jueves, 17 de septiembre de 2020

MÁS ALLÁ DE LAS PUERTAS DE TANNHÄUSER

 


 

 

Nave Oasis, año 2.275 de la Vieja Tierra.

 

Desde ayer por la tarde, soy oficialmente el último ser semi-humano vivo dentro de la nave. X-26, mi compañera, a quien llamo Inma por el intento de establecer algún lazo entre dos especies tan distintas, ha regresado a la cápsula de criogenización. Ya no hay esperanza para la humanidad, puesto que sin embriones válidos, y con su enfermedad, nuestra misión ha dejado de tener sentido.

 

Han sido sesenta años humanos muy intensos, de grandes viajes más allá del universo conocido, atravesando incluso un agujero negro en dos ocasiones como poco, y su organismo está agotado. Lo que en principio iba a ser un recorrido rutinario en busca de un nuevo planeta habitable fuera de los límites convencionales del espacio-tiempo, ha fracasado. De manera catastrófica.

 

La última esperanza de la humanidad ha desaparecido. Nosotros. Es el final de la especie. Puesto que yo no soy más que un androide, muy evolucionado, pero inútil a efectos reproductivos; y de todas formas, su época fértil terminó de manera irreversible al cumplir los cincuenta y tres años terrestres. El resto de nuestra convivencia ha sido puramente placentero, para no sentirnos tan solos en el Universo.

 

Ni tan siquiera estaba pensado que ella fuera la Nueva Eva, la madre de una Humanidad recuperada desde las sombras y la desesperación. Pero no nos quedó más remedio que intentarlo, al quedarnos sin las incubadoras, las matrices y úteros artificiales, los embriones criogenizados arruinados por el fallo catastrófico de los sistemas de supervivencia. Así que lo hicimos todo a la antigua usanza, con un programa de estimulación ovárica, extracción mediante cirugía, fertilización con esperma congelado, y todo el amor que pudimos ponerle en el proceso.

 

Pero fracasamos.

 

La expedición comenzó en el año 2.075 de la Vieja Tierra. Nuestra madre patria. Fue un experimento conjunto de las naciones europeas, el último intento de enviar al espacio dos naves nodriza automatizadas, con los elementos necesarios para salvar a la humanidad de la destrucción total.

 

Los recursos del planeta estaban prácticamente agotados en el último tercio del siglo XXI, la superpoblación era un problema acuciante. Las guerras por el agua arrasaban el planeta. La desertificación asolaba a casi toda Europa y los niveles de mares y océanos habían seguido subiendo de manera preocupante.

 

La única esperanza para la vida tendría que encontrarse necesariamente en el espacio, en alguna parte del Universo conocido… o del todavía inexplorado. Entre nuestros planes no figuraba el volver al planeta Tierra.

 

Ni siquiera la guerra termonuclear que enfrentó a los Estados Unidos y Japón contra la antigua Unión Soviética en el bienio 2.045 – 2.047 había representado un gran cambio a niveles prácticos. Con los territorios de los tres países arrasados, y el invierno nuclear modificando el clima a nivel global, seguían quedando demasiados seres humanos para garantizar la salvación de la especie.

 

Los dirigentes de la Agencia Espacial Europea pusieron en marcha un ambicioso proyecto: crear dos grandes Arcas, en las que se conservarían criogenizadas embriones fértiles de 4.000 individuos de ambos sexos, obtenidos mediante reproducción asistida y selección de los ejemplares más sobresalientes. También se incluirían muestras de esperma congelado, así como de óvulos fértiles, por si fuera necesario. Este procedimiento requirió de la tecnología más avanzada de aquella época, la selección de los mejores candidatos y se realizó durante casi cinco años, en el mayor de los secretos. Tan solo un Comité de Sabios estaba al tanto de los progresos, y rendían cuentas a los Sumos Dictadores de la Unión Europea. Ya poco quedaba de los antiguos sistemas políticos supuestamente democráticos, incluso de los principios rectores de la vieja asociación multi nacional, tan solo una casta de políticos que se escogían entre los candidatos más capacitados y mejor formados de cada país. Algo parecido a la Atenas de Pericles, pero en pleno siglo XXI.

 

La Unión, aquella era la clave. En las naves también se incluirían embriones de numerosos animales, no solamente útiles al ser humando para su alimentación, como vacas, cabras, cerdos o caballos, gallinas o conejos, sino también por simples motivos estéticos, como el ligero colibrí o las hermosas mariposas monarca, además de perros y gatos para prestar compañía. Y también se incluyeron muestras de plantas, árboles, flores.

 

En conjunto, todo lo necesario para garantizar el renacer de la especie humana, cuando alcanzasen la Tierra Prometida, en este caso, un planetoide que orbitaba alrededor de dos lunas gemelas, en los confines del Sistema Solar conocido.

 

A pesar de todos los intentos de los científicos e ingenieros, los sistemas de propulsión existentes apenas si permitían alcanzar una velocidad de un cuarto de la luz, por lo que el viaje se prolongaría durante más de doscientos años terrestres. Era en todos los sentidos una expedición a la desesperada, y sin garantías de éxito. Ni posibilidad de volver atrás.

 

Por ese motivo, se fabricaron dos naves gemelas, la Oasis y la Hyperión, que por su titánico tamaño fueron montadas en la órbita terrestre. El día 23 de mayo de 2.075, desde las plataformas de lanzamiento de Berlín y de París, a las 08:00 hora GMT, los potentes cohetes despegaron, con la tripulación a bordo, que luego serían puestos en animación suspendida, y las naves emprendieron su camino hacia el espacio profundo.

 

Al ser un viaje tan largo, los científicos dotaron a las naves de una poderosa inteligencia artificial, para que regulase las condiciones de habitabilidad, y se hiciera cargo de la supervisión de todos los procedimientos de conservación de la vida. La nave era tan grande que incluso tenía su propio sistema de gravedad artificial, menos en el compartimento central. Estaba dotada de enormes reservas de alimentos, de agua, y de medios de reciclaje muy avanzados. Los sistemas de propulsión eran revolucionarios, y la combinación de motores de fusión fría, generadores de antimateria y paneles solares garantizaban una energía casi inagotable.

 

Como ayudantes, crearon unos robots de aspecto humanoide, que permanecerían en animación suspendida durante los primeros ciento cincuenta años del viaje. Yo soy uno de aquellos robots, el último de mi especie. El único superviviente.

 

Hace sesenta años terrestres, desperté de mi largo sueño. Algo desorientado, consulté el Diario de a bordo automático, y comprobé nuestra posición aproximada según las cartas de derrota. Pero, a pesar de mis conocimientos de astronomía, fui incapaz de reconocer mi entorno: ninguna de las constelaciones se correspondía con lo que me transmitía el ordenador cuántico de la nave, ni con lo contenido en sus bases de datos. Estábamos perdidos en el espacio.

 

Cumpliendo con los protocolos establecidos, puse en marcha los mecanismos necesarios para cultivar a la primera serie de hijos de la Tierra. Eran unos procedimientos sencillos, mi labor consistía en supervisar a las máquinas y a las matrices artificiales.  Pero algo salió terriblemente mal: únicamente el embrión X - 26, de sexo femenino, llegó a término. Los demás se convirtieron en una masa putrefacta de células a medio formar.

 

Por mucho que investigué, no fui capaz de encontrar la causa, y mientras  cuidada a X - 26 (a quien decidí llamar Inma), traté de eclosionar otras partidas de embriones. Entre la segunda y la tercera semana de embarazo en los úteros artificiales, se producía el fallo catastrófico, hasta tal punto que decidí no volver a intentarlo. Inma se convirtió por lo tanto en mi única compañía, en mi familia.

 

Con la ayuda de modernos programas de aprendizaje, conseguí acelerar su desarrollo intelectual y físico. Con cinco años, y para que le hiciera compañía en su vagabundear por la nave, llevamos a término un ejemplar de perro (un pastor belga según nuestra base de datos). Inma me agradeció mucho el detalle, y prometió ocuparse de todas sus necesidades. Pero casi desde el primer momento, me tocó a mí hacerme cargo de enseñarle a usar el arenero y a no esparcir sus heces por los pasillos. Brutus fue el primero de una larga estirpe de perros espaciales.

 

Al cumplir los diez años terrestres, celebramos una gran fiesta, y fue ella quien formuló la teoría del agujero negro: solo de aquella manera podía justificarse el haber aparecido más allá de los límites del universo. Lo que al mismo tiempo nos aseguraba el que no podríamos volver a casa. Si es que la Tierra seguía existiendo…

 

Nunca más se supo de la otra nave, la Hyperión, y tampoco hemos vuelto a intentar la eclosión de la última hornada de embriones humanos criogenizados, puesto que el procedimiento fallaba por causas desconocidas. Inma prefería mantener la esperanza de que con el paso del tiempo solucionaríamos el problema, añoraba estar con personas de su propia especie, no con un organismo cibernético casi inmortal, pero no ha sido posible.

