lunes, 2 de febrero de 2015

UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD por Javier Núñez


Correctora: Bea Magaña

Rafaela se encontraba sentada ante una pequeña mesa de madera ajada, llena de vetas y nudos oscuros, jugando una partida de solitario con una baraja española. Las cartas dispuestas sobre la superficie gastada estaban combadas y llenas de dobleces. Cogió una  del montón que sostenía boca abajo en la mano izquierda, le dio la vuelta y la examinó. Comprobó que se trataba del cuatro de espadas y la dispuso en la parte inferior de una de las hileras. Pese a moverse con gestos lentos y pesados, no necesitó detenerse a pensar dónde ponerla. Había jugado tantas veces aquellas partidas. Tantas miles de veces…
Alzó la vista y miró hacia el pequeño bulto que yacía tendido en la cama, inmóvil frente a ella. El armazón de esta era de un hierro tan deslustrado que ni siquiera la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana era capaz de arrancarle un destello. El hombre que se encontraba bajo las mantas estaba recostado sobre el lado izquierdo, de cara a la suerte de puerta de que disponía la habitación, y permanecía inmóvil durante tanto tiempo que podía inducir a pensar que estaba muerto. Solo que no era así. No allí. La realidad era que se hallaba tan débil que apenas era capaz de mover una ínfima parte de su propio peso.
Rafaela regresó a su partida de solitario. Al agachar la cabeza comprobó que, por sí misma, su mano derecha ya había comenzado a depositar una sota de bastos en la parte inferior de otra de las hileras. El resultado no era importante para ella. Le daba igual si completaba o no el solitario, pero la decisión de seguir jugando no le pertenecía. Continuaba haciéndolo porque no tenía alternativa. Arrojar las cartas contra el suelo y cruzarse de brazos no constituía una opción válida. Su margen de movimientos no podía ser más reducido. Con excepción de algunas pequeñas modificaciones conductuales sin importancia, todo escapaba a su control. Todo estaba escrito, y quien lo hizo había usado tinta indeleble. De la que perduraba en el tiempo, sin siquiera emborronarse.

El As de copas, la siguiente carta, no encajaba en ninguna de las siete hileras, así que la devolvió al montón y cogió otra. Jugó durante un rato más. Hasta que, poco a poco, el montón fue disminuyendo de grosor, y se quedó con menos de una docena de cartas en la mano. Colocó un tres de oros al final de la tercera hilera empezando por la izquierda antes de que la partida entrara en una fase de bloqueo insalvable y no le quedara más remedio que darla por finalizada. Las soltó boca arriba, sobre la mesa, y comenzó a recogerlas para empezar una nueva.
Aunque, en realidad, no tenía nada de nueva.
No necesitaba jugarla para saber que la próxima también la perdería. Pero, aun así, debía hacerlo. Debía jugarla. Como todas las anteriores, y como todas las que vendrían después.
Cuando volvió a quedarse bloqueada —esta vez con solo cuatro cartas en la mano—, retiró la silla de madera hacia atrás y se levantó. La anea entrelazada crujió cuando despegó el trasero del asiento. Se alisó la falda y se acercó al hueco abierto en la pared que hacía las veces de ventana. Al otro lado de los listones de madera que la delimitaban, el cielo era de un color gris ceniza a causa de las numerosas nubes que lo cubrían —incluso bajo ellos; como si la habitación flotara en el espacio—. A través de estas, el sol pugnaba por abrirse paso como un aguerrido soldado en medio del fragor de la batalla. Cuando lo lograba, sus rayos diluían la penumbra en que se hallaba sumida la habitación e iluminaban vagamente sus contornos. Al mismo tiempo, los rasgos de Rafaela mutaban y se transformaban en un cúmulo entremezclado de luces y sombras en su rostro surcado de arrugas.
La última vez que había examinado su reflejo en un espejo tenía el pelo entrecano, y sabía que eso no había cambiado. Ni ninguna otra de las características de su apariencia o condición física. Seguía teniendo una acentuada red de varices en las piernas, la verruga con forma de lágrima del párpado izquierdo, molestias en la parte baja de la espalda como resultado de toda una vida de duro trabajo. Porque en aquel sitio las cosas no variaban. No mejoraban ni empeoraban. Ya que allí el tiempo —y todo cuanto pudiera guardar relación con él— no ejercía la menor influencia. De hecho, literalmente, no existía.
Al cabo de un rato se volvió, atravesó la habitación y se detuvo ante la cabecera de la cama. La cabeza del hombre yacía apoyada sobre una fina almohada. Tenía los carnosos párpados caídos sobre los pómulos, el pelo corto, negro y despeinado, y una barba desaliñada que se amontaba en torno a sus mejillas y bajo su barbilla como un ovillo de lana después de que un niño hubiera estado jugando con él. Bajo esta se adivinaban con claridad unas mejillas hundidas, que hacían que los pómulos parecieran más prominentes y los ojos más hundidos en sus cuencas. Su nariz era ancha y estaba sepultada bajo un aluvión de venitas rotas: un rasgo muy común entre los alcohólicos.
Rafaela no tenía ni idea de cómo se llamaba. De igual manera que no sabía por qué compartía esa habitación con ella. Por su aspecto, daba la impresión de que había llevado una vida desordenada y poco saludable. Y el hecho de que hubiera terminado allí añadía un nuevo elemento a la ecuación: no había sido una buena persona. Como ella, al parecer. Por eso permanecían atrapados en una burbuja que no estallaba y que todo apuntaba a que nunca lo haría.
Sus intentos de entablar conversación con el hombre habían pinchado en hueso. Era consciente de la presencia de Rafaela, pero hablar resultaba ser una tarea demasiado ardua para él. Rafaela pensaba que, para terminar en ese estado, debía haber hecho mucho daño y dejado tras de sí mucho dolor durante el tiempo que su corazón había bombeado sangre a todos los rincones de su organismo.
El hecho de que no solo hubiera terminado allí, sino que su castigo fuese permanecer inconsciente la mayor parte del tiempo, le había encogido el alma. Pero eso solo había sucedido al principio. Los primeros días, por así decirlo. Luego había concluido que existían varios preceptos inviolables, cuyo quebrantamiento le hacían a uno acabar allí. Y que el hombre debía haberse llevado unos cuantos por delante, como un obstáculo en medio de las vías al paso de un tren de mercancías. Varios peldaños por encima de los que quiera que se le atribuyesen a ella, en todo caso.
El hombre sufrió el esperado ataque de tos y Rafaela lo recibió con tranquilidad, inclinándose sobre él y rodeándole el cuerpo con los brazos. Bajo los huesudos omóplatos, su piel estaba blanda y correosa, y despedía un tufo agrio semejante al de la leche de un brick olvidado en el fondo de la nevera, detrás de un bote extragrande de mostaza. Tiró de él y lo incorporó sin dificultad. La manta con que se cubría cayó sobre su regazo, dejando a la vista un torso descarnado que era poco más que pellejo, en el que destacaban dos gruesos pezones sonrosados rodeados de una mata de oscuro pelo largo y rizado.
Estuvo dándole palmaditas en la espalda, sin preocuparse por que le tosiera en la cara, hasta que se le pasó. Seguía resultándole tan desagradable como la primera vez, pero hacía mucho que había dejado de atender a remilgos. Cuando el cuerpo del hombre empezó a relajarse, Rafaela lo apartó de sí y lo recostó nuevamente sobre el colchón. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes amarillentos y picados, y un reguero de baba le rodeaba la boca y se le escurría por entre la barba. Boqueó varias veces, como un pez fuera del agua. Entonces, entreabrió los ojos y articuló un inaudible «gracias».
Rafaela no contestó. El simple hecho de que aquel hombre estuviera allí le despertaba un profundo sentimiento de animadversión.
¿Cuál era la historia de su vida? ¿Qué era aquello tan horrible que le había hecho terminar en ese lugar?
Aunque, si lo odiaba, ¿lo justo no sería que se odiara también a sí misma? No recordaba nada de su vida anterior. Todo su pasado se había borrado de su cabeza como una foto velada. Así que no podía saber qué acción o acciones la habían condenado a quedar atrapada en aquel sitio. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Un mero detalle sin importancia, porque recordarlo no cambiaría nada, partiendo de la base de que el pasado era inalterable.
El hombre había vuelto a dormirse, y Rafaela se giró hacia la puerta que tenía a su espalda. O la apariencia de puerta, más bien, puesto que carecía de picaporte, cerradura y bisagras. Al principio de estar allí —fuera cuando eso fuese— la había aporreado y pedido ayuda a gritos, pero nunca acudió nadie. Y era demasiado robusta para una mujer de sesenta y tres años con problemas de circulación en las piernas y artrosis en las articulaciones. No podría tirarla abajo ni aunque fuese de cartón prensado.
Fuera, el cielo seguía siendo de un gris plomizo, pero el sol había ido desplazándose hacia el oeste hasta desaparecer del campo de visión que le ofrecía la ventana, sumiendo a la habitación en una penumbra aún más intensa de lo que había habido hasta entonces. Volvió sobre sus pasos y encendió la pequeña lamparita metálica que había sobre la mesa. La bombilla de escasa potencia iluminó un círculo de unos tres metros de diámetro que confirió un aire ominoso a la habitación.
Cuando el hombre encamado sufrió un nuevo ataque de tos —la tos de un fumador de toda la vida—, Rafaela volvió a incorporarlo y lo mantuvo sentado hasta que se le pasó. Esta vez, el hombre no le dio las gracias. Quizá porque se había quedado definitivamente sin fuerzas. Al cabo, lo recostó con cuidado y lo arropó con la sábana hasta el pecho.
—No soy una mala persona —dijo, elevando una protesta a la habitación vacía de oyentes.
Cada vez que llegaba aquel momento exacto abría la boca y las palabras brotaban del fondo de su garganta, estranguladas por la angustia. No siempre decía lo mismo. A veces, la queja variaba. Solo que no sabía si estaba diciendo la verdad o únicamente algo que se empeñaba en creer. Muy probablemente lo segundo, habida cuenta de los resultados.
Regresó a la mesa de madera desnuda y cogió la baraja. Al principio pensaba que, al menos, su castigador había tenido la deferencia de concederle algo con lo que distraerse. Entonces, en cierto momento del ciclo, se le había ocurrido que los naipes eran el pretexto perfecto para todo lo contrario. Dado que allí no existía el tiempo, las partidas de solitario eran su referencia respecto a cómo este transcurría subrepticiamente, igual que un sosegado río subterráneo que discurriera bajo sus pies. A cómo avanzaba en una dirección para, de pronto, trazar un giro brusco y regresar al punto de partida, desde donde volver a empezar.
Mientras barajaba sentía los últimos rayos de luz en la espalda. Ya no calentaban, y apenas lucían. El día tocaba a su fin para dar paso a la oscuridad de la noche. La extraña sensación de no comer nada había quedado atrás en algún punto del camino. No tenía hambre ni sueño, porque allí no existían esas dos cosas. Siempre tenía el estómago satisfecho y el cerebro despierto. Como máquinas autosuficientes.
Cuando terminó de barajar dispuso siete cartas sobre la mesa y comenzó una nueva partida, pese a que aun antes de hacerlo ya sabía que iba a perderla. Y la racha se prolongaría durante cuatro partidas más. Otras siete y tendría que volver a levantarse para incorporar al hombre después de que este sufriera otro ataque de tos. Diecinueve antes de verse obligada a interrumpir el juego para hacerlo de nuevo. Veintiséis antes del que llegaría a continuación. En torno a ciento cuarenta antes de que el sol volviera a despuntar por el horizonte.
Entre tanto, la noche transcurriría silenciosamente a su espalda, salpicada de estrellas y con la luna desplazándose en el mar de brea en que se había convertido el cielo. Acabó la partida que estaba jugando y, con la mente en blanco, recogió las cartas y se puso a barajarlas mientras su mirada yacía perdida en un punto de la pared situado por encima de la cama del hombre al que le había sido encomendado cuidar.
Dispuso otras siete sobre la mesa y dio inicio a una nueva partida.
Había pensado mucho y detenidamente qué era aquel lugar antes de llegar a una conclusión. La detestaba, pero era la explicación más razonable de cuantas había valorado.
Estaba en lo que, en Occidente, se hacía llamar Infierno.
No había fuego ni olor a azufre por ninguna parte. Tampoco llantos desconsolados, gritos de dolor o súplicas, pidiendo misericordia. Nada de eso. Tan solo una habitación de la que no podía salir, con un hombre enfermo en una cama, unos naipes y una ventana que le mostraba el circuito cerrado de luz y oscuridad, de día y noche en que se hallaba atrapada.
Como una aguja de tocadiscos atascada en los primeros segundos de una canción, repitiendo la misma parte una y otra vez.
Repitiéndolos por toda la eternidad.
-FIN-

