viernes, 3 de agosto de 2018

LA ÚLTIMA RESPUESTA.


¿Qué pinta una silla eléctrica de las clásicas, de hierro y madera, en el despacho de un cazatalentos empresarial? Es un armatoste oscuro, macizo, cargado de energía negativa y de malos presagios, y no cuesta demasiado imaginársela en funcionamiento. Me han hecho pasar al despacho hace quince minutos, una secretaria de lo más amable me ha servido un vaso de agua, diciéndome: “Siéntese un momento, señor Pereira. El señor Aguilar está ocupado en este momento con otro candidato, pero no tardará en recibirle.”
Me quedé solo, sentado en la incómoda silla, con respaldo y asiento regulables, que no me atrevía a toquetear mucho, pues no sería la primera vez que se te rompe (eso me pasó en la última entrevista). Y empecé a mirar a mi alrededor. Era un despacho normal y corriente, con una gran mesa de reuniones, seis sillas todas iguales, un tresillo, una lámpara de lectura, y por supuesto, la silla eléctrica.
Dos de las paredes estaban enteramente forradas de estanterías, que me llamaron poderosamente la atención: llenas de libros de Stephen King, Peter Straub, Dean R. Koontz, Robert Bachman y otros grandes de la literatura terrorífica contemporánea. No es que no me gustasen esos libros, pero sinceramente, no me los esperaba en un importante despacho de cazatalentos; movido por la curiosidad, me levanté y cogí uno de ellos. Era una primera edición de “IT”, en inglés, y firmada por el Maestro. Aspiré su aroma, recorriendo las páginas con la mirada, y en ese momento, escuché una voz a mi espalda: “Tiene usted buen gusto, señor Pereira. Este libro es la joya de mi colección. Como paso poco tiempo en mi casa, procuro rodearme en el trabajo de cosas que me recuerdan mi profesión de escritor. Póngase cómodo, y comenzamos la entrevista”.
Me di la vuelta, dispuesto a enfrentarme a la Leyenda Viva de la selección de personal para puestos de alto nivel… y me encuentré con un señor de lo más normalito, de hecho muy parecido a Alfredo Landa. Un fuerte apretón de manos, y nos sentamos frente a frente, a ambos lados de la mesa.
¾  Permítame felicitarle por haber llegado a esta fase de la ronda de selección, señor Pereira. Durante el proceso, hemos descartado a más de cincuenta candidatos, puesto que nuestro cliente desea un perfil muy específico. Según los resultados de sus test psicotécnicos y de personalidad, está dispuesto a asumir nuevos retos personales y profesionales, ¿me equivoco?
¾ No, señor Aguilar. Es más, creo firmemente que el ser humano no conoce sus verdaderos límites, hasta que se ve obligado a superarlos.
¾  Bien, hábleme de usted. ¿Cuál ha sido el mayor reto que ha superado?
¾ Quizás no el mayor, pero sí uno de los más complicados, fue el dejar de fumar. Llevo ya diez años limpio. También dejé de beber, procuro cuidarme, y hacer ejercicio tres veces por semana en el gimnasio, además de correr un poco.
¾ Es usted una persona sana, por lo que me dice, pero nada de ello constituye realmente un reto… Le propongo uno auténtico: jugar a “verdadero o falso”…
¾ Si a usted le parece bien, estoy conforme.
¾ Sin embargo, para darle un poquitín más de interés, tendrá que sentarse en la vieja “Old Lady”. Es una silla eléctrica con una larga trayectoria de ejecuciones, que fue retirada de Sing SIng en 1957, pero que se conserva en perfectas condiciones… Acompáñeme, si es tan amable.