 

Al margen de la estirpe de perros, hemos llevado a término el ciclo de numerosos gatos, dos loros, un banco de peces luchadores de Siam, tres cobayas y un hurón. Nos daba demasiada pena comernos a nuestros amigos animales, ya fueran vacas o cabras, por lo que desde el primer momento Inma se ha alimentado con una especie de papilla química de sabor agradable, pero muy sencilla de elaborar con las reservas proteínicas de la nave, y abundantes frutas y vegetales.

 

Yo de todas formas estaba muy feliz con ella, a los tres años me puso un nombre, Bryan.

 

Bryan e Inma, los aventureros espaciales. Utilizando los recursos educativos de la nave, conseguí que fuera aprendiendo sobre la especie de la que era posiblemente su última representante, la historia del Planeta Tierra, los límites del espacio conocido, la historia de la humanidad, y tantas cosas para alimentar su ansia de saber. A los doce años terrestres tuvo su primera menstruación, menos mal que encontré varios vídeos explicativos en los bancos de memoria, así como unos prácticos paños higiénicos lavables, más que suficientes para ella (habrían bastado para generaciones de hembras humanas).

 

Por el tamaño de la Oasis, y gracias a la habilidad de los ingenieros, teníamos incluso una atmósfera artificial, un suministro casi inagotable de aire puro, y grandes reservas de agua fresca. Los procedimientos químicos de reciclaje permitían convertir nuestras heces (yo también tengo necesidades fisiológicas) en un rico abono, que agradecían nuestros huertos y jardines. Y para distraernos, miles de horas de música de muy distinto tipo, de películas de todos los tiempos, obras de teatro, óperas y conciertos de música clásica, vídeos musicales de casi todos los grupos existentes (le encantaba un grupo de músicos y humoristas argentinos llamado Les Luthiers) pero lo que más le gustaba a Inma era nuestra gigantesca biblioteca virtual. Se pasaba días enteros devorando los grandes clásicos, y sus dos autores favoritos eran William Shakespeare… Y Stephen King. Aunque era una mente inquieta, libre y salvaje: también disfrutó enormemente con la lectura del Quijote de Cervantes, obras de Dan Brown, Santiago Posteguillo y una larga serie de escritores de finales del siglo XX.

 

La vida nos ha tratado bien durante estos últimos sesenta años de viaje. Nos hemos vuelto grandes amigos, formidables amantes, y hemos compartido tantas experiencias, que muchas veces nos hemos llegado a olvidar de nuestras diferencias. Yo era el único en mi especie, el robot guardián perfecto, el mejor compañero, y también su pareja: mi anatomía casi humana nos permitía mantener relaciones sexuales completas, desde el momento en que ella me lo pidió, a los catorce años, hasta ayer mismo.

 

El sexo con ella ha sido siempre maravilloso, descubrimos los placeres del tantra, de viejos manuales como el Kamasutra, y nos reímos mucho con algunas de las posturas, adecuadas para contorsionistas. Hemos probado incluso en el núcleo de la nave, el único lugar sin gravedad, y nos gustó tanto que hemos repetido innumerables veces. Cierto, hemos tenido mucha suerte de que me hicieran anatómicamente perfecto en todos los sentidos… Hemos sido una gran pareja, en todos los aspectos. Ha sido mi compañera de vida…

 

Pero hace seis meses…

 

Hace seis meses, todo cambió. Empezó a dolerle el útero, cuando teníamos relaciones sexuales, luego un ovario. Utilizando los sistemas de reconocimiento médico de la nave, le hice una exploración en profundidad. Se conoce que ni la reproducción asistida, ni la selección de los embriones más viables, garantizaban totalmente que no se produjeran enfermedades con el paso del tiempo. Y esta tenía un nombre aterrador: cáncer.

 

La única solución posible, después de repasar toda la literatura médica existente a bordo, era la extirpación total del aparato genito-urinario. Inma insistió mucho en que la realizara, aprovechando las amplias bases de datos disponibles, las descripciones médicas de la operación, muchos vídeos en los que se explicaba el procedimiento paso a paso, y mi gran intuición.

 

Fue mucho más sencillo de lo que yo esperaba. Durante un tiempo, volvió a ser la de antes, alegre, llena de vida. Incluso volvimos a mantener relaciones sexuales cuando nos pareció prudente, y fue casi tan bueno como antes.

 

Pero la enfermedad reapareció: un pequeño bulto en el pecho izquierdo, luego un ganglio inflamado en el cuello. Le hice una tomografía axial computerizada, aprovechando los recursos de la Orión. Metástasis por todo el cuerpo. No se podía hacer nada. Salvo escoger entre dejarla morir lentamente, consumida por la enfermedad, o criogenizarla, con la esperanza de que en su momento pudiéramos volver a la Madre Tierra, donde sin duda alguna encontraríamos un remedio.

 

Ayer por la tarde, con un último beso, nos separamos. Sesenta años tenía la bella Inma, cuando la introduje en la cápsula.

 

Ahora, solo me queda continuar el viaje. En soledad. Los sistemas de animación suspendida de la Oasis son compatibles con mi funcionamiento, y yo también podré desconectarme temporalmente. De todas formas, sin ella, perdidos en el espacio, mi misión carece ya de sentido…

 

Nave Oasis, año 2.476 de la Vieja Tierra.

 

Ayer me despertó la nave. La había programado para hacerlo, desde el mismo momento en que reconociera una determinada combinación de planetas: la formada por la Tierra, la Luna y el Sol. Por si acaso el azar conseguía que un nuevo agujero negro nos devolviera a nuestro sistema.

 

Y todo parece indicar que así ha sucedido.

 

Según el calendario de a bordo, han pasado más de doscientos años desde la última vez que alguien se paseó por los pasillos de la nave, y me extraña que se mantenga en un estado tan bueno. Está claro que la Agencia Espacial Europea hacía las cosas a conciencia. Me pregunto qué habrá pasado con el planeta, después de tanto tiempo.

 

Supongo que dentro de poco obtendré la respuesta. He colocado la nave en una órbita geosincrónica, y voy a utilizar una de las lanzaderas de reconocimiento para bajar hasta la superficie. Según los mapas, debo estar sobrevolando el centro de Europa, pero me extraña mucho que, siendo de noche en este hemisferio, no haya luces. Voy a esperar hasta que se haga de día para llevar a cabo mi misión.

 

Nave Oasis, año 2.477 de la Vieja Tierra.

 

Un mundo arrasado, eso fue lo único que encontré. He pasado los últimos nueve meses recorriendo Europa, África, Oceanía, incluso Australia. Ni rastro de vida humana. Ni de ningún tipo. Según una base de datos a la que tuve acceso en la Universidad de Melbourne, se produjo un conflicto termonuclear entre Francia y Reino Unido en el año 2.201, por causas que no me han quedado del todo claras. Las demás potencias europeas intervinieron en la disputa, con distinta fortuna. El papel de China tampoco está claro, creo que intentó aprovechar el vacío de poder para lograr sus objetivos expansionistas. Se produjo un nuevo invierno nuclear permanente, una glaciación, y por si fuera poco, una plaga de origen desconocido se ensañó con los supervivientes.

 

Era mil veces más mortífera y contagiosa que el Covid 19, que causó tantísimos estragos a principios del siglo XXI, y se expandía por el aire. No había cura ni vacuna. La gente moría a millares en las calles, en las casas, en los cuarteles. Ciudades enteras eran engullidas por la enfermedad. No había esperanza.

 

Los niveles de radiación en la vieja Europa eran tan elevados que ni siquiera he podido acercarme con la lanzadera. Las ruinas de las ciudades francesas y alemanas se alzaban como si fuera las cuadernas de un galeón naufragado. No quedaba ninguna presencia humana. Por todas partes era lo mismo. La nada.

 

Era el fin de la humanidad. En la base de datos de la Universidad de Melbourne, la única ciudad que encontré sin contaminación nuclear, no he conseguido más información. Solo había restos de cuerpos casi fosilizados, dentro de las ropas en las que les sorprendió la muerte, muchos incluso en sus coches o autobuses en los últimos intentos de alejarse de la plaga. Pude conectarme al ordenador de la biblioteca, y eso me ha servido para recopilar datos sobre el fin de la humanidad. Aunque he recorrido con la nave casi todo el continente durante varias semanas, no he encontrado rastro de vida. Incluso he escaneado el territorio desde los límites de la atmósfera terrestre, buscando la huella de supervivientes; y utilizado todas las frecuencias de radio posibles para mandar mensajes, sin resultado. El silencio ha sido la única respuesta. Al final he tenido que rendirme a la evidencia: se trata de un planeta muerto.

 

Solo quedamos la bella Inma, en su envoltorio criogénico. Y yo.

