viernes, 3 de agosto de 2018

FIGURAS EN LA NIEBLA

La niebla siempre me ha parecido de lo más inquietante. Tal vez por haber leído demasiadas novelas de Stephen King, o por haberme perdido en ella dos o tres veces. Esa extraña sensación de que cualquier cosa puede aparecer entre la bruma. Demasiados monstruos tienen cabida en la neblina, porque mi imaginación es rica y febril en ocasiones…
Vivo en una casa de la Alameda de Osuna, un barrio periférico de Madrid, en un piso bajo. Las ventanas de mi despacho, del dormitorio y del comedor dan al jardín comunitario, lo que me garantiza risas de niños en el verano, porque se suelen juntar en el jardín para jugar al fútbol, al escondite (hay muchos árboles y matorrales, además de zonas de arena perfectas para que los más pequeños hagan sus castillos o jueguen con excavadoras y cochecitos radio controlados) y a otros muchos rituales de la infancia. A última hora de la tarde, durante todo el verano, también se reúnen en el jardín un par de grupitos de adolescentes, para beber tranquilos sus cervezas o fumarse un par de porros, y a veces sus voces me resultan un poco molestas, pero no puedo hacer nada. Son de esas cosas que nunca te dice el vendedor, y que terminas descubriendo demasiado tarde. Pero me gusta mirar desde la ventana del despacho, mientras estoy escribiendo, la imagen de los árboles y de los matorrales, los bancos y el césped, bajo la luna llena, compensa todos los inconvenientes.
Hoy no puedo dormir, por eso me he sentado en mi sillón de oficina y, con un cigarrillo en los labios, miro por la ventana. La luna riela sobre los árboles, las hojas brillan con una intensidad especial, y en el silencio de la madrugada, cualquier cosa es posible… Y entonces, sucede.
A lo lejos, en los límites de la valla que da a la calle de Juan de Amorós, se está formando una extraña niebla. Primero son algunos zarcillos inconexos, casi tentaculares, que me hacen pensar en un gigantesco pulpo. Poco a poco, van desapareciendo aquellos objetos que me he acostumbrado a ver desde la ventana: los matorrales de zarzamoras, los árboles frutales (el arquitecto paisajista decidió que quedaría bien en el jardín plantar naranjos y limoneros), los bancos en los que se sientan las parejas, las extensiones de césped, incluso los areneros donde juegan los más pequeños. La niebla lo va cubriendo todo lentamente, un espeso manto blanco en el que nada se mueve… Hasta que aparecen ellos…
Al principio, son figuras difusas, masas extrañas, sombras dentro de las sombras en un mundo grisáceo… Y con ellas llega el frío… Van atravesando lentamente el jardín, y poco a poco, se van convirtiendo en humanos… O en lo que en otro momento fueron seres humanos. Voy distinguiendo torsos mutilados y ensangrentados, caras golpeadas, brazos doblados en ángulos imposibles, manos y pies quemados, cuerpos deformados que se arrastran sobre la hierba. Se van acercando en silencio a la ventana del despacho, y en sus miradas vacías leo una súplica, un grito mudo parece salir de sus gargantas, mientras que se agrupan tan cerca, al otro lado del cristal, que el propio aire parece congelarse. No me asusto, sé que no me harán daño, a fin de cuentas ya me ha pasado lo mismo en otra ocasión y, como fantasmas, poco he de temer.
Sobre todo, porque quieren algo de mí. La muerte una vez más se ha cobrado su tributo de manera anárquica, y algunos de ellos han encontrado el camino hasta mi casa. Al principio, no entendía lo que me estaba pasando, por qué se me aparecían los espíritus de los difuntos, sobre todo los que habían padecido una muerte violenta, y tenían todavía algo que decir al resto del mundo. Con el paso del tiempo, comprendí que esa era mi misión, intermediar entre los vivos y los muertos.
Esta noche no ha sido distinto. Son unas cuarenta figuras las que se arremolinan entre la niebla, fundiéndose con ella, esperando su turno pacientemente para entrar en mi casa, en mi cuerpo. No les digo nada, pero ellos saben que estoy a su disposición. Como siempre.
Enciendo el ordenador, y me conecto al servidor seguro, ubicado en Barcelona, para escribir los mensajes, que rebotarán varias veces en el ciberespacio antes de alcanzar a sus destinatarios, los familiares de los difuntos, de tal forma que mi rastro quede confundido. Yo no soy importante, ellos sí. El primero de ellos atraviesa el cristal. La temperatura en el despacho disminuye varios grados, pero no lo noto ya: mi mente ha sido desplazada por la del espectro, y mi cuerpo es un mero medio para escribir el mensaje. Es una sensación extraña y  bastante inquietante, pero al no ser la primera vez, me dejo llevar.
Así me entero de que se ha estrellado un avión de pasajeros en el aeropuerto de Barajas, a escasos kilómetros de mi casa. Han fallecido sesenta personas, casi todas ellas carbonizadas por el incendio. Y algunas de ellas han sentido mi presencia. Saben que puedo ayudarles a comunicarse con sus seres queridos. Cuando haya transmitido el último mensaje, desaparecerán. Pero mientras tanto, me esperan… Al otro lado del cristal, entre la niebla…

DIES IRAE

Han pasado ya cuarenta y ocho horas desde el primer ataque terrorista, y no creo que lleguen más supervivientes. Seguimos en el puesto de control a la salida del túnel de la A5, y los coches incendiados se multiplican hasta el infinito, y dentro quienes no pudieron escapar. Al principio, y por la rapidez de la infección (escasos minutos después de la mordedura te convertías en uno de ellos), estábamos sin defensa. Las tropas, movilizadas por el Gobierno, tomaron posiciones alrededor de la capital, utilizando la M-40 como cortafuegos, puesto que las criaturas tenían una especial querencia a avanzar siguiendo las carreteras principales, tal vez como recuerdo de su otra vida. La población civil ha recibido la orden de parapetarse en sus casas y de no salir a la calle bajo ningún concepto, pero esa es una imposición difícil de respetar, cuando las paredes de demasiadas viviendas son de pladur y cartón piedra, en todo caso demasiado endebles para resistirse a los golpes y las ansias devoradoras de las criaturas.