Gracias por leerlo. Espero que te haya gustado.
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lunes, 5 de enero de 2015

LA CENA DE LOS REYES MAGOS



Muchas veces, hay que mantenerse alejado de ciertos lugares oscuros… de ciertas casas… donde suceden “cosas malas”… y hacer caso del sentido común, de los carteles, de las señales…

Todo el mundo sabía, en la pequeña ciudad, que era mejor no acercarse al umbral de esa casa,  que pasaban "cosas raras" a quien traspasaba el jardín de cipreses y encinas, de rosales retorcidos, el camino de losas negras y blancas, o blancas y negras, las verjas de forja, retorcidas y ominosas, las fronteras de aquella casa extraña, oscura, que se alzaba entre la estación y el cementerio, entre los vapores del pantano y la nada de la jara...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Tres hombres malvados, tres rufianes siniestros, de esos que escupen en la acera, beben cerveza, eructan con fuerza, juran por "la tumba de mi mare" que ellos no han robado las monedas del cepillo parroquial, pero sueltan todo tipo de improperios, y empujan a las viejas, tres malvados, que respondían a los nombres de “Cara Cortada", "el Gitano Tano" y, el peor de todos ellos, el más maléfico del terceto, "el Nenuco Cagón", deciden acercarse a robar en aquella casa, en la noche previa de Reyes, esa noche tan especial, esperando hacer buen botín, en casa tan señorial...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

"Cara Cortada", con su angelical belleza destrozada de un machetazo, desde la sien derecha a la barbilla, lleva una maza de peón caminero, negra de cabeza, larga de mango, que "encontró" junto a la vieja Estación del tren de tercera...

"El Gitano Tano", haciendo honor a su nombre, esconde en la manga una navaja, de Albacete, con medio metro  de hoja, afilada y reluciente, y que tiene grabada en las cachas la cabeza de una cabra...

El "Nenuco Cagón", un armario de dos metros veinte por casi dos metros, con un tonel por barriga, brazos de Orco y modales de Troll, no necesita nada que no sean sus músculos y sus puños para causar pavor...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Los tres rufianes se acercan a la casa, tan aislada, tan oscura, y señorial, en mitad de la noche, de las sombras, con la luna oculta por las nubes, sus pisadas mitigadas por la espesa niebla, ignorando el cartel de letras rojas, donde sin embargo, estaba escrita una Gran Verdad: "Lasciate ogni speranza voi che intrate", o para quien no domine la lengua de Petrarca, de Cicerón, más pequeño, repetía la misma frase, en español: "Abandonad toda esperanza quienes traspasen este umbral"...