 

Creo que voy a programar la Oasis, para que nos lleve a otro lugar, aunque no me importa demasiado el destino. Quizás Saturno, o Plutón, “la grande tournée” de la que hablaban los estudiantes ricos de Francia o Inglaterra de finales del siglo XIX… En el fondo, el destino es lo de menos. Solo ansío volver a meterme en la unidad de criogenización, y dejarme llevar por el sueño químico. Quizás de esa manera alcance la paz. Y poco me importa el no volverme a despertar…

 

Nave Oasis, año 2.489 de la Vieja Tierra.

 

La nave me ha sacado del sueño criogénico. No entendía muy bien la causa al principio. Pero de repente, lo escuché. ¡Un mensaje de radio! ¿Sería posible que hubiera vida humana, en alguna parte del Sistema Solar conocido? Era un mensaje de socorro: “S.O.S. Aquí la nave Enterprise. Estamos en dificultades. Se ruega a todas las naves disponibles que se reúnan con nosotros en el hemisferio Norte de Marte.”

 

¿Marte? ¿Al final lo habían logrado, colonizar el planeta rojo? Tenía que darme prisa. Quizás ellos tuvieran el remedio para la situación de Inma: en tantos años de viaje, seguro que se habían producido grandes avances en la ciencia médica, incluso el cáncer podía ser ya una enfermedad curable…

 

 

Nave Oasis, año 2.490 de la Vieja Tierra.

 

El ser humano es destructivo, malo y cruel. La Enterprise estaba efectivamente en la órbita de Marte. Pero se trataba de una grabación, reproducida en bucle y alimentada por un sofisticado sistema de baterías de alto rendimiento y placas solares, algunas de las cuales me llevé a la Oasis. Pude saquear la nave a conciencia, para reparar algunas cosas que habían dejado de funcionar en la nuestra. Técnicas de reciclaje y de aprovechamiento de recursos. Y quizás el último contacto con los hijos de la Madre Tierra.

 

Al acercarme a la nave, no percibí signos de vida con los escáneres de la lanzadera. Más tarde, encontré los cadáveres fosilizados en los pasillos que llevaban al puente de mando. Se había producido un fallo catastrófico en el reactor, y una brecha en el casco. Habían muerto todos, como perros, asfixiados. Y demasiado poco fue su castigo, puesto que en las bodegas, encontré los restos de los refugiados. Varios miles, encerrados en los compartimentos de carga, hacinados, viajando en condiciones lamentables, seguro que confiando en un futuro prometedor.

 

Según el diario de a bordo, que se interrumpía abruptamente el 10 de agosto del año 2.170, se trataba de una nave de tráfico de esclavos, con rumbo a Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, donde al parecer se había establecido una colonia minera, que siempre necesitaba mano de obra barata. ¡Como si no se dispusiera de robots cualificados para esas tareas tan peligrosas! Pero siempre era más económica la especie humana. Al ser tan abundante el suministro, era más rentable, y no necesitaba repuestos ni mantenimiento. Todo eso lo aprendí al leer los manifiestos de la nave negrera. Asqueado, mi último gesto fue disparar un cohete de protones contra aquella inmensa tumba, para que no quedase de ella ni el menor rastro.

 

Esa fue mi siguiente parada, Ganímedes. Volví a dejar la nave en órbita, y utilicé todos los sensores de la lanzadera para efectuar una búsqueda en profundidad, confiando en encontrar seres humanos. Localicé la explotación en uno de los polos del planeta. Pero estaba abandonada, quién sabe desde hace cuánto tiempo. Polvo, suciedad, restos dispersos de equipo, varios hornos crematorios, alambradas en el perímetro, barracones vacíos. Y poco más. Mi misión para buscar conocimientos que me permitieran salvar a Inma se había saldado con un nuevo fracaso.

 

Empecé a sondear la superficie del planeta con todos los elementos a mi alcance, pero no había ninguna señal de vida. Menos mal que los reactores de fusión fría de la Oasis estaban diseñados para durar, igual que los materiales de construcción, porque nuestro viaje ya se estaba prolongando durante varios cientos de años.

 

Yo estaba decidido a encontrar a los supervivientes de los hombres, con todo su poder y tecnología. Para conseguir salvar a mi compañera. Incluso si la gran guerra se produjo en el año 2.201, seguramente se habrían descubierto nuevos tratamientos durante todo el tiempo que estuvimos de paseo por el espacio. Y me resistía a creer que todos esos conocimientos se hubieran perdido para siempre. En algún lugar del Universo tendría que poder encontrar un laboratorio, un centro de investigación, la tecnología que estaba necesitando desesperadamente. Quizás volvieron a lanzar una nave como la nuestra. Creía en la capacidad de superación de la humanidad…

 

Después de programar todos los sensores de la nave a su máxima potencia, para escanear todas las posibles señales de aquella parte del Universo conocido, volví a meterme en la unidad de criogenización… Lleno de esperanza… Y al mismo tiempo sintiendo una pena y un dolor tan grande por mi soledad que apenas si soportaba el estar despierto, velando el sueño de mi compañera de vida.

 

Pero la solución vino de las estrellas…

 

Nave Oasis. Más allá de las Puertas de Tannhäuser.

 

Hace diez días comenzó todo de nuevo. El sistema de alerta temprana hizo que la nave me despertara de mi sueño químico. Percibí una señal, procedente del espacio, de algún lugar a poco más de un año luz desde mi última posición. Era una señal de radio, poderosa, unas coordenadas precisas a la altura de la famosa Puerta de Tannhäuser, de la que tanto hablaban en la vieja película Blade Runner (todo un clásico de la ciencia ficción del siglo XX, dirigida por Ridley Scott, y una de las cintas favoritas de Inma). Puse rumbo hacia allí, lleno de esperanza.

 

Y me encontré con una nave cuyas dimensiones superaban todo lo imaginable, con un tamaño tal que la mismísima Oasis podía entrar entera en los hangares, tan inmensos como si fuera un Destructor Espacial de la película Star Wars (de la primera trilogía, la única que me gustaba realmente). Un rayo de tracción de gran potencia nos llevó al interior, y nos dejó a una altura de tres metros sobre el nivel del suelo. Escuché un ruido sibilante, y los sistemas de análisis de atmósfera me indicaron que el hangar se estaba llenando de la adecuada proporción de oxígeno y nitrógeno para permitir la vida humana. Por mis especiales característica físicas, yo también necesitaba respirar, orinar y defecar como un hombre cualquiera. Me puse de todas formas una combinación estanca, un casco, y después de una silenciosa plegaria y una última mirada al contenedor donde Inma dormía su último sueño, me dirigí hacia una de las esclusas laterales de la Oasis. Salí al exterior.

 

Varias figuras se acercaron a mí. Eran unos entes muy parecidos a los seres humanos, salvo que de poderosa musculatura, unos tres metros de alto, piel de color azul por lo que pude ver en la cara y en las manos, y ataviados con un traje espacial y un sistema de respiración. Como una versión evolucionada de los Navii de los que hablaba el visionario director James Cameron en la película Avatar. A Inma le encantaba esa cinta, pero no tanto sus partes sucesivas.

 

Dos de aquellos extra terrestres me acompañaron hacia la salida de la bodega, y luego hacia un lugar cómodo, con una mesa baja, varios sillones. Me quité la escafandra. Yo estaba un poco nervioso, por las lógicas diferencias entre nuestras dos especies (me consideraba un ser humano de pleno derecho, como el famoso Hombre Bicentenario, un relato del escritor Isaac Asimov, padre de la ciencia ficción y adaptado en una fantástica película con el actor Robin Williams), porque… ¿acaso no tenía la capacidad de amar? Hablamos sin necesidad de articular palabra, eran lectores del pensamiento.

 

Me preguntaron por los motivos de la expedición, por qué había llegado tan lejos, viajando más allá y durante más tiempo que cualquier otro humano, y el motivo por el cual Inma estaba en animación suspendida, algo de lo cual se dieron cuenta al sondear la nave. Se lo conté todo. Nuestra vida en común, la enfermedad, el periplo interestelar, mi desesperación por encontrar una cura, mi tristeza y soledad.

 

Volvimos al interior de la Oasis. Con el mayor de los cuidados, sacaron el módulo de criogenización, cruzamos todo el hangar de nuevo, y lo llevaron a una habitación distinta a la anterior. Parecía un moderno quirófano. Por un momento, tuve miedo. ¿Acaso pensaban realizar experimentos científicos con ella, diseccionarla como si fuera una criatura de escaso valor? Pero aquellos seres me tranquilizaron una vez más. La sumergieron en un tanque con una solución ambarina, y la dejaron allí dentro durante lo que me parecieron horas. Y luego la sacaron. Viva. Y curada.

 

Lo supe. Que gracias a ellos, volvíamos a tener una oportunidad. De ser de nuevo una familia. La tomé entre mis brazos. Inma abrió los ojos. Y me sonrió.