Todo empezó hace dos días, en la sede central de unos importantes almacenes del Paseo de la Castellana, concretamente en el edificio de El Corte Inglés. Para quienes no lo conozcan, son en verdad tres grandes edificios, intercomunicados en varios niveles, en los que se puede encontrar de todo, desde un pela pipas automático último modelo, hasta el más reciente despropósito literario. Al ser el primer día de rebajas, se había formado un gentío en los accesos principales al edificio 1, y los encargados de la seguridad optaron por adelantar la entrada del público unos minutos, para evitar que se produjeran incidentes. A las diez menos cinco de la mañana, los tres edificios tenían las puertas abiertas, y los clientes se dedicaban a su ocupación favorita: consumir el saldo de las tarjetas de crédito.
Pero a las doce y diez de la mañana, empezó el desastre. Una densa neblina comenzó a salir por los sistemas del aire acondicionado de la séptima planta del edificio dos (la sección de música y cine), y empezó a bajar por las escaleras mecánicas. Era muy densa, y olía vagamente a medicamento para la tos. Cundió el pánico, la visibilidad era casi nula… Y empezaron las visiones… Y los primeros ataques…

Media hora después, un grupo terrorista vinculado a Al Kaeda reivindicaba el ataque, “hemos utilizado un gas neurotóxico para desenmascarar a los perros occidentales y devolverlos a la animalidad”. Enseguida se han puesto en marcha los protocolos antiterrorista, y una unidad especial de las Fuerzas Antiterroristas, equipada con trajes NBQ y sistemas de filtrado del aire, comenzaba una inspección del centro comercial. Las imágenes que iban llegando al Centro de Mando Avanzado eran escalofriantes, lo sé porque yo estaba allí. La niebla se había extendido por los tres edificios, convirtiéndose en un velo apestoso. En muchos lugares aparecían cuerpos desgarrados, trozos de carne y de sangre, como si una fiera se hubiera alimentado de ellos. También había cadáveres, centenares, muchos de ellos asfixiados por el gas, y otros muchos aplastados por las masas aterrorizadas. En otras zonas se observaban movimientos, personas que corrían veloces entre las estanterías de ropa, o que se refugiaban dentro de los probadores, como huyendo de algo que no podíamos ver. Y luego estaban ellos, los cazadores.
¿Por qué unos se morían con la niebla, otros se convertían en fieras, y un pequeño grupo resultaba inmune? No hemos tenido tiempo de hacer más estudios, pero los investigadores del CIEMAT creen que se debe a algún tipo de mutación dentro del ADN mitocondrial: si la tienes, es más posible que te conviertas en cazador… Al menos esas fueron las primeras impresiones derivadas de la autopsia y el análisis de los cadáveres de varios cazadores, capturados por el equipo de las fuerzas antiterroristas.
El Ejército de Tierra fue movilizado para rodear los edificios de El Corte Inglés y diversas torres del complejo Azca, estableciendo un triple cordón de seguridad, para aislar a los cazadores. El balance era dramático: no había supervivientes a la vista, y se calculaba que un par de centenares de cazadores habían conseguido desperdigarse por toda la ciudad. En aquél momento, nadie sabía que el enterovirus se transmitía por la saliva, y que la reacción era sumamente rápida.
A las tres de la tarde, se produjo un nuevo ataque con gases en el Centro Comercial Tres Aguas; media hora después en el Nassica; quince minutos más tarde en el H2O. Los ataques con gases se fueron produciendo acto seguido en otros siete centros comerciales de Madrid y de la periferia, demostrando que era un ataque terrorista a gran escala… Y a las seis de la tarde, durante la celebración del Clásico (Real Madrid-Barça), se produjo la hecatombe: el vertido de miles de toneladas de gas neurotóxico, que se había almacenado en los dispositivos de riego automático y de sistemas anti incendio del estadio. Si ya era difícil localizar y dar caza a los centenares de cazadores de la mañana, ¿quién podía hacer algo frente a los noventa mil espectadores enfurecidos de las gradas? El último y más devastador ataque ha sido en los túneles del Metro…

El gas era muy sencillo en su funcionamiento: o te mataba (solo en un cuarenta por ciento de los casos), o te convertía en una fiera cazadora con instintos asesinos y con capacidad de infectar a los demás por una mordedura. A las siete de la tarde, se decretó el toque de queda, aconsejándose a toda la población quedarse en sus domicilios, con lo que las calles y plazas, túneles y azoteas se convertían en el terreno de juegos privilegiado de los cazadores. La noche ha sido muy larga, los ataques se han recrudecido, y la plaga se ha extendido por doquier.
Las autoridades civiles y militares dan por perdida la capital: si no estás muerto, eres un cazador, y aunque quedan bolsones aislados de supervivientes, no podemos prestarles auxilio. No cuando las criaturas, movidas por el hambre o el instinto, se han ido agrupando en diferentes manadas y, siguiendo las calzadas de las carreteras principales (sobre todo la A-2, A-5 y A-6) pretenden expandirse por el resto de la provincia.
Menos mal que han demostrado no ser invulnerables a los fusiles de asalto HK G36 (que ha sustituido a los Cetme en el Ejército de Tierra) ni a las pistolas de combate HK USP Compact. Aquí les estamos esperando, detrás de la barricada.
No pasarán