Por supuesto, no hicieron caso, y el "Nenuco Cagón" casi lo parte, de un puñetazo, riendo cual borracho en aquellas extrañas horas de la noche...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Entran los tres rufianes por la fuerza, derribando la puerta de un patadón, y se quedan parados, en medio del hall, observando, con la boca abierta y la mandíbula colgante las alfombras oscuras, negras y espesas, la enorme araña de cristal, apagada, las paredes de madera, los cuadros de personas solemnes, la imponente mesa de mármol verde y granate con patas de garras de león, la escalera de caracol, amplia, majestuosa, que enlaza con los dos pisos superiores, oscuros, que permanecen en silencio, a pesar de su entrada triunfal...

A través de la quinta puerta, cuando no pueden creer su fortuna, por haber entrado en la casa, por tener tanta riqueza, por alcanzar tanta suerte en su noche de acción... Por aquella puerta, os digo, aparece Ella...

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Con su largo vestido negro, de encajes y puntilla, como de otro tiempo, y su pequeño porte, pues es menuda, como salida de un cuento, de larga melena castaña oscura, que se extiende en oleadas hasta media espalda, sus cejas perfiladas, sus profundos ojos negros, sus hermosos y turgentes labios, sus pequeños senos...

Algo hay en Ella, que sin embargo, causa pavor... De haber conocido las palabras, quizás habrían pensado en una Princesa, en una Diosa, en algo hermoso... pero estos tres patanes, estos rufianes, os digo, solamente se llevaron la lengua a los labios, pensando: "Somos tres contra una, la noche se pone interesante por momentos... y aquí no hay nadie para escuchar sus gritos..."

Y casi se rifan el honor de violarla primero, de probar su carne....

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Ella les mira, y les sonríe, y enseñando sus hermosos y blancos dientes, les dice, con voz suave, incitante y sensual: "Caballeros, tomen lo que quieran de esta casa... pero por favor no despierten a mis hijos..."

Los tres brutos no se lo piensan dos veces, no... Y se acercan a ella, pensando que de todas formas, si no hay más peligro en la casa, salvo una débil mujer, primero pueden saquearlo todo, luego disfrutar con ella, y marcharse, ricos, satisfechos, poderosos....

Ya están casi subiendo, de todas formas, la escalera, cuando ella les dice: "No pierdan el tiempo arriba, estimados señores... en este tipo de casas, lo de más valor se expone directamente a la luz de la luna, a la luz del sol, en el invernadero... Síganme,  por favor, que les muestro el camino...."

Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

Y la siguen, atravesando el hall y el pasillo, por la cocina en penumbras, y salen al jardín, algo siniestro, por el sendero de piedras negras y blancas, hacia la estructura de cristal... Ella abre las puertas, les deja entrar, les acompaña al centro, se detiene...

Los tres rufianes perciben un extraño movimiento, algo, una multitud les rodea entre las sombras, seres bajitos, muy blancos, de inmensos ojos negros, los rodean por todas partes... "El Gitano Tano" exclama, aliviado:"¡Pero si son niños! ¡Nos hemos asustado de unos putos niños!¡Nosotros, tan grandes, tan fuertes, y tan malos!"…

Y se acercan a Ella, quien con la misma voz melodiosa, les dice: "Les pedí que no despertaran a mis niños... Queridos míos, aquí tenéis vuestra cena de reyes..."

Todo pasa muy rápido, se abre el cielo, la luna derrama sus rayos sobre los niños, cambiándolos, y en cuestión de segundos, aparecen los licántropos, desproporcionadamente grandes para su anterior  tamaño de niños… Hambrientos, se abalanzan sobre los tres rufianes, triturando, desgarrando, machacando, masticando, en un festín sangriento...

Mientras ella, complacida, los observa, y se lame, meticulosa, una gota de sangre...


Jamás te acerques a la casa en mitad de la nada, ni de día ni de noche, y mucho menos si hay luna  llena...Todo el mundo lo sabía... pero ellos no...

viernes, 17 de octubre de 2014

LOS DESCENDIENTES...

“… aunque ahora no tiene mucho sentido recordar el comienzo, cuando han pasado ya cincuenta días de este extraño fenómeno que nadie se parece explicar del todo bien. Los expertos hablan de una extraña conjunción planetaria, que tiene lugar cada 27.350 años, y que según los Mayas marcaba un cambio de era, un movimiento hacia la espiritualidad… Que las primeras manifestaciones tuvieran lugar precisamente la Noche de Difuntos ha sido visto como una extraña paradoja del destino…”

“… Trasgo dice: A todos nos hace mucha ilusión ver de nuevo a nuestros padres, sobre todo si hace mucho tiempo que han muerto… Casi parece un sueño hecho realidad.
Golum dice: Si, un sueño, pero solo un poquito. No todo el tiempo. Es agobiante.
Trasgo dice: Será que no tenías una buena relación con tus padres en vida. La mía era excelente, y les echaba mucho de menos.
Golum dice: Yo también les echaba de menos. Pero… ¿Y eso de ver a todos los demás? ¿A un grupo de desconocidos? ¿Que te están mirando constantemente?
Trasgo dice: Tienes que ser positivo. Desde hace cuarenta días, nunca sabes lo que es estar solo. Y eso…”


“ El extraño fenómeno fue observado en todo el mundo al mismo tiempo, a la misma hora planetaria, que curiosamente fue la del Meridiano de Greenwich. A las 00:01 del día uno de noviembre se manifestaron las primeras apariciones, aunque en ocasiones el fenómeno se demoró ligeramente…”

“… y todos los estudios realizados parecen indicar que las apariciones se manifestaron principalmente en el lugar de la muerte, lo que ha dado lugar a un impresionante caos en ciertas localizaciones del mundo, donde la muerte se convirtió en una macabra industria. Así, nuestro enviado especial al campo de concentración de Auschwitz, nos informa de que todavía pueden observarse grandes concentraciones de entes, vestidos con los trajes a rayas, que siguen buscando su camino. En otros campos de concentración parecen haberse organizado servicios de orientación, para aquellos casos en que todos los descendientes de la familia hayan sido aniquilados en su totalidad…”

“… a pesar de la desorientación inicial, las entidades son perfectamente capaces de localizar a sus descendientes, sin importar que se hayan trasladado a vivir a otra ciudad o a otro continente. Es el caso de Matilde C.M., que se trasladó a vivir a Isla Mauricio desde su Barcelona natal. Cual no fue su sorpresa al encontrarse a sus padres al lado de la cama el día dos de noviembre. Nadie sabe muy bien cómo viajan, pero el caso es que lo hacen, como si poseyeran una brújula especial o un misterioso sentido de la orientación. No utilizan ningún medio de transporte conocido, simplemente se materializan en la misma habitación que el último de sus descendientes vivos…”

“… los estudios de campo realizados son concluyentes: durante los cuarenta días que ha durado este extraño fenómeno, se ha añadido una generación de ascendientes por cada ser humano vivo de la tierra. Es decir, el primer día solo aparecía el fantasma de los padres, el segundo se añadía el de los abuelos, el tercero el de los bisabuelos, el cuarto el de los tatarabuelos, el quinto… y así hasta completar las cuarenta generaciones estipuladas… Los expertos religiosos afirman que el número cuarenta es muy simbólico, por ser el tiempo que duró el Diluvio Universal…”

“… pero una corriente dentro del Vaticano afirma que el Fin de los Tiempos está próximo, puesto que ya se ha producido la resurrección de los muertos, y por lo tanto solo queda que se cumplan las últimas promesas del Señor…”

“… y que el mayor efecto de estas resurrecciones ha sido la total y absoluta pérdida de la intimidad y de la soledad. Ya es totalmente imposible estar solo en ninguna parte del Planeta, puesto que cada ser humano tiene aparejada la sombra de sus ascendientes, hasta completar un total de cuarenta generaciones…”

