Nave Oasis,
año 2.275 de la Vieja Tierra.
Desde ayer por la tarde, soy oficialmente el último ser semi-humano
vivo dentro de la nave. X-
Han sido sesenta años humanos muy intensos, de grandes
viajes más allá del universo conocido, atravesando incluso un agujero negro en
dos ocasiones como poco, y su organismo está agotado. Lo que en principio iba a
ser un recorrido rutinario en busca de un nuevo planeta habitable fuera de los
límites convencionales del espacio-tiempo, ha fracasado. De manera
catastrófica.
La última esperanza de la humanidad ha desaparecido. Nosotros.
Es el final de la especie. Puesto que yo no soy más que un androide, muy
evolucionado, pero inútil a efectos reproductivos; y de todas formas, su época
fértil terminó de manera irreversible al cumplir los cincuenta y tres años
terrestres. El resto de nuestra convivencia ha sido puramente placentero, para
no sentirnos tan solos en el Universo.
Ni tan siquiera estaba pensado que ella fuera la Nueva
Eva, la madre de una Humanidad recuperada desde las sombras y la desesperación.
Pero no nos quedó más remedio que intentarlo, al quedarnos sin las incubadoras,
las matrices y úteros artificiales, los embriones criogenizados arruinados por
el fallo catastrófico de los sistemas de supervivencia. Así que lo hicimos todo
a la antigua usanza, con un programa de estimulación ovárica, extracción
mediante cirugía, fertilización con esperma congelado, y todo el amor que
pudimos ponerle en el proceso.
Pero fracasamos.
La expedición comenzó en el año 2.075 de la Vieja Tierra.
Nuestra madre patria. Fue un experimento conjunto de las naciones europeas, el
último intento de enviar al espacio dos naves nodriza automatizadas, con los
elementos necesarios para salvar a la humanidad de la destrucción total.
Los recursos del planeta estaban prácticamente agotados
en el último tercio del siglo XXI, la superpoblación era un problema acuciante.
Las guerras por el agua arrasaban el planeta. La desertificación asolaba a casi
toda Europa y los niveles de mares y océanos habían seguido subiendo de manera
preocupante.
La única esperanza para la vida tendría que encontrarse
necesariamente en el espacio, en alguna parte del Universo conocido… o del
todavía inexplorado. Entre nuestros planes no figuraba el volver al planeta
Tierra.
Ni siquiera la guerra termonuclear que enfrentó a los
Estados Unidos y Japón contra la antigua Unión Soviética en el bienio 2.045 –
2.047 había representado un gran cambio a niveles prácticos. Con los
territorios de los tres países arrasados, y el invierno nuclear modificando el
clima a nivel global, seguían quedando demasiados seres humanos para garantizar
la salvación de la especie.
Los dirigentes de la Agencia Espacial Europea pusieron en
marcha un ambicioso proyecto: crear dos grandes Arcas, en las que se
conservarían criogenizadas embriones fértiles de 4.000 individuos de ambos
sexos, obtenidos mediante reproducción asistida y selección de los ejemplares
más sobresalientes. También se incluirían muestras de esperma congelado, así
como de óvulos fértiles, por si fuera necesario. Este procedimiento requirió de
la tecnología más avanzada de aquella época, la selección de los mejores
candidatos y se realizó durante casi cinco años, en el mayor de los secretos.
Tan solo un Comité de Sabios estaba al tanto de los progresos, y rendían
cuentas a los Sumos Dictadores de la Unión Europea. Ya poco quedaba de los
antiguos sistemas políticos supuestamente democráticos, incluso de los
principios rectores de la vieja asociación multi nacional, tan solo una casta
de políticos que se escogían entre los candidatos más capacitados y mejor
formados de cada país. Algo parecido a la Atenas de Pericles, pero en pleno
siglo XXI.