JUEGO MORTAL

Tic, tac, tic, tac… El tiempo va pasando, ¿no te das cuenta? Fíjate en el reloj, los números de color rojo van creciendo, y creciendo. Y ya sabes lo que pasará cuando den las dos, ¿verdad? ¡Contesta! ¡Ay, perdona! ¡Se me olvidaba que con la mordaza no puedes hablar, ni decir nada! Pero comprenderás que no te la puedo quitar, porque no estoy segura de si vas a poder gritar, no sea que protesten los vecinos, y les dé por llamar a la Policía. Porque no queremos que nos interrumpan, ¿verdad, cariñito?
Ante todo, la educación, como diría mi madre, que en paz descanse. Permíteme que me presente, y luego te diré lo que va a pasarte, aunque alguna prueba ya te habrán dado los pequeños “juguetitos” que tienes a tu derecha, sobre la mesita baja: unas tijeras de podar, un bisturí, un sacacorchos de los metálicos, unas agujas de calceta, esa cajita con la manivela es una dinamo capaz de producir una descarga eléctrica de lo más dolorosa, una esponja y un barreño pequeño llenos de agua, y por último, pero no menos importante, una bolsa de plástico. ¿Te gustan mis juguetitos? ¡Menudo regalo de cumpleaños, querido!
Ya has visto que no me asusta la sangre, si no, no habría podido arrancarte las uñas de la mano derecha con los alicates, cariño. ¡Qué momentos tan hermosos hemos pasado! ¡Y la cara que se te ha puesto, cuando has abierto los ojos, y ya no estabas en tu casa, ni en tu cama, si no amarrado en un antiguo sillón de ginecólogo!
No creas que ha sido fácil sacarte de tu piso, aunque abrir la puerta con el juego de ganzúas ha sido muy sencillo, así he podido entrar de madrugada. Al verte tan guapo, tan rubio, tan perfecto (no sabía que dormías desnudo), casi me he arrepentido de lo que iba a hacerte… Una simple inyección de somnífero (lo robé en la clínica veterinaria donde trabajo de voluntaria los fines de semana) ha bastado para dejarte a mi merced. Luego, te he metido en la maleta Samsonite con ruedas que compré hace quince días en las rebajas del Corte Inglés, y directa al ascensor. El taxi me esperaba en la puerta del edificio, qué práctico el pedirlos desde el móvil con la nueva aplicación; el chófer incluso me ha ayudado a meter la maleta en el maletero. ¿Sabes cariño?, es una suerte que seas tan pequeño, o habría tenido que cortarte las piernas. ¿Te imaginas la cara de tus padres, si mañana entran en tu habitación, y encuentran tus piernecitas en medio de un gran charco de sangre?¡Pobrecitos!

¡No me mires así!¡No estoy loca!
Hace ya mucho tiempo que comprendí una cosa. Hombre bueno, hombre muerto. Y los peores sois vosotros, los pre-adolescentes. Con diez, con once años, con doce años, descubrís el sexo, las drogas, la violencia, hay que daros una lección antes de que sea demasiado tarde.
¿Ahora me recuerdas, verdad?¡Pues deberías! Quizás  una pequeña descarga eléctrica en los genitales te ayude… Antes vamos a mojarlos con la esponja, para que te dé más gustirrinín…
¡Cerdo, guarro! ¿Cómo te atreves a mearte? ¡Es que sois todos iguales! ¡Casi me salpicas la cara! Y encima eres un poco viciosillo, ¿verdad? ¡Si te has empalmado y todo! Pues vamos a darte un motivo. Sé que te gustan las mujeres, me he fijado en cómo miras a tus compañeras de clase, cuando piensas que ellas no te ven… Y eso que son solo unas niñas… Por lógica, yo debo gustarte más…
¿Qué, ahora me recuerdas bien? Sí, soy tu profesora interina de ciencias sociales. Aquella a la que llamabais “la buenorra”, aunque está claro que con el mono de plástico y la mascarilla y el gorro, no podías reconocerme… ¿Quieres ver más? ¿Quieres verme desnuda? ¡Pues mírame! ¡Disfruta con el espectáculo, porque igual será lo último que veas!

No, Adrián, no te creas que es la primera vez que lo hago, ni será la última. Me gusta demasiado la carne fresca, el sexo no consentido, la violencia, el castigo. Porque os merecéis todo lo que os hago, ¡malditos bastardos pre-adolescentes!
Vale, es posible que tú no me hayas echo nada, pero lo has pensado. Me gusta exhibirme ante vosotros, provocar vuestras miradas en clase, hacer que os deis la vuelta en los pasillos con tal de verme el culo, y esas posturas tan graciosas que ponéis para vislumbrar mis pechos. Me hace sentir poderosa, y en casa, muchas veces me masturbo mientras veo vuestras fotos, y pienso en lo que me gustaría haceros uno a uno…
Pueden pasar un par de meses, mientras la tensión va subiendo en mi interior, hasta que llega el momento de entrar en escena… Entonces, escojo mi presa entre los alumnos de otro instituto en el que haya estado de interina, hago mis planes, busco la dirección en internet, incluso me paseo por el barrio; y una noche cualquiera, me meto en su casa, los secuestro, y me convierto en su profesora “muy particular”…
Veo que sigues excitado, claro, nunca has visto a una chica guapa desnuda, ¿verdad? Pues mira, vamos a contribuir a tu educación sexual. Lo que te voy a hacer se llama “francés”, y consiste en meterse el miembro del varón en la boca, y estimularle hasta conseguir que eyacule. Yo soy de las que se lo beben todo, es mi alimento favorito…
¡Ah, qué rico estaba!
Casi es una lástima tener que matarte, pero sin ello no estaría completa mi cruzada. “Hombre bueno, hombre muerto”, ¿Recuerdas? Si mi tío Esteban y sus amigos no se hubieran dedicado, durante varios años desde que cumplí los doce, a violarme en grupo con la complicidad de mi madre, igual no os tendría tanto asco… Pero tienes que aprender la lección: el sexo es malo para la salud.

Por eso, ahora, seguiremos jugando con las tenazas, la dinamo, verás lo que duele el sacacorchos cuando te lo clavan en un testículo, la sensación de ahogo que provoca la bolsa hermética en la cabeza, y al final, cuando den las ocho de la mañana, te mataré, trocearé tu cuerpo (ya tengo mucha experiencia) y lo meteré en bolsas de basura dobles, antes de distribuirlo por varios contenedores de la ciudad. Y el toque del maestro: antes de tirar la última bolsa cerca de la Comisaría, te inyectaré en el culo la muestra de esperma congelado que compré en la clínica de fertilidad, así seguirán pensando que hay un gay loco que mata a niños en la ciudad…
Pero tranquilo, que todavía son las seis y media, y nos queda mucho tiempo para divertirnos… Tic, tac… Tic, tac…

UNA VISITA INESPERADA


Tarde de lluvia en Madrid. Desde las ventanas del despacho, veía las gotas estrellarse contra el cristal, como pequeñas suicidas, cuando cambiaban las rachas de viento. Movido por la curiosidad, atravesé el Hall, presidido por el enorme espejo de cristal, para dirigirme al salón, y allí, desde el balcón, me asomé a la calle. Las gotas de agua corrían también por mi cara, empañándome las gafas, y recordándome a la vez la suerte que tenía de estar librando el día de hoy.  Al cabo de unos minutos, volví a entrar en la habitación y, después de una rápida mirada en el espejo (una cabeza parcialmente calva, cejas oscuras, gafas de concha, nariz aguileña y boca de labios finos y crueles, sobre un  cuerpo bien cultivado en el gimnasio, pero con una barriguita que empezaba a desafiar las leyes de la gravedad), regresé silenciosamente al despacho. La casa vacía se prestaba a pocas distracciones o confidencias, aunque mi mente voló hacia el cuarto de baño principal, con su gran bañera de forja, de estilo antiguo.