“… el fenómeno fantasmal se produce incluso en el espacio: los astronautas de la Estación Espacial Internacional confirman la aparición de sus ancestros dentro de la propia estación, lo cual constituye un grave problema de espacio. Los experimentos han sido anulados, y se han enviado naves con el fin de garantizar su regreso a una Tierra estremecida por el regreso de los muertos…”

“… aunque es cierto que no existen en tres dimensiones, no dejan por ello de tener altura y anchura, como si fueran viejas fotografías animadas o películas en blanco y negro. Los fantasmas aparecen vestidos con las mismas ropas que en el momento de la muerte. En apariencia no pueden comunicarse, solo estar ahí, delante de sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos o parientes lejanísimos, pero que de alguna manera son lo último que queda de su estirpe…”

“… pero se han dado casos aislados de comunicación, utilizando la lectura del pensamiento. Ahora, los médiums del mundo se sienten reivindicados, puesto que ha quedado demostrada de manera fehaciente la existencia de otra vida, de un más allá…”

“… y según las autoridades sanitarias, se ha disparado el consumo de psicofármacos y de drogas de diseño, pues algunas de ellas, sobre todo la llamada “Muerte dulce” permite hacer desaparecer de manera temporal las imágenes fantasmales, dando la ilusión de vivir en soledad…”

“… también se ha incrementado el número de suicidios, puesto que no existe ninguna posibilidad de estar solo, y la constante presencia de los espectros resulta extremadamente nociva. La soledad se ha convertido en un imposible. Además, cuando ni siquiera conoces a tus propios abuelos, ¿qué relación puedes tener con tus ancestros de la vigésima o trigésima generación? La necesidad de estar solo ha llevado a situaciones terminales…”

“… Se ha observado una nueva tendencia entre los más ricos y famosos: la contratación y adquisición de sistemas de privación sensorial, las famosas cámaras de relajación, puesto que combinadas con los fármacos adecuados, permiten al usuario disfrutar de una ilusión de soledad y de aislamiento…”

“… pero ni siquiera los hijos adoptados tienen la posibilidad de librarse de tan molestas visitas. Aunque tarden un poco más en localizarlos, los ancestros de sus padres biológicos aparecen igualmente a su lado, en algunas ocasiones combinados con los de sus padres adoptivos, siempre y cuando no hayan tenido hijos propios…”

“… y el gobierno americano ha ordenado interrumpir el tráfico aéreo en todo su territorio, puesto que la presencia de los pasajeros y de sus sombras familiares ha ocasionado ya varios accidentes. Las máximas autoridades europeas han decidido sumarse a la iniciativa. La única forma de desplazarse con seguridad es el tren, puesto que las sombras pueden acumularse en los vagones especiales de carga, y al llegar a la estación de destino son capaces de recuperar a su descendiente…”

"... y aunque ya ha pasado un año desde la primera aparición, todavía es muy complicado adaptarse a este tipo de vida. Solo las familias numerosas disfrutan de algo más de privacidad, puesto que los espíritus no poseen el don de la ubicuidad..."

"... y los estudios indican que las parejas ya no hacen el amor salvo en medio de la oscuridad más absoluta, puesto que de esa manera no pueden ver a los espíritus. También ha descendido el número de masturbaciones entre los adolescentes, por el mismo motivo. Pero en cambio han aumentado el número de suicidios, sobre todo entre la franja de los cuarenta a sesenta años..."

“Trasgo dice: Nunca más, mientras vivas, volverás a estar solo…”


lunes, 6 de agosto de 2012

ESTACIONES...

"Próxima estación... Opera... Correspondencia con línea 2 y ramal norte..."

Debo confesarte varias cosas, la primera de ellas que, en el fondo, no soporto el metro... Odio el hacinamiento de los cuerpos, los olores y mentes, los pisotones, apretones, codazos y demás incomodidades... Pero también, muy a mi pesar, debo admitir algo: que no puedo vivir sin él... Es mi coto de caza particular porque... ¿en qué otro lugar podría encontrar tanta gente, tan atareada, tan preocupada, que ni siquiera se dan cuenta de que les estás robando aquello que más atesoran? Nada, ni su dinero, su trabajo, su ropa o su familia esclavizan más, ni los hacen más fácilmente manipulables a las personas que sus emociones y sus sentimientos... El deseo y el miedo son mis objetivos favoritos, sin descartar la lujuria... Siempre he sido un ladrón bastante especial...

"Próxima estación... La Latina..."

A veces me pregunto quién o qué soy realmente... Desde que dejé de sentir (¿pero alguna vez tuve sentimientos?), me alimento de vosotros... El dolor, el miedo, el terror, la locura, la desesperación o la pasión son algunos de mis platos favoritos... Vivo de ellos, observo, vigilo y, aunque resultan mucho más nutritivos en su estado puro, no dudo en provocarlos, metiéndome en vuestras mentes... Igual que hice contigo... Es muy fácil, fíjate...

"Próxima estación... Puerta de Toledo..."

Fíjate en él... Está allí sentado, fingiendo leer un libro, cuando en realidad no puede quitarle los ojos de encima a esa belleza latina que está sentada al otro lado del pasillo... Lleva ya un buen rato mirándola, devorándola con la mirada, y no puede quitársela de la cabeza... Lo sé... Y ella también le ha visto, y piensa en él... Al cerrar los ojos, los dos sueñan con la misma escena, que se levantan de sus bancos, juntan las manos en el centro del pasillo, sus labios se rozan con un beso... Sería tan fácil darles un empujoncito... Demasiado romántico y empalagoso para mí... Verás cómo hago que ella se baje en la próxima estación, aunque todavía le faltan cuatro para la suya, porque de repente tiene la impresión de que él la mira con los ojos de un depredador... Sería tan fácil convertir esa mirada en algo más... Pero estoy ocupado contigo...

"Próxima estación... Acacias... Correspondencia con línea 3..."

Te lo dije... Ahora él se siente estúpido, frustrado, imbécil por no haberle dicho lo que sentía... Y ella respira aliviada, como habiéndose librado de un depredador.... Y todas esas sensaciones son para mí un lujazo... Lástima no haber podido insuflar algo de odio en la mirada del chico... Y haber fomentado el temor en la de la chica... Ahora él se siente dolido, despreciado, miserable, por haber desperdiciado una oportunidad de sentir... Lo siento, amigo, tus problemas ya me aburren, así que hazme el favor de cambiarte de vagón...

"Próxima estación... Pirámides..."

Es fácil meterse en vuestros cerebros y alimentar el miedo que anida, siempre, en vuestro interior... A no ser lo bastante bueno en el trabajo, lo bastante agresivo para conseguir vuestras metas, lo bastante proactivo y asertivo... Una simple mirada basta para trazar el vínculo... Veamos qué otros sentimientos tenemos en el menú del día... ¿Aburrimiento? No me interesa... ¿Tristeza? Demasiado común... ¿Locura? Eso me trae muy buenos recuerdos... Le conocí una noche, como esta... Viajaba en el último vagón, llevaba una navaja en el bolsillo y demasiada droga en el cerebro para saber lo que quería en realidad... Yo me metí en su cabeza, y le dí la idea de matar a alguien, incluso le ayudé a escoger su víctima: uno de esos camellos que rondan por los túneles de Diego de León... Aunque hubiera servido cualquier otra persona...

"Próxima estación... Marqués de Vadillo..."

Resultó muy interesante asistir al encuentro, desde una prudencial distancia... Se dirigió hacia él, tal vez su camello habitual, y sin mediar palabra, le asestó un navajazo en el pecho... y luego, otro... y otro más... ¿El resultado? Una de mis mejores y más sabrosas comidas, un agridulce cóctel de emociones en estado puro: el terror en los ojos del camello; la locura que yo alimentaba en el cerebro del yonki; el miedo a ser cogido y, por encima de todo, el sordo y húmedo rumor de la hoja clavándose una y otra vez, el aroma dulzón y embriagador de la sangre recién derramada... Llegaron los vigilantes, opuso resistencia... Los golpes llovieron sobre su corrompido cuerpo, hicieron falta cuatro de ellos para reducirle... Y yo lo vi todo, y disfruté intensamente...