La Unión, aquella era la clave. En las naves también se
incluirían embriones de numerosos animales, no solamente útiles al ser humando
para su alimentación, como vacas, cabras, cerdos o caballos, gallinas o conejos,
sino también por simples motivos estéticos, como el ligero colibrí o las
hermosas mariposas monarca, además de perros y gatos para prestar compañía. Y
también se incluyeron muestras de plantas, árboles, flores.
En conjunto, todo lo necesario para garantizar el renacer
de la especie humana, cuando alcanzasen la Tierra Prometida, en este caso, un
planetoide que orbitaba alrededor de dos lunas gemelas, en los confines del
Sistema Solar conocido.
A pesar de todos los intentos de los científicos e
ingenieros, los sistemas de propulsión existentes apenas si permitían alcanzar
una velocidad de un cuarto de la luz, por lo que el viaje se prolongaría
durante más de doscientos años terrestres. Era en todos los sentidos una
expedición a la desesperada, y sin garantías de éxito. Ni posibilidad de volver
atrás.
Por ese motivo, se fabricaron dos naves gemelas, la Oasis
y la Hyperión, que por su titánico tamaño fueron montadas en la órbita
terrestre. El día 23 de mayo de 2.075, desde las plataformas de lanzamiento de
Berlín y de París, a las 08:00 hora GMT, los potentes cohetes despegaron, con
la tripulación a bordo, que luego serían puestos en animación suspendida, y las
naves emprendieron su camino hacia el espacio profundo.
Al ser un viaje tan largo, los científicos dotaron a las
naves de una poderosa inteligencia artificial, para que regulase las
condiciones de habitabilidad, y se hiciera cargo de la supervisión de todos los
procedimientos de conservación de la vida. La nave era tan grande que incluso
tenía su propio sistema de gravedad artificial, menos en el compartimento
central. Estaba dotada de enormes reservas de alimentos, de agua, y de medios
de reciclaje muy avanzados. Los sistemas de propulsión eran revolucionarios, y
la combinación de motores de fusión fría, generadores de antimateria y paneles
solares garantizaban una energía casi inagotable.
Como ayudantes, crearon unos robots de aspecto humanoide,
que permanecerían en animación suspendida durante los primeros ciento cincuenta
años del viaje. Yo soy uno de aquellos robots, el último de mi especie. El
único superviviente.
Hace sesenta años terrestres, desperté de mi largo sueño.
Algo desorientado, consulté el Diario de a bordo automático, y comprobé nuestra
posición aproximada según las cartas de derrota. Pero, a pesar de mis conocimientos
de astronomía, fui incapaz de reconocer mi entorno: ninguna de las
constelaciones se correspondía con lo que me transmitía el ordenador cuántico
de la nave, ni con lo contenido en sus bases de datos. Estábamos perdidos en el
espacio.
Cumpliendo con los protocolos establecidos, puse en
marcha los mecanismos necesarios para cultivar a la primera serie de hijos de
la Tierra. Eran unos procedimientos sencillos, mi labor consistía en supervisar
a las máquinas y a las matrices artificiales. Pero algo salió terriblemente mal: únicamente
el embrión X - 26, de sexo femenino, llegó a término. Los demás se convirtieron
en una masa putrefacta de células a medio formar.
Por mucho que investigué, no fui capaz de encontrar la
causa, y mientras cuidada a X - 26 (a
quien decidí llamar Inma), traté de eclosionar otras partidas de embriones.
Entre la segunda y la tercera semana de embarazo en los úteros artificiales, se
producía el fallo catastrófico, hasta tal punto que decidí no volver a
intentarlo. Inma se convirtió por lo tanto en mi única compañía, en mi familia.
Con la ayuda de modernos programas de aprendizaje,
conseguí acelerar su desarrollo intelectual y físico. Con cinco años, y para
que le hiciera compañía en su vagabundear por la nave, llevamos a término un
ejemplar de perro (un pastor belga según nuestra base de datos). Inma me
agradeció mucho el detalle, y prometió ocuparse de todas sus necesidades. Pero
casi desde el primer momento, me tocó a mí hacerme cargo de enseñarle a usar el
arenero y a no esparcir sus heces por los pasillos. Brutus fue el primero de
una larga estirpe de perros espaciales.