El despacho, con sus paredes completamente cubiertas de estanterías rellenas de libros en doble fila, era mi refugio favorito. Mi madre no se explicaba nunca como podía encontrar en pocos minutos cualquiera de mis libros en ese caos aparente, pero es que todos ellos estaban ordenados por tema y autor, con especial predilección por los de Stephen King y otros escritores de terror americanos y europeos. La música de Cole Porter salía perezosamente desde los cuatro altavoces del equipo de música, haciéndome pensar en otros momentos más felices, en los que tal vez seguía lloviendo como hoy. Esas armonías espectrales acompañaban mis pensamientos, mientras escribía perezosamente en el ordenador, cuando de repente sonó el timbre de la puerta principal. ¿Quién podría ser, a esas horas de un lunes por la tarde? Cruzando una vez más el hall, y sin poder resistirme a los encantos del espejo, abrí la puerta, y allí estaba ella.
- “¿Don Marcial Benavente? Encantada de conocerle, soy Susana Díaz, su nueva agente del Círculo de Lectores, y estoy recorriendo el barrio para presentarme a los compradores.”
- “Encantado de conocerte, Susana. ¿Quieres pasar un momento a casa, y hablamos con más tranquilidad?”, le dije, mientras abría por completo la puerta, al mismo tiempo que la observaba.
Menudita, unos veinticinco años, con la larga melena rubia empapada por la lluvia, vestía un traje de chaqueta con falda y pantalón azul oscuro, blusa blanca, una gabardina beige, un paraguas de mango largo de color verde y unos cómodos zapatos bajos, perfectos para caminar. Como complemento, un práctico maletín con ruedas y asa negro, justo del mismo modelo que yo me quería comprar. Una visita predestinada.
Nos dirigimos hacia el salón comedor, cruzando el hall. La mesa, de roble macizo, y las seis sillas tapizadas de rojo, nos estaban esperando, pero al final nos sentamos en los sillones, separados únicamente por la mesita baja, donde Susana fue depositando las distintas carpetitas.
-          “El motivo de mi visita es presentarle algunas de las últimas colecciones puestas en marcha en Círculo, en colaboración con Planeta. Los precios que le voy a indicar ya llevan incluido el descuento, por ser veterano con nosotros.”
-          “Veinticinco años, madre mía. Y parece que fue ayer la primera vez que un agente de Círculo vino a visitarme, en respuesta a mi llamada…”
-          “Pues sí, señor Benavente…”
-          “Llámame Marcial.”
-          “En efecto, Marcial, hace ya mucho tiempo, pero veo que has seguido comprando libros con nosotros” me dice, echando una ojeada por las librerías del salón comedor.
-          “Es mi único vicio, bueno, eso e ir al cine. ¿Te gusta ir al cine, Susana?¿Qué tipo de películas? A mí sobre todo las de terror y las de acción…”
-          “Pues justamente tenemos una oferta especial, “Cien años de cine”, en colaboración con la Warner. Es una selección de las mejores películas de la historia del cine, seleccionadas por expertos en la materia, que sin duda le puede interesar…”
-          “¿Te apetece tomar algo? Yo estaba preparándome un café. Seguro que algo bien calentito te vendrá bien, con esta tarde de perros.”
-          “¡Oh! ¡Muchas gracias! Con leche y dos de azúcar, ¿sería posible?”
-          “Dame cinco minutos, y lo traigo. Mientras tanto, si quieres, puedes ir mirando los libros, que me he fijado que te puede la curiosidad…”

Susana se sonrojó, ¡qué dulce!, y yo me fui hacia la cocina. Café para dos, aunque el suyo tenía un pequeño suplemento. Al volver al salón, ella estaba mirando la edición facsímil del Quijote, herencia de mi padre. Nos volvimos a sentar en los sillones, aunque tuve buen cuidado de no confundirme de taza.
-          “¿Qué otras colecciones tienes para ofrecerme? ¿Algo para niños?”
-          “Pues sí. Una colección de vídeos de Mickey Mouse, perfectos para toda la familia.”
-          “Seguro que a mis sobrinas le gustarán mucho. ¿Y en qué condiciones de financiación?”
-          “Serían ciento cincuenta euros, pagaderos en cómodas cuotas de cinco euros mensuales, que se añadirían a su pedido habitual… Disculpe, empiezo a marearme un poco… Será el calor.”
-          “¿Te apetece levantarte y dar una vuelta por la casa? Así te enseño los libros que he ido comprando. Sólo en el despacho tengo siete librerías…”
-          “Mejor que lo dejemos para otro momento, la verdad no me siento nada bien.”
-          “¿Necesitas ir al baño?”, le pregunté, encantador.
-          “Si no es mucha molestia…”
-          “Acompáñame.”

La conduje por el pasillo, hacia el cuarto de baño blanco. El último tramo tuve que arrastrarla, y ni siquiera vio la gran bañera, en la que la deposité suavemente. Con mucho experimentar, descubrí la combinación exacta de sedantes y barbitúricos para matar sin dejar mal sabor. Después de desnudarla con gran cariño (la ropa sería entregada por mi madre a la parroquia al día siguiente), y con un único y profesional corte de lado a lado del cuello, la dejé desangrándose en la bañera. Por delante tenía varias horas de disección, separando los fragmentos más jugosos, como por ejemplo sus senos, rebanando el resto de la carne con gran cuidado, y deshuesándola de la manera oportuna. Al haberla desangrado previamente, fue un trabajo de gran limpieza. Cuando terminé, envasé la carne al vacío con la máquina de la cocina, y separé la cabeza y los huesos, dejándolos listos para la caldera de carbón de la comunidad. El día en que finalmente la cambien por una de gas, deshacerme de los restos de la comida puede convertirse en un problema, pero de momento, no tengo quejas.
Fue una suerte su visita, porque a mi madre y a mí se nos estaba acabando la carne fresca, y tampoco se trataba de abusar de la suerte matando a más mensajeros de Telepizza o de Do Eat, con el riesgo que conlleva el no poder escoger. Dos días más tarde, en la barbacoa, toda mi familia, incluyendo a mi hermana, su marido, las niñas y su suegra, degustaría las partes más exquisitas de la dulce Susana.
Mi dulce agente del Círculo de Lectores, gracias por tu visita una tarde de otoño y lluvia…

lunes, 15 de febrero de 2016

LA SED...