 

¿Somos mascotas, o aliados? ¿Por qué estos seres nos habían acogido, cuidado, alimentado? ¿Qué esperaban de nosotros? Nos hemos quedado a vivir con ellos durante varios años humanos, compartiendo el contenido de nuestras bases de datos, explicándoles nuestra historia, nuestra cultura, nuestros sueños y el final de la especie. Su curiosidad es insaciable y su paciencia infinita. Incluso aprendieron nuestro idioma. Es lo menos que podíamos hacer.

 

En el fondo, no me importa. Solo sé que ella está bien de nuevo, incluso diría que la solución ambarina la ha rejuvenecido una veintena de años, y estamos juntos. Hace tres días, nuestros benefactores han proseguido su camino, y nosotros estamos de nuevo en la Oasis, que ha sido completamente remodelada y actualizada, con rumbo desconocido, pero eso es lo de menos…

 

Somos libres. Y estamos juntos.

EL AÑO DE LA PLAGA

 


En el año 2035, el cambio climático terminó de derretir las nieves eternas de la Antártida, quedando al descubierto el suelo rocoso y desnudo. Los científicos internacionales agradecieron la posibilidad de estudiar en vivo la superficie virgen. Numerosas naciones, entre ellas España, enviaron expediciones para tomar muestras de la roca, del barro y del agua. También se descubrieron los cuerpos momificados de los antiguos pobladores, los restos de construcciones ciclópeas, y otros elementos igualmente interesantes. Pero el Conocimiento tiene su precio, y en este caso, fue el renacer de un virus mortal, que se expandió por todo el planeta. En un mundo tan libre e interconectado, le bastaron seis semanas. Hasta que llegó a España, hace 194 días…

Cuando empezó la cuarentena, hace ya más de seis meses, me pareció una buena idea el ir escribiendo mi historia en el diario que me regaló Esther, mi mujer, por las últimas navidades... Hace ya diez días que murió, por el bien de su amada familia.

Mi hijo José María está durmiendo en su habitación, o quizás haciéndose un porro con ese cargamento de marihuana que descubrí debajo de su cama. Intuyo que me queda muy poco tiempo de vida. Y a él también. Si no nos matamos entre nosotros, lo hará el hambre, o las presencias oscuras al otro lado de las ventanas con barrotes. La puerta de la casa es blindada, y parece que al mismo tiempo que han desarrollado sus instintos más básicos (comer y matar) por culpa de la letal combinación de la vacuna o el tratamiento, que nunca me aclaro con la definición, con ese maldito ingrediente, también han perdido gran parte de la inteligencia.

Me mantengo despierto a base de pastillas, he bloqueado la puerta de mi habitación, y como tengo el cuarto de baño dentro, no me faltará el agua para mis necesidades básicas, y abundantes garrafas de cinco litros para beber. Mi hija Inmaculada era alérgica al cloro, siempre teníamos en casa un gran surtido de botellas de agua mineral…

La comida ya es otra historia, después de tantos meses de encierro, hemos tenido que ir improvisando sobre la marcha… Pobre Esther, su cuerpo tenía más pellejo y hueso que carne. ¿Que si soy un caníbal, y he devorado, junto con mi hijo adolescente, el cadáver de mi mujer, y antes el de nuestra hija Inmaculada?

Bueno, al menos yo no la maté… Me limité a poner a su alcance el cuchillo de cocina más afilado, después de ver un documental de National Geographic sobre “el sacrificio supremo de la matriarca del clan, para la pervivencia de los miembros más válidos de la tribu”. Mi hijo Jose María y yo. Se cortó las venas en la bañera del dormitorio, desnuda, la sangre se fue escurriendo lentamente por el desagüe, y no manchó casi nada. Mi bella Esther, preocupándose por cada detalle. En apenas diez minutos, ya estaba el cuerpo listo para el despiece. Y tardé poco más de una hora en procesarla, reservando los fragmentos más sabrosos y tirando por el balcón la cabeza, el torso y los huesos largos de los brazos y de las piernas.  Y “ellos” se dieron un gran banquete.

Incluso creo que le hicimos un favor, a Esther. Se había encerrado en un mutismo culpable cuando hace un mes no tuvimos más remedio que sacrificar y devorar a nuestra hija pequeña, Inmaculada, de ocho años. Fue ella quien se encargó de cortarle el cuello, con el máximo amor, y la sujetó muy fuerte contra su pecho, mientras se iba desangrando… La dieta, a base de piensos para perros, lo único que se podía conseguir con cierta facilidad, no le estaba sentando demasiado bien a sus múltiples alergias alimenticias. De mi hija obtuvimos poco más de quince kilos de carne limpia, que Esther fue dividiendo con el máximo amor en una serie de “tuppers”.

Me hace gracia recordar cómo hemos llegado a esta situación, a estar divididos entre “ellos” y “nosotros”. Quizás Jose María y yo seamos los últimos inquilinos normales de todo el bloque, pero de vez en cuando por la noche escucho los anuncios de la teletienda a todo volumen en alguna de las ventanas que dan al patio de vecinos, y eso quiere decir que hay alguien vivo. Porque “ellos” parecen haber olvidado cómo se usan los aparatos electrónicos más sencillos. Misterios de las funciones superiores del cerebro.

Cuando las autoridades promulgaron el estado de emergencia por la expansión del “Aniquilador” en Europa, muchas personas se lo tomaron como una situación extraordinaria, pero limitada en el tiempo. Aunque la plaga llegó a España. Trataron de ocultarlo. Pero el 14 de marzo de 2035 el incremento del número de contagios por el virus de la Antártida, y sobre todo su gran mortalidad, impulsaron al Comité de Crisis a dar ese paso.

El discurso del presidente del gobierno, en directo desde el palacio de la Moncloa, se convirtió en uno de los más famosos de toda la historia de la Democracia. Se trataba, como siempre, de engañar al pueblo, y de ensalzar “la solidaridad de todos los españoles frente al enemigo común”. Se permitió que la gente acudiera a sus puestos de trabajo siempre que fueran considerados “esenciales”, mientras que se cerraban hoteles, restaurantes, bares, cafeterías, cines y otros lugares de esparcimiento. El país se quedó sumido en una tensa calma.

En la primera semana, el número de contagios se multiplicó de manera exponencial, puesto que muchos de ellos llevaban ya quince días incubando la enfermedad. No faltó gente que le echó la culpa de la expansión a las celebraciones por la Semana de la Mujer. También se incrementaron los ingresos hospitalarios, no solamente los de ancianos con otras patologías, sino los de personas en la treintena, lo que acabó reventando el sistema nacional de salud. Los hospitales se convirtieron en zonas de guerra. Los ambulatorios se cerraron a cal y canto, se habilitaron áreas de cuarentena en recintos que no estaban concebidos para aquél fin, como por ejemplo en el interior del antiguo palacio de Congresos Wizink Center o en los pabellones del IFEMA. Se movilizó a los médicos y sanitarios jubilados, y también se recurrió a los estudiantes de los últimos cursos de Medicina. De todas formas, al haber fracasado los primeros intentos de encontrar la vacuna, la infección era casi una condena de muerte.

El día 21 de marzo, coincidiendo con las desoladoras noticias desde Europa (una nueva plaga, aún más letal, el “Exterminador”, una mutación del virus primigenio), el Gobierno decidió declarar el confinamiento de la población y el racionamiento de los alimentos más básicos. La Guardia Civil, las policías locales, el Ejército de Tierra, los infantes de Marina en las ciudades costeras, y una amplia remesa de vigilantes de seguridad de muy diversas empresas, destinaron todas sus fuerzas a un triple objetivo: terminar con los saqueos en los supermercados, conducir a los afectados a los centros de internamiento provisionales, y asegurarse de que solamente una persona por cada núcleo familiar salía a la calle para buscar víveres y medicinas.

Esther y yo habíamos aprovechado los últimos días de normalidad antes de la declaración del estado de alarma para acaparar toda la mercancía posible. Pedimos un crédito exprés a un banco privado, para disponer de más efectivo. Quemamos nuestras tarjetas de crédito. Y conseguimos nuestro objetivo: llenar hasta los topes la nevera y el congelador vertical. No fuimos demasiado solidarios, pero todos los que tenían dinero hicieron lo mismo.

El brutal incremento del número de casos en Francia, y la enorme cantidad de muertos, demostraron que el nuevo “Exterminador” era mucho más letal de lo que se estimaba, y que la primera vacuna, elaborada con tanta rapidez por los laboratorios americanos, era ineficaz. Las medidas de confinamiento se reforzaron por San Isidro. Pero la lista de fallecidos y de contagiados aumentaba. El Gobierno declaró el estado de emergencia a mediados de mayo. Solamente una persona estaría autorizada a salir, con la tarjeta roja, para hacer acopio de provisiones. Se interrumpió toda actividad económica no esencial, Esther como maestra de educación infantil dejó de ir al colegio. Y yo, como Policía Nacional, tenía carta blanca para desplazarme por toda la ciudad.