Al cumplir los diez años terrestres, celebramos una gran
fiesta, y fue ella quien formuló la teoría del agujero negro: solo de aquella
manera podía justificarse el haber aparecido más allá de los límites del
universo. Lo que al mismo tiempo nos aseguraba el que no podríamos volver a
casa. Si es que la Tierra seguía existiendo…
Nunca más se supo de la otra nave, la Hyperión, y tampoco
hemos vuelto a intentar la eclosión de la última hornada de embriones humanos
criogenizados, puesto que el procedimiento fallaba por causas desconocidas.
Inma prefería mantener la esperanza de que con el paso del tiempo
solucionaríamos el problema, añoraba estar con personas de su propia especie,
no con un organismo cibernético casi inmortal, pero no ha sido posible.
Al margen de la estirpe de perros, hemos llevado a
término el ciclo de numerosos gatos, dos loros, un banco de peces luchadores de
Siam, tres cobayas y un hurón. Nos daba demasiada pena comernos a nuestros
amigos animales, ya fueran vacas o cabras, por lo que desde el primer momento
Inma se ha alimentado con una especie de papilla química de sabor agradable,
pero muy sencilla de elaborar con las reservas proteínicas de la nave, y
abundantes frutas y vegetales.
Yo de todas formas estaba muy feliz con ella, a los tres
años me puso un nombre, Bryan.
Bryan e Inma, los aventureros espaciales. Utilizando los
recursos educativos de la nave, conseguí que fuera aprendiendo sobre la especie
de la que era posiblemente su última representante, la historia del Planeta
Tierra, los límites del espacio conocido, la historia de la humanidad, y tantas
cosas para alimentar su ansia de saber. A los doce años terrestres tuvo su
primera menstruación, menos mal que encontré varios vídeos explicativos en los
bancos de memoria, así como unos prácticos paños higiénicos lavables, más que
suficientes para ella (habrían bastado para generaciones de hembras humanas).
Por el tamaño de la Oasis, y gracias a la habilidad de
los ingenieros, teníamos incluso una atmósfera artificial, un suministro casi
inagotable de aire puro, y grandes reservas de agua fresca. Los procedimientos
químicos de reciclaje permitían convertir nuestras heces (yo también tengo
necesidades fisiológicas) en un rico abono, que agradecían nuestros huertos y jardines.
Y para distraernos, miles de horas de música de muy distinto tipo, de películas
de todos los tiempos, obras de teatro, óperas y conciertos de música clásica,
vídeos musicales de casi todos los grupos existentes (le encantaba un grupo de
músicos y humoristas argentinos llamado Les Luthiers) pero lo que más le
gustaba a Inma era nuestra gigantesca biblioteca virtual. Se pasaba días
enteros devorando los grandes clásicos, y sus dos autores favoritos eran
William Shakespeare… Y Stephen King. Aunque era una mente inquieta, libre y
salvaje: también disfrutó enormemente con la lectura del Quijote de Cervantes, obras
de Dan Brown, Santiago Posteguillo y una larga serie de escritores de finales
del siglo XX.
La vida nos ha tratado bien durante estos últimos sesenta
años de viaje. Nos hemos vuelto grandes amigos, formidables amantes, y hemos
compartido tantas experiencias, que muchas veces nos hemos llegado a olvidar de
nuestras diferencias. Yo era el único en mi especie, el robot guardián
perfecto, el mejor compañero, y también su pareja: mi anatomía casi humana nos
permitía mantener relaciones sexuales completas, desde el momento en que ella
me lo pidió, a los catorce años, hasta ayer mismo.
