miércoles, 14 de noviembre de 2018

UNA CRUZ DE MADERA



Nunca he creído en los fantasmas, en los aparecidos, las almas en pena, los dioses ni los mismos demonios. Y, sin embargo, solamente recurriendo a términos parecidos puedo tratar de describir lo que vi ayer por la tarde, en el campo de batalla.

Los combates comenzaron muy pronto. Al amanecer, desde las trincheras enemigas, se escucharon los primeros toques de corneta. Después de tanto tiempo, te los acabas aprendiendo. Uno solo, hora de despertarse; dos toques, a formar para la revista; tres, la comida está lista; cuatro, empezamos el ataque.

Levábamos dos días casi sin dormir, puesto que el cañoneo no se interrumpía ni siquiera por la noche. Al menos dos veces por hora, los ingleses hacían rugir sus obuses, lanzándolos a ciegas, con la esperanza de hacerlos caer en nuestras trincheras. Unas veces eran simples cargas explosivas, pero otras, los proyectiles estaban rellenos de gas mostaza. Claro que nosotros, siguiendo las órdenes del káiser, hacíamos lo mismo.

La guerra ya no era un oficio de caballeros, tal vez en los combates aéreos (podíamos verlos sobre nuestras cabezas al amanecer) las normas fueran distintas; pero para los soldados de infantería, era una cuestión de vida o muerte el estar pendiente de las rachas de viento, de su caprichoso deambular por el campo de batalla.

Los tres toques de corneta ya habían sonado, y nuestros propios cocineros ya estaban recogiendo ollas y cacerolas (hoy habíamos desayunado algo parecido a un café con leche aguado, una porción de margarina y otra de pan negro), cuando el viento empezó a soplar con fuerza en nuestra dirección. El ataque era inminente.

Yo estaba de guardia en la primera línea de defensa, en el puesto de observación. Frente a mí se extendía la tierra de nadie, plagada de muertos, de caballos eviscerados, proyectiles sin estallar, agujeros de obuses, restos de carros, alguna ametralladora y una mezcla de objetos difíciles de identificar, que poco a poco iban sumergiéndose en el barro de las llanuras del Somme. Las trincheras del enemigo estaban a pocos centenares de metros, pero podrían haber estado al otro lado del mundo. Solamente las ratas sacaban partido de tanta muerte, los cuerpos de los caídos se movían en los agujeros de los obuses, y algunas de ellas habían alcanzado el tamaño de perros pequeños. Y el olor a podredumbre lo invadía todo.

Matar o ser matado, ese es el único objetivo del soldado en el campo de batalla. Nunca te planteas a quién estás disparando, ni siquiera por qué lo haces. Hay que cumplir un objetivo militar, obedecer a los jefes, luchar por nuestro káiser, por nuestro país. Los sargentos, como Kroipmen y Shulze, nos hablaban siempre del honor, de la patria, pero cómodamente refugiados en el búnker de intendencia, bien lejos de la primera línea de combate y del azote de la muerte. Era una manera de motivarnos menos efectiva que prometernos los quince minutos de gloria con las hermosas taberneras, especialistas en satisfacer a los sedientos soldados en más de un sentido. Pero a mí ya no se me levantaba, ni siquiera con las atenciones de la cariñosa Laura. Había visto demasiada muerte, demasiada destrucción.

Con los nervios en tensión, miraba las trincheras del enemigo, esperando a que sonaran los cuatro toques de corneta y diera comienzo el ataque. Sonaron. Las grandes ametralladoras y los morteros abrieron fuego, para proteger nuestro avance; incluso los cañones de campaña escupieron sus grandes proyectiles cargados de gas mostaza sobre el terreno del enemigo. Las balas rebotaban en las piedras, se hundían en el barro, en los cuerpos de los caídos, incluso algunos cadáveres se alzaban en el aire al ser alcanzados por las bombas de mano. Durante diez minutos se prolongó la tormenta de fuego. Y después, el capitán Von Braun dio la orden de ataque.

Siempre me había gustado ese oficial: lo suyo era dar ejemplo, era de los primeros en salir de las trincheras, empuñando la pistola con la diestra, y una granada de mano en la izquierda. Le poseía el ardor guerrero, y era capaz de transmitirlo a sus soldados. Gritando órdenes. Animando. Luchando. Agitando la pistola adelante y atrás, mientras buscaba al enemigo.

Y éste respondía al ataque. En medio de una lluvia de balas, nuestra patrulla avanzaba hacia las otras trincheras, atravesando a la carrera la tierra de nadie. El resto del batallón nos seguía a escasa distancia, lo sé porque oía sus gritos, y de vez en cuando giraba la cabeza para comprobarlo: esa extraña sensación de aislamiento que te invade en medio de la batalla. Como si el tiempo se detuviera.

Y entonces, sucedió.

Sonó una gran explosión, caí al suelo, dentro del cráter de un obús. Me quedé paralizado unos minutos. Me dolía todo el cuerpo. Flexioné los dedos de la mano izquierda, de la derecha, sacudí la cabeza, pero estaba sordo por la explosión. Como pude, me arrastré fuera del orificio, y allí estaba el capitán Von Raum. Parecía estar ileso. El resto de la patrulla había sido aniquilada, solamente quedábamos nosotros dos en pie. Por señas, le indiqué que se pusiera la máscara anti gas, cosa que no tardó en hacer a pesar del aturdimiento.

Y entonces la vi surgir entre los gases. Una niña pequeña, de unos siete años de edad, descalza, vestida con un camisón blanco. Tenía el pelo largo y rubio, rizado, que le caía en cascada sobre los hombros. Y llevaba un osito de peluche arrastrando por el suelo. Su brazo izquierdo estaba lleno de sangre.