El Estado intervino en la economía a primeros de junio, y se produjo un cambio de régimen incruento: el presidente se otorgó poderes especiales. Se decretó el estado de guerra el día quince, y el ejército y los cuerpos de seguridad del estado tomaron el control del país. Se estableció el salario mínimo universal, con cargo a los presupuestos generales. Nadie tenía que ir a trabajar, las calles estaban desiertas, los comercios no necesarios (todo lo que no fuera alimentación, estancos o farmacias) estaban cerrados.

En distintos laboratorios de todo el mundo, se entabló una competencia feroz para desarrollar una vacuna, no por el motivo tan bello y altruista de salvar a la humanidad, sino como un negocio: para aquellos gobiernos y países que pudieran costearla. Porque ese medicamento contra el virus mortal sería el mayor negocio del siglo. A finales de junio, el Ministro de Sanidad anunció que una combinación de laboratorios europeos habían conseguido elaborar un remedio de gran eficacia, y que se iba a proceder a su administración de manera preventiva en una de las zonas más castigadas por el virus: la ciudad de Madrid. Y casi tres millones trescientas mil personas se convirtieron, sin saberlo, en cobayas.

Y entonces empeoraron las cosas. Drásticamente.

Durante todo el mes de julio, tres importantes empresas químicas del país se dedicaron a producir, en grandes cantidades, la nueva y especial medicina. Fue una labor de titanes, puesto que su formulación requería una gran pericia, y el máximo cuidado con los ingredientes para no alterar el resultado final. Con el pueblo confinado, todo el sistema de salud pública y privada desbordados, no se podía recurrir a los métodos tradicionales de dispensación. Había que ganar tiempo, sobre todo porque las curvas de mortalidad eran terroríficas: más de tres mil quinientas personas morían cada día en España, la mitad de ellas en la capital, y el número de contagiados no paraba de crecer.

Uno de los mayores expertos en la materia, el doctor Beltrán, propuso: “¿Y si la distribuimos a través del suministro de agua corriente? Bastaría con calcular la dosis oportuna para toda la población, e ir diluyendo la vacuna en los embalses de la Comunidad destinados al consumo humano, o bien en las mismas plantas potabilizadoras. Así, al mismo tiempo que disfrutar con el agua fresca, estaría consiguiendo la curación contra ese maldito virus.”

Y eso fue precisamente lo que hicieron, en la madrugada del día uno al dos de agosto de 2035. Durante todo el mes anterior, tres grandes fábricas de productos farmacéuticos estuvieron sintetizando miles de litros de la nueva sustancia, y almacenándola en grandes silos refrigerados. El treinta de julio por la mañana se cargaron los grandes camiones cuba, que fueron requisados a las empresas productoras de leche. A las diez de la noche del treinta y uno, la caravana de vehículos llegaba a los embalses de Pinilla, Riosequillo, Puentes Viejas, El Villar y El Atazar, los de mayor capacidad, mientras que otros se dirigían a las estaciones potabilizadoras, incluyendo la de Colmenar Viejo, la más importante de toda la Comunidad. A las once, comenzaba el vertido de “la gran esperanza de la humanidad”, nombre que le había dado el ministro de sanidad a la poderosa y experimental sustancia. Y a las doce y media, la flota de grandes camiones cuba emprendía el regreso hasta sus hangares. La operación había concluido “con limpieza y sin grandes incidentes”.

Todos los responsables políticos autonómicos estaban muy felices y contentos, a medianoche y en un programa especial de televisión, cuando anunciaron que bastaría con beber tres litros de agua para conseguir la tan ansiada inmunidad. Pero se olvidaron de dos pequeños detalles: el cloro… y la cafeína.

El cloro, porque todos los ensayos previos se habían realizado con agua destilada o mineral, como es habitual en estos casos, y sus componentes se vieron afectados al entrar en contacto con el desinfectante, que por muy inofensivo que pudiera resultar para los seres humanos en las debidas proporciones, descompensó de manera peligrosa la estructura química del remedio. Esta modificación de las propiedades no habría sido catastrófica por sí misma, puesto que generaría solamente una sensación de mareo, de irrealidad, que se agravaría con cada nuevo vaso de agua tratada que fuera ingerido. El problema surgió al combinar esa agua ya no tan inocente, con la cafeína. Todos sabemos que los españoles somos muy dados a tomarnos un café bien cargado por las mañanas, y que es algo que necesitamos mucho…

Bueno, pues a medida que el café iba subiendo por el mecanismo de la tradicional cafetera italiana, o goteando desde los sistemas de cápsulas, se transformaba… Ya no era un líquido inerte y de propiedades conocidas, sino un activador cerebral, o mejor dicho, un inhibidor total, generando alucinaciones cada vez más intensas, y el olvido de las normas más esenciales de convivencia. La conducta sexual. La forma de alimentarse. El instinto de caza y de supervivencia.

A primeras horas de la mañana del uno de agosto, primero en algunas comisarías de la zona centro, los más madrugadores, y luego de la periferia, empezaron a recibirse llamadas de los ciudadanos. Para comunicar que su padre/madre/hermano/tío estaba actuando de forma rara… “¡Ha cogido un cuchillo de cocina y me está persiguiendo por toda la casa!” “¡Le ha cortado la cabeza a mi madre!”

Y claro, ¿quién iba a pensar que la cafeína y el cloro tendrían esos efectos? A las diez de la mañana, los teléfonos humeaban en el 112 y en todas las comisarías de la ciudad. Los policías locales y nacionales estaban desbordados por semejante oleada de violencia doméstica, y no podían hacer otra cosa que correr de una casa a otra, reduciendo a los asesinos, aconsejando a los niños que se metieran dentro de los armarios o debajo de las camas, porque era su vida la que estaba en juego.

Todos los que se habían tomado su “vigorizante cafecito mañanero”, elaborado con mucho cariño y agua del grifo  se convertían en maniacos homicidas por culpa de ese cóctel químico de vacuna, cloro y cafeína.

Y los efectos eran permanentes. Ese mismo día, murieron miles de personas en la ciudad, se detuvo a numerosos agresores (y agresoras), y se comprobó que no había dónde meterlos. Los calabozos de los juzgados de la Plaza de Castilla, y de todas las comisarías estaban completamente saturados al final de la jornada, hasta tal punto que se condujo a los detenidos a diversas plantas de hospitales, aplicándoles todos los métodos de retención química y mecánica existentes, añorando sin duda las instalaciones de los antiguos hospitales psiquiátricos. Centenares de agentes resultaron heridos, y muchísimos agresores, en pleno delirio psicótico, se escaparon por las calles y callejones de la ciudad, extendiendo el terror.

Se desconoce cuántas personas fallecieron aquél día fatídico… pero la situación no había terminado de empeorar… Porque a medida que los madrileños iban consumiendo su “exquisita agua del grifo” se iba acumulando en sus cerebros la poderosa neurotoxina, nacida de la descomposición de los productos de la sustancia, combinada con el cloro… y reaccionando de forma exponencial con el virus.

Porque no olvidemos que la finalidad de la vacuna era atacar al virus, y destruirlo. Estaba específicamente diseñada para eso… En función de la presencia del “Exterminador” en sus huéspedes asintomáticos  empezaron a pasar dos cosas.

Si en la persona había una carga viral muy elevada, se producía la muerte instantánea a partir del consumo del tercer vaso de agua. A media mañana del uno de agosto de 2035, y todavía en plena locura con los psicópatas del café matinal, empezaron a recibirse llamadas, de toda la ciudad, comunicando la muerte de centenares, luego miles, de personas, sanas en apariencia, sin causa aparente. Las sirenas de las ambulancias competían con las de los coches de policía, en la ciudad casi desierta. No había nada que hacer, no funcionaban los métodos de reanimación, las inyecciones de adrenalina, los electrochoques. Aquella tarde, tuvieron que habilitarse de nuevo como morgue las instalaciones del Anatómico Forense de la ciudad de la justicia, el Palacio de Hielo, y se emitió un bando del alcalde pidiendo ayuda a las empresas cárnicas de la periferia, para utilizar sus cámaras refrigeradas y sus flotas de camiones. Se estima que perecieron más de doscientas mil personas.

Porque aquella maldita vacuna tuvo un segundo efecto no deseado entre los asintomáticos y con menores cantidades de virus en el organismo. Primero cayeron en un letargo misterioso. No respondían a estímulos externos. Ni tampoco a los tratamientos químicos habituales. Se quedaban con los ojos abiertos. Respiraban con normalidad. Desde el 112 se dio la consigna de “tumbarles de manera cómoda mientras fuera posible, y vigilar su evolución”. Por suerte, muchos de ellos estaban cómodamente en sus casas, acompañados de sus familiares. Que también tenían sed. Y seguían bebiendo “la rica agua de Madrid”. Y se iban multiplicando por lo tanto las muertes instantáneas si la carga viral era muy elevada. O caían en aquél sopor misterioso.