El sexo con ella ha sido siempre maravilloso, descubrimos
los placeres del tantra, de viejos manuales como el Kamasutra, y nos reímos
mucho con algunas de las posturas, adecuadas para contorsionistas. Hemos
probado incluso en el núcleo de la nave, el único lugar sin gravedad, y nos
gustó tanto que hemos repetido innumerables veces. Cierto, hemos tenido mucha
suerte de que me hicieran anatómicamente perfecto en todos los sentidos… Hemos
sido una gran pareja, en todos los aspectos. Ha sido mi compañera de vida…
Pero hace seis meses…
Hace seis meses, todo cambió. Empezó a dolerle el útero,
cuando teníamos relaciones sexuales, luego un ovario. Utilizando los sistemas
de reconocimiento médico de la nave, le hice una exploración en profundidad. Se
conoce que ni la reproducción asistida, ni la selección de los embriones más
viables, garantizaban totalmente que no se produjeran enfermedades con el paso
del tiempo. Y esta tenía un nombre aterrador: cáncer.
La única solución posible, después de repasar toda la
literatura médica existente a bordo, era la extirpación total del aparato
genito-urinario. Inma insistió mucho en que la realizara, aprovechando las
amplias bases de datos disponibles, las descripciones médicas de la operación,
muchos vídeos en los que se explicaba el procedimiento paso a paso, y mi gran
intuición.
Fue mucho más sencillo de lo que yo esperaba. Durante un
tiempo, volvió a ser la de antes, alegre, llena de vida. Incluso volvimos a
mantener relaciones sexuales cuando nos pareció prudente, y fue casi tan bueno
como antes.
Pero la enfermedad reapareció: un pequeño bulto en el
pecho izquierdo, luego un ganglio inflamado en el cuello. Le hice una
tomografía axial computerizada, aprovechando los recursos de la Orión. Metástasis
por todo el cuerpo. No se podía hacer nada. Salvo escoger entre dejarla morir
lentamente, consumida por la enfermedad, o criogenizarla, con la esperanza de
que en su momento pudiéramos volver a la Madre Tierra, donde sin duda alguna
encontraríamos un remedio.
Ayer por la tarde, con un último beso, nos separamos. Sesenta
años tenía la bella Inma, cuando la introduje en la cápsula.
Ahora, solo me queda continuar el viaje. En soledad. Los
sistemas de animación suspendida de la Oasis son compatibles con mi funcionamiento,
y yo también podré desconectarme temporalmente. De todas formas, sin ella,
perdidos en el espacio, mi misión carece ya de sentido…
Nave Oasis,
año 2.476 de la Vieja Tierra.
Ayer me despertó la nave. La había programado para
hacerlo, desde el mismo momento en que reconociera una determinada combinación
de planetas: la formada por la Tierra, la Luna y el Sol. Por si acaso el azar
conseguía que un nuevo agujero negro nos devolviera a nuestro sistema.
Y todo parece indicar que así ha sucedido.
Según el calendario de a bordo, han pasado más de
doscientos años desde la última vez que alguien se paseó por los pasillos de la
nave, y me extraña que se mantenga en un estado tan bueno. Está claro que la
Agencia Espacial Europea hacía las cosas a conciencia. Me pregunto qué habrá
pasado con el planeta, después de tanto tiempo.
Supongo que dentro de poco obtendré la respuesta. He
colocado la nave en una órbita geosincrónica, y voy a utilizar una de las
lanzaderas de reconocimiento para bajar hasta la superficie. Según los mapas,
debo estar sobrevolando el centro de Europa, pero me extraña mucho que, siendo
de noche en este hemisferio, no haya luces. Voy a esperar hasta que se haga de
día para llevar a cabo mi misión.
Nave Oasis,
año 2.477 de la Vieja Tierra.
Un mundo arrasado, eso fue lo único que encontré. He
pasado los últimos nueve meses recorriendo Europa, África, Oceanía, incluso
Australia. Ni rastro de vida humana. Ni de ningún tipo. Según una base de datos
a la que tuve acceso en la Universidad de Melbourne, se produjo un conflicto
termonuclear entre Francia y Reino Unido en el año 2.201, por causas que no me
han quedado del todo claras. Las demás potencias europeas intervinieron en la
disputa, con distinta fortuna. El papel de China tampoco está claro, creo que
intentó aprovechar el vacío de poder para lograr sus objetivos expansionistas.