Nos levantamos de nuestras cómodas sillas, y nos dirigimos hacia la esquina del despacho. Me senté. La madera era recia, dura, y sorprendentemente fría al tacto.
¾ Para darle un poco más de interés al juego, puesto que una entrevista de selección de personal de este nivel no tiene por qué ser aburrida, voy a atarle como antaño se hacía con los condenados: de pies y manos sobre la estructura. También le voy a poner una pequeña esponja impregnada en agua sobre la cabeza, y se la voy a sujetar con la tira de cuero. ¿No le importa, verdad?
¿Y qué le iba a decir, cuando lo que estaba en juego es el trabajo de mis sueños? Total, con la escandalosa cantidad de dinero que pensaba cobrar, podría incluso comprarme la maldita silla. Me dejé hacer, sintiendo de todas formas un escalofrío cuando el agua empieza a escurrirse por mis sienes, y una vaga incomodidad por el mordisco del recio acero en mis muñecas y mis tobillos. El peso del casco de metal tampoco ayudaba demasiado a sentirse cómodo...
¾ Y siempre dentro del juego, vamos a conectarla a la red. Notará usted una pequeña sacudida, cada vez que no responda o que no sea sincero con una de sus respuestas. ¿Hacemos una pequeña prueba, para ajustar el voltaje?
En ese momento, me quise levantar, pero estaba completamente inmovilizado sobre la querida “Old Lady”. Y también llegó la primera descarga. No demasiado fuerte, no muy molesta.
¾ Bien. Vamos a por la primera pregunta, de una ronda de cinco. ¿Es usted Baltasare Pereira, doctor en ciencias de la información por la UCM?
¾ Por supuesto que sí.
¾ Respuesta incorrecta. No llegó a presentar la tesis. Por lo que recibirá el castigo.
Aquella vez, la descarga fue mucho más fuerte que la anterior. Grité. Aguilar manipuló la rueda numerada que regulaba el voltaje.
¾  Puede gritar todo lo que quiera. El despacho está insonorizado, y la planta desierta. La oficina fue alquilada a través de una empresa fantasma, y la secretaria contratada específicamente para recibirle, y olvidarle. Segunda pregunta. ¿Fue usted a una fiesta, el veintidós de mayo de 1999, en casa de Matilde Aragog?
¾ No. Y no le veo el sentido a sus preguntas. Haga el favor de soltarme.
Nuevo giro de la rueda. La descarga me pilló por sorpresa, y casi me mordí la lengua.
¾ ¿Conoció usted en aquella fiesta a Vanessa de Angelis, estudiante italiana de Erasmus, y la acompañó a su casa después de la fiesta?
-¡Ya le he dicho que no! ¡Haga el favor de soltarme de una vez!
Nuevo giro de la rueda. Vanessa de Angelis. Se llamaba así. Era tan seductora… Una nueva descarga me dejó sin respiración.
¾Respuesta equivocada. ¿Violó usted a Vanessa de Angelis?
¾ ¡De ninguna manera! ¡Fue una relación consentida! ¡Ella estaba caliente como una perra, y sólo le di lo que se merecía!
El dolor de la descarga fue tan intenso, mi cuerpo se contrajo tan violentamente, que me costó mucho recuperar el aliento. Intenté liberarme de las ataduras, grité con todas mis fuerzas. La rueda estaba indicando el máximo. Ya conocía la siguiente pregunta.
¾ ¿Asesinó usted, estrangulándola con una media de nylon, a Vanessa de Angelis, y colgó luego su cuerpo de la barra de la ducha, fingiendo un suicidio?
Una nueva vuelta de la rueda. No hizo falta mi respuesta. Y un dolor blanco, atroz, cegador, se apoderó de todas y cada una de las células de mi cuerpo, en una apoteosis implacable.
Luego, una extraña sensación de libertad, de incorporeidad, viendo a mi cuerpo torturado sobre la silla eléctrica.
Así que la muerte era esto…