Lo peor de todo es la sed…

Ser un vampiro tiene muy poco que ver con el glamour de Stephenie Meyer. No hay fascinación ni atracción física ni luces en medio de la mañana. Es cierto que puedes experimentar ciertos cambios, pero en esencia sigues llevando el mismo tipo de vida.

Si eres un “Adonis-que-se-come-el mundo” antes de la transformación, lo seguirás siendo después. Si te pareces más a Alfredo Landa ligando con las alemanas, pues ya sabes lo que te espera.

Yo, sin parecerme demasiado al dilecto cómico, disto bastante del semi dios… Soy bajito (uno setenta y dos no es gran cosa), un poquito gordo (esa maldita barriga cervecera), y no tengo demasiado pelo en la cabeza (y mira que yo pensaba que esto cambiaría, total, una media melena la puede tener cualquier vampiro que se precie). Me gusta leer, escribir, ir al cine, soñar, comer bien, dormir… En eso, no he cambiado demasiado con la transformación, ni esta ha sido tan profunda. Me siguen gustando las mismas cosas, y la mayor parte de ellas las sigo haciendo…

Bueno, menos comer. Mi estómago, de la noche a la mañana, ha dejado de aceptar cualquier tipo de alimento que no sea sangre humana. ¡Y de eso tampoco te avisan al convertirte!

En las películas parece todo de lo más sencillo. Eres un vampiro. Tienes hambre. Te vas de caza. Las mujeres sucumben a tus encantos. Las atacas en los callejones, en los cuartos de baño. En los ascensores. En su propia casa. Y lo único que te dicen es “¡Muérdeme, chato!” Y encima si te gustan de verdad, las puedes convertir en tus vampíricas amantes inmortales, y acabas teniendo un harén de criaturas agradecidas, que están dispuestas a ir de caza por ti, vamos en plan león.

Y una mierda.

Si eres bajito y un poquito gordo, ese será el aspecto que presentarás ante tus futuras y presuntas víctimas. Tu mirada no se vuelve magnética ni altamente seductora. Ni las hermosas mozas caen rendidas a tus pies. Ni mucho menos arquean el cuello de manera deliciosamente seductora para presentarte el mejor lado de su yugular. Y por supuesto, si no tienes experiencia como ligón, no la vas a adquirir de repente gracias a un mordisco.

Parece mentira el daño que han hecho las películas de “Crepúsculo”, y no hablemos ya de “Blade” o similares.

Se me ocurrió pensar que el mejor coto de caza serían los bares de solteras de los alrededores del Bernabéu, ya sabes, llenos de secretarias divorciadas, directivas maduras y alguna que otra mujer despechada ansiosa de diversión. Me puse mis mejores galas (es decir, mi único traje decente), me peiné con esmero (en mi caso, me rapé la cabeza al dos) y, metiendo barriga y perfumado con Hugo Boss, decidí jugarme el todo por el todo.

Y tanto que me lo jugué. Porque la primera vez que lo intenté, solo obtuve un bofetón. La segunda, un bolsazo. La tercera, una patada en los huevos. Y la cuarta, primero una paliza, y segundo me mordieron los de la competencia. No basta con tener buena planta y ciertos conocimientos de comunicación no verbal. Si quieres cazar tienes que ser muy especial…

Cuando salí del hospital después de la paliza (la nariz rota, lo que me faltaba, y un doloroso desgarro en la yugular, pues se dieron cuenta demasiado tarde que era uno de los suyos, “¡Ostras macho, lo sentimos mucho!” me dijeron y todo), decidí cambiar de táctica y de lugar.

Dispuesto a cambiar mi suerte, y tras una cuidadosa selección de lugares alternativos a través de internet (¡San Google Bendito!), decidí cambiar por completo de aspecto, es decir, vestirme de negro y maquillarme a lo Marilyn Manson, y dirigirme a los bajos de Moncloa. Pensé que sería bastante sencillo, sobre todo porque en esa zona hay un club de supuestos amantes de los vampiros, llamado “El último mordisco”, al que acuden un puñado de góticos y de tribus similares, fascinadas por lo vampírico y lo alternativo.

Se visten de negro, con vuelos y encajes. Se maquillan de blanco. Se pintan los labios de negro. Se dejan crecer las uñas, y algunos incluso se afilan los dientes. No hacen más que hablar de “los inmortales”, “los nuevos dioses”, “los no muertos” y, sobre todo, de “la vida eterna”. Escuchan músicas oscuras. Beben cosas raras. Se hacen los interesantes, pero en el fondo no saben nada. Si conocieran de verdad la sed, no se andarían con tantas tonterías.

No sé muy bien cómo, pero coincidí con Amalia en una esquina de la barra la tercera noche. Yo estaba bebiendo un zumo de tomate (curiosamente no me hace daño), y ella se puso a mi lado.
-         
“- ¿Así que te gustan los vampiros?”, me preguntó.
-  -    “Me interesan bastante. Desde hace un par de semanas”, le respondí, haciéndome el interesante.
-     -    “¿Y eso?”
-        -   “Desde que me mordieron…”
-          - “¡Qué interesante! ¿Y cómo te sientes?”
-          - “¡Hecho mierda jajajaja! No puedo comer casi nada, todo me sienta mal, y encima siempre tengo sed. De sangre. No paro de pensar en ella, veo a la gente a mi alrededor, y solo pienso en morderles, en desgarrar sus cuellos, para alimentarme…”
-          - “¡Qué guay! ¡De verdad me morderías hasta matarme solo para alimentarte?”
-          - “No lo sé… Soy novato en estas cosas… Y no he tenido mucho éxito hasta ahora…”
-       -   “Pues la verdad, para ser un vampiro, eres de lo más civilizado… ¿Te apetece acompañarme a mi casa, y seguimos hablando?”

Y nos fuimos a su casa. Amalia vive en un estudio, de unos cuarenta metros, en la calle Espíritu Santo. Trabaja de tele-operadora en una empresa de asistencia en carretera, y comparte el piso con Boris, su gatazo enorme, atigrado y consentido. La decoración es de lo más normal, hay estanterías con libros por todas partes, algunos paisajes estilo “new age”, y le gusta quemar incienso.