"Próxima estación... Urgel..."

Recuerdo uno de mis viajes... Por aquél entonces, estaba en América, la patria de las hamburguesas, la comida basura, el ketchup y los rifles de repetición... Con sus derechos constitucionales a comprar armas de fuego, es mucho más sencillo... Le encontré vagando por las calles, y descubrí en él un asesino en potencia, intensamente frustrado por su situación laboral y familiar... Fue muy fácil: le acompañé a su casa a media tarde, incluso le ayudé a escoger las armas (un fusil de repetición y dos pistolas del calibre 45), que guardó en una bolsa de deporte, y después le seguí hasta la azotea del centro comercial...

"Próxima estación... Oporto..."

En la azotea, el aire estaba impregnado del olor a caucho recalentado y a alquitrán del revestimiento... pero al cabo de unos minutos, los superaba el aroma de la cordita y de la pólvora.. Él disparaba lenta, metódicamente, y gracias a la mira telescópica, al silenciador y a su excelente puntería (era uno de esos veteranos de la Guerra del Golfo), diez personas cayeron al suelo casi sin causar alarma... Fue una buena tarde para mí... Más de veinte muertos (casi todos ellos con el cráneo reventado), una treintena de heridos graves, otros veinte leves... Al final, cuando sus manos ya no podían casi sentir el cañón de las armas, le obligué a meterse el último revolver en la boca, y a invertir en él la última bala, mientras que las fuerzas del orden se preparaban para el asalto final...

"Próxima estación... Vista Alegre..."

Aquí, en Madrid, también he "trabajado" bastante sabes... El famoso mendigo asesino fue uno de mis alumnos más aventajados... Un par de veces se escapó a mi control, se lo contó a las monjas de un convento, a la Policía, que algo dentro de él le llevaba a torturar y a matar a sus semejantes, arrojando los restos a un pozo... ¡Nadie le creyó!... Hasta que encontraron los cuerpos, y entonces ya había dejado de serme útil... Al final, le dejé libre: me aburría su forma tosca y poco refinada de matar...

"Próxima estación... Carabanchel..."

Me alimento del odio, de la muerte lenta y agónica, del sufrimiento... En los negocios y en el sexo, también funcionan mis poderes... Me he acostado con más seres humanos de ambos sexos de los que puedo o quiero recordar, seduciéndolos en fiestas, cines, teatros, iglesias... Incluso recuerdo una chica muy joven, casi una niña, que se convirtió en una de mis mejores asesinas, porque nadie podía sospechar que tras esa apariencia angelical se podía esconder una depravada y refinada asesina...

"Próxima estación... Aluche... Correspondencia con línea 10..."

En el fondo, os desprecio, meros sacos de sentimientos, emociones y temores... Pero os necesito para alimentarme... Nunca pensé que un humano lograría meterse en mi cerebro, como tú lo has hecho... Cometiste el error de mirarme a los ojos, y desde entonces, has caído en mis manos... ¿Nunca te dijeron que es de mala educación el mirar fijamente a los ojos a la gente en el metro? Yo te enseñaré un par de cosas esta tarde... Conocerás a una de mis discípulas más aventajadas... Y descubrirás que el dolor, la tortura y el sadismo no tienen límites... Y saciaré mi hambre... Has llegado al final de tu trayecto...




viernes, 13 de julio de 2012

EN LA CIUDAD...

Cada noche, o al menos con demasiada frecuencia, me asalta el mismo sueño... oscuro y difícil de describir, carente de sentido narrativo, pero que no deja de tener una cierta lógica espacial... En este sueño recorro, pero como si estuviera haciendo un viaje astral, en distintas alturas, y más bien como una mirada pura e incorpórea, o casi como una cámara de televisión que como un ser viviente, una ciudad inmensa... La ciudad no tiene límites visibles, tiene una topografía monótona y repetitiva, dividida en formas geométricas más que en barrios, y animada de una circulación intensa...
Millares de seres van y vienen, entran y salen de edificios idénticos, ascendiendo por largas avenidas rectilíneas, bajando bajo la tierra a través de las bocas de metro para volver a la superficie en otro lugar, de manera incesante y sin objetivo aparente...

Si yo, o más bien esa mirada incorpórea en la que me había transformado, bajaba desde las alturas para mirar de cerca aquellas avenidas, comprobaba que aquellos hombres y mujeres no se distinguían los unos de los otros por ningún rasgo en particular, todos tenían la piel blanca, los ojos azules, pálidos, perdidos... ojos color cielo, pero que parecían no ver...

La ciudad está recorrida por numerosas vías (de tren, de metro, quién sabe...), por las que se desplazaban unos pequeños trenes (parecidos al metro ligero de Madrid), que se paraban en determinados puntos, para vomitar un flujo de pasajeros que siempre eran reemplazados, hasta donde se perdía la vista...

Durante las noches siguientes, llegué a entrar en algunos de esos edificios, que tanto me habían llamado la atención por su uniformidad... Largas filas de personas se movían entre inmensas mesas comunes, donde servían extraños alimentos de aspecto poco apetitoso, y las letrinas, comiendo y defecando como si fuera lo más natural del mundo... Sobre largas filas de literas, las personas hacían su vida, fornicando a la vista de los demás, con total indiferencia... y nacían niños en las salas de los hospitales colectivos... Los niños jugaban en las calles, de vez en cuando alguno de ellos era atropellado por los trenes, pero a nadie parecía importarle... Y cuando los niños habían crecido lo suficiente, salían a ocupar su lugar entre las filas de aquellas personas anónimas de ojos azul cielo y pieles blancas, en aquella ciudad casi ideal entre la que no existían los sentimientos, ni los miedos... La ciudad de la ausencia de sentimientos y de problemas, porque tampoco había lugar para las ambiciones ni los miedos...

Poco a poco, en los distintos viajes, a base de observarlo todo desde distintos puntos de vista, se desprendía una especie de orden de aquél maremagnum en apariencia indescifrable: imperceptiblemente, una cierta cantidad de personas terminaban siempre estando en el mismo lugar, y entraban al fin dentro de algunas de aquellas edificaciones sin ventanas en las que se acostaban en las literas, para morir sin una palabra, sin mirar atrás...

Unos especialistas de la muerte, vestidos de gris oscuro venían entonces y cogían a aquellos que podían contribuir todavía a mantener el extraño ritmo de la ciudad, luego, sus cuerpos eran quemados dentro de unos grandes hornos que servían al mismo tiempo para calentar el agua caliente distribuida por las canalizaciones; sus huesos, o lo que quedaba de ellos, eran triturados y utilizados luego como material para construir nuevas casas o pavimentar las calles; el humo procedente de los crematorios se alza en el cielo gris, mezclándose con el de las chimeneas de las fábricas vecinas, como formando un río lento y solemne...

Y en aquél momento del sueño, cuando me elevaba de nuevo en el cielo gris, mirando desde arriba la extraña ciudad, conseguía distinguir un cierto equilibrio en lo que estaba mirando: la cantidad de nacimientos, en los paritorios, igualaba el número de defunciones... Y la sociedad se auto-regulaba, se auto-reproducía, dentro de un equilibrio perfecto, siempre igual pero siempre en movimiento, sin producir ningún excedente y sin sufrir ninguna disminución o modificación...

Y al despertar, me parecía evidente que aquellos sueños, extraños, perturbadores pero al mismo tiempo serenos y desapasionados, representaban la ciudad perfecta, que había alcanzado la perfección, la auto-regulación, funcionando perfectamente.... Pero al mismo tiempo perfectamente inútil, porque a pesar de este movimiento de personas, de trenes, de calles y de largas avenidas...