AL OTRO LADO DEL ESPEJO

¡Qué cansancio! La función de esta tarde ha sido agotadora. Cada semana me va costando más meterme en el personaje de Hamlet. Ese diálogo con la calavera de Yorik necesita mucha intensidad, me trae tal vez demasiados recuerdos.
Pero la gente no parece darse cuenta. Menos mal que al fin he terminado. Busco el desmaquillador, lo empapo en unos algodones y comienzo a frotar mi rostro. En el espejo, poco a poco, vuelvo a ser persona, vuelvo a ser yo, pero a medida que mis rasgos reaparecen, se insinúa una sombra junto a ellos. No es más que un reflejo. Si le doy la espalda, desaparece. ¡Pero si soy yo! Es como si mi reflejo tuviera entidad propia y quisiera decirme algo… Aunque la imagen que me devolvía el espejo era de alguien mucho más oscuro y peligroso, que intentaba salir a la luz.

¾ ¿Quién eres?
¾  Lo sabes muy bien. Y aquí estamos.
¾ Sí. Por fin nos vemos las caras. Tanto tiempo oyendo hablar de ti, que incluso llegué a pensar que eras real.
¾ Y lo soy, de alguna manera.
¾ No lo creo. No del todo. Es imposible que existas.
¾ ¿Qué más quieres que haga? ¿Qué salgamos a la calle, y mate a la primera persona con la que nos encontremos? ¿Usando las manos desnudas, o mejor aún, solamente los dientes? Hace mucho que no bebo sangre…
¾ Eso es fácil. Matar es muy sencillo. No es una prueba de tu existencia.
¾ ¿Qué prefieres entonces? ¿Algún milagro, al estilo de los que hace el vecino de arriba? Resucitar a los muertos es muy sencillo… Es un truco que se enseña en primero de demonología.
¾ ¿Y por qué no lo hacéis más a menudo? Si tan sencillo es…
¾ Perdona que te corrija, pero lo hacemos. Lo único es que, cuando resucitan, han cambiado en su interior. Son los típicos casos de muertes extrañas, cuando cesa incluso la respiración o el pulso durante unos segundos. Y luego vuelven a la vida. Los doctores no lo entienden. No lo pueden explicar. Pero sucede. Con mucha más frecuencia que antes, desde que se decretó el fin del mundo.
¾ Dame una prueba entonces. Un nombre, y te creeré.
¾ ¿Te acuerdas de Àgatha, tu querida compañera de estudios? Ella sabe muy bien lo que se siente después de la muerte. Hace ya cuatro meses que intentó suicidarse, combinando barbitúricos y alcohol. Durante seis minutos, estuvo clínicamente muerta. Los médicos hicieron lo posible por resucitarla, pero fui yo quien la salvó. Ahora tiene que devolverme el favor, cuando se lo pida. Vida por vida. Y es la tuya la que vendrá a buscar esta tarde.
¾ ¿Por qué yo? ¿Ahora, que estoy cumpliendo con Tu Tarea, divulgando Tus Enseñanzas? ¿Ahora, que te puedo ser útil en verdad, mandas a uno de tus discípulos a eliminarme?
¾ Así es como tienen que ser las cosas. Vida por vida. Muerte por Muerte. La única diferencia es que a ti te estoy dando la posibilidad de defenderte. Te he revelado el nombre del ejecutor. Sabes que es ella. Incluso has aceptado quedar con ella, después de tanto tiempo sin veros, más de diez años, y de repente permites que vuelva a entrar en tu vida. ¿Recuerdas cómo y por qué os separasteis?
¾ Yo quería tener un hijo. Me sentía preparado. Y ella era la mujer adecuada. Dulce. Tierna. Cariñosa. La madre perfecta. Durante un tiempo estuvimos hablando del tema, a ella parecía hacerle ilusión de repente. Pero cambió de idea. Desapareció de mi casa.
¾ ¿Y si te dijera que tuvo a tu hija? ¿Si te confirmara que la vendió a una pareja rica de gays de Barcelona? No tuvo ningún remordimiento, es más, tu hija fue solamente una inversión: casi treinta mil euros, a cambio de una criatura berreante y apestosa. Se despreciaba a sí misma por tenerla, pero sus fuertes convicciones religiosas le impedían abortar, incluso después de haberse ido de tu casa durante el primer mes del embarazo. La cuidó como negocio. Carne de tu carne, sangre de tu sangre.
 ¾ No te creo.
¾ Pregúntaselo a ella cuando venga, dentro de cinco minutos. Pero recuerda también que ella viene a matarte. No le des la menor ocasión. No me importa cómo lo hagas, aunque el sabor de la sangre caliente siempre me ha gustado…
¾ ¿Y qué pretendes demostrarme con ello? ¿Acaso una prueba de tu maldad? Matar es sencillo, ¿o hace falta que te recuerde las tumbas sin nombre en los cimientos del Teatro? Disfruté, sí, intensamente, con cada muerte. Adolescentes que se metían en el camerino una vez terminada la función, dispuestas a llevarse a casa un recuerdo de su Gran Ídolo, de su Estrella, y que en vez de eso se convertían en un suculento desayuno. Sus cuerpos, una vez desangrados y deshuesados, terminaban en el cajón congelador; y sus huesos, ropas y cabezas, enterradas en los cimientos. Dieciséis tengo escondidas. ¿Por qué Àgatha iba a resultar diferente, más difícil de matar?
¾ Porque tú la sigues queriendo. A pesar de todo. Incluso teniendo en cuenta lo que te he dicho de la venta de tu hija, sigues pensando en ella. Es tu punto débil. Y a mí no me gusta la debilidad. Me interesas más como Profeta, hablándole al mundo de mi próximo reinado. Total, ¿qué más da, un cuerpo de más o de menos, en los sótanos del Teatro? Fíjate si te lo he puesto fácil, que la he convencido para venir aquí, a tu camerino. Ya debe de estar a punto de llegar a la puerta de invitados… Es ella o tú. Tengo que llevarme un alma esta noche. Me da igual cual sea. Pero recuerda, hace mucho tiempo que no pruebo la sangre… Ahora te dejo tranquilo, aunque lo estaré viendo todo desde el otro lado del espejo.

