre el típico señorito madrileño, bastante tarambana, y una costurera, de la que se encaprichó una tarde en que fue a terminar el vestido de chulapa de su hermana... Laura, se llamaba la costurera... y Juan, el señorito... Cansado de tanto andar zascandileando como un picaflor, y harto de tanta señorita remilgada, el señorito se encaprichó de la costurera... y apremió a su hermana y a su madre para que le encargaran más trabajo, con tal de tenerla cerca de él... y empezar el cortejo, que por no deseado, era más bien un acoso en toda regla... Y Laura no podía permitirse el lujo de rechazar los encargos... Y cedió un poco a los apremiantes deseos de Juan: pasear de la mano por las Vistillas... tomar un chocolate con picatostes en algún café... y en cierta medida, y a pesar suyo, teminó enamorándose de él...

Pero Juan no quería amor... precisaba algo más que eso... y con tal de conseguirlo, urdió la gran farsa: montaría una boda, ofrecería a todos sus amigos un gran banquete a costa de sus padres, compartiría el tálamo nupcial con Laura... para después falsear el paño de pureza, y repudiarla a la mañana siguiente, convirtiéndola de aquella manera en una proscrita...

Y así sucedió... A la mañana siguiente, al ver su honra mancillada, al comprender que había sido cruelmente engañada por el hombre que afirmaba amarla, y sobre todo, al escuchar las tremendas carcajadas del felón, que se estaba permitiendo entre insulto y desprecio el meter mano a una de sus fulanas que hicieron de dama de honor... Laura se retiró al corazón de los jardines, y sobre el banco de piedra, con su vestido de bodas que ella misma cosió, y las zapatillas de baile negras que tanto le gustaban, se abrió las venas, pues no podía afrontar un engaño tan grande, el haber entregado su honra a un señorito imbécil y prepotente...

Y cuenta la historia que Laura sigue recorriendo el caserón, mucho tiempo después de la muerte de Juan, un estúpido accidente de caballo en el tercer aniversario de su "boda... Se dice que el noble bruto se asustó cuando una sombra blanca se interpuso en su camino... Y le susurró algo al oído... Y que desde entonces, el primer hijo varón de aquella familia, morirá siempre en extrañas circunstancias, en el tercer aniversario de su boda... Aunque en algunas ocasiones puede adelantarse... O simplemente, ocurrirle alguna desgracia mortal, si alcanza los 34 años, y todavía no se ha casado... Aunque no se conocen consecuencias si la familia solo tiene hijas, pues la maldición recaerá sobre el primer varón que nazca, sin importar el tiempo transcurrido... Por eso, siempre hay que tener mucho cuidado... Si ves a Laura... en un banquete de bodas... que se celebre en este caserón... ¿Aunque tú no tendrás miedo, verdad, Álvaro?"...


Sí.. entonces comprendí lo que estaba sucediendo... Por qué mi bisabuelo había muerto tan joven... y mi bisabuela siempre decía que "Es una suerte nacer mujer en esta familia"... Y comprendí también que mi abuelo tuviera aquél extraño accidente al bajar del Metro... Y mi padre, se mató en la ducha meses después de aquella fecha... Y en aquél momento, Laura levantó las manos, y las posó sobre las mías, mientras que con voz meliflua y melodiosa, me decía: "Es tu turno..."


Y supongo que ahora es mi turno... Por eso, intentaré que alguien me lleve a casa... y me aseguraré de aprovechar las últimas horas que me quedan antes de cumplir los 34 en revelar las fotos... para buscar aquella imagen maldita... y escribir esta historia, para prevenir a los demás varones de mi familia... y a mis hermanas... para que tengan mucho cuidado... con el fantasma de Laura... y su eterna e inmisericorde sed de venganza...


No hay comentarios:

Publicar un comentario