Medio asfixiándome a pesar de la máscara, me detuve delante de ella, le puse los brazos sobre los hombros, y le pregunté quién era y qué hacía allí, en medio del campo de batalla. No me respondió, supongo que estaba en estado de shock por el miedo, por las explosiones o por la herida. Von Raum también la vio, vino corriendo hacia donde estábamos los dos y, quitándose la guerrera, se la puso sobre los hombros a la niña. La cogí entre mis brazos, colgando  mi fusil de mi hombro derecho, y emprendimos el regreso hacia nuestras trincheras, llevando a la niña como si fuera una preciosa carga. Los gases se estaban despejando a nuestro alrededor, el enemigo seguía disparando, veíamos rebotar las balas por todas partes, pero aquella mañana del seis de junio de 1917 ninguna de ellas nos alcanzó.

A nosotros.

¿Quién era esa niña, de dónde había salido? Nunca lo supimos. Cuando ya estábamos a punto de alcanzar nuestras líneas, noté cómo la niña se estremecía entre mis brazos. Una bala perdida se había incrustado en su nívea frente, terminando con su vida.

La enterramos en retaguardia, bajo una cruz de madera.

MANJAR DE DIOSES


Siempre nos dicen desde pequeños que tengamos cuidado con los hombres y las mujeres de Dios. Que nos apartemos de las calles amplias y luminosas; de las grandes avenidas bajo la luz del sol, y por supuesto de las iglesias y conventos. Porque todos aquellos sitios pertenecen a los Hijos de la Luz. Y nosotros somos los Hijos de la Oscuridad.

Nacemos como el resto de los humanos, de madre mortal, y padre demoniaco, hay un íncubo familiar que lleva muchos siglos rondando a nuestro linaje, dicen los ancestros que más de quinientos años, aunque para nosotros esa misma división del tiempo es tan absurda como hablar del bien y del mal.

Nosotros somos el mal, siempre lo hemos sido. Una mezcla de las peores pesadillas de los seres humanos, mitad vampiros, mitad hombres lobo, pero con ese pequeño toque demoniaco que nos hace tan especiales. Tan únicos.

Casi tanto como nuestra forma de alimentarnos.

No existe una escuela que te enseñe a convertirte en asesino, a actuar entre las sombras, es más bien una especie de instinto atávico. No hay amor que valga, ni siquiera el maternal, puesto que nacemos matando. Devoramos a nuestra madre humana desde dentro, en lo que parece ser un dramático accidente, desgarrando las paredes uterinas cuando se cumplen los nueve meses de rigor. Y durante todo ese tiempo, actuamos como si fuéramos un bebé humano normal, en las ecografías y demás pruebas tenemos el perfecto e inofensivo aspecto que se podría esperar: una cabeza, un tronco, dos brazos y dos piernas, dos manos y dos pies, veinte dedos proporcionados.

Nuestro Padre es caprichoso, le encanta copular con hembras de buena familia y posición, casadas por la Iglesia Romana, y a ser posible madres primerizas, porque así nos tratarán con mayor cuidado durante todo el embarazo. Y siempre acierta: espera entre las sombras mientras nuestros padres humanos por fin se deciden a concebir a aquél hijo del que tanto tiempo han hablado, se asegura de que se ha producido la fecundación del óvulo, y copula con la mujer, reemplazando el ADN del marido por el suyo. ¿El resultado? Un eslabón más de una larga estirpe de medios demonios. La mezcla perfecta.

Desde el mismo momento de la concepción se pone en marcha una maquinaria perfectamente engrasada, en este caso un grupo de Adoradores, que se infiltran en el entorno de la futura madre, ya sean vecinos, médicos, o la misma comadrona. Su función es asegurarse de que ingiera cierto tipo de alimentos, en apariencia inocuos (como el cardamomo, el jengibre o la remolacha), pero que ayudan a completar la receta perfecta para nuestra existencia; y por supuesto estar lo más cerca posible en el momento del parto, convencerla de que se dirija a una de nuestras clínicas, diseminadas por todo el territorio nacional, o a que tengan el bebé en casa, con una de nuestras comadronas.

Nacemos matando en silencio. Y de esa forma nos apropiamos de la fuerza vital de quien nos da la vida. Es inevitable. La comadrona, o los propios médicos de la clínica, se encargan de poner en los brazos del desolado padre y reciente viudo, el cadáver de otro recién nacido. 

Doble tragedia.

Durante los primeros nueve meses, somos vulnerables, pero gracias a nuestro Padre y a sus secuaces, tenemos quien nos cuide. Y sobre todo nos alimente, con la mezcla perfecta de leche de cabra y sangre humana. Nuestro desarrollo se acelera desde que cumplimos el primer año de vida, y por eso vivimos en pequeñas comunidades, casi siempre en grupos de cinco o diez “niños” (por llamarnos de alguna manera), a cargo de un grupo de Adoradores, que ansían nuestros poderes, pero que nunca serán nuestros iguales.

Y nos enseñan, a partir del segundo año de vida, todas aquellas cosas que nos ayudarán a seguir con vida. Idiomas. Matemáticas. Ciencias. Artes marciales. Otras cosas para ayudarnos a camuflarnos entre los humanos, nuestras presas. Y sobre todo, cómo alimentarnos con discreción. Dónde y cuándo cazar.