La presencia del espejo desaparece. Al fin estoy solo. Creo que ha vuelto a pasarme lo mismo que en las otras ocasiones en las que olvidé tomar la medicación. Vuelven las visiones catastróficas, los diálogos surrealistas con entidades extrañas, incluso conmigo mismo. ¿Qué busco en las profundidades del espejo? ¿La verdad? ¿Qué verdad? Me saca de mis ensoñaciones la voz Braulio y sus palabras me hacen dudar más que nunca sobre si el carácter de mis alucinaciones.

¾ ¿Señor García? Lamento mucho molestarle a estas horas, pero es que tiene usted una visita. Dice llamarse Àgatha, y ser una vieja amiga…
¾ Perfecto, Braulio. Puedes dejarla pasar. Y tranquilo, yo me ocuparé de ella, y de cerrar el teatro. Muchas gracias por todo.

Àgatha. Al final ha venido. Ya sé lo que debo hacer. Noto la sed, en lo más profundo de la garganta…


EN LA MADRUGADA


Escuché sus pasos. Rápidos. Veloces. ¿Dos o más personas? No lo sé. Rápido. Más rápido. Sin pensar. Sin respirar.
La cabeza me dolía. Hacía media hora, tuvieron suerte. Un solo disparo. En la cabeza. La bala de poco calibre, posiblemente un 22, resbaló al impactar contra el hueso. Me llevé la mano a la cabeza. Sangre. En la mano. En el pelo. El dolor fue intenso. Sólo más tarde comprendí que ese extraño estornudo era el sonido del disparo con un silenciador.
Me estaban persiguiendo. Y sé que no pararían hasta silenciarme.
Abandoné a mi contacto de madrugada, en la calle Génova, en el bar “El último suspiro”. Nunca creí en las premoniciones. Pero para él lo fue. Dos disparos en el pecho, mientras estábamos en la barra. Las putas salieron corriendo. Los clientes se hicieron a un lado. Entonces vi a los matones reflejados en el espejo de la barra. Matón número uno tendría unos cuarenta años, recio, alto, ojos grises, vestido con un traje gris barato y sin corbata. Matón número dos, más bajo, más joven, ropa pantalón vaquero y camiseta sin mangas a pesar del frío.
Dos rosas de sangre en el pecho de Adrián. Salí corriendo. Ellos salieron detrás. Toda la calle Génova para abajo, pasando por delante de la sede del Partido Popular. Aporreé las puertas, estoy afiliado. Qué menos que ayudarme. El segurata me miró con mala cara, pero no abrió.
Seguí corriendo. De repente, ese extraño ladrido. Me paré. La sangre corriendo por mi cuero cabelludo. Miré atrás. Solo unos cincuenta metros de ventaja.
¿Qué hacía un periodista, con una pistola en el bolsillo, corriendo por el centro de Madrid? Estaba siguiendo una pista sobre el Partido Popular (fondos reservados, tarjetas black, y sobre todo la amante del Presidente del Gobierno). Mis últimas investigaciones me habían llevado hasta Adrián Peñuelas, que me tenía que dar un pen drive con las fotos comprometedoras y las pruebas documentales del desvío de fondos para pagar un ático en la Castellana a la amante. Tenía el archivo en el bolsillo derecho, y en el izquierdo la pistola.
Hacía ya años que la compré en la armería de mi barrio, después de conseguir la licencia. Aunque era bastante bueno en el campo de tiro, nunca había disparado contra un ser humano. ¿Los perros salvajes no cuentan verdad? Era una Sig Sauer de nueve milímetros, tan hermosa como letal. No pesaba casi nada.
Llegando a la Plaza de Colón, me di la vuelta, encañoné a los perseguidores, y disparé sin apuntar demasiado. Tuve suerte. Matón número uno se detuvo en seco, y se llevó una mano a la pierna derecha. Matón número dos también aprovechó mi detención para volver a disparar. Sin suerte. La bala pasó silbando cerca de mi oreja derecha.
A esas alturas no había casi tráfico en la Castellana. Seguí corriendo. Tenía que llegar como fuera a la redacción del periódico. Las pruebas contra el Presidente del Gobierno eran demoledoras. Falsedad documental. Desvío de fondos públicos. Y por si fuera poco, adulterio.
Eso sin contar con que la redacción estaba protegida por guardias de seguridad armados. Las veinticuatro horas.
Me despisté. De repente, un frenazo en seco. Miré a la derecha. Un taxi ha estado a punto de atropellarme. Está libre. Escondiendo la pistola de nuevo en el bolsillo de la chaqueta, me planté en medio de la calzada, haciéndole señas para que se parase, abrí la puerta, y le di la dirección del periódico. ¡Rápido, más rápido!
El matón número dos aprovechó mi detención para disparar de nuevo. Esta vez con más suerte. Noté una punzada en el abdomen. El taxista se asustó, y salió corriendo. Conmigo a bordo afortunadamente.
-          ¿Me lleva a la calle Miguel Yuste 16?
-          Sí, claro. ¿Qué ha sido ese ruido?
-          No se preocupe. Siga conduciendo.
Cerré la mano sobre mi abdomen. La bala me había atravesado limpiamente. Seguro que requerirá unos cuantos puntos, pero el médico de guardia podrá atenderme, y luego iré al hospital. Miré atrás. Allí estaba, en medio de la Castellana, y con la pistola en la mano, el matón número dos, intentando parar un coche.
Mi taxista tenía prisa, al prometerle veinte euros de propina si me llevaba a mi destino en quince minutos, rebasaba los semáforos en ámbar, incluso se saltó varios en rojo. Llegamos a la puerta principal del periódico. Mientras pagaba al taxista, escuché el ruido de unos frenos torturados, luego un choque. Por el impacto, el taxi se estrelló contra los maceteros anti terroristas.
Logré salir del taxi, sin más daños que una contusión. El matón número dos salió del Ford Fiesta (más tarde me enteré que robado a punta de pistola en la Castellana). Me encañonó con la pistola. Me preparé para el impacto. Dos rápidas detonaciones. Salió despedido hacia detrás.
Los vigilantes de seguridad se habían dado cuenta de la situación. Nunca más volveré a llamarles seguratas. El matón cayó al suelo. El taxista salió del coche, se acercó al matón, y le dio un par de patadas, al grito de “¡Desgraciado, me has arruinado el coche!”
Los vigilantes se acercaron a nosotros corriendo, uno de ellos ya había llamado a la Policía, y el segundo a una ambulancia. Luego esposaron al matón.
Me desmayé por la pérdida de sangre. La herida del abdomen era más grave de lo que pensaba.
He despertado hace diez minutos, sobre una camilla, en el área de recuperación quirúrgica del Doce de Octubre. Desde el periódico, han enviado a una reportera para cubrir la noticia. Cuando pedí hablar con el Redactor Jefe de Nacional, me pasaron con él rápidamente. En la bolsa de plástico con mis pertenencias seguía estando el pen drive.
La historia de la amante y los fondos reservados saldrá a la luz en la edición de mañana. Mientras le dictaba la noticia a la redactora, pensé que esta noche he vivido intensamente el periodismo.
Y me gustó.