Apenas llegamos a la casa, me sirve un zumo de tomate bien frío, y me pide permiso para ponerse cómoda. Unos minutos más tarde, sale de la habitación con uno de esos chandals de felpa de mercadillo de color gris, y unas zapatillas de piel vuelta. Una vez que se ha quitado toda la parafernalia gótica, resulta ser una chica de lo más normal… pero tremendamente atractiva…

Nos sentamos en el sofá, y Boris se tumba en mi regazo (más tarde me enteraría de que esa era la famosa prueba del gato: si Boris no me aceptaba, me iba a la calle). Y seguimos hablando. De cómo me convertí en vampiro, casi por error. Lo típico, chico conoce chica en Facebook; chico viaja hasta la ciudad de la chica; chica resulta ser vampira y le muerde en la primera cita; chico vuelve a Madrid hecho migas, con el corazón roto y convertido en un “no muerto”…
-         
- “Menos mal que vivo solo, porque de lo contrario habría sido muy difícil explicar lo que me estaba pasando…”
-   -        “¿Y eso?”
-    -      “Menos mal que estaba de vacaciones, porque los primeros tres días, cuando me transformé, fueron espantosos. Tumbado en la cama, sin poder moverme, notando cómo mi organismo cambiaba lentamente. El segundo día me puse a vomitar. Al tercero la comida me daba nauseas solo de pensar en ella. El cuarto pude levantarme, y como no tenía nada de sangre en casa (como es normal), pero me sentía demasiado débil para ir de caza, llamé a mi amigo Manolo, que trabaja en el matadero, para que me guardase un par de litros de sangre de cerdo, con la excusa de hacer morcillas de arroz con la receta que me dio mi abuela…”
-       -    “¿Y qué pasó?”
-      -     “Una catástrofe. Como la sangre cruda me daba mucho asco, le puse unas gotitas de tabasco y un chorrito de vodka, y me la tomé como si fuera un bloody mary (nunca mejor dicho el nombre jajaja). Como no me sentía demasiado bien, me fui a la cama, y cuando me desperté, estaba totalmente hinchado, como el muñeco de Michelín… Lo pasé fatal… Y encima recibí el mensaje…”
-         -  “¿Qué mensaje? ¿De quién?”
-          - “De Yolanda, ya sabes, la chica que me convirtió en vampiro… “Bajo ningún concepto bebas sangre de cerdo, te sentará mal”. Un poco tarde para el aviso. Luego encima empezaba con los consejitos: “solo puedes tomar sangre humana, no hagas experimentos”. “Los primeros días te sentirás fatal”. “Prueba con el zumo de tomate y Micebrina, te vendrá bien”. “No procures transformar a nadie hasta que no hayan pasado varios años”. Y cosas por el estilo. Todas ellas de gran utilidad…”
-          - “Ya veo… ¿Y ni siquiera te pidió perdón por haberte transformado?”
-          - “¡Qué va! Le echó la culpa al cha-cha-chá, a la luna llena, a la emoción del primer momento… Pero nada de nada… Y encima después de esos primeros mensajes no ha vuelto a hablar conmigo… Total, para lo que me iba a contar…”
-          - “¿Has buscado ayuda? ¿En internet?”
-       -    “Nada de nada. No hay páginas de auto ayuda para vampiros tímidos y principiantes… Y solo me queda la sed… Cada vez mayor… Y aquí me tienes, hablando contigo, de madrugada, sin poder apartar la vista de tu yugular…”
-       -    “Tranquilo Adrián, creo que puedo ayudarte… ¿Te apetece un traguito de cero negativo? Creo que todavía tengo un par de bolsitas en la nevera…”

Y así terminó todo, Sentado en el sofá de Amalia. Con Boris en el regazo. Saboreando por fin, intensamente, mi primera dosis de sangre…

¿Ah, que quieres saber por qué Amalia tenía sangre humana en la nevera? Resulta que la dulce Amalia y su novia (tremendo chasco para mi autoestima) habían montado hace algunos años una red de apoyo para vampiros principiantes, al comprobar el incremento de “chupa sangres” perdidos por Madrid. “El último mordisco” y otros locales similares eran la mejor tapadera para esta novedosa ONGD, y según ella resultaba muy fácil distinguirnos de los aficionados por un “especial brillo en la mirada”... En cuanto a la sangre, la proporcionaban contactos de Cruz Roja Española “por razones humanitarias”…


Así que aquí estoy, formando parte de una ONGD, orientando a nuevos vampiros como tú, y compaginando mis actividades nocturnas con mi trabajo de periodista… Y por cierto, se me está quedando un tipín impresionante… Resulta que comer solamente sangre adelgaza…

PALOMAS EN LA AZOTEA



-          Diez –

Un golpe sordo… Y se termina todo. Una vida contra el asfalto. La gravedad y sus leyes inmutables. Pero… ¿Acaso es el final?

-          Uno –

La vida de Adrián Cienfuegos, también conocido como Fueguito, era de lo más sencilla. Porque, de todas formas, ¿qué problemas puede tener un chaval de siete años? Bien, pues alguno que otro tenía. Sobre todo por su extraña capacidad para leer la mente de las personas.
-          “Me vas a pegar dentro de dos minutos”, le dijo a su compañero de clase el segundo día del curso, “pero vas a tener problemas con la mancha de sangre, y tu madre te va a regañar”.

Efectivamente, el pequeño Fernando Àlvarez le pegó, con tan mala suerte que le reventó el labio superior, manchándose de sangre el jersey nuevo, lo cual le valió una buena bronca por parte de su madre, porque todo el mundo sabe “que la sangre se limpia muy mal de un jersey blanco, niño del demonio”, le dijo medio segundo antes de darle un soberbio zapatillazo.

Ni que decir tiene que, a partir del siguiente día, Adrián y Fernando se convirtieron en los mejores amigos del mundo, siendo el segundo el protector de Adrián durante toda su estancia en el jardín de infancia…

-          Dos-

Pero Fueguito creció, cumpliéndose de aquél modo una de las leyes esenciales de la naturaleza, y con su entrada en el Instituto Galileo Galilei descubrió un nuevo poder: era capaz de predecir lo que iba a suceder en los dos siguientes minutos. Lo cual le ayudaba a evitar los golpes de los abusones de la clase, pero también a prever cuando se pasaría por el patio el profesor de turno, incluso a saber antes que nadie cuándo habría un examen sorpresa, lo que añadido a su capacidad creciente de leer la mente del docente le permitía obtener unos resultados brillantes sin demasiado esfuerzo.