A los seis años, aunque nuestro aspecto es el de seres humanos en la veintena, se interrumpe nuestro desarrollo, y nos quedamos para siempre con esa apariencia. Y seis meses más tarde, nos sueltan, solos o en parejas, en la Gran Ciudad, para nuestra primera Cacería. Es un gran momento, una solemne celebración, en la que participan los Adoradores que nos han cuidado desde nuestro nacimiento, y por supuesto nuestro Padre. Es entonces cuando nos explican las Grandes Reglas, los lugares sagrados en los que no podemos cazar, el tipo de personas que pueden convertirse en nuestro alimento, y cuales nos están vedadas (básicamente, curas y  monjas).

Pero yo he roto las Grandes Reglas. He seguido a una monja de la orden de las Clarisas hasta el interior de su iglesia, y no me ha pasado nada. Me he metido en su celda del convento durante la noche, y no he sido castigado. La he engañado, con mi mirada, con mi aspecto casi angelical; he copulado con ella, comprobando que era virgen; y la he matado, desgarrando su cuello con mis dientes afilados. Y no se han abierto las Puertas del Infierno para llevarme. El Cristo se ha quedado colgado encima del lecho de la monja, hasta que se lo he introducido en la vagina. A nadie, ni dios ni demonio, ha parecido importarle.

No me ha pasado nada.

¿Y si las Grandes Reglas, en el fondo, no sirven para nada? ¿Qué parte hay en ellas de Verdad, y qué parte de Mito? ¿Y si soy más poderoso que mi mismo Padre demoniaco?
No soy invulnerable, pero sí más fuerte, más rápido, más ágil, que cualquier ser humano normal. Soy un Hijo de la Oscuridad. Y no conozco mis límites. No acepto la tradición. Reclamo mi libertad. Y esta ciudad es, desde ahora, mi territorio de caza. Y los Hombres y las Mujeres de Dios, mi alimento preferido.

Un manjar de dioses, destinado a satisfacer al Hijo del Demonio.

Podéis llamarme Gabriel.

¿SABES AQUEL QUE DIU...?



“¿Sabes aquél que diu, que se juntaron una puta, un yonqui y una madre de familia, en la sala número tres del Tanatorio de la M-30 de Madrid? Bueno, pues yo no era ni la puta ni la madre de familia, lo cual no me deja otra opción que ser el yonqui. Pero ojo, no un toxicómano cualquiera, de esos arrastrados por el jaco: lo mío eran las pastillas, concretamente la Oxicodona, que me dieron para mitigar los dolores de una lesión de squash.

Estaba muy de moda hace un par de años entre los ejecutivos de mi compañía, el hacer deporte en grupo, y llegué a ser un buen jugador. Esa sensación de estar al mando, de que tu cuerpo te responde, solo era equiparable a la de echar un buen polvo un sábado por la mañana. ¡Un aplauso por Bautista González, el rey de Ozono & López-Brea!

Y, de repente, una mañana del mes de octubre de 2017, concretamente el día doce, al tratar de devolver una pelota alta, noté claramente que mi hombro izquierdo se dislocaba, con un “crac” que no auguraba nada bueno. Decidí continuar el partido. Marcial Benavente, mi compañero de equipo, me acompañó al servicio médico. “Distensión del ligamento articular del hombro, con un principio de rotura fibrilar”. Aquella fue la primera vez que probé la Oxicodona, con la firme recomendación de acudir a un médico de mi compañía aseguradora, e iniciar un tratamiento.

Un mes más tarde, incluso volví a jugar al squash. ¿Que me dolía un poquito en mitad del partido? Oxi. ¿Que me dolía después? Oxi. ¿Que me costaba dormir por la noche? Dos Oxi, y un Diazepan. ¿Que no se me levantaba con Natalia Estefanía, mi querida mujercita? Viagra. ¿Que no respondía a los estímulos de Mimi la Coquette, del burdel de “Madame Perla? Imposible, con esa gatita… Acabé enganchadísimo a las pastillas… Y aquí estamos hoy… Mirando fijamente a Carmela Marchante, la mujer de Marcial Benavente, mi compañero de squash, que murió ayer de un aneurisma, mientras follaba en el burdel, con una menor de edad…”


“Yo sabía que mi marido me engañaba. Sí, lo sabía hace mucho tiempo, pero no me lo quería creer. ¿Qué madre de familia, competente y dedicada por completo a su marido y a sus tres hijos, está preparada para asumir algo semejante? Yo, que abandoné mi prometedora carrera en el mundo de la abogacía, para poder estar a su lado. Yo, que me convertí en el prototipo de la mujer sumisa. Yo, que incluso fui a clases de comida cantonesa, cuando empezó a gustarle hace tres años, y que he seguido formándome como chef todos los martes y jueves de doce a dos. Yo, que en definitiva he vivido para satisfacer incluso el menor de sus caprichos, aunque fueran de índole sexual…

Todavía recuerdo lo mal que lo pasé la primera vez que fui al centro de estética, para que me depilasen las ingles al estilo brasileño, ¡y encima resultó que era un varón quien realizaba el tratamiento!

Esas manos, dulces pero fuertes, esos ojos ambarinos, esa voz profunda, la mandíbula tersa y firme, incluso ese pendiente plateado en la oreja o el tatuaje en el antebrazo… Al sentir sus manos sobre mi cuerpo, me excité tremendamente. Tuve fantasías eróticas desde aquella primera vez. Daniel Contreras, así se llama. Y sé que no le soy indiferente. Hace un par de semanas, no pude aguantarme. Había encontrado en la cartera de mi marido una tarjeta del burdel, y su cuello olía a perfume barato… Me vengué: llamé al “Caprice des Dieux”, el nombre de mi clínica de estética nunca ha sido más adecuado, “Capricho de los Dioses”, y pedí una cita con Daniel para la tarde siguiente.