FIGURAS EN LA NIEBLA

La niebla siempre me ha parecido de lo más inquietante. Tal vez por haber leído demasiadas novelas de Stephen King, o por haberme perdido en ella dos o tres veces. Esa extraña sensación de que cualquier cosa puede aparecer entre la bruma. Demasiados monstruos tienen cabida en la neblina, porque mi imaginación es rica y febril en ocasiones…
Vivo en una casa de la Alameda de Osuna, un barrio periférico de Madrid, en un piso bajo. Las ventanas de mi despacho, del dormitorio y del comedor dan al jardín comunitario, lo que me garantiza risas de niños en el verano, porque se suelen juntar en el jardín para jugar al fútbol, al escondite (hay muchos árboles y matorrales, además de zonas de arena perfectas para que los más pequeños hagan sus castillos o jueguen con excavadoras y cochecitos radio controlados) y a otros muchos rituales de la infancia. A última hora de la tarde, durante todo el verano, también se reúnen en el jardín un par de grupitos de adolescentes, para beber tranquilos sus cervezas o fumarse un par de porros, y a veces sus voces me resultan un poco molestas, pero no puedo hacer nada. Son de esas cosas que nunca te dice el vendedor, y que terminas descubriendo demasiado tarde. Pero me gusta mirar desde la ventana del despacho, mientras estoy escribiendo, la imagen de los árboles y de los matorrales, los bancos y el césped, bajo la luna llena, compensa todos los inconvenientes.
Hoy no puedo dormir, por eso me he sentado en mi sillón de oficina y, con un cigarrillo en los labios, miro por la ventana. La luna riela sobre los árboles, las hojas brillan con una intensidad especial, y en el silencio de la madrugada, cualquier cosa es posible… Y entonces, sucede.
A lo lejos, en los límites de la valla que da a la calle de Juan de Amorós, se está formando una extraña niebla. Primero son algunos zarcillos inconexos, casi tentaculares, que me hacen pensar en un gigantesco pulpo. Poco a poco, van desapareciendo aquellos objetos que me he acostumbrado a ver desde la ventana: los matorrales de zarzamoras, los árboles frutales (el arquitecto paisajista decidió que quedaría bien en el jardín plantar naranjos y limoneros), los bancos en los que se sientan las parejas, las extensiones de césped, incluso los areneros donde juegan los más pequeños. La niebla lo va cubriendo todo lentamente, un espeso manto blanco en el que nada se mueve… Hasta que aparecen ellos…
Al principio, son figuras difusas, masas extrañas, sombras dentro de las sombras en un mundo grisáceo… Y con ellas llega el frío… Van atravesando lentamente el jardín, y poco a poco, se van convirtiendo en humanos… O en lo que en otro momento fueron seres humanos. Voy distinguiendo torsos mutilados y ensangrentados, caras golpeadas, brazos doblados en ángulos imposibles, manos y pies quemados, cuerpos deformados que se arrastran sobre la hierba. Se van acercando en silencio a la ventana del despacho, y en sus miradas vacías leo una súplica, un grito mudo parece salir de sus gargantas, mientras que se agrupan tan cerca, al otro lado del cristal, que el propio aire parece congelarse. No me asusto, sé que no me harán daño, a fin de cuentas ya me ha pasado lo mismo en otra ocasión y, como fantasmas, poco he de temer.
Sobre todo, porque quieren algo de mí. La muerte una vez más se ha cobrado su tributo de manera anárquica, y algunos de ellos han encontrado el camino hasta mi casa. Al principio, no entendía lo que me estaba pasando, por qué se me aparecían los espíritus de los difuntos, sobre todo los que habían padecido una muerte violenta, y tenían todavía algo que decir al resto del mundo. Con el paso del tiempo, comprendí que esa era mi misión, intermediar entre los vivos y los muertos.
Esta noche no ha sido distinto. Son unas cuarenta figuras las que se arremolinan entre la niebla, fundiéndose con ella, esperando su turno pacientemente para entrar en mi casa, en mi cuerpo. No les digo nada, pero ellos saben que estoy a su disposición. Como siempre.
Enciendo el ordenador, y me conecto al servidor seguro, ubicado en Barcelona, para escribir los mensajes, que rebotarán varias veces en el ciberespacio antes de alcanzar a sus destinatarios, los familiares de los difuntos, de tal forma que mi rastro quede confundido. Yo no soy importante, ellos sí. El primero de ellos atraviesa el cristal. La temperatura en el despacho disminuye varios grados, pero no lo noto ya: mi mente ha sido desplazada por la del espectro, y mi cuerpo es un mero medio para escribir el mensaje. Es una sensación extraña y  bastante inquietante, pero al no ser la primera vez, me dejo llevar.
Así me entero de que se ha estrellado un avión de pasajeros en el aeropuerto de Barajas, a escasos kilómetros de mi casa. Han fallecido sesenta personas, casi todas ellas carbonizadas por el incendio. Y algunas de ellas han sentido mi presencia. Saben que puedo ayudarles a comunicarse con sus seres queridos. Cuando haya transmitido el último mensaje, desaparecerán. Pero mientras tanto, me esperan… Al otro lado del cristal, entre la niebla…

DIES IRAE

Han pasado ya cuarenta y ocho horas desde el primer ataque terrorista, y no creo que lleguen más supervivientes. Seguimos en el puesto de control a la salida del túnel de la A5, y los coches incendiados se multiplican hasta el infinito, y dentro quienes no pudieron escapar. Al principio, y por la rapidez de la infección (escasos minutos después de la mordedura te convertías en uno de ellos), estábamos sin defensa. Las tropas, movilizadas por el Gobierno, tomaron posiciones alrededor de la capital, utilizando la M-40 como cortafuegos, puesto que las criaturas tenían una especial querencia a avanzar siguiendo las carreteras principales, tal vez como recuerdo de su otra vida. La población civil ha recibido la orden de parapetarse en sus casas y de no salir a la calle bajo ningún concepto, pero esa es una imposición difícil de respetar, cuando las paredes de demasiadas viviendas son de pladur y cartón piedra, en todo caso demasiado endebles para resistirse a los golpes y las ansias devoradoras de las criaturas.

Todo empezó hace dos días, en la sede central de unos importantes almacenes del Paseo de la Castellana, concretamente en el edificio de El Corte Inglés. Para quienes no lo conozcan, son en verdad tres grandes edificios, intercomunicados en varios niveles, en los que se puede encontrar de todo, desde un pela pipas automático último modelo, hasta el más reciente despropósito literario. Al ser el primer día de rebajas, se había formado un gentío en los accesos principales al edificio 1, y los encargados de la seguridad optaron por adelantar la entrada del público unos minutos, para evitar que se produjeran incidentes. A las diez menos cinco de la mañana, los tres edificios tenían las puertas abiertas, y los clientes se dedicaban a su ocupación favorita: consumir el saldo de las tarjetas de crédito.
Pero a las doce y diez de la mañana, empezó el desastre. Una densa neblina comenzó a salir por los sistemas del aire acondicionado de la séptima planta del edificio dos (la sección de música y cine), y empezó a bajar por las escaleras mecánicas. Era muy densa, y olía vagamente a medicamento para la tos. Cundió el pánico, la visibilidad era casi nula… Y empezaron las visiones… Y los primeros ataques…