Tampoco tardó demasiado tiempo en hacerse amigo del abusón de turno, puesto que parecía tener también la capacidad de despertar ansias de protección entre los alumnos más peligrosos de cada clase por la que iba pasando.

-          Tres –

A los trece años, descubrió su capacidad para matar sin dejar huellas, manipulando discretamente a las personas de su entorno. Y su padre, un borracho y maltratador, fue la primera persona en “aprovecharse” de tan inusual talento.

Cierto es que se lo merecía, según todos los parámetros convencionales, puesto que era muy aficionado a pegar a su madre donde no hubiera huellas visibles (es decir, en todas aquellas partes que quedaban cubiertas por sus largos vestidos de blonda), en el estómago, en el pecho y en la espalda (nunca en la cara, eso sí).

Pero aquella tarde de sábado, también quiso pegar a Adrián… cuando de repente le entraron unas ansias irresistibles de subir a la azotea del edificio de siete plantas, para dar de comer a las palomas, luego una cosa llevó a la otra, y terminó precipitándose al vacío, ante los ojos aterrados de su “desgraciado hijo, que en aquél momento estaba mirando por la ventana del salón”, según rezaba en el atestado policial.

No hubo flores sobre su tumba. Ni en aquél entonces, ni después.



-          Cuatro-

A los catorce años descubrió de manera accidental el sexo, puesto que pilló a su hermana mayor montándoselo en la cama de su madre con su novio de turno, y le pareció una experiencia interesante, y sin duda alguna divertida. Con su capacidad, cada día más desarrollada, de influir en los pensamientos de los demás, no le costó demasiado convencer a Laurita, su vecina del cuarto A, a que viniera a su casa una tarde del mes de abril, mientras que su madre estaba en el cine con su novio de turno.


Cierto es que en todo momento se comportó como un caballero, incluso le ofreció una Coca Cola bien fresca y una bolsa de patatas fritas como recompensa, y que también utilizó un preservativo robado de la mesilla de noche de su madre.  Y que la experiencia se repitió casi cada semana, durante el resto del año.

Laurita nunca se quejó, y es más, alardeaba entre sus amistades de tener “un novio muy atento”. Años más tarde, siendo una mujer casada y con hijos, todavía le costaba comprender cómo se había entregado a Adrián, es decir, al típico “empollón de gafas redondas, bajito y de mirada triste, cuando había otros muchos pretendientes”.

-          Cinco –

Y por fin, la Universidad.

Con el final de la adolescencia, sus poderes se intensificaron. Era capaz de leer la mente incluso  mientras hablaba por teléfono. Sus predicciones eran siempre acertadas. Seguía siendo capaz de matar a distancia (aunque durante aquellos años no tuvo demasiados motivos). Y podía influir en el “libre albedrío” de los demás.

Allí, en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, fue intensamente feliz: un alumno brillante, bien considerado por los profesores, levemente envidiado por los alumnos, y con aquella mirada especial, “que parece traspasarte” según decía Estefanía Rodríguez, su “coñito de cabecera” (aunque Adrián se guardaba mucho de llamarla así en su presencia) durante los tres primeros años.

Todo iba bien, “nihil novo sub solem” (nada nuevo bajo el sol), hasta que llegó el momento del viaje del paso de ecuador, tradición que por otra parte le encantaba. Él quería ir a Rusia, y realizar un tour por los antiguos países bálticos. El líder de la clase prefería ir a Ibiza. Adrián intentó persuadirle… Y por primera vez en su vida fue incapaz de conseguirlo. Era como si un muro mental le protegiera de todo tipo de influencia. Así fue como conoció a los “oscuros” (por lo menos así les llamaba), es decir, aquellas personas inmunes a sus poderes.

La votación fue prácticamente testimonial, y la clase entera disfrutó de seis días de juerga ininterrumpida en Ibiza. Allí fue donde Adrián descubrió dos cosas importantes que le influirían el resto de su vida: que algunas drogas de diseño (concretamente las meta anfetaminas) expandían sus poderes; y que sería el sicario perfecto.
-          “¿Tú qué buscas, niñato? ¿Una hostia?”, le preguntó el guardaespaldas de la discoteca en la que estaba bailando con sus compañeros de clase, cuando se acercó al dueño, un conocido mafioso…
-          “Si no te apartas de mí y me sueltas de inmediato, tu muerte.”

El matón cometió el error de no hacerle caso, y de repente tuvo unas ansias tremendas de meterse el cañón del revolver en la garganta, y disparar. Todo esto en el despacho de su patrón.

Mientras un equipo de limpieza especial se encargaba de arreglar el estropicio, Adrián mantuvo una charla de lo más interesante con Don Camilo Badalamenti. Y desde aquella tarde, Adrián tuvo que compaginar sus estudios con una serie de encargos bien remunerados, que le llevaron en primer lugar por diversas ciudades de las Islas, y luego por el resto de España. Nunca está de más disponer de un asesino tan eficaz y misterioso que ni siquiera necesita armas, o mejor dicho, al que le sobra con su capacidad de persuasión para cometer, una y otra vez, el crimen perfecto y salir impune.

A los veinticuatro años terminó los estudios de Periodismo, y consiguió, utilizando sus poderes de persuasión, un contrato como “free lance” para el grupo Prisa. Era la cobertura perfecta para sus actividades “extra curriculares”, y al mismo tiempo una excelente manera de blanquear parte de los ingresos de sus otras actividades, con el viejo truco de las facturas falsas emitidas por reportajes nunca entregados. La vida le sonreía…

Hasta que se enamoró. Perdidamente. Irremisiblemente. Inconmesurablemente. De una “oscura”. Con tantas mujeres normales y accesibles, plenamente capaces de someterse a sus deseos más oscuros, y carentes del libre albedrío, tuvo que enamorarse de una de las pocas que eran inmunes a su talento. Y que encima estaba enamorada de su mejor amigo.

Pues sí, Adrián Cienfuegos, reputado periodista “free lance” e igualmente eficaz como sicario de los principales cárteles de la droga latino-americanos, era capaz de tener amigos, cosa en verdad difícil de imaginar. Pablo Gutierrez se llamaba.

Conviene insistir en el “llamaba”. Puesto que a los veintisiete años tuvo el impulso de salir a nadar una noche de luna llena mientras estaban celebrando el solsticio de verano con su mejor amigo, su novia y tres colegas de la redacción, y nunca volvió a la orilla. Encontraron su cadáver varado en la playa de Gandía tres días más tarde.