Me puse guapa, con un traje de chaqueta de falda pantalón negro, blusa de seda blanca, lencería color champán a juego, y zapatos de tacón. A la hora de desnudarme, lo hice con todo el erotismo posible… Siempre supe que a Daniel no le era indiferente… Y ayer, sobre la camilla, sin preservativo porque estoy tomando la píldora, conseguí mi objetivo: me lo follé como una perra en celo, más o menos a la misma hora en que Marcial moría en el burdel… ¿Justicia poética? Quién sabe… Lo que jamás imaginé fue que ella tuviera el morro de venir…”


“Puta. Soy una puta. Aunque prefiero que me llamen señorita de compañía. Tengo dieciséis años y medio, aunque siempre digo que soy mayor de edad, para evitar problemas. Solamente algunos de mis clientes, como Marcial Benavente, sabían la verdad. En mi caso, lo de ser puta es más por vicio que por necesidad. Siempre me han gustado las cosas caras, la buena vida, los regalos ostentosos o prácticos. Ya mi padre me enseñó, a los trece años, a sacar partido de mi cuerpo. Vale, es cierto que las primeras dos o tres veces que se metió en mi cama, me dolió mucho; y que cuando un año más tarde, fue mi propio hermano quien me violó, me sentí sucia, desgraciada… Pero a todo te acabas acostumbrando. Mi madre se enteró el año pasado, me pilló en plena acción con mi padre… ¡Y la muy zorra, en vez de regañarle por abusar de una menor, va y me echa a la calle!

Claro que estuve muy poco tiempo allí: el necesario para acercarme a una cabina telefónica y llamar a mi profesor de matemáticas, que me había dado muestras de estar interesado en mí. ¡Imagínate, un chaval de veintipocos años, tímido, con gafas y que se está quedando calvo, que de repente ve cómo la causa de sus sueños eróticos se mete entre sus sábanas un martes por la tarde! Manteníamos las apariencias: él era mi profe de primero de bachillerato, y yo su alumna.

Fue un gran maestro, en todos los sentidos. Me enseñó tácticas, posturas; nos adentramos en la práctica del Kama-Sutra y en el sexo tántrico. Quizás podría haber funcionado bien, pero duró solamente seis meses, porque era pobre, y no podía concederme mis pequeños caprichos. Entré en contacto con “Madame Perla” respondiendo a un anuncio de trabajo en internet. No me puedo quejar. Tengo unos cuantos clientes fijos, y estoy preparándome para dar el salto, e instalarme por mi cuenta. Durante un tiempo, incluso pensé en convertirme en la amante titular de Marcial, aunque manteniendo mi independencia… Es una lástima, ya nunca podremos saberlo. Y ayer murió entre mis brazos… Lo mínimo que podía hacer era acompañarle en el tanatorio, a pesar de las miradas asesinas de su mujer y de su amigo el yonqui…”

EL DESPERTAR



Cuando desperté, el dinosaurio todavía seguía allí. Su cuerpo se movía suavemente, con un lento crepitar, muy parecido al de las hojas secas en el Parque del Retiro, una de esas tardes de otoño, en las que todo parecía mucho más sencillo. ¡Qué le vamos a hacer, hasta los asesinos en serie tenemos infancia! Pero desde luego, a mis ocho o nueve años, más o menos en aquella época en la que empezaba a forjarse mi personalidad psicopática, no podía intuir lo que me depararía el paso del tiempo.

Yo era un niño de lo más normal, tirando a bajito y con gafas, más largo que ancho, y con el pelo enmarañado mientras corría detrás de mi hermana, quien a su vez montaba en un poderoso triciclo de dos velocidades. Ella, a su catorce recién cumplidos, ya mostraba los indicios de la belleza mortal en la que se iba a convertir. A fin de cuentas, para eso nos estaban entrenando, para ser asesinos. Y sin embargo, no nos parecía algo raro, ese interés de nuestros padres en enseñarnos a manipular el cordón del estrangulador (con sus pequeños bordes dentados, para cortar al mismo tiempo la carótida y la yugular), el puñal de lanzamiento (yo era mejor que mi hermana), o incluso un pequeño pero letal surtido de venenos. Mi primer perro, lo maté a los siete años; mi primer humano, a los doce. Todavía lo recuerdo.

Es una mañana de invierno. El sol brilla entre las nubes, con esa promesa de futuro. Y mi objetivo se encuentra cerca: Papá Noel. Con su traje rojo y blanco, alquilado en los Almacenes Arias, su barba postiza y su peluca, es la encarnación viva de la inocencia. Solo de cerca, se pueden ver los ojos rojizos, o las pequeñas venitas en las mejillas, menos producto del frío que del consumo de alcohol. Está sentado en un trono rojo y blanco, acompañado por dos elfos guardianes, y hay una larga cola de niños con sus padres, esperando para subirse en su regazo (los niños solamente), y darle la carta con sus regalos. Ya solo quedan tres parejas; luego dos, y finalmente es mi turno.
-         -    A ver, querido niño… ¿qué te puedo traer como regalo del Polo Norte? 
       - Poca cosa… Solamente tu muerte, viejo pervertido.

No tiene tiempo ni siquiera de apartarse. De dentro de mi manga izquierda, saco un afilado puñal y, con un elegante movimiento, le corto ambas arterias, y soy capaz de bajarme de sus rodillas, antes de que salpique la sangre. Mi madre me coge de la mano, y salimos corriendo, en medio del desconcierto general. Mi padre nos esperaba en la esquina, con el coche en marcha, y mi hermana sentada en el asiento de atrás.