Media hora después, un grupo terrorista vinculado a Al Kaeda reivindicaba el ataque, “hemos utilizado un gas neurotóxico para desenmascarar a los perros occidentales y devolverlos a la animalidad”. Enseguida se han puesto en marcha los protocolos antiterrorista, y una unidad especial de las Fuerzas Antiterroristas, equipada con trajes NBQ y sistemas de filtrado del aire, comenzaba una inspección del centro comercial. Las imágenes que iban llegando al Centro de Mando Avanzado eran escalofriantes, lo sé porque yo estaba allí. La niebla se había extendido por los tres edificios, convirtiéndose en un velo apestoso. En muchos lugares aparecían cuerpos desgarrados, trozos de carne y de sangre, como si una fiera se hubiera alimentado de ellos. También había cadáveres, centenares, muchos de ellos asfixiados por el gas, y otros muchos aplastados por las masas aterrorizadas. En otras zonas se observaban movimientos, personas que corrían veloces entre las estanterías de ropa, o que se refugiaban dentro de los probadores, como huyendo de algo que no podíamos ver. Y luego estaban ellos, los cazadores.
¿Por qué unos se morían con la niebla, otros se convertían en fieras, y un pequeño grupo resultaba inmune? No hemos tenido tiempo de hacer más estudios, pero los investigadores del CIEMAT creen que se debe a algún tipo de mutación dentro del ADN mitocondrial: si la tienes, es más posible que te conviertas en cazador… Al menos esas fueron las primeras impresiones derivadas de la autopsia y el análisis de los cadáveres de varios cazadores, capturados por el equipo de las fuerzas antiterroristas.
El Ejército de Tierra fue movilizado para rodear los edificios de El Corte Inglés y diversas torres del complejo Azca, estableciendo un triple cordón de seguridad, para aislar a los cazadores. El balance era dramático: no había supervivientes a la vista, y se calculaba que un par de centenares de cazadores habían conseguido desperdigarse por toda la ciudad. En aquél momento, nadie sabía que el enterovirus se transmitía por la saliva, y que la reacción era sumamente rápida.
A las tres de la tarde, se produjo un nuevo ataque con gases en el Centro Comercial Tres Aguas; media hora después en el Nassica; quince minutos más tarde en el H2O. Los ataques con gases se fueron produciendo acto seguido en otros siete centros comerciales de Madrid y de la periferia, demostrando que era un ataque terrorista a gran escala… Y a las seis de la tarde, durante la celebración del Clásico (Real Madrid-Barça), se produjo la hecatombe: el vertido de miles de toneladas de gas neurotóxico, que se había almacenado en los dispositivos de riego automático y de sistemas anti incendio del estadio. Si ya era difícil localizar y dar caza a los centenares de cazadores de la mañana, ¿quién podía hacer algo frente a los noventa mil espectadores enfurecidos de las gradas? El último y más devastador ataque ha sido en los túneles del Metro…

El gas era muy sencillo en su funcionamiento: o te mataba (solo en un cuarenta por ciento de los casos), o te convertía en una fiera cazadora con instintos asesinos y con capacidad de infectar a los demás por una mordedura. A las siete de la tarde, se decretó el toque de queda, aconsejándose a toda la población quedarse en sus domicilios, con lo que las calles y plazas, túneles y azoteas se convertían en el terreno de juegos privilegiado de los cazadores. La noche ha sido muy larga, los ataques se han recrudecido, y la plaga se ha extendido por doquier.
Las autoridades civiles y militares dan por perdida la capital: si no estás muerto, eres un cazador, y aunque quedan bolsones aislados de supervivientes, no podemos prestarles auxilio. No cuando las criaturas, movidas por el hambre o el instinto, se han ido agrupando en diferentes manadas y, siguiendo las calzadas de las carreteras principales (sobre todo la A-2, A-5 y A-6) pretenden expandirse por el resto de la provincia.
Menos mal que han demostrado no ser invulnerables a los fusiles de asalto HK G36 (que ha sustituido a los Cetme en el Ejército de Tierra) ni a las pistolas de combate HK USP Compact. Aquí les estamos esperando, detrás de la barricada.
No pasarán

JUEGO MORTAL

Tic, tac, tic, tac… El tiempo va pasando, ¿no te das cuenta? Fíjate en el reloj, los números de color rojo van creciendo, y creciendo. Y ya sabes lo que pasará cuando den las dos, ¿verdad? ¡Contesta! ¡Ay, perdona! ¡Se me olvidaba que con la mordaza no puedes hablar, ni decir nada! Pero comprenderás que no te la puedo quitar, porque no estoy segura de si vas a poder gritar, no sea que protesten los vecinos, y les dé por llamar a la Policía. Porque no queremos que nos interrumpan, ¿verdad, cariñito?
Ante todo, la educación, como diría mi madre, que en paz descanse. Permíteme que me presente, y luego te diré lo que va a pasarte, aunque alguna prueba ya te habrán dado los pequeños “juguetitos” que tienes a tu derecha, sobre la mesita baja: unas tijeras de podar, un bisturí, un sacacorchos de los metálicos, unas agujas de calceta, esa cajita con la manivela es una dinamo capaz de producir una descarga eléctrica de lo más dolorosa, una esponja y un barreño pequeño llenos de agua, y por último, pero no menos importante, una bolsa de plástico. ¿Te gustan mis juguetitos? ¡Menudo regalo de cumpleaños, querido!
Ya has visto que no me asusta la sangre, si no, no habría podido arrancarte las uñas de la mano derecha con los alicates, cariño. ¡Qué momentos tan hermosos hemos pasado! ¡Y la cara que se te ha puesto, cuando has abierto los ojos, y ya no estabas en tu casa, ni en tu cama, si no amarrado en un antiguo sillón de ginecólogo!
No creas que ha sido fácil sacarte de tu piso, aunque abrir la puerta con el juego de ganzúas ha sido muy sencillo, así he podido entrar de madrugada. Al verte tan guapo, tan rubio, tan perfecto (no sabía que dormías desnudo), casi me he arrepentido de lo que iba a hacerte… Una simple inyección de somnífero (lo robé en la clínica veterinaria donde trabajo de voluntaria los fines de semana) ha bastado para dejarte a mi merced. Luego, te he metido en la maleta Samsonite con ruedas que compré hace quince días en las rebajas del Corte Inglés, y directa al ascensor. El taxi me esperaba en la puerta del edificio, qué práctico el pedirlos desde el móvil con la nueva aplicación; el chófer incluso me ha ayudado a meter la maleta en el maletero. ¿Sabes cariño?, es una suerte que seas tan pequeño, o habría tenido que cortarte las piernas. ¿Te imaginas la cara de tus padres, si mañana entran en tu habitación, y encuentran tus piernecitas en medio de un gran charco de sangre?¡Pobrecitos!