Noelia García estaba inconsolable. Pero Adrián descubrió en su interior un nuevo poder… La magia de sus manos. Capaces de curar dolores, de sanar incluso al corazón más destruido mediante la concentración y la focalización. Fue entonces cuando dio sus primeros pasos en el reiki, y no tardó demasiado en ser nombrado maestro. Incluso se planteó durante un tiempo el dedicarse a ello de manera profesional, pero sus compromisos anteriores se lo impedían. No en vano era uno de los asesinos más implacables y eficaces del mundo, y sus servicios eran requeridos incluso por algunas agencias de seguridad americanas de dudosa legalidad. La vida, por lo tanto, le sonreía.

-          Seis -

Pero Adrián tenía un punto débil: su dependencia de Noelia. Ella era su refugio, su puerto seguro, la persona que le permitía ser realmente feliz y libre, puesto que era inmune a sus talentos. Al principio fue prudente, y su relación era básicamente clandestina. Sobre todo porque era capaz de mantener separadas sus distintas facetas profesionales: su ascendente carrera como periodista; y sus oscuros trabajos de sicario.

Ocasionalmente, y solo por no perder la costumbre, entre trabajo y trabajo se dedicaba a “limpiar las calles de elementos asociales”. Es decir, de mendigos alcohólicos, de drogadictos y de prostitutas toxicómanas, pues nada había más fácil para él que meterse en sus mentes e impulsarles a suicidarse, muy a menudo ante sus ojos, para que fuera capaz de disfrutar con sus muertes.

Ya ni siquiera necesitaba entender lo que estaban pensando, y de aquella manera quedaba superada la barrera del idioma; y su manera preferida de matarles era que se arrojases delante de un tren o de un  metro. Por desgracia, nadie valoraba en su justa medida su preocupación por la limpieza de las ciudades.

No obstante, toda su otra vida de criminal quedaba olvidada cuando por fin se reunía con Noelia. Entonces todo era dulzura, buenos sentimientos, ternura y planes de futuro, mientras su carrera profesional alcanzaba cotas insospechadas.

El catorce de abril de dos mil trece se casaron. Y nueve meses después llegó la cigüeña, puntual y procedente de París. Fueguito tenía por fin un descendiente, una niña llamada Elvira, que los llenaba a ambos de felicidad. Igual que la madre, era una “oscura”, que sin embargo lo conseguía todo de su padre, con una simple sonrisa o un oportuno puchero. Y Adrián se sentía enormemente feliz. Incluso empezaba a pesarle su doble vida. Por lo que tomó una decisión radical.

-          Siete-

Y Adrián se jubiló. En el momento culminante de su carrera como sicario, cuando incluso tenía lista de espera, y le llovían las propuestas de contratos de toda Europa, decidió abandonarlo todo, y consagrarse exclusivamente a su familia.

Porque ya no sentía ansias de matar. Además su carrera oficial como periodista le aportaba suficientes ingresos para cuidar a su familia (Noelia había abandonado temporalmente su trabajo como redactora en La Razón para ocuparse de la pequeña Elvira). Incluso estaba dando sus primeros pasos en el mundo de las letras, con un libro de viajes estilo Pérez Reverte.

Pero a veces los fantasmas del pasado regresan con fuerza. Y Don Camilo Badalamenti le pidió un último favor: eliminar a un intruso que se estaba apoderando de las redes de distribución de drogas en Ibiza.

-          Ocho –

Las cosas se complicaron. Wilbur Smith no estaba solo en el negocio de la droga, aquello no era más que la punta de lanza de una poderosa organización con diversos intereses, que agrupaban la prostitución y el tráfico de armas. Sus sicarios estaban perfectamente entrenados, y Adrián necesitó de sus poderes más que nunca, para abrirse paso hasta su objetivo.

Es cierto que Adrián cumplió el trabajo. Pero en aquella noche de tormenta y sangre, cometió un error que con el tiempo se revelaría fatal: dejó con vida al hijo del mafioso, un chaval tímido y con gafas, que de alguna manera le recordaba a su propia infancia. Y regresó a su vida, ordenada, tranquila, con Noelia, Elvira y el pequeño Julián.

-          Nueve –

Y pasaron los años. Y aquél adolescente, el hijo de Willbur Smith, creció para buscar venganza, al asesino de su padre.

Mientras tanto, Adrián se convirtió en una persona pública, un prestigioso periodista de investigación, sin descuidar su faceta como escritor.

Sus caminos se cruzaron de nuevo en una firma de libros en la FNAC de Callao. “¿Para quién es este libro?”, le preguntó Adrián, confiado, a aquél adolescente desgarbado y con gafas que le observaba desde el otro lado de la mesa. “Para mi padre, Willbur Smith”

Al escuchar aquél nombre, recién salido de un lejano pasado que prefería olvidar, Adrián notó cómo un escalofrío le recorría la espalda. ¿Sería acaso el hijo de su última víctima? Intentó sondear su mente de manera disimulada, pero no pudo lograrlo: él también era un “oscuro”;  y por primera vez Adrián se sintió desnudo, impotente, pues en aquellos ojos leía una tremenda sed de venganza.

Dos días más tarde, en mitad de la madrugada, sonó el teléfono. “Tú mataste a mi padre”, escuchó, “y ya va llegando el momento de que pagues tu deuda…”

Diez minutos más tarde, sonó el móvil, con el mismo resultado.

El día después, empezaron a llegar las rosas negras. Siempre con la misma tarjeta. Y el mismo mensaje. “Penitengiate pecatoribus”. Solo por curiosidad, Adrián contactó con uno de sus antiguos profesores del instituto, que enseñaba latín. “Arrepentíos pecadores, haced penitencia”.

Hasta que, transcurrida una semana desde de la primera llamada, y a pesar de haber cambiado de número de móvil tres veces (el fijo lo tenía desconectado), llegó el mensaje definitivo. “Sólo una vida sirve de moneda para otra. Si no quieres que me tome la venganza por mi mano sobre tu querida familia, ya sabes lo que tienes que hacer”.

No había negociación posible.

Y por eso, confrontado a los poderes de un “oscuro”, Adrián tomó la única decisión posible… Y emulando el último salto de su padre, tuvo el irresistible impulso de ver a las palomas en la azotea…