Siempre nos
dicen desde pequeños que tengamos cuidado con los hombres y las mujeres de Dios.
Que nos apartemos de las calles amplias y luminosas; de las grandes avenidas
bajo la luz del sol, y por supuesto de las iglesias y conventos. Porque todos
aquellos sitios pertenecen a los Hijos de la Luz. Y nosotros somos los Hijos de
la Oscuridad.
Nacemos
como el resto de los humanos, de madre mortal, y padre demoniaco, hay un íncubo
familiar que lleva muchos siglos rondando a nuestro linaje, dicen los ancestros
que más de quinientos años, aunque para nosotros esa misma división del tiempo
es tan absurda como hablar del bien y del mal.
Nosotros
somos el mal, siempre lo hemos sido. Una mezcla de las peores pesadillas de los
seres humanos, mitad vampiros, mitad hombres lobo, pero con ese pequeño toque
demoniaco que nos hace tan especiales. Tan únicos.
Casi
tanto como nuestra forma de alimentarnos.
No existe
una escuela que te enseñe a convertirte en asesino, a actuar entre las sombras,
es más bien una especie de instinto atávico. No hay amor que valga, ni siquiera
el maternal, puesto que nacemos matando. Devoramos a nuestra madre humana desde
dentro, en lo que parece ser un dramático accidente, desgarrando las paredes
uterinas cuando se cumplen los nueve meses de rigor. Y durante todo ese tiempo,
actuamos como si fuéramos un bebé humano normal, en las ecografías y demás
pruebas tenemos el perfecto e inofensivo aspecto que se podría esperar: una
cabeza, un tronco, dos brazos y dos piernas, dos manos y dos pies, veinte dedos
proporcionados.
Nuestro
Padre es caprichoso, le encanta copular con hembras de buena familia y
posición, casadas por la Iglesia Romana, y a ser posible madres primerizas,
porque así nos tratarán con mayor cuidado durante todo el embarazo. Y siempre
acierta: espera entre las sombras mientras nuestros padres humanos por fin se
deciden a concebir a aquél hijo del que tanto tiempo han hablado, se asegura de
que se ha producido la fecundación del óvulo, y copula con la mujer,
reemplazando el ADN del marido por el suyo. ¿El resultado? Un eslabón más de
una larga estirpe de medios demonios. La mezcla perfecta.
Desde el
mismo momento de la concepción se pone en marcha una maquinaria perfectamente
engrasada, en este caso un grupo de Adoradores, que se infiltran en el entorno
de la futura madre, ya sean vecinos, médicos, o la misma comadrona. Su función
es asegurarse de que ingiera cierto tipo de alimentos, en apariencia inocuos
(como el cardamomo, el jengibre o la remolacha), pero que ayudan a completar la
receta perfecta para nuestra existencia; y por supuesto estar lo más cerca
posible en el momento del parto, convencerla de que se dirija a una de nuestras
clínicas, diseminadas por todo el territorio nacional, o a que tengan el bebé
en casa, con una de nuestras comadronas.
Nacemos
matando en silencio. Y de esa forma nos apropiamos de la fuerza vital de quien
nos da la vida. Es inevitable. La comadrona, o los propios médicos de la
clínica, se encargan de poner en los brazos del desolado padre y reciente
viudo, el cadáver de otro recién nacido.
Doble tragedia.
Durante
los primeros nueve meses, somos vulnerables, pero gracias a nuestro Padre y a
sus secuaces, tenemos quien nos cuide. Y sobre todo nos alimente, con la mezcla
perfecta de leche de cabra y sangre humana. Nuestro desarrollo se acelera desde
que cumplimos el primer año de vida, y por eso vivimos en pequeñas comunidades,
casi siempre en grupos de cinco o diez “niños” (por llamarnos de alguna
manera), a cargo de un grupo de Adoradores, que ansían nuestros poderes, pero
que nunca serán nuestros iguales.
Y nos
enseñan, a partir del segundo año de vida, todas aquellas cosas que nos
ayudarán a seguir con vida. Idiomas. Matemáticas. Ciencias. Artes marciales.
Otras cosas para ayudarnos a camuflarnos entre los humanos, nuestras presas. Y
sobre todo, cómo alimentarnos con discreción. Dónde y cuándo cazar.
A los
seis años, aunque nuestro aspecto es el de seres humanos en la veintena, se
interrumpe nuestro desarrollo, y nos quedamos para siempre con esa apariencia.
Y seis meses más tarde, nos sueltan, solos o en parejas, en la Gran Ciudad,
para nuestra primera Cacería. Es un gran momento, una solemne celebración, en
la que participan los Adoradores que nos han cuidado desde nuestro nacimiento,
y por supuesto nuestro Padre. Es entonces cuando nos explican las Grandes
Reglas, los lugares sagrados en los que no podemos cazar, el tipo de personas
que pueden convertirse en nuestro alimento, y cuales nos están vedadas
(básicamente, curas y monjas).
Pero yo
he roto las Grandes Reglas. He seguido a una monja de la orden de las Clarisas
hasta el interior de su iglesia, y no me ha pasado nada. Me he metido en su
celda del convento durante la noche, y no he sido castigado. La he engañado,
con mi mirada, con mi aspecto casi angelical; he copulado con ella, comprobando
que era virgen; y la he matado, desgarrando su cuello con mis dientes afilados.
Y no se han abierto las Puertas del Infierno para llevarme. El Cristo se ha
quedado colgado encima del lecho de la monja, hasta que se lo he introducido en
la vagina. A nadie, ni dios ni demonio, ha parecido importarle.
No me ha
pasado nada.
¿Y si las
Grandes Reglas, en el fondo, no sirven para nada? ¿Qué parte hay en ellas de
Verdad, y qué parte de Mito? ¿Y si soy más poderoso que mi mismo Padre
demoniaco?
No soy
invulnerable, pero sí más fuerte, más rápido, más ágil, que cualquier ser
humano normal. Soy un Hijo de la Oscuridad. Y no conozco mis límites. No acepto
la tradición. Reclamo mi libertad. Y esta ciudad es, desde ahora, mi territorio
de caza. Y los Hombres y las Mujeres de Dios, mi alimento preferido.
Un manjar
de dioses, destinado a satisfacer al Hijo del Demonio.
Podéis
llamarme Gabriel.