¡No me mires así!¡No estoy loca!
Hace ya mucho tiempo que comprendí una cosa. Hombre bueno, hombre muerto. Y los peores sois vosotros, los pre-adolescentes. Con diez, con once años, con doce años, descubrís el sexo, las drogas, la violencia, hay que daros una lección antes de que sea demasiado tarde.
¿Ahora me recuerdas, verdad?¡Pues deberías! Quizás  una pequeña descarga eléctrica en los genitales te ayude… Antes vamos a mojarlos con la esponja, para que te dé más gustirrinín…
¡Cerdo, guarro! ¿Cómo te atreves a mearte? ¡Es que sois todos iguales! ¡Casi me salpicas la cara! Y encima eres un poco viciosillo, ¿verdad? ¡Si te has empalmado y todo! Pues vamos a darte un motivo. Sé que te gustan las mujeres, me he fijado en cómo miras a tus compañeras de clase, cuando piensas que ellas no te ven… Y eso que son solo unas niñas… Por lógica, yo debo gustarte más…
¿Qué, ahora me recuerdas bien? Sí, soy tu profesora interina de ciencias sociales. Aquella a la que llamabais “la buenorra”, aunque está claro que con el mono de plástico y la mascarilla y el gorro, no podías reconocerme… ¿Quieres ver más? ¿Quieres verme desnuda? ¡Pues mírame! ¡Disfruta con el espectáculo, porque igual será lo último que veas!

No, Adrián, no te creas que es la primera vez que lo hago, ni será la última. Me gusta demasiado la carne fresca, el sexo no consentido, la violencia, el castigo. Porque os merecéis todo lo que os hago, ¡malditos bastardos pre-adolescentes!
Vale, es posible que tú no me hayas echo nada, pero lo has pensado. Me gusta exhibirme ante vosotros, provocar vuestras miradas en clase, hacer que os deis la vuelta en los pasillos con tal de verme el culo, y esas posturas tan graciosas que ponéis para vislumbrar mis pechos. Me hace sentir poderosa, y en casa, muchas veces me masturbo mientras veo vuestras fotos, y pienso en lo que me gustaría haceros uno a uno…
Pueden pasar un par de meses, mientras la tensión va subiendo en mi interior, hasta que llega el momento de entrar en escena… Entonces, escojo mi presa entre los alumnos de otro instituto en el que haya estado de interina, hago mis planes, busco la dirección en internet, incluso me paseo por el barrio; y una noche cualquiera, me meto en su casa, los secuestro, y me convierto en su profesora “muy particular”…
Veo que sigues excitado, claro, nunca has visto a una chica guapa desnuda, ¿verdad? Pues mira, vamos a contribuir a tu educación sexual. Lo que te voy a hacer se llama “francés”, y consiste en meterse el miembro del varón en la boca, y estimularle hasta conseguir que eyacule. Yo soy de las que se lo beben todo, es mi alimento favorito…
¡Ah, qué rico estaba!
Casi es una lástima tener que matarte, pero sin ello no estaría completa mi cruzada. “Hombre bueno, hombre muerto”, ¿Recuerdas? Si mi tío Esteban y sus amigos no se hubieran dedicado, durante varios años desde que cumplí los doce, a violarme en grupo con la complicidad de mi madre, igual no os tendría tanto asco… Pero tienes que aprender la lección: el sexo es malo para la salud.

Por eso, ahora, seguiremos jugando con las tenazas, la dinamo, verás lo que duele el sacacorchos cuando te lo clavan en un testículo, la sensación de ahogo que provoca la bolsa hermética en la cabeza, y al final, cuando den las ocho de la mañana, te mataré, trocearé tu cuerpo (ya tengo mucha experiencia) y lo meteré en bolsas de basura dobles, antes de distribuirlo por varios contenedores de la ciudad. Y el toque del maestro: antes de tirar la última bolsa cerca de la Comisaría, te inyectaré en el culo la muestra de esperma congelado que compré en la clínica de fertilidad, así seguirán pensando que hay un gay loco que mata a niños en la ciudad…
Pero tranquilo, que todavía son las seis y media, y nos queda mucho tiempo para divertirnos… Tic, tac… Tic, tac…

UNA VISITA INESPERADA


Tarde de lluvia en Madrid. Desde las ventanas del despacho, veía las gotas estrellarse contra el cristal, como pequeñas suicidas, cuando cambiaban las rachas de viento. Movido por la curiosidad, atravesé el Hall, presidido por el enorme espejo de cristal, para dirigirme al salón, y allí, desde el balcón, me asomé a la calle. Las gotas de agua corrían también por mi cara, empañándome las gafas, y recordándome a la vez la suerte que tenía de estar librando el día de hoy.  Al cabo de unos minutos, volví a entrar en la habitación y, después de una rápida mirada en el espejo (una cabeza parcialmente calva, cejas oscuras, gafas de concha, nariz aguileña y boca de labios finos y crueles, sobre un  cuerpo bien cultivado en el gimnasio, pero con una barriguita que empezaba a desafiar las leyes de la gravedad), regresé silenciosamente al despacho. La casa vacía se prestaba a pocas distracciones o confidencias, aunque mi mente voló hacia el cuarto de baño principal, con su gran bañera de forja, de estilo antiguo.

