Cada noche, o al menos con demasiada frecuencia, me asalta el mismo sueño... oscuro y difícil de describir, carente de sentido narrativo, pero que no deja de tener una cierta lógica espacial... En este sueño recorro, pero como si estuviera haciendo un viaje astral, en distintas alturas, y más bien como una mirada pura e incorpórea, o casi como una cámara de televisión que como un ser viviente, una ciudad inmensa... La ciudad no tiene límites visibles, tiene una topografía monótona y repetitiva, dividida en formas geométricas más que en barrios, y animada de una circulación intensa...
Millares de seres van y vienen, entran y salen de edificios idénticos, ascendiendo por largas avenidas rectilíneas, bajando bajo la tierra a través de las bocas de metro para volver a la superficie en otro lugar, de manera incesante y sin objetivo aparente...
Si yo, o más bien esa mirada incorpórea en la que me había transformado, bajaba desde las alturas para mirar de cerca aquellas avenidas, comprobaba que aquellos hombres y mujeres no se distinguían los unos de los otros por ningún rasgo en particular, todos tenían la piel blanca, los ojos azules, pálidos, perdidos... ojos color cielo, pero que parecían no ver...
La ciudad está recorrida por numerosas vías (de tren, de metro, quién sabe...), por las que se desplazaban unos pequeños trenes (parecidos al metro ligero de Madrid), que se paraban en determinados puntos, para vomitar un flujo de pasajeros que siempre eran reemplazados, hasta donde se perdía la vista...
Durante las noches siguientes, llegué a entrar en algunos de esos edificios, que tanto me habían llamado la atención por su uniformidad... Largas filas de personas se movían entre inmensas mesas comunes, donde servían extraños alimentos de aspecto poco apetitoso, y las letrinas, comiendo y defecando como si fuera lo más natural del mundo... Sobre largas filas de literas, las personas hacían su vida, fornicando a la vista de los demás, con total indiferencia... y nacían niños en las salas de los hospitales colectivos... Los niños jugaban en las calles, de vez en cuando alguno de ellos era atropellado por los trenes, pero a nadie parecía importarle... Y cuando los niños habían crecido lo suficiente, salían a ocupar su lugar entre las filas de aquellas personas anónimas de ojos azul cielo y pieles blancas, en aquella ciudad casi ideal entre la que no existían los sentimientos, ni los miedos... La ciudad de la ausencia de sentimientos y de problemas, porque tampoco había lugar para las ambiciones ni los miedos...
Poco a poco, en los distintos viajes, a base de observarlo todo desde distintos puntos de vista, se desprendía una especie de orden de aquél maremagnum en apariencia indescifrable: imperceptiblemente, una cierta cantidad de personas terminaban siempre estando en el mismo lugar, y entraban al fin dentro de algunas de aquellas edificaciones sin ventanas en las que se acostaban en las literas, para morir sin una palabra, sin mirar atrás...
Unos especialistas de la muerte, vestidos de gris oscuro venían entonces y cogían a aquellos que podían contribuir todavía a mantener el extraño ritmo de la ciudad, luego, sus cuerpos eran quemados dentro de unos grandes hornos que servían al mismo tiempo para calentar el agua caliente distribuida por las canalizaciones; sus huesos, o lo que quedaba de ellos, eran triturados y utilizados luego como material para construir nuevas casas o pavimentar las calles; el humo procedente de los crematorios se alza en el cielo gris, mezclándose con el de las chimeneas de las fábricas vecinas, como formando un río lento y solemne...
Y en aquél momento del sueño, cuando me elevaba de nuevo en el cielo gris, mirando desde arriba la extraña ciudad, conseguía distinguir un cierto equilibrio en lo que estaba mirando: la cantidad de nacimientos, en los paritorios, igualaba el número de defunciones... Y la sociedad se auto-regulaba, se auto-reproducía, dentro de un equilibrio perfecto, siempre igual pero siempre en movimiento, sin producir ningún excedente y sin sufrir ninguna disminución o modificación...
Y al despertar, me parecía evidente que aquellos sueños, extraños, perturbadores pero al mismo tiempo serenos y desapasionados, representaban la ciudad perfecta, que había alcanzado la perfección, la auto-regulación, funcionando perfectamente.... Pero al mismo tiempo perfectamente inútil, porque a pesar de este movimiento de personas, de trenes, de calles y de largas avenidas...
Desprovista de sus oropeles, de sus ansias y de su vana agitación, la vida humana se resumía más o menos de la misma manera: fornicar, nacer, morir, desaparecer... Una vez que se habían reproducido, perdían su utilidad, al haber cumplido la obligación de la especie, más o menos siguiendo la consigna del "creced y multiplicaos"... Y en cuanto a la finalidad de los seres humanos, de los extraños y apáticos habitantes de la ciudad perfecta que noche tras noche se ofrecía a mis cansados ojos, no era otra que levantarse cada mañana y proseguir con la rutina...
Pero si se observaba todo aquello de forma desapasionada, como yo creía poder hacerlo, la inutilidad de todos aquellos esfuerzos era evidente, igual que la reproducción misma de sus habitantes, porque no servía a otra cosa que para mantener en marcha el mismo esquema...
Y entonces me planteaba una pregunta... Si toda aquella ciudad, con su rígida organización, su violencia absurda, el reaprovechamiento macabro de las materias primas, su jerarquía meticulosa, no sería más que una metáfora, una "reductio ad absurdum", de nuestra vida cotidiana.... como habitantes involuntarios de una gran ciudad como Madrid o Barcelona...
En la ciudad...