A media tarde, las autoridades emitieron un comunicado, aconsejando a los habitantes que no bebieran el agua del grifo, y que comprasen botellas de agua mineral “hasta que se solucionasen algunos problemas menores con el suministro”. Claro que por aquél entonces, se calcula que más del setenta por ciento de los madrileños ya se había convertido en un psicópata por culpa de la cafeína, estaba muerto por la alta presencia del virus, o se encontraba en estado casi vegetativo. Cierto es que ese treinta por ciento restante gozaba de excelente salud, pero cundió el pánico. Y empezaron los saqueos en las grandes superficies.

Si al principio fue el papel de rollo el tesoro más preciado, a las siete de la tarde eran las botellas y garrafas de agua mineral. Se produjeron colas kilométricas en los aledaños de los centros comerciales. Se intentó organizar convoyes de camiones desde los centros de distribución de la periferia. Y se produjo el pánico.

La gente huía con carros repletos de garrafas de agua mineral, de refrescos de todo tipo, de botellas de vino, de licor. Los vigilantes de seguridad estaban totalmente desbordados, y se limitaban a mantener abiertas las puertas para que no se produjeran aglomeraciones, mucho más peligrosas que los propios saqueos. Cualquier líquido se había convertido en un bien preciado.

Y todavía no había pasado lo peor…

Nosotros nos salvamos de la crisis del agua, por la alergia de Inmaculada al cloro. Incluso el café se hacía con agua mineral, los tés, y cualquier tipo de comida, así que aquella mañana no probamos el agua del grifo, que en casa utilizábamos solamente para fregar los cacharros, ducharnos, lavar la ropa e ir al baño. Esther se quedó en casa con los niños, y yo me fui a la comisaría a las ocho y media de la mañana. Por primera vez en mis quince años de servicio, tuve que utilizar mi arma reglamentaria para defender a mi compañera, Leticia. Uno de esos “locos del café” se había lanzado contra ella desde detrás de una cortina en un domicilio en pleno barrio de Salamanca, y amenazaba con cortarle el cuello con un cuchillo. Fue un tiro perfecto, el primero de otros muchos desde aquél día. Paramos a comer un bocadillo que nos habíamos traído desde casa y una lata de cerveza sin alcohol a las dos de la tarde, y nos pusimos de nuevo en ruta. Aquél día no descansamos, entre las llamadas de los atacantes, las muertes repentinas y los comatosos; a última hora tuvimos que intervenir en un Mercadona, luego en un Carrefour, en un Aldi… Y de postre, los saqueadores. Fue una jornada infernal…

Que sin embargo, no hizo más que empeorar…

Volví a casa, agotado, a las nueve de la noche, y lo único que me apetecía era darme una buena ducha, cenar con la familia, y dormir. Pero me despertaron de madrugada los insistentes alaridos del teléfono móvil, y me fui corriendo a la Comisaría.

Porque a las cuatro de la mañana, con el día dos de agosto recién estrenado y como si se hubieran puesto de acuerdo con telepatía o cualquier mierda por el estilo, despertaron. Todos a la vez. Todos los comatosos, sin importar que estuvieran en sus casas, en los hospitales, en sus centros de trabajo o tirados en medio de parques y jardines, junto a una fuente de esa agua tan pura y tan buena de Madrid.

Y estaban… Cambiados… Y eran muchos, porque aunque fueran solamente el veinte por ciento del total de madrileños residentes en el área metropolitana (y por lo tanto que habían consumido el agua con la vacuna), no olvidemos que el número total de habitantes es más de seis millones y medio… Lo cual nos deja la bonita cantidad de un millón doscientos mil resucitados…

Se despertaron todos a la vez, convertidos en “máquinas de comer y de matar” según dijo más tarde el portavoz de emergencias. Se oían gritos y alaridos por todas partes, era difícil distinguir a los vivos de los muertos, todos estaban cubiertos de sangre. No olvidaré nunca el aviso en la calle de San Bernardo, nos pasaron la llamada de una niña pequeña, “mis papis se acaban de despertar y tengo miedo”. Leticia, mi compañera, le dijo que se encerrara en el armario de las escobas, que íbamos para allá. Fuimos a toda velocidad… pero llegamos tarde. La puerta de la calle estaba abierta, igual que la del piso. Y allí, en el comedor, estaba la pobre niña, tirada en el suelo, mientras que sus padres le arrancaban las tripas y las devoraban, ella gritaba y se removía. Vacié el cargador sobre esos animales. Leticia lloraba, y trataba de meterle de nuevo los intestinos de la niña dentro de su abdomen desgarrado, pero fue inútil. Creo que ambos lo sabíamos. Nos lavamos las manos en el grifo de la cocina, la tapamos con la colcha de su cama, cerramos la puerta del piso, y reanudamos la patrulla.

Fue una madrugada de absoluta locura. Las llamadas colapsaron las centralitas de todas las comisarías de la ciudad, los cuartelillos de la Guardia Civil también fueron movilizados. Esos putos zombis eran muy resistentes. Hacían falta muchos tiros para matarlos, y tenía que ser precisamente en la cabeza, ¡volarles el puto cerebro en pedazos! Pero eran demasiados, muchos más en todo caso de los que podíamos matar…

Durante dos días, la situación fue caótica, y el gobierno decidió tomar cartas en el asunto, con medidas “resolutivas”, el cinco de agosto. Como el problema estaba localizado en la ciudad de Madrid, y para evitar que legiones de zombis se expandieran por el resto del territorio, se decretó el cierre absoluto, y la intervención del Ejército, con la orden de tirar a matar. Se movilizaron tropas del resto de España, y se organizaron grandes redadas. Fue una carnicería, que se prolongó durante el resto del mes. Pero no sirvió de nada, porque la gente seguía bebiendo agua contaminada, llevada por la desesperación y por la sed. Y las reservas hídricas de Madrid habían sido envenenadas por la sustancia milagrosa. El consejo de los expertos fue que se produjera un consumo masivo, dejando abiertos los grifos de todos los domicilios, para intentar que se gastasen todas las reservas de los principales pantanos, y se vaciasen los sistemas de reparto.

Al mismo tiempo, se trajeron desde otras ciudades inmensos cargamentos de agua mineral, para distribuirlos entre los habitantes de la ciudad, barrio a barrio, y con la protección del ejército. Pero seguía habiendo demasiados zombis sueltos, los ataques a los convoyes eran casi diarios, fallaban los sistemas de reparto de suministros de agua y de alimentos.

El mismo día cinco de agosto, tanto el Presidente del Gobierno, como la familia real al completo, fueron evacuados a otras ciudades españolas. Se formaron grandes caravanas de ciudadanos particulares que intentaban salir de la ciudad moribunda, y se produjo una oleada de nuevos refugiados por las comunidades aledañas. Cundió el pánico. Se trasladaron a los representantes de las Cortes a Toledo, y se organizó un gobierno en el exilio, retomándose las sesiones entre los muros del Alcázar.

A mediados de mes de agosto, se recrudeció la pandemia, porque surgió de la nada una nueva cepa, aún más letal que las otras dos, el “Juicio Final”, que se transmitía por el aire. Todo ello unido a los zombis asintomáticos, a los psicópatas del café con leche que seguían matando, y a la propia maldad del ser humano.

El Gobierno decidió sacrificar la ciudad por el bien común a primeros de septiembre. Se dio la orden de evacuar Madrid, convertida en ciudad mártir. Se cerraron todas las delegaciones de los medios de comunicación, y se reforzó la censura implantada el seis de agosto, declarándose el silencio absoluto sobre la auténtica situación dentro de la ciudad mártir. Los supervivientes que no habían emigrado siguiendo las órdenes del gobierno central fueron abandonados a su suerte, porque también se suspendieron los envíos de agua y de alimentos desde otros territorios. Y se produjeron las grandes revueltas del tres de septiembre. Y los ataques contra los representantes de la autoridad. La ciudad se moría de hambre y de sed.

Era el caos absoluto. Se terminaban las reservas de alimentos. Cundía el pánico. Justo al lado de mi casa había una clínica veterinaria, y las latitas de comida para perros no estaban del todo mal; con el pienso seco se podía elaborar una sopa bastante agradable, pero que no le sentaba bien a nuestra hija Inmaculada. Nos encerramos en casa a finales de septiembre. Nos quedamos sin comida. Hubo que improvisar. Pobre Inmaculada. Pobre Esther.

De vez en cuando, en la radio, escuchamos noticias en la onda corta desde otras ciudades de España. Dicen que el “Juicio Final” tiene efectos extraños en la población. En algunos casos, genera ataques de psicosis, y graves alucinaciones, un estado de realidad alterada, pero no me lo creo. Ya nos habríamos enterado, ¿verdad? Y que con el tiempo, los pacientes pierden toda noción del bien y del mal.