Aquella fue mi primera ejecución, y posiblemente la más difícil. Hasta que no llegamos a casa, no me explicaron los motivos de la acción, pero en el fondo, no me importaba demasiado. Que fuera un reconocido pedófilo, que hubiera asaltado a varias niñas, o que aprovechase el disfraz para realizar tocamientos indebidos a los pequeños; o lo peor de todo, que se quedase con las cartas, para así tener las direcciones, y acercarse de noche a las casas que más le interesaban para abusar de los menores y robar; no era mi problema. Había que matarle, y lo hicimos.

Desde aquella primera vez, han pasado muchos años… y he matado a mucha gente, pero sigo recordando a aquél gordo y grasiento Papá Noel. ¿Que si soy un asesino? Es posible. Pero me considero un mal necesario. ¿Qué si he matado alguna vez a inocentes? Define antes el concepto de “inocente”.

Y soy bueno en mi trabajo, la prueba, es que todavía no me han detenido, y que ni siquiera tienen un retrato robot fiable que poner en manos de la Interpol. Uso máscaras, postizos, disfraces; mato tanto de cerca como de lejos (soy un tirador letal, a la vez que un maestro en el uso de cuchillos y venenos); y no cuestiono las misiones.

Pero ayer, por primera vez en mucho tiempo, tuve miedo. Lo que era una misión como tantas otras, ejecutar a un empresario que se estaba enriqueciendo con una dieta milagrosa que ocasionaba gravísimos daños en el feto y podía provocar esterilidad en las mujeres, por poco termina en desastre. Me había preparado a conciencia, estudiando al personaje, su entorno, y decidí que lo mejor era infiltrarme en la recepción del Hotel Palace de Madrid, a la que asistiría como conferenciante. Me puse uno de mis mejores disfraces, con peluca rizada, gafas de montura de concha, pendientes de perlas, pechos falsos, un vestido de noche bastante del gusto de la Reina de Inglaterra, zapatos de tacón bajo, y un pequeño bolso de pedrería, que no llamó la atención del personal de seguridad. Gracias a mi disfraz, tenía todo el aspecto de una amable señora de unos setenta años, con una leve gordura, pero entrañable en todo caso. Durante el cóctel, me fui acercando a mi objetivo. A dos pasos, saqué la jeringuilla hipodérmica, rellena de un derivado sintético del curare (pero diez veces más poderoso), le quité la protección de la aguja. Solo un paso… Había escogido bien el punto del pinchazo, la nalga izquierda. Acerco mi mano, mientras empiezo a presionar el émbolo…

Y de repente, un maletín de cuero, surgido de ninguna parte, se interpone en mi camino. Levanto la mirada. Esa cara. Esa nariz. Pero sobre todo esos ojos, azules acerados. La reconozco en cuestión de segundos, y a pesar de las décadas transcurridas: es mi hermana. Había escuchado que últimamente se dedicaba a la protección de VIP. Ella también me ha reconocido, se lleva el puño derecho a la boca, posiblemente para dar la orden de sellar el gran salón del Hotel Palace y tratar de capturarme. Rápidamente, me doy la vuelta, y emprendo la retirada. ¡Benditos zapatos planos! Consigo abandonar el salón, subo al ascensor, saco la llave de mi habitación (la número 223), y me refugio. He tardado menos de diez minutos en desnudarme, darme una ducha y cambiarme de ropa, un traje de chaqueta de lo más conservador. Todavía me quedaré un par de horas más en la habitación, quizás incluso toda la noche, puesto que a nadie se le ocurrirá buscarme en el propio hotel. Para celebrarlo, me tomé una de las pastillas verdes, y un botellín de vodka… Y me acosté unos minutos…

Cuando me desperté, el dinosaurio seguía allí…

REALIDAD VIRTUAL


Recuerda que aquí estarás a salvo. ¿Quién va a tener miedo, en el claro de un bosque bajo el sol, en el dulce verano de la Toscana; o de la sacristía de una iglesia de un pueblito cántabro; o menos aún, de la sección de lencería de unos grandes almacenes? Son tres lugares cargados de buenas sensaciones, que te hacen sentir a salvo, tranquilo, en paz.

¿Y en cuanto a los demás jugadores? Esto no es un simple videojuego, es la experiencia más completa de inmersión en realidad virtual que puedes encontrar en el mercado, con algún pequeño añadido, para hacerla más interesante. Como por ejemplo, el que hay mala gente, concretamente, un asesino. ¿Recuerdas cuando hiciste la lista de tus personajes favoritos? Hoy eres Lady Marion, una reputada caza recompensas medieval. Y entre tus antagonistas, podías elegir entre un extraterrestre sádico, un caballero errante, un carnicero, un pirómano, una sociópata y un descuartizador. ¡Menuda mezcla!

Una de las peculiaridades del juego, es el traje, dotado de los más avanzados biosensores, que aseguran, junto con el casco y los guantes especiales, la completa inmersión dentro del mundo virtual, hasta tal punto que tu cerebro, ayudado por la famosa pastilla roja, piensa que todo es real. Ahora mismo, te cuesta mucho distinguir ambos conceptos. Pero si encima le añadimos el olfato, el gusto, la experiencia es completa, total, como en las mejores pesadillas de Fredy Kruguer.

Por eso has escogido el escenario que más te tranquiliza, el claro en el bosque de la Toscana, donde fuiste tan feliz en otra vida, para el final de la partida. La suave brisa juega con tu larga melena negra, separándola en pequeños zarcillos que parecen dotados de vida. El sol acaricia tu cara, tu cuello, tus brazos desnudos, arrancando acerados destellos a la cota de malla que ciñe tu cuerpo. En tus pies notas las pequeñas cosquillas provocadas por la hierba, fresca, alta, verde y olorosa.