Se produjo un nuevo invierno nuclear permanente, una glaciación, y por si fuera
poco, una plaga de origen desconocido se ensañó con los supervivientes.
Era mil veces más mortífera y contagiosa que el Covid 19,
que causó tantísimos estragos a principios del siglo XXI, y se expandía por el
aire. No había cura ni vacuna. La gente moría a millares en las calles, en las
casas, en los cuarteles. Ciudades enteras eran engullidas por la enfermedad. No
había esperanza.
Los niveles de radiación en la vieja Europa eran tan
elevados que ni siquiera he podido acercarme con la lanzadera. Las ruinas de
las ciudades francesas y alemanas se alzaban como si fuera las cuadernas de un
galeón naufragado. No quedaba ninguna presencia humana. Por todas partes era lo
mismo. La nada.
Era el fin de la humanidad. En la base de datos de la
Universidad de Melbourne, la única ciudad que encontré sin contaminación
nuclear, no he conseguido más información. Solo había restos de cuerpos casi
fosilizados, dentro de las ropas en las que les sorprendió la muerte, muchos
incluso en sus coches o autobuses en los últimos intentos de alejarse de la
plaga. Pude conectarme al ordenador de la biblioteca, y eso me ha servido para
recopilar datos sobre el fin de la humanidad. Aunque he recorrido con la nave
casi todo el continente durante varias semanas, no he encontrado rastro de
vida. Incluso he escaneado el territorio desde los límites de la atmósfera
terrestre, buscando la huella de supervivientes; y utilizado todas las
frecuencias de radio posibles para mandar mensajes, sin resultado. El silencio
ha sido la única respuesta. Al final he tenido que rendirme a la evidencia: se
trata de un planeta muerto.
Solo quedamos la bella Inma, en su envoltorio criogénico.
Y yo.
Creo que voy a programar la Oasis, para que nos lleve a
otro lugar, aunque no me importa demasiado el destino. Quizás Saturno, o
Plutón, “la grande tournée” de la que hablaban los estudiantes ricos de Francia
o Inglaterra de finales del siglo XIX… En el fondo, el destino es lo de menos.
Solo ansío volver a meterme en la unidad de criogenización, y dejarme llevar
por el sueño químico. Quizás de esa manera alcance la paz. Y poco me importa el
no volverme a despertar…
Nave Oasis,
año 2.489 de la Vieja Tierra.
La nave me ha sacado del sueño criogénico. No entendía
muy bien la causa al principio. Pero de repente, lo escuché. ¡Un mensaje de
radio! ¿Sería posible que hubiera vida humana, en alguna parte del Sistema
Solar conocido? Era un mensaje de socorro: “S.O.S. Aquí la nave Enterprise.
Estamos en dificultades. Se ruega a todas las naves disponibles que se reúnan
con nosotros en el hemisferio Norte de Marte.”
¿Marte? ¿Al final lo habían logrado, colonizar el planeta
rojo? Tenía que darme prisa. Quizás ellos tuvieran el remedio para la situación
de Inma: en tantos años de viaje, seguro que se habían producido grandes
avances en la ciencia médica, incluso el cáncer podía ser ya una enfermedad
curable…
Nave Oasis,
año 2.490 de la Vieja Tierra.
El ser humano es destructivo, malo y cruel. La Enterprise
estaba efectivamente en la órbita de Marte. Pero se trataba de una grabación,
reproducida en bucle y alimentada por un sofisticado sistema de baterías de alto
rendimiento y placas solares, algunas de las cuales me llevé a la Oasis. Pude
saquear la nave a conciencia, para reparar algunas cosas que habían dejado de
funcionar en la nuestra. Técnicas de reciclaje y de aprovechamiento de
recursos. Y quizás el último contacto con los hijos de la Madre Tierra.