Pero las muertes de Inmaculada y de Esther fueron inevitables.

Les escucho fuera de la casa, en los jardines de la comunidad, por los pasillos y escaleras del edificio. De vez en cuando, logran articular palabras coherentes, nos dicen que salgamos, que depongamos las armas, porque yo tengo la pistola reglamentaria y mis dos escopetas de caza, y disparo a los zombis por la ventana y por el balcón.

Sólo quedamos con vida Jose María y yo. Pero sé que él está enfermo. Que me engaña. Sé que ha bebido agua de grifo a escondidas, en grandes cantidades. Y que ha cambiado. Que me quiere matar. Pero soy yo quien tiene las armas. Voy a salir ya.

AL OTRO LADO DE LA REALIDAD

 


Podía verlo, ese maldito gato. Estaba allí, acechando escondido entre las sombras, prisionero en teoría dentro de los límites de ese espantoso cuadro, que Matilde se empeñó en colgar de la pared del salón. ¡Esa maldita imagen, comprada por un precio irrisorio en un “anticuario”, más bien un ropavejero con pretensiones artísticas, en el Rastro de Madrid, nos ha trastocado la existencia! Y me ha convertido en un prisionero, por un tiempo indefinido, en un lugar donde las reglas del tiempo y del espacio carecen ya de sentido.

Ya deberíamos haber sospechado por el precio de venta, unos míseros doscientos euros, a cambio de un cuadro de respetables dimensiones, de un metro y medio por setenta y cinco centímetros. Era una imagen en teoría idílica, en la pintura se podía ver con todo lujo de detalles (“estilo hiper realista, mi arma”, nos decía el vendedor) la fachada de un viejo edificio de cualquier ciudad de España. Parecía un patio interior, con sus misteriosas grietas en el revoco blanco, varias cuerdas de tender que cruzabn el espacio, con su ropa colgada, y una serie de ventanas, de los pisos de enfrente.

Eran cuatro ventanas, de distinto tamaño, con diversos objetos. La primera, arriba a la derecha, servía de soporte para una maceta, de geranios. La segunda, a la izquierda de la primera, sujetaba un cesto de ropa. La tercera, frente a los ojos del espectador, tenía los visillos de ganchillo medio echados. Y en la cuarta, en el alfeizar, había un gato de color carey. Sí, ya sabes, de esos con el pelaje de varios colores, gris, negro, naranja. Era un gato grande, cómodamente sentado sobre su trasero, pero con las patas delanteras extendidas, firmes sobre el alfeizar, se diría un silencioso centinela. Y detrás del gato, había unos visillos de blonda (creo), de color blanquecino.

En conjunto, era una imagen bella, de composición tradicional, y muy realista; pero cuando lo vi por primera vez, tuve un mal presentimiento. ¡Ojalá hubiera seguido mi instinto, y disuadido a Matilde de realizar la compra! Pero ella se empeñó en adquirirlo, estaba tan absolutamente fascinada por el cuadro, que ni siquiera regateó con el vendedor, un gitano de tez cetrina, sombrero de ala ancha y chaqueta negra, con una molesta camisa amarilla, corbata de lazo, alpargatas y vaqueros perfectamente planchados.

-          Pero mi arma, ¿no piensas regatear ni siquiera un poquito? Mira que doscientos “leuros” (sí, dijo “leuros” en vez de euros, y no sé por qué, pero me hizo mucha gracia) es mi primera oferta.

-          Que no, que me gusta el cuadro, y me lo quiero llevar. Además, me recuerda mucho el patio de vecinos de la casa de mi abuela Pilar, en Murcia. Tiene que ser mío.

-          “Arsa”, pues entonces, te lo llevas. Déjame al menos que te lo envuelva con papel de estraza, para que no se te estropee por el camino.

-          No, la verdad es que no me hace falta. Me lo llevo tal cual.

Los doscientos euros pasaron rápidamente del bolso de Matilde a las manos grasientas del vendedor, quien los metió con cuidado en una abultada cartera (se conoce que en un puesto del Rastro se gana bastante dinero). Una gitana, vestida de negro, muy delgada y con la cara pálida, asistía con aire preocupado a la venta. Me di cuenta de que nos estaba siguiendo entre la multitud, camino de la estación de Metro de La Latina, y justo cuando empezábamos a bajar las escaleras, me dijo en un susurro:

-          Que nunca le dé la luz de la luna llena, o pasarán cosas, payo.

-          ¿Qué cosas?

-          Malas, de las malas… Recuerda la luna, payo…

Me quedé un poco preocupado, quise preguntarle por las razones de la advertencia, pero con la misma agilidad que nos había alcanzado en medio de la gente, desapareció. Y allí estábamos los dos, tan contentos con el cuadro (y con doscientos euros menos, mi presupuesto de dos semanas de libros), en medio del vagón del metro. Matilde se sentó, y puso el cuadro en su regazo, con la imagen orientada hacia su pecho; y fue entonces cuando lo vi por primera vez: un débil trazo de lápiz, que coincidía con la forma y ubicación de la ventana del gato. Me llamó mucho la atención semejante originalidad, como si el pintor hubiera querido dotarle de una salida de emergencia del propio cuadro… pero luego me terminé olvidando del asunto.

Llegamos a nuestra casa, un quinto piso al principio de la calle Diego de León, muy cerca de la calle Serrano y con vistas privilegiadas a la embajada americana, que se nos había quedado un poco grande desde que se independizaron nuestros hijos. La mayor, Isabel, se fue de Erasmus a Alemania hace seis años, conoció a un chico australiano en Düsseldorf, se casaron y se fueron a vivir ¡a Italia! Ahora tenemos una preciosa nieta, Sofía, a la que hemos podido ver solamente dos veces en los últimos años.

Santiago, el menor, descubrió su vena “artística” (y gay), y se dedicaba a hacer “performances” en el circuito teatral alternativo, vivía con su último novio en la Plaza de Pedro Zerolo, en el barrio de Chueca, pero ambos venían a comer a casa los domingos. El dormitorio de Isabel, lo convertimos en cuarto de costura y “hobbys”; el de nuestro hijo lo seguían usando para dormir la siesta después del banquete dominical, y algún que otro puente, aunque pusimos una cama de matrimonio. Siempre hemos sido muy liberales y comprensivos con nuestros hijos, y se veía tan feliz a Santiago con Eduardo…

Y allí estábamos los dos, paseando el cuadro de habitación en habitación, sin decidirnos por una u otra pared del comedor, porque Matilde estaba empeñada en “lucir este maravilloso cuadro”. Como en la parte delantera estaba la cristalera del balcón, en la trasera la puerta de entrada de dos hojas y parte de nuestra extensa biblioteca, solamente nos quedaban dos ubicaciones posibles: la pared de la izquierda, sobre el sofá, y la de la derecha, junto a la mesa. Y en ello estábamos, dudando entre ambas, cuando llegaron Santiago y Eduardo.

-          ¡Qué cuadro más bonito, me encanta!, dijo Santiago.

-          ¡Y ese detalle tan hermoso del gato, parece que va a salir del cuadro!, respondió su pareja.

-          ¡Miau!, protestó Chester, nuestro gato, al que nadie hizo caso.

Y de esa manera quedó decidido que el cuadro, que empezaba a provocarme escalofríos por causas desconocidas, se colocaría en la pared izquierda, sobre el sofá. Aquél era precisamente el sitio favorito de Chester, nuestro gato gordo, naranja, perezoso y atigrado, para echarse la siesta, sobre los mullidos cojines granate. El sol de media mañana entraba por la cristalera, y acariciaba el mueble hasta bien entrada la tarde, por la curiosa disposición de la habitación. Con mucho cuidado, para no mancharlo pusimos una sábana vieja sobre el sofá, Santiago se subió a los cojines con la taladradora en la mano, mientras que Eduardo y yo apoyábamos el cuadro sobre la pared y lo movíamos a derecha e izquierda, y luego arriba y abajo, mientras que Matilde nos orientaba.

Media hora más tarde, y bastante centrado sobre la vertical del sofá, el cuadro estaba colgado en su ubicación definitiva. Chester, sin duda molesto por tanta actividad sobre su lugar favorito de la casa, salió de la habitación después de echarle un último vistazo y un bufido al cuadro. Y casi me pareció que el gato de la pintura enderezaba un poco la cabeza y abría la boca, como celebrando su triunfo con un maullido silencioso.

Aquella fue la última ocasión en que nuestro gato entró en el comedor. Al principio me extrañó un poco, estaba evidentemente desubicado en la casa, pero luego acabó encontrando su “segundo lugar favorito en el mundo” (como decía Matilde) sobre la colcha de la cama de matrimonio de Santiago y Eduardo. Un par de días más tarde, Matilde puso en el centro de la cama una mantita de felpa que le encantaba a Chester, para que no se llenase de pelos la colcha, y todos contentos.