Desprovista de sus oropeles, de sus ansias y de su vana agitación, la vida humana se resumía más o menos de la misma manera: fornicar, nacer, morir, desaparecer... Una vez que se habían reproducido, perdían su utilidad, al haber cumplido la obligación de la especie, más o menos siguiendo la consigna del "creced y multiplicaos"... Y en cuanto a la finalidad de los seres humanos, de los extraños y apáticos habitantes de la ciudad perfecta que noche tras noche se ofrecía a mis cansados ojos, no era otra que levantarse cada mañana y proseguir con la rutina...

Pero si se observaba todo aquello de forma desapasionada, como yo creía poder hacerlo, la inutilidad de todos aquellos esfuerzos era evidente, igual que la reproducción misma de sus habitantes, porque no servía a otra cosa que para mantener en marcha el mismo esquema...

Y entonces me planteaba una pregunta... Si toda aquella ciudad, con su rígida organización, su violencia absurda, el reaprovechamiento macabro de las materias primas, su jerarquía meticulosa, no sería más que una metáfora, una "reductio ad absurdum", de nuestra vida cotidiana.... como habitantes involuntarios de una gran ciudad como Madrid o Barcelona...

En la ciudad...

lunes, 19 de marzo de 2012

PUENTE DE SUEÑOS ROTOS

(Reflexiones in situ. Extractos del atestado policial) "Nos presentamos en la vivienda de Claudio G.P. de 34 años, residente en la calle Espíritu Santo nº XX, en un pequeño piso de alquiler. Nos facilita la entrada el portero de la vivienda, que también lleva el mantenimiento del edificio... El saloncito parece un altar, pues decenas de fotos, casi todas ellas de la misma chica rubia, ojos azules, piel moreda, aproximadamente un metro setenta, unos cincuenta y cinco kilos de peso (nota: investigar posible acoso). La mayor parte de las fotos están pinchadas en el ángulo de la pared que separa el salón del dormitorio. Unas seis decenas de pequeñas velas, rojas y blancas, repartidas sobre la cómoda donde se encuentra la foto de más tamaño, iluminan la estancia. El aire está cargado con el olor a cera, a ceniza, y a incienso. Delante del altarcito, sentado en la posición del loto, se encuentra el jóven, vestido con un chándal gris con capucha, camiseta blanca, y calcetines blancos. No parece tener signos vitales externos, pero un reconocimiento más detallado permite localizar un débil pulso carotídeo. Los servicios de emergencia acuden con rapidez, y lo llevan al hospital más cercano. Mientras tanto, intento comprender lo que ha podido pasar esta noche en este piso céntrico. Al desplazar el cuerpo, aparece, a la altura de su mano derecha, una pequeña grabadora, con la luz roja parpadeando. La recojo, y por si contiene información de utilidad, la ensobro y me la llevo a la Comisaría."
















(Cinta de la grabadora. En Comisaría). "Esta noche lo voy a intentar, ya estoy cansado de tus silencios, de tus mensajes que espero cada mañana al llegar a la oficina, esos cinco minutos de espera, antes de que lleguen los compañeros, son lo mejor del día... Esa dulce espera... Paso toda la noche soñando contigo, imaginando que tendré noticias tuyas, casi siempre salto de la cama y voy corriendo a la ducha, me visto, desayuno y cojo el metro... Sí, podría revisar el correo desde casa, solamente serían un par de minutos, pero no quiero disminuir la magia... Hace dos meses que te cambiaron a otra sucursal del banco, por petición propia, y desde entonces, Minerva, no te imaginas cuantas veces he lamentado el haber sido tan cordial, tan atento, y tan respetuoso contigo, un amigo tan fiel... Cuando lo que sentía era algo tan distinto...









Desde el primer momento, desde la primera vez que te veo, me quedo absolutamente deslumbrado por tus ojos verde botella, tu larga melena rubia, tu piel bronceada, tu cuerpo delgado y atlético, tus labios carnosos... Nos presenta el jefe de personal: "Minerva, éste es Claudio, tu nuevo compañero. Espero que le irás enseñando el centro, le explicarás sus funciones, y conseguirás que se sienta a gusto entre nosotros. Bueno, os dejo." Debo reconocer que no recuerdo casi nada de lo que me dices aquella tarde del mes de marzo, cuando me llevas por las dos plantas de la empresa, situada en la Torre del Real Madrid. En esos momentos, todo mi ser está centrado en tí, en la dulzura un poco ronca de tu voz, en la forma en que el sol se reflejaba en tu melena dorada, en el movimiento de tus caderas dentro del traje de chaqueta gris marengo, la curva de tus pechos bajo la blusa blanca, los reflejos de la seda en tus piernas, y la forma en que toda tú eres perfecta... Durante esa presentación inicial de los distintos jefes de departamento con los que podría tener trato por mi condición de auditor externo, debo reconocer que no me entero de casi nada... Solamente tengo ojos y oídos para tí... pero mi lengua se la ha comido el gato... y creo que se me nota mucho, porque de repente, te das la vuelta, me tomas del brazo y me preguntas: "¿Te has enterado de algo de lo que te he dicho?" Yo me quedo quieto, y posiblemente se me ponen coloradas las puntas de las orejas (como me pasa siempre que me emociono), porque lo siguiente que oigo es tu hermosa, suave, cristalina, etérea risa, y luego me dices: "Bueno, mejor lo repasamos mientras tomamos una taza de café... pero de la máquina, no... mejor en la cafetería de la planta baja..."









Ese fue el primero de muchos cafés, a veces, incluso dos o tres, casi siempre solos, en la cafetería, mirando pasar a la gente como si fueran los peces del Acuario de Donosti... Pensandolo fríamente, aquellos fueron los mejores tiempos de nuestra "no-relación", los dos primeros meses, mientras me ibas poniendo al día de las características especiales del cliente, de lo que esperaba de nosotros como auditores externos ("confidencialidad, ante todo, confidencialidad", me recordabas impostando la voz para imitar al jefe de Personal...), del funcionamiento de la empresa (una filial del National Nederlanden), de tu novio el periodista (¡cómo no ibas a tenerlo!)... Mientras aumentaba nuestro nivel de confianza, yo iba asumiendo el papel de amigo comprensivo, experimentado, leal y fiel... Ya que no me ves de otra manera, al menos puedo estar a tu lado, escucharte, disfrutar con tu presencia, con tu risa...









Poco a poco, me he acostumbrado a mi papel, con el paso de los meses, algunos compañeros pensaban, al vernos tanto tiempo juntos, por nuestros paseos, nuestras escapadas al cercano centro comercial, alguna peli los viernes de verano, que entre nosotros había algo más... Por desgracia, nunca hubo nada más... tú pronunciaste las odiosas palabras, que tan experto me he vuelto en escuchar: "Sabes, Claudio, tengo muchísima suerte de que seas mi amigo, si no fuera por tí..." Y con cada una de esas palabras, me ibas dejando muy claro mi lugar en tu mundo, que no era, ni de lejos, el que yo había imaginado..." (fin de la primera cinta).