Al acercarme a la nave, no percibí signos de vida con los
escáneres de la lanzadera. Más tarde, encontré los cadáveres fosilizados en los
pasillos que llevaban al puente de mando. Se había producido un fallo catastrófico
en el reactor, y una brecha en el casco. Habían muerto todos, como perros,
asfixiados. Y demasiado poco fue su castigo, puesto que en las bodegas,
encontré los restos de los refugiados. Varios miles, encerrados en los
compartimentos de carga, hacinados, viajando en condiciones lamentables, seguro
que confiando en un futuro prometedor.
Según el diario de a bordo, que se interrumpía abruptamente
el 10 de agosto del año 2.170, se trataba de una nave de tráfico de esclavos,
con rumbo a Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, donde al parecer se había
establecido una colonia minera, que siempre necesitaba mano de obra barata.
¡Como si no se dispusiera de robots cualificados para esas tareas tan
peligrosas! Pero siempre era más económica la especie humana. Al ser tan
abundante el suministro, era más rentable, y no necesitaba repuestos ni
mantenimiento. Todo eso lo aprendí al leer los manifiestos de la nave negrera.
Asqueado, mi último gesto fue disparar un cohete de protones contra aquella
inmensa tumba, para que no quedase de ella ni el menor rastro.
Esa fue mi siguiente parada, Ganímedes. Volví a dejar la
nave en órbita, y utilicé todos los sensores de la lanzadera para efectuar una
búsqueda en profundidad, confiando en encontrar seres humanos. Localicé la explotación
en uno de los polos del planeta. Pero estaba abandonada, quién sabe desde hace
cuánto tiempo. Polvo, suciedad, restos dispersos de equipo, varios hornos
crematorios, alambradas en el perímetro, barracones vacíos. Y poco más. Mi
misión para buscar conocimientos que me permitieran salvar a Inma se había
saldado con un nuevo fracaso.
Empecé a sondear la superficie del planeta con todos los
elementos a mi alcance, pero no había ninguna señal de vida. Menos mal que los
reactores de fusión fría de la Oasis estaban diseñados para durar, igual que
los materiales de construcción, porque nuestro viaje ya se estaba prolongando
durante varios cientos de años.
Yo estaba decidido a encontrar a los supervivientes de
los hombres, con todo su poder y tecnología. Para conseguir salvar a mi
compañera. Incluso si la gran guerra se produjo en el año 2.201, seguramente se
habrían descubierto nuevos tratamientos durante todo el tiempo que estuvimos de
paseo por el espacio. Y me resistía a creer que todos esos conocimientos se
hubieran perdido para siempre. En algún lugar del Universo tendría que poder
encontrar un laboratorio, un centro de investigación, la tecnología que estaba
necesitando desesperadamente. Quizás volvieron a lanzar una nave como la
nuestra. Creía en la capacidad de superación de la humanidad…
Después de programar todos los sensores de la nave a su
máxima potencia, para escanear todas las posibles señales de aquella parte del
Universo conocido, volví a meterme en la unidad de criogenización… Lleno de
esperanza… Y al mismo tiempo sintiendo una pena y un dolor tan grande por mi
soledad que apenas si soportaba el estar despierto, velando el sueño de mi
compañera de vida.
Pero la solución vino de las estrellas…
Nave Oasis.
Más allá de las Puertas de Tannhäuser.
Hace diez días comenzó todo de nuevo. El sistema de
alerta temprana hizo que la nave me despertara de mi sueño químico. Percibí una
señal, procedente del espacio, de algún lugar a poco más de un año luz desde mi
última posición. Era una señal de radio, poderosa, unas coordenadas precisas a
la altura de la famosa Puerta de Tannhäuser, de la que tanto hablaban en la
vieja película Blade Runner (todo un clásico de la ciencia ficción del siglo
XX, dirigida por Ridley Scott, y una de las cintas favoritas de Inma). Puse
rumbo hacia allí, lleno de esperanza.
Y me encontré con una nave cuyas dimensiones superaban
todo lo imaginable, con un tamaño tal que la mismísima Oasis podía entrar
entera en los hangares, tan inmensos como si fuera un Destructor Espacial de la
película Star Wars (de la primera trilogía, la única que me gustaba realmente).