Y de esa manera, el cuadro consiguió su primera victoria: instalarse en un lugar privilegiado, y desplazar de su lugar al gato residente. Dicen que los gatos tienen un sexto sentido, que les lleva a ver cosas que les son vedadas a los hombres, y que poseen un nexo especial con el mundo de los espíritus. Quizás por eso, una semana después, sorprendí a Chester sentado sobre sus cuartos traseros en la puerta del comedor, mirando con fijeza el cuadro, como desafiando en un duelo de miradas al nuevo felino. De repente, arqueó el lomo, se le erizó el rabo, y empezó a bufar. Tuve la impresión de que el minino carey del cuadro se movía levemente también, “son cosas de mi imaginación”, me dije; así que cogí en brazos a nuestro gato, y nos metimos en el comedor, acercándonos al sofá.

Pero justo cuando estaba a punto de colocarlo sobre el cojín, Chester se puso a maullar como un desesperado, se revolvió entre mis brazos y se liberó con un fuerte zarpazo, que afortunadamente no tuvo consecuencias porque yo llevaba puesta la chaqueta del chándal de felpa gris que uso para estar cómodo en casa, saliendo a toda velocidad de la habitación. Miré al cuadro, y el gato carey se había movido ligeramente: tenía la pata derecha algo levantada, como si se la fuera a lamer. ¿O igual siempre la había tenido así, y no nos habíamos dado cuenta? Porque todo el mundo sabe que los gatos pintados no se mueven, ¿verdad?

Aquella misma tarde, cuando Matilde volvió de trabajar (tiene una pequeña “boutique” de ropa, a medias con una socia, en la calle Lagasca, y les va bastante bien), le hablé de la reacción de nuestro gato.

-          Tranquilo, ya le conoces, es un poco histérico.

-          ¿Pero y el gato del cuadro? ¡Te aseguro que ha levantado la pata!

 

-          No seas bobo, querido. Me parece recordar que siempre la ha tenido así, y que eso fue lo que más me gustó del cuadro, que parecía tan vivo, tan real, que solamente le faltaba maullar…

Pero no era solamente el gato lo que había cambiado en aquella imagen… Al mirarlo más de cerca, cosa que hice a la mañana siguiente, comprobé que se habían producido unos pequeños cambios. En la cuerda de tender de la izquierda, faltaba una prenda de ropa, creo que eran unos vaqueros. Y en el tiesto de geranios, las flores habían empezado a retoñar, como si se fuera a adelantar la primavera… El gato, a quien yo llamaba Mefistófeles en secreto, tenía la pata derecha levantada, a pocos centímetros de su cabeza. Y en la ventana, detrás del visillo de blonda, juraría que se empezaba a intuir una silueta. ¿Acaso me estaba volviendo loco, de tanto mirar el lienzo? Porque todo el mundo sabía que los cuadros, por muy buenos y realistas que fueran, no cambiaban de un día para otro. A menos que…

A menos que hubiésemos olvidado algo, en este caso, la advertencia de la vieja gitana sobre los rayos de la luna… Porque del mismo modo que la luz del sol entraba todos los días desde las cristaleras del balcón, los haces lumínicos de su compañera podían acariciar el cuadro cada noche… Y aquella semana había alcanzado su plenitud. Un poco nervioso, pensé en comentárselo a Matilde, para que le encontrásemos una nueva ubicación al cuadro, pero al final me callé. “Eso te pasa por escribir tantos relatos de terror de madrugada”, me diría con seguridad. “¿Acaso no te enfrentas a demasiadas cosas desagradables todos los días, como patólogo forense y asesor de la Policía Nacional?” Y para evitarme males mayores, tuve la precaución de cerrar bien los visillos y bajar a medias la persiana aquella noche, en que la luna alcanzaría su máximo esplendor.

A la mañana siguiente, el cuadro seguía igual que el día anterior, sin los pantalones, con el tiesto retoñando, el gato con la pata derecha levantada, y la sombra perfilándose al otro lado del visillo de blonda. El resto de la semana, hasta que llegó la luna menguante, cumplí con mi pequeño ritual: cerrar cortinas, bajar un poco la persiana… El mes siguiente, por si las moscas, hice lo mismo: visillo corrido, persiana bajada, no hay problemas. Manías de viejo, supersticiones, pero no podía quitarme de la mente las palabras de la gitana…

Y pasaron los meses… En un par de ocasiones, me olvidé de los visillos, se cayó una blusa de la cuerda, el gato empezó a lamerse la pata derecha, una mano apareció sujetando el visillo; pero Matilde parecía no darse cuenta de los cambios sutiles de la pintura, y yo preferí permanecer en silencio… No quería que ella se preocupase por mi imaginación desbordada, y de todas formas ya tenía demasiados problemas en el mundo real, con un nuevo asesino que estaba sembrando las calles de Madrid con los cuerpos destrozados de adolescentes de ambos sexos, a quienes abandonaba en las marquesinas de autobuses de la periferia.

Hasta que llegó la primera luna llena de Noviembre, y coincidió con la noche de las ánimas. Volví muy tarde del Anatómico Forense, haciendo una autopsia muy complicada a una adolescente víctima de violación, y no pude correr los visillos a tiempo. La luz bañaba con gran intensidad la pintura, confiriéndole un gran realismo: las cuerdas de tender, ahora ya vacías; el gato, atento, me miraba fijamente; el geranio se había marchitado, y sus flores cubrían el alféizar de la ventana… Y una mano, blanca y sarmentosa, agarraba con fuerza el visillo, apartándolo lentamente, para dejar que la dueña de Mefistófeles (porque era una mujer, de eso estaba seguro desde el primer momento) se asomara a la ventana… Me acerqué un poco más al cuadro, para verlo mejor…

Fue un error.

En ese momento, sucedió. Una extraña sensación de movimiento. La ventana que se abría lentamente, primero lo justo para que Mefistófeles pasara al interior, luego de par en par. Todo mi campo visual estaba ocupado por el culo del gato primero, y luego por la cara de doña Gertrudis (siempre supe que ese era su nombre).

Una mujer vieja, también vestida de negro, que me recordaba mucho a la gitana del Rastro. Me costó un poco entrar por la ventana, Mefistófeles bufó por la intromisión, ella me indicó una silla de enea, y me invitó a sentarme a su lado, junto a la mesa, donde había un juego de tazas de café ligeramente desportilladas, y un plato de galletas, de esas que llaman en Extremadura “perrunillas”, que tanto me gustan. El gato no tardó en sentarse en mi regazo mientras que ella, solícita y servicial como solamente pueden serlo las personas mayores que llevan demasiado tiempo solas, iba a la cocina a traerme una cafetera italiana y una jarrita de crema fresca.

Hablamos un ratito, poco, porque doña Gertrudis tenía que aprovechar la luz de la luna llena para salir de aquél infierno en el que llevaba presa demasiados años, pero que nunca se podía quedar vacío. En el edificio había muchas más ventanas, muchas más habitaciones, cada una de ellas con su peculiar e involuntario inquilino, pero el silencio era absoluto, y la soledad, permanente. No se trataba de víctimas o de verdugos, ni de buenos y malos. “Así son las cosas, querido”, me dijo, y después de darme las gracias por ocupar su lugar, y un cariñoso abrazo, Gertrudis se encaramó al alféizar de la ventana, luego al marco del cuadro, y salió de aquél mundo tan peculiar. Ni siquiera me dejó el gato… Pero estaba convencido de que había otro gato pululando, libre, por el edificio, y que de vez en cuando entraba en mi habitación.

Y aquí estoy, sentado, en la silla, en silencio, mirando por la ventana al mundo exterior. Han pasado los meses, Matilde ha dejado de buscarme, las autoridades han desistido también. Aunque mis compañeros de la Policía no descartan que haya sido una desaparición voluntaria, “se le notaba completamente superado por la nueva ola de asesinatos y de violaciones de adolescentes. Pobrecito, era demasiado sensible…”

Pero un día llegará en que Matilde se olvidará de correr los visillos en una noche de luna llena, y usaré la extraña magia que impera en este lugar maldito para conseguir que ella mire de cerca el cuadro… La llamaré desde el otro lado del cristal. Y conseguiré que venga a mi lado.

Todavía no tengo del todo claro si me iré, igual que doña Gertrudis, o si me quedaré algún tiempo con ella… Esta antesala del infierno nunca puede quedarse vacía, y la única forma de recuperar la libertad es que otra persona, utilizando la escalera entre dos mundos que fabrica la luna llena, ocupe mi lugar… Yo preferiría que ella se liberase del cuadro, que lo vendiera a otra persona, y se deshiciera de este objeto maldito, pero la escucho a través de la ventana entreabierta, y siempre dice que “es el último cuadro que compramos juntos, y me hace pensar tanto en él”.

De todas formas, el tiempo no tiene mucho sentido, al otro lado de la realidad…