El despacho, con sus paredes completamente cubiertas de estanterías rellenas de libros en doble fila, era mi refugio favorito. Mi madre no se explicaba nunca como podía encontrar en pocos minutos cualquiera de mis libros en ese caos aparente, pero es que todos ellos estaban ordenados por tema y autor, con especial predilección por los de Stephen King y otros escritores de terror americanos y europeos. La música de Cole Porter salía perezosamente desde los cuatro altavoces del equipo de música, haciéndome pensar en otros momentos más felices, en los que tal vez seguía lloviendo como hoy. Esas armonías espectrales acompañaban mis pensamientos, mientras escribía perezosamente en el ordenador, cuando de repente sonó el timbre de la puerta principal. ¿Quién podría ser, a esas horas de un lunes por la tarde? Cruzando una vez más el hall, y sin poder resistirme a los encantos del espejo, abrí la puerta, y allí estaba ella.
- “¿Don Marcial Benavente? Encantada de conocerle, soy Susana Díaz, su nueva agente del Círculo de Lectores, y estoy recorriendo el barrio para presentarme a los compradores.”
- “Encantado de conocerte, Susana. ¿Quieres pasar un momento a casa, y hablamos con más tranquilidad?”, le dije, mientras abría por completo la puerta, al mismo tiempo que la observaba.
Menudita, unos veinticinco años, con la larga melena rubia empapada por la lluvia, vestía un traje de chaqueta con falda y pantalón azul oscuro, blusa blanca, una gabardina beige, un paraguas de mango largo de color verde y unos cómodos zapatos bajos, perfectos para caminar. Como complemento, un práctico maletín con ruedas y asa negro, justo del mismo modelo que yo me quería comprar. Una visita predestinada.
Nos dirigimos hacia el salón comedor, cruzando el hall. La mesa, de roble macizo, y las seis sillas tapizadas de rojo, nos estaban esperando, pero al final nos sentamos en los sillones, separados únicamente por la mesita baja, donde Susana fue depositando las distintas carpetitas.
-          “El motivo de mi visita es presentarle algunas de las últimas colecciones puestas en marcha en Círculo, en colaboración con Planeta. Los precios que le voy a indicar ya llevan incluido el descuento, por ser veterano con nosotros.”
-          “Veinticinco años, madre mía. Y parece que fue ayer la primera vez que un agente de Círculo vino a visitarme, en respuesta a mi llamada…”
-          “Pues sí, señor Benavente…”
-          “Llámame Marcial.”
-          “En efecto, Marcial, hace ya mucho tiempo, pero veo que has seguido comprando libros con nosotros” me dice, echando una ojeada por las librerías del salón comedor.
-          “Es mi único vicio, bueno, eso e ir al cine. ¿Te gusta ir al cine, Susana?¿Qué tipo de películas? A mí sobre todo las de terror y las de acción…”
-          “Pues justamente tenemos una oferta especial, “Cien años de cine”, en colaboración con la Warner. Es una selección de las mejores películas de la historia del cine, seleccionadas por expertos en la materia, que sin duda le puede interesar…”
-          “¿Te apetece tomar algo? Yo estaba preparándome un café. Seguro que algo bien calentito te vendrá bien, con esta tarde de perros.”
-          “¡Oh! ¡Muchas gracias! Con leche y dos de azúcar, ¿sería posible?”
-          “Dame cinco minutos, y lo traigo. Mientras tanto, si quieres, puedes ir mirando los libros, que me he fijado que te puede la curiosidad…”

Susana se sonrojó, ¡qué dulce!, y yo me fui hacia la cocina. Café para dos, aunque el suyo tenía un pequeño suplemento. Al volver al salón, ella estaba mirando la edición facsímil del Quijote, herencia de mi padre. Nos volvimos a sentar en los sillones, aunque tuve buen cuidado de no confundirme de taza.
-          “¿Qué otras colecciones tienes para ofrecerme? ¿Algo para niños?”
-          “Pues sí. Una colección de vídeos de Mickey Mouse, perfectos para toda la familia.”
-          “Seguro que a mis sobrinas le gustarán mucho. ¿Y en qué condiciones de financiación?”
-          “Serían ciento cincuenta euros, pagaderos en cómodas cuotas de cinco euros mensuales, que se añadirían a su pedido habitual… Disculpe, empiezo a marearme un poco… Será el calor.”
-          “¿Te apetece levantarte y dar una vuelta por la casa? Así te enseño los libros que he ido comprando. Sólo en el despacho tengo siete librerías…”
-          “Mejor que lo dejemos para otro momento, la verdad no me siento nada bien.”
-          “¿Necesitas ir al baño?”, le pregunté, encantador.
-          “Si no es mucha molestia…”
-          “Acompáñame.”

La conduje por el pasillo, hacia el cuarto de baño blanco. El último tramo tuve que arrastrarla, y ni siquiera vio la gran bañera, en la que la deposité suavemente. Con mucho experimentar, descubrí la combinación exacta de sedantes y barbitúricos para matar sin dejar mal sabor. Después de desnudarla con gran cariño (la ropa sería entregada por mi madre a la parroquia al día siguiente), y con un único y profesional corte de lado a lado del cuello, la dejé desangrándose en la bañera. Por delante tenía varias horas de disección, separando los fragmentos más jugosos, como por ejemplo sus senos, rebanando el resto de la carne con gran cuidado, y deshuesándola de la manera oportuna. Al haberla desangrado previamente, fue un trabajo de gran limpieza. Cuando terminé, envasé la carne al vacío con la máquina de la cocina, y separé la cabeza y los huesos, dejándolos listos para la caldera de carbón de la comunidad. El día en que finalmente la cambien por una de gas, deshacerme de los restos de la comida puede convertirse en un problema, pero de momento, no tengo quejas.
Fue una suerte su visita, porque a mi madre y a mí se nos estaba acabando la carne fresca, y tampoco se trataba de abusar de la suerte matando a más mensajeros de Telepizza o de Do Eat, con el riesgo que conlleva el no poder escoger. Dos días más tarde, en la barbacoa, toda mi familia, incluyendo a mi hermana, su marido, las niñas y su suegra, degustaría las partes más exquisitas de la dulce Susana.
Mi dulce agente del Círculo de Lectores, gracias por tu visita una tarde de otoño y lluvia…