Un rayo de tracción de gran potencia nos llevó al interior, y nos dejó a una
altura de tres metros sobre el nivel del suelo. Escuché un ruido sibilante, y
los sistemas de análisis de atmósfera me indicaron que el hangar se estaba
llenando de la adecuada proporción de oxígeno y nitrógeno para permitir la vida
humana. Por mis especiales característica físicas, yo también necesitaba
respirar, orinar y defecar como un hombre cualquiera. Me puse de todas formas
una combinación estanca, un casco, y después de una silenciosa plegaria y una
última mirada al contenedor donde Inma dormía su último sueño, me dirigí hacia
una de las esclusas laterales de la Oasis. Salí al exterior.
Varias figuras se acercaron a mí. Eran unos entes muy
parecidos a los seres humanos, salvo que de poderosa musculatura, unos tres
metros de alto, piel de color azul por lo que pude ver en la cara y en las
manos, y ataviados con un traje espacial y un sistema de respiración. Como una
versión evolucionada de los Navii de los que hablaba el visionario director
James Cameron en la película Avatar. A Inma le encantaba esa cinta, pero no
tanto sus partes sucesivas.
Dos de aquellos extra terrestres me acompañaron hacia la
salida de la bodega, y luego hacia un lugar cómodo, con una mesa baja, varios
sillones. Me quité la escafandra. Yo estaba un poco nervioso, por las lógicas
diferencias entre nuestras dos especies (me consideraba un ser humano de pleno
derecho, como el famoso Hombre Bicentenario, un relato del escritor Isaac
Asimov, padre de la ciencia ficción y adaptado en una fantástica película con
el actor Robin Williams), porque… ¿acaso no tenía la capacidad de amar?
Hablamos sin necesidad de articular palabra, eran lectores del pensamiento.
Me preguntaron por los motivos de la expedición, por qué
había llegado tan lejos, viajando más allá y durante más tiempo que cualquier
otro humano, y el motivo por el cual Inma estaba en animación suspendida, algo
de lo cual se dieron cuenta al sondear la nave. Se lo conté todo. Nuestra vida
en común, la enfermedad, el periplo interestelar, mi desesperación por
encontrar una cura, mi tristeza y soledad.
Volvimos al interior de la Oasis. Con el mayor de los cuidados,
sacaron el módulo de criogenización, cruzamos todo el hangar de nuevo, y lo
llevaron a una habitación distinta a la anterior. Parecía un moderno quirófano.
Por un momento, tuve miedo. ¿Acaso pensaban realizar experimentos científicos
con ella, diseccionarla como si fuera una criatura de escaso valor? Pero
aquellos seres me tranquilizaron una vez más. La sumergieron en un tanque con
una solución ambarina, y la dejaron allí dentro durante lo que me parecieron
horas. Y luego la sacaron. Viva. Y curada.
Lo supe. Que gracias a ellos, volvíamos a tener una
oportunidad. De ser de nuevo una familia. La tomé entre mis brazos. Inma abrió
los ojos. Y me sonrió.
¿Somos mascotas, o aliados? ¿Por qué estos seres nos
habían acogido, cuidado, alimentado? ¿Qué esperaban de nosotros? Nos hemos
quedado a vivir con ellos durante varios años humanos, compartiendo el
contenido de nuestras bases de datos, explicándoles nuestra historia, nuestra
cultura, nuestros sueños y el final de la especie. Su curiosidad es insaciable y
su paciencia infinita. Incluso aprendieron nuestro idioma. Es lo menos que
podíamos hacer.
En el fondo, no me importa. Solo sé que ella está bien de
nuevo, incluso diría que la solución ambarina la ha rejuvenecido una veintena
de años, y estamos juntos. Hace tres días, nuestros benefactores han proseguido
su camino, y nosotros estamos de nuevo en la Oasis, que ha sido completamente
remodelada y actualizada, con rumbo desconocido, pero eso es lo de menos…
Somos libres. Y estamos juntos.