(Testimonio de la vecina del tercero interior derecha) "Claudio es un chico formal, educado, siempre atento, siempre colaborador con los vecinos, incluso cuando volvía a su casa, después de todo el día trabajando, siempre saludaba, llamaba a mi puerta con los nudillos, de esa forma suya tan peculiar, para saber que estaba bien... Un par de veces en semana, casi siempre los martes y los viernes, me ayuda con la compra, a subir las dos botellas de leche, la verdura, el embutido, y luego se quedaba unos minutos a tomár un café de puchero, como el de antes, si quieren les preparo un poco, señores comisarios, ah, perdón, señor inspector y señor agente... Claudio siempre me dice que le recuerdo mucho a su abuela, y por eso me tiene tanto cariño, y yo a él... Por eso, cuando le veo tan afectado por el mal de amores, que ni come, ni duerme, ni descansa, siempre Minerva esto, Minerva aquello, Minerva me ha dicho, Minerva ha hecho, me decido a ayudarle, de la mejor manera que sé: con un filtro amoroso especial, elaborado con la mejor tradición de las meigas gallegas, con eleboro, cardamomo, valeriana, camomila (por el sabor), raices de mandrágora, algo de beleño, otro poco de adormidera, y unas cuantas plantas más, que no puedo citar, pues algunas de ellas no son demasiado legales, me temo, pero sí lo eran en los tiempos de mi bisabuela.... Sí, señor inspector, le dí la poción hace dos días, con la instrucción de que antes sacara del cajón negro la otra mitad del amuleto que le dió a la mujer de sus pensamientos, para que entre los dos, a la luz de las velas y de la luna llena, efectuara el conjuro del puente de sueños, y consiguiera, al menos en parte, su objetivo. Minerva, ni le quiere, ni le ha querido, ni le querrá jamás, Claudio es a sus ojos solamente un buen amigo, y nada más, y nunca será otra cosa, si no hubiera dejado pasar tanto tiempo desde el momento en que se conocieron, si no hubiera tenido tanto miedo al rechazo, si no se hubiera metido de lleno en su papel no deseado, igual ayudado por la magia gallega... Pero ahora es demasiado tarde, ¿verdad?, hasta para un filtro amoroso, para que funcione, tiene que haber una mínima parte de amor por las dos partes, y por eso fabriqué para Claudio, primero los dos amuletos gemelos, que ella tiene desde hace más de seis meses pegado sobre su pecho, y luego el filtro del puente de sueños, para que al menos pasasen juntos una noche y un amanecer, pero claro, las cosas no siempre salen como uno desea..."



(Pensamientos de Claudio en el Hospital) "Algo tenía que salir mal... si es que soy un desgraciado... Lo preparo todo concienzudamente, espero lo necesario, realizo ejercicios de meditación contando los puntos del gotelé hasta llegar a mil... todo ello, por supuesto, a la luz de las velas... las dihosas velas... las seis docenas de velas... Me parecían muchas, para mi apartamento de 40 metros... De todas formas, me tomé el bebedizo a las doce menos cuarto... Al principio, nada... Sigo meditando... Es curioso... en la zona superior derecha del salón, veo un puntito muy brillante... luego otro... y otro... y otro más.... es media pared, la que se ha puesto a brillar fuertemente... y termina dibujando una puerta... Aunque mi cuerpo sigue sentado, lo estoy viendo perfectamente... ahora, me levanto, voy hacia la puerta de luz... la abro... detrás de ella, un puente colgante, de cuerda y bambú, sobre un gran abismo... hay viento... el puente se balancea con cada ráfaga... alcanzo el otro extremo... otra puerta... parece de armario, de esas de listoncitos, como en las películas americanas... Veo una cama grande, de matrimonio, con baldaquino de forja negro, un cobertor de color crudo con algunas grecas azules, varios cojines a juego a los piés, y muchos peluches, casi todos ositos, en el cabecero... Veo dos puertas, un gran espejo, una mesilla y un galán de noche a juego... La luz de la luna llena inunda la estancia¿Dónde estoy?



Se abre una puerta, oigo pasos, encienden una luz en la mesilla de noche... Es ella... ELLA... Minerva... Qué guapa está, con su traje de chaqueta color gris marengo, su blusa de seda blanca, las medias color humo, y sus zapatos de tacón... Parece cansada, pero a pesar de todo, la encuentro super atractiva... ¡Entonces lo comprendo todo! ¡El hechizo del puente de sueños ha funcionado, y estoy en su dormitorio! Y lo mejor de todo, ella no puede verme... Salgo del armario... y me siento en la silla... que empiece la función... Sólo me faltan dos cosas: un buen vaso de coñac, y Joe Cocker, cantando "You can leave your hat on"... Resulta muy excitante... Ahora se está quitando el pasador del pelo, liberando su larga cabellera rubia... Luego, se quita la chaqueta, la falda, lleva medias con liguero... Solamente lleva puesta la blusa de seda, y la ropa interior... Ha terminado... complemanente desnuda, la sigo hasta la ducha... entro con ella... la espuma cubre la mitad superior de su rostro, se está lavando el pelo, con los ojos cerrados... un reguero blanco se desliza sobre sus senos, bajo la mirada... ¡Es rubia natural! Si tuviera cuerpo, ahora mismo tendría una salvaje erección... ansío tocarla, pero ya lo he intentado, no puedo hacerlo... Se seca lentamente, Chanel nº 5, y luego, se contempla largamente en el espejo de la habitación... Completamente desnuda, bajo la luz de la luna... Es una de las mujeres más atractivas que conozco... Satisfecha con el resultado, se pone un tanga limpio y un camisón cortito de raso, y se tumba sobre la cama, curbiéndose someramente con las sábanas... Paso un par de horas observándola, recorriendo con la mirada cada centímetro de su cuerpo, aprovechando la ocasión para memorizarlo todo... Plenamente satisfecho, decido volver a mi cuerpo, usando el puente de sueños... Entro en el armario, y allí está, el puente de sueños... Pero está roto, las cuerdas cortadas penden a ambos lados del abismo... Entonces, comprendo que algo ha salido tremendamente mal..."



(Informe del especialista) "Los resultados de la anatomía patológica y de toxicología permiten comprender en parte lo sucedido. Las sustancias que le facilitó la "meiga" son un conjunto de plantas, flores y polvos, destinados a generar en el consumidor una serie de fantasías eróticas sobre la persona que desea, o con la que experimenta una fuerte fijación. El "ingrediente secreto" está formado por una pastilla de Viagra, y una dosis de PCB. Si es la única vez que se recurre a la mezcla de ambas sustancias y demás parafernalia, resulta inocuo... El mayor problema, en este caso, ha sido la anoxia: la gran cantidad de velas, en un espacio tan reducido, ha eliminado casi todo el oxígeno. La disminución del ritmo cardiaco y respiratorio inducido por las drogas, ha provocado un colapso, de difícil pronóstico... El paciente se encuentra en coma neurológico, sin causas aparentes, y necesita soporte vital... Por su juventud y estado general, no es posible efectuar un pronóstico certero: igual puede permanecer en coma para siempre, o despertarse cualquier día..."



(Pensamientos de Claudio en el Centro de Recuperación Neurológica) "Casi 4000 noches después, sigo preso, entre el cuarto de Minerva, su baño, y poco más... Ni siquiera conozco el resto de la casa... Al principio, añoraba tener cuerpo y manos, al menos para entretenerme un poco... Pero al cabo de 1000 noches, lo único que me interesaba era irme de allí... Y mucho más cuando traía algún amante ocasional a casa... ver lo que hacían me generaba una mezcla de sentimientos: ansiedad, vergüenza, envidia, asco... Ahora, está casada, su marido es un buenazo, tiene dos hijas preciosas... Pero yo me he tragado todos los nervios, las manías, las nauseas, las vomitonas, los nervios, los celos, día tras día, noche tras noche... He vivido muy de cerca los embarazos... Lo peor de todo, son las vacaciones, me quedo completamente solo en este espacio reducido... No duermo nunca... No puedo escapar... He intentado terminar con todo varias veces, lanzandome al abismo, pero como no tengo masa, floto como un pez entre dos aguas... No puedo cruzar el puente de sueños rotos... Intento hacer una cuerda trenzando cachos de hierba, pero no lo consigo, pues no tengo manos, ni cuerpo, ni voz, ni nada... Estoy condenado a mirar, a sentir, a no poder comunicarme ni hacer nada... He memorizado hasta el mínimo detalle de la habitación, he entrado en todos sus muebles, resulta curioso que hagan el amor encima tuyo, conozco perfectamente cada arruga de la algombra, de las sábanas, cada pequeña grieta del cuarto de baño.... Estoy condenado a pasar el resto de mi vida con ella... sin haberla tocado jamás... Debo permanecer en este cuarto... sin poder salir... La única liberación, temo, vendrá con la muerte, con la suya o con la mía...