Delante de ti, apoyada en un tocón de un árbol hace largo tiempo talado, se encuentra el resto de tu armadura: los pesados guanteletes parecen estar haciéndote señales, el casco de alto y negro penacho te promete seguridad, el escudo con la Cruz de Lorena relumbra al sol, y tu largo e impresionante mandoble está clavado en la tierra. Tener la salvación tan cerca debe ser enloquecedor, pero en el fondo de tu corazón, sabes que es demasiado tarde. ¡Si estuvieras un par de metros más cerca! En verdad, lo único que necesitas es la espada, aunque quizás podrías plantarle cara a tu adversario con el puñal damasquinado. Tres, cuatro pasos de veloz carrera, y serías libre de luchar por tu vida.

Sabes, me ha sorprendido mucho la elección del personaje. Tú, un hombretón de casi dos metros de altura, ciento veinte kilos de puro músculo duramente trabajado en el gimnasio y en las pistas de pádel, con esa cara noble que parece tallada en el mejor mármol de Carrara; prácticamente una versión actual del David de Miguel Ángel, pero con el cráneo rapado… Y has escogido como avatar a una mujer de poco más de cincuenta kilos de peso, un metro sesenta de altura, pero con grandes dotes para el combate con armas filosas. ¿Será para sentirte al menos una sola vez, como esa heroína que pugna por salir de tu interior, a pesar de toda tu testosterona? Eso por no hablar del escenario, de la época: ni más ni menos que la Baja Edad Media.

De momento, has tenido suerte con tus otras misiones: atrapaste al peligroso salteador de caminos en los bosques cerca de San Giminiano; eliminaste al carnicero de Volterra, aunque esa misión de costó un poquito más; incluso fuiste capaz de identificar y capturar al sádico descuartizador de Pisa. En tus alforjas, guardas la mano derecha de todos ellos, como mudo testimonio de tu éxito.

Pero ahora, estás indefensa. A tu alcance solo tienes los escarpes, que de poco te van a servir, contra mí, que te estoy apuntando con una ballesta. Ha sido divertido, seguirte durante tanto tiempo, metido en el juego como cualquier otro personaje, cambiando de una a otra existencia, de un cuerpo a otro, siempre cerca de ti.

Y ahora, aquí estamos, tú y yo. Solos en medio del bosque. ¿A que nunca sospechaste que tu fiel escudera podía ser la encarnación de una peligrosa sociópata, pero en la vida real? Y este juego es mi territorio de caza particular.

Claro, que tampoco conocías otra peculiaridad de nuestro pasatiempo favorito: al estar conectado con los biosensores, el casco y el resto del traje, tu cuerpo ya no distingue la realidad de la ficción. Si te hieren, sientes el dolor. Si el dolor es demasiado grande, entras en shock. Y si te mueres, tu corazón y tu cerebro dejan de funcionar. Los cadáveres se acumulan en la vida real, mientras que yo sigo eligiendo a mis víctimas con total impunidad. 

¿Quién va a sospechar de un juego de realidad virtual?

Aprovecha tus últimos latidos. Respira una vez más. Siente el sol y la brisa. Porque has llegado al final del camino…

¡Vaya, esto no me lo esperaba! ¡De un solo y ágil puntapié, has lanzado la boa contra mi cara, desequilibrándome lo justo para evitar el virote!

Pero tranquilo, que nos volveremos a encontrar, bien dentro del juego, o en el mundo real… 

Y recuerda, que cualquiera de los personajes que te rodean, puede ser un asesino…


viernes, 3 de agosto de 2018

HACIA EL CADALSO


Lo empujaban por el camino mientras arrastraba los grilletes. Clac. Un paso. Cada poco, uno de sus captores le rozaba la nuca con la escopeta. Se sobresaltaba, y sudaba frío, y daba otro paso más y más débil. Clac. La corta cadena apenas si le dejaba dar pequeños pasitos, como de niño, pero si tenía en cuenta lo que le esperaba al final del trayecto, cuanto más tardase en llegar al cadalso, mejor.
El tiempo había dejado de fluir, o de tener un significado, para el condenado a muerte. Y solo se escuchaba la voz del monje mendicante, que repetía una y otra vez las mismas palabras: “Sebastián Esteban de Todos los Santos, reconcíliate con Dios y prepárate a morir.” Los ayudantes del verdugo iban abriéndose paso entre la multitud silenciosa que abarrotaba la Plaza Mayor de Madrid, y que parecía estar llegando desde los cuatro puntos cardinales, sobre todo desde la calle de la Sal y la calle Gerona.
El patíbulo se alzaba a los pies de la estatua de Felipe III, un basto maderamen que había sido construido durante la tarde anterior, y que había permanecido vigilado atentamente por los agentes del orden público. Sobre la plataforma elevada se había instalado el garrote vil, macabro artilugio de probada eficacia, y que siempre garantizaba las risas del pueblo llano al ver cómo el reo se asfixiaba con cada vuelta del tornillo, hasta quedar desnucado por la última vuelta de tuerca. Y con cada “clac” de las cadenas en sus tobillos, Sebastián Esteban era más consciente de su mortalidad, y de las malas decisiones que le habían llevado al pie del cadalso. Las palabras del fiscal no paraban de repetirse en sus oídos, como un macabro juego de la memoria…
“Y es por eso, señoras y señores, que tenemos que devolverle a este animal, a este criminal, a las mazmorras de la Dirección General de Seguridad, de las que saldrá solamente para ser ejecutado. Porque él no tuvo piedad, cuando planeó el asesinato de Bartolomé Puich Antich, honrado comerciante catalán de paso en la capital del Reino el pasado veinte de marzo del presente año. ¡Porque hay testigos que los vieron salir del lupanar de doña Rosita, en la calle de la Paja, la noche de autos! ¡Y le cortó el cuello a sangre fría en la puerta de su alojamiento, en la calle Leganitos! ¡Y se quedó incluso con sus cedúlas de viaje y con el escapulario donde llevaba los retratos de su esposa y de su hijo! Este criminal no tuvo piedad, y por eso no debemos nosotros tenerla con él. ¡Señor juez, cumpla con su cometido, y firme la sentencia de muerte!”
Sí, es cierto que había matado al comerciante catalán, aunque necesitó tres puñaladas; y que dos semanas atrás había matado a una prostituta en la calle de la Ballesta; y que un mes y medio antes liquidó a una madre con su hijo lactante en un soportal de la calle San Bernardo; y que había matado a otras quince personas antes en el último año y medio, por lo que los periódicos hablaban del “Asesino de Los Austrias”, en referencia al barrio donde se habían producido la mayor parte de sus crímenes. Pero Sebastián Esteban no se sentía responsable de aquellos hechos: a fin de cuentas, al igual que Santa Teresa de Jesús, él “sólo había respondido a la llamada de sus voces”.
¿Y qué culpa tenía él, si en vez de éxtasis místicos, sus voces le mandaban cortar cuellos y seleccionar a sus víctimas de una manera muy precisa, cortándoles la garganta y sacándoles luego la lengua a través de la abertura? Era una forma rápida de morir, con el cuello seccionado y asfixiándose en su propia sangre, sin poder pronunciar una sola palabra ni reconciliarse con el Sumo Hacedor. “Las voces de los ángeles me guiaron en mi labor”, esa había sido su única respuesta a las preguntas del fiscal y del juez.
Siempre había actuado de noche o durante el ocaso, atacando por la espalda a sus víctimas, a las que había seguido por la calle; aprovechando las sombras, las agarraba por el cuello y las arrastraba a los soportales, donde de una rápida cuchillada terminaba con sus vidas. Y siempre se quedaba con ellas para robar de sus labios ensangrentados el último aliento. Nunca les quitaba el dinero, a fin de cuentas su trabajo de periodista en “El Imparcial” y sus colaboraciones con otros periódicos conservadores le permitían llevar un nivel de vida bastante desahogado. Incluso había tenido un moderado éxito como letrista frívolo para varias cupletistas famosas.
No, él solamente hacía caso a sus voces, y por eso no se sentía especialmente culpable, mientras daba su último paseo. La Plaza Mayor nunca le había parecido más hermosa, ni el cielo más brillante, que en aquella soleada mañana del veintitrés de mayo de mil ochocientos noventa y uno, cuando se dirigía lentamente hacia el cadalso. “Clac”, sonaban las cadenas, el monje mendicante seguía con su monótona letanía, los ayudantes del verdugo se abrían paso entre la multitud, extrañamente silenciosa. De repente, el monje se paró, y al levantar la mirada, Sebastián descubrió a escasos metros el cadalso. Un leve estremecimiento se apoderó de él, pero enseguida recuperó la compostura. Aquél había sido su último paseo por Madrid, desde las mazmorras en la Puerta del Sol hasta la Plaza Mayor.
No necesitó ayuda para subir los escalones. Tampoco para sentarse en la banqueta junto al poste de madera, pero sí le pidió al verdugo que no le pusiera la capucha. “Quiero llevarme al otro mundo el calor del sol”, le dijo. Una pequeña molestia al ponerle el collar de hierro, tres poderosas vueltas al mecanismo, y Sebastián Esteban de Todos los Santos se reunió con su Creador…

LA ÚLTIMA RESPUESTA.


¿Qué pinta una silla eléctrica de las clásicas, de hierro y madera, en el despacho de un cazatalentos empresarial? Es un armatoste oscuro, macizo, cargado de energía negativa y de malos presagios, y no cuesta demasiado imaginársela en funcionamiento. Me han hecho pasar al despacho hace quince minutos, una secretaria de lo más amable me ha servido un vaso de agua, diciéndome: “Siéntese un momento, señor Pereira. El señor Aguilar está ocupado en este momento con otro candidato, pero no tardará en recibirle.”
Me quedé solo, sentado en la incómoda silla, con respaldo y asiento regulables, que no me atrevía a toquetear mucho, pues no sería la primera vez que se te rompe (eso me pasó en la última entrevista). Y empecé a mirar a mi alrededor. Era un despacho normal y corriente, con una gran mesa de reuniones, seis sillas todas iguales, un tresillo, una lámpara de lectura, y por supuesto, la silla eléctrica.
Dos de las paredes estaban enteramente forradas de estanterías, que me llamaron poderosamente la atención: llenas de libros de Stephen King, Peter Straub, Dean R. Koontz, Robert Bachman y otros grandes de la literatura terrorífica contemporánea. No es que no me gustasen esos libros, pero sinceramente, no me los esperaba en un importante despacho de cazatalentos; movido por la curiosidad, me levanté y cogí uno de ellos. Era una primera edición de “IT”, en inglés, y firmada por el Maestro. Aspiré su aroma, recorriendo las páginas con la mirada, y en ese momento, escuché una voz a mi espalda: “Tiene usted buen gusto, señor Pereira. Este libro es la joya de mi colección. Como paso poco tiempo en mi casa, procuro rodearme en el trabajo de cosas que me recuerdan mi profesión de escritor. Póngase cómodo, y comenzamos la entrevista”.
Me di la vuelta, dispuesto a enfrentarme a la Leyenda Viva de la selección de personal para puestos de alto nivel… y me encuentré con un señor de lo más normalito, de hecho muy parecido a Alfredo Landa. Un fuerte apretón de manos, y nos sentamos frente a frente, a ambos lados de la mesa.
¾  Permítame felicitarle por haber llegado a esta fase de la ronda de selección, señor Pereira. Durante el proceso, hemos descartado a más de cincuenta candidatos, puesto que nuestro cliente desea un perfil muy específico. Según los resultados de sus test psicotécnicos y de personalidad, está dispuesto a asumir nuevos retos personales y profesionales, ¿me equivoco?
¾ No, señor Aguilar. Es más, creo firmemente que el ser humano no conoce sus verdaderos límites, hasta que se ve obligado a superarlos.
¾  Bien, hábleme de usted. ¿Cuál ha sido el mayor reto que ha superado?
¾ Quizás no el mayor, pero sí uno de los más complicados, fue el dejar de fumar. Llevo ya diez años limpio. También dejé de beber, procuro cuidarme, y hacer ejercicio tres veces por semana en el gimnasio, además de correr un poco.
¾ Es usted una persona sana, por lo que me dice, pero nada de ello constituye realmente un reto… Le propongo uno auténtico: jugar a “verdadero o falso”…
¾ Si a usted le parece bien, estoy conforme.
¾ Sin embargo, para darle un poquitín más de interés, tendrá que sentarse en la vieja “Old Lady”. Es una silla eléctrica con una larga trayectoria de ejecuciones, que fue retirada de Sing SIng en 1957, pero que se conserva en perfectas condiciones… Acompáñeme, si es tan amable.
Nos levantamos de nuestras cómodas sillas, y nos dirigimos hacia la esquina del despacho. Me senté. La madera era recia, dura, y sorprendentemente fría al tacto.
¾ Para darle un poco más de interés al juego, puesto que una entrevista de selección de personal de este nivel no tiene por qué ser aburrida, voy a atarle como antaño se hacía con los condenados: de pies y manos sobre la estructura. También le voy a poner una pequeña esponja impregnada en agua sobre la cabeza, y se la voy a sujetar con la tira de cuero. ¿No le importa, verdad?
¿Y qué le iba a decir, cuando lo que estaba en juego es el trabajo de mis sueños? Total, con la escandalosa cantidad de dinero que pensaba cobrar, podría incluso comprarme la maldita silla. Me dejé hacer, sintiendo de todas formas un escalofrío cuando el agua empieza a escurrirse por mis sienes, y una vaga incomodidad por el mordisco del recio acero en mis muñecas y mis tobillos. El peso del casco de metal tampoco ayudaba demasiado a sentirse cómodo...
¾ Y siempre dentro del juego, vamos a conectarla a la red. Notará usted una pequeña sacudida, cada vez que no responda o que no sea sincero con una de sus respuestas. ¿Hacemos una pequeña prueba, para ajustar el voltaje?
En ese momento, me quise levantar, pero estaba completamente inmovilizado sobre la querida “Old Lady”. Y también llegó la primera descarga. No demasiado fuerte, no muy molesta.
¾ Bien. Vamos a por la primera pregunta, de una ronda de cinco. ¿Es usted Baltasare Pereira, doctor en ciencias de la información por la UCM?
¾ Por supuesto que sí.
¾ Respuesta incorrecta. No llegó a presentar la tesis. Por lo que recibirá el castigo.
Aquella vez, la descarga fue mucho más fuerte que la anterior. Grité. Aguilar manipuló la rueda numerada que regulaba el voltaje.
¾  Puede gritar todo lo que quiera. El despacho está insonorizado, y la planta desierta. La oficina fue alquilada a través de una empresa fantasma, y la secretaria contratada específicamente para recibirle, y olvidarle. Segunda pregunta. ¿Fue usted a una fiesta, el veintidós de mayo de 1999, en casa de Matilde Aragog?
¾ No. Y no le veo el sentido a sus preguntas. Haga el favor de soltarme.
Nuevo giro de la rueda. La descarga me pilló por sorpresa, y casi me mordí la lengua.
¾ ¿Conoció usted en aquella fiesta a Vanessa de Angelis, estudiante italiana de Erasmus, y la acompañó a su casa después de la fiesta?
-¡Ya le he dicho que no! ¡Haga el favor de soltarme de una vez!
Nuevo giro de la rueda. Vanessa de Angelis. Se llamaba así. Era tan seductora… Una nueva descarga me dejó sin respiración.
¾Respuesta equivocada. ¿Violó usted a Vanessa de Angelis?
¾ ¡De ninguna manera! ¡Fue una relación consentida! ¡Ella estaba caliente como una perra, y sólo le di lo que se merecía!
El dolor de la descarga fue tan intenso, mi cuerpo se contrajo tan violentamente, que me costó mucho recuperar el aliento. Intenté liberarme de las ataduras, grité con todas mis fuerzas. La rueda estaba indicando el máximo. Ya conocía la siguiente pregunta.
¾ ¿Asesinó usted, estrangulándola con una media de nylon, a Vanessa de Angelis, y colgó luego su cuerpo de la barra de la ducha, fingiendo un suicidio?
Una nueva vuelta de la rueda. No hizo falta mi respuesta. Y un dolor blanco, atroz, cegador, se apoderó de todas y cada una de las células de mi cuerpo, en una apoteosis implacable.
Luego, una extraña sensación de libertad, de incorporeidad, viendo a mi cuerpo torturado sobre la silla eléctrica.
Así que la muerte era esto…