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miércoles, 14 de noviembre de 2018

MANJAR DE DIOSES


Siempre nos dicen desde pequeños que tengamos cuidado con los hombres y las mujeres de Dios. Que nos apartemos de las calles amplias y luminosas; de las grandes avenidas bajo la luz del sol, y por supuesto de las iglesias y conventos. Porque todos aquellos sitios pertenecen a los Hijos de la Luz. Y nosotros somos los Hijos de la Oscuridad.

Nacemos como el resto de los humanos, de madre mortal, y padre demoniaco, hay un íncubo familiar que lleva muchos siglos rondando a nuestro linaje, dicen los ancestros que más de quinientos años, aunque para nosotros esa misma división del tiempo es tan absurda como hablar del bien y del mal.

Nosotros somos el mal, siempre lo hemos sido. Una mezcla de las peores pesadillas de los seres humanos, mitad vampiros, mitad hombres lobo, pero con ese pequeño toque demoniaco que nos hace tan especiales. Tan únicos.

Casi tanto como nuestra forma de alimentarnos.

No existe una escuela que te enseñe a convertirte en asesino, a actuar entre las sombras, es más bien una especie de instinto atávico. No hay amor que valga, ni siquiera el maternal, puesto que nacemos matando. Devoramos a nuestra madre humana desde dentro, en lo que parece ser un dramático accidente, desgarrando las paredes uterinas cuando se cumplen los nueve meses de rigor. Y durante todo ese tiempo, actuamos como si fuéramos un bebé humano normal, en las ecografías y demás pruebas tenemos el perfecto e inofensivo aspecto que se podría esperar: una cabeza, un tronco, dos brazos y dos piernas, dos manos y dos pies, veinte dedos proporcionados.

Nuestro Padre es caprichoso, le encanta copular con hembras de buena familia y posición, casadas por la Iglesia Romana, y a ser posible madres primerizas, porque así nos tratarán con mayor cuidado durante todo el embarazo. Y siempre acierta: espera entre las sombras mientras nuestros padres humanos por fin se deciden a concebir a aquél hijo del que tanto tiempo han hablado, se asegura de que se ha producido la fecundación del óvulo, y copula con la mujer, reemplazando el ADN del marido por el suyo. ¿El resultado? Un eslabón más de una larga estirpe de medios demonios. La mezcla perfecta.

Desde el mismo momento de la concepción se pone en marcha una maquinaria perfectamente engrasada, en este caso un grupo de Adoradores, que se infiltran en el entorno de la futura madre, ya sean vecinos, médicos, o la misma comadrona. Su función es asegurarse de que ingiera cierto tipo de alimentos, en apariencia inocuos (como el cardamomo, el jengibre o la remolacha), pero que ayudan a completar la receta perfecta para nuestra existencia; y por supuesto estar lo más cerca posible en el momento del parto, convencerla de que se dirija a una de nuestras clínicas, diseminadas por todo el territorio nacional, o a que tengan el bebé en casa, con una de nuestras comadronas.

Nacemos matando en silencio. Y de esa forma nos apropiamos de la fuerza vital de quien nos da la vida. Es inevitable. La comadrona, o los propios médicos de la clínica, se encargan de poner en los brazos del desolado padre y reciente viudo, el cadáver de otro recién nacido. 

Doble tragedia.

Durante los primeros nueve meses, somos vulnerables, pero gracias a nuestro Padre y a sus secuaces, tenemos quien nos cuide. Y sobre todo nos alimente, con la mezcla perfecta de leche de cabra y sangre humana. Nuestro desarrollo se acelera desde que cumplimos el primer año de vida, y por eso vivimos en pequeñas comunidades, casi siempre en grupos de cinco o diez “niños” (por llamarnos de alguna manera), a cargo de un grupo de Adoradores, que ansían nuestros poderes, pero que nunca serán nuestros iguales.

Y nos enseñan, a partir del segundo año de vida, todas aquellas cosas que nos ayudarán a seguir con vida. Idiomas. Matemáticas. Ciencias. Artes marciales. Otras cosas para ayudarnos a camuflarnos entre los humanos, nuestras presas. Y sobre todo, cómo alimentarnos con discreción. Dónde y cuándo cazar.

A los seis años, aunque nuestro aspecto es el de seres humanos en la veintena, se interrumpe nuestro desarrollo, y nos quedamos para siempre con esa apariencia. Y seis meses más tarde, nos sueltan, solos o en parejas, en la Gran Ciudad, para nuestra primera Cacería. Es un gran momento, una solemne celebración, en la que participan los Adoradores que nos han cuidado desde nuestro nacimiento, y por supuesto nuestro Padre. Es entonces cuando nos explican las Grandes Reglas, los lugares sagrados en los que no podemos cazar, el tipo de personas que pueden convertirse en nuestro alimento, y cuales nos están vedadas (básicamente, curas y  monjas).

Pero yo he roto las Grandes Reglas. He seguido a una monja de la orden de las Clarisas hasta el interior de su iglesia, y no me ha pasado nada. Me he metido en su celda del convento durante la noche, y no he sido castigado. La he engañado, con mi mirada, con mi aspecto casi angelical; he copulado con ella, comprobando que era virgen; y la he matado, desgarrando su cuello con mis dientes afilados. Y no se han abierto las Puertas del Infierno para llevarme. El Cristo se ha quedado colgado encima del lecho de la monja, hasta que se lo he introducido en la vagina. A nadie, ni dios ni demonio, ha parecido importarle.

No me ha pasado nada.

¿Y si las Grandes Reglas, en el fondo, no sirven para nada? ¿Qué parte hay en ellas de Verdad, y qué parte de Mito? ¿Y si soy más poderoso que mi mismo Padre demoniaco?
No soy invulnerable, pero sí más fuerte, más rápido, más ágil, que cualquier ser humano normal. Soy un Hijo de la Oscuridad. Y no conozco mis límites. No acepto la tradición. Reclamo mi libertad. Y esta ciudad es, desde ahora, mi territorio de caza. Y los Hombres y las Mujeres de Dios, mi alimento preferido.

Un manjar de dioses, destinado a satisfacer al Hijo del Demonio.

Podéis llamarme Gabriel.