Nunca cruces un puente de sueños..."

miércoles, 21 de septiembre de 2011

FUTURIBLES...

Futuribles... extraña palabra, desde luego, con un cierto amargor, un regusto a ocasiones perdidas, oportunidades desperdiciadas, decisiones erróneas... de las que te sueles dar cuenta, siempre, cuando ya es demasiado tarde, y experimentas la necesidad de imaginar qué rumbo habría tomado tu vida, con cambiar dos o tres parámetros... Siempre, o casi siempre, es necesario experimentar una carencia, que te falta algo importante en tu vida, pues si todo nos va "de puta madre", si nuestra existencia es como un anuncio de televisión, con el coche, la mujer, el perro, la casa y la zarigüeya perfecta, no tendríamos tampoco carencias... Con el paso del tiempo, los futuribles se hacen o más escasos o más frecuentes, depende de cómo nos trate la vida, o nos tratemos nosotros mismos, de las oportunidades que nos demos para ser más felices... Y las historias de futuribles, las propias o las ajenas, las que imaginas, las que te cuentan, las que vives o sueñas, terminan alfombrando demasiados rincones del alma... Por eso tienes que compartirlas... para liberar espacio en el disco duro de tu alma y de tu corazón, y seguir viviendo...

Juan tiene 45 años, trabaja en un banco, de hecho, es el director de una sucursal de Caja..., situada en pleno centro de un pequeño pueblo gallego, a medio camino entre el mar y la montaña... El pueblo nació como tal en los años 50, para alojar a los ingenieros y trabajadores que iban a llevar a cabo una proeza: construir una de las mayores presas de España, en un tiempo record, y solo con españoles de pro... Pero os hablaba de Jaime... Está casado, dos veces, tiene 3 hijos, una buena casa y dos perros... Y piensa que, en conjunto, la vida le ha tratado bien... Desde aquí, hasta la jubilación, todavía puede mejorar, subir en el escalafón de la entidad, y quien sabe, pedir el cambio a otra sucursal en La Toja... Sería como volver al hogar, a su patria chica...

Porque Juan nació en Cambados, e iba para pescador... En el instituto aprobaba siempre muy justito... Su padre, Tomás, pertenecía (murió hace cinco años, un cáncer de pulmón...) a una extensa línea de pescadores de bajura, y cuando volvía a casa después de toda la jornada, se acercaba al cuarto de Juan, y se quedaba mirándole estudiar desde la puerta... Al cumplir los dieciocho, terminó el instituto, y su padre tuvo que hacer frente a una decisión complicada: o le enrolaba en la tripulación del pesquero, o intentaba de alguna manera obtener unos beneficios extra, para que el "muchacho siga estudiando"...

Y consideró que era más interesante que Juan se labrara un futuro lejos del mar, por lo que le apuntó a una academia, para aprender contabilidad, finanzas y cosas por el estilo, en Santiago de Compostela... En cuanto terminó el primer curso, la propia academia, respetando por una vez el compromiso adquirido, le consigue unas prácticas de verano en Caja..., y desde aquél momento, Juan descubrió su profesión... Con los años, más estudios, y más sacrificios, ha prosperado bastante... Pero de todas formas, ahora, pensando en el tiempo que le queda por delante, añora la vida sencilla del palangrero... Y sueña despierto, recordando las circunstancias que le han llevado a su presente... "¿Y si mi padre no hubiera decidido que yo siguiera estudiando... sería ahora más feliz? ¿Qué tipo de vida tendría? Estaría casado con Aránzazu, menuda era ella... el terror de nuestro barrio... Y siempre estuvo coladita por mí... o al menos, eso decían los adultos..."

Aránzazu, por su parte, tiene 46 años, aunque siempre le decía a Juan que era un poco menor que él, y es una ama de casa... Se casó con un vecino, Cosme, que la dejó preñada una noche de Feria, el año después de marcharse Juan a Santiago, al terminar el segundo curso en la Academia... y durante todo el año, vive allí... pero en verano, regresa al pueblo de sus padres... Y no se puede quejar demasiado... Su marido es un buen taxista, más bien es un chofer... Nunca le han faltado clientes, y procura no traerse sus problemas a casa... Que bastante tiene ya Aránzazu con hacerse cargo de los dos niños... y del gran danés...

Los niños son un poco revoltosos, como tiene que ser, pero si no supiera perfectamente que son suyos... Algunas noches, eso sí,cuando los niños y el perro están dormidos, ella se pregunta en qué momento dejó de tener el control de su vida... Siempre le ha gustado estudiar, es muy buena para las cifras, pensaba aprender algo de informática, por ejemplo... pero el embarazo, aquella noche loca de Feria, le complicó bastante la existencia... Sigue estando enamorada de Juan, pero es como el fantasma de un sentimiento... En el fondo, ninguno de los dos son felices, pero llevan más de veinte años juntos, tienen un pasado en común, dos hijos... y más o menos van tirando...

Lucas tiene 17 años, es el hijo pequeño de Cosme y Aránzazu, y es un desastre estudiando... Además, tampoco conoce el significado de la palabra "amor"... Sí, se ha enrollado con dos o tres chicas, o al menos, de eso presume en el instituto... pero si fue algo auténtico o una simple exaltación de sus sueños adolescentes, es algo que de todas formas no nos concierne... Siempre le ha gustado tocar la batería, pero por cuestiones sobre todo de espacio y de aislamiento acústico (su casa es una de esas torres, fabricadas con yeso reciclado y papel albal, en las que se oye incluso al vecino del tercero cuando se tira un pedo), se ha tenido que conformar con una guitarra eléctrica, que es algo más fácil de transportar, y que también le ha abierto muchas puertas... LLeva tocando con ella desde los 14 años, en ese sentido, no puede quejarse... Y parece que últimamente, incluso está despertando el interés de algunas de sus compañeras de instituto... Lucas se cuida mucho, sobre todo el pelo, esas "greñas" que su padre tanto critica, y que han servido para darle un nombre al grupo: "Los Greñudos del Bajo-D"... Esta noche tienen un concierto... Y será el primero...

Futuribles... todos tenemos el nuestro... Aquellas cosas que nos gustaría haber conseguido... Las ciudades que nos gustaría haber recorrido al amanecer... Los besos que no hemos robado de la persona amada... Aquellos misteriosos aromas, secretos de cocina, transmitidos de padres a hijos... Siempre pensamos que que nos queda tiempo... para hacer cosas... para cambiar... para mejorar... Y de alguna manera, no nos damos cuenta de que en un momento, todo nuestro mundo se nos puede ir de las manos... y que el tiempo se nos puede acabar de golpe...

Faltan escasos minutos, para que la presa estalle... y que sus toneladas métricas de agua borren hasta el menor recuerdo de este pequeño pueblecito gallego... Al que muchas personas regresan solo en vacaciones, y que por eso cuadruplica el número de habitantes, con respecto a los del invierno... Mejor dejarles que sigan soñando, que hagan caso de las informaciones oficiales sobre la resistencia de la mega-presa, que sirve para dar energía eléctrica a media Galicia... y que nunca adivinen que sus futuros se acaban de convertir en futuribles... o directamente, en nada...

Escucho en la distancia el resquebrajamiento de la presa... que no en vano, soy el responsable de mantenimiento... Que Dios tenga piedad